Del río a Perdidos (o viceversa)

23 May

Ve buscando tu nueva serie de cabecera, porque Perdidos se acaba esta noche, querido lector. Llora desesperado durante unos minutos, ve a compartir tus sentimientos en el foro/red social más cercano y, cuando te hayas desahogado, arrasa esa parte de tu cerebro dedicada a la serie que has estado calificando como la mejor de la historia durante tanto tiempo como para que tus pocos amigos no fans se hayan hartado de ti hasta el punto de evitarte cuando te ven por la calle. Es el momento de dejarla atrás como tantas otras con las que se te llenaba la boca de adjetivos redundantes y a las que hoy apenas dedicas un hueco en tu memoria y de buscar otra serie que lleve tres temporadas emitiéndose para enchufarte en una semana todos los episodios que haya sin tiempo a digerirlos, como debe ser. Que si no, no se puede ir por ahí gritando histriónicamente “¡no puedo esperar a la semana que viene!” ni poniendo alusivos nicks en facebook, implicando que eres (o buscas ser) el mayor fan de la serie en cuestión.

Una foto de Claire escogida aleatoriamente.

Fiel a mi naturaleza elitista, jamás habría perdido mi tiempo viendo Perdidos, valga la redundancia, si toda la población hubiese estado dando la tabarra con ello desde el principio de los tiempos. Y lo cierto es que jamás me habría puesto a verla de no ser porque mi padre, aficionado a las tramas con sabor robinsonesco (por Crusoe) grabó el primer episodio de aquella extraña serie que Fox había estrenado tímidamente. No recuerdo si fue un flechazo, pero aunque no lo hubiese sido daba igual, le di mi carta de confianza hasta que caí irremisiblemente en las garras de humo negro de Perdidos. Recuerdo que conforme se acababa la primera temporada yo andaba convencido, Ford sabe por qué razón, de que ahí se acababa todo, de que aquella serie había sido una suerte de experimento televisivo de veintidós capítulos y que en pocos episodios debían resolver unas cuantas incógnitas, entre ellas el entrañable “¿qué habrá dentro de la escotilla? ¡no puedo esperar a averiguarlo!”. Por cierto, mención aparte merecen aquellos pobres sujetos que se subieron al carro perdidito más tarde que nadie, y que con sus emocionadas e increíblemente desfasadas preguntas como la que acabo de formular se ganaban el desprecio de los que íbamos al día y estábamos convencidos de que los interrogantes que nos quitaban el sueño a nosotros eran mucho más trascendentales que sus triviales tonterías.

Uno de los mayores logros de Perdidos a lo largo de sus seis temporadas ha radicado en su capacidad para suspender nuestra incredulidad ante fenómenos sobrenaturales aparentemente ridículos. Por ejemplo, nunca antes una serie ha logrado que el espectador acepte con tanta naturalidad que un personaje que exige respuestas a los enigmas que están haciendo de su vida un infierno se conforme con una réplica en forma de ambigua pregunta retórica (“¿estás seguro de que deseas saberlo, Jack?”) y olvide instantáneamente que hace un momento quería explicaciones inmediatas. Por supuesto, una serie como ésta requiere un pacto de credibilidad considerable por parte del espectador, pero si aceptamos el buen puñado de absurdos e incoherencias que se pueden encontrar en Perdidos, la recompensa es grande, una recompensa en forma de las virtudes más básicas que cualquiera querría encontrar en una película, un libro o una serie: personajes carismáticos (especialmente Jack), entretenimiento de primera, la morbosa sensación de que alguien está jugando con nosotros y nuestras expectativas (aunque no hasta un nivel Michael Haneke) y esos maravillosos barullos argumentales que son lo que hace que Perdidos no acabe una vez que el archivo de megavideo ha llegado al final, sino que permanezca ahí flotando en nuestro cerebro. Los detractores de la serie se burlan de las aparentes pretensiones intelectuales de la serie, guiándose por las referencias a científicos y pensadores en los apellidos de los personajes y en los libros que éstos leen. Nada más lejos de las intenciones de Perdidos, que usa estas alusiones con un afán meramente referencial y, en todo caso, como una fuente de incertidumbre para el espectador más culto. De hecho, el espíritu referencial de Perdidos es bastante loable, porque ya cansa esa insistencia del cine y la televisión en que lo referencial ha de limitarse a la música o a sí mismos.

