American Beauty (Sam Mendes, 1999)

17 Ene

En 1964 Billy Wilder filmó la que sería su película más incomprendida, la genial Bésame tonto, y con ella puso a la sociedad estadounidense frente a una de sus mayores temores: la podredumbre sobre la que se sostiene una institución tan teóricamente pura y necesaria en el seno de Norteameríca como es el matrimonio. En 1999, Sam Mendes, director teatral debutante en el medio cinematográfico por aquel entonces, dirigió una descorazonadora sátira que ampliaba los objetivos de Bésame, tonto diseccionando tanto el matrimonio como el resto de pilares sobre los que se sostiene ese concepto tan abstracto y sacralizado en Estados Unidos que es la familia y con ella consiguió una total y absoluta obra maestra contemporánea, una película enorme y desgarradora y a la vez honesta y luminosa. Su nombre, American Beauty, y por raro que suene, yo la vi por primera vez ayer.

Kevin Spacey, en la mejor interpretación de toda su carrera, se mete en la piel de Lester Burnham, un tipo apático y amargado que, como él mismo dice, encuentra el mejor momento del día en su paja matutina, y “a partir de ahí, todo va a peor”. Su vida cambia cuando, casi sin tiempo para asumirlo, le despiden de su trabajo y conoce y se enamora de Angela (Mena Suvari), la lasciva amiga de su hija Jane (Thora Birch, la de Ghost World). A partir de ahí, Lester abre los ojos gradualmente ante las diferentes miserias que asolan su vida y, poco a poco, toma medidas para eliminarlas una a una. A su alrededor encontramos varios personajes satélite, todos con cierto grado de incidencia en la vida de Lester y con su propios y respectivos fantasmas interiores; desde su esposa (estupenda Annette Bening) hasta su hija, pasando por el extraño chico de la casa de al lado, el padre de éste (brutal Chris Cooper) y Angela. Spacey interpreta a Lester echando mano de un riquísimo abanico de registros que permiten al personaje moverse entre el patetismo más absoluto y la orgullosa dignidad, saliendo victorioso de todas y cada una de las cosas que se le piden al personaje, ya sea hacer reír, perturbar o transmitir ternura. Al ser su personaje el eje catalizador de la trama, es él quien sostiene la película, aunque no porque sea la suya la única interpretación reseñable de la película.

Lo más interesante de American Beauty es que utilizando el marco más cotidiano posible, los suburbios de Norteamérica que Tim Burton puso patas arriba sin que nos diésemos cuenta en Eduardo Manostijeras, nos cuenta una historia de redención y de integridad, de gigantesca carga épica oculta. Comenzando con un monólogo en off que en sus intenciones recuerda poderosamente a El apartamento de Wilder, Lester lleva a cabo su Ítaca personal sin salir de su insignificante universo mundano, a través de momentos de revelación que se suceden en una cadena lineal y que le van acercando poco a poco a su catarsis. Todo esto nos es contado a medio camino entre la sutileza más minimalista y la experimentación visual más sugestiva. Dentro de una película con tan pocas posibilidades estéticas, Mendes triunfa sacándole sangre a los nabos, dotando a su fábula suburbana de un aspecto estimulante, dinámico, preciosista; algo insólito para una película de estas características. Aquí es necesario mencionar al director de fotografía, Conrad Hall, que dota de vida a todos y cada uno de los ambientes en los que se mueve Lester (aunque su mejor trabajo a las órdenes de Mendes estaba aún por llegar), y al compositor Thomas Newman, que aunque resulta tan plasta como siempre, consigue dotar al viaje de Lester de un aura onírica que luego explotaría hasta la náusea en todas sus composiciones posteriores. Es posible que sea su óscar el menos merecido de todos los que ganó la película.

La elegancia con la que filma Mendes, y la vitalidad de su puesta en escena y de cómo nos acerca el a priori descorazonador relato del guión de Alan Ball, es la que eleva a la película a la categoría de obra de arte. Fue precisamente el pesimismo más patológico que sincero que desarrolló Wilder en sus películas posteriores a Irma la Dulce (con la excepción de ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?) lo que impidió que cualquiera de éstas pudiese ser considerada una obra maestra. American Beauty, por el contrario, basa gran parte de su belleza en la puesta en escena contradictoriamente onírica y esperanzadora, no escatimando en alegorías visuales de sentimientos (que como ya sabemos todos, hicieron historia), una baza que hace que escenas que podrían resultar ridículas o blandengues (los respectivos derrumbamientos de Angela y del personaje de Chris Cooper) se presenten hermosas, sinceras, emocionantes. Todo remata en un final inusitadamente esperanzador que se nos revela desde el principio para que podamos asimilar y compartir el culmen del proceso de autorrealización de Lester en toda su plenitud, sin necesidad de distraer nuestra atención por culpa de un posible golpe de efecto (aunque la película guarda un as en la manga, un detalle que da lugar a la incertidumbre).

American Beauty toca todos y cada uno de los temas más sobados del cine (telefilms incluidos) centrado en los problemas familiares, incluyendo la incomunicación con los hijos, pero eso no debe confundirnos. No estamos ante una película tópica. Lester observa todos estos aspectos de su vida con el mismo hastío con el que nosotros nos enfrentaríamos a la enésima película sobre familias en decadencia. ¿Hemos estado viendo películas así desde ya no recordamos cuándo? Bien, pues Lester lleva viendo esto todos los días desde hace años. American Beauty coge este puñado de tópicos y los dota de la profundidad que venían pidiendo desde hacía mucho. Con una monstruosa carga irónica que incluso permite dejar sitio para el humor, Mendes (y su guionista, Alan Ball) somete al americano medio al test Ludovico, mostrándole sus peores pesadillas analizadas con precisión de cirujano, condensadas en dos horas y, lo que es más traumático, acotadas dentro de los terrenos del american way of life: matrimonios hundidos por culpa de la hipocresía, la incomunicación, y la incapacidad de ambas partes para soportarse mutuamente, infidelidad como motivo para seguir viviendo un día más, hijos que toman drogas y trafican con ellas, o que se prostituyen (o podrían hacerlo), impulsos cercanos a la pederastia, trabajos de mierda, celos, odio, apatía. Cada una de estas lacras representa una pincelada en el lienzo, pero sólo pueden observarse claramente desde cerca. Conforme te vas alejando y vas vislumbrando el conjunto, te das cuenta de que se trata del sueño americano. De que eso es lo que da forma a la Belleza Americana.

Spacey interpreta a Lester echando mano de un riquísimo abanico de registros que permiten al personaje moverse entre el patetismo más absoluto y la orgullosa dignidad, saliendo victorioso de todas y cada una de las cosas que se le piden al personaje, ya sea hacer reír, perturbar o transmitir ternura. Al ser su personaje el eje catalizador de la trama, es él quien sostiene la película, aunque no porque sea la suya la única interpretación reseñable de la película.

4 comentarios to “American Beauty (Sam Mendes, 1999)”

  1. hempfreud 17/01/2010 a 23:12 #

    y has hecho una digestión rápida o no me explico como en un día has masticado una crítica tan cerebral de esta película. pues nada, convencido completamente de verla me hallo. A ver que tal ;)

  2. Miguel Roselló 18/01/2010 a 10:11 #

    Lo alucinante es que la iba digiriendo mientras la veía. Aunque fue difícil poner en orden todas las ideas… Cómo se nota que estoy oxidadillo…

  3. hempfreud 19/01/2010 a 0:24 #

    acaba de verla ahora mismo. que maravilla, de verdad. aunque lo de la bolsa… en fin, estoy corrompido por padre de familia. xD

  4. Miguel Roselló 19/01/2010 a 11:30 #

    Bravísimo, Heps, bravísimo.

    En PADRE DE FAMILIA hicieron también lo del baile de Mena Suvari, pero con hamburguesas en vez de flores… y en el Guiñol hicieron lo de la bañera, con Aznar y Pujol, ¡pero no soy capaz de encontrar un vídeo!

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