El laboratorio de Genndy

25 Oct

El 17 de marzo de 1995 (Dios, qué viejos somos) se estrenó en Cartoon Network el primer episodio de El laboratorio de Dexter. Se llamaba tal cual, Dexter’s Laboratory, y nos presentaba a Dexter, el niño genio con un laboratorio secreto bajo la casa de sus padres, y a su fastidiosa hermana mayor, Dee Dee. Ambos se ven envueltos en un duelo frenético tipo Merlín/Madame Mim cuando Dee Dee se hace con un dispositivo creado por su hermano que transforma a la gente en animales. Ah, OK, Dexter es un genio, inventa cosas muy chulas pese a tener ocho años y su hermana mayor es estúpida y solo vive para fastidiarle. Este fue el primer contacto de mucha gente con uno de las mejores series de dibujos animados de los últimos treinta años. Detrás del corto, que hoy día se conoce extraoficialmente como Changes (igual que el Pilot de Friends hoy se conoce con un azucarado The One Where It All Began), estaba la mente pensante… de un ruso. SOVIET ALERT.

Genndy Tartakovsky nació en Moscú allá por 1970, y con siete años su familia se mudó a Estados Unidos. Que este pequeño judío fugitivo de la tiranía soviética se convirtiera en uno de los mayores genios de la animación reciente nos hace avergonzarnos humildemente de nuestros prejuicios y pensar que quizá los soldados de Starship Troopers no estaban tan en lo cierto como creíamos. En Estados Unidos, el pequeño Genndy se empapó de cómics lo suficiente como para decidir que lo que quería hacer en la vida era dibujar, y tras completar sus estudios básicos entró en la CalArts (que supongo que no necesita presentación) para estudiar animación junto con su amigo y habitual colaborador en sus futuros proyectos Rob Renzetti. Allí conoció a Craig McCracken, otro genio en potencia, y tuvo la idea de la que luego germinó El laboratorio de Dexter. Durante la primera mitad de los noventa, nuestro hombre se fogueó en tareas de animador en series como El crítico (la de Jay Sherman, el crítico bajito de Los Simpson) y la colosal Batman, The Animated Series, la que, por lo que leo, le llevó a trabajar en España brevemente (no, españoles, eso no significa que Batman, The Animated Series sea producción nuestra, sentaos de nuevo, por favor). En 1995 pudo sacar adelante su primer proyecto propio en el seno de Cartoon Network, cadena que en aquel momento estaba comenzando su renovación total de cajón de sastre de producción antigua de Warner y Hannah-Barbera a promotor de un regreso a la animación de calidad de la era de los Estudios. El laboratorio de Dexter fue prácticamente la serie inaugural de esta nueva era, una edad de oro en la que Cartoon Network se convirtió en el mejor canal de dibujos animados del universo y de varios universos paralelos. Así comenzó la carrera de nuestro hombre, dando el pistoletazo de salida a una era de auténtica revitalización de los dibujos animados. Sin duda, todo un modelo a seguir para cualquier aspirante a animador/productor de dibujos animados que se precie; aunque no por ello se va a librar de que por culpa de su intrincado apellido a partir de ahora me vaya a referir a él por el increíblemente insultante apelativo de “El Ruso Chiflado”.

¡Grrroaaaar! ¡Aplastar el capitalismo...! ¡Groaaaaar!

Changes no forma parte de la producción de episodios oficial de El laboratorio de Dexter. Producido como un corto aislado de prueba, presenta una narración, un ritmo y una animación muy distintos a la del Dexter que conocemos. Por ahora, el estilo de dibujo sencillo, claro y conciso que asociamos a Dexter y a toda la producción del Ruso Chiflado brilla por su ausencia, sobre todo en los momentos más cómicos, en los que la exageración de los diseños y la animación retorcida recuerda más bien a las histéricas creaciones del amigo John Kricfalusi; y el humor es grotesco y pasado de rosca. Los tres cortos que le siguieron, producidos también de forma aisladas, fueron perfeccionando su estilo, si bien a día de hoy seguimos haciendo lo mismo que hacemos cuando pillamos por la tele el capítulo de la babysitter ladrona de Los Simpson: cambiar de canal con una mueca de pura repulsión.

En 1996, El laboratorio de Dexter nació como serie. Aunque el formato de episodio de tres cortos se mantuvo casi intacto durante toda la serie, en la primera temporada sólo el primer y el último corto de cada episodio estaba centrado en Dexter. El corto central alternaba entre una aventura de Mono (el mono de laboratorio de Dexter) en su lucha nocturna contra el mal o una de los Amigos de la Justicia, el cómic favorito de Dexter. Las payasadas de Mayor Glory, Kronk y Val Hallen estaban bien, pero las aventuras de Mono eran más bien aburridas, y en cualquier caso ambas ideas tenían gracia como chiste aislado, pero a la larga no daban para mucho. Así que para la segunda temporada el corto central pasó a ser también uno de El laboratorio de Dexter.

Con el paso de los episodios, los personajes iban definiendo su carácter y su aspecto, y algunos de ellos empezaron a cobrar más importancia. Esto es una nada casual mención de honor para los padres de Dexter, ese matrimonio anacrónico y sin ninguna razón de existir más allá de ser “los padres de Dexter” hasta en las cartas que reciben y que sé que muchos consideráis, como yo, lo mejor de la serie. A Dexter no le hace falta ser ingenioso para esconder su laboratorio básicamente porque sus padres son increíblemente idiotas y fáciles de engañar y/o confundir, viven en una burbuja en la que la irrealidad es su día a día, y poco hay en ellos que les una mínimamente a Dexter, salvo quizá el carácter obsesivamente metódico de su madre cuando se encierra en su propio laboratorio, la cocina. Papá, por su parte, sólo vive para actuar de forma estereotipada y ver sus programas de golf en la tele. Larga vida a los padres de Dexter.

El laboratorio de Dexter adoptó pronto un lenguaje propio y un tono peculiar que la alejó del terreno del “solo para críos”, lleno de subtextos ingeniosos pero sin necesidad de poner a sus personajes a decir burradas, ser mecánicamente irreverentes o vomitar profusamente cada dos minutos (¿eh, McFarlane? ¿Eh, Parker y Stone?); y creó un estilo de narración singular a prueba de prejuicios y convencionalidades, en las que el absurdo refinado es el pan de cada día, los personajes aceptan alegremente las incoherencias más demenciales (sobre todo los padres) y la marcianada se presentaba en forma no de parafernalia extravagante (o no sólo), sino de absurdo minimalista. Un ejemplo: Dee Dee está empeñada en que Dexter vea su nuevo baile, pero Dexter huye una y otra vez hasta que desesperado, cede. Una vez Dee Dee ha terminado, un sorprendido Dexter reconoce que no ha estado tan mal. Ambos se van por su lado. Fin. No existe una sola serie en el mundo que trabaje con tramas como ésta y juegue de tal forma con la ausencia de chiste y con la narración en suspenso. Y gracias a esto tenemos cortos tan memorables como The Big Cheese (es decir, Omelette Du Fromage) o A Hard Day’s Day (qué día tan bonito para la ciencia). ¿Mi favorito? El del café. Siempre el del café.

El laboratorio de Dexter demostró en multitud de ocasiones la capacidad de inventiva del Ruso Chiflado y su equipo. El mejor ejemplo de ello fue el episodio Dexter And Computer Gets Mandark!, con aspecto de haber sido escrito, dibujado y narrado por un crío de seis años… porque fue escrito, dibujado y narrado por un crío de seis años que ganó un concurso propuesto por Tartakovsky y compañía. Éste fue uno de los últimos episodios, en una época en la que, tras dos temporadas, el Ruso Chiflado ya tenía su corazón puesto en un nuevo proyecto que andaba dando vueltas por su cabeza, una serie de acción, humor y artísticamente compleja (en sus propias palabras) sobre un guerrero samurái enviado a un futuro distópico por el que vaga en busca de un método de volver a su hogar… y destruir el futuro de Aaaaakuuuuuuu. Un proyecto como este exigía una dedicación total, y el Ruso Chiflado dejó definitivamente Dexter para concentrarse en Samurai Jack. Si hubiese sido James Cameron, podría haberlo hecho todo a la vez.

Si no contamos la genial TV movie de cierre, Viaje al ego, el último episodio de El laboratorio de Dexter fue Last But Not Beast, un grandísimo kaiju que por primera vez ocupaba el metraje total de veintidós minutos. O al menos fue el último que vimos los mortales. Hubo uno más. Dexter’s Rude Removal sigue siendo un misterio insondable para el hombre de a pie. Sabemos que existe y conocemos el argumento, pero el corto no está en ninguna parte de la red, a no ser que realmente se componga de varios jpg estáticos de capítulos aleatorios de El laboratorio de Dexter rematados por la cara de la niña de El exorcista y un berrido a todo volumen. Esto se debe a que fue un corto producido de puertas para adentro, como broma entre el equipo y jamás pensado para su emisión. Los únicos que lo han visto alguna vez fueron los afortunados asistentes a un par de conferencias en 1998. Pero ¿por qué? En el episodio, Dexter crea un aparato capaz de extraer la mala educación de las personas y que por accidente crea clones de Dexter y Dee Dee que son todo malas maneras. La trama completa apunta a un episodio de Dexter en toda regla… con la única diferencia de que hay una concentración aproximada de diez fucks por minuto saliendo de la boca de Dexter y Dee Dee, entre otras palabrejas. Es decir, que los clones malhablados de Dexter y Dee Dee son REALMENTE malhablados, algo así como un Joe Pesci en mitad de un atasco con un disparo en la pierna y su mujer de parto en el asiento trasero. De hecho, y si mis fuentes son correctas, en un momento Dee Dee llama a Dexter SKULLFUCKING DOUCHEBAG, increíble expresión que no concibo escribir en minúsculas y con la que Eric Cartman no podría haber dado ni en sus mejores sueños. Sí, lo sé, yo también pagaría por verlo. Quizá algún día.

La decisión del Ruso Chiflado de terminar con Dexter animó a sus más importantes colaboradores a volar solos y sacar adelante sus propios proyectos. En 1998, coincidiendo con el final de Dexter, Craig McCracken se lió a convertir en una serie su antiguo proyecto universitario sobre tres niñitas con cabeza de bicho que salvan al mundo antes de irse a la cama, y Seth McFarlane se largó a Fox para producir una serie sobre una familia con un bebé psicópata y un perro que habla que no sé si os sonará. De los otros, muchos se fueron con el Ruso Chiflado a Samurai Jack. Sin embargo, por mucho que el Ruso Chiflado hubiese acabado con Dexter, por mucho que algunos de los más importantes colaboradores de la serie se hubieran ido a dedicarse a sus propios asuntos, por mucho que Dexter se hubiera quedado totalmente huérfano, Cartoon Network tenía planes muy diferentes. Sí, sería más correcto decir “los ejecutivos de”, pero hablar del canal como si fuera una persona es bastante más divertido.

En 2001, dos años después de que Dexter pateara el culo a Mandark por última vez, Cartoon Network puso en marcha de nuevo la producción de El laboratorio de Dexter. El entusiasmo de los fans ante la Segunda Venida se desinfló como un globo y dio paso a la más rabiosa ira cuando descubrieron con gran estupefacción que estos episodios… eran otra cosa. No eran el Dexter que conocían. Ni siquiera aparecía el nombre del Ruso Chiflado por ningún lado. ¡Era un claro caso de producción apócrifa! Desde entonces, esta segunda etapa, que duró dos temporadas más (pero en conjunto mucho más corta que la segunda temporada original por sí sola), es tristemente famosa por haber destruido el legado de una de las mejores series de televisión de los noventa y por provocar convulsiones en el seguidor de dibujos animados de a pie con su sola mención, aparte de por variados crímenes contra la humanidad y la mayoría de males sobre la Tierra. Después de todo, resultó que la culpa de todo no la tuvo Yoko Ono.

Pero, ¿realmente son tan malos los nuevos episodios de El laboratorio de Dexter? Os voy a decir la verdad, lo que más me interesa de esta entrada es la parte de los episodios nuevos, sobre los que se ha profundizado poco más allá de sonidos guturales de odio y farfulleos incoherentes. De hecho, la entrada iba a ir inicialmente sólo de esto, hasta que la introducción y el epílogo lacrimógeno se me alargaron y pensé “ya qué más da, total, de lo que más se quejan mis lectores es de que las entradas no son lo suficientemente largas”. Retomemos el hilo: el grueso de los fans dexterianos señala a la marcha del Ruso Chiflado como la razón principal de la decadencia, dejando la serie al cargo de un puñado de ineptos que no comprendían la idiosincrasia de la serie y la convirtieron en algo totalmente distinto. Esto no es cierto del todo. De acuerdo, el Ruso Chiflado huyó a Tijuana. De acuerdo, la serie quedó al cargo de un equipo que convirtió a la serie en lo que no era. De acuerdo con todo eso. Pero no se trataba de un rebaño de incompetentes ajenos a la serie. De hecho, teóricamente Dexter quedó en buenas manos. Al frente de los nuevos episodios se puso a Chris Savino, Robert Álvarez y John McIntyre, entre otros. Los dos primeros ya habían desempeñado tareas de dirección mano a mano con el Ruso Chiflado en la primera etapa de la serie, y se habían encargado frecuentemente del storyboarding de los episodios; por no hablar de su participación en tareas de dirección artística en Samurai Jack. McIntyre, por su parte, aunque dirigió junto al Ruso Chiflado algunos episodios aislados de Dexter, fue en Las Supernenas donde su nombre aparecía con más frecuencia en los créditos, habitualmente como director junto a McCracken. Estos tipos eran la fracción del equipo original que no se fue a Samurai Jack, a Las Supernenas o a Padre de familia. ¿Cómo se explica entonces el radical cambio en la serie? No es que esta gente no supiera de qué iba El laboratorio de Dexter, es que deliberadamente quisieron crear un nuevo Dexter, que no lo reconociera ni su padre (y ya sabemos que una etiqueta en la frente que diga “Dee Dee” basta para confundirle).

La tercera temporada de Dexter llegó llena de cambios y novedades, palabras que uno tiende a leer con un tono entusiasta y alegre bastante alejado de lo conveniente. Pocos cambios, por no decir ninguno, fueron a mejor. Y lo peor que nos trajo la tercera temporada fueron con diferencia los guiones. Como ya comenté antes, El laboratorio de Dexter original había creado un lenguaje propio y único que apestaba a genialidad por todas partes y que el nuevo Dexter tuvo la osadía de tirar por la borda y sustituir por un puñado de tramas predecibles, convencionales y, peor aún, intercambiables con cualquier otra serie mediocre de dibujos animados. Para empeorar la cosa tenemos la simiesca decisión de alterar el eficaz sistema de tres episodios de siete minutos por una extravagante combinación de dos episodios de nueve minutos con uno de tres intercalado. Los largos se hacen eternos (cosa que no pasaba con los pocos episodios de duración extra de las temporadas originales), y el corto no da para contar nada.

La dirección artística de la tercera temporada de Dexter fue obra de David Smith, storyboarder en las dos temporadas anteriores. En la tercera temporada de Dexter este tipo demostró que aunque apuntaba maneras, la tarea de responsable principal del apartado visual de la serie le venía grande. Él es el culpable de esos fondos vanguardistas, inusualmente bidimensionales y de característico aspecto desafiante ante la lógica espacial y de perspectiva; muy probablemente inspirados por el inconfundible trabajo de Mary Blair en la Disney de los cincuenta. El concepto es bueno, como demostraron Scott Wills y Dan Krall paralelamente en Samurai Jack, pero donde Wills y Krall triunfaron por su sabiduría en el uso del color y la iluminación, Smith fracasó por culpa de una paleta de colores más ingrata a la vista que Gary Busey.

Sin embargo, a día de hoy sigo sin haber averiguado si es a él a quien se deben los cambios radicales en el aspecto de los personajes. No nos engañemos, gran parte del sector fan de Dexter que reniega de la segunda etapa de la serie lo hace por cuestiones mucho más superficiales que las variaciones en el tipo de humor que maneja con respecto al estilo clásico de Dexter; ni siquiera son los escenarios los que chirrían para ellos. Lo que odian es lo primero que salta a la vista cuando uno se acerca inocentemente a uno de estos nuevos episodios: ¡los personajes tienen una pinta diferente! No es sólo que la animación sea ahora más compacta y mecanizada, sino que el diseño de los personajes también parece haber pasado por ese raro filtro. Dexter parece más pequeño y semejante a un cuadrado que nunca, Dee Dee tiene los ojos y las coletas más grandes y su cara ha dejado de deformarse en función de sus expresiones, y las proporciones de Papá y Mamá han sido drásticamente alteradas. Si no me gustaran los nuevos diseños, diría que el mejor adjetivo para definir el nuevo aspecto y movimientos de los protagonistas es “abigarrado”, pero como sí me gustan, afirmo que los personajes se estilizaron notablemente con la nueva etapa. Y nos guste o no, no tiene sentido negar que el nuevo aspecto de los personajes encaja mejor con la noción general que tenemos del “estilo Cartoon Network” que el de la primera etapa, en la que aún eran claramente visibles las raíces de tradición hannabarberiana que manejaba el Cartoon Network más clásico (y que jamás fue más evidente que en Johnny Bravo, una puesta al día en toda regla de los diseños característicos de los duques de la animación limitada norteamericana). La polémica suscitada por la nueva etapa de Dexter viene motivada casi por completo por los cambios en el diseño de los protagonistas, muy por encima de la renovación total de la dirección artística de la serie. La prueba está en que Las Supernenas pasó por el mismo proceso de renovación poco después que Dexter (para mantener coherencia con el aspecto depurado de la película de 2002), pero al no introducir cambios sustanciales en el aspecto de los personajes apenas hubo quejas al respecto. La nueva etapa de Las Supernenas era básicamente igual que la anterior, sólo que con una dirección artística más cuidada, diseños más uniformes y una mayor fluidez en la animación.

Los personajes, antes y después del rediseño de la nueva etapa. Clickear en la imagen no estaría de más.

La tercera temporada supone el punto más bajo de la serie, con una proporción preocupante de capítulos realmente infumables, como ése en el que Dexter descubre que la Luna está hueca, el del tío irlandés de Dexter que hace magia o mi odiadísimo Lab On The Run, en el que dos robots huyen del laboratorio y hacen el gilipollas por ahí durante nueve minutos eternos. Otros son tan extraños que no sé qué sensaciones despiertan en mí, como esa cosa estrafalaria en la que Dee Dee y Coosie se enfrentan a un príncipe espacial salido de las páginas de un manga, o cómo no, Go Team Dexter Go!, en el que una raza extraterrestre secuestra a toda la familia de Dexter y se ven envueltos en una aventura en la que Papá y Mamá descubren la existencia del laboratorio secreto. Y aunque no equilibre precisamente la balanza, también tenemos alguna joyita aislada, como Silent Cartoon, una parodia estupenda (y muy coherente) del mejor y más famoso corto de la Pantera Rosa, The Pink Phink.

Los fans son una amante rencorosa. Con Dexter defenestrado por todos sus seguidores, era previsible que el paso de la tercera a la cuarta temporada jamás atrajera la atención de nadie, cuando lo cierto es que supone una notable mejora de las nuevas andanzas del niño genio. A nivel narrativo prosigue la estela de la tercera temporada, pero volviendo al formato de cortos de siete minutos de las dos primeras temporadas (ni demasiado largos, ni demasiado cortos) y con tramas mucho más conseguidas. Y en lo que se refiere a la dirección artística, tenemos un cambio importante: Paul Stec toma el relevo de David Smith a los mandos del timón y es lo suficientemente inteligente como para coger los méritos del trabajo de su predecesor (esto es, los fondos deliberadamente planos, esquemáticos y casi abstractos por momentos) y aunarlos con la calidad y la belleza de los escenarios de Wills y Krall para Samurai Jack. Ahora sí, los backgrounds se combinan con unos colores realmente bonitos, que dan a la serie un aspecto inmejorable. Los fondos de la primera etapa eran funcionales, pero también carentes de personalidad; así que yo diría que en este sentido la cuarta temporada de Dexter es el mejor momento de la serie. Otro cambio fácil de notar es que las entradillas de los episodios vuelven a ser individuales y temáticas con respecto a la trama; dejando atrás la cosa rara aquella de las entradillas de la tercera temporada con Dexter en una burbuja alternando entre dos poses.

A la izquierda, un par de escenarios en la tercera temporada. A la derecha, los mismos en la cuarta. Pinchad en la foto, pinchad.

Los episodios de esta temporada son muchísimo más divertidos, constituyendo un modelo depurado de Nuevo Dexter bastante potable. En esta temporada encontramos varios episodios que parecen remakes de otros de la época de Tartakovsky, como Monstrosi-Dee Dee, o Remember Me?; así como un par de parodias geniales, como The Lab Of Tomorrow (basado en la serie de cortos de Tex Avery sobre la vida en el futuro) y sobre todo, el enorme Dexter’s Wacky Races.

En cualquier caso, la segunda etapa de la serie trae consigo algunos nuevos elementos que ya forman parte de la imaginería general de la serie. Curiosamente, el que sale mejor parado de todo esto es Mandark, que se llevó la mejor parte en la renovación y lo cierto es que ganó puntos enteros con la puesta al día. Su diseño no sólo es alterado, sino que es brutalmente mejorado; y todo lo que respecta a su vida más allá de su rivalidad con Dexter es concretada en un puñado de ideas hilarantes, incluyendo a sus padres hippies y su nombre auténtico, que cambia de “Astronovinov” al traumatizante “Susan”. Sin embargo, lo mejor de todo tiene que ver con el rediseño de su laboratorio, apunte introducido en Viaje al Ego bajo la dirección del Ruso Chiflado pero ampliamente desarrollado en las dos temporadas subsiguientes. Del impersonal laboratorio de las dos primeras temporadas (básicamente el de Dexter con una Estrella de la Muerte) pasamos a un escalofriante escenario extrañamente semiorgánico y de tonalidades infernales, como una especie de H. R. Giger cartoonizado que ya es un icono de la serie.

El Ruso Chiflado volvió para dirigir un corto más en 2002, Chicken Scratches, con lo que el círculo se cierra. Se proyectó en los cines antes de la peli de Las Supernenas, y constituye una auténtica rareza dentro de la serie, con diseños más exagerados que nunca, la locura llevada al límite y una escena que demuestra las ganas de experimentar del equipo. La animación es perfecta, la mejor que ha tenido nunca un corto de Dexter, y los fans puristas podrán observar que la dirección artística bebe de la de Paul Stec para la cuarta temporada (preciosa de nuevo). Ojalá saliesen Mamá y Papá para ver si mantienen sus nuevos diseños o vuelven a los originales de la primera etapa. Chicken Scratches muestra lo que podría haber sido El laboratorio de Dexter si el Ruso Chiflado hubiese estado al frente de la renovación de 2001.

Tras Dexter, la carrera de Genndy Tartakovsky (para no olvidar cómo se llama en realidad) discurrió pletórica… en el plano artístico. Tampoco es que no se comiera una rosca, pero nunca llegó a salir de cierto estatus de culto. Ninguna de sus series posteriores ha ganado la inmensa popularidad de Dexter, la cual ya de por sí nunca ganó alcanzó la categoría de fenómeno de masas que sí fue Las supernenas (aunque ya sabemos que aquí el merchandising tuvo mucho que ver). Pero casi mejor así. Resulta deprimente ver cómo Pétalo, Burbuja y Cactus han quedado reducidos en el recuerdo de la gente a lámparas, cuadernos y mochilas, en vez de mantenerse como la genial vuelta de tuerca a la mitología superheroica que es. Los relativamente pocos seguidores de la carrera del Ruso Chiflado recuerdan sus series justamente por lo que son; y en cualquier caso, su fama menor no corresponde a su calidad. Además, como ya sabemos todos, si lo conociera mucha gente ya no sería tan bueno.

Samurai Jack se desarrolló paralelamente a la nueva y apócrifa etapa de Dexter, precisamente con muchos de los artistas que se fueron con el Ruso Chiflado de la serie (Robert Álvarez trabajó simultáneamente en el nuevo Dexter y en Samurai Jack). Samurai Jack es, por encima de todo, una serie para amantes del arte de la animación, y la serie más valiosa del Ruso Chiflado en este sentido. Partiendo de una premisa a lo Ronin y con la ingeniosa excusa del futuro distópico de aspecto ecléctico (la china milenaria, el lejano oeste, el Chicago de los gangsters, el antiguo Egipto, mundos de fantasí­a, cementerios, ciudades mecánicas, campos, selvas… todo coexistiendo), el Ruso Chiflado y su equipo experimentan episodio tras episodio con diferentes influencias artísticas y culturales, haciendo que cada uno de los capítulos sea único en sí mismo, diferente al anterior y al siguiente, a la vez que una pieza coherente dentro de un todo, gracias a una dirección artística muy definida y unos diseños inconfundibles que traducen al universo de Samurai Jack influencias iconográficas tan dispares como Al Hirschfield, el Frank Miller de 300 y el de Sin City, el Dr. Seuss, Lupin III, el cine cómico mudo, Blade Runner, Miyazaki, los cuentos de hadas o la space opera. La experimentación con la paleta de colores, la iluminación, las siluetas y la composición del plano son una constante de la serie, e incluso se juega con la anchura del plano a conveniencia de la acción, de un modo similar a la plasticidad de la viñeta en el cómic. Samurai Jack duró cuatro temporadas (cincuenta y dos episodios, exactamente los mismo que El laboratorio de Dexter original), de 2001 a 2004, siendo cancelada prematuramente y quedando abierta a la espera de que llegue de una puñetera vez la película que de un final digno al viaje de Jack.

En 2003 llegó Las guerras clon, encargo de George Lucas tras aficionarse a Samurai Jack (y a los gofres) en los descansos entre cada puñalada digital a la trilogía clásica, y concebido para rellenar huecos entre el Episodio II y el III (luego llegarían las Guerras Clon en CGI para rellenar los huecos entre Las guerras Clon originales y el Episodio III, y probablemente tendremos alguna serie más para rellenar las pocas grietas que queden entre las nuevas Guerras Clon y la película). Se trataba de un proyecto con principio y final definidos y un marