Menos cortos, Caperucita

8 Mar

Tenía preparada esta entrada con la esperanza de que sirviese de guiño-homenaje a La dama y la muerte tras su victoria en los óscar, pero como esto no ha ocurrido (tampoco han ganado Wallace y Gromit; ¿pero esto qué es?, dice Matías Prats), nos comemos un rosco y el homenaje se convierte más bien en una cruel ironía.

El corto animado es una parte fundamental del cine. Muchos creadores experimentaron en este formato con las cualidades plásticas y narrativas del cine, dando lugar a productos desbordantes de talento que consciente o inconscientemente, han inspirado al cine convencional desde el principio de los tiempos. Es una mera cuestión de mentalidad alambicada que hoy no solamos ver los nombres de Tex Avery o Richard Fleischer en las clásicas listas de realizadores legendarios, ésas que ensalzan (con razón) a Wilder y a Hitchcock. Se agradecen a John Lasseter (la prueba viviente de que la precipitada caída de Anakin en el Lado Oscuro no era tan inverosímil como decían algunos quejicas) los intentos por devolver el casi inexistente mundo del corto animado a un plano más accesible para el público, pero no bastan los intentos de un solo hombre para lograr esto. Él debería saber mejor que nadie que si hubo una Edad de Oro de la animación en corto eso fue porque había montones de propuestas, muchos cerebros con visiones personales sobre lo que debía ser la animación, varios nombres y estudios potenciando estas pequeñas joyas de siete minutos.

Miradle, el poder le ha consumido.

Hoy voy a jugar a Leonard Maltin, aunque yo no soy patológicamente sonriente, y voy a hacer mi pequeña aportación a la reivindicación del corto. Sin demasiadas pretensiones, voy a enumerar varios de mis cortos favoritos. Mi objetivo principal es dároslos a conocer, sin preocuparme si ya los conocéis porque resulta que he elegido los cortos más obvios imaginables. De hecho, sé que varios de mi lista lo son.  Pero qué más da, si todos son buenísimos. Pasad y reíd sin más, esto es un regalo que os hago, no os cobro ni nada. Yo soy así de generoso.

The Skeleton Dance (Walt Disney, 1928): El inexorable sistema cronológico nos obliga a empezar con un corto tan previsible como maravilloso, un auténtico hito en la historia de la animación en el sentido de que nunca antes se había visto una integración tan perfecta entre música y animación en la pantalla. Éste precisamente era el primer objetivo de las que se llamaron Silly Symphonies, una serie de cortos de vocación experimental ajenos a Mickey Mouse que Walt Disney inauguró con esta joya tan rebosante de imaginación como soberbiamente ambientada. Al ritmo de una pegadiza melodía (que no es la Danza Macabra de Saint Saens, error al que induce el título del corto), cuatro esqueletos que se levantan de su tumba pasan la noche bailando y divirtiéndose. Nada más, no hay más que una premisa que sirve de excusa para que estos esqueletos hagan todo lo que a Disney y a Ub Iwerks se les ocurriera. Las posibilidades de tener a cuatro esqueletos bailarines como protagonistas se explotan a la perfección, como se puede ver a lo largo de los siete minutos que dura: se desmontan, se intercambian los huesos, los usan como instrumentos, se arrastran, bailan en corro, caminan de puntillas y a saltos, se vuelven de goma… Una auténtica gozada en perfecta sincronía con la música del legendario pero entonces desconocido Carl W. Stalling, y en el que el inconfundible estilo burdamente infantiloide de estos primigenios dibujos animados (como Félix el Gato o Betty Boop) contribuye sorprendentemente a dotar al conjunto, especialmente a la primera escena, de un aura siniestra e inexplicable. El momento: Esta primera escena realmente me fascina, por cómo los diseños teóricamente cándidos (y muy de la época) de las arañas, los murciélagos y el cementerio en general la convierten en algo verdaderamente inquietante.

