Que nos vamos de excursión

16 May

A lo largo de las historias autobiográficas que he ido diseminando a lo largo de este ¿moribundo? blog desde hace un año y medio, ha habido un grupo de nombres que se han repetido una y otra vez, formando parte de los relatos de un modo otro. Fernando, Hempfreud, Papi, Pollo… Cualquiera diría que hemos sido grandes amigos, camaradas, compañeros de fatigas desde la cuna. Pero nada más lejos de la realidad. Aparte de los obvios años en los que no nos conocíamos (en el caso de Fernando, ese tiempo se ha convertido en menos del 15% de mi vida), hemos tenido nuestros altibajos, y algunos de estos tipos podrían haber sido encontrados muertos en Irak y yo no haberme ni enterado. Por ejemplo, tercero de ESO fue una época especialmente tubulenta, en la que nos distanciamos bastante unos de los otros. Menda, Fernando y Bros, entre otros, estaban comenzando a tirar por la senda del gamberrismo y la macarrada, y eso les llevaba a considerar a los que nos manteníamos por el buen camino como unos pringaos. Así que en aquellos momentos de tensión no estaba de más recordar alguno de nuestros momentos más olvidados. Cuando éramos una piña de teleserie veraniega española, y cuando estábamos separados pero no por odio, envidia o asco; sino porque no nos conocíamos. Dos caras de la misma moneda que quedan reflejadas en estas dos excursiones escolares que tuvieron lugar en sexto de primaria y primero de ESO respectivamente. Alcornocales vs. CRA, el enfrentamiento comienza.

Los Alcornocales, o la vida salvaje

En sexto de primaria ya llevaba años y años en clase con Fernando, Lolo, Maca y algún otro. Por el contrario, a Hempfreud, a Pollo, a Papi o a Menda los conocía a penas de vista, porque estaban en la clase de al lado. Otros personajillos, como es el caso de Bros o Jessie; ni siquiera habían sido introducidos en los guiones de la serie. Un día cualquiera de aquel excitante curso nos dieron una autorización a todos los alumnos de sexto para mandarnos de excursión a un bosque conocido como “Los Alcornocales” (un sitio lleno de alcornoques, deduje). Pero no una sola tarde para pasar el rato de mala manera, sino en plan X-tremo, con tres días enteros de aventuras a la intemperie. La excursión incluía alojamiento en unas cabañas mugrientas en medio del bosque y comida igual de mugrienta que las cabañas. Por lo menos eran tres comidas al día.

La mañana del viaje se mostró benevolente con nosotros y no saludó con un caluroso y sonriente sol. A las ocho y media estábamos todos los alumnos de las tres clases de sexto en la puerta de ese colegio para enanos del que ya he olvidado el nombre, cargados con nuestras mochilas de tonelada y media. Con la esperanza de que podría saltarme las sesiones de deporte y ejercicios al aire libre, metí en mi mochila un enorme Super Humor. Allí estábamos casi todos. Entre las ausencias notables estaba Alan Powell. O estaba en una peligrosa misión de infiltración en una base enemiga o su madre le había prohibido ir.

Al poco tiempo estábamos subidos en un autobús rumbo a “Los Alcornocales”. Cuando pisamos tierra descubrí que lo de “no ir a pasar sólo una tarde de mala manera” era cierto a medias. Las cabañas, puestas en fila hasta la entrada de un aterrador bosque, parecían ir a venirse abajo sólo con mencionarlas, y en general todo el lugar parecía estar cubierto de una inexplicable capa de suciedad y sordidez. El plan consistía en dividirnos en grupos de ocho para compartir las cabañas. Por alguna razón que ahora mismo se me escapa, yo le había prometido a Jesús Selma que compartiría cabaña con él. Recordemos que Jesús Selma era un niño chiflado e hiperactivo que se pasaba el día discutiendo con el profesor cosas como qué ruido hacían las bombillas al caer al suelo o cómo hizo reventar a un camaleón metiéndole un cigarro por el culo, con lo cual la combinación de personalidades resultaba bastante, eh, interesante. Lo que sí que no me gustaba demasiado era tener que compartir cabaña con el bien llamado Sapo, delincuente juvenil y gran amigo de Jesús Selma. Tampoco puse muy buena cara a que, como sólo éramos tres (de nuestra clase no fue mucha gente a la excursión, sólo los suficientes como para llenar una cabaña de niñas y una y media de niños), la tutora de 6º A metiera en nuestro grupito a un chico solitario que no estaba en ningún otro grupo de su clase. En el futuro sería conocido como el As del Esférico y el líder del grupo; pero por ahora era solamente el tímido Menda.

Había unas diez cabañas. La antepenúltima bajando por una camino arenoso (en el que no crecía ni una triste hierba) estaba ocupada por las niñas de 6º C. La penúltima la habían ocupado la mitad no gamberra de la misma clase (Hempfreud, Pollo, Papi, Cop, y cuatro más). Y a la última cabaña nos desterraron a mí y a mis tres aventureros amigos. La última cabaña estaba al final del camino, al borde del bosque tenebroso. Era la cabaña más oscura, ruinosa y destartalada de todo el ruinoso y destartalado campamento. Jesús Selma fue el primero en entrar, y antes de que los demás entráramos oímos un grito. Pero más que aterrado era de entusiasmo histriónico. Una araña había salido del desagüe de la ducha, y Jesús Selma nos lo gritaba como si acto seguido fuese a explicarnos cómo le había hecho fumar un cigarro hasta explotar en mil pedazos. Pero desde luego nada de esto quitaba importancia al hecho de que de todos los agujeros y rendijas de la cabaña brotaba una rica variedad de hambrientos insectos campestres, alguno relleno de crema verde. Aparte de los insectos, había tres literas dobles que amenazaban con derrumbarse como tuvieran que soportar a alguien más voluminoso que Kate Moss. Tras la inspección inicial, nos dedicamos a vaciar las mochilas en los ruinosos cajones que había por allí puestos de cualquier manera en un mueble deforme y carcomido cerca del váter, el cual, por cierto, no funcionaba. No me atreví a tirar de la cadena por si escupía mierda en vez de absorberla.

Mientras tanto, el comando de Papi recibió la visita en su cabaña de los dos monitores en persona. Muy chulos ellos, entraron y se instalaron cómodamente, cada uno en una cama. Se repanchigaron como si allí no hubiera nadie y sin disculparse de los presentes comenzaron a emitir sonidos guturales (llámense pedos). Uno de ellos aún tuvo el valor de dirigirse a Papi y a los demás miembros del grupito con toda la familiaridad del mundo, y como si los conociera de toda la vida les ordenó que les contase, textualmente, “un chiste verde”. Papi le respondió con un tajante “no”. “Ah, ¿sí? ¿Y por qué no?”. La respuesta de Papi fue tajante: “Porque me caes mal”. Los dos monitores se retiraron y Papi, orgulloso, se alzó como el héroe del día.

La noche no fue igual de tranquila. Tras una suculenta cena a base de bazofia, nos dispusimos a largarnos cada uno a nuestra inexpugnable fortaleza para pasar la noche. A las doce llegó a nuestra cabaña un profesor con malas pulgas diciendo que ya era hora de apagar las luces (nos habían puesto una bombilla más o menos nueva). En cuanto desapareció, nosotros, lejos de obedecer sus órdenes, nos pusimos a saltar de una litera a otra, hasta que nos dimos cuenta de que de seguir así íbamos a hundir la desvencijada cabaña. Aunque, viendo su estado actual, puede que nadie se diera cuenta en el caso de que la derribáramos. Cuando llegamos a esta brillante conclusión, nos decidimos a apagar la luz. Lo cual no significa que nos durmiéramos. Estuvimos un rato despiertos y con los ojos abiertos en la oscuridad, como si cada uno de nosotros temiera que, al dormirse, los otros tres salvajes se acercarían como serpientes para hacerle la mayor de las putadas. Al cuarto de hora, Sapo, Menda y yo oímos un ruido raro que venía de la cama de Jesús Selma. Parecía estar murmurando cosas. Y cosas que nos ponían bastante incómodos. “Hmmm… Maca… Sí, Maca, así… ¡El novio de Maca! ¡Toma, cabrón!”. Y entonces oíamos algo que sonaba como puñetazos sobre la almohada. ¿Estaba soñando o sólo haciendo el payaso? Encendimos la luz para descubrirlo, y empezó a llamarnos de todo por haber interrumpido sus fantasías. Sus fantasías con la almohada. Sapo recibió un almohadazo, y como era de esperar esto desencadenó una batalla de plumas que no paró hasta que oímos en la puerta unos golpes que sonaban igualito que los golpes de dos monitores de campamento enfurecidos porque todavía hay luces encendidas en una cabaña a las dos de la mañana. A gran velocidad escondimos los restos de las almohadas bajo las camas y nos metimos en nuestras literas mientras Menda iba a abrir. Entraron los dos monitores furibundos y miraron a su alrededor. Vieron a tres bultos ocultos bajo sus respectivas mantas y a otro que ya se escondía bajo las suyas. También vieron alguna que otra pluma flotando feliz por ahí. Para horror nuestro, uno de ellos comenzó a quitarse el cinturón poco a poco. Para nuestro alivio, sólo lo hizo para golpearnos con él. Antes de marcharse, los monitores nos hicieron una inquietante advertencia: si no apagábamos las luces, vendría a asesinarnos Juan Vizcaya, un loco que rondaba por el bosque armado con una navaja oxidada y que se dedicaba a acuchillar a los niños que no apagaban la luz de la cabaña pasadas las dos de la mañana.

La posibilidad de que Juan Vizcaya viniera a sacarnos las tripas con su navaja oxidada pareció impresionarnos bastante a Sapo, a Menda y a mí, pero Jesús Selma, mucho más curtido por la vida (su tío tenía un campo), no parecía sentirse intimidado, porque empezó a saltar arriba y abajo en una de las literas. Arriba y abajo, arriba y abajo. Y abajo. Abajo porque su cama soltó un crujido espantoso y se abrió por la mitad. Jesús Selma cayó a la litera de abajo. Los demás nos quedamos mudos mirando el estropicio que había armado él solo. Tras unos minutos de indecisión, Jesús Selma reaccionó con gritos adrenalínicos, como si acabase de saltar el puenting. Le envidié: para él todo parecía ser alucinante. Finalmente decidimos hacer como si no hubiera pasado nada, y Jesús Selma se metió en la litera bajo la de Sapo. Como ya no sabíamos donde meter tanta basura (debajo de las camas ya había, recordemos, un cargamento de plumas) abrimos la ventana que daba al profundo bosque (no sin antes vigilar que no estuviera por ahí Juan Vizcaya) y tiramos los trozos más grandes del cadáver de la cama. Los que aún quedaban acabaron ocultos de cualquier manera bajo las mantas de la cama fiambre. Apagamos la luz una vez más y comenzarnos a quedarnos dormidos. Pero entonces oímos un ruido tras la puerta que sonaba más o menos como “clop, clop, clop”. Luego oímos crujir la puerta: se había abierto. Los dos monitores la habían dejado entornada para que el desgraciado de Juan Vizcaya entrara a destriparnos. Y entonces oímos de nuevo el clop-clop de antes, sólo que ahora venía de dentro de la cabaña. Jesús Selma, el más temerario del grupo, encendió la luz. Y cuando vimos lo que había en nuestra cabaña nos quedamos mudos por cuarta o quinta vez en la noche. Teníamos en la cabaña un burro viejo que se estaba paseando junto a las literas como Pedro por su casa. Jesús Selma entró en un éxtasis de gritos y aspavientos, y cuando se le pasó la conmoción, bajó rápidamente de su litera y, haciendo uso de su sabiduría campestre, se puso a dar palmas como un loco y a emitir ruidos raros. El burro salió trotando de la cabaña y desapareció en el bosque prohibido. A continuación nos explicó que en su campo (“el campo”) había aprendido el milenario arte de espantar a los burros. También nos contó una traumática historia sobre una mula y algo llamado “calientaburras” introducido por el culo del animal, con resultados extraordinarios. Muy cansados nos volvimos a la cama. ¿Quién iba a tener miedo de Juan Vizcaya después de encontrar a una fantasmagórica mula gris buscando cobijo bajo tu cama? Nos metimos cada uno en su litera y nos dispusimos a dormir. Pero se nos había pasado un detalle muy importante. La luz seguía encendida. Y como ninguno de nosotros quiso levantarse, nos quedamos con los ojos como platos hasta la mañana siguiente, mirándonos con odio.

Mientras tanto, en la cabaña de al lado, Hempfreud se había pasado despierto toda la noche, viendo como la litera que había sobre él se combaba y crujía por el peso de su ocupante Papi.

Después del almuerzo, los monitores nos dieron una fantástica noticia a todos los pobres niños que habíamos trasnochado (¡porque no sólo nosotros lo habíamos hecho!): íbamos a subir una colina por una antigua calzada romana y después íbamos a bajarla. Resultó que la calzada subía varios kilómetros y luego volvía a bajar otros muchos, y que se constituía de unos enormes cantos del tamaño de huevos de avestruz. Salimos a eso de las tres de la tarde. Volvimos a las seis, cansados, deshidratados y en conjunto agonizantes. En cuanto volvimos al bendito campamento los monitores nos tenían preparada otra grata sorpresa: una charla sobre pájaros. Sin mostrar mucho entusiasmo nos dejamos conducir hasta una sala de audiovisuales donde, durante un par de horas, un tipo barbudo nos estuvo mostrando mediante diapositivas el esqueleto de un colibrí y de una cacatúa. A mí comenzaron a picarme los ojos. Me di cuenta de que los pájaros de la diapositiva se estaban volviendo borrosos en mi cerebro. También me fijé que Jesús Selma estaba completamente dormido en su silla, como la mitad de la gente que había en la sala. Cuando salimos, la luz nos dio en la cara como un potente rayo desintegrador. Teníamos idea de irnos a dormir cada uno a nuestra cabaña, así que nos fuimos para allá. Pero, como no podía ser de otra manera, los dos monitores nos detuvieron con una noticia más buena si cabe: íbamos a anillar la pata de unos cuantos pájaros.

Cuando el sol comenzó a ponerse, nos fuimos a cenar. Eran poco más de las ocho y media, y nosotros nos tambaleábamos como si fueran las cuatro de la mañana. Comimos de cualquier manera y sin fijarnos en lo que nos metíamos en la boca, y nos fuimos a las cabañas por fin. Pero como aquella noche había fiesta en el campamento con música a todo trapo y todo, a la gente se le olvidó que tenía sueño y se preparó para la juerga. En las cabañas, Sapo nos dijo que cuando se acabara la fiesta se iba a colar en la cabaña de alguien para pasar allí la noche porque estaba hasta las narices de nosotros tres. No le culpo. Menda también dijo que se iría de polizón a otra cabaña, y que también estaba harto de los otros tres. Selma se animó y dijo que se adentraría en el bosque a buscar a Juan Vizcaya. A las diez Sapo se fugó de la cabaña y le vimos irse reptando hacia la fiesta. Menda también desapareció. Y Selma agarró sus botas con la mano y se adentró en el lúgubre bosque descalzo, entre gritos.

A mí se me quitaron todas las ganas de dormir al caer en la cuenta de que iba a pasar la noche en la cabaña más oscura, terrorífica y cercana al temible bosque sin nadie que me hiciera compañía. No recuerdo cómo se me ocurrió ir a pedir alojamiento a la cabaña de al lado, pero lo hice dejándome la dignidad por el camino. “Estoy solo en mi cabaña… Dormiré en el suelo, si hace falta…”. Hempfreud, Papi, Pollo, Cop y cuatro más me miraron desde la altura con gesto desdeñoso. Hempfreud, frío y cruel, quiso echarme para no exponerse a un castigo ejemplar por colar a un inquilino extra. “¡Que se lo coman los lobos!”. Desesperado, saqué mi Super Humor como ofrenda. Ante tal cantidad de patetismo, Papi, asqueado, cedió a concederme un hueco. En su cabaña y en su cama. Admitió a su pesar que era más fácil identificar a un intruso si se quedaba en el suelo que si se ocultaba en una cama, así que me hizo un hueco (muy pequeño, dadas las dimensiones de Papi). “¡Os arrepentiréis!”, gritaba Hempfreud.

Como todos estábamos muertos de sueño, nos acostamos. La historia del burro intruso de la noche anterior había corrido como la pólvora, así que por precaución Cop cerró con llave. No fue el único. Según supimos a la mañana siguiente, a altas horas de la noche el malvado profesor-jefazo de la excursión recibió la visita de un grupo de alumnos que no podían entrar en su cabaña. El profesor-jefazo, seguidos de los chavales, llegaron a la cabaña en cuatro zancadas para ver qué diablos pasaba allí. Lo que pasaba, como vio el profesor a través de las ventanas, era que había un único bulto durmiente en la solitaria cabaña y que antes de acostarse había cerrado la puerta por llave por temor al burro (¿el burro? ¿pero es que nadie más había oído la historia de Juan Vizcaya?). El profesor-jefazo se puso a aporrear la puerta con insistencia y con el puño, mientras los niños gritaban “¡Despierta, despierta!” entre golpes en las ventanas. Al parecer el bulto durmiente notó que no todo estaba en calma como debería y se desperezó lentamente. Aquel baboso fue capaz de asimilar que alguien estaba haciendo ruido y que era muy molesto. Fuera, un brillo de esperanza apareció en los ojos del profesor-jefazo: al comprobar que los porrazos surtían efectos sobre la criatura unicelular durmiente, aporreó más fuerte, si cabe, la puerta. El papanatas durmiente se levantó completamente sonámbulo y se arrastró hasta la puerta. Los niños, fuera, gritaban aún más fuerte. Y cuando nuestro amigo alzó la mano hacia el pomo de la puerta y estaba a punto de agarrarlo, se detuvo. El profesor jefazo cambió entonces de cantinela y empezó a gritar “¡que no es un sueño, maldita sea!”. No sirvió. El sonámbulo se lo pensó mejor y se dio la vuelta para volverse a la cama y seguir roncando feliz. Al profesor-jefazo se le acabaron las ideas geniales y la paciencia, así que agarró un puñado de pedruscos con la intención de lanzarlos contra la ventana, a ver si así la rompía y de paso le daba al dormilón en la cabeza. Absolutamente desatado y sin ningún control, comenzó a lanzar piedras contra la puerta y las ventanas. Los niños dejaron de gritar para sentarse a mirar cómo aquel profesor hecho un saco de nervios bombardeaba la cabaña. Algunos le tiraron cacahuetes. Mucho más tarde, el dormilón se levantó al fin y abrió la puerta. Claro que antes los demás ataron a un árbol al profesor-jefazo para que no se lanzara a estrangularlo. Por la mañana, aquel tipo le mostró a Hempfreud sus sensaciones más profundas: “Yo es que de verdad veía las cosas como si no fueran reales, como si las voces se oyeran muy lejos, como en un sueño”. Desde aquel día le llamamos “Dormi”, con lo que salió ganando dado que su mote anterior era “Caracol” (por las babas que soltaba en todo momento).

