La revancha de los lobatos

17 Ago

Hoy, entre tanda y tanda de anuncios han puesto Kampamento Krusty (el episodio que a punto estuvo de ser la película de Los Simpson), e inevitablemente mi mente ha empezado a volar por recuerdos que a su vez me han llevado a desempolvar una vieja historia autobiográfica que, como la mayoría de mis recuerdos, resulta traumática y sospechosamente desproporcionada. Estoy seguro de que todos habéis oído hablar de esa secta orgullosa de su fanatismo hacia la lealtad, la naturaleza, el trabajo en grupo y la tolerancia conocida como los Boy Scouts. Claro que sí. Desde fuera, un orgullo para la humanidad, la nobleza personificada, la bondad en forma de jóvenes dispuestos a todo por ayudar y de himnos que hacen que se te encoja el corazón. Pero desde dentro todo cambia. Yo estuve dentro, y por lo tanto hablo con conocimiento de causa cuando os digo que tras esa fachada de lealtad y amor hacia la naturaleza y las personas se esconde una maligna organización que ya se ha llevado la dignidad, la cordura e incluso la vida de varios niños. Si no seguí el mismo camino de estos pobres desdichados sin duda fue porque cuando mis padres, imbuidos por algún tipo de bebedizo, consideraron que el niño gordo e introvertido (pero rebosante de talento) que tenían por hijo debía entrar en aquella secta siniestra (SS) descubrí que varios de mis amigos también habían sido golpeados, vendados de ojos y enviados a la base de operaciones de los Scout para que se hicieran unos hombres. No estábamos solos, como cantan en El club de los cinco. Cuando nos unimos a los Scout teníamos ocho o nueve años, no me acuerdo; pero ésa era la edad en la que los chavales podían unirse por fin a sus héroes los Boy Scout. Y nosotros nos apuntamos a esa edad, aunque no para conocer a nuestros héroes (Indiana Jones dejó el grupo tras recuperar la cruz de Coronado), sino por presión de nuestros padres. “Será divertido”, decían con la mirada perdida y un extrañamente robótico tono de voz.

Una foto de nuestro grupo Scout antes de salir de acampada.

Cuando despertamos, mis amigos y yo estábamos en el Templo Scout del Mal, vestidos con una reluciente camisa amarilla que, según los que se hacían llamar “los Responsables”, debía ser nuestra segunda piel durante los próximos tres años. La camisa amarilla (que al cabo de tres años comenzó a adquirir un tono verde gangrena) indicaba nuestro rango de lobatos, que era el más bajo. A los tres años se suponía que ascendíamos al rango de rangers de camisa azul. Y así continuaba, de rangers a pioneros (rojo), de pioneros a rutas (verde)… Y más o menos hasta el rango de octogenario (no puedo decir el color, nunca nadie soportó tantos años en los Scout sin enloquecer y prenderse fuego a sí mismo). Los Responsables se suponía que habían pasado por todo lo que nosotros pasamos y más, porque nosotros logramos huir tras los tres primeros años. Cuando nos dijeron que pasábamos a ser rangers y que estábamos más cerca de convertirnos en verdaderos hombres, detectamos que aquello implicaba tortura doble para tipos más duros, y huimos sin mirar atrás mientras los Responsables activaban el sistema de seguridad anti-deserciones que ya se había cobrado la vida de tropecientos cobardes. Por los pelos, escapamos y nunca más nos aparecimos por allí.

Todos los sábados de cuatro a seis de la tarde nos veíamos encerrados en la Fortaleza Scout, situada en lo alto de una tenebrosa colina rodeada de un brumoso pantano lleno de espíritus errantes. Allí debíamos profesar devoción por divinidades caníbales, cantar himnos rituales y efectuar saludos obligados mientras el Gran Akela, el Responsable jefe, observaba desde su trono de roca y hueso en forma de cráneo de algún tipo de demonio cabrío, rodeado de su séquito (los demás Responsables). Todos ellos bebían sangre de lobato en cráneos de niños de ocho a diez años entre carcajadas vikingas a le vez que se divertían viéndonos bailar hasta el agotamiento alrededor del fuego (el cual habían procurado alimentar con productos vudú que despedían toxinas que al respirar nosotros eliminaban nuestra voluntad y nos convertían en marionetas sumisas). Entonces, cuando los Responsables consideraban que ya era suficiente, nos obligaban a detenernos y a recitar las Máximas del Mal, bajo pena de látigo si alguno olvidaba alguna máxima o las citaba en el orden incorrecto. Esto teníamos que hacerlo mientras manteníamos la mano derecha en posición de saludo. Intentaré describir la posición de saludo: la mano derecha se ponía en la sien derecha, como los militares, pero con los dedos índice y corazón fuera y los otros tres recogidos, con el pulgar sobre los otros dos. Los Responsables cuidaban de que el saludo se hiciera con precisión y correctamente. Era difícil estar pendiente de colocar los dedos correctamente a la vez que procurar recitar las Máximas sin equivocaciones. Pero no había que preocuparse, porque los Responsables caminaban alrededor del círculo cuidando de que no hubiera ningún error en todo este proceso. Si un Responsable consideraba que Ramón estaba haciendo el saludo con los dedos en una posición algo diferente de la que debiera, se ocupaba de llamar su atención y corregir el error con el látigo de siete puntas. Esto explica que la mayoría de nosotros tuviéramos surcos y cicatrices en la mano derecha. Algunos incluso perdieron varios dedos y tuvieron que hacerse zurdos. Precisamente el hecho de ser zurdo jugaba en mi contra, pues instintivamente colocaba en posición de saludo la mano izquierda, con el consiguiente latigazo. Estos latigazos despertaban el regocijo de los vampirizados Responsables, que saltaban de sus asientos de roca y hueso para chupar la sangre del lobato azotado, la más sabrosa y nutritiva para su especie.

Mención aparte merecen las muchas suposiciones que nos hacíamos sobre los nombres en clave de los Responsables. Todos se hacían llamar como personajes de El Libro de la Selva. La teoría más sólida al respecto es la que asegura que los Responsables son buscados y perseguidos por varias sectas enemigas y por ello prefieren mantener ocultos sus verdaderos nombres. Con cada nuevo año, los Responsables se intercambiaban los apodos con un doble fin: el primero, confundir a sus enemigos; el segundo, castigar a todo aquel que, confuso, llama a algún Responsable por su nombre del año anterior. Todos los Responsables se reunían para comparar los castigos físicos que habían infringido en los lobatos aquel día en una habitación misteriosa a la que se nos estaba prohibido el paso. Un día pude alcanzar a ver lo que había allí dentro: era un reducto pequeño y asfixiante adornado con todo tipo de artilugios vudú: collares, cráneos, extremidades momificadas, tótems de aspecto aterrador y una jaula colgante suspendida en el aire en la que un escuálido y sucio lobato en taparrabos miraba la luz de una vela con ojos dementes y desesperados.