Mother Goose Goes Hollywood (Wilfred Jackson, 1938): Cuando Walt Disney inauguró sus Silly Simphonies en 1928, la competencia en el mundo de la animación era virtualmente inexistente. Había Disney y ya. Pero diez años después el panorama era muy diferente, y el enloquecido e irreverente estilo Tex Avery estaba avanzando a pasos agigantados, dejando obsoletas a las cándidas fábulas tipo Wynken, Blynken & Nod, que dicho sea de paso, es un coñazo. Esto dio lugar a la progresiva aparición de cortos Disney descaradamente modernos, plagados de referencias a la cultura más actual (como DreamWorks pero en bueno) y con un sentido del humor más corrosivo. En pocas palabras, Disney se estaba warnerizando. Una de las más gloriosas muestras de esto se llama Mother Goose Goes Hollywood, una de las últimas Simphonies, y en la que muchas de las figuras más populares del mundo del espectáculo (especialmente del cine) de finales de los treinta se daban cita en una genial parodia de los cuentos de Mamá Oca. Obviamente, la mayor diversión radica en identificar a las estrellas caricaturizadas, algunas muy obvias y otras bastante oscuras para un público actual, y no digamos ya para un público actual no norteamericano. De hecho, para muchos, algunas de estas figuras son reconocibles gracias a cortos como éste, como me pasa a mí con la patinadora Sonja Henie. Pero para compensar, ahí está gente fácilmente identificable como los Marx, Charles Laughton, Stepencer Tracy, Greta Garbo, Katherine Hepburn o Laurel y Hardy. Lo de W. C. Fields haciendo de Humpty Dumpty es pura genialidad: no podrían haber pensado en nadie mejor. El momento: Podría decir Joe E. Brown con su ya de por sí gigantesca boca aún más desproporcionada (porque me parto de risa cuando dice “oh, boy”), pero mi debilidad por el humor inintencionadamente ultrarracista me hace decantarme por el coro de Cab Calloway. Lo de ultrarracista es un decir, porque podría ponerme serio y explicar por qué me parece tan hipócrita criticar el retrato de estos personajes, pero no es el momento (el lugar sí); así que sigamos con la diversión. He tenido que recurrir a internet para descubrir que los demás negros del coro son también caricaturas de gente concreta. Todo una sorpresa, porque viéndoles en el corto parecen totalmente imposibles fuera de ahí…

Hollywood Steps Out (Tex Avery, 1941): Este gigantesco corto, casi una respuesta al disneyano Mother Goose Goes Hollywood, representa el cénit de la afición de Tex Avery a sacar de vez en cuando a una cara famosa haciendo un cameo (especialmente Peter Lorre): estrellas desfilando a saco. No existe trama ni gags más allá de caricaturas de actores famosísimos de la época haciendo aquello por lo que eran famosos. Todos los chistes son estrictamente referenciales, y eso es a la vez la genialidad y el mayor hándicap del corto. Hoy día es difícil identificar a todas y cada una de las caras que salen, pero más lo es aún entender los chistes que protagonizan. ¿Quién entiende lo de “¡Henry Foooonda!”? Yo no, desde luego, hasta que lo busqué por ahí. No obstante hay gente muy reconocible aún hoy día que protagoniza momentos fáciles de entender (y geniales), como la sátira de la fama de tipos duros de Cagney, Bogart y Raft, o la timidez habitual de los personajes que interpretaba Jimmy Stewart. Cortos como éste son una delicia como pasatiempo de descubrir caras, y te sientes la mar de bien contigo mismo si sacas muchas. A la función están invitados, aparte de los que ya he nombrado, Cary Grant (que en una sola frase nombra tres o cuatro películas suyas), Greta Garbo (lo jodido es que su caricatura realmente se parece a ella), Edward G. Robinson, Clark Gable, Buster Keaton, The Three Stooges, los Marx, Tyrone Power, Boris Karloff, Mickey Rooney (a día de hoy debe ser el único de los presentes que sigue vivo), Judy Garland, Bing Crosby, Sonja Henie, César Romero (porque tú no sabes cómo es César Chávez), Spencer Tracy y el obligatorio Peter Lorre; aparte de otros que no reconozco o que no he nombrado porque no me ha dado la gana (bueno, va, o porque me he olvidado). Las caricaturas son todas brillantes, con ese inimitable estilo grotesco a lo Avery que marca la diferencia con las caricaturas de Disney, que resultaban más agradecidas en comparación (aunque las de Edward G. Robinson son clónicas). El momento: Dos. El primero, el contoneo de Dorothy Lamour y sus piernas, algo imposible de relatar para un hombre sin sucumbir a la desesperación. El otro, la reaparición de Clark Gable, persiguiendo a la rubia con su “hey, it’s me again!” totalmente gratuito a la pantalla, momento que me resulta inexplicablemente hilarante. Joder, sólo con escribirlo ya me estoy riendo otra vez.

