Sádico entrenamiento

30 Ene

No concibo cómo malgastar tus tardes yendo a un deporte en el que te presionan pueda ser algo que se pueda disfrutar. De hecho, ni siquiera concibo el por qué de la importancia que se da a los deportes, a los que se dedica un nivel de compromiso prácticamente sectario: son algo que hay que tomarse más en serio que cualquier otra cosa, tienen horarios inhumanos que vienen a ser todos parecidos (todos los días, de cinco de la tarde hasta que los búhos empiezan a cantar), y sobre todo, si no se entrega uno “al ciento veinte por cien”, “a muerte” o cualquier exageración de ésas que gustan de utilizar los deportistas más te vale largarte a tu casa. Aquí no sabemos de medias tintas. Ahora voy a meterme en terreno de monologuista rancio, pero no puedo pasar por alto la figura del entrenador, ese sujeto por lo general entrado en años pero con la salud de un toro (esto sólo lo supongo, de lo contrario desempeñaría su profesión con bastante hipocresía) y con un silbato colgado del cuello que no se quita ni para ir a la iglesia. Este señor es un cascarrabias que se toma su trabajo con pasión hasta el punto de gritarte coléricamente por no haber asistido al entrenamiento aquel día en el que viste que el huracán había arrancado de cuajo el hospital de sus cimientos. Y todos suelen ser iguales. Los hay más altos y los hay más bajos, los hay más gordos y los hay más obesos, los hay más calvos y los hay más canosos; pero todos son unas bestias irascibles con los niveles de azúcar por las nubes que gritan hasta desgañitarse durante las competiciones o los partidos, según el deporte que tu madre te haya obligado a practicar.

¿Con todos los piragüistas pisándonos los talones quieres que vayamos al Club Náutico? ¿¿A la boca del lobo??

Todo esto viene a que yo también me he visto obligado a practicar diversos deportes a lo largo de mi existencia. Un buen día mi madre se dio cuenta de que yo me pasaba varias horas sentado y otras tantas, tumbado, y decidió que ¡aquello tenía que cambiar! Y así, antes de que pudiera asimilar lo que había pasado, acabé apuntado al equipo de baloncesto del colegio. Aquello ocurrió cuando estaba cuarto de primaria, y la verdad es que tengo el recuerdo muy borroso. Iba de vez en cuando a los entrenamientos, no me aparecía por los partidos y mi madre cortó a cuadros mi equipación para hacer trapos con ella. Así que mi etapa como baloncestista pasó rápida y fugazmente, lo que no impidió que pronto me viera envuelto en un nuevo y sano ejercicio. Esta vez era el atletismo. El atletismo consistía en ir los miércoles y los viernes por la tarde al polideportivo y hartarse de correr hasta haber sudado tanto como para que alguien pudiera resbalarse. Así de sencillo. Tampoco hay mucho que contar sobre esta segunda etapa de mi vida deportiva. Quizá con añadir que no pagué ni un mes de los siete u ocho que estuve apuntado ya vale. Era mi segunda muesca en la pared de los deportes fracasados y todo indicaba que iba a volver a la vida sedentaria a la que tan acostumbrado estaba. Eso parecía, pero tras un año de merecido reposo, y una vez más sin saber cómo, contemplé con estupor cómo me convertía en el nuevo afiliado del Club de Piragüismo.

A lo largo de dos años había ido a practicar deportes irrisorios aprovechando la mínima para saltarme los entrenamientos con excusas del tipo “la calle está encharcada” o “se me han enredado los cordones de los zapatos”, y durante el año siguiente había vuelto a pasar las tardes vagueando como un zángano; pero aquello estaba a punto de cambiar. Corría el primero curso de secundaria y ya todos nos creíamos mayores y autónomos. Se avecinaban aires de cambio y de independencia, pero yo no contaba con que a alguien, posiblemente a mi padre, se le ocurriera la absurda idea de que yo debía practicar algún deporte en serio. Pero no “en serio” como el baloncesto, es decir, yendo alguna tarde si me daba por ahí, sino EN SERIO. En consecuencia me apuntaron a piragüismo.

Al enterarme de aquello (ocurrió a mis espaldas, me temo), fruncí el ceño como las otras veces que descubrí que me habían metido en un deporte, pero nada más. Iría un día a la semana, quizá, e iría dejando cada vez más espacio entre vez y vez hasta dejarlo sin que nadie se diera cuenta. El plan perfecto. Pero no ocurrió así. El primer revés lo sufrí cuando me comunicaron los horarios del piragüismo. En vez de un par de días a la semana de los que me podía saltar uno y olvidarme del otro, aquella cosa era todos los días de cuatro a siete de la tarde, excepto el sábado, que era de once de la mañana a *hora-de-salida-indefinida*. Me eché a temblar. Aquello no era algo que pudiera dejarse pasar disimuladamente. Otro mazazo que recibí fue la grata noticia de que aquel era un deporte ideal para practicar en verano, así que los entrenamientos no sólo continuaban en verano, sino que se hacían más largos para aprovechar al máximo el buen tiempo. Esto tenía una doble lectura. Por un lado la obvia: en verano no iba a librarme del piragüismo. Y por otro la temible a largo plazo: al año siguiente era muy probable que siguiera apuntado al no tener esos tres meses clave para que a mis padres se les olvidara su extraña obsesión por tenerme remando todos los días.

El Club se situaba junto al río más apestoso de España, cuyo nombre eludiré para burlar una posible demanda por difamación. Este río es un hervidero de basura que abarca desde pedazos de corcho sintético podrido que flotan a la deriva hasta bidones de gasolina y bolsas de plástico, sin contar con los peces apestosos de los cuales la cuarta parte (los que están vivos y no flotando boca abajo medio descompuestos) viven de esas basuras: se ponen a contracorriente con la boca abierta y se tragan todo lo que entra.

¿Quién es el hijoputa masoquista que ha firmado su sentencia de muerte afirmando que las palas de fibra de vidrio son una mierda?

Ahora intentaré describir lo más precisamente posible el río. El muelle del Club (desde el que se sale con la piragua) está en una de las dos orillas del tramo final del río, ya cercano a la desembocadura del mar. El lado de enfrente varía según la marea. Cuando está baja, tenemos una orilla de dos metros de ancho de puro fango, tan viscoso que es difícil no hundirse hasta las rodillas; y cuando está alta, tenemos una muralla de piedra. Paralelamente a las dos orillas, es decir, situado a lo largo del río, y más cercana a la de enfrente que a la del club hay un pantalán incomunicado con la tierra firme. Está encajado entre dos postes mohosos, tiene aproximadamente veinte metros de largo y a su alrededor hay una serie de barcos amarrados a los que sólo se puede llegar, digo yo, en lancha motora. ¿Os habéis perdido? ¿No? Bien. Visto desde la orilla del Club, el río se extiende unos cientos de metros hacia la derecha hasta llegar a la desembocadura, y un kilómetro y medio hacia la izquierda, hasta pasar bajo un puente. El tramo que abarca del Club a este puente es el que transcurre por la ciudad, entre refinerías y fábricas, y es el más asqueroso. Durante todo el tramo hay mohosos muelles, barcas malolientes que flotan tristes atadas a algún poste metálico oxidado y conductos de las refinerías. Cuando la marea está alta este tramo incluso es un trayecto aceptable, pero en cuanto el nivel del agua baja un poco aparece el olor a perros muertos (temo que literalmente), el repugnante moho que lo cubre todo y la basura acumulada en el fondo, que comienza a vislumbrase. Y ya cuando la marea está baja del todo la sensación desagradable se acentúa, ya que de pronto el río discurre por un canal de altas paredes pringosas que lo cubren todo de sombras siniestras.

Las aguas tienen un brillo extraño debido a todo el aceite que las cubre. Esto es especialmente evidente ya cerca del puente, donde se forman infernales remolinos de gasolina debido al caprichoso discurrir de la corriente entre los pilares del puente y dos depósitos gigantes y oxidados que hay plantados en medio del agua. Esta parte del río es especialmente peligrosa para los remeros, ya que la corriente suele ser muy violenta. Las probabilidades de pasar limpiamente bajo el puente (sobre el que pasan muchos trenes) son pocas, y las de ser desviado por culpa de un remolino y lanzado contra los rasposos pilares del puente por acción la corriente, muchas. A un lado de esta zona inmediatamente anterior al puente se acumula la basura en montones enormes. Hay de todo: paraguas, bidones, ropa vieja, animales descompuestos… Ya más allá del puente, el río se extiende hasta dieciséis kilómetros entre llanuras campestres. El cauce se ensancha, los juncos crecen por doquier y el porcentaje de peces vivos asciende, aunque el olor persiste. Las leyendas cuentan que tras esos dieciséis kilómetros de tramos serpenteantes hay un segundo puente, pero yo casi nunca he llegado allí. Cuando el tiempo es bueno, este largo tramo discurre tranquilo, pero si hay viento y lluvia las aguas se vuelven turbulentas y marrones, y el infernal oleaje se convierte en el peor enemigo que un ser humano podría tener.

Una vez diseccionado el escenario de nuestra dramática historia, pasemos al monitor: un tipo alto, grande y medio calvo, armado con un bigote y un silbato que le salía del cuello. Al parecer los entrenadores habían evolucionado por una rama distinta a la del resto de los humanos y habían desarrollado este nuevo apéndice llamado silbato como requisito indispensable de supervivencia. Como todos los entrenadores, este sujeto se tomaba muy a pecho su cometido y rozaba el sadismo en lo que a entrenar se refiere. El Monitor Sádico tenía un sicario, un segundo delgado y retorcido que se escondía tras su amo con una sonrisilla diabólica en el rostro. Su cometido era seguir a los piragüistas en su propia piragua para después informar a su Maestro de quién había cumplido con el entrenamiento y quién había hecho trampas. Sin embargo, su intervención no era necesaria. Monitor Sádico se encargaba de que todos los alumnos cumplieran completamente el entrenamiento del día, entrenamientos que, dicho sea de paso, no eran moco de pavo. Éstos fueron variando según nuestro nivel de experiencia. La primera semana en aquel infierno la dedicamos a remar hasta el puente en unas piraguas que no eran verdaderas piraguas, sino unos cruces genéticos entre piraguas y tanques imposibles de hundir y de volcar. Imposibles de hundir porque estaban hechos de PVC, e imposibles de volcar porque eran anchos como el canal de Panamá y de casco exageradamente plano. En pocas palabras: aquellas cosas, que respondían al nombre de “bollitos”, eran monstruos de batalla y pesaban muchas toneladas una detrás de otra. Para completar el conjunto, el Monitor Sádico nos dio a todos los novatos un remo de aluminio con palas de plástico. “¡Cuando tengáis más experiencia usaréis las palas profesionales de fibra de vidrio!”, gritaba con las venas del cuello hinchadas. “¡Eso!”, apuntaba el Segundo Malévolo. Yo no me emocioné demasiado con esta promesa. ¿Qué diferencia había entre las palas de aluminio y plástico y las de fibra? Más tarde, cuando me dieron una, comprendí la diferencia. Las de fibra de vidrio tenían la barra llena de molestos hilitos de fibra que, tras dos horas de entrenamiento, te dejaban las manos llenas de ampollas (profesional significa doloroso). Además eran más caras, y si perdías una te daban un porrazo en la cabeza con una de plástico, que dolía más.

En fin, que a lo largo de la primera semana nos dedicamos a remar arriba y abajo el tramo del río que llegaba hasta el puente. En total, la subida y la bajada sumaban tres kilómetros. Lo normal era tardar veinte minutos en hacer estos tres kilómetros, pero con los bollitos recuperados de la Segunda Guerra Mundial se tardaba hora y media. En una de ésas una panda de gamberros se tiró al agua desde un muelle y comenzaron a perseguirme a nado mientras yo intentaba penosamente avanzar con la pala cogida del revés. Al final tuve que defenderme a palazos y dejar que los cadáveres flotasen a la deriva.

Las semanas que siguieron fueron a peor. Era hora de aprender a montar piraguas de verdad. Sádico nos mostró las piraguas. Eran pequeñitas, más o menos tan largas como una persona normal y de casco redondeado, con lo cual, pensé, debía ser difícil caerse. Nada más alejado de la verdad. La práctica se llevaba a cabo en la otra orilla, la fangosa. Primero había que llegar allí sobre la piragua, pero todo el mundo llegaba nadando, ya que nos caíamos antes de dar dos paladas. Una vez allí, entre la orilla y el pantalán errante nos caíamos al agua tarde tras tarde una y otra vez. El agua estaba fría, pues era octubre, y el fondo era tan movedizo como la más movediza de las arenas movedizas. El proceso a seguir cada vez que te caías era el mismo.

1) Te caes al agua y sales a la superficie, con opción de respirar.

2) Le das la vuelta a la piragua para evitar que se llene de agua y se hunda. Si alguien tiene que hundirse, que sea el piragüista.

3) Nadas hasta la orilla (si hay) llevando contigo la pesada piragua (más ahora que está llena de agua y algún pez muerto) y una vez allí la vacías.

El problema con el tercer punto era que si no hay orilla, es decir, si lo que hay son paredes de piedra, hay que vaciarla allí mismo, en mitad del río, y montarse también en medio del río, guardar el equilibrio y continuar remando. No sé cómo se hacía eso de vaciar y montarse en la piragua en medio del río sin apoyarse en nada ni hacer pie. Nunca aprendí a hacerlo. En cualquier caso, la cosa no cambiaba mucho cuando la orilla que tenías era aquella. Como era fangosa hasta los siete metros de profundidad, era virtualmente imposible ponerse en pie en ella con una piragua llena de agua que pesaba sus cien kilos entre los brazos. Porque, ¿qué ocurre cuando levantas mucho peso sobre una superficie blanda? Exacto, que te hundes. Pues eso era lo que pasaba allí. Las piernas se te perdían entre el fango y notabas en los pies el roce de todo tipo de cosas punzantes, animales mutantes y posiblemente manos descompuestas. Los días que la marea estaba alta teníamos, cuando nos caíamos, que nadar hasta el muro, que estaba pedregoso y resbaladizo por la acción continua del verdín, y subirnos a la piragua agarrándonos a la rasposa pared. Era aún más complicado.

Llegó la primavera y ya dominábamos la piragua normal, lo que incluía aprender a evitar que los cables oxidados de su interior te dejaran los pies como los de Jesucristo. La rutina se había convertido en recorrer una y otra vez el famoso tramo Club-Puente, y a veces, avanzar a lo largo de los diez kilómetros que había tras el puente. Y entonces Monitor Sádico tuvo una maquiavélica idea (con el incondicional apoyo de su Segundo Malévolo). Nos reunió a los ya no tan novatos en el gimnasio (un búnker polvoriento con un suelo de piedra por el que había repartidos sucios bancos de gimnasia) y nos informó con los dientes amarillos apretados de júbilo de lo que tenía preparado para nosotros. “Veo que ya habéis aprendido a dominar la piragua normal…”, mascullaba mientras andaba de un lado a otro del gimnasio, “y por ello os creéis piragüistas experimentados, ¿me equivoco…?”. “No, señor, tiene toda la razón”, dijo el Segundo Malévolo desde su rincón sombrío. “Pues ahora vais a empezar a practicar con piraguas de verdad. ¿Sabéis lo que son los mosquitos? ¿No…? Vaya, vaya, qué pena…”. Hablaba dando por hecho que le habíamos dado alguna respuesta, como el Gatekeeper del Atmosfear. “Pues lo vais a aprender. Es más, todos vosotros vais a aprender a usarlos.”

Monitor Sádico siempre me recordó a Stacey Keach.

Los mosquitos resultaron ser piraguas más largas, más delgadas, más ligeras, más aerodinámicas y más puntiagudas. Pero la principal diferencia entre éstas y las otras era la forma del casco. Si las piraguas normales lo tenían redondeado y ancho, los mosquitos lo tenían estrecho y agudo. Tan agudo que no se redondeaba entre los dos costados, sino que tenía directamente forma de V, con lo cual estas piraguas no podían mantenerse derechas en el suelo sin volcarse hacia un lado. Resultaba altamente improbable que aquello pudiese mantener el equilibrio en el agua, y más aún con una persona montada en ella. Estas piraguas fueron las que tuvimos que aprender a manejar durante todo aquel mes. Tardamos muchísimo más en dominarlas, ya que, como bien sospeché, caerse con ellas era veinte veces más fácil que con las piragüillas normales aquellas. Además, nos dieron palas de las de fibra, que te dejan las manos hechas una pena y que se rompen casi con estornudarles encima. Y así, con nuestras nuevas piraguas empezamos a cambiar el entrenamiento aquel de diez kilómetros por uno nuevo de dieciséis. Aquello significaba llegar hasta el Segundo Puente del que hablaban los escritos. Pero era lo que había. Por tanto, cuando supimos manejar los mosquitos, Sádico comenzó a mandarnos a la aventura y al segundo puente. Ya era abril, y el tiempo comenzaba a mejorar peligrosamente.

Sádico empezó a acostumbrarse a seguirnos en nuestras aventuras, con la diferencia de que, mientras que nosotros íbamos en nuestras piraguas remando como locos, él iba en su motora bien repanchigado. Lo más alucinante es que casi siempre tenía en su motora una reserva de huevos podridos con los que gustaba de atacarnos. Detallaré esta situación: tú vas remando y tu piragua comienza a verse bombardeada por huevos que salen de no se sabe dónde, puesto que estás en un río y no en una granja. Giras la cabeza para buscar al atacante y al hacerlo pierdes el equilibrio y te caes al agua. Cuando sales a la superficie ves una motora pasando por tu lado empapándote aún más de lo que estás y que se aleja. En ella se encuentran Sádico riéndose como un maníaco y su Segundo Malévolo escudriñándote con unos prismáticos mientras dice: “¡Un blanco perfecto, Señor!”. Esto lo hacía en cierto tramo de la parte del río que sigue al puente, ya en un área tranquila. En este tramo en concreto había muchos peces que saltaban como locos cuando notaban algo de movimiento, y Sádico comenzaba su ataque cuando pasábamos por este tramo para que los peces saltaran sobre nosotros.

Una vez, en este tramo ocurrió una cosa. Íbamos dos rezagados (un gordo prepotente y yo) remando hacia el segundo puente, cada uno cerca de una orilla por si nos caíamos, y de pronto un pez saltó con tan mala fortuna que cayó dentro de la piragua del gordito. El gordito me lo hizo saber a gritos, porque cada uno íbamos pegado a una orilla distinta. Yo le contesté, también a gritos, que se olvidara del pez y que ya dejaría de botar cuando se muriese asfixiado. Al rato, el gordito berreó otra vez: “¡Este pez se ha muerto ya, y está empezando a oler mal!”. Hice como que no le oía y seguí remando. A los dos minutos noté que el gordito tenía espasmos raros y me volví para intentar ver lo que le pasaba. Su piragua se tambaleaba y él estaba empezando a vomitar. No tardó ni un segundo en volcar (aún vomitaba). Yo me hice el loco y seguí remando mientras el gordito desaparecía en las profundidades, sepultado en su propio vómito. Jamás volví a verle.

Una variante del entrenamiento normal era el emocionante (para Sádico y su Segundo) Entrenamiento de Olas. ¿En qué consistía el Entrenamiento de Olas? Nosotros nos dedicábamos a remar arriba y abajo el tramo Club-Puente mientras Sádico y su Segundo Malévolo pasaban con la motora a toda velocidad a centímetros de nosotros para provocar gigantescas olas que nos tiraban hacían volcar sin remedio. Al pasar se reían histéricamente y el Segundo Malévolo le iba indicando a su Maestro otro desgraciado en buena posición para ser derribado.

Con Mayo llegó el calor, aunque no fue lo único. Llegaron los nuevos horarios. Ahora, como se hacía de noche más tarde, el entrenamiento se podía prolongar aún más. De cuatro a siete remábamos; cuando salíamos del agua y lavábamos las piraguas Sádico nos mandaba a correr varios kilómetros, y cuando volvíamos nos obligaba a pasar por una agotadora sesión de gimnasio hasta las tantas. Los sábados, como el entrenamiento era por la mañana, no teníamos ningún problema (o al menos eso le parecía a Sádico) para saltarnos el almuerzo. A las cuatro acabábamos finalmente y volvíamos a casa. Este entrenamiento prosiguió a lo largo de todo el verano, con lo cual el piragüismo había conseguido, primero, que en los meses de colegio me deprimieran las tardes y temiera los sábados; y segundo, que pasara un verano infernal en el que sólo oía a Sádico decir: “¡Ya habrá tiempo para ir a la playa cuando seáis piragüistas experimentados!”

Si ya los primeros días empecé a comprender lo duro que iba a ser aquello, los meses que siguieron lo reafirmaron. Pero lo que nunca me imaginé era que algún día pudiera tener entre mis recuerdos historias tan dantescas como las que vais a leer ahora. Fueron tres días concretos y aislados entre ellos de mi larga estancia en piragüismo que merecen ser recordados, relatados y reciclados mil veces.

El de cuando casi me hundí.

La primera aventurilla se sitúa más o menos cuando empezamos organizar expediciones en piragua para explorar aquellas tierras vírgenes que había tras el puente con el fin de hallar el mítico Segundo Puente. Un especialmente frío y nublado día de Enero, Sádico nos mandó una vez más a remontar el río para llegar hasta el Segundo Puente. Aquella vez mandó a su Segundo Malévolo para que nos siguiera, asegurándose así de que completábamos totalmente el entrenamiento. El camino de ida no fue duro. En realidad lo recorrimos casi sin dificultad, con la corriente empujando muy fuerte a favor. Casi podríamos haber parado de remar y dejado que las felices olas sonrientes nos arrastraran. Cualquier cretino con dos dedos de frente se habría percatado de que cuanto más sencilla y placentera fuera la ida, más dura y despiadada iba ser la vuelta; pero en aquel momento yo sólo pensaba en acabar ya mismo y largarme a casita. A los cien metros del segundo puente comencé a dar la vuelta. Cuando ya hube dado la vuelta a la piragua estaba sólo a dos. En aquel momento me percaté de que las otrora felices olas que me acompañaban a lo largo de mi travesía se habían convertido en turbulencias amenazadoras que me golpeaban desde delante. Me habría parado para respirar antes de afrontar tal reto, pero no quería aparecer veinte kilómetros más arriba. Me dije: “¡A muerte!” y comencé a remar con decisión y con la idea de llegar a club en media hora. Pero a los diez minutos, justo cuando llevaba un metro y medio recorrido, se me bajó el ánimo considerablemente. Aquello iba a ser más que duro. Yo remaba y remaba, y conforme remaba, el río iba volviéndose más turbulento y marrón y la corriente tiraba como nunca hacia atrás. Aquello era imposible. A lo largo de todo el camino hasta el primer puente las olas me golpeaban en la cara y sacudían peligrosamente la piragua. A veces el morro se hundía súbitamente bajo una ola y salía a la superficie de nuevo de golpe, haciendo botar a toda la canoa.

Estuve a punto de llegar al puente dos veces. La primera vez no lo conseguí: me caí al agua y la corriente me alejó un kilómetro. La segunda, tras haberme montado de nuevo en la piragua y volver a remontar el kilómetro perdido, sí lo conseguí. Pasé el puente imaginando que el camino hasta el club sería más sencillo, teniendo en cuenta que aquel trecho discurría entre paredes que lo protegían del viento. Pero una vez más, vuestro héroe se equivocó. La marea estaba alta, así que el trecho aquel estaba completamente a merced de las inclemencias temporales. A la corriente, a las olas y al viento en contra se sumó la lluvia que de pronto creyó oportuno dejarse caer. La lluvia me daba en la cara, y el viento, tres cuartos de lo mismo. El agua helada se colaba dentro de mi piragua con cada ola. En esto me pasaron por el lado los demás piragüistas, que salían de no se sabe dónde. El Segundo Malévolo me adelantó mientras gritaba: “¡Vamos, más rápido! ¿Qué pasa, es muy difícil remar con esta brisa?”. No dije nada y dejé que se riera a sus anchas mientras se alejaba, con el secreto deseo de que de pronto surgiera un leviatán de las aguas y lo devorase de un bocado.

Más de media hora había pasado desde que dejé atrás el primer puente y no había recorrido más de veinte metros. Normalmente aquel tramo se podía superar con la corriente en contra en veinticinco minutos, pero allí estaba yo, retrocediendo cada vez más. No encontraba una explicación lógica: cuanto más tiempo pasaba, más cerca volvía a estar del puente. Seguí remando. Cada palada era un esfuerzo sobrehumano que podía reventarme sin esfuerzo alguna vena de la frente. Parecía que la piragua pesara veinte veces más… Y es que eso era lo que pasaba. En un momento dado me dio por mirar hacia abajo, para descubrir que la piragua no estaba llena de agua, sino que más bien era el agua la que estaba llena de piragua. Mi canoa se había convertido en un pequeño submarino; con tanta ola se había llenado hasta el borde y se había hundido. Y yo tan feliz, metido en una piragua que navega a dos palmos por debajo del agua y remando. Por eso era tan difícil dar una palada. Poco a poco empezamos a hundirnos la piragua y yo, y después… Después… No recuerdo qué pasó después. Sé que volví al club, puede que nadando, yo qué sé; pero la piragua creo que se hundió en las profundidades abismales. No hay moraleja.

El de cuando casi tiré a varias personas al agua.

La segunda anécdota es menos de adrenalina (adrenalina de la tercera edad, se entiende). Eran las siete y pico de la tarde y ya remaba en dirección al club tras el agotador entrenamiento. Esta vez tenía la corriente a favor, así que había sido un camino de vuelta rápido. Lo difícil iba a ser llegar a tierra firme. Antes no lo dije, pero el muelle desde el que salimos está sitiado a ambos lados por yates atracados; de modo que con una corriente especialmente fuerte había que calcular muy bien cómo entrar para llegar al muelle sin ser arrastrado hacia los yates antes. Para complicarlo todo, había un escuálido pantalán hinchado y húmedo de tres metros de largo que salía del muelle y flotaba en el agua apoyado sobre un inmundo pedazo de corcho. Con ese trasto puesto ahí era más difícil aún atinar para llegar bien a tierra.

Como aquel día había mucha corriente, cuando intenté entrar en el “hueco”, inmediatamente me vi arrastrado hacia los yates atracados de la izquierda, pero jamás llegué a topar con ellos porque antes estaba el viejo pantalán flotante, que detuvo mi avance. Antes de que la corriente hiciera que me escurriera por debajo de él y fuese directo hacia los yates, me subí limpiamente. ¡Victoria!, me dije. En aquel momento otro piragüista entró en la “zona de regreso” dispuesto a seguir mi estrategia. Era mi hermano, por cierto. Yo estaba sobre el pantalán todavía, vaciando un poco la piragua, cuando levanté la vista y vi a mi maltrecho hermano, intentando colocarse de lado para apoyarse en el pantalán. Pero mientras yo había conseguido salvar la corriente, él no tuvo tanta suerte y se coló por debajo del pantalán. Se agarró al viejo tablón (pues no era más que eso, un tablón ancho) con ambas manos para no desaparecer del todo mientras imploraba mi ayuda. Pero como yo tenía el gusanillo malvado aquel día, no lo hice y comencé a reírme de él (incluso tanteé la posibilidad de homenajear a El rey león y hacer que se soltara). Aparte de las manos sujetadas, ya no se veía más de él que la cabeza. Yo no me daba cuenta de que el pantalán se estaba ladeando poco a poco. Por mucho que la corriente tirara de él mi hermano no se soltaba, pero la verdad es que aquello comenzaba a volverse muy inestable.

Estaba yo riéndome de aquella víctima de la naturaleza cuando Sádico se asomó por la puerta del gimnasio para ver a qué venían las carcajadas. Mi padre también rondaba por allí, y ambos saltaron de pronto hacia el pantalán para socorrer a mi hermano. Los dos me echaron a un lado, agarraron cada uno un brazo del futuro cadáver y se pusieron a tirar como locos. Cuando quisimos darnos cuenta de que el pantalán estaba casi vertical ya era demasiado tarde. Mi padre y Sádico soltaron a mi hermano para salvar sus propias vidas y, siguiendo mi ejemplo, se agarraron como lapas al otro borde del pantalán para no caer al agua. Allí, colgados, mi padre y Sádico se pusieron a vociferar para que mi hermano se soltara de una vez y se dejara arrastrar… Él lo hizo, desapareció bajo el pantalán (salió por el otro lado) y éste cayó pesadamente con un crujido para volver a su posición normal. Los tres (Sádico, mi padre y yo) salimos del pantalán y volvimos a tierra firme bastante mojados. En aquel momento el pantalán crujió otra vez, se rompió en dos y partió flotando hacia un destino desconocido. Mi hermano, que se había sujetado al timón de un yate atracado, esperaba tranquilamente a que le ayudaran a subir.

Para constatar la veracidad de esta historia tengo un testigo de que aquello ocurriera tal y como yo lo he descrito. Un espectador ajeno a todo que miraba desde la seguridad de la tierra firme. Sí, Fernando. Otra vez él.

El de cuando casi muero.

Y por fin llegamos a la tercera anécdota. Aquella en la que mi vida estuvo en grave peligro, como si del final de un episodio de Batman se tratase. Ocurrió un día no demasiado bueno en el que la marea estaba increíblemente alta y la corriente era más fuerte que nunca (tiraba hacia la derecha, lo que significa, como ya deberíais saber, que convertía la ida hacia el puente en una tortura y la vuelta en un viaje placentero en el que apenas habría que remar). Sádico tuvo el detalle de apiadarse de nosotros y cambiar el plan del día por una sesión de paseos en piragua en la orilla de enfrente. Aquel día la marea estaba muy alta, así que la orilla era inexistente: el agua chocaba directamente con el muro. Aquello ocurrió justo cuando salíamos se nuestra etapa de aprendizaje con las piraguas, o sea que aún nos caíamos de vez en cuando.

Resultó que aquel día sólo habíamos ido a entrenar tres de nosotros. Los otros dos eran unos patatas inexpertos que aún estaban luchando por manejar las piraguas-tanque, por lo que Sádico decidió ponerlos a los dos en una sola piragua-tanque (sin embargo, y por razones misteriosas, sí optó por darle un remo a cada uno) y dejarlos a mi control mientras él se iba al hospital para ver si realmente se le había infectado el apéndice del silbato o eran imaginaciones suyas. Y allí estábamos nosotros, los Tres Increíbles Piragüistas, en la otra banda del río, entre el muro y el pantalán (aquel que estaba paralelo a las orillas y más o menos por el centro del río alrededor del cual se atracaban los yates), haciendo increíbles virguerías temerarias con las piraguas como girar sin caernos o hablar mientras remábamos. Eso sí, con los chalecos salvavidas, que ni eso sabíamos hacer correctamente.

La corriente, como ya he dicho, era especialmente fuerte aquel día, y la marea, muy alta. Así que tenía que ir con cuidado, porque como me cayera no encontraría mucho sitio donde ponerme en pie. Hacía frío y empezaba a llover, así que sugerí volvernos. “Pues no sé, habrá que esperar al monitor”, dijeron los siameses, alternándose las palabras. La corriente comenzaba a ser un obstáculo bastante difícil de superar. Yo ya estaba empezando a ponerme nervioso entre la corriente, la lluvia y los siameses, y en una de ésas los dos amigos dieron una mala palada y giraron hasta ponerse totalmente perpendiculares a la dirección de la corriente. No pudieron hacer más que pedir débilmente socorro, pero yo reaccioné tarde a su patética queja. Antes de que pudiera lamentarlo, me dieron un golpe por detrás y volqué. Cuando me quité el agua de los ojos pude ver a los siameses desaparecer en el horizonte, impotentes ante la implacable corriente. Hicieron un gesto de despedida con las manos y nunca más los volví a ver. Mira qué problema.

Tonterías como ésta estaba yo pensando en el agua cuando caí en la cuenta de que mi piragua se estaba hundiendo, que mi remo estaba siguiendo el camino de los siameses y que yo me estaba acercando peligrosamente a los yates atracados junto al pantalán. Agarré la piragua y por poco me hundo como un plomo con ella. Con la mano que me quedaba libre alcancé el remo y nadando con los pies intenté llegar hasta el pantalán sin que un yate me tragara. Difícil tarea, teniendo en cuenta el peso extra de la piragua inundada. Nadando me colé entre la proa de un yate atracado y la popa de otro e intenté subir la piragua al pantalán para librarme de su peso (muchísimo, por cierto). El pantalán estaba a un metro sobre mi cabeza y cada vez que intentaba levantarla en peso me hundía irremediablemente, así que mandé la piragua al diablo e intenté salvar mi vida. Estiré los brazos hacia arriba para agarrarme con ambas manos al borde del pantalán y tratar de subirme, pero: a) mis brazos no estaban por la labor, b) la corriente amenazaba con chuparme debajo del yate, c) el chaleco salvavidas me hacía el doble de ancho y me estorbaba para subir, y d) el borde del pantalán tenía una afilada plancha metálica que me rajó los diez dedos de forma dramática.

¿Qué hice en esta situación? ¿Qué genial argucia me saqué de la manga para solventar tan crítica situación? Pues bien, ya que queréis saberlo, he aquí la mayor muestra de que el ser humano se vuelve estúpido ante circunstancias extremas. Como el chaleco salvavidas no estaba haciendo honor a su nombre y lo único que hacía era impedirme subir al pantalán, solté las manos y en un acto relámpago… me quité el chaleco y lo lancé sobre el pantalán. Ahora sí que la corriente cumplió su amenaza. En menos de medio segundo, el medio segundo que tuve para pensar “ahora sí podre subirme al…”, me deslicé bajo el ancho casco del yate y allí me quedé, envuelto en las oscuras aguas y dando vueltas y más vueltas por culpa de las turbulencias submarinas. Mis penosos intentos por salir a la superficie fueron todos en vano. El casco del yate de pronto parecía cubrir el río entero y cada uno de mis intentos terminó en un cabezazo contra él. “Aquí me quedo ya”, pensaba completamente desesperado.

Claro que sobreviví. Os lo estoy contando, ¿no? Fue la misma corriente que me había llevado a la perdición la me arrastró a la superficie, algo lógico si se piensa detenidamente. Atravesé todo el yate por debajo y salí por detrás. Esta vez vi una cuerda atada al pantalán y me pude subir, no sin mucho esfuerzo. Cuando estuve arriba agarré la piragua (de la que ya sólo quedaba fuera del agua la puntita de la proa) y la subí. Me tumbé sobre el pantalán y dejé que la lluvia me cayera encima. No había ni apoyado la espalda en el santo suelo cuando oí llegar a Sádico en su motora. Se detuvo delante de mí, me vio tumbado y gritó: “¡Vagueando otra vez en vez de darle al remo, ¿eh?!”. No tuve fuerzas ni para replicarle, así que subí a la motora con la piragua. Sádico se dio cuenta de que faltaba algo. “¿Y tu remo?”. “Y yo qué sé.” Todo queda dicho. Cuando puse los pies en verdadero suelo tras bajar de la motora, y juro que esto es verdad, dejó de llover y salió el arco iris. No dije nada. No maldije ni me quejé. Me miré las manos, vi que las heridas habían dejado de sangrar y entré en el gimnasio para cambiarme.

Al final, tras más de año y medio de martirio, lo dejé. No sé como lo hice, pero lo dejé. Comencé a faltar, tal como planeé hacía casi dos años hasta dejarlo completamente, con un mes de pago pendiente. Esa etapa de mi vida ha dejado huella en mí. No puedo ni acercarme a ese Club (porque tengo demasiados malos recuerdos y porque Sádico aún me busca para cobrar el mes que le debía, aunque sea con trabajos forzados), ni tampoco pasar junto al río sin sentir perturbaciones en la Fuerza. Jamás volveré a montarme en una piragua, e intentaré no cruzarme nunca con Sádico y su Segundo Malévolo. De hecho, lo único bueno que saqué de ese periodo fueron un montón de absurdas historias con las que entretener al personal en tiempos de sequía creativa, y es que llevar un blog con un ritmo semanal a veces es un coñazo.

No hay moraleja.

Flamante mapa del río cortesía de google maps. Pincha para apreciar los suculentos detalles.

5 comentarios to “Sádico entrenamiento”

  1. Hempfreud 30/01/2011 a 22:05 #

    Bigger und uncut. Me hace gracia ver como algunos extremos han evolucionado directamente al absurdo. Ya no se si lo de los huevos era real o no. NO ME ACUERDO. SAL DE MI CABEZA!

  2. El golfo de Cádiz 01/02/2011 a 17:41 #

    Todos los entrenadores que tuve tenían una abuela que corría, peleaba, saltaba… mas y mejor que yo. Por cierto, ¡Ese Cádiz oé!

    • Miguel Roselló 01/02/2011 a 20:00 #

      Pues sí, no se puede resumir mejor.

      (No puedes esconderte detrás de un seudónimo, sé quién ereeeees…)

  3. Martín 20/10/2011 a 5:44 #

    Disfruté la lectura.
    Saludos.

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