Manos de lobatos deformes y momificadas en posición de saludo encontradas durante una expedición en las ruinas de un Templo Scout.

Las Máximas del Mal no eran lo único que teníamos que aprendernos si apreciábamos nuestra vida. Las canciones rituales también eran una enseñanza básica para el lobato que quisiera conservar intactos sus dedos. Eran canciones largas, la mayoría sin sentido aparente porque se componían de una retahíla de palabras cuyo significado no se conoce más allá de la más profunda selva de Mozambique. Sonaban a esa clase de palabras desconocidas que en las películas repite algún guía latino al encontrar algún ídolo en la selva antes de salir corriendo invadido por el terror y dejar tirados a los protagonistas. Pero desconocidas o no, aquellas palabras había que aprendérselas y cantarlas. A veces los Responsables nos ponían a prueba y nos obligaban a cantar durante dos horas. “Y aunque te duela, canta con fuerza”, recuerdo que rezaba una de las canciones. Toda una declaración de intenciones. Otra cosa que había que saber hacer era el nudo de la pañoleta. La pañoleta se llevaba en el cuello y era azul. Primero había que enrollarla bien y luego colocártela alrededor del cuello para anudarla correctamente. Obviamente, si un Responsable pensaba que estaba mal anudada, la arrancaba de tu cuello, la rasgaba y te obligaba a recomponerla y coserla primero y a anudarla correctamente después.

Todo esto era bastante horrible, pero no lo más horrible. Irónicamente, el peor momento de las reuniones eran las seis, la hora de volver a la seguridad del hogar. Conforme se acercaban la hora, mi miedo a que ocurriera lo que temía que iba a ocurrir se hacía cada vez mayor. Rezaba para que nos dejaran ir sin más, pero eso no ocurría demasiadas veces. El tenebroso campanario Scout daba las seis de la tarde y entonces podían ocurrir dos cosas. Una, que nos dejaran marcharnos tal cual (muy improbable). Otra, que Igor, el esclavo jorobado de los Responsables, repartiera las temidas cuartillas de papel reciclado en la que se pedía a los padres que autorizaran a su hijo a asistir a la acampada del próximo fin de semana. Eso era lo que me llenaba de terror. ¿Una acampada al fin de semana siguiente? Aquello suponía dos días de tormentos no permitidos ni siquiera en la Fortaleza Scout. O a lo mejor sí estaban permitidos, sólo que los reservaban para ocasiones especiales, o para cuando los padres no estuvieran al alcance de los pobres lobatos huidizos. El miedo a las acampadas me llevó a quemar varias de las autorizaciones y comerme sus cenizas antes de que llegaran a ojos de mis padres. Luego descubrí que no fui el único.

El sello gigante que guarda la entrada del Templo Scout, justo antes del pozo de lava.

Las acampadas eran una pesadilla de dos días en la que nos veíamos atrapados en un bosque tenebroso lleno de trampas como agujeros en la tierra repletos de estacas afiladas, árboles que escupían dardos venenosos, ejércitos de monos carnívoros y pozos de brea. Para llegar al bosque, teníamos que sufrir una infausta caminata por todo tipo de parajes, en fila india y caminando todo lo rápido que nuestras enormes mochilas cargadas de provisiones y los grilletes que los Responsables nos ponían en los tobillos nos permitían (lo cual era muy poco). Los Responsables disfrutaban paseándose entre los lobatos caminantes y juzgando quién sería el elegido para cargar con la primera tienda de campaña. Una vez algún Responsable elegía a la víctima, sin previo aviso soltaba la pesada tienda sobre la espalda de ésta, cuyo cuerpo amenazaba con partirse en dos bajo el peso de su mochila y la nueva carga. Seguidamente, los Responsables rompían a carcajadas malévolas. También se designaba algún elegido para cargar con los bidones de agua potable de los que nos estaría prohibido beber. Lo cierto es que durante la marcha se nos prohibía beber hasta de nuestras cantimploras. Una vez, un pobre lobato, al límite de sus fuerzas, enloqueció de pronto y arrancó de un bolsillo de la mochila del lobato que tenía delante una cantimplora de forma frenética. Como si le fuera la vida en ello, pegó la boca a la cantimplora, pero antes de que pudiera beber tan siquiera una gota, un Responsable le dio un manotazo a la cantimplora, derramando toda el agua por el suelo. Enajenado, el lobato se tiró a unas chumberas, donde murió de locura y desangrado.

Los únicos lobatos que quizá (sólo quizá) se libraban de cargar con las tiendas o los bidones eran los cuatro elegidos para hacer de porteadores del horripilante trono de piedra y hueso del Gran Akela, los cuales debían mantener en alto a su indiscutible líder, a salvo de peligrosas criaturas y arenas movedizas. Y así seguía la marcha. Tras horas y horas de camino, los lobatos no teníamos otra cosa en la cabeza que luchar por respirar, mientras manteníamos la cabeza gacha. Todos sabíamos que si alguno abría la boca, acabaría vomitando por culpa del calor, del esfuerzo o del peso de la mochila. Lo sabíamos. Y peor aún: los Responsables lo sabían. Así que, de pronto, algún Responsable comenzaba a entonar alguna canción ritual en un idioma olvidado. Sabíamos que estábamos obligados a seguir la canción, y sin más opción empezábamos a musitar el cántico a la diosa Kali de forma apesadumbrada. Caminábamos, abatidos por el calor y el cansancio, y teníamos que cantar en vez de respirar. Era obligatorio. Si algún lobato osaba no cantar cuando era la hora de cantar, los Responsables se darían cuenta. El Gran Jefe Akela pararía la canción de pronto. “¡Alto! ¡Alto todo el mundo!”. La fila se callaría y se detendría. Akela bajaría de su espeluznante trono y se pasearía frente a los lobatos amenazadoramente. “Aquí hay alguien que… ¡no cantaba! Alguno de vosotros ha creído conveniente desobedecer y escupir al respeto que se merecen los cánticos Scout”. Entonces se paraba frente al lobato culpable, al que de algún modo había descubierto y sacaba el tristemente célebre Látigo del Destino. El resto es demasiado truculento como para relatarlo. Mientras, los cuatro porteadores debían mantener en alto el trono, denotando orgullo por el cometido que se les había asignado.

Los Responsables eran especialmente crueles en las acampadas. Daban rienda suelta a su mezquindad hasta el punto de, por ejemplo, quitarle a un lobato miope sus gafas y escondérselas durante toda la acampada. Una vez, una feroz Responsable le quitó a uno de mis amigos su linterna para escrutar en el interior de una tienda en busca de objetos que justificaran algún castigo corporal, y él no se atrevió a pedírsela de nuevo, con lo cual nunca volvió a verla. Y es que las acampadas eran una sucesión de crueles juegos en el bosque, inquietantes rituales nocturnos, terroríficas enseñanzas sobre el mal y selváticos castigos corporales. Nada más llegar al bosque, los Responsables nos colocaban a cada uno un collar electrónico imposible de quitar que explotaría si intentábamos huir, o simplemente, si tratábamos de quitárnoslos. A partir de ahí comenzaba la pesadilla, una pesadilla en la que el principal sentimiento que pesaba sobre todos nosotros era la soledad. La más desasosegante forma de soledad. El problema era que allí había una seria falta de comunicación entre lobatos; con lo cual cada uno de nosotros no sólo se sentía solo, aterrado y triste, sino que veía a los demás lobatos disfrutar aparentemente de aquel campamento infernal y la más absoluta de las desesperaciones se hacía dueño de él. Esto lo sé porque mucho tiempo después, en una de las reuniones en las que los demacrados supervivientes recordábamos nuestras terribles experiencias, uno de nosotros comentó que en las acampadas se sentía triste y deprimido porque veía que todos se lo pasaban en grande menos él. En aquel momento, los demás nos dimos cuenta de que en los Scout no éramos una sola persona triste entre una multitud feliz. La aparente felicidad de los demás no era más que un cruel espejismo producido por las toxinas que los Responsables filtraban en nuestra comida para asegurar que nos sintiéramos solos en nuestra tristeza y evitar que nos diéramos apoyo los unos a los otros.

El Gran Akela.

Nada más llegar al tenebroso bosque, los Responsables comenzaban a lanzarnos frenéticas órdenes para que montásemos las tiendas sin pararnos a soltar las mochilas. Sabido es que las tiendas tienen sus piquetas y sus barras de metal, pero no es tan sabido que hay varios tipos de piquetas y varios tipos de barras, cada uno con una misión concreta. El pánico que nos invadía hacía estragos en nuestra concentración, y rara era la vez en la que algún lobato no colocaba un piqueta “de interior” en un lugar equivocado. Por supuesto, los Responsables revisaban las tiendas una vez montadas, y una piqueta mal colocada podía desatar fácilmente las iras de un avieso Responsable, que no dudaría en tirar la tienda a manotazos y pisotearla para que los lobatos la reconstruyeran. En este caso el lobato no era directamente castigado. En estas situaciones menores, los Responsables preferían arraigar el odio en los compañeros de tienda del interfecto, y con un poco de suerte, conseguir que acabaran con la vida de su otrora amigo. Pero en cierta ocasión, una tienda mal colocada provocó la cólera de uno de los Responsables de una forma excepcional. Las tiendas tienen dos esquinas superiores, una en cada extremo, ¿verdad? Bien, pues de uno de estos extremos, el delantero, salía una cuerda que debía quedar bien sujeta al suelo con una piqueta, estando ésta bastante alejada de la tienda para asegurar que la cuerda estuviera bien tensa. Fue una de éstas cuerdas la que provocó la rabia del susodicho Responsable. Éste caminaba a grandes zancadas, demasiado ocupado en lanzar miradas asesinas a los asustados lobatos como para estar pendiente de las traicioneras cuerdas sobresalientes. Tropezó con una y cayó al fango. Los lobatos enmudecieron y se echaron atrás. El Responsable se levantó con la cara llena de barro y se lo sacudió con un aterrador gesto estudiadamente pausado. Buscó con la mirada a los lobatos que habían montado aquella tienda y, en un ataque de rabia, activó los collares explosivos de aquellos seis infelices que habían tenido la increíble audacia de humillarle, sin haberlos aislado previamente de los lobatos inocentes, que sufrirían algunas consecuencias de la explosión.

Las comidas se celebraban alrededor de un fuego fantasmal, a una hora concreta y en un lugar concreto. El Gran Akela tenía un silbato hecho con una falange tallada salida del dedo de algún lobato maldecido en vida, cuyo sonido era un desgarrado lamento imposible de olvidar, que te perseguía después en sueños por el resto de tu vida. Dos pitidos de este silbato indicaban que tocaba desayunar, comer, o cenar, dependiendo de la hora que fuese. En nuestras mochilas, que ya habían sido rociadas con cualquier sustancia que atraería a toda clase de grandes depredadores, estaba nuestra comida: una fiambrera con la clásica tortilla, otra con los tradicionales filetes y una sucia cantimplora con agua. Este alimento debía durarnos los dos días. Armados con nuestras fiambreras y nuestra cantimplora, nos sentábamos en círculo alrededor del fuego. Tras una oración ritual obligatoria, los Responsables nos ordenaban abrir las fiambreras y comenzar a comer. No era una comida agradable. Los Responsables se paseaban alrededor del círculo observando ávidos nuestra comida, y nosotros, por respuesta, comíamos con la cabeza prácticamente metida en la fiambrera, con la vana esperanza de no llamar la atención de nuestros sanguinarios líderes. Si algún Responsable se interesaba en la tortilla de algún pobre lobato, lo mejor que éste podía hacer era ofrecer su mísera ración a su incontestable superior mostrando un sincero agradecimiento por haber sido elegido, sin esperar otra compensación que un brusco gesto del hambriento Responsable, quien de un violento ademán metía su sucia mano en la fiambrera y sacaba una buena porción de tortilla, dejando el resto convertido en un incomible amasijo de patatas y tierra. Acto seguido se la metía en la boca mientras reía antes de haber tragado. Los demás Responsables celebraban lo ocurrido con sonoras y alegras carcajadas. El lobato aterrado tenía entonces que dar la razón al Responsable cuando éste acercaba su boca llena de restos de tortilla a su cara para decirle: “Dile a tu mamá que su tortilla es asquerosa.” El lobato, tratando de apartar la mirada del diente de oro sucio de tortilla y tierra del Responsable sin que fuera demasiado evidente, no podía más que darle la razón, y así se libraba de ser azotado y enterrado de cuello para abajo en un nido de hormigas rojas. La comida podía seguir su curso.