Así acabó nuestra primera aventura campestre. Un año después, ya en el instituto, Hempfreud, Pollo, Papi y Menda habían aterrizado en la misma clase que Fernando, Lolo, Maca, Nora y yo, y aparecieron Bros y Jessie entre otros. En este tiempo nos convertimos en el grupo de amigos más ecléctico imaginable, y cuando el curso terminaba, nos fuimos de nuevo de excursión.

El CRA, o la vida campestre aburguesada

Comop ya digo, la principal diferencia entre esta salida al campo y la anterior era que esta vez sí que nos conocíamos y podíamos considerarnos… ¿amigos? Otra diferencia fue que ya sí que teníamos pensado de antemano cómo nos íbamos a distribuir en las cabañas, todo lo contrario a la pésima organización que hubo en los Alcornocales. Lo realmente curioso fue que la relativamente buena organización fue fruto del entusiasmo de los profesores. Diría que tan paranormal suceso se debió a que por aquel entonces Papi, habitual cabeza visible de toda operación o iniciativa dentro de los muros del instituto, no tenía el cargo de Delegado Universal Con Plenos Poderes al que se aferraría con uñas y dientes incluso después de acabar bachillerato, escalando posiciones poco a poco hasta convertirse en el hombre de confianza del director y acceso a todos sus sucios secretos y corruptelas. Cuando su cargo ya no dio más de sí y el director le destituyó preventivamente, aterrado ante el monstruo hambriento de poder que había creado y que amenazaba abiertamente con destruirle, Papi dirigió su mirada hacia otro de los estamentos capitales de nuestra sociedad: la iglesia. De modo que desde hace años, Papi ostenta un cargo indefinido dentro del amalgama religioso, no sin ambiguas intenciones que le han llevado a amenazar a afables curas con sacar a la luz más trapos sucios de los que necesita un espetado obispo para ser excomulgado de una patada. Todo apunta a que pretende destruir la Iglesia desde dentro.

Volviendo al tema inicial, el delegado de entonces no hacía mucho (se suele decir que ha sido el delegado más incompetente que se recuerda en décadas, y responde a las iniciales M. R.), de modo que la organización de la excusión corrió a cargo de un grupo de profesores que vivían una repentina segunda juventud. El destino de la excursión era un lugar llamado “Centro de Recursos Ambientales”, o sencillamente CRA, y esta vez estaríamos fuera dos días, con su correspondiente moche intermedia. Suficiente para que tuvieran lugar muchas aventuras disparatadas.

Llegamos allí tras un agobiante viaje en autobús y lo primero que hicimos fue echar un vistazo al sitio. No estaba demasiado mal. Incluso nos parecía genial, aunque tal vez eso se debiera al traumático recuerdo de las cabañas ruinosas de los Alcornocales. El lugar se ganó nuestro sello de aprobación, a pesar de los extraños elementos que poblaban el lugar. Parecía ser que cerca de allí había un hospital psiquiátrico. También parecía ser que aquel día era el día de sacar a los discapacitados a pasear por el CRA. Más allá de la verja impenetrable que separaba al CRA del mundo real, un camino de tierra conducía a una especie de jardín circular muy grande, que era al CRA lo que el generador principal a la Estrella de la Muerte. En el centro del jardín había una especie de carpa pequeña, y alrededor de ella, tras el césped, estaban distribuidas las cabañas formando un círculo. Por el césped había repartidos unos cuantos bancos. A su vez, por estos bancos había repartidos un grupo de discapacitados, no sabíamos si a modo de objeto decorativo. Uno de ellos estaba sentado con la mirada perdida (pero sin una caja de bombones). No parecía moverse. Algún chaval le dio un par de toques con un palo para ver si se movía y otro, más despistado, se sentó en sus rodillas y le dijo lo que quería por Navidad. Él, como respuesta, emitió un sonido simiesco. Había otro sentado, también con la mirada perdida, pero éste sí se movía. Movía la cabeza arriba y abajo, y según descubrimos tras examinarlo, al ritmo de la música que salía de los cascos que llevaba metidos a presión en las orejas. Un tercero llevaba su pasión por la música aún más lejos: estaba bailando en el centro del círculo bajo la carpa, saltando y moviendo frenéticamente los brazos arriba y abajo. Debía llevar mucho tiempo bailando (quizá su discman, y digo discman porque estábamos en 2001, se había quedado atascado en un eterno bucle de cinco segundos), porque a su alrededor se había formado un charco de sudor del tamaño de un pequeño lago.

Tras el primer vistazo al sitio, los profesores nos dirigieron con chasquidos a nuestras cabañas. Con relación al asunto del reparto de la gente en las cabañas, la mía contaba con los siguientes interfectos:

Menda: As del esférico, tío guay, líder natural de la manada.

Bros: Homo Habilis de carácter primitivo y violento, y presunto asesino de tortugas. Sicario brutal.

Fernando: …en una época de confusión en la que estaba empezando a mutar hacia una forma de vida cani.

Lolo y su insulso hermano Shutty: Nuestro patoso amigo y su, como ya he dicho, insulso hermano.

Sapo: Un criminal adolescente actualmente en presidio por robar radios de coche en la misma esquina diariamente.

Pollo: El Pequeño Saltamontes, de cuestionables tendencias sexuales.

Miguel Roselló: Vuestro humilde anfitrión.

Los demás protagonistas se juntaron (junto con algunos extras sin nombre) en la misma cabaña, que corrió sus propias aventuras:

Papi: Gran (literal y metafóricamente) líder nato. Estratega político, maestro del disfraz.

Hempfreud: Honrado, sensato y de aspecto mucho menos nerd del que me gusta recordar/inventarme.

Ale y Darío: Los Increíbles Gemelos De Dos Metros De Altura.

Yosemery Cop: De día, discreto alumno víctima de los injustos tormentos psicológicos de este servidor; de noche, justiciero mecánico que lucha contra el crimen en Nueva Detroit.

La tercera cabaña determinante en la historia de hoy la ocuparon las tías buenas de mi clase, dotadas de ese extraño sexto sentido que las empuja a agruparse entre ellas por el mero hecho de estar macizas, y presumiblemente, besarse en la intimidad de los baños de chicas. Por supuesto, entre ellas estaban las célebres Maca, Nora y Jessie. Casualmente, nuestra cabaña era la que estaba entre estas dos. El resto las llenaron gente de otras clases y marginados sociales.

La buena impresión que nos dejó el exterior de nuestras nuevas viviendas se prolongó cuando echamos un vistazo al interior. Se componían de cuatro literas dobles, para ocho personas (un sencillo problema para cualquier persona con más de medio cerebro), una en cada esquina de la cabaña. También había una puerta misteriosa que resultó ser la del baño. Éste era relativamente grande, tenía un lavabo, un espejo, una ducha y… dos puertas más. ¡La diversión no parecía terminar! Una llevaba al váter, herméticamente cerrado por si los ataques de Tyrannosaurus Rex, y la otra a un armario que tal vez entre semana conducía a Narnia, pero en fin de semana sólo conteía un puñado de escobas y fregonas. Algo extraño para una cabaña habitada habitualmente por visitantes de paso, pero cualquier jugón del Monkey Island sabe que esos trastos no estarían ahí si no fuesen a ser utilizados en algún momento. Tras admirar la estancia y arruinar la pared con pequeños garabatos del tipo “X estuvo aquí” deshicimos las maletas y salimos fuera para organizar las actividades. Como no podía ser de otra manera, los jefes del cotarro eran unos monitores de campamento entusiastas y derrochadores de vitalidad e iniciativa que nos cayeron mal desde el primer momento. Para las actividades que nos tenían preparadas nos habían dividido en grupos, cada uno formado por dos cabañas, que tendrían su propio horario independiente del de los otros grupos. La cosa empezó bastante bien, ya que el denominado grupo B lo formaban nuestra cabaña y la de las chicas (no las marginadas sociales sin personalidad que estaban aisladas en la última cabaña, sino las buenorras, aunque también sin personalidad).

Una vez terminada la organización de las actividades nos metimos en nuestras cabañas dispuestos a hacer el vago un rato largo o pegar a Lolo sin motivo alguno. Sin embargo, los monitores hiperactivos habían decidido que la vida es demasiado corta y que por tanto actividades debían empezar cuanto antes, así que apenas hubimos pegado fuego a una litera ya estaban llevándonos a empujones al campo de tiro con arco. Como estábamos en clara desventaja (su entusiasmo era un arma imposible de neutralizar), accedimos. Allí nos esperaba un sicario de los monitores hiperactivos, de aspecto desequilibrado pero no obstante puesto al cargo de los arcos y las flechas. El campo de tiro era grande y despejado, y a lo lejos se veía una especie de cagadita de mosca puesta en el centro de la explanada. El tipo de los arcos nos aclaró que aquello era la diana. Tras soltar un moralizante discurso sobre la belleza intrínseca del tiro con arco, nos explicó vagamente la técnica del uso del artilugio e insistió varias veces en que esperáramos a que el compañero inmediatamente anterior a nosotros recogiese sus flechas lanzadas y se apartase de en medio antes de lanzar las nuestras. Parecía obvio. Dicho esto, se metió en un cobertizo a leer el Pequeño País mientras nosotros empezábamos a trastear con aquellas poderosas armas. Pero aunque el discurso sobre seguridad de nuestro amigo parecía haber quedado bastante claro, hubo uno de nosotros que no pareció procesarlo correctamente. No sé por qué lo hice, pero mientras observaba como una chica recogía su flecha, que había ido a dar en el suelo muy cerca de la diana, empuñé mi arco y lancé una flecha. Mi cerebro debió gritarme “espérate, que esa chica está allí junto a la diana”, pero mi respuesta fue algo parecido a “muy bien, pero a ver qué pasa si tiro con ella estando ahí”. La flecha pasó junto a ella, un par de metros a la derecha, y fue a dar en el único árbol sano que quedaba. El monitor arquero salió entonces de un arbusto en el que estaba oculto y gritó “¿quién ha sido?”. Fue un detalle que nadie me señalara. Pero no hizo falta, yo aún tenía el arco en las manos. La prueba irrevocable. El resto del tiempo lo pasé sentado a un lado, viendo cómo los demás se iban haciendo arqueros profesionales acertando entre los ojos de rinocerontes desbocados que les soltaba el monitor arquero. Desde luego, la primera actividad no había salido muy bien, al menos para mí.

A las dos del mediodía nos condujeron a la carpa para que comiéramos bota frita. Cada uno tenía su bandeja y los sesenta que éramos (alumno arriba, alumno abajo) nos sentamos como pudimos en las pequeñas mesas. Comimos un poco, nos lanzamos por los aires el resto hasta que no se sabía si lo que nos habían puesto era pescado o puré de patatas (me habéis pillado, no nos pusieron una bota frita) y nos arrastramos hasta nuestras cabañas para echar un sueñecito dejando a los monitores hiperactivos limpiando la carpa de comida podrida mientras cantaban una canción de campamento. Pero una vez, nuestros intentos de no hacer nada productivo se vieron frustrados por los monitores, que nos sacaron de un tirón de la cabaña sin habernos dado tiempo ni a sentarnos en las literas. El horario de actividades seguía su curso, y cuando leí en qué consistía la siguiente actividad, mis piernas fallaron y un sudor frío congestionó todo mi cuerpo. No podía ser. Aquel horario debía de estar mal. No iba a realizar aquella actividad. Piragüismo.

Creía haber burlado a Monitor Sádico y a su entrenamiento de aquella semana yéndome de excursión, pero por lo que se veía la conspiración alcanzaba hasta a las más altas esferas (incluso a Barack). Nadie se libraba tan fácilmente de las tiránicas sesiones de entrenamiento de Sádico y su Segundo Malévolo. Y aunque no estuvieran allí presentes físicamente, sí que lo estaban en esencia, espiritualmente. De todo el animado y juvenil grupo que se dirigía emocionado al río, el único que parecía tener ochenta años debido a sus hombros caídos y a la desesperación reflejada en un rostro de pronto surcado por las arrugas era yo. Mientras arrastraba los pies hasta el río iba notando el aliento del Monitor Sádico en mi nuca. De un fugaz vistazo pude ver los flotantes espíritus de Sádico y su Segundo observando desde el bosque, aunque en la edición especial en el lugar de Segundo Malévolo aparece Hayden Christensen.

Llegamos al río, que aquel día estaba muy revuelto. Como pudimos comprobar, había mucha corriente. La marea estaba muy alta y el agua venía marrón, de fango hasta los topes. No era un buen día para ir haciendo el ganso con una piragua por ahí, pensé. Como llevaba un año yendo a piragüismo, me consideraba una experimentada caja de sabiduría, sabedor de cosas que otros ignoraban, como por ejemplo que si vas a contracorriente cuesta mucho avanzar, o que si te caes al agua puedes resfriarte. Una monitora, pariente de sangre de Sádico, nos condujo hasta un búnker junto al río. Nos mostró el interior: había docenas y docenas de piraguas colocadas en estantes, montones de remos de distintas medidas colocados en fila india contra la pared y pilas de chalecos salvavidas de talla extra-pequeña y extra-grande. La monitora comenzó entonces a soltarnos una larga charla explicativa sobre cosas que yo ya sabía, como la posición de la piragua, la forma de coger el remo, la importancia del chaleco y la técnica de remo. Cuando terminó, nos invitó a escoger la piragua que quisiéramos y, si algunos querían, podían probar las piraguas dobles. Unos pocos se pusieron por parejas y se montaron en las piraguas aún en tierra. Por lo visto pensaban llegar hasta el agua como las tortugas de las Galápagos. Yo preferí montarme en una piragua normal, de una sola persona. Esforzándome hasta la arcada en ser positivo, se me ocurrió que, habiendo estado tanto tiempo entrenándome en aquello, podría ser por una vez el más aventajado en un deporte que no fuera dibujar. Así que cambié la cara avinagrada por un remo de aluminio y me dispuse a despuntar (por una vez) para bien. Sádico aseguraba lleno de convicción que los remos de fibra eran muchísimo más profesionales que los de barra de aluminio y pala de plástico, pero en realidad para lo único que servían era para dejarte las manos llenas de callos y rozaduras. Supongo que eso era sinónimo de “profesional”.

Las piraguas no eran auténticas piraguas, sino los ya famosos “bollitos”. Recordemos: tanques marinos de PVC de casco ancho y plano, lo cual explicaba la velocidad tan lenta que teníamos mientras tirábamos pesadamente de ellos hacia el río. Una vez estuvieron a flote, comenzamos la aventura. La susodicha aventura consistió en un catálogo de patéticas maniobras con el remo de un grupo de inexpertos piragüistas… yo incluido. La corriente era exageradamente fuerte, y las vagas instrucciones que nos dio la pariente consanguínea del Monitor Sádico no eran suficientes para que navegáramos como lobos de mar por las turbulentas aguas de aquel río. En cuanto algún pobre diablo que iba contracorriente comenzaba a girar para colocarse a favor, éste volcaba sin remedio. Los insensatos que iban de dos en dos no tenían sincronización de ningún tipo, y los remos de ambos se pasaban más tiempo chocando entre ellos que deslizándose suavemente por el agua, con lo cual la única que gobernaba estas piraguas era la corriente. De ahí que la gran mayoría de las piraguas estuvieran encalladas en las rocas de la otra orilla.

Cuando pasaron las dos horas reglamentarias, la monitora envió a un equipo de rescate para sacarnos del agua. La mitad de las piraguas no aparecieron. Afortunadamente, sus ocupantes sí que lo hicieron. Estaban encallados en tropel sobre rocas mohosas, siendo devorados por los cangrejos. La monitora les dijo que se tranquilizaran porque aquellos cangrejos estaban acostumbrados a comer todo tipo de porquerías, y también les tranquilizó explicándoles que si las heridas gangrenaban, lo único que había que hacer era amputar los miembros podridos. Así pues, salimos de la zona de piragüismo con todo el cuerpo picajoso por culpa del salitre. La siguiente parada era nuestras cabañas para darnos un duchazo antes de la siguiente tortura.

Como todo lo que habíamos hecho hasta entonces, ducharnos supuso un nuevo problema. Esta vez el problema tenía que ver con la muy madura idea que teníamos todos en la cabeza de que no estábamos dispuestos a no ser el primero en ducharse. Como no merece la pena desarrollar nuestro comportamiento ridículamente infantil una vez más, pasaré directamente al estropicio que armamos. Por decreto popular, quedó establecido que los dos últimos que se ducharían serían aquellos dos que tenían por costumbre pasarse horas largas bajo la ducha. Bros y Shutty aceptaron a regañadientes esta norma. Así que después de que Menda, Pollo, Fernando, Lolo, Sapo y yo nos ducháramos, Bros entró dispuesto a pasarse bajo el agua caliente el mismo tiempo que se necesita para preparar la cena de Nochebuena. Cuando hubo acabado, dejó vía libre a Shutty para que se pasara otro largo rato en la ducha. Al cabo de una hora, la puerta del cuarto de baño se abrió y, de entre una enorme nube de vapor apareció Shutty. Seguramente sería por el espeso vapor que nos rodeaba, pero ninguno de nosotros vio que, aunque Shutty había salido de la ducha por la puerta, el agua no había hecho lo mismo por el desagüe. Antes de que pudiéramos reaccionar, el suelo de toda la cabaña estaba cubierto de agua. Como pudimos deducir, las duchas de las cabañas no estaban construidas para soportar aquel tipo de abusos.

Al parecer, allí el accidente que gozaba de más popularidad era la inundación de cabañas, porque inmediatamente llegó una monitora rabiosa con un cubo de fregar y una fregona en las manos. Se abrió paso entre el vapor y echó cuenta de aquel lago Tanganica de andar por casa, tras lo cual echó un vistazo a su Manual del Buen Monitor para comprobar si lo que se disponía a hacer era moralmente correcto. Sus instrucciones fueron concisas y directas: en cinco minutos quería aquello seco del todo. Vale, Guybrush, para eso había fregonas y escoba en el armario. El elegido para tan honorífica tarea fue Shutty, por decisión unánime. Cuando acabó, el suelo estaba combado y arrugado, y los tablones que lo componían, reblandecidos.

Todos los días anteriores la noche había caído, y aquella no iba a ser una excepción. Estaba muy oscuro el sitio aquel, y con los farolillos que había repartidos por todo el césped (estratégicamente colocados para que cualquier incauto tropezase) parecía un lugar distinto. Cuando todos estábamos convencidos de que ya tocaba la ansiada hora en la que nos dejaban en nuestras cabañas a nuestra bola, descubrimos que los monitores nos tenían preparada una especie de búsqueda del tesoro en el fangal que había frente al CRA. Oficialmente se llamaba gincana. Para el que no sepa cómo funciona ese juego, lo explicaré rápidamente: los participantes se dividen en grupos de un determinado número de componentes, y el objetivo de tu grupo está en seguir de cerca al grupo que más rápido va desentrañando pistas para, una vez ellos hayan descifrado el último enigma, correr un poco más que ellos para llegar al final con varios segundos de ventaja. La gracia del juego está en que no descubran que les vais siguiendo. Es muy didáctico y lúdico. Lo de correr no iba demasiado conmigo (ni lo de jugar, ni lo de hacer cosas al aire libre, ni…), pero aún así acabamos en una posición aceptable, sin habernos visto obligados a librarnos ningún miembro del grupo que entorpeciera la búsqueda, salvo Lolo. Al acabar el juego volvimos al CRA, felicitando deportivamente a los ganadores y conspirando por lo bajo para robarles los calzoncillos y hacerles el vacío durante el resto de la excursión.

Lo que iba a ocurrir aquella noche se veía venir desde muy lejos: tal vez haya en algún lugar del mundo un grupo de preadolescentes hiperactivos que cuando está de excursión y cae la noche, van a acostarse en sus camas, rezar sus oraciones y dormirse a las once de la noche en sus cabañas. Nosotros no éramos ese grupo. Así que cenamos un deliciosamente repugnante atún (que pescó Napoleón para matar el tiempo durante su estancia en Santa Helena), y seguidamente, tras el obligatorio paso por el váter para devolver el pez a donde fue encontrado, nos dispersamos en dirección a las cabañas para dormir. O eso creía el enemigo.

23:00: Nos matamos por elegir una de las cuatro literas de arriba; o a ser posible, las cuatro. Bros clavó su bandera en la más cercana, Menda tomó conquista de otra, Fernando agarró una de las restantes y Lolo la última, aunque pronto fue derrocado y lanzado por la ventana a un charco de fango.

00:10: Tras una hora de violencia contra Lolo (alias saco de boxeo), la mitad del grupo tuvo la repentina necesidad de experimentar un subidón de adrenalina. El plan que idearon consistía en saltar por la ventana lateral de la cabaña, que estaba justo frente a la ventana de la cabaña de las chicas, para entrar en ella. Para ello vigilaron los cambios de turno de vigilancia de los profesores hasta que supieron que se cambiaban cada cuarto de hora. En uno de esos cambios los osados saltaron de una ventana a otra, dándose el tortazo padre en el foso fangoso que separaba ambas cabañas. Desde la ventana de nuestra cabaña pude ver cómo Pollo se acercaba con aviesas intenciones a la litera en la que Maca dormía. Cuando Pollo comenzó a meter la mano por todos los rincones de su blandito cuerpo (como el de Bridget Jones), ella se movió un poco, entreabrió un ojo y alcanzó a decir “Pollo, estate quieto”. Rechazado y herido en su amor propio, el Conquistador Enmascarado volvió a la cabaña y se ocultó entre sus sábanas con aires de Fantasma de la Ópera.

00:40: El Escuadrón Temerario puso en marcha la retirada precipitada cuando el temible director, jefe de la excursión, llamó a la puerta de la cabaña de las chicas. Saltaron por la ventana sin mirar atrás (por eso nadie se dio cuenta de que Lolo estaba aún tirado en el fango entre las dos cabañas) y una vez todos reunidos, nos metimos en la cama para llevar a cabo nuestra farsa. Cuando el director llamó a nuestra puerta, Sapo se levantó y abrió, poniendo cara de llevar horas durmiendo y fingiendo indignación por aquella flagrante intrusión. El director sew fue sin sospechar nada y nosotros seguimos con nuestra conspiración antisueño. Bros me dijo que a las tres y media le daría una paliza a Lolo, para hacer emocionante el lento paso de las horas. Ninguno de nosotros se dio cuenta de que Pollo no había salido de entre las sábanas desde que volvió de la cabaña de las chicas, y de que su cama chirriaba.

Mientras tanto, en la cabaña de Papi, Cop se había quedado dormido. Papi tuvo la genial idea de embadurnarle la cara con pasta de dientes. Alguien ya había intentado hacerle lo mismo a Hempfreud, pero él, inteligentemente, sólo se hacía el dormido. Esta vez no fallarían. Vaciaron un tubo sobre la cara de Cop, qué, dormido y extrañado, comenzó a embadurnársela con una mano. Con voz aún más ronca de lo normal, preguntó que qué era aquello, y Papi, el rey del humor de sal gorda, dijo entre sonoras carcajadas: “No, nada, que nos hemos corrido y no sabíamos dónde echarlo…”. Cop, como estaba medio dormido, no razonaba demasiado bien, y volvió a abrir la boca para decir con gran esfuerzo: “Pero esto huele a menta…”. La surrealista explicación de Papi no se hizo esperar: “Ah, claro, es que nos lo hicimos con una hoja que teníamos en la mochila”.

01:50: Llevábamos más de una hora saltando de litera en litera y burlando a la muerte cuando a Menda le dio por preguntar a Pollo qué puñetas estaba haciendo tanto tiempo entre las sábanas. Ojalá nunca hubiese preguntado. “Me estoy… ¡Ay! ¡Me estoy corriendo!”. Desde luego tenía toda la pinta. Lo dijo entre jadeos, y no creo que su cama tuviera un sistema de vibración, porque las otras no tenían. Así que hicimos como si no estuviéramos siete en una cabaña encerrados junto a un pequeño desequilibrado sin autocontrol sexual, y seguimos tirándonos desde las literas.

02:15: Se acercaba la hora de la paliza. Justo cuando Bros comenzaba a atascar el váter con la ropa limpia de Lolo, Pollo salió de entre las sábanas con una expresión de satisfacción dibujada en el rostro y dijo: “Hala, ya está”. No contento con habérnoslo dicho, aquel levantó la sábana y nos enseñó una pequeña, pequeñísima, ridícula manchita casi imperceptible sobre ésta. Calculé mentalmente. Había tardado casi dos horas en… en fin, en hacer aquello. Lo miramos con aire conmiserativo y volvimos a nuestros sanos entretenimientos como si nada hubiera pasado.

03:30: Lolo se vio lanzado desde lo alto de una litera tras haber sido vapuleado al estilo casero por Bros. Mientras tanto, los demás veíamos por la ventana cómo cada diez segundos un chaval salía de entre los arbustos y corría hacia una cabaña. El director fumaba en la carpa con aire siniestro.

04:50: Un ambiente de paz condicional se había adueñado de nosotros. Estábamos tranquilamente sentados en las literas superiores hablando de nuestras cosas, cuando de repente la puerta se abrió bruscamente y sobre el suelo se desaprramaron Maca y Nora, mientras se partían de risa. Los ocho nos quedamos mudos. Ellas siguieron revolcándose de risa hasta que, súbitamente, la puerta se abrió una vez más. Esta vez no apareció una pareja de chicas de agradable figura, sino un monitor de rudo aspecto y cuerpo tipo armario de cuatro puertas. Maca y Nora enmudecieron al instante y se quedaron mirando desde el suelo al monitor de rudo aspecto. “¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?”, gritó, incluyendo una malsonante expresión entre las dos primeras palabras de la frase. Nadie respondió. Ni falta que hizo, el monitor las echó a las dos de nuestra habitación y salió detrás de ellas. Antes de dar el clásico portazo nos amenazó con pegarle fuego a la cabaña con nosotros dentro si oía el más mínimo ruido.

Entre tanto, el pánico cundió en la cabaña de chicas contigua a la de Papi. Las chicas gritaron despavoridas al ver desde su ventana cómo una especie de rayo luminoso sobrenatural pasaba por dentro de la cabaña de Papi. “¡Cuidado, cuidado!”, gritaban para que sus vecinos les oyeran salieron huyendo. No hizo falta. En ese momento se asomó alguien a la ventana de ellos para tranquilizarlas: era Darío en calzoncillos, efectivamente con todo el aspecto de un fantasma escurrido. “¡No pasa nada, que era yo!”.

Cuando llegó la mañana siguiente, nos dimos cuenta de en algún momento debimos dormirnos, y de que lo hicimos cada uno en la cama que nos dio la gana: ni uno había dormido en la que le fue asignada. Sólo Pollo, que había marcado su territorio preventivamente. Aquel día fue más relajado. Lo único destacable fue la batalla de globos de agua que tuvimos a media mañana y la fatídica hora de volver a guardar en las maletas las cosas que, por alguna inexplicable razón, nuestras madres habían podido meter sin ningún esfuerzo en ellas la noche anterior al viaje. También tuvimos una especie de taller de habilidad en el que nos enseñaron a inventar juguetes con inmundicias que podíamos encontrar fácilmente en lugares cercanos a ti, como por ejemplo los cubos de basura que hay en frente de tu casa, en ese callejón tan poco recomendable. Al parecer aquello no sólo fomentaba la aparición de enfermedades infecciosas, sino también la destreza. Finalmente todos salimos de allí con un repulsivo juguete fabricado por nosotros mismos que enseñamos a nuestra madre y que ella tuvo la precaución de tirar muy lejos en un momento en que no estábamos mirando. Y así, un poco más viejos pero no más sabios, terminó la pintoresca excursión al CRA. Vuelta a casa, al instituto, al piragüismo y a la normalidad.

5 comentarios to “Que nos vamos de excursión”

  1. Juan Vizcaya 16/05/2011 a 14:50 #

    Arrrrr

  2. Jose 17/05/2011 a 3:46 #

    Me he reído casi tanto como con la de “de porno y hombres”. Recordaba todo, pero así explicitado resulta más divertido que con vagos recuerdos.

    Lo que creo que cayó en el olvido es que el burro de los Alcornocales decidió volver a hacer de las suyas cuando estábamos de vuelta de la calzada romana: la otra cabaña de las niñas de 6ºC (en la que no estaban ni Nora ni Elsa, que por cierto, era la única que no sólo no olía mal, sino que incluso desprendía un agradable aroma afrutado), en la otra cabaña, como digo, apareció el burro bloqueando el acceso a la puerta cerrada. Ante la ausencia de Jesús Selma y su ancestral sabiduría, tardaron un rato en moverle de allí, para poder abrir la puerta y ver que tras ella había otro burro, el cual tardaron el doble de tiempo en sacar.

  3. El golfo de Cádiz 07/10/2011 a 13:06 #

    Y en la cabaña de 6ºC había cuatro más….. ¡Qué injusta es la vida con los olvidados! No soy nada.

    • Miguel Roselló 10/10/2011 a 13:34 #

      Recuerda, amigo, que esto es un refrito de un relato antiguo, escrito en 2003 o 2004… ¡No todo ha sido debidamente actualizado! Pero SABES que estás ahí. Lo sabes.

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