Tiana y el sapo (Ron Clements y John Musker, 2009)

10 Mar

Principales hándicaps de un REGRESO, así en mayúsculas, como el del cine más clásico en forma y fondo de Disney: primero, el afán a cualquier precio de crear “un clásico instantáneo, como lo de siempre” suele terminar siendo lo que resiente el resultado final; y segundo, el afán a cualquier precio de ver “un clásico instantáneo, como lo de siempre” suele terminar siendo lo que distorsiona nuestra percepción y resiente, subjetivamente, el resultado final. Lo primero no lo podemos remediar nosotros, los espectadores, pero lo segundo sí.

Los admiradores que esperaban este regreso con nombre propio como agua de mayo han cambiado, son diferentes aunque no lo acepten, desean con todas sus fuerzas que Tiana y el sapo sea como lo que siempre les ha gustado y se aterran ante la posibilidad de encontrar fallos que hundan esta ilusión, lo que les lleva a mover frenéticamente la vista y el cerebro de un lado a otro de lo que va pasando frente a sus narices en la pantalla, catalogando en cuestión de milésimas cada mínimo aspecto en “esto me gusta” y “esto no me gusta”, convirtiendo la película en un parto más que en una experiencia análoga a aquel entrañable día que fueron a ver Aladdin maravillados. Al salir de la sala hacen mentalmente un matemático balance entre lo que les ha gustado y lo que no les ha gustado, y por consenso de todas las neuronas que pueblan su cerebro, dan un veredicto para finalmente suspirar aliviados o hundirse en la miseria. En el primer caso, la película ha quedado reducida a un incómodo tránsito antes de poder decir “Disney ha vuelto”, y en el segundo lo más probable es que el aparente fracaso de la película sea culpa de haberla afrontado entre sudores, expectativas y juicios precipitados.

Bien, yo respondo a este perfil de espectador, especialmente en lo que se refiere a Disney. Soy consciente de ello. Lo era antes de entrar a la sala. Temía que esto pudiese impedirme disfrutar la película en su justa medida y llevarme a salir del cine con la sensación de haber asistido a un juicio en calidad de juez, jurado y verdugo, más que a una sencilla película pensada para el disfrute más elemental. En Avatar no logré abstraerme como me hubiese gustado: fui exactamente lo que he descrito en el párrafo anterior, y sigo con el regusto amargo. Pero Tiana y el sapo es otro cantar. No hay ni un gramo de autoconvencimiento en mi afirmación: estamos ante una gran película, una promesa de buenos tiempos futuros si se sigue esta senda. Sin alcanzar la perfección del anterior REGRESO EN MAYÚSCULAS, La sirenita, Tiana y el sapo se revela como una película fresca, divertida, de ritmo dinámico (como no podía ser de otra forma estando dirigida por quienes está dirigida), llena de personajes lo suficientemente carismáticos como para que merezca la pena recordar sus nombres y con corazón. Merece la pena detenerse a pensar en lo potentes que son todas estas virtudes, que incluso hacen olvidar el hecho de que el guión es flojo, funcional, sin la riqueza y la elegancia de, por seguir con los ejemplos del Disney contemporáneo, La bella y la bestia. ¿Qué tenemos? Una trama básica en la que una camarera de Nueva Orleans que persigue el sueño de abrir un gran restaurante se ve convertida en rana de rebote, por culpa de un hechizo lanzado contra un príncipe de visita en la ciudad, también transformado. Las peripecias que se verán obligados a compartir en un pantano les llevarán primero a entenderse, y luego, a enamorarse. Por supuesto, todo esto viene aderezado con fastuosos números musicales, personajes secundarios de lo más variopinto y un villano poseedor de oscuros poderes.

Qué pasó, que no se atrevió y no la besará...

Ya es costumbre que las heroínas Disney sigan la estela marcada por Ariel y Bella en su día. Desde entonces todas fueron decididas, independientes y con suficiente autoconfianza como para perseguir sus sueños por sí mismas. Cualquier otra cosa podría perfectamente representar un paso atrás y haría llevarse a más de uno las manos a la cabeza. Giselle era una excepción, más que nada porque era más paródica, pero Tiana no lo es. Y pese a esto, también esquiva el alambicado patrón de dignidad femenina basado en el familiar “nadie me deja hacer lo que quiero” tan predominante en el Disney de los noventa y que ya olía un poco a repetitivo en los casos de Jasmine o Pocahontas. La personalidad de Tiana, por el contrario, revela una interesante evolución en el modelo Disney de heroína, casi dinamitando varios de los cimientos del cuento de hadas. En una señal de los tiempos cambiantes, Tiana no cree en pedir deseos a las estrellas, sino que tiene los pies en la tierra y sabe que para lograr sus sueños tiene que trabajar duro y no perder el tiempo soñando. Del mismo modo, el matrimonio no está entre sus prioridades ni lo ve como la solución a sus problemas, ideal que mantiene hasta el final de la película. Este desencanto, si se le puede llamar así, ya lo hemos visto en personajes como Meg (la de Hércules, no la de Padre de familia), pero nunca en una protagonista absoluta.

Esto nos lleva directamente a su mejor, más rica y más presumida amiga, Charlotte, un personaje insólito en cuanto a que es ella la que hereda todas estas características ausentes en Tiana y que siempre se han considerado inherentes a la protagonista: cree a ciegas en los sueños que se hacen realidad, vive para casarse con un príncipe y, finalmente, en un giro irónico de los acontecimientos, ella parece ser la única capaz de devolver a Naveen su aspecto humano con un beso. De este modo, Charlotte se descubre como algo más que un alivio cómico secundario (cualidad que, por cierto, cumple con creces): representa un modelo de personaje secundario hasta el momento inexistente en el cine Disney. Sin contar con lo refrescante que resulta que este personaje mimado, forrado y presumido no se yerga en adversario, como hemos visto tantas veces, sino en aliado (aunque me temo que si fuese un poco menos egocéntrica habría prestado a Tiana algo de dinero para su restaurante desde el principio y le habría ahorrado un montón de problemas).

¿Por qué se me parece tantísimo a Drew Barrymore?

El mujeriego y bailarín Naveen, siguiendo con la tradición de príncipes Disney, es un personaje menos interesante; aunque bien mirado, carece de una profundidad que en realidad no es necesaria. Está bien construido, tiene una personalidad muy marcada e incluso lleva el peso de la trama a partes casi iguales con Tiana, algo realmente inédito. Juntos conocerán a Louis (…Armstrong), un bonachón cocodrilo fanático del jazz que cuenta con una animación prodigiosa, y Ray (…Charles), una luciérnaga paleta que comenzará como alivio cómico más o menos burdo en la línea de las horrendas gárgolas de El jorobado de Notre Dame y terminará dotando a la película de una belleza, una poesía y una madurez totalmente inesperadas, especialmente viniendo de quien viene. Mamá Odie, alias la Señora del Vudú de Monkey Island, también tiene momentos bastante simpáticos. Sin embargo, Lawrence, el ayudante de cámara de Naveen, es un personaje pobre, clónico del Nathaniel de Encantada (Timothy Spall haciendo de sicario, para variar) hasta en la voz castellana, pero muchísimo menos conseguido.

Hablemos un poco del doctor Facilier. Decía Hitchcock que una película vale lo que vale su villano, y si esto fuera cierto del todo (lo es en parte), Tiana y el sapo no sería una buena película. La incorporación del elemento del vudú a la trama ofrece magníficas posibilidades que se ven desaprovechadas en parte porque el doctor Facilier no está todo lo desarrollado que debería. Se trata de un personaje con un gran potencial, un brujo vudú magníficamente diseñado y animado y muy acorde, de nuevo, con los tiempos que corren. Este cruce de brujo y trilero charlatán tiene deudas con los espíritus, conoce los secretos del vudú y se sirve de ellos para conseguir sus propósitos, pero a fin de cuentas sabe que todo esto es pirotecnia, y que el verdadero poder está en los billetes, en el dinero contante y sonante. Un personaje, por todo esto, a priori muy interesante, pero que acaba perdiéndose en el argumento por culpa de unas motivaciones no lo suficientemente claras y su propensión a maquinar, más que a hacer. Da la impresión de que la intención original de Musker y Clements era hacer de los espíritus los villanos de la película, pero al no tener estos una verdadera corporeidad, se buscaron una especie de portavoz humano para ellos que pusiese cara al mal y pudiese ser fácilmente señalado como el malo de la función, del mismo modo que James Cameron decidió dar al T-1000 un aspecto predominante sobre los otros que adopta a lo largo de Terminator 2 para que fuese fácil identificarle con un rostro y por tanto temerle. Sin embargo, los espíritus permanecen en la película, y parece que se han quedado las características más malignas para sí mismos, quedando Facilier un tanto supeditado a éstos e indefinido en su función en la trama. Pero que esto no induzca a error, es un personaje más que interesante, y es él precisamente quien nos brinda los mejores momentos de la película, visualmente hablando. Sus trucos, su número musical y toda la parafernalia vudú que le rodea, incluidas las máscaras de los espíritus, dan lugar a prodigiosas secuencias llenas de color. Una presencia menos errática de Facilier en el argumento habría potenciado el impacto de muchas de estas secuencias, como la de su destino final, que podría haber entrado perfectamente en el club de escenas más memorables de la filmografía Disney.

¡Preciosos colores, sí señor!

Las canciones, que vienen firmadas por el ceceante Randy Newman, son sorprendentemente flojas para el tipo de película del que hablamos. Se nota un extraño desinterés en las canciones por parte de los directores, que en muchas ocasiones desvían la atención del espectador de éstas a diálogos que se desarrollan paralelamente, como ocurre con Ma Belle Evangeline. Por el contrario, el envoltorio, es decir, los números musicales, son casi todos espectaculares, desde el delicioso Almost There, de gloriosa estética retro-lounge a lo Ratatouille (estética sesentera y por lo tanto anacrónica, pero a quién le importa) hasta el subyagante número del doctor Facilier, un festival de luces, formas e ilusiones ópticas francamente hipnótico y digno de ser visto varias veces. Prefiero no hablar de la purulenta balada popera que acompaña a los preciosos créditos finales.

John Lasseter es un friki, un friki de Disney, y esa pasión acaba por traicionarle. La película se sustenta excesivamente en los homenajes a la amplia filmografía de la compañía del ratón, hasta el punto de que la película adolece de una verdadera identidad, identidad que incluso los breves fragmentos animados de Encantada poseían. Resulta meritorio que la película no parezca ese intento forzado de clásico Disney a cualquier precio del que hablé al principio, cosa que podría haber sido perfectamente posible, pero el exceso de homenajes pasa factura en ese otro aspecto. Musker y Clements siempre han sido muy aficionados al homenaje más o menos explícito, colando en sus películas personajes de otros éxitos de la compañía a la mínima oportunidad; no obstante en Tiana y el sapo se nota la mano de Lasseter, obsesionado con los guiños, las repeticiones y las alusiones pero sin la mesura de los dos directores. A nivel narrativo, la película se articula a partir de situaciones familiares, explícitamente extraídas de La bella y la bestia, El rey león o El libro de la selva. Visualmente está en tierra de nadie, queriendo remitir al mismo tiempo al Disney más clásico (La cenicienta), a la etapa de Wolfang Reitherman (101  dálmatas) y a la segunda resurrección (La bella y la bestia). A nivel de personajes puede decirse lo mismo, e incluso la animación y los encuadres nos remiten en momentos concretos a clásicos del pasado. Lawrence está diseñado siguiendo el estilo del Disney de los cincuenta, ése de personajes de ojillos pequeños y enloquecidos (Alicia en el país de las maravillas es un gran ejemplo), y la plasticidad con la que se ha animado a Louis le permite adoptar gestos muy marcados y sospechosamente familiares.

Say no more.

Estos defectos existen. Están ahí, y no se puede negar. Tampoco la chocante irrealidad de una Nueva Orleans de hace noventa años en la que blancos y negros viven juntos y felices en armonía, fruto de las insensatas quejas de ese colectivo de imbéciles que llaman racismo a la imparcial exactitud histórica y que han terminado provocando la presencia en Tiana y el sapo de esas ñoñas cursilerías de mundo ideal made in Disney tan nocivas para los niños que no se cansan de criticar. Pero aún así, el buen hacer de dos directores que llevan trabajando juntos desde los tiempos de Basil, el ratón superdetective logra que estas flaquezas parezcan mínimas máculas sobre un cuento más cercano al romanticismo ligero de La sirenita que a la locura desenfrenada de Aladdin y Hércules, y que da lugar a reflexiones bastante alejadas de las moralejas que siempre hemos asociado a la compañía. El detractor de Disney, ése que gusta de dar la vuelta a todo para beneficio de sus argumentos, hablará de burdo dogma católico sobre la muerte; Tiana y el sapo habla de aprender a aceptar la pérdida de los seres queridos desde un enfoque menos negativo al acostumbrado. El detractor de Disney hablará de personajes vomitivamente perfectos y bondadosos que ceden desinteresadamente a lo que han perseguido toda su vida; Tiana y el sapo habla de sueños que no siempre se acaban cumpliendo como en los cuentos de hadas porque no siempre dependen de cuánto o con qué bondad se desee. A veces, besar una rana no te soluciona la vida, sino que te obliga a hacer esfuerzos aún mayores, ya sea huyendo de caimanes voraces porque levantas poco más de un palmo del suelo, o porque hace años que tu público te ha dado la espalda y aún así tratas de encariñar al público con un cuento de princesas como los de antes, por muy reacio que éste sea. Es cuestión de intentarlo una y otra vez, no se consigue nada cambiando a última hora el título por un adjetivo que suene gracioso, sino haciendo películas buenas, una tras otra, sin ir más lejos, como Tiana y el sapo.

3 comentarios to “Tiana y el sapo (Ron Clements y John Musker, 2009)”

  1. Nando 11/03/2010 a 14:44 #

    No actualices tanto que da pereza leer, conio.

  2. Miguel Roselló 12/03/2010 a 8:14 #

    Será posible… Déjatelo guardado en el google reader y listo, so vago.

  3. Jose 08/06/2010 a 0:29 #

    Bueno, no he comentado hasta hoy porque no me lo había leído. Y no me lo había leído porque no había visto la película aún, y quería hacerlo lo menos contaminado posible. He de decir que estoy de acuerdo contigo en casi todo, pero hay algo que me inquieta. ¿A qué te refieres exactamente cuando hablas del dr. Facilier? No sé, a mí me ha parecido uno de los mejores “malos” de Disney, a la altura de Jafar y Skar. A lo mejor es que, como acabo de verla, sigo deslumbrado por su vistosidad y su genialidad visual, mañana veré. Por lo demás, sólo decirte que me parece una crítica genial, que suerte con los exámenes que te queden, y que a ver si nos vemos este verano.

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