Había una norma en las acampadas, y era que los lobatos no podían beber nada que no fuera agua. Los Responsables no nos explicaban por qué, pero ningún lobato osaba pedir justificaciones. Recuerdo una vez que un pobre lobato con cara de culpable bebía compulsivamente de su cantimplora y miraba a todos lados tras cada trago. Esta sospechosa actitud atrajo la atención de uno de los Responsables más crueles, que se acercó sigilosamente al lobato, y le preguntó maliciosamente si su agua estaba buena. “Veo que bebes mucho.” El lobato no contestó, sino que se limitó a asentir con la cabeza, con el miedo reflejado en el rostro. “Tu agua debe estar muy buena… ¿No?” Todos vimos como el lobato trataba de ocultar la cabeza en su camisa de uniforme. El Responsable disfrutaba con aquello. “Supongo que no te importará si bebo… ¿Verdad?” El lobato estaba blanco. El Responsable, sin esperar a su respuesta, cogió la cantimplora y dio un trago a la cantimplora, tras lo cual una mirada de satisfacción se reflejó en su rostro. Se limpió la boca muy lentamente y miró al lobato. “Coca Cola”, afirmó, sorprendido e incluso diríase ligeramente admirado ante la temeridad del lobato. Con una sonrisa diabólica, negó lentamente con el dedo, chasqueando la lengua, como reprobando al lobato su actitud, y acto seguido vació el contenido de la cantimplora sobre su fiambrera de filetes, convirtiéndolos en un amasijo mojado y blando. Le dio una palmadita en el cachete y volvió a su sitio. Pudo haber sido peor.

Híbrido momificado entre lobato y pez encontrado durante otra expedición a antiguas Fortalezas Scout.

Para combatir el aburrimiento y hacer la comida un poco más emocionante, los Responsables solían activar al azar el collar explosivo de algún lobato, y grababan en vídeo la explosión de su cabeza, para después verlo en la Fortaleza Scout y reírse con las caras de susto de los que estaban al lado de la víctima en el momento de la explosión, como si se tratara de una Patata Caliente cualquiera. Aunque más divertido para ellos era observar los gritos de terror del lobato y sus forcejeos para arrancarse el collar cuando la luz roja de éste comenzaba a parpadear y a hacer bip-bip cada vez más rápido. Sin contar con el malsano disfrute derivado de ver al futuro cadáver siendo apartado violentamente como un leproso cada vez que se bamboleaba entre llantos y gritos de auxilio hacia los que hace segundos eran sus amigos.

La comida no terminaba hasta que sólo quedara un lobato que no hubiera acabado. Entonces los Responsables lo azotaban sin piedad por su poco sentido de compañerismo hacia los demás lobatos que le esperaban y pasábamos a otro macabro juego. En el caso de las cenas, el ritual alrededor del fuego no terminaba ahí. Una vez dada por concluida la tradicional práctica de la aterradora cena cargada de suspense (ya sabes, nunca puedes estar seguro de si será tu collar el que comenzará a emitir zumbidos), los Responsables comenzaban a entonar los consabidos cánticos ceremoniales. Eso significaba que se avecinaba la ceremonia del sacrificio. Una lobata virgen (por aquella época la mayoría, con nueve años, lo eran) debía ser lanzada al fuego para satisfacer a las crueles divinidades Scout, y así se hacía. Luego, los demás debíamos fingir alegría ante el sacrificio consumado y cantar y bailar para divertir al Gran Akela y sus fieles aliados, quienes, desde el espeluznante trono de piedra y hueso, se reían ruidosamente, regocijándose ante nuestra humillación. Si un pobre lobato hindú no divertía al Gran Akela como debiera, se le lanzaba a la pira llameante mientras profería gritos de desesperación y auxilio en su idioma natal.

Deseosos por dormirnos y con un poco de suerte no despertar jamás, tras la ceremonia nocturna nos replegábamos y nos íbamos a nuestras tiendas. Pero no iba a ser tan fácil. Los Responsables nos tenían preparada una cacería nocturna de objetos ridículamente pequeños. El juego consistía en que encontráramos los objetos que los Responsables habían repartido a lo largo y ancho del bosque, sin ayudarnos de linternas ni nada. Debíamos escrutar el enfangado suelo en la oscuridad y con las manos con el fin de encontrar cualquiera de los diez objetos que los Responsables habían dejado perdidos: una moneda, una llave, un alfiler, un dado… El juego estaba pensado para que pasáramos la noche metiéndonos por oscuros y movedizos senderos, con el deseo de morir de una vez. Por eso, en una ocasión en la que un intrépido lobato encontró con pasmosa rapidez el primer objeto (un sacapuntas) y se lo enseñó orgulloso a uno de los Responsables, éste se lo arrancó de la mano y lo lanzó todo lo lejos que pudo, cayendo por un fangoso precipicio del que la oscuridad impedía vislumbrar si en el fondo había lodo o un pantano o un pozo de brea. Ante las salvajes risotadas del cruel Responsable, el lobato se vio obligado a descender por la blanda pared para encontrar el sacapuntas, a merced de las sanguijuelas y las anacondas. Si conseguíamos encontrar todos los objetos, nos dejaban retirarnos a nuestras tiendas. Había varias tiendas, uno para cada seisena (en los Scout los lobatos nos organizábamos en grupos de seis, cada uno identificado con un color). Eran ridículamente pequeñas, y no tenían suelo, lo que nos dejaba a los seis pobres lobatos apiñados sobre la fría y cenagosa tierra llena de pequeños animales carnívoros. Pero de alguna forma, quizá por el deseo de huir de tan espantosa realidad, acabábamos durmiéndonos.

Cinco y media de la madrugada. Un pobre lobato se despierta bañado en sudor, aterrado al no reconocer el sitio donde está. Al momento reconoce los ronquidos que brotan del revoltijo en el que está metido. Son sus cinco compañeros, que respiran a duras penas metidos en la tienda y musitan palabras aterradas y gritos de socorro en sueños. Tiene calor, y lo que es peor, necesita ir al servicio. Sin embargo, hay un problema en forma de norma tajante: prohibido salir de la tienda. El lobato se agita, semiasfixiado entre sus compañeros. Qué irónico, piensa, morirá ahogado por seres que sufren los mismos tormentos que él, y no por los torturadores. Estos felices pensamientos no consiguen desviar la atención de su verdadero problema, y el lobato, que comienza a sentir un agudo dolor bajo la barriga, trata desesperadamente de virar su mente hacia derroteros más felices, pero es imposible ignorar el dolor. Me meo, quiere gritar. Sus dormidos compañeros no ayudan demasiado estrujándole. El lobato no pude soportarlo más, y arriesgándose a ser descubierto, abre la cremallera de la tienda (cuyo ruido es ahora un atronador estruendo para el lobato), sale furtivamente y se coloca estratégicamente tras un árbol. Una segunda cremallera baja esa noche. Unos segundos de paz interior. Y un grito que hiela su sangre. Un Responsable-centinela le ha visto. El sanguinario vigía se acerca a él y le lleva arrastrando a presencia de un recién despertado y por lo tanto más malhumorado que nunca Gran Akela, que impone una cruel sentencia al lobato. Esto podía pasarle a cualquiera de nosotros, así que más nos valía mearnos encima de nuestros compañeros de tienda, porque es mejor ser el blanco de las iras de cinco inofensivos lobatos que en el fondo habrían hecho lo mismo que serlo de las del adormilado, colérico y ávido de sangre fresca Akela.

El Gran Akela puede ver todo lo que haces.

La mañana traía consigo una buena noticia para los lobatos, que no era otra que la proximidad de la vuelta a casa. En unas horas, los supervivientes podrían volver a sus respectivos hogares para llorar sin miedo a ser descubiertos, hasta el sábado siguiente. Pero antes había que pasar por varios diabólicos juegos más, que demostraban la crueldad de los Responsables y lo deshumanizados que estábamos tras la serie de tormentos que ya nos habían hecho pasar. Recuerdo uno de estos juegos, un excelente ejemplo del proceso de animalización que se producía en nosotros durante las acampadas. Los Responsables colocaban un infecto barreño de la ropa en el fango. Estaba lleno de lo que un día fue harina, y perdidas entre la harina había varias chocolatinas rancias. Alrededor del barril se colocaba un miembro de cada uno de los grupos, elegido por los otros cinco, que ignoran las súplicas y los sollozos del designado. Si hay ocho grupos, pues hay ocho lobatos alrededor del barreño. Esos ocho lobatos sabían que, aunque no las veían, las chocolatinas estaban entre la harina. También sabían que si ellos eran ocho, las chocolatinas eran siete. A una señal del Gran Akela (un pitido de su macabro silbato), los ocho lobatos tenían que lanzarse sobre el barreño con la cabeza por delante y tratar de sacar una chocolatina con la boca. Como ya habrás deducido, uno de los lobatos se quedaría sin chocolatina, y como también habrás deducido, el desafortunado tendría que pasar algún tipo de vejación física por ello. Recuerdo aquellas crueles peleas entre iguales. Estaba prohibido utilizar las manos, así que aquello eran ocho cabezas que embestían a las demás y mordían narices sobre el barreño, todo por meter la cara en la harina y sacar el trofeo. En la segunda ronda participaban los siete vencedores (con la cara llena de heridas, mordiscos e inflamaciones) y sólo habría seis chocolatinas en la harina (ahora teñida de sangre). El juego seguía hasta que sólo quedase uno, como en Los Inmortales. Si en algún momento el enfrentamiento de cabezas rabiosas no parecía ir a terminarse, los Responsables lo solucionaban activando sus collares y volándolo todo por los aires. Yo tuve que luchar en uno de estos juegos, y si estoy aquí contándolo es porque fui el vencedor. Pero recuerdo que me vi obligado a dejar a un lado mi condición de ser humano y seguir al más primario de los instintos: la supervivencia. Luchar para ganar. Luchar para vivir.

El camino de regreso se realizaba siguiendo una dinámica parecida a la de la ida. Cánticos lúgubres. Tambores marcando el paso. El Gran Akela, porteado por cuatro desdichados lobatos. La única diferencia era que ahora éramos menos. Una vez alcanzábamos la civilización y antes de llegar a la Fortaleza Scout, nos deteníamos en una especie de santuario envuelto en una bruma eterna en el que yacían sanguinarios sacerdotes Scout del pasado. Allí nos solíamos encontrar con otros grupos scout que volvían de su propio infierno en el bosque. Las miradas muertas de estos lobatos, su piel cadavérica, la inexplicable sensación de ausencia de vida nos hacían preguntarnos si no se trataba de espíritus de lobatos de generaciones pasadas fallecidos hace mucho y condenados a vagar eternamente entre las criptas de Akelas milenarios. Entonces nos poníamos en círculo y los Responsables comenzaban a entonar un cántico sobre la tristeza del momento de la separación (¿de los demás Scout? ¿del mundo de los vivos?). Los demás debíamos fingir tristeza y que el fin de la acampada era lo más duro que podía haber en este mundo. Y entonces volvíamos a casa, al menos hasta el sábado siguiente.

Me veo en la obligación de revelar que, por imposible que parezca, en el mundo Scout había algo más terrible que las acampadas. Había otro acontecimiento que no ocurría con tanta regularidad, pero que cuando ocurría, el miedo más absoluto se apoderaba de nosotros. Tenía un nombre. Un nombre que hacía temblar a los más valientes, cuya sola mención desbocaba a los caballos más bravo (y no es “Frau Blücher”): campamento. Los campamentos eran como las acampadas, pero con unas cuantas y significativas variantes. La primera, la más obvia y también la más cruel, era el tiempo que duraba. Hasta doce días, amigo mío. Dos días bastaban para que perdiéramos el contacto con la realidad y comenzáramos a delirar, viendo visiones espantosas que nos llenaban de terror (muchos lobatos murieron al tirarse por un precipicio para salvarse de algún monstruoso ser que en realidad sólo estaba en su imaginación); así que la perspectiva de pasar doce días atrapados en poco más que una pesadilla en vida era suficiente razón para que un lobato muriese aquejado de miedo y locura.

