Regreso a la cámara de la muerte

23 Ene

La tranquilidad de la noche en Privet Drive se vio súbitamente interrumpida por un destello luminoso que apareció por el final de la calle acompañado de un creciente ruido. El Autobús Noctámbulo atravesó como una exhalación la carretera, a tal velocidad que a veces las ruedas ni siquiera tocaban el suelo.

Al volante, un enloquecido Sirius Black hacía bruscos gestos para evitar atropellar a los gatos que iban saliendo a su paso. Tras el asiento del conductor, Harry Potter, el niño que vivió, estaba agazapado entre lastimeros llantos y en calzoncillos, convencido de que de un momento a otro se estrellarían brutalmente y lamentándose de no poder sobrevivir aunque sólo fuera para sacar a la policía de su error cuando ésta descubriera su cadáver semidesnudo junto al de un desaliñado adulto de cuestionable y vicioso aspecto.

−¡Agárrate, apadrinado, porque voy a poner a este autobús en órbita!

Harry observó la desquiciada cara de Sirius y se preguntó por qué todas las desgracias del mundo mágico tenían que ocurrirle a él. No era suficiente con haber descubierto su condición de horrocrux, haberse enterado de que tenía una enloquecida hermana melliza que había arruinado la última cena protocolaria del Ministro con una tarta explosiva y haberse visto envuelto en un cómico malentendido no exento de connotaciones homosexuales con Draco Malfoy la semana pasada. Ahora se dirigía a por lo menos doscientos kilómetros por hora hacia un destino fatal, convencido de que aquel viejo autobús sería su féretro, compartido con su padrino Sirius. Le miró. Todo había ocurrido demasiado rápido. Y no sólo el hecho de encontrarse en tan temible situación. El retorno de su padrino de entre los muertos pocos días antes era algo que aún no había tenido tiempo de asimilar.

Si metes en google "Harry Potter Comedy" esto es lo primero que sale.

Cinco días antes, Harry y Ron, como buenos y alocados adolescentes, estaban agazapados dentro de una de las taquillas que ahora se extendían por una de las paredes de lo que antes era la Cámara de la Muerte. El éxito del quidditch femenino en el barro había llevado al Ministerio a crear un equipo nacional y a transformar la cámara en la que un día Bellatrix Lestrange asesinó a Sirius Black en un vestuario en el que se desataban las más diversas y gratuitas peleas de toallas mojadas entre las alegres chicas.

Eso era exactamente lo que Harry y Ron pretendían presenciar. Más Harry que Ron, ciertamente, pues el segundo había sido difícilmente convencido por Harry. Harry echaba de menos la vida de soltero. La libertad, los ligues de una noche, la cerveza de mantequilla. Ron, en cambio, estaba contento con su nueva vida junto a Hermione y se había acostumbrado a que la mayor emoción de su vida se encontrase en concursos televisivos como La Ruleta Mágica de la Suerte y demás populares programas muggles con la palabra “mágico” convenientemente incluida. Ese mismo día, Ron había adivinado el enigma del último panel, “Escreguto de cola explosiva” cuando aún faltaban por descubrir las letras G. A Harry esto le desesperaba, ya que él echaba de menos las juergas de antaño, aquellas correrías propias de comedias sexuales adolescentes que habían compartido en el pasado. Por eso había convencido a su chepudo amigo para colarse en el vestuario de las chicas para espiarlas.

Ron, rascándose la aguileña nariz que J. K Rowling se empeña en nombrar cada vez que empieza un libro nuevo, estaba lamentándose de estar allí cuando Harry le tapó la boca bruscamente. Las chicas habían comenzado a entrar de golpe, riendo con sus perfectas dentaduras al descubierto y ondeando sus rubias melenas a cámara lenta. Harry, baboso y con la mirada licantrópica, se relamió de gusto y se frotó las manos. Las chicas comenzaron a desnudarse, por supuesto las unas a las otras, entre inocentes besos y juguetones palmadas en el culo.

−Ron, tío, esto es el cielo. ¡Un montón de tías buenas están desnudándose ante nuestros ojos! –susurró roncamente Harry.

−No sé, Harry… No me parece bien. No sé cómo me dejé convencer. Hermione no… -comenzó Ron, pero se vio interrumpido por un molesto Harry.

−¡Hermione! Cómo hablas de Hermione en un momento así –una lágrima de contenida emoción cayó por su mejilla mientras se mordía el labio para mantenerse firme−. Te he puesto en bandeja a las tías más buenas del mundo mágico… Diosas húmedas que el Señor Mágico ha puesto en la tierra para nosotros… ¿Y tú hablas de tu novia? –se rió por lo bajo−. Tío, tú estás mal o eres marica. El Harrymaister te ha hecho el favor de tu vida, y así se lo pagas.

