De porno y hombres

27 Sep

¿Qué es esto?, se preguntan los lectores de The R Lounge, ávidos de emociones fuertes. Los lectores de doce años, esos que encuentran el blog a través de búsquedas en google como “tias buenas tuenti fotos” o “videos de adolecentes precoses” (sic, y hago hincapié en el “sic”), se sienten intrigados desde el momento que la barrera contra páginas poco recomendables que les han puesto sus padres en el ordenador de pronto les restringe el acceso hacia este, hasta hace poco, casto rincón de internet. ¿Qué se cuece hoy por The R Lounge? ¿Acaso el autor se ha pasado al triste recurso para subir el número de visitas de colgar fotos de tetas? La respuesta es no, no y no. Pero sí que voy a hablar de porno. Tenía recelos de publicar esta entrada por varias razones. La primera, que en un blog apéndice de Viruete al que debo mucho hubiese una entrada parecida. No exactamente igual, no con las mismas intenciones, pero parecida. La segunda, que volvemos a entrar en terrenos en los que se enfangan más personas que yo, personas con su nombre, sus apellidos y sus traumas, y aunque una cosa es relatar al mundo las miserias en los scout y otra… bueno, en fin, las humillantes historias que vienen a continuación. Porque van de porno. De porno y hombres. Y uno se pregunta si es mejor poner nombres y apellidos o utilizar los crueles motes que tenían algunos desgraciados en secundaria y con los que nos gustaba hacerles la vida imposible. Es evidente que no soy tan valiente como para contar sórdidas historias que me incumban a mí y sólo a mí. En cambio, ruin lo soy un rato. Tanto que con mis declaraciones en esta historia pienso hundir conmigo a todos mis queridos compañeros de experiencias pornográficas, que como no podía ser de otra manera son esos tipos frecuentemente nombrados aquí, los sempiternos Hempfreud y Fernando, amén de otros sujetos de lo más variopinto que responden a nombres como Pollo, Menda o Papi, que no dirán nada a muchos pero resultarán reveladores para unos pocos. Es posible que cuando estas historias salgan (que salen) en conversaciones trufadas de alcohol y jolgorio todos ellos se rían de buena gana al rememorarlo: “ah, sí, estábamos tó locos”, “cómo se nos iba la pinza” y tópicos por el estilo. Sin embargo, ya veréis como la cosa cambia en cuanto esta basura escabrosa y sensacionalista aparezca en sus respectivas alertas de google reader y arruine más de una prometedora carrera profesional. A Fernando, otrora amigo, no le temblará el pulso a la hora de demandarme por calumnia y vejación, cuando en el fondo de su podrido corazón una voz ronca le recordará en susurros que él era el que de buena gana ponía su casa a disposición de nuestras turbulentas sesiones de cine porno, orgulloso de su papel de anfitrión. Aquél al que llamamos Pollo, si no ha cambiado mucho desde entonces, agarrará una monumental pataleta y en el juicio esgrimirá argumentos tan poderosos como “¡mentira, capullo!” ante la prueba escrita de que más de una vez propuso descabelladas actividades de dudoso calibre “sólo para divertirnos”. Hempfreud, en un caso sin precedentes en la historia judicial de este país, utilizará su diplomatura en Derecho para defenderse a sí mismo frente a la acusación de haber combinado el visionado de pornografía en grupo a los trece años con lascivas partidas de Worms. Y el apodado Papi, un hombre grande (literalmente) y pragmático donde los haya, sencillamente se retirará a su castillo cual Stanley Kubrick, desde donde guardará silencio (con cariño para todos vosotros, entrañables bastardos, incluso a los que hace siglos que no veo). Como intuiréis, estoy filtrando datos de las anécdotas que vienen a continuación. Es una forma de preparar el terreno antes de empezar a relatar las historias que en realidad deseo que sean recibidas con un “todos fuimos así una vez” y no con las caras desencajadas que ya me estoy temiendo. Señoras y señores, comenzamos con las historias que involucraron a estos alocados adolescentes y a la pornografía, situadas en aquellos no tan lejanos años en los que la búsqueda de porno iba más allá de meter “young slut gets banged” (o “pregnant” en lugar de “young”) en el buscador de Redtube. Aquí en el suelo os dejo mi dignidad.

Noche de porno en casa de tus vecinos gafapasta.

Y no me imagino otra anécdota posible para presidir esta antología de la vergüenza que aquella en la que Fernando y yo accedimos por primera vez al universo de la pornografía online. Es corta pero intensa. Aquella radiante tarde, tal vez de sexto de primaria, me encaminé hacia casa de Fernando con el corazón en un puño, sabiendo que a Fernando le habían puesto internet en su ordenador. Fiel a su estilo, era el pionero en estas lides informáticas. Él fue el primero en pasarse del vetusto Windows 98 al flamante Windows ME. Claro que luego resultó que la agonía de ME fue mucho más temprana de lo que muchos, incluido Fernando, hubiesen querido; pero este desliz quedaba compensado con su asombroso currículum: aún recuerdo aquel deslumbrante juego de Pingu en el que debías rodar como una bola por un laberinto buscando pelotas y derribando icebergs. El caso es que Fernando tenía internet, y por lo que tengo entendido, había sido lo suficientemente listo como para efectuar sus búsquedas más comprometedoras de modo que no dejaran en la barra de vínculos huellas que lo inculparan . Sus precauciones resultaron en vano, pues sus ojos pudieron ver con horror cómo, ni diez segundos después de abrirme la puerta y decirme “mira, tengo internet”, ya me había apoderado del ordenador y había escrito en la barra de direcciones, en letras que a él le parecieron rojas y enormes, “www.porno.com”. El contenido de la página, si soy sincero, ni lo recuerdo, pero sí recuerdo a Fernando tirándose de sus pelos cortados a la taza y maldiciendo a mis antepasados y al día en el que decidió revelarme la ubicación de su casa.

Así, de esa forma tan certera, entré en contacto por primera vez con el vasto mundo de la pornografía online. Fernando, por su parte, tras desechar la temeraria opción de tirar el ordenador por la ventana de su habitación, trató de reparar el desaguisado escribiendo en la barra de direcciones el nombre de tantas webs dedicadas a la familia y al buen trato hacia los animales que, por fortuna, aquel aterrador “www.porno.com” quedó totalmente enterrado a los ojos de su padre y su vara de castigo.

Pocos sabíais que hubo un tiempo en el que Jenna Jameson era guapa.

No fue mucho tiempo después cuando Fernando, olvidando imprudentemente las malas experiencias pasadas y el miedo enfermizo a que la noche más insospechada su padre, rabioso, le arrancara de su sueño y de la cama de un puñado para enseñarle lo que había encontrado registrado en la barra de direcciones de su ordenador, me reveló el último gran acontecimiento: le habían puesto en su casa tele digital pirata, y lo mejor de todo era que había dado con el número secreto que desbloqueaba los canales no autorizados a menores. La locura se desató de tal modo entre el círculo de intelectuales a los que Fernando confió el secreto que al momento olvidamos nuestras discusiones existenciales y las buenas maneras para ponernos a saltar y a gritar como babuinos, exigiendo una tarde de porno desenfrenado entre primitivos rugidos. Fernando empezó a sudar copiosamente y a sospechar que aquella revelación había sido una mala idea que se le iba a escapar de las manos, pero no obstante, para aplacar a las fieras, pergeñó un plan que hacía aguas por todas partes: le diría a su madre que aquella tarde íbamos a ir unos cuantos amigos a jugar al Worms Armageddon y, cuando ella se fuera, tendríamos un tiempo indefinido para ver porno. Con “indefinido” no quería decir “ilimitado”, sino “sujeto al impredecible horario de trabajo de su madre”. Vamos, que podía volver en cualquier momento y pillarnos en mitad del espontáneo encuentro entre la estudiante tatuada y el cartero sin pantalones. Todos celebramos su plan y acto seguido Fernando se fue a su casa a llorar un poco en su cuarto.

Aquella tarde, unas manos nerviosas pulsaron los diversos timbres que abrían el camino a casa de Fernando. Portal del edificio, portal del bloque y puerta de casa. Cuando Fernando abrió la puerta de su humilde hogar y la cadena de personas que empezó a entrar parecía no acabar nunca comprendió con pesar que nunca debió haber propuesto aquello. Así, allí nos encontrábamos (si no recuerdo mal):

Hempfreud: Nuestro nerd particular, aunque jamás se puso los tirantes y la pajarita que le aconsejábamos con fruición.

Pollo: Pequeño, nervioso, salido.

Papi: Grande, calmado, maestro del disfraz y de las entradas inesperadas.

Menda: El as del balón, sólo juega para ganar pero siempre con deportividad.

Lolo: Nuestro sempiterno bufón y saco de arena, equivalente a un Shaggy o a un Goofy.

Shutty: El insulso hermano de Lolo.

Ale y Darío: Las Torres Gemelas, mellizos que juntos miden cuatro metros.

Bros: El último homo habilis sobre la faz de la Tierra, propenso a la violencia física.

Este servidor: Ya sabéis, el bloguero más dicharachero.

Sin olvidar, cómo no, al tembloroso Fernando. Una cuadrilla de tíos de doce años deseosos de ver porno en familia, desafiando a las connotaciones homosexuales evidentes que derivaban de la situación y a lo que pudiera pensar la opresiva sociedad.

Como todo aquello ocurrió hace bastantes años, me cuesta recordar la historia completa más allá de episodios concretos imposibles de olvidar (ya sea por las veces que los hemos rememorado con nostalgia o por lo aberrantes que resultaban), así que me temo que como siga con mi estrategia de plasmar sólo lo que recuerdo esto parecerá un cúmulo de incoherencias, lagunas mentales y letreros de “rollo perdido” que no acertarán a explicar ni de lejos cómo acabamos divididos en un grupo que veía porno en el salón, otro que jugaba al Worms en el estudio y un pobre sujeto que hacía guardia junto a la puerta. La designación de un vigilante era primordial, ya que en casa de Fernando la puerta de entrada estaba frente a la puerta del salón, y desde ésta se podía ver perfectamente el televisor. Esta disposición de elementos es ideal para que, tras un agotador día de trabajo, nada más abrir la puerta de tu casa puedas dirigir tu mirada hacia el ardiente revolcón entre mujeres lubricadas que se está emitiendo y sonreír lascivamente con energías milagrosamente recargadas, pero si tienes doce años y tu madre desaprueba seriamente que su hijo vea porno duro a la hora de la merienda la situación cambia significativamente. Esto explica que Fernando, con ojos de demente, pidiera a Hempfreud que se quedara haciendo guardia junto a la puerta de entrada. Hempfreud, tras liberar su dolorida muñeca de la ansiosa garra de Fernando, le aseguró que no se movería de allí. Con un suspiro de relativo alivio al saber que cualquier misterioso movimiento en el rellano sería rápidamente advertido, Fernando hizo de tripas corazón y encendió el televisor. Las ondas electromagnéticas nos envolvieron de un modo estimulante, y comenzamos a impacientarnos. Ante nuestra precipitada sospecha de que intentaba darnos gato por libre, Fernando se apresuró a aclararnos que si veíamos en la pantalla a Paco Martínez Soria era porque al encender el televisor salía la Primera por defecto, y que si le dábamos tres segundos, cambiaría al canal del porno. La palabra “porno” logró apaciguarnos durante un momento, lo que dio tiempo a Fernando para cambiar de cadena.

Jesse Jane, puesto de honor en mi podium de pornstars grimosas.

Al momento se presentó el siguiente obstáculo. Una pantalla azul con un letrero que pedía la introducción del código de seguridad. Pollo, especialmente desesperado por ver porno, se desgarró la camiseta en un rapto de impotencia (al ver los jirones de su camiseta favorita se arrepintió de aquel dramático rapto). Bros, que venía armado con un cuchillo de su casa, lo empuñó disimuladamente, preparado para apuñalar a Fernando entre las costillas si intentaba algo raro (como llamar a la policía, supongo). Pero no fue necesario, porque Fernando introdujo mediante el mando el año de nacimiento de su madre y, como por arte de magia, en la pantalla apareció una rubia de bote volcada a una entusiasta felación en una lujosa suite de hotel que incluía cortinas de seda, colchas rojas y un amplio espejo en el que se reflejaba todo el equipo de producción, director sentado incluido (con una expresión de satisfacción que indicaba que la escena estaba saliendo como concretó en los storyboards). Los machos comenzamos a saltar y a lanzar cacahuetes al aire para expresar nuestra euforia. Pero algo ocurrió que nos llevó a las extrañas circunstancias que describí antes. ¿Aburrimiento tal vez? El caso es que algunos como Pollo, Papi, Bros, Ale, Menda y yo continuábamos frente al televisor, aguantando como leones (Pollo repitiendo por enésima vez el bochornoso chiste de colocarse un cojín en el regazo con gesto pervertido); mientras que Lolo, Shutty y Darío se habían cansado de las correrías de la Victoria Silvstedt de segunda fila y apoderado del ordenador. De modo que, tras verse saciados en lo que respecta al bajo instinto de la lujuria, concentraron sus esfuerzos en saciar el bajo instinto de la violencia dando muerte a pelotones de gusanos rosas. Fernando, más blancuzco y enfermizo que de costumbre, se balanceaba insistentemente en una vieja mecedora, contemplando a sus felices compañeros y el porno del televisor, temiendo la inminente llegada de su madre. Se había sumergido de tal modo en su paranoia personal que ni siquiera se dio cuenta de que Hempfreud había ido abandonando paulatinamente su puesto para unirse a los viciosos espectadores.

Entonces ocurrió. El timbre sonó. Y no el del portal del bloque, sino el de la puerta de la casa. ¿Sonó el mismo timbre que de costumbre? No puedo asegurarlo. El sonido que Fernando percibió no fue, desde luego, el timbre al que estaba acostumbrado, sino algo cien veces más escalofriante que el alarido de un espíritu en plena sodomización. A partir de ahí, los acontecimientos se sucedieron en un torbellino a cámara lenta, especialmente los que se dieron en la propia persona de Fernando. Su cabeza se giró hacia la puerta tan violentamente que varias vértebras de su cuello crujieron agónicas. Al dirigir sus enloquecidos ojos hacia allí y descubrir que Hempfreud había abandonado su puesto, sus cuencas oculares comenzaron a supurar sangre, y su boca, espuma. Como poseído por un ritmo salvaje, se levantó de la mecedora y, a través de la infernal voz del demonio que se había instalado en sus entrañas, gritó: “¿DÓNDE ESTÁ EL MANDO?”. Paralelamente a estos insólitos cambios en los procesos fisiológicos de Fernando, los demás sujetos que nos encontrábamos en el salón no logramos hacer otra cosa que no fuese saltar de nuestros asientos y correr en círculos enloquecidos, chocando los unos con los otros como vulgares lemmings. Un segundo timbrazo tras la puerta no hizo más que volver más violentos estos choques. Fernando comenzó a desgarrar cojines buscando el esquivo mando mientras en la televisión una tal Tanya gozaba de una manera que antes no resultaba tan satánicamente escandalosa.

¿Quién salvó la situación? ¿Quién consiguió apagar la televisión a tiempo? Desde luego no fue Fernando, por fortuna, pues ya había empuñado el hacha de la leña y se encaminaba hacia la tele a zancadas. Fue Lolo. Fue Lolo quien, prodigiosamente, se levantó del sobrecalentado asiento de la silla del ordenador (sacrificando así a un gusano que quedó en vano a la espera de órdenes tras encender un cartucho de dinamita), recorrió a la velocidad del rayo el pasillo, entró en el salón y se lanzó hacia el televisor con el dedo índice desenfundado. Click. El televisor estaba apagado, y los gemidos de Tanya ahora sólo eran un débil eco en nuestros cerebros. Sólo se oía a los pájaros y a once corazones desbocados pidiendo socorro. Todos miramos a Lolo, que seguía en el suelo como el bateador que ha alcanzado la base con un margen de pocas centésimas. Se respiraba admiración en el ambiente. Un Fernando veinte años más viejo abrió la puerta con débiles ademanes. Pero la silueta que vio al alzar la vista no era la de su madre, sino la de alguien más aparatoso y mecánico: Cop, de nombre completo Yosemery Cop, con el que por aquel entonces nos portábamos como auténticos cabrones, se había enterado de que habíamos quedado para ver porno y pensó en pasarse, explicando que había encontrado abiertas las puertas del edificio y del bloque. Esa mirada asesina que todos reservamos para un momento especial fue la que nosotros dirigimos a Cop. La única excepción fue Fernando, cuyos ojos se desviaron hacia el hacha, con algo más práctico y doloroso en mente que tratar de fulminar a alguien con la mirada.

El alivio que se apoderó de nosotros después de la descarga de mal karma no duró demasiado. Era cierto que al fin y al cabo seguíamos vivos y que en comparación la presencia de Cop era casi balsámica, pero ignorar el hecho de que la madre de Fernando podía llegar en cualquier momento suponía un error. Desde luego, Fernando ya no quería ni oír hablar de poner la tele, y no digamos de ver porno, así que técnicamente nuestra súper-tarde ya había acabado. No obstante, el mal trago que habíamos pasado había abierto los ojos a nuestro maltrecho anfitrión sobre lo absurdo de la situación: aquellas once personas con cara de culpable reunidas en su salón no componían un cuadro precisamente libre de sospechas. Por mucho que no estuviésemos viendo porno cuando su madre llegara, la desconfianza afloraría al momento, porque no era costumbre para Fernando invitar a once personas a su casa para… ¿Para qué? ¿Para comer pan con Nocilla? ¿Para jugar al Worms? Ahí estaba el problema. El cerebro de una madre de inteligencia media podría descartar explicaciones a aquella situación con una velocidad pasmosa, prevaleciendo una sobre todas las demás: porno. Es por eso que el lastimero guiñapo que una vez fue Fernando decidió que era hora de que nos largásemos con viento fresco a destrozar los nervios de otra persona. Luego comenzaría a planear la mudanza, poniendo especial cuidado en que ninguno de nosotros se hiciese con su nueva dirección o teléfono. Por desgracia, quiso el azar que no hubiese empezado a echarnos cuando el timbre del telefonillo sonó. Sólo puedo esbozar la maraña de indicaciones caóticas y desesperadas que Fernando trató de hacernos entender cuando comprobó que la persona que ya estaba caminando por el patio interior del edificio en dirección al bloque era su madre. Allí no podían quedarse más de dos personas si no querían levantar sospechas. Los demás, siendo imposible escapar escaleras abajo, tenían que esconderse en el rellano del piso inmediatamente superior y largarse por piernas en cuanto la madre de Fernando entrase en su casa y cerrase tras de sí.

Surrealista es como recuerdo la escena de ocho personas subiendo en tromba hacia el ridículamente pequeño rellano del cuarto piso y esperando allí el momento de huir, en medio de un silencio relativo trufado de risitas, respiraciones atronadoras, tintineos de llaves y pisotones. Desde allí oímos como, abajo, Fernando saludaba a su madre y le decía en el tono más despreocupado que le permitía el temblor de su cuerpo que Ale y Darío habían venido a merendar. Cuando su recelosa madre entró y cerró la puerta, a Fernando se le cayó el alma a los pies al oír a la masa de gente bajando… no, bajando no, más bien desparramándose escaleras abajo con el sigilo de un rebaño de vacas arrastrado por un torrente desbocado de agua. Sí, visto en frío yo también me pregunto por qué optamos por bajar todos de golpe y no uno a uno, tranquilamente y sin levantar sospechas. La euforia del momento, supongo. Sin embargo, todo salió bien, y una vez en la calle nos fuimos para nuestras respectivas casas como si nada hubiera pasado.

SUGOI!

Los disgustos que trajimos a Fernando esa tarde tuvieron su continuación en otro soleado día en el que nos encontrábamos en su casa Lolo, Bros y yo. Como si nada hubiese pasado aquel otro día, Fernando nos había invitado amablemente a echar la tarde allí, aunque, eso sí, sin porno de por medio. Pero como era de esperar, el tema del porno no podía tardar mucho en salir. Ocurrió justo después de un trágico incidente que acabó con la vida de un reptil inocente. Bros, haciendo honor a su naturaleza escéptica, exigió asomarse al pequeño balcón de la habitación de Fernando para comprobar si realmente daba a la urbanización en la que yo vivía. En un giro que a nosotros nos pareció ingeniosísimo, cerramos la puerta corrediza de cristal a sus espaldas, dejándole allí encerrado, con el pequeño acuario de Yupi, la tortuga de Fernando, como única compañía. Bros comenzó a amenazarnos mientras nosotros celebrábamos nuestra ocurrencia. Tras un rato, Bros dejó de amenazarnos y comenzó a entretenerse con la tortuga. Y tras otro rato, dijo algo que ante alguien que no le conociese podría parecer una estrategia más inteligente para hacer que abriéramos la puerta. Pero tristemente Bros no es tan agudo como para adoptar estrategias inteligentes. “Ehm…” comenzó, “la tortuga ésta tiene los ojos metidos para dentro”. Lo que significase eso, fuese lo que fuese, no podía suponer nada bueno. Así que Fernando abrió la puerta y examinó el acuario. Efectivamente, Yupi flotaba inerte boca abajo en el agua de su propio acuario, y los ojos se le habían hundido en las cuencas.  “Juro que yo no he sido”, se defendió Bros torpemente. A día de hoy aún le creo. Abatido, Fernando recogió a su ex-tortuga (que llevaba con él desde antes de conocerle yo, lo que era mucho) y, anotando la desgracia en su extensa lista mental de razones para no llevar a nadie más a su casa, decidió alejarnos de cualquiera de sus animales domésticos, incluidos los peces del acuario. Para ello, nada mejor que cualquier cosa relacionada con el porno, aunque no fuese porno directamente, así que nos enseñó la tarjeta mágica que sintonizaba gratis todos los canales de la tele digital. Era muy extraña, con unas pequeñas placas metálicas que sobresalían de ella. Fernando hizo especial hincapié en lo sensibles que eran estas placas y lo fatal que supondría el más mínimo doblez en cualquiera de ellas. Como era de esperar, Lolo no tardó ni diez segundos en coger la tarjeta primero y dejarla caer al suelo accidentalmente después. Fernando casi se desmaya al comprobar que no quedaba ni una sola placa en su sitio. Si antes estaban en perfecta formación, ahora eran un revoltijo de chapas borrachuzas. Tan histriónico como en el resto del capítulo de hoy, Fernando agarró a Lolo de las solapas para enfatizar su enloquecido lamento sobre lo que iba a hacerle su padre cuando descubriera el estropicio. Para su alegría, Bros dio con la solución. Armado con unos alicates que llevaba siempre consigo y con más fuerza que maña, nuestro entrañable hombre de Atapuerca consiguió enderezar medianamente las placas de la tarjeta, por lo menos lo suficiente como para que el porno comenzara a resonar en el edificio nada más introducir la tarjeta en el sintonizador. Para demostrarnos su gratitud, Fernando nos echó a puntapiés de su casa. Su intención era que no volviéramos nunca, pero el caso es que yo volví muchas veces.

Con el tiempo, la costumbre de quedar para ver porno en comuna se convirtió en un ritual. Papi se pasó también a la tele digital pirata, y también conocía la clave que abría la puerta a ese impagable mundo de fantasía que es la pornografía en movimiento. Nuestras reuniones se fueron perfeccionando. Desarrollamos un constructivo sentido crítico acerca de nuestro amado cine porno y Papi, perfecto anfitrión, cortaba chorizo y queso para picar mientras comentábamos lo que íbamos viendo. A veces es cierto que nos portábamos un poco como energúmenos, pero en tal caso Papi sabía que lo mejor era sacar, en vez de más queso, el cuchillo jamonero con el que lo cortaba. Ver entrar súbitamente en el salón a aquella gigantesca silueta empuñando aquel intimidatorio cuchillo entre gritos y amenazas era suficiente impresión como para que nos sentáramos al instante para seguir viendo porno como unos niños obedientes. Como se puede ver, de las tensas reuniones al margen de la ley en casa de Fernando de los primeros días a las alegres verbenas acompañadas de aperitivos de Papi había un trecho trufado de aprendizaje y experiencia.

Pollo desarrolló extrañas ideas acerca de lo que era divertido hacer en grupo. No merece la pena extendernos demasiado en una anécdota tan triste, bastará con decir que un día nos propuso jugar a “la galleta”. Para el despistado, aclararé que a “la galleta” se juega en grupo, que los participantes han de tratar de, en fin, eyacular sobre la desdichada galleta antes que nadie y que el último infeliz que lo lograra (o no) debía comerse la galleta. Lo lamentable del asunto es que lo propuso entre risas teñidas de emoción, y que el silencio sepulcral que rodeo a los presentes acto seguido le incomodó tanto que trató de aclarar entre sudores y aspavientos que había sido una broma. Aún no me ha quedado claro si fue o no una broma.

Yo, por mi parte, me convertí en un verdadero mafioso del porno. Mi campo era el de las fotos. Darío, mi proveedor, me prestó un CD Primco con el enigmático título de “Antonio” escrito a permanente. “Antonio” estaba lleno de sorpresas, suculentas imágenes de tías buenas y de fregados sexuales varios que yo me encargué de administrar como se merecía. La cantidad de material se triplicó por obra y gracia de Darío con un nuevo CD de igualmente enigmático título, “Jose”, y con mucha más mercancía que “Antonio”. Mi edición corregida y revisada de “Jose/Antonio”, con todo su contenido perfectamente organizado, corrió como la pólvora entre mis círculos más cercanos y no tan cercanos. Pero es que un CD en el que las fotos están administradas en carpetas que indican si son imágenes de tías, de sexo normal, entre dos chicas o bien de más personas, tiene que ser un éxito por fuerza. Especialmente si cada foto es una nueva sorpresa en forma de título tronchante (gran mérito por mi parte, había MUCHAS fotos). ¿Qué fue de “Jose/Antonio”? Lo tiré a un contenedor de basura. Ni más ni menos. Cuando decidí cambiar mi terrible y pervertida forma de ser de aquel entonces, consideré que el primer paso era librarme del porno. Así que, sin más miramientos, tiré el trabajo de mucho tiempo al contenedor más cercano. Ahora lamento haberlo hecho. Me llevó mucho tiempo organizar las fotos y renombrarlas, y una tarea como esa bien se merece como mínimo persistir. Pero bueno. Nunca se sabe, tal vez un día reaparezca en mi vida alguna copia de ésas cuya pista perdí hace mucho. No estaría mal conservarla para recordar siempre aquellos locos años en los que sólo nos importaba el porno y poco más.

11 comentarios to “De porno y hombres”

  1. Hempfreud 27/09/2010 a 17:14 #

    oh si, mi pubertad en internet.

    por cierto, tengo una copia. ¿Cuanto me pagas por ella?

    • Miguel Roselló 27/09/2010 a 19:01 #

      Hepre, hazme un precio especial, que tengo pensado un regalo la mar de chulo para tu cumple…

  2. L'Ange de Montparnasse 27/09/2010 a 18:24 #

    Barney Stinson es Dios. Viva él.

  3. Lune 27/09/2010 a 20:16 #

    “(…) Su cabeza se giró hacia la puerta tan violentamente que varias vértebras de su cuello crujieron agónicas. Al dirigir sus enloquecidos ojos hacia allí y descubrir que Hempfreud había abandonado su puesto, sus cuencas oculares comenzaron a supurar sangre, y su boca, espuma. Como poseído por un ritmo salvaje, se levantó de la mecedora y, a través de la infernal voz del demonio que se había instalado en sus entrañas, gritó: “¿DÓNDE ESTÁ EL MANDO?”. Paralelamente a estos insólitos cambios en los procesos fisiológicos de Fernando (…)”

    Por favor, si los vecinos no han escuchado mis carcajadas es que están sordos. Sigo llorando después de media hora de leer y releer este magnífico trocito.

    ¿”La galleta”? ¡Vosotros teníais mucha imaginación por aquel entonces!

  4. Señor E 29/09/2010 a 2:14 #

    ¿Crees que podrías hacer una segunda parte pero en vez de anécdotas (que no me desagradan por supuesto) hablando de esas maravillosas actrices con “grandes aptitudes”? Ya sabes, como Gianna Michaels, Aria Giovanni, etc.

    • Miguel Roselló 29/09/2010 a 11:48 #

      Puede ser, puede ser… No descarto nada, aunque la mayoría de actrices porno de hoy me dan asco. Y tampoco sé tanto sobre el tema, las cosas como son.

  5. Jose 02/10/2010 a 21:14 #

    Han sido los minutos más desternillantes de mi vida en mucho tiempo. En mi defensa diré que yo no iba porque hubiera oído hablar de ver porno en grupo, sino porque había quedado con Fernando para ir al gimnasio. De la existencia de esas reuniones clandestinas (tanto en casa de Fernando como en la de Papi) me enteré hará unos 3 o 4 años. En vuestra defensa, diré que no eráis tran crueles conmigo, al menos yo no lo recuerdo así; no había trato de ningún tipo pues apenas nos relacionábamos por aquel entonces (lo que hiciérais o dijéseis a mis espaldas escapa a mis conocimientos).
    Por cierto, si a tí te parece surrealista la escena de la huida por las escaleras, intenta imaginarte cómo viví yo aquella tarde:
    Llego a casa de Fernando a las 6 de la tarde como todos los días entre semana porque he quedado con él para ir al gimnasio. Nadie abre la puerta así que vuelvo a llamar. Se oye un pequeño revuelo y tras la puerta aparece una docena de rostros rojos, sudorosos e iracundos, con una mezcla de alivio y odio. De repente, diez de esos doce rostros (con sus respectivos cuerpos) salen corriendo escaleras arriba (hacia dónde y por qué, es un misterio), para pocos minutos después volver a bajar corriendo y en tropel. Si Fernando me explicó aquello de camino al gimnasio, yo no lo recuerdo.
    En cuanto al juego de la galleta, he de romper una lanza a favor de Pollo, pues no lo inventó él, ya que he oído hablar de ese ¿juego? (no sé a quién puede divertirle salvo a un eyaculador precoz sádico) en muchos otros círculos.
    Nada más que añadir. Genial post. Nostalgia, diversión a raudales, pornografía,… sólo le falta algo de esoterismo para ser un best-seller de manual.

  6. Malleys 12/07/2013 a 14:10 #

    Me ha encantado este, ahora tengo ganas de leer los títulos de las fotos.

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