Otra variación importante dependía del medio en el que se desarrollaba la pesadilla: si en una acampada podías acabar siendo pasto de las alimañas del bosque, en un campamento de verano (pesadillas pegajosas plagadas de insectos carnívoros) el escenario de nuestra lucha por la vida era una enorme selva amazónica diez veces más grande que los bosques de las acampadas. En estos casos, los collares explosivos sólo nos los colocaban por seguir la costumbre; los Responsables sabían que un fugitivo no sobreviviría en la selva más de unas pocas horas antes de caer convertido en víctima de alguna tribu caníbal o atrapado en un hormiguero o engullido por arenas movedizas. Por otra parte, los campamentos de Navidad (pesadillas heladas cercanas a escenas en campos de concentración nazis) transcurrían en algún tipo de castillo abandonado en lo alto de una colina, en la que las paredes de piedra contribuían a que el lugar estuviera lo suficientemente helado y húmedo como para que hubiera bastantes bajas sin necesidad de que los Responsables hicieran nada. Los campamentos navideños eran especialmente crueles. Más parecido a una novela de Charles Dickens que a una feliz salida con tus amigos, los campamentos navideños estaban estratégicamente colocados entre Nochebuena y Nochevieja (eran algo más cortos que los de verano) para que pasáramos la Nochebuena atemorizados por el hecho de partir al día siguiente hacia el Infierno sin poder disfrutar del espíritu navideño en casa, y para que a la vuelta estuviéramos tan psicológicamente apaleados que lo único que desearíamos sería que un hueso de uva escurridizo en la garganta se nos llevara de una maldita vez para siempre. Tan sano objetivo era sólo uno de los puntos que caracterizaba a los campamentos navideños. El cambio de medio también se hacía notar. En el castillo, a diferencia de lo que ocurría en el bosque, no teníamos tiendas de campaña, sino que dormíamos en sacos de dormir desparramados por el suelo del enorme patio que en otro tiempo fue escenario de quema de brujas, horcas, lapidaciones y algún que otro rito satánico (“y cinco especiales de navidad de John Denver”). Aunque dormir, lo que es dormir, dormíamos poco. Temíamos que nos atacaran. Pero no los Responsables. Los campamentos eran tal tormento que nos enloquecían hasta el punto de volvernos a los unos contra los otros. Los Responsables no tenían más que mirar.

Y nos obligaban a fabricar mantos para las ceremonias vudú.

El peligro de quedarse dormido residía en que el lobato que dormía a tu lado podía sucumbir a la desesperación y atacar tu brazo con al intención de comérselo. El hambre nos llevaba a estos impulsos caníbales, y es que las comidas, que transcurrían en un salón lúgubre y húmedo, consistían en un plato de indescriptible contenido, parecido a una grumosa pasta amarilla. Los despiadados Responsables nos sentaban a lo largo de una inacabable mesa y nos ponían delante un plato con esa cosa amarilla. Entonces, el Gran Akela gritaba “¡A comer!” y nos veíamos obligados a ingerir aquella vomitiva (o vomitada, atendiendo a la textura) pasta amarilla. Era repugnante, pero era lo único que había para comer. Era obligatorio comerse el plato entero, para así evitar el dormir fuera del castillo, en la nieve y a merced de los lobos; lo que me recuerda una historia. En el grupo había un intrépido lobato al que todos admirábamos, Jimmy Peligro. Una vida llena de aventuras y riesgo le habían dotado de una astucia sin igual que le permitía burlar a los feroces Responsables con facilidad. En un campamento navideño, Jimmy dejó comida a posta con la intención de huir en cuanto le soltaran en el helado bosque que rodeaba el castillo. Los Responsables, que no eran tontos, nos obligaron a mirar desde una de las almenas del castillo cómo el listillo corría por la nieve a lo largo de veinte metros antes de quedar atrapado en una verja de alambre de espino y tres lobos salieran de la nada y lo despedazaran, tiñendo la nieve de sangre como en Fargo. La lección quedó aprendida: era obligatorio acabarse la comida. Pero también era obligatorio acabársela a duras penas, entre arcadas y sudores. Recuerdo a otro lobato, un tipo extraño que estaba entusiasmado con aquel mejunje nauseabundo. Se terminó su plato en un momento y ante el asombro de los demás lobatos, se levantó con el plato vacío y se dirigió al trono del Gran Akela. Nuestros atemorizados ojos vieron cómo el lobato de marras mostraba su plato al cruel líder y decía: “Quiero más.” El Gran Akela, escandalizado, rugió de cólera y ordenó a dos Responsables que lo tiraran por una ventana de la torre más alta hacia el lago helado, y que una vez llevara varios minutos agonizando de forma insoportable en el agua helada, activaran su collar explosivo. Pero esto era un caso a parte. En general, todos luchábamos por terminarnos nuestro plato y evitar un terrible castigo. He de añadir que los Responsables se mostraban preocupados por que termináramos nuestro plato y evitáramos una noche en la nieve. Estaban dispuestos a torturar a un lobato con la infecta comida para librarle de una noche a la intemperie. Un lobato llamado Ezequiel sufrió estos excesivos cuidados de los que hablo. Ezequiel debía ser el lobato que peor lo pasaba en los Scout. El sentimiento de camaradería y apoyo mutuo que nos profesábamos entre los lobatos no se extendía a él, cuyos amanerados gestos y repelente actitud le convertían en el blanco de todas las burlas, bromas crueles e insultos de los demás (y ahí me incluyo). Se trataba de una válvula de escape para el maltrato al que nos sometían los Responsables. De hecho, la cadena alimenticia Scout venía a ser:

  1. El Gran Akela
  2. Responsables-consejeros
  3. Responsables-centinelas
  4. Rangos superiores (rangers, pioneros…)
  5. Lobatos veteranos
  6. Lobatos obreros
  7. Ezequiel

Pues bien, este Ezequiel del que os hablo tenía serios problemas para terminarse su plato de bazofia grumosa. Un enfurecido Responsable que tenía detrás le mandaba comer más rápido, haciendo caso omiso a las arcadas, cada vez más violentas, de Ezequiel. Harto del lamentable estado convulsivo del lobato, el Responsable agarró la cuchara llena de la aborrecible pócima y se la metió en la boca. Esto fue más que suficiente para que Ezequiel se agitara violentamente como si fuera a dar a luz a un alien y vomitara brutalmente sobre su plato, que ahora volvía a estar lleno, y no sólo eso, sino pringoso y burbujeante, como una pequeña ciénaga. El Responsable no se apiadó de él, y le obligó a comer hasta la última cucharada de la pasta, ahora genéticamente alterada. Ezequiel obedeció entre lágrimas y toses, y cuando terminó, el Responsable le amenazó con ahogarle en el lago si no lamía el plato.

Así que lo que más añorábamos los lobatos era comida de verdad. De ahí que miráramos a nuestros compañeros como suculentos sacos de carne. Pero más allá de las comidas, había otros momentos claves en los que los Responsables podían hacer gala de su característica crueldad. Por ejemplo, la hora de la ducha. Sí, eso he dicho, de la ducha. Nos colocaban como si fuéramos ganado, frente a una muralla sucia en el patio y nos empapaban con una manguera de agua de pantano, que al menos estaba caliente. El agua salía a presión y dolía bastante, y fue por ello que una vez al ya nombrado Ramón se le escapó algo así como “¡Mierda, duele!”. Los Responsables aprovecharon este desliz para aplicar el jugoso castigo que habían ideado para esa noche. Sin embargo, Ramón, haciendo honor a su instinto básico de supervivencia, culpó a Fernando, nada menos que su primo, de la salida de tono. Los Responsables agarraron a Fernando y se lo llevaron en calzoncillos a un rincón. Una vez allí, cogieron otra manguera y le azotaron con agua helada del lago hasta que suplicó clemencia entre lágrimas. Ramón observó la escena con horror, y consciente de que se había convertido en un monstruo que había sacrificado a su primo por preservar su vida, trató de prenderse fuego infructuosamente.

R. L. Stine nos acompañó en una de nuestras acampadas para documentarse.

Todo esto ha venido a ser un compendio exhaustivo y verídico al ciento por cierto de la agónica pesadilla que fueron nuestros tres años como lobatos prisioneros de la Órden Oscura de los Scout. Logramos escapar de sus garras no mucho antes de que nos correspondiese dejar atrás la iniciación y dar el siguiente paso en la secta. Dejar de ser lobatos de sucia camisa amarilla para convertirnos en rangers de flamante camisa azul. Nuestra huída constituye la última de nuestras terribles pesadillas Scout. Los protagonistas de la misma son:

Miguel Roselló: el bloguero más dicharachero.

Fernando: Ex-niño hiperactivo sospechosamente parecido a Sean William Scott.

Ramón: Atribulado batería del extraordinariamente famoso (no más allá de la frontera de El Puerto de Santa María con el mundo) grupo “Stunt”.

Ezequiel: El paria, figura necesaria en todo grupo preadolescente.

Estábamos en mitad del campamento navideño de nuestro tercer año como lobatos, y habíamos pasado ya dos de los cinco eternos días de confinamiento en el terrible Castillo de los Campamentos cuando nos comunicaron que en breve ascenderíamos de rango.  Fernando, Ramón y yo estábamos escondidos en un pasillo del castillo en teoría prohibido a los lobatos, tratando de averiguar qué se escondía tras aquella misteriosa decisión de hacernos ascender en la cadena alimenticia. Una tos sarnosa nos sacó de nuestra concentración: un Responsable-centinela se acercaba por otro pasillo, portando una antorcha y vigilando que no hubiera lobatos vagabundeando a deshora. Nos escondimos en una habitación cercana y esperamos a que pasara el peligro. Pero un ruido nos advirtió de que en aquella sala había alguien, quizá dentro de la chimenea, tal vez dentro de la armadura polvorienta. Nos juntamos en el centro de la sala, temiendo que de cualquier rincón saltara un salvaje Responsable carnívoro, pero no fue así. Algo se movió tras un viejo sillón. Fernando le dio una patada a Ramón, y éste no tuvo más remedio que acercarse, muerto de miedo. Entonces, de pronto, el espía salió lentamente de su escondite, temblando como una hoja. Era el idiota de Ezequiel, que nos explicó que no podía aguantar las ganas de mear y que se había escabullido de su saco en el cambio de guardia, pero se había perdido y se había escondido completamente asustado, acordándose de lo que le pasó al pequeño Bobby Higgins, un entrañable lobato que se escabulló de su saco de dormir en un campamento y desapareció misteriosamente, siendo encontrada su cabeza empalada en una estaca en la nieve a la mañana siguiente. Nos reímos de Ezequiel, pero decidimos que lo mejor era volver a los sacos, no fuera a ser que termináramos como Bobby Higgins. Ezequiel nos suplicó que le dejáramos ir con nosotros. En respuesta, le dijimos que nos dejara tranquilo y le recomendamos que permaneciera tras el sillón toda la noche, no fuera a ser que un Responsable le atrapara. Fernando, sorprendentemente, se opuso, afirmando que Ezequiel debía venir con nosotros. Nos explicó que si por alguna razón nos perseguía un Responsable podríamos tirarlo al suelo de un empujón y dejarle a merced del perseguidor, con lo cual nosotros podríamos huir, sin mencionar lo importante que es tener algún objeto con el que bloquear posibles techos descendentes. En ese momento, la chimenea se encendió como por arte de magia, y entre las llamas apareció la cara de un Responsable conocido como La Panarria. La Panarria era el único Responsable que estaba de nuestra parte, aunque debía simular ser tan atroz como los demás para no acabar devorado por sus congéneres. La cara llameante de La Panarria nos dio unas sencillas instrucciones antes de desaparecer entre el fuego: “Salid de ahí ahora, el vigía no está en el pasillo. Dirigíos a las mazmorras por las escaleras de la izquierda, yo os estaré esperando allí. Traed a Ezequiel.” Esto último nos extrañó. ¿Llevar a Ezequiel? Bueno, ya le preguntaríamos.