El estallido del elástico de un tanga contra la carne de una de las chicas le cortó. Con la mirada desencajada, pegó la nariz a la rejilla de la taquilla y observó. La chica cuyo tanga había restallado en su propio culo perseguía ahora a la causante de la broma con una toalla mojada. Todo eran risas y erotismo injustificado.

Y entonces ocurrió. Stif… Ehm, Harry se apoyó tanto contra la rejilla que las bisagras cedieron y la puerta se desencajó y cayó contra el suelo de la Cámara de la Muerte ruidosamente, con los dos pervertidos detrás. Las chicas se les quedaron mirando aterradas.

Harry, convencido de que podía dominar la situación, se levantó rápidamente y adoptó su patentada pose chulesca.

−Eh, qué pasa, nenas –dijo guiñándole el ojo a una escultural rubia de pechos turgentes cubiertos con una mínima toalla−. Mi colega y yo andábamos buscando el servicio mágico… Pero no pensábamos que nos meteríamos por error en el paraíso.

La mirada de las chicas era sombría. Ron, sospechando que el camino escogido por Harry para salir de aquella no era el más adecuado, se esforzaba para parecer invisible.

−Entonces –continuaba Harry− ¿alguna de vosotras, hermosas hembras, está dispuesta a tener el honor de venirse al jacuzzi con el Harrymaister? Aunque no habrá problema si hay más de una interesada…

−Hijo de puta mágica –susurró la rubia escultural. Pero Harry no se cansaba.

−Nena, ¿no te habrás enfadado?

Ron no aguantó más. Sacó la capa de invisibilidad de los pantalones de Harry y cubrió a ambos con ella de pronto. Ignorando las protestas de Harry, le empujó casi a ciegas a lo que estaba convencido de que era un lugar seguro alejado de las chicas. Corriendo torpemente, se lanzaron contra un arco cubierto con un raído velo… Y cayeron.

Por suerte, la capa de invisibilidad se enganchó en un saliente de la pared a pocos metros del suelo. Harry y Ron se agarraron como pudieron a ella y bajaron con cuidado al suelo firme. Tras sacudirse el polvo, Harry reaccionó y lazó una mirada asesina a Ron.

−¡Ya casi las tenía en el bote! ¿Por qué has tenido que hacer eso?

Ron estaba hastiado.

−¡Déjame en paz! ¡Si no fuera por mí, esas tías nos habrían maltratado y torturado!

−¿Y no se te ha ocurrido que a lo mejor no me habría importado?

Tras esta burda réplica por parte de su amigo, Ron se volvió haciendo un ademán cansado con los brazos. Harry no insistió más.

Y entonces lo vieron.

Sus ojos no podían creer lo que veían. Allí, colocado en una humillante posición de sumisión y una rama de árbol de aspecto fálico metida en la boca, estaba Sirius Black. Harry se quedó helado. Estaba allí. Y no sólo eso: las periódicas ventosidades y los guturales farfulleos antisemitas que emitía entre dientes revelaban que sólo estaba dormido.

Dividido entre el shock de tener delante a su padrino cuando ya estaba convencido de que jamás volvería a verle y la desoladora sensación de verle en una postura tan infinitamente humillante, Harry apenas se movió. Ron le hizo reaccionar sacudiéndole de los hombros.

−¡Harry! ¡Es Sirius! ¡Está aquí!

Harry pareció volver al mundo real pesadamente.

−Sí… ¡Sirius! –comenzó a reaccionar−. ¡Sirius está vivo! ¡Rápido, Ron, ayúdame a despertarle!

Los dos se tiraron al suelo y empezaron a zarandearle mientras le llamaban, pero Sirius no pareció inmutarse. Viendo que sería difícil despertarle, trataron de, al menos, desplazarle para colocarle en una posición menos lamentable. No obstante, olvidaron sacarle la rama fálica de la boca.

Sirius era demasiado pesado por lo que se veía, porque los tirones que debían dar Ron y Harry de su cuerpo eran bruscos. En una de esas, un tirón desafortunado de Ron hizo que el cuerpo de Sirius girara hacia el lado contrario y cayera tras otro velo. Harry y Ron lo vieron caer, golpeándose contra todo lo que iba encontrando en su bajada: rocas, cactus, una verja electrificada, una motosierra encendida descontrolada… Finalmente, Sirius se hundió pesadamente en un pequeño estanque subterráneo y una horda de pirañas hambrientas se lanzó sobre él. Por fortuna, Sirius se despertó cuando las pirañas empezaron a dar buena cuenta de sus partes más íntimas, y empezó a patalear y a vociferar. Harry y Ron vieron cómo, con un gran esfuerzo, Sirius se arrastró fuera del estanque y se sacudió con brusquedad las pocas pirañas que quedaban asidas con los dientes a su trasero. Tambaleándose, trató de caminar hacia alguna parte, pero tras dos pasos inciertos, tropezó con una fruta podrida que debía llevar allí siglos y cayó sobre un cocodrilo que descansaba tranquilamente por allí. El reptil, viéndose amenazado, enloqueció y atrapó a Sirius por el estómago con sus poderosas mandíbulas. Sirius gritaba de dolor, pero por fortuna, pudo sacar su varita y mascullar “¡Desmaius!”, con tan mala suerte que el encantamiento le dio de lleno a él mismo. Ahora Sirius se había convertido en un lánguido monigote inconsciente entre las mandíbulas del cocodrilo, que le zarandeaba con brutalidad. La suerte sonrió a Sirius, aunque él no se diera cuenta, cuando el cocodrilo abrió demasiado las mandíbulas y en una sacudida, se le escapó su presa. Sirius se golpeó contra un muro, lo que lo despertó con la suavidad de un garrote con pincho, y cayó sobre el suelo con un golpe seco.

Ahora sí, se levantó y miró hacia arriba. Allí estaban Harry, su apadrinado; y su pesado amigo de cuyo nombre nunca se acordaba. Ignorando las graves mordeduras en el costado, en la cara y en el culo, las quemaduras en un brazo, las púas de cactus infectadas y la sangre que perdía a un ritmo peligroso; sonrió ligeramente con la boca torcida, lo cual le hacía parecerse bastante a Gary Oldman.

−Hola, Harry.

Se avecinan tiempos de cambio, Harry... ¡en tu virginidad!

Tras el correspondiente reencuentro, los abrazos y el relato de Harry de sus asombrosas proezas sexuales con Ginny y la amiga sueca de ésta interpretada por Denise Richards; Sirius le explicó a Harry (no a Ron, ya que se había olvidado de su presencia) que debía marcharse, pero que volvería a por él en pocos días para llevar a cabo una misión que se le había encomendado poco antes del enfrentamiento con Bellatrix y los mortífagos y de la que J. K. Rowling se había olvidado de mencionar hasta que ciertos problemas económicos la llevaron a “recordar” que aún tenía esta historia que contar/vender.

−Antes de una semana iré a buscarte, te lo prometo.

−Adiós, Sirius –contestó Harry.

−Adiós, Harry.

−Adiós, Sirius –dijo Ron, haciendo que Sirius recordara que aún estaba allí.

−¿Eh? Ah, sí… Ehm… Adiós, uh, Gustavo.

Sin más explicaciones, emitió un sonoro silbido. Buckbeak acudió de no se sabe dónde y Sirius se subió a su lomo heroicamente. El hipogrifo se levantó sobre sus patas traseras en una estampa épica que quedó arruinada cuando su jinete cayó hacia atrás y su pierna se enredó en las hebras de la cola del animal. Buckbeak alzó el vuelo, ignorando los gritos de auxilio de Sirius, al que llevaba arrastrando, componiendo la enésima estampa lamentable que Harry se vio obligado a ver de su padrino aquel día.

3 comentarios to “Regreso a la cámara de la muerte”

  1. nomecopies 26/01/2010 a 13:03 #

    Absolutamente genial. Me ha encantado el redescubrimiento de Harry como Harrymaister, aunque lo que más miedo da es que algo no demasiado diferente pueda aparecer en las librerías cuando J.K. eche de menos algunos milloncejos…

    Tu blog va estupendo (de momento :P), enhorabuena.

  2. Miguel Roselló 26/01/2010 a 13:17 #

    Esto fue el primer (y único) capítulo de un intento de historia completa, y me dio por rescatarlo para el sitio éste, para que no diese síntomas de enfermedad por culpa de los examenes. Suena fatal, pero a mí también me hace gracia cuando lo releo.

    Por lo demás muchas gracias… de momento. ¡Que no pare la fiesta!

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  1. The R Art: Dejad sitio a Maca « The R Lounge - 16/02/2010

    […] ha quedado, como una cosa bastante paródica y divertida. Sí, ese tipo de cosas me hacen gracia (aquí la […]

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