La momia: la tumba del emperador dragón (Rob Cohen, 2008)

1 Feb

Seguro que no soy el único que tiene un inmenso cariño hacia La momia. No la de Karloff, de la que también se puede encariñar uno, sino la del 99, la de Brendan Fraser y Rachel Weisz (y Omid Djalili). Vamos a jugar a Nostradamus: cuando pasen los años, esta película será revalorizada como un clásico moderno que destacará en el panorama del cine de aventuras reciente como un clavel en un campo de cardos borriqueros. Los que hemos crecido viendo a Indiana Jones jamás pensamos que veríamos algo nuevo capaz de mirar con dignidad (desde abajo pero con dignidad) a nuestro arqueólogo favorito, al Héroe. Pero entonces apareció La momia, una película fresca, sorprendente y con un nervio impecable, que además cada año parece mejor. Luego llegó El regreso de la momia, que era un poco menos comedida que su predecesora pero aún así un entretenimiento de primera. Eso fue en 2001. Después, silencio durante siete años. Y entonces, de golpe y porrazo, zas, La momia 3, o mejor dicho, La momia: la tumba del emperador dragón. ¿Qué? ¿Cómo? Pero… ¿alguien lo había pedido, aparte de Brendan Fraser tras hurgar en su cartera con descorazonador resultado? Yo diría que no.

Las sospechas quedan confirmadas tras verla. Esto no debería haberse hecho. En honor a la verdad cabe señalar que no es un bodrio absoluto, y que, para sorpresa de todos, no depende en exceso del temible principio del MÁS impuesto en el cine de aventuras por Piratas del Caribe (más minutos, más acción, más personajes, más subtramas, más grandilocuencia, más ruido, más caos, más efectos especiales, más planos por segundo, más exceso, más, más, más). Pero no cabe duda de que esto no es LA MOMIA, ni siquiera un pasable sucedáneo. No sé si echarle la culpa a Rob Cohen. De hecho, no lamentamos la desaparición de Stephen Sommers tras haber visto el truño que se sacó de la manga tras dirigir La momia 2. Si hubiese seguido la senda iniciada por Van Helsing, esta Momia 3 habría sido muchísimo peor de lo que es, así que démonos con un canto en los dientes. Por ahora Rob Cohen se salva.

La momia: la tumba del emperador dragón (¿pero es que no existe ya un videojuego que se llama Indiana Jones y la tumba del emperador?) se empeña en recordarnos la existencia de sus predecesoras. A través de situaciones reminiscentes a otras que ya vimos y de personajes equivalentes a viejos conocidos, parece querer obligarnos a hacer comparaciones. Y puesto que nos obligan, comparemos. La momia partía de una leyenda (inventada) brillante, sobrecogedora, con un nivel de mística, misterio y terror sorprendente, que tenía como protagonista a Imhotep, que no necesita presentación. Esta leyenda se nos mostraba en el estupendo prólogo, y lo mismo ocurre aquí. Sólo que ahora ni el prólogo es estupendo ni la leyenda pasa de ser un rollo más bien poco interesante. Un emperador de la China quería dominar al mundo pero fue maldecido y bla, bla, bla, quien lo despierte bla, bla, bla. Por añadidura, el protagonista de la leyenda es la momia más insignificante y sosa de la Historia, un Jet Li con nivel cero de carisma que se pasea por la película sin hacer exactamente nada en concreto ni resultar ni la tercera parte de temible y memorable que el genial Imhotep de Arnold Vosloo (encasillado en papeles de calvo, por cierto). De hecho, sus sicarios arriman el hombro bastante más que él.

Frente a la momia (sin vendas ni nada, ya no se respetan las tradiciones), en el bando de los buenos, tenemos a Rick O’Connell, su aguerrida esposa Evey, el hijo de ambos, Alex, y el cuñadete gracioso, Jonathan. O algo parecido. Parece increíble lo poco que se molesta Brendan Fraser en disimular la desgana con la que afronta un personaje con el que en el pasado se mostró la mar de divertido y convincente. Ni siquiera se molesta en probar a pensar en el dinero. Y su retoño Alex ha pasado de ser un niño repipi a convertirse (¡horror!) en el temible, típico y tópico adolescente guapete y respondón que parece vivir para replicar con ingenio a su padre (dejando claro que está por encima de sus tonterías de carca con energía juvenil y forracarpetas) y para dar pie a una innecesaria historia de amor adolescente. Lo más desconcertante es que esto no desemboca en La momia 3: Alex en cada plano, sino que el susodicho aparece como un fantasma, un borrón en el guión que hace poco y pinta menos en la trama. La actuación del payaso que lo interpreta no ayuda en absoluto, dejando al Will Turner de Orlando Bloom a la altura de Indiana Jones en lo que a carisma se refiere. De Jonathan no hay mucho que decir, salvo que está mucho más viejo y que sus momentos cómicos están bastante peor escritos e introducidos que antaño.

Decepción: no le resucitan.

Rayos, menos mal que los actores siguen siendo los mismos, si no, cualquiera diría que estamos ante personajes totalmente diferentes. ¡Alto! ¿He dicho que los actores siguen siendo los mismos? Entonces, ¿por qué Evey no se parece en nada a Evey? Creía que con el paso al olvido del modelo televisivo de El príncipe de Bel Air el recurso de cambiar alegremente al actor que interpreta a un personaje sin que nadie (excepto Jazz) se diese cuenta pasaba a ser cosa del pasado. Pero estaba equivocado, todavía hay quien mantiene el entrañable espíritu falto de escrúpulos de tan añorada época. ¿Que Rachel Weisz no quiere salir en La momia 3? Pues nada, cambiamos a la actriz y listos. Ni “pobre Evey, el coma le impedirá participar en esta aventura” ni gaitas, estamos en la tele de los noventa pero en una película de los 2000. Así que si a la degradación del personaje de Evey (adiós a su fuerte carácter, a su impacto en el transcurso de los acontecimientos, a su ingenio y encanto) sumamos la desafortunada entrada de Maria Bello, la reacción más adecuada es una discreta planta rodadora. Y es que nadie en su sano juicio diría que es la misma persona ni el mismo personaje. Se puede encajar de muchas formas. Un ejemplo: Evey murió en la guerra y O’Connell quedó tan afectado que cuando se volvió a casar comenzó a llamar a Consuela, su nueva esposa, “Evey”, viviendo en una ilusoria mentira. Como James Stewart.

Siguiendo con los equivalentes, el personaje de Ardeth Bay (¿hermano de Michael?), el majestuoso guardián de la tumba de las dos primeras películas, se ve sustituido por una chinita guerrera y su madre (Michelle Yeoh), dos seres insignificantes de imperceptible impacto en la trama. Sólo merece la pena reseñar que la primera pasará por el obligatorio calvario de protagonizar la ridícula trama amorosa con nuestro arrebatador Alex.

En general, este batiburrillo de personajes, en especial los viejos conocidos, se mueven en el marco oriental de la película con la fluidez de un boquerón en un pedregal. Queda demostrado que fueron concebidos para protagonizar una aventura de sabor añejo situada en el misterioso Egipto, y que más allá de eso funcionan como una motocicleta china (que se cae a pedazos). Avanzan a trompicones por un mundo extraño que, a diferencia del que nos presentaban las entregas anteriores de la saga, no guarda la más mínima coherencia interna. Es fácil delimitar la iconografía del Egipto maldito en el que se enmarcaban las dos primeras películas: es fácil de identificar en el imaginario colectivo y nos resulta familiar: arena, dioses, jeroglíficos, momias… Por lo tanto entramos en el juego de las maldiciones y el misterio muy pronto. Aquí, en cambio, tenemos que enfrentarnos a una desquiciada realidad paralela en la que ídolos de barro, emperadores vengativos y yetis se dan la mano, o mejor, se convierten en una gigantesca bola de nieve imparable que avanza sin remisión hacia el caos más absoluto. Todo ello traicionando el espíritu genuinamente retro de sus predecesoras. Si allí todo, desde la aventura hasta el aspecto formal, remitía al cine de aventuras más clásico (King Kong como máximo exponente), aquí nos lo encontramos todo cubierto de una cuestionable telilla de horterismo formal del siglo XXI, representado tanto por las tomas ralentizadas de acción y el montaje videoclipero de los combates cuerpo a cuerpo como por el desquiciado tembleque de la cámara en los planos estáticos.

Los efectos especiales, gran sorpresa, no son el horror al que estamos acostumbrados últimamente. No son tan increíbles ni están tan bien utilizados como en La momia original, pero tienen un pase. Si no nos ponemos estrictos, por supuesto; porque los Hombres de las Nieves jamás antes habían sido llamados abominables de un modo tan justificado. Por su parte, la banda sonora sí es un paso más hacia el fango. Si la música de Silvestri para la segunda ya era sensiblemente inferior a la magistral partitura original de Goldsmith, aquí tenemos penosos zambombazos y trompeteos a destiempo, amago de música cortesía de Randy Edelman, que supongo que debe su fama a que su nombre recuerda vagamente al de Randy Newman.

Y por decir algo del guión, aunque ya se intuye, es bastante aburrido. Frente al perfecto encadenamiento de situaciones sugerentes de la primera (y de la segunda también en realidad), tenemos un cansino compendio de secuencias poco o nada estimulantes, que culminan en un enfrentamiento final reflejo del de la segunda película pero bastante peor. Entre otras cosas, porque los implicados nos importan un bledo y porque está muy mal contado y filmado.

La momia 3 no es un bodrio, pero aún así es indigna de la estimulante saga a la que, para desgracia de todos, pertenece. Es lenta, torpe, sosa y muy desganada. La eléctrica magia de sus hermanas brilla aquí por su ausencia, y sólo puede mirarse cara a cara con aquel triste spin off de El rey escorpión. Esta película no debió hacerse, porque no sirve para nada.

Vale, HAY un punto más bajo en la saga.

5 comentarios to “La momia: la tumba del emperador dragón (Rob Cohen, 2008)”

  1. Hempfreud 01/02/2010 a 10:31 #

    pues yo recuerdo con más cariño la segunda parte. será que la vi en el cine dos veces. me hacían mucha gracia algunos chascarrillos.

    luego la vi en la tele y no senti nada. muerto por dentro. que desilusión…

  2. Nando 01/02/2010 a 13:30 #

    ¿El Rey Escorpión 2? Vaya sorpresa, la pongo a descargar.
    Supongo que The Rock no está en el reparto por el astronómico despegue de su carrera (véase “Hada por accidente”).

  3. Miguel Roselló 02/02/2010 a 10:30 #

    ¡Qué coño! ¡Se llama ROMPEDIENTES! Y como título hipotético me pega más HADA POR SORPRESA (creo que es Disney, así que HADA POR PELOTAS queda descartado).

    Ojo, que el tal Randy Couture va a salir en THE EXPENDABLES. http://www.imdb.com/name/nm1330276/ (ojo a la carrera del amigo).

  4. Manu 05/02/2010 a 20:20 #

    Pero hombre, ¿tras tanto ensañamiento de la crítica (con el que estoy totalmente de acuerdo, quede claro) olvidas el momento cumbre de la película? ¡¿Cómo no has podido nombrar ese Touch Down que se marcan los yetis?!
    La pelea transcurre en las montañas, todo el mundo zurrándose, y de repente la cámara cambia a un plano donde vemos a un chino en postura “ay, recojo la moneda que se me ha caido”, culo hacia nosotros… Perfecto para que un yeti le pegue una patada, pase entre dos… ¿columnas? (no recuerdo muy bien) Y ¡premio! Lo celebran!!
    Mis ojos como platos, y confirmo que ésto ya no es lo que era.

    Yo a “La momia” de 1999 le tengo también especial cariño. Era verano, aislado en el campo de mis padres, e íbamos al cine a ver una película de aventuras de la que algo había leido en (ojo) la SuperPop o una del estilo :P
    Y caray, lo que disfruté!! Pero en cambio esto… snif.

  5. Miguel Roselló 05/02/2010 a 21:43 #

    Pufffff… He tenido que hacer mucha memoria para reconstruir el momento en mi cerebro… Pero es verdad. También es verdad que dejado fuera deliberadamente varios momentos estúpidos más que nada porque no he sabido integrarlos bien con el resto de cosas que iba diciendo. Un ejemplo: el momento en el que la momia (presunta momia) se transforma porque sí ¡en una especie de ¿dragón? sin venir a cuento y sin saber exactamente para qué sirve eso! Demasiado caos.

    Yetis. Dragones. Momias. Demasiado para el cuerpo.

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