Sin hacer ruido, salimos de la sala y avanzamos por el lúgubre pasillo hasta una escalera de caracol que se perdía en las oscuras profundidades. Descendimos por ellas hasta las mazmorras, en las que nos esperaba La Panarria, como había prometido. “Rápido, no tenemos mucho tiempo. Los Responsables han encontrado bajo este castillo el templo en el que los antiguos Responsables sacerdotes adoraban a los espíritus Scout, y ahora planean utilizaros para despertar a estos crueles espíritus para que arrasen todo cuanto vean. Planean engañaros con una ceremonia en la que os harán creer que vais a ascender de rango, pero sólo es un truco para resucitar a los espíritus Scout del Más Allá.” “¿Pero qué tenemos que ver nosotros con eso?”, pregunté yo, asustado. “Necesitan tener a todos los lobatos reunidos en el templo, y una vez allí abrirán el pozo en el que descansan los espíritus. Éstos sólo pueden sobrevivir en el mundo real si, nada más entrar en él, devoran las almas de un grupo entero de lobatos vivos. Pero si no están todos, los espíritus no aguantarán vivos mucho tiempo. Ahora debemos irnos, no tardarán en descubrir vuestra ausencia.” “¿Pero, y Ezequiel? ¿Qué pinta en todo esto?” “Necesitamos algo para neutralizar las posibles trampas que nos aguardan.” Sobraban las explicaciones. La Panarria nos llevó por un pasadizo secreto que supuestamente conducía al exterior. La Panarria, yo, Fernando, Ramón y Ezequiel, por este orden, nos arrastrábamos a duras penas por el pasadizo. De pronto, una sacudida hizo temblar el pasadizo. Los Responsables habían descubierto nuestra huída y habían activado el sistema de trampas anti-fugas. Un extraño crujido comenzó a sonar a nuestra espalda. Ezequiel, que iba el último, volvió la cabeza y gritó de miedo: “¡Escorpiones!” Sin pararnos a comprobar si era verdad, comenzamos a gatear mucho más rápido, temiendo que la manta de escorpiones que nos perseguía nos alcanzara. La Panarria divisó al frente una salida del túnel, pero un muro de piedra que bajaba lentamente cortaría el paso en poco tiempo. Alcanzamos a duras penas la salida. La Panarria pasó primero, seguido de mí y de Fernando. ¿Y Ramón? Algo le sujetaba la pierna y le impedía avanzar: era Ezequiel, que comenzaba a estar cubierto de escorpiones y berreaba desesperado. Ramón, viendo que no tendría tiempo de cruzar la salida, le dio una patada a Ezequiel y se escurrió por el pequeño hueco que quedaba bajo el muro antes de cerrarse del todo. El sangrante y mordisqueado Ezequiel alcanzó a sacar una mano suplicante que quedó aplastada por el muro.

Ahora estábamos fuera del castillo, en la nieve. Corrimos hacia el bosque con la intención de huir, pero el Gran Akela, que estaba en lo alto del castillo henchido de furia, lanzó a sus monos alados para que nos devorasen. La Panarria nos gritó que nos metiéramos en el bosque, demasiado espeso como para que los monos alados pudieran seguirles. Una vez más, dimos un recital de cobardía al no llevarle con nosotros. Si al menos Ezequiel siguiera allí, podrían dejarlo en la nieve para entretener a los monos, pero como ya no estaba, ahora le tocaba a La Panarria, que al momento estuvo cubierto de monos alados carnívoros que dieron buena cuenta de él. Si pidió auxilio, nosotros entendimos “¡huíd sin mí!”. Nosotros escapamos, cruzamos el bosque y finalmente alcanzamos la civilización. Jamás volveríamos a la fortaleza Scout, jamás tendríamos que vivir aquella pesadilla otra vez. Todo había terminado, éramos libres y podíamos volver a casa con nuestras familias.

Ramón se alistó en el ejército y sirvió en Vietnam, donde se le dio por desaparecido en combate, y así sigue a día de hoy.

Fernando se graduó en el instituto y se acostó con dos lesbianas, de las que una resultó ser un tío.

Miguel atracó una licorería con 13 años. Durante la huída atropelló una mujer y se dio a la fuga. Actualmente cumple condena en una prisión estatal.

Los restos de Ezequiel fueron encontrados por un grupo de paleontólogos, y hoy pueden verse en el despacho de uno de estos paleontólogos, en calidad de pisapapeles.

10 comentarios to “La revancha de los lobatos”

  1. Hempfreud 17/08/2010 a 20:19 #

    jajajajajajajajajajaja

  2. Consigliere 20/08/2010 a 13:00 #

    Noto que te lo has pasado bien no, sino muy bien escribiendo este post!

  3. Miguel Roselló 20/08/2010 a 18:40 #

    Queda feo decirlo, pero escribirlo ha sido la risa.

  4. ml 24/08/2010 a 15:46 #

    jajaja la risa si señor! muy bueno.

    solo veo un fallo, la escena mia y fernando en la ducha no fue exactamente asi. obviamente yo estaba alli, nos mandaron ducharnos/lavarnos desnudos, enmedio unos de otros, en un barreño de agua muy muy fria, cuasi congelada, con lo cual yo dije “hostia, que fria!”, a lo que el responsable feroz dijo “como has dicho? quien ha dicho hostia?”… y mi primo fernando en acto de valentia (hay que agradecerselo) tentó a la suerte y arriesgó su vida por mi, diciendo “he sido yo, es que esta muy fria”. acto seguido dos responsables se miraron diciendose todo con la mirada, cogieron a fernando uno por cada brazo y se lo lelvaron de la sala. nadie sabe que pasó alli, pero al dia siguiente, fernando parecia otro.

  5. Señor E 24/08/2010 a 20:38 #

    Ya me lo imagino escribiendo este relato al estilo Richard Dreyfuss en Cuenta conmigo o como Albert Finney en Big Fish.

    Más allá de la imaginación y como nunca he ido con los Scouts, ¿de verdad eran monstruosos y dictatoriales el grupo de los Boy Scouts?

  6. Miguel Roselló 25/08/2010 a 14:34 #

    ¡La diferencia entre Finney y yo era que él exageraba sus relatos!

  7. lola 29/10/2010 a 20:45 #

    todo lo que has contado me parece fantastico, siempre y cuando venga de una persona poco inteligente y sin personalidad.
    Pienso que no es necesario tirar por tierra una asociacion que pretende educar en valores, quizas eso es lo que te falta debido a tu ausencia en el grupo scout.
    como he podido ver tus palabras son de resentimiento, resentimiento que transmite cobardia por tu parte.
    Me alegro de que no te hayas convertido en un fosil y de que tu vida fuera de los scout sea maravillosa, ya que la mia y la de todos los scout lo es y agradecemos la ausencia de personas como tu en nuestro grupo. Desde aqui te doy mil gracias.

    • Miguel Roselló 30/10/2010 a 10:15 #

      Todo esto es una inmensa broma pensada para que nadie en su sano juicio pueda tomársela en serio. En su sano juicio, repito.

  8. Lola 31/10/2010 a 10:31 #

    alguien en su sano juicio no dice las sandeces que tu has soltado, aun siendo una broma¡¡¡ en su sano jucio, repito ….

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