El mundo según Sharpe

23 Sep

Un hombre pasea por la calle llevando a un perro de la correa. Su gesto sombrío refleja sus amargos pensamientos sobre el mundo que le rodea, su vida y la estupidez que parece regirlo todo. Poco sospecha este hombre de aspecto abstraido que en cuestión de pocos días se verá envuelto en un embrollo de un absurdo difícil de concebir en el que estarán mezclados su mujer, unos vecinos de extrañas tendencias new-age, la policía e incluso una muñeca hinchable. Es Henry Wilt. Este inglés grisáceo es el personaje más famoso de un escritor que no suele ser reseñado entre la crítica respetable ni reivindicado por la ola de lectores postmodernos a los que se les llena la boca nombrando a Chuck Palahniuk, a Douglas Adams y a Nick Hornby. Por si acaso, hago notar que en ningún momento he dicho nada malo sobre ellos. Este escritor, inglés afincado en España (tengo que ir a darle las gracias antes de que se muera), es nada menos que Tom Sharpe, el mayor azote de la sociedad británica desde P. J. Wodehouse, aunque en estilo son radicalmente opuestos.

Hace ya unos cuantos años que Wilt cayó en mis manos, y su lectura ha sido una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida. No fue sólo las carcajadas que me arrancó, las más sonoras que me ha provocado un libro desde la autobiografía de Groucho Marx, sino también el mundo que me descubrió. El mundo de Tom Sharpe. En Wilt Sharpe materializaba pensamientos que hasta el momento habían estado alojados en lo más hondo de mi cerebro sin que les echara demasiada cuenta, pensamientos sobre la condición humana y una visión sobre la vida en general. Y con cada nuevo libro de Sharpe que leía, más convencido estaba de lo mucho que coincidía con su impenitente perspectiva. Pero no hablemos de mí, hablemos de Sharpe. Lo cierto es que con esta entrada pretendo familiarizaros un poco con su figura, y con un poco de suerte, animaros a leerle.

Miradle bien. Quedaros con su cara. Es la última foto que veréis en la entrada de hoy.

Es sencillo y certero utilizar la palabra “crueldad” para referirse a la obra de Sharpe. Crueldad hacia el género humano, con mayor exactitud. No se trata de un caso de cinismo galopante; la obra de Tom Sharpe se define por el desencanto representado por el propio Wilt, álter ego reconocido del autor. Wilt es una excepción dentro de la pintoresca fauna del autor, un profesor desencantado que ha adoptado una actitud conformista a su pesar, pues sabe que el mundo es un caos absoluto, una continua batalla entre extremos que tratan de llevar la razón gritando más que el otro a la que no merece la pena buscar lógica alguna. Aunque en realidad no pueda evitar intentarlo, a tenor de las catástrofes que parecen asolar su vida de una forma que sería difícil calificar de aleatoria. Quizá sea Wilt el único de los personajes de nuestro autor que posee la inteligencia suficiente para no tratar de cambiar nada imponiendo sus ideales, el único con el que podemos hallar cierta identificación, viendo los ridículos seres que asolan la bibliografía de Sharpe.

Aparte de Wilt (al que no puedo evitar imaginarme interpretado por un cruce entre Richard Jenkins, John Cleese y John Lithgow, la referencia en el título de la entrada de hoy no es casual), en el mundo de Tom Sharpe todo el mundo es gilipollas. Los personajes de sus novelas están tan cegados por sus propias creencias, habitualmente extremistas, que no son capaces de reparar en que las desgracias de las que son víctimas son precisamente fruto de su propia estupidez. La mezquindad recorre sus corazones, y los que no son retorcidos y malvados simplemente son demasiado estúpidos para serlo, como la inocente, obesa y mentalmente discapacitada Rosie de Vicios ancestrales, que viene a decirnos que las personas más cercanas a algo parecido a la pureza de corazón son los retrasados, personas sin la capacidad mental necesaria para ver las ventajas de la maldad. Pero no por ello dejan de ser bombas de relojería con patas. Eva Wilt se convierte en una tromba furiosa ante cualquier amenaza que sobrevuele las cabezas de su Henry o sus queridas y espantosas cuatrillizas. La impermeabilidad a las pautas morales más básicas que demuestra el completo zoquete que acompaña al profesor Goldstone en su rescate de una supuesta condesa secuestrada en Una dama en apuros le impide vislumbrar lo inadecuado de asesinar a cualquiera que se interponga, aunque sea accidentalmente, entre ellos y su noble objetivo. El protagonista de El bastardo recalcitrante, criado en la burbuja sexual y social más opaca imaginable por su arcaico abuelo (¿y padre?), experimenta un creciente sentimiento de odio hacia el mundo innoble que le rodea cuanto más aprende sobre él, hasta el punto de lanzarse en una venganza brutal que desemboca en la completa destrucción de un apacible barrio residencial, todo por la protección de la pureza que representa su virginal esposa, una rubia explosiva tan estúpida e ignorante en cuestiones sexuales como él. Evidentemente, las víctimas de estos seres impredecibles son las personas que les han convertido en lo que son: los esposos maltratadores, los agentes gubernamentales de tendencias fascistas, los mezquinos ancianos dispuestos a todos por preservar las tradiciones de la Inglaterra de tiempos pretéritos, las científicas que llevan a cabo cuestionables experimentos como excusa para satisfacer su apetito sexual, los cuerpos policiales corruptos o los detectives de mente tan cuadriculada como un cubo de Rubik. Políticamente están drásticamente polarizados; los nostálgicos de la derecha no dudan en expresar a voz en grito sus opiniones sobre la necesidad de una dictadura o cuál es el lugar de la mujer, y los más progresistas no hacen más que demostrar su estupidez al tratar de dar a los primeros una lección por las vías más absurdas imaginables, o bien se refugian en unos ideales avanzados para justificar la actitud superficial y epicúrea que demuestran (caso de los horribles vecinos de Wilt y Eva).

El evidente desprecio de Tom Sharpe por la mayoría de sus personajes se refleja en el estilo de su narración, cínicamente neutral. Sharpe no juzga a sus personajes, deja que ellos solos sean los que se pongan en evidencia. No hace falta ser un genio para adivinar que las largas parrafadas en tercera persona en las que se despotrica contra todo y contra todos son febriles monólogos de los personajes, todo lo que pasa por sus recalentadas mentes. El autor es lo suficientemente inteligente para dejar que sean también ellos quienes conviertan sus novelas en un compendio de vulgaridad y palabras malsonantes. En el mundo de Tom Sharpe, la más mínima presión convierte al más recto de los aristócratas ingleses en un tipejo colérico de nervios crispados y boca de cloaca, y así es como podemos deleitarnos con expresiones como “esa maldita zorra” para referirnos a una condesa, “puto hechicero” en referencia a un médico de origen africano o “enano de mierda”, de la boca de alguien sin respeto alguno por las personas de, digamos, desarrollo limitado. Sharpe sólo pone de su parte cuando ha de describir las múltiples vejaciones que sufren los personajes, desde humillaciones públicas hasta defunciones brutales, y es entonces cuando su desprecio hacia los personajes que pueblan sus farsas se hace patente. El jocoso distanciamiento con el que Sharpe describe la muerte de sus personajes (y mueren a montones) se traduce en la mayor forma de crueldad humorística imaginable, ya sea describiendo la ridícula muerte de un diputado en la sombra como “el momento en el que el diputado en la sombra había perdido algo más que sus ideales políticos”, o describiendo a un pobre tipo absorbido por un altavoz subwoofer gigante como “un diapasón humano”. Deleitémonos con un pasaje muy revelador de El bastardo recalcitrante:

Gracias a una serie de explosiones, las esperanzas de tranquilizarse de la señora Simplon se vieron más que cumplidas. Con la primera explosión ya había perdido el conocimiento, y cuando los depósitos de aceite estallaron ya estaba en el más allá.

El sexo es otro elemento omnipresente, pero por supuesto jamás en forma de ternura o amor sincero. Los personajes con traumas sexuales pueblan las novelas de Sharpe, y lo mismo ocurre con las perversiones más retorcidas. Entre los primeros tenemos al ya mencionado bastardo recalcitrante, que al ser más ignorante en cuestiones sexuales que Carrie, apacigua esos extraños picores internos disparando a conejos con su escopeta; a los desdichados policías de Exhibición impúdica que se ven sometidos a un drástico tratamiento Ludovico contra la atracción hacia las mujeres negras y acaban maricas perdidos, o al propio Wilt, al que décadas de matrimonio con Eva han llevado a su libido a desaparecer sin posibilidad de reparación. Entre los segundos podemos contar a esos como Walden Yapp, el idealista profesor que en Vicios ancestrales se siente inexplicablemente atraído por lo que en sus momentos más bajos llama “una gorda subnormal”, o a la innumerable retahíla de maridos reprimidos con especial debilidad para el sadomasoquismo que Sharpe tiene debilidad por incluir en sus tramas. Sin contar con la aparición de monstruosos consoladores que se retuercen por el suelo como con vida propia, los enemas involuntarios, las parejas que se quedan enganchadas en público como perros y los sujetos enloquecidos que se queman el pene con pegamento industrial y luego se lo automutilan con un rallador de queso. El sexo en las novelas de Sharpe es algo antinatural y monstruoso, y en pocas ocasiones, en muy pocas, se nos presenta como la hermosa unión entre dos personas que se aman. Los pocos que consiguen alcanzarlo han tenido que pasar antes por encima de los cadáveres de cientos de personas y animales.

Resulta admirable la sádica facilidad de Sharpe para dar con sus intrincadas farsas llenas de personajes que van y vienen, que no entienden nada de lo que les rodea y que se ven envueltos en acontecimientos que ruedan como una bola de nieve hasta la catástrofe más absoluta. En Una dama en apuros la inofensiva pasión por las aventuras por parte de un profesor carca desemboca en el acribillamiento de un grupo de pacíficos pensadores reunidos en una convención en un castillo. Wilt consigue que su desafortunado incidente con una muñeca hinchable se transforme en la movilización de todo el cuerpo de policía para rescatar el cadáver de una mujer de una picadora de carne. Y en El bastardo recalcitrante, el bastardo que da nombre al libro no duda en enloquecer a un bulldog con LSD, volar por los aires un barrio residencial y provocar la explosión de un tren y una masacre a tiros en un campo de golf. Todo para llegar siempre, de forma inevitable, a la misma conclusión: nada tiene sentido. Lo cierto es que comparada con lo que Sharpe es capaz de brindarnos en la literatura, la comedia negra cinematográfica, al menos la de los últimos veinte o treinta años, parece inusitadamente pálida. Me desconcierta comprobar lo poco que se ha nutrido este género de la bibliografía de Sharpe, y no hablo necesariamente de adaptaciones fílmicas de sus novelas. Puede que el aspecto más interesante de la normalilla Quemar después de leer de los Coen sea su (quizá casual, quizá no, conociendo los inusitados referentes con los que suelen contar los hermanos) parentesco con la farsa sharpiana. Esta película en la que todo el mundo, incluyendo las personas que supuestamente velan por la seguridad del ciudadano desde Washington, es completamente estúpido y se ve hundido por su propia idiotez en una retorcida trama llena de malentendidos podría muy bien haber brotado de la afilada mente del escritor.

Sus dos primeros libros, Reunión tumultuosa y Exhibición impúdica son hijas de los años que Sharpe pasó en Sudáfrica como profesor, dramaturgo y colaborador en programas sociales. Con una vocación violentamente anti-apartheid, ambos siguen los dislates de las corrompidas fuerzas de la ley de un estado sudafricano tan imaginario como veraz, sufridor de tours de violencia y destrucción difícilmente describibles (sobre todo en el primero, uno de sus mejores libros). En los personajes que pueblan estos dos primeros estamentos, que forman una especie de díptico, ya se reconocen esos rasgos ideológicos deplorables que caracterizan al grueso de la obra del autor (siendo el Kostabel Els mi favorito con la excepción del propio Wilt, un elemento extremo, brutal, despreciable y genial). La homofobia y la paranoia anticomunista de los jefes de policía que conocemos en Exhibición impúdica es sin duda un reflejo de ciertas experiencias desagradables del propio Sharpe con la autoridad en Sudáfrica, que estuvo a punto de detenerle acusado de elemento subversivo por culpa de las obras de teatro que gustaba de escribir y representar. Zafarrancho en Cambridge sería su tercer libro, con el que ridiculizaba la nostalgia por los viejos valores a través de la historia de un colegio privado que parece haberse estancado en el siglo XIX en lo que a valores se refiere. Los condones convertidos en globos que provocan la explosión de un torreón y la muerte de un alumno sexualmente obsesionado con la rolliza encargada de limpieza representan nuevos indicios del absurdo más increíble y de la presencia de la sexualidad más aberrante. Después de El temible Blott, en la que Sharpe daba protagonismo a una de las figuras más características de su bibliografía, el criado servil pero lleno de ira y resentimiento, llegó Wilt, su novela más exitosa y reputada. Y con razón. La humillante aventura de este profesor mediocre y amargado que pone en jaque a todo el cuerpo de policía por culpa de un absurdo malentendido con una muñeca hinchable es una de las historias mejor concebidas, más ingeniosas y más divertidas con las que me he podido topar (plagiables, suelo llamar yo a estas historias). Como se puede ver, formo parte de esa inmensa mayoría que afirma que Wilt es la obra maestra de su autor; y aún diría más: su segunda parte, Las tribulaciones de Wilt, es igualmente grandioso, conserva la frescura y el ingenio del primero y se yergue como dignísima secuela. Entre el periodo que va desde Wilt (1976) hasta Una dama en apuros (1983) nos encontramos con la mejor versión de Sharpe. Su ingenio, su brutal sátira y su facilidad para dar con dantescos argumentos estaban en lo más alto. Fue a partir del tercer libro de Wilt, en 1985, cuando sus tramas comenzaron a dar síntomas de agotamiento. Los desastres ya no eran tan divertidos, y las historias empezaban a ser demasiado forzadas. Tras este pequeño resbalón que supuso ¡Ánimo, Wilt!, que en cualquier caso funciona como cierre del círculo de las aventuras del atribulado profesor, Sharpe guardó silencio hasta 1994, cuando escribió una secuela de Zafarrancho en Cambridge que aquí se llamó Becas flacas. Es un libro demasiado largo y recargado, en el que Sharpe parece llenar el argumento de momentos rocambolescos por miedo a caer en la monotonía. Lamentablemente, sus esfuerzos por evitarla son los que le hace caer en ella; sin contar con que en una sociedad como la de los años noventa, con sus telecomunicaciones y demás, Sharpe parece estar un poco fuera de onda. Como si los años setenta fuesen para su talento ese punto intermedio entre el peligroso arcaísmo de sus personajes más drásticamente tradicionalistas y el irracional ultraliberalismo tan poco práctico de los más progresistas. La contención de Zafarrancho en Cambridge contrasta fuertemente con la tendencia al exceso de Becas flacas, y aunque los protagonistas son los mismos profesores anticuados de aquella primera parte, están tan desdibujados, tan radicalizados, que es difícil aceptarlo como una secuela natural. Más bien parece una cuarta parte antes de la cual hay dos libros perdidos que justifican tan bruscos cambios.

Poco después de Becas flacas llegó Lo peor de cada casa, que no he leído, y entre 1996 y 2004 Tom Sharpe vuelve a guardar silencio, hasta que resurgió con un cuarto libro de Wilt ciertamente innecesario y decadente, a cuyo lado ¡Ánimo, Wilt! parece mucho mejor de lo que es. De hecho, rompe con el bien concebido círculo que creaba la trilogía inicial. El último libro publicado hasta ahora, Los Grope, supone una vuelta a la sátira contra las sagas familiares de la clase alta británica, tema que Sharpe ya abordó en su mejor época con el genial Vicios ancestrales. Espero que los resultados sean parecidos, (lo sabré en cuanto Anagrama se decida a incluirlo de una vez en su colección Compactos) y que el próximo libro de Wilt, anunciado para este año, suponga una remontada tras el cuarto; aunque esto me cuesta más creerlo.

Tom Sharpe es un modelo a seguir para todo aquel que aspire a sacar con su literatura toda la mala baba y ansias de sátira que lleven en su interior. Un escritor ejemplar que combina como ninguno términos tan opuestos como son la sutileza y el mal gusto, y que con los mejores recursos al alcance de una pluma consigue aquello que tanto se infravalora en la literatura: la risa absoluta. El objetivo de la obra de Sharpe no dista demasiado del de un Dostoievsky, a fin de cuentas ambos aspiran a diseccionar la condición humana sin piedad alguna. Pero si, como en las Ítacas, nos atenemos al camino recorrido hasta llegar a ese objetivo, podemos hablar de Tom Sharpe como el filósofo más inteligente, destructivo y sobre todo desternillante, condenadamente desternillante, que nos ha dado la historia desde Marx. Karl no, el otro Marx.

Una respuesta to “El mundo según Sharpe”

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