Blizt Wolf (Tex Avery, 1942): No puede negarse que la propaganda antinazi firmada por Tex Avery en sus cortos era más encendida que la de Disney. En Disney posiblemente se realizó el mejor corto antinazi jamás visto, Der Fuhrer’s Face, pero ni en éste se atacaba al líder del Tercer Reich con la virulencia que se puede ver en este Blitz Wolf, entre muchos otros. Avery, en su primer corto bajo la batuta de MGM (y el gran Fred Quimby), no tiene interés en deslizar mensajes subrepticios, como se demuestra en el mensaje inicial del corto o en el letrero final (amén de varios detalles a lo largo del resto). Aquí nuestro amigo el Lobo de Red Hot Riding Hood y tantos cortos de Droopy interpreta a un Hitler grotesco, ridículamente sobreactuado, un payaso colérico que ladra sinsentidos en alemán bastardo y que, por supuesto, resulta altamente hilarante. Frente a él, los tres cerditos representan a las naciones a las que Hitler quería hincarle el diente, con inteligentísimas referencias al Tratado de Varsovia y a Pearl Harbor. Los gags se suceden a un ritmo vertiginoso, con el filón de la variedad de armas traducido en artefactos a cada cual más absurdo y con la máxima del “más es mejor” por bandera. El momento: El plano en el que la casa de los cerditos da paso a la gigantesca arma secreta es tan excesivo que es imposible no reírse.  

Der Fuehrer’s Face (Jack Kinney, 1943): De todos los personajes Disney que fueron a la guerra, Donald fue el que nos dejó mejores cortos para la posteridad. Donald siempre fue un personaje enorme (no existe mejor personaje animado, amigos), pero Walt Disney supo que aún podía engrandecerlo más si combinaba su explosivo carácter con una temporada de servicios forzados a la patria. Y realmente fue todo un acierto. Tener a Donald en un ambiente bélico abría un enorme abanico de posibilidades, como demostraron todos los cortos propagandísticos que protagonizó en los primeros años de los cuarenta, especialmente éste Der Fuerher’s Face. El brutal trato por parte de los nazis del que es víctima el pobre pato nos deja momentos cómicos absolutamente antológicos, como el sucedáneo de vacaciones con el que tiene que conformarse o su casi inexistente ración de comida. Un ritmo brillante y una sucesión de gags a cada cual más hilarante son los que hacen de este corto una obra maestra satírica, una especie de versión reducida de El gran dictador. El momento: Donald en la cadena de montaje, un glorioso cúmulo de gags reminiscente de Tiempos modernos con el añadido absolutamente genial de los retratos de Hitler que van apareciendo sin previo aviso.

Red Hot Riding Hood (Tex Avery, 1943): Red Hot Riding Hood podría ser mi corto favorito de todos los tiempos, como le pasa a muchos otros fans de la animación. Tex Avery, con su salvaje estilo non-stop gags siempre ha sido el que más ha conectado con “lo que me hace reír”, y nunca hubo nadie con más talento para duplicar el ritmo y el humor simplemente con música que Scott Bradley. Como ya he comentado por ahí arriba, los años cuarenta fueron una época inmejorable para los personajes más conocidos del mundo de los cortos, y para la animación en general; y Tex Avery no iba a ser la excepción. Las versiones ultramodernas y sofisticadas de cuentos clásicos siempre son un valor seguro, especialmente en aquella lejana época en la que el colmo de la modernidad y la sofisticación eran los night clubs de las grandes ciudades y la música a lo Gershwin, y fueron un filón que Avery explotó estupendamente. Red, la pelirroja de dibujos animados más buenorra hasta que llegó Jessica Rabbit (pero ésta no hablaba como Katherine Hepburn), se convirtió en un personaje tan popular que protagonizó varios cortos más, cada vez más sexy (está claro que los animadores fueron perdiendo timidez por el camino) y siempre acompañada del pobre lobo casanova. Por cierto, el final original y censurado nos mostraba al lobo obligado a casarse con la abuelita, pero claro, las connotaciones zoofílicas eran tan evidentes que no hubo otro remedio que cambiarlo por el lobo pegándose un tiro en la sien. ¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? El momento: Obviemos a Red moviendo las caderas, ya sea porque todos sabemos que está realmente buena o porque su baile en Swing Shift Cinderella es hasta más, uh, eh… estimulante. Es la máquina de aplaudir y silbar lo que se lleva la palma. El que no se ría hasta las lágrimas con este colofón a los excesivos piropos del Lobo, es que tiene las entrañas muertas.

Solid Serenade (William Hanna y Joseph Barbera, 1946): Veréis. Hay tantos, tantísimos cortos de Tom y Jerry que incluiría en esta lista, que he sufrido lo indecible para escoger uno; sólo para que vosotros, queridos seguidores, no os aburráis de leer excelencias inacabables sobre Tom y Jerry. Además, en breve tendréis la entrada con la que haré justicia a dos de los mejores personajes de toda la historia de la animación. ¿Por qué he escogido éste en concreto? ¿Porque es mi favorito, tal vez? No iría tan lejos en mis afirmaciones, pero es cierto que es de mis favoritos. Podría haber metido The Cat Concerto, que es una joya como la copa de un pino, pero prefiero acercaros algún corto menos popular. Éste es perfecto, como la mayoría de cortos de la etapa de Fred Quimby (tranquilos, todos quedará explicado en la futura entrada), tanto en timing como en animación y música. Cuesta creer que los futuros reyes de la animación extralimitada (y cutre, joder, digámoslo de una vez), Hanna y Barbera, fuesen un día responsables de joyas visuales de la talla de los primeros cortos del gato y el ratón, de genuina inspiración texaveryana. Pero lo fueron. Este Solid Serenade tiene todos los ingredientes del corto de Tom y Jerry perfecto: desde el Tom más en su faceta romántica (que nos ha dado genialidades como The Zoot Cat) hasta los malos tratos que recibe por dos bandas (Jerry y Spike, el perro), todo magnificado con la histérica música de Scott Bradley. Y por supuesto, el numerito musical de Tom, cantando el Is You Is Or Is You Ain’t My Baby de Bing Crosby. No puedo resistirme a esos momentos puntuales en los que Tom o Jerry abrían la boca para decir algo o cantar, doblados de cualquier manera por Hanna o Barbera (no me acuerdo); y esta podría ser la mejor interpretación hablada de Tom. El momento: La risa absoluta toma forma en el momento en el que Tom encierra a Jerry en la caseta del perro y se mete riendo diabólicamente. Y todo lo que viene luego, incluido el momento en el que salta el tejado de la caseta y se ve a Tom y a Spike.

Casey At The Bat (Jack Kinney, 1946): Casey At The Bat es una maravillosa pieza olvidada, como casi todos los demás cortos que componen esa estupenda (aunque irregular) película que es Make Mine Music. Junto a All The Cats Join In, éste es el mejor del conjunto. Se trata de una puesta en escena del popular poema (en Estado Unidos) de Casey el bateador, al que su confianza traicionó en su partido más importante. Como no podía ser de otra manera, el corto aborda la historia en clave cómica, pero con un estilo visual feísta realmente inusual en Disney. Si dejamos de lado al propio Casey, grandullón y de aspecto fanfarrón, los personajes (los espectadores que se agolpan en las gradas, así como el árbitro y los demás jugadores), están dibujados con unos rasgos grotescos y desagradables, con arrugas, narizotas y dientes mellados en los que los animadores se recrean sin pudor, como demuestran los planos cada vez más cerrados sobre la cara del histriónico árbitro. Pero esto no es sino parte de la genialidad del corto, catalogándolo como auténtica rareza a reivindicar. En los años cincuenta se realizó una secuela del corto, llamada Casey Bats Again, tan buena o mejor que su predecesora, con un Casey deprimido conforme su esposa va dando a luz a niñas y más niñas, sin un solo varón que siga los pasos deportistas de su padre y le redima de su fracaso. Y cómo no, con el inconfundible estilo influido por la UPA que caracterizaba a los cortos Disney de los cincuenta. El momento: No hay momento. Hay momentos. Todos en los que la cámara se recrea en los aspectos más grotescos de las caras merecen mi bendición (el árbitro cada vez más histriónico, el pobre diablo que llora en las gradas).

Motor Mania (Jack Kinney, 1950): El caso es Goofy es realmente particular. Fue el último de los personajes de Disney en conseguir una serie propia (porque nadie en el estudio estaba muy seguro de para qué podía servir en solitario), comenzó su etapa dorada cuando el actor que lo doblaba tuvo que dejar de hacerlo por razones de fuerza mayor, y en los cincuenta, cuando la mayoría de personajes (Disney o no) estaban empezando a languidecer, él siguió creciendo. Su segunda racha llegó cuando una vez agotada la temática deportiva que le hizo grande en los cuarenta, Goofy se convirtió en George Geef, el Americano Medio. Lo que Jack Lemmon fue en el cine de acción real, Goofy lo fue en la animación. Y debutó en esta nueva faceta con uno de sus mejores cortos, Motor Mania, en el que los momentos grotescamente divertidos se suceden sin descanso. Obviamente, su mejor baza está en la ironía con la que retrata la agresividad que se hace con los ciudadanos cuando se ponen al volante, en forma de exagerados momentos de gran potencial visual (que alguien me explique cuál es el secreto para que la fila de coches que avanza y se detiene cronométricamente a la vez sea tan endemoniadamente graciosa). El momento: Me encanta lo de poner una plaza de aparcamiento como el tesoro al final del arcoíris. Igual gracia me hace cuando Goofy se mete a lo bestia antes que el pobre tipo que lo iba a ocupar.

One Froggy Evening (Chuck Jones, 1955): Que quede claro desde el principio: no me gusta Chuck Jones. Representa el reverso tenebroso de Tex Avery, es decir, un ritmo pausado, humor basado en sobreentendidos y miradas y sobriedad en la violencia. Esto no tiene por qué representar un problema, pero no puedo evitar que el estilo de Jones se me haga antipático. Qué demonios, además se cargó a Tom y a Jerry cuando los adaptó a su estilo porque le dio la gana, como Frank Miller hizo con The Spirit. Pero aún con todo, ese deje de pedantería que destila la obra de Jones no ha podido evitar que haya algún que otro corto suyo que me guste. No es One Froggy Evening el mejor corto del mundo, pero al ser de alguien que generalmente me gusta tan poco, creo que merece un pequeño reconocimiento entrando en esta lista. Michigan J. Frog es hoy un icono dentro de la producción de la Warner, cosa curiosa si tenemos en cuenta que su filmografía no pasa de dos cortos. Pero claro, es una rana que se pone chistera, canta y baila, y aunque sea el suyo un único momento de gloria, si es como ése no se olvida. Es un caso parecido al de Lee Harvey Oswald. El momento: ¿Cuál podría ser el mejor momento de un corto en el que sale una rana que se pone chistera, canta y baila?

Tummy Trouble (1989): Qué mejor forma de acabar este repaso por varios de mis cortos favoritos que con uno de los más gloriosos de entre los muchos intentos de resurrección del formato. Estoy hablando, cómo no, de los cortos protagonizados por Roger Rabbit poco después del estreno de su magnífica película (en 1988). Tummy Trouble, el mejor de ellos (aunque los otros dos no se quedan muy atrás), es una muestra de cómo podría ser un corto de Tex Avery hecho en los ochenta, cuando el público llevaba cuarenta años de ventaja en cuanto a madurez y experiencia a los espectadores de los cortos de la Edad de Oro. El caso es que puesto al lado de Tummy Trouble, el corto más desenfrenado de Tex Avery parecería tan parsimonioso como uno de Chuck Jones. Aquí, literalmente, no hay un solo momento de respiro. Todo está llevado al paroxismo: las expresiones, la velocidad, los gags, los encuadres… En este corto de siete minutos ocurren tantas cosas y a tal velocidad (y se grita tanto) que acabas totalmente agotado, pero nunca dejando la sensación de que habría sido mejor con menos histerismo. La animación encuentra el equilibrio perfecto entre el clasicismo de los cuarenta y la audacia de los ochenta, dando lugar a un improbable híbrido digno de alabanza. Si a esto sumamos unos personajes que parecen nacidos para estar en la cumbre de la animación de los cuarenta como ningún otro relativamente moderno ha logrado, y geniales guiños metacinematográficos referentes a la película (es obvio que Jessica está ahí porque se acuesta con la estrella) tenemos como resultado una pequeña obra maestra cronológicamente aislada del grueso de los más sobresalientes cortos animados de la historia. Cosa que, por cierto, no han conseguido dos pesos pesados como Mickey y Goofy, el uno con un corto deliberadamente contemporáneo (Runaway Brain) y el otro con uno de corte genuinamente clásico (How To Hook Up Your Home Theatre). El momento: Tras un histerismo desenfrenado sin fin, que Roger se estrelle, en un hospital, contra un montón de explosivos apilados en una esquina es el colmo del absurdo más maravilloso.

Creo que por hoy es suficiente. Espero que esta ristra de cortos os haya animado a buscar más por vuestra cuenta y a rellenar los huecos que yo he dejado al no incluir a ciertos artistas igualmente indiscutibles. Comparad los cortos de Bugs Bunny de Tex Avery con los de Chuck Jones, asombraos con la drástica evolución de Goofy desde sus primeros cortos como trasunto de los negros sureños comesandías hasta sus días como hombre americano de los cincuenta, explorad la vocación experimental de las aventuras de Betty Boop y descubrid por vosotros mismos por qué Donald es un personaje tan complejo y rico en matices. ¿Lograré despertar alguna pasión por el mundo de la animación clásica parecida a la que tengo yo? Well… It’s a possibility!

5 comentarios to “Menos cortos, Caperucita”

  1. Nando 08/03/2010 a 20:01 #

    Tan interesante como pedagógico.

  2. Miguel Roselló 08/03/2010 a 23:30 #

    Sobrio (mas edificante) halago.

  3. Nando 09/03/2010 a 12:49 #

    Por cierto, ¿cómo puedo cambiar mi imagen de usuario de wordpress?

  4. Miguel Roselló 09/03/2010 a 14:31 #

    Bueno, tú tienes wordpress, así que podrás hacerlo desde tu tablero. De ahí vas a tu perfil, y ahí ya ves el “gravatar” que se puede cambiar. Y la que escojas te vale para cualquier blog de wordpress. Ahora, los que no tienen wordpress no sé cómo se lo pueden cambiar, la verdad.

  5. hempfreud 09/03/2010 a 19:25 #

    red hot riding hood. que bien me lo pasaba en cartoon network. ains..

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