El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)

3 Oct

Terrence Malick, el tipo que en 1978 intentó ser más Kubrick que Kubrick diciendo “pues ahora no dirijo nada en veinte años”, está desatado. Ya parecía que había empezado a perder el control cuando entre La delgada línea roja y El nuevo mundo pasaron solo siete años, y aunque parecía imposible que nadie pudiese adoptar un ritmo de trabajo más frenético, él mismo nos sorprende con una nueva película, El árbol de la vida, tan solo seis años después de ese duermepiedras que es El nuevo mundo (¿Avatar no era Pocahontas con pitufos? Pues esta apuntaba todavía más bajo; Pocahontas y punto). Es más, todos tememos por su salud mental una vez descubrimos que apenas su Árbol de la vida ha rozado los cines, este octogenario loco ya está inmerso en el rodaje de otra película.

El árbol de la vida retrata los fantasmas que sobrevuelan la vida de una familia prototípica de un barrio suburbial de Texas (de donde viene nuestro Malick, por cierto). Tres hijos ha tenido el matrimonio O’Brien, todos varones, y mientras que ella trata de inculcar a sus hijos los valores cristianos propios de una comunidad tan tradicional, así como un intenso amor y respeto por la vida; él padre es duro, frío, incluso cruel y desdeñoso con los ideales sobre bondad que su esposa intenta que arraiguen en los chicos. Las consecuencias en la psicología del hijo mayor son oscuras, y las secuelas ramificarán en algo más angustioso una vez éste es adulto.

Pero las intenciones del señor Malick están muy lejos de contarnos la vida de esta familia sin más. La premisa argumental de El árbol de la vida está concebida como catalizador narrativo de algo más grande. Mucho más grande. La vida, la creación, el universo. Todo. Y para retratar tamaña megalomanía conceptual, nuestro hombre se muestra extremadamente arrogante y pretencioso. Controlando su prepotencia como narrador, El árbol de la vida sería mucho más redonda de lo que es, y quizá respondería mejor a las intenciones del director y no justamente a lo contrario: un relato familiar envuelto en el papel de regalo más pedante imaginable: imágenes oníricas, reflexiones en off, y una descarada pretensión de trascendentalidad impostada. Una buena escritura y el trabajo de los actores (que no es como para desdeñarlo, ya que tanto Brad Pitt como Jessica Chastain están soberbios), enmarcados coherentemente en el auténtico tema de la película, bastarían para que una historia como ésta fuese más que notable. Malick no lo cree así, y sigue la misma estrategia ramplona de un estudiante pedante de comunicación que quiere crear su propia nouvelle vague.

Pero hay que ser justos con el viejo Malick. El tejano abre su película con unos minutos perfectamente suprimibles, pero acto seguido despliega un bellísimo éxtasis audiovisual sobre la creación del universo que remite inevitablemente a La consagración de la primavera de Fantasía (con dinosaurios y todo), y que constituye el mejor bloque de la película. Su verdadero sentido no queda patente hasta que los veinte minutos de imágenes oníricas y música dan paso al arranque de la historia de los O’Brien. Y entonces es cuando las imágenes anteriores cobran sentido. Sin ellas precediéndolos, no percibiríamos los planos del bebé jugando con sus animalitos de madera y luchando por recordar los nombres de cada uno en el cálido cobijo de su madre como lo que son: un canto a la belleza de la vida. Son intensos, hermosos, más aún por su humildad y sencillez; del mismo modo que otros instantes de la película que en diferentes circunstancias harían carcajearse al más escéptico de los espectadores (el canto a Dios de la madre mirando al cielo, muestra perfecta de las creencias que laten en el fondo de la película), abruman por su belleza, más aún en contraste con el frío clasicismo con el que se abordan esos instantes en los que los chicos sufren la disciplina de su padre.

Lamentablemente el efecto no dura lo suficiente para embriagar por completo una historia que se mueve impulsada por la inercia del arranque planetario hasta que, por esa noción absurda y pretenciosa de “más duración = mejor”, va perdiendo fuelle. El encantamiento se desvanece gradualmente, y vuelven a verse las costuras de un Malick perdido en un regocijo onanista, enloqueciendo con cada tronco de árbol que su cámara pilla por delante, tirando de esos horribles cortes en mitad de planos heredados de El nuevo mundo y usando y abusando de la voz en off reflexiva, que se cuenta entre lo peor de la película. Entonces los terribles planos detalle de ramas y cualquier cosa que pase por allí  empiezan a resultar primero molestos, luego irritantes y finalmente ridículos. De hecho, el plano del antifaz en el agua podría ir acompañado de otro de un payaso triste haciendo tortitas y no desentonaría demasiado.

¿Quién es el único capaz de lograr que el barco de Malick no se hunda una vez el capitán ha perdido el norte? La respuesta es rotunda: Alexandre Desplat. El compositor, llamado a ser uno de los grandes a la vista de sus últimos trabajos, compone un score que no sólo no empequeñece ante las inmortales piezas clásicas que lo rodean, sino que está a su altura y relega a nombres imprescindibles como Smetana y Bach a la categoría de complemento. Un trabajo impresionante, mastodóntico, perfecto; para lograr que la magia inexplicable que El árbol de la vida transpira en su primer tramo no desaparezca por completo cuando la historia da sus últimos coletazos en el desenlace a lo Perdidos, y permanezca aunque sea en forma de aura delicado e inestable, como una pompa de jabón.

Oh, y Sean Penn también pasaba por allí.

4 comentarios to “El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)”

  1. Alejandro Candela Rodríguez 03/10/2011 a 13:42 #

    Yo pienso que a Sean Penn lo han cogido porque siempre queda de puta madre cuando llora.

    • Miguel Roselló 03/10/2011 a 13:45 #

      Y yo ahora entiendo por qué Penn decía diplomáticamente que el resultado final no estaba a la altura del guión que leyó.

  2. Manu 20/10/2011 a 22:21 #

    Si “El nuevo mundo” me causó estragos desde dentro (lo más hondo de mi ser) hasta fuera (mi trasero sin emociones escardado de tanto tiempo sentado en el sillón del cine), ¿qué hago? ¿Veo esta película o huyo de ella?

    • Miguel Roselló 21/10/2011 a 0:11 #

      No se hace tan larga como todo parece apuntar. Merece la pena intentarlo, a ver qué pasa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: