Asesinos natos (Oliver Stone, 1993)

9 Feb

1987. En estos tiempos de depredadores y armas letales, un anónimo e intrépido cinéfago de desmesurada frente llamado Quentin Tarantino se había embarcado con más ilusión que medios en el desastroso rodaje de un corto llamado My Best Friend’s Birthday, que dio aproximadamente cero frutos. Esta especie de comedia contaba la historia de un tipo al que sus amigos decidían regalarle por su cumpleaños los servicios de una prostituta, todo trufado de aleatorias referencias cinematográficas y televisivas (el trabajo de dependiente de videoclub es lo que tiene). Al no poder terminar el corto, Tarantino, convencido por alguna razón de que sería una pena desperdiciar un guión tan estupendo, decidió guardárselo para hacer algo productivo con él cuando llegara el momento. Esto significa que echó mano de él a la primera de cambio, porque no pasó mucho tiempo antes de que decidiera reciclarlo para un proyecto a cuatro manos entre él y el payaso de Roger Avary, un guión llamado The Open Road, en el que la anécdota de My Best Friend’s Birthday serviría de detonante de la historia principal. Ésta consistía en cómo un dependiente de videoclub y una prostituta se enamoraban, se convertían en delincuentes y tras muchas peripecias acababan en la cárcel. Gracias a una montaña de trolas y mucha mendicidad, Tarantino logró colarle el guión a un tal Stanley Margolis, productor, por un poco de pasta que Quentin invirtió en Reservoir Dogs aprovechando un momento en el que Roger Avary miraba para otro lado.

El guión era largo. Muy largo. Tan largo que el amigo Margolis pudo cortar toda la segunda mitad y siguió quedando material suficiente para hacer una película entera, concretamente Amor a quemarropa. La segunda mitad, centrada en la fuga a lo largo del país y la posterior detención de los tortolitos, cayó en el cajón de “futuros proyectos” de Tarantino. La oportunidad de reciclarlo llegó un día no muy posterior, de la mano de dos iracundos policías que se presentaron en casa de Quentin con la intención de cobrar una formidable pila de multas de tráfico atrasadas. Tarantino, haciendo gala de sus dotes de convicción y oratoria, se enzarzó con los agentes en una lamentable pelea que tuvo como consecuencia el no menos lamentable encierro de nuestro hombre en un frío calabozo. Allí, compartiendo estancia con veintimuchos temibles presos, Tarantino decidió, cual traumatizado veterano de Vietnam, plasmar su pesadilla en un guión. En vez de partir de cero, echó mano de la mitad desechada de The Open Road. Cogió a Clarence y a Alabama, los protagonistas, les cambió los nombres por Mickey y Mallory, los convirtió en unos psicópatas de tomo y lomo (con la intención de remedar tanto a los dos asesinos protagonistas de A sangre fría como a Bonnie y Clyde) y los mandó a una prisión de alta seguridad hacia la mitad del escrito, para así aprovechar su propia experiencia como presidiario (que duró una semana). Finalmente le puso como título Asesinos natos y trató de colarlo por ahí, a ver si había algo de suerte. Tras la negativa de David Fincher y Sean Penn (entre otros) a ocupar la silla de director, Oliver Stone entró en escena.

Oliver Stone, ese amago de director que aprovecha cualquier guión para colar al desgraciado público una buena dosis de reprimendas y crítica social, andaba buscando algo ligero y rentable para resarcirse del fracaso absoluto que fue El cielo y la tierra, y se interesó por The Open Road. El director de JFK enfocó el manuscrito de Tarantino desde la perspectiva que le dio la gana: un análisis de la sociedad desde el punto de vista de la violencia y del papel que los medios de comunicación juegan en esa violencia. Stone comenzó la reescritura del guión, introduciendo numerosos cambios en el guión, provocando por el camino que Tarantino exigiese la supresión de su nombre de los créditos y quedando como autores del alegre relato el propio Stone, junto a dos mantas más. En este momento de la historia Tarantino queda como un señor y como un tío con el olfato suficiente como para saber distinguir el buen material del malo. Lástima que abriera la boca. Si renunció a la autoría de Asesinos natos no fue por la desesperante esquizofrenia visual de la película, ni por su deforme guión o su denuncia de pacotilla, sino porque “Stone ha dulcificado mi guión”. De acuerdo, Tarantino, ya sabemos que eres un tipo duro. Stone, por su parte se metió en el guión como un elefante en una cacharrería, malinterpretando las anotaciones de Tarantino sobre la inserción de tomas en blanco y negro en momentos determinados y asumiéndolas como la excusa para echar mano de todos los efectos posibles de la mesa de mezclas, cambiando de sitio las secuencias, insertando varias nuevas (el segmento I Love Mallory) y colando su contradictoria crítica a los medios informativos.

Asesinos natos es, definitivamente, una película de los años noventa, pese a que el origen de su propuesta se encuentra en la masacre que montó la familia Manson en casa de Jack Nicholson en 1969 y que acabó con, entre otras lindezas, Sharon Tate apuñalada quince veces en su vientre hinchado por casi nueve meses de embarazo. Si en JFK el mal es la corrupción, en Wall Street es el dinero y, en Platoon, la guerra, en Asesinos natos lo es la dimensión de vil espectáculo que la mediática última década del siglo XX da a atrocidades como las correrías de Charlie Manson y sus acólitos. Precisamente en Manson está basado Mickey, el personaje de Woody Harrelson, paralelismo que se lleva hasta sus últimas consecuencias durante una entrevista televisada desde la cárcel entre Mickey y el periodista Wayne Gale (Robert Downey Jr.) que reproduce punto por punto la que ofreció Manson en 1987 al periodista Geraldo Rivera (momento cumbre de la historia de la basura sensacionalista televisiva).

La primera escena de Asesinos natos nos muestra, sintetizado, todo lo que va a examinar la película a lo largo de sus casi dos horas, así como el modo en el que lo va examinar. Mickey y Mallory están de paso en un bar de carretera para camioneros, él bebiendo en la barra y ella bailando en el centro del bar, lo que atrae la atención de un grupo de paletos babosos. Uno de ellos se acerca para bailar con Mallory, con las aviesas intenciones reflejadas en el rostro. Los gestos y comentarios obscenos se hacen tan evidentes, que Mallory le rompe una botella en la cara sin pestañear; lo cual desencadena una masacre en el local a manos de los dos asesinos. Al final, deciden dejar vivo a uno sólo de los presentes, para que pueda decir que “aquello lo hicieron Mickey y Mallory Knox”. Se besan, enamorados, y parten. El grueso de Asesinos natos queda sintetizado en esta primera escena. Mickey y Mallory son volubles y violentos, MUY violentos, y no cuesta deducir que disfrutan haciendo lo que hacen, especialmente si lo hacen juntos. Al fin y al cabo, están enamorados. Es tan sólo una pequeña parte de la crítica que vierte la película hacia la mediatización de la violencia y, en esta escena, sus consecuencias: personas insensibilizadas frente al problema hasta el punto de que no se plantean cuestiones morales (o de ningún tipo) que les pueda detener.

Es desconcertante comprobar cómo un director que sólo dos años antes demostró una pericia arrolladora a la hora de deslizar teorías conspiratorias en JFK e hilarlas progresivamente, ahora se ve absolutamente incapaz de plasmar una ideología sin ponerla en boca de sus personajes. Como era de esperar, la entrevista a Mickey por parte de Wayne Gale actúa de balsa de salvamento para Stone, que explota todo lo que puede la oportunidad de poner en boca de Mickey sus ideas, como dando gracias al cielo por la existencia de esta escena. Igualmente Stone tira de largos soliloquios en voz alta para enseñarnos que Mickey desprecia la televisión y su putrefacta programación, sin darse cuenta de que él mismo es un producto de aquello que tanto odia. Durante una de estas profundas reflexiones al aire, Stone, con gran elegancia y confiando en la capacidad del espectador para desencriptar metáforas sutiles, convierte la ventana que hay detrás de Mickey en una gigantesca pantalla de televisión en la que se suceden películas, anuncios, imágenes de Hitler y Stalin (sutileza ante todo). Ah, y cuando Mickey y Mallory se lanzan a follar como locos, podemos disfrutar de elocuentes imágenes en segundo plano de insectos apareándose. Si es que todo es culpa de la tele.

En Asesinos natos no hay un solo personaje creíble. Todos están llevados a unos extremos de histrionismo y caricatura que valdrían precisamente para lo opuesto de una contundente crítica a los medios. Y sin bien esto puede ser salvable con mucha imaginación en el caso del alcaide McClusky (Tommy Lee Jones en una interpretación tan histriónica que ni juntando a su malo de Alerta máxima y su Dos Caras estaríamos a la altura) y el del agente Scagnetti (Tom Sizemore, de lo poco salvable de la peli), ya que los estamentos que representan no son el objetivo principal de la crítica de la película, no podemos decir lo mismo del amigo Wayne Gale. Este periodista, conductor del ultrasensacionalista programa American Maniacs debería funcionar como personificación de la industria de la comunicación y del talante carroñero de la televisión amarillista. Sin embargo, el personaje de Robert Downey Jr. es un mequetrefe grotesco, un sujeto nervioso y gritón que, ante la queja de un montador de que el episodio es un plagio de otro anterior, responde alegremente “¡la repetición vende!”. Sólo le falta mirar a la cámara y decir “¡Qué malo soy!” remedando a la Bruja Avería. Para terminar de arreglarlo, la instantánea mutación hacia el final de la película de su personaje de periodista a Rambo de pacotilla tira por tierra el resquicio de credibilidad que le quedaba. Wayne Gale, personaje esencial para comprender la representación de la violencia en Asesinos natos, fracasa estrepitosamente en su función.

Uno de los momentos más contenidos de Tommy Lee Jones en la película.

Y es que la película juega durante todo su metraje a retar a la paciencia y la credibilidad del espectador, dándole cada dos minutos una razón para no tomarse en serio su carga crítica. Uno de los mayores lastres del conjunto es precisamente una de sus características más emblemáticas: el estilo visual y el montaje. Oliver Stone opta por una puesta en escena excesiva para mostrar la violencia, experimentando con las sensaciones del público ante la visión de imágenes violentas tal y como lo haría uno de los programas amarillistas contra los que carga sus dardos. Y sospecho que es ahí donde reside el quid de la polémica que suscita la película. No es que Asesinos natos destaque por una sobrecarga de violencia, sobre todo existiendo cosas como Casino; sino que se trata más bien del tratamiento pop, festivo, burlesco de algo tan serio para la sociedad como la violencia más que por la violencia en sí. ¿Es mala esta desmitificación de la violencia? En sí no, pero sí para el mensaje crítico de la película, ya que lo merma y lo sepulta bajo una avalancha de pirotecnia visual. Ningún espectador de Asesinos natos podría decir que el subtexto crítico de la película está claro, dada la batería visual que lo envuelve. Once meses de montaje frente a dos de rodaje, tres mil cortes frente a los seiscientos de una producción normal y una esquizofrénica combinación de dieciocho estilos cinematográficos diferentes, incluyendo blanco y negro granulado, producción televisiva, Super-8 y dibujos animados a lo Ralph Bakshi, todos ellos presentados en una frecuencia de más o menos cinco estilos por minuto. Esto hace que el visionado de la cinta sea absolutamente insoportable, pero hagamos de tripas corazón y escarbemos un poco más hondo. No puede ser que un director profesional y supuestamente inteligente, con años de experiencia a sus espaldas, actúe como un estudiante de Comunicación que alucina con todo lo que puede hacer el After Effects y atiborra su corto con filtros, efectos y todo lo que se le ocurre para que le pongan más nota. Puede que la razón sea que Stone busque mostrar en su película la violencia del mismo modo que la muestran programas como el de Wayne Gale, con el fin de criticar a éstos. Puede que Stone quiera que el espectador presencie de primera mano la vergonzosa manipulación efectista a la que someten a la penosa y violenta realidad social estos programas. Pero no. Existe un punto incoherente dentro de esta teoría, un aspecto clave que anula todo el sentido del aspecto del film. Si la película muestra las violentas correrías de Mickey y Mallory con la grosería visual de la que haría gala un programa como American Maniacs, ¿por qué estos programas y fragmentos de sus episodios aparecen explícitamente introducidos dentro de la trama? El juego metalingüístico de Asesinos natos queda destruido si el aspecto de la realidad del film es idéntico al que proponen los programas que aparecen en él. No es coherente. “Ah, es que es una película ambigua”, dice alguien. Eso es como no decir nada.

A todo esto podemos sumar las múltiples referencias superficiales a películas y demás que salpican el metraje. Siempre con intenciones críticas (por supuesto, Oliver, sabemos que molas) pero en realidad sin alejarnos mucho del inofensivo afán referencial del primer padre del guión (el señor Tarantino), podemos descubrir guiños a 2001, a El precio del poder e incluso a la publicidad de Coca Cola. Pero Tarantino no pretende que los guiños a Banda Aparte eleven a Reservoir Dogs a las cumbres artísticas más estratosféricas, y Oliver Stone sí. Mira por dónde, Asesinos natos está lleno de guiños a la que se conoce como la obra cinematográfica clave sobre la violencia en la sociedad: La naranja mecánica. Esos planos subliminales de los personajes cubiertos de sangre y caracterizados como demonios, esa madre con el pelo teñido de azul, esa pestaña postiza; referencias bastante reveladoras acerca del espejo en el que le gusta mirarse Stone.

Stone afirma que toda esta morralla que he enumerado compone una deconstrucción de la realidad, pero se trata de una deconstrucción para la que no hay lugar. Su empeño por jugar con la mesa de montaje deslegitima sus intenciones, y pervierte aquello que busca atacar, con la consiguiente pérdida de credibilidad. Un ejemplo: el segmento I Love Mallory está rodado con todas las constantes de las amables comedias familiares de los primeros años de la televisión tipo Te quiero, Lucy, risas enlatadas incluidas; contrastando con la oscuridad de lo que cuenta el segmento (las repetidas violaciones que sufre Mallory a manos de su alcohólico y violento padre antes de que Mickey entre en su vida y se fugue con ella). Sin embargo, Stone no es capaz de resistirse a meter sus efectismos y no le basta con introducir un segmento tipo telecomedia de tres cámaras en una película cinematográfica. De pronto, la telecomedia se llena de planos subjetivos desenfocados, esquizofrénicos y en blanco y negro. ¡Dentro de la película hay un segmento rodado con estilo de telecomedia, y dentro de éste, hay planos que parecen rodados por un director alternativo colgado de éxtasis! ¡Qué genialidad! Al final, lo que queda es un pastiche visual con grotescas muestras de violencia coreografiada que, sin ninguna aparente razón de ser, se convierte en una burla. Una cámara subjetiva sigue el recorrido de una bala hasta la cabeza de un tipo, cambiando momentáneamente la macarrilla canción Shitlist por unos gorgoritos operísticos; y se supone que el espectador ha de comprender la parodia. El uso del banco y negro podría haberse aprovechado para mostrar la verdadera cara de los personajes de un modo subjetivo, pues la película juego con el concepto de la agresividad implícita en todos nosotros, pero no parece haber ningún patrón para el uso de esta técnica. Sólo queda el efectismo. Ese efectismo de la televisión para con la violencia en aras de la comercialidad, ese efectismo es el mismo en el que cae Stone, revelando la verdadera cara de una película hipócrita, absurdamente violenta y tramposa. Nadie puede creer que con la redundancia en pantalla de escenas cruentas el director pretenda poner en entredicho precisamente esa proliferación de la brutalidad en las pantallas; en todo caso se enaltece lo que se supone que se quiere derribar, y la maniobra queda en un intento de conseguir la comercialidad más pura y dura.

Críptica alegoría que nos indica que el periodista es el malo.

Asesinos natos es una película fallida en todos los aspectos, una fatal combinación de intenciones inciertas, estética aparatosa que se torna en fin último y autoparodia involuntaria. La presunta intención crítica con el poder de manipulación de los medios y su frívolo romance con la violencia se diluye por culpa de todo tipo de malas decisiones que acercan peligrosamente al film hacia aquello que se pretende criticar. Los aspectos más (relativamente) superficiales de la película no ayudan. Ni siquiera las interpretaciones, aspecto delicado que en un producto de estas características requieren una sutileza milimétrica para no darle la vuelta a la reflexión, son un punto de apoyo; pues donde debe haber discreta sugerencia hay grotesca pantomima, donde debe haber mesura para lograr la complicidad del público hay interpretaciones histriónicas hasta la náusea (“¡PORQUE YO ME LARGO DE AQUÍIIII!”). No hay lugar para la inducción subconsciente entre tanto recurso videoclipero, más propio de Batman Forever que de una inteligente sátira. No es posible dar con una justificación para la reconversión de la brutalidad en un producto de diseño si la intención es la denuncia de esta misma epidemia televisiva. Son dos elementos contradictorios que, por mucho que Oliver Stone se empeñe, jamás podrán convivir en armonía. O haces Perros de paja o haces Kill Bill, y el resultado puede ser brillante en cualquiera de los dos casos, pero no puedes hacerlas juntas.

4 comentarios to “Asesinos natos (Oliver Stone, 1993)”

  1. L. Norton 16/02/2011 a 23:40 #

    Qué gran, gran entrada. Llega un momento en la peli en que puedes llegar a soportar los efectos y filtros sin pies ni cabeza que mete Stone. Pero lo de las interpretaciones es que me mata. Woody, tu molabas. Y mira que Tommy Lee Jones es sobreactuado por naturaleza, pero aquí está esquizofrénico total. Menudo montón de mierda disfrazada de producto intelectualoide. Porque películas de mierda hay muchas, pero que encima te lo quieran colar como obra maestra clama al cielo.

  2. Manuzapa 01/04/2011 a 10:31 #

    “…Oliver Stone, ese amago de director…” jajajaj

    Estamos hablando del director de JKK, Platoon, Nixon…

    Tu eres gilipollas.

  3. tito 16/10/2013 a 9:27 #

    una de mis películas favoritas. una de las que me ayudó a entender, con 18 años cumplidos y al calor de la rapiña mediática en Alcásser, de qué va todo esto. Si el cine tiene una función, conmigo esta película la cumplió.

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