Y tú creías que tu ridícula camiseta de Dharma molaba.

La sexta temporada ha desatado polémicas por doquier por el supuesto descenso de su calidad. En este caso estoy de acuerdo con los trolls (es decir, con los que tienen una opinión contraria a los defensores). No he disfrutado la última tanda de episodios como con las anteriores temporadas, en las que no recuerdo demasiadas semanas en las que me quedase con un mal sabor de boca. Sin embargo, los episodios realmente notables de la sexta temporada no han sido suficientes como para olvidar la mediocridad absoluta del conjunto. Lo peor de todo es que, en perspectiva y vistos dentro del cuadro total, incluso los episodios buenos pierden gran parte de su sentido. El episodio de Richard (que pierde horrores con los revisionados) y toda la historia de su pasado se muestran ahora intrascendentes, innecesarios dentro del devenir de los acontecimientos posteriores, y ha quedado más como un “se lo debíamos a los fans” que como una pieza importante del puzzle. Y ya que vamos a eso, creo que los fans de las series actuales están demasiado consentidos. Se les presta demasiada atención por parte de los creadores, y digo “demasiada” porque esto acaba repercutiendo negativamente en el modo en que la serie se va construyendo, dado que las decisiones comienzan a tomarse más en función de lo que esperan los fans (talifans en el caso de Perdidos) que de las propias necesidades de la serie. ¿Estoy diciendo que Perdidos sería mejor serie si la viesen cuatro gatos? Sí. Claro que afirmaciones como ésta están mal vistas en el mundo de hoy, donde insinuar que el público influye demasiado en el producto viene a ser tan reaccionario como gritar en mitad de la calle que al pueblo debería anulársele la capacidad de decisión y obligarle a caminar en formación bajo el ojo del Gran Hermano, así que moderaré mi comentario añadiendo con inusitada corrección política que creo en las virtudes de un feedback moderado por parte de los espectadores (“¡sí, claro, moderado por leyes represivas y agentes con porras y pistolas!”, dice el lector más comprometido con los derechos del pueblo).

El caso es que por cada buen capítulo de esta última temporada nos hemos tenido que tragar cinco olvidables o directamente infumables, entre ellos el espantoso Sundown, del que sólo rescataría el asesinato del personaje más ridículo, paródico, innecesario y peor introducido de todos los que han pululado por la serie, que como ya imaginaréis es Dogen, el místico charlatán escapado de algún capítulo de Xena. Lo peor es que la sexta temporada ha puesto en evidencia las lacras que hasta el momento tan bien habían disimulado Lindelof, Cuse y su equipo de guionistas. A saber: que han ido improvisando sobre la marcha los enigmas y soluciones, que muchos personajes son meros recursos para encarrilar las pistas y la predisposición de los espectadores, que hay subtramas mal concebidas y planeadas para las cuales ya no hay cabida. Hasta el final de la quinta temporada esas lacras habían ido siendo salvadas magistralmente desde la discreción, y es lo que convertía a Perdidos en grandiosa: no era su perfección, sino su forma de lidiar con su imperfección. Pero finalmente todo se ha venido abajo, los parches han reventado y las carencias se han puesto en evidencia. Pongamos un ejemplo. Una de las marcas de la casa es el “yo te digo una cosa, tú te lo crees, pero ahora aparece otro y te dice lo contrario, dejándote sumido en la confusión”. Se ha hecho uso y abuso de este recurso a lo largo de la serie, pero siempre con discreción y sin recurrir a él en demasía para que la cosa no cantara. El recurso es facilón, reconozcámoslo, pero ¿qué más da si puede mantener la intriga en el espectador sin que resulte demasiado evidente o artificial? No obstante, en los primeros seis o siete capítulos de la sexta temporada se echó mano de esto como diez veces, de forma tan obvia y molesta que no había quien se lo saltase. No olvidemos ese impagable momento digno de una parodia de Cruz y Raya en el que Sayid va en busca de Locke (“el malo, el de la isla”) siguiendo las instrucciones de Dogen, y Richard, desaparecido de los acontecimientos desde hace mucho, sale de entre los arbustos como un teleñeco para decir “¡no, no creas nada de lo que dice!” y salir corriendo para no volver en unos cuantos capítulos.

¿Qué espero del último capítulo? Pues bien, espero que sea tan emocionante como cualquiera de los otros finales de temporada de la serie. Ahí nunca me han fallado, y pese a que llegue para poner punto final a una temporada errática, espero de esta finale una hora y veinte cardíaca, con explosiones, gritos y muertos (¿cómo? ¿que hay otras cosas?). Las respuestas me importan un pito por razones obvias. Por mí como si aparece Mordisquitos para enumerar un puñado de hechos aleatorios ocurridos durante la serie para explicar el por qué de todo. Pero es que ¿a quién le importan las respuestas? Sed sinceros. Os coméis las uñas por descubrir las respuestas por pura inercia. Nos podemos hacer preguntas en una serie que se mueve por terrenos científicos, como solía hacer Perdidos en el pasado, pero ¿qué sentido tiene pedir respuestas a una serie que ha dejado definitivamente atrás la ciencia ficción para adentrarse en la fantasía sobrenatural pura y dura, donde las nubes de humo negro no son nanobots en enjambre sino una especie de ser milenario cabreado que sale de una cueva llena de luz celestial? Es más, no estoy seguro de las preguntas que quedan por responder. Los interrogantes han ido dando tantas vueltas a lo largo de la serie y se han ido multiplicando y difuminando de tal forma que en realidad a estas alturas no hay mucho a lo que responder, a no ser que se nos revele de pronto que Jacob y su hermano forman parte de un juego aún mayor, aunque sea de canicas, como al final de Men In Black. Sed honestos. Cuando Jacob preguntó “¿qué queréis saber?” y Hurley respondió “hay tanto que preguntar”, vosotros, al igual que yo, estabais tan confusos como nuestro gordo chicano favorito, porque no erais capaces de formular ninguna pregunta (el “¿por qué?” con tono trascendental a lo Peter Griffin no cuenta). Tiene más sentido preguntarse qué va a ser de nuestros perdiditos favoritos que seguir dándole vueltas a cuestiones cuya única respuesta va a ser un enorme y seco “lo hizo un mago”. Y dicho sea de paso, espero que se dejen explícitamente en el aire algunas cuestiones.

Me lo he pasado de puta madre viendo Perdidos. Es la primera vez que he seguido una serie al ritmo natural desde que se emitió por primera vez hasta su final, y ha sido una experiencia estupenda. He participado en su juego de un modo del que no he tenido la oportunidad de hacer con otros programas y estoy contento de haberlo hecho. He crecido con los personajes y los he ido viendo evolucionar poco a poco, y por ello les voy a echar de menos. Sawyer se ha ido ganando mis simpatías como ocurre en la vida real, revelándose como algo más que un guapete sin camiseta; Jack ha avanzado a trompicones por la isla hasta resultar entrañable de tanto equivocarse; Hurley ha sido una constante vía de escape para los fans que buscaban identificarse con alguno de los protagonistas; Locke nos ha sobrecogido al quedar, en perspectiva, como un pobre hombre que murió lleno de dudas y sin haber conseguido nada con su sacrificio; Claire está buenísima. Ha sido un placer conocerlos a todos. También estoy contento de haber seguido una serie de estas características junto a millones de personas más, porque aunque diga y mantenga que Perdidos habría sido mejor sin un fandom tan grande detrás, es mucho más divertido hacer esto en compañía. De otra forma habrían sido unos seis años muy solitarios y agridulces. Pero no os preocupéis, sigo siendo el mismo Miguel Roselló elitista y encantador de siempre, y me sigue estimulando pensar que formo parte del pequeño club VIP que degusta y paladea Mad Men consciente de que parte de su genialidad reside en que no está al alcance de las sucias manos del populacho. Y para terminar con este amalgama de pensamientos sobre Perdidos que he ido dejando caer sin orden ninguno mientras se me iban ocurriendo, lanzo mi propuesta para el final de la serie:

JACOB: Bueno, hermano cuyo nombre omito oportunamente, ya han muerto todos, se acabó lo que se daba.

ANTIJACOB: Sí. ¿Has visto cómo le ha estallado la cabeza a la pecosa ésa?

JACOB: Sí, para esto sí que ha merecido la pena esperar seis temporadas, que es a lo que equivalen los cuatro años que han pasado desde el accidente de avión para los seres sobrenaturales como nosotros.

ANTIJACOB: En fin, se acabó la diversión. ¿Qué hacemos ahora? ¿Se te ocurre otra forma de jugar a Demiurgo?

JACOB: Mira a ese indigente de ahí… Se me ocurre un experimento que puede ser muy interesante, querido hermano. ¿Qué crees que pasaría si le diésemos un puesto ejecutivo en una gran empresa y echásemos a la calle a un ejecutivo de verdad?

ANTIJACOB: Yo diría que ambos se adaptarían a su nueva situación.

JACOB: ¿Insinúas que es el entorno social y no la naturaleza de cada ser humano lo que nos moldea?

ANTIJACOB: Eso mismo es lo que sugiero, hermano.

JACOB: Entonces hagamos una pequeña apuesta. Cambiémosles los puestos. Si ambos se adaptan al entorno del otro y consiguen abrirse hueco en él, significará que tienes razón y que es el entorno social lo que condiciona a los seres humanos, y si por el contrario ambos son incapaces de moverse en un mundo al que nunca han pertenecido, quedará demostrado que es la naturaleza innata de cada persona lo que nos condiciona y yo tendré razón.

ANTIJACOB: Acepto la apuesta, hermano. Pero te advierto que vas a perder.

JACOB: Ya veremos, hermano, ya veremos…

5 comentarios to “Del río a Perdidos (o viceversa)”

  1. nomecopies 23/05/2010 a 23:06 #

    Pero… ¿el mendigo es Eddie Murphy?

  2. Messiah 24/05/2010 a 20:30 #

    [Si aún no lo viste, no querrás seguir leyendo!!]
    Como siempre, el problema está en buscar respuestas a todas las preguntas, sacar tres nuevas preguntas por cada respuesta dada y seguir el triángulo de Pascal. Por fortuna para mi, han completado la historia de los personajes, no de las dudas, y la forma de hacerlo me ha gustado.
    Es cierto que esta última temporada ha sido bastante regulera, pero para mi la quinta también lo fue y culminó en ese “The incident” que nos dejó a todos con la mandíbula colgando en la zona de los calcetines dada de sí, así que sabía que al final podrían redimirse.
    Para algunos no ha sido así y quieren respuestas para todo (se ve que no escucharon a la falsa madre de Jacob y ¿—-?), y como bien dices prácticamente todas las preguntas importantes se pueden resolver.
    Lo único que puede no gustarme en el conjunto es que, echando la vista atrás, hay misterios que se nota que metieron por que sí (el desfase temporal entre el carguero y la isla, o el ojo que ve Hugo cuando encuentra por primera vez la cabaña de “Jacob”), pero en general no les ha salido mal la cosa.
    Si algún día me dedico a una revisión en serio, apuntaré las dudas que surgen por capítulo y sus respuestas o explicaciones en función de lo ya visto, a ver si así se callan muchas bocas :P

  3. Miguel Roselló 25/05/2010 a 7:50 #

    Creo que el final ha venido a decirnos que la isla y sus enigmas no han sido más que una excusa para distraernos de la verdad, al más puro estilo Hitchcock: “hay muchas cosas que querríais saber, pero lo que os vamos a revelar es que no importaban, los que importaban eran ellos”. Una salida estupenda, aunque por cuestiones narrativas (el tiempo que se les ha dedicado, las cosas que han provocado) hay ciertos puntos que DEBÍAN ser resueltos.

    Pd.: Muy hábil, Nomecopies.

  4. Alejandro Candela Rodríguez 30/05/2010 a 22:14 #

    No lo pude leer en su momento, pero BRAVO. Un post realmente magnífico, preciso y muy acertado ^^

  5. Miguel Roselló 31/05/2010 a 8:43 #

    Si no fuese porque trato de evitar la monotononía y porque ya me he hartado de comentarlo en mi foro habitual, haría una entrada sobre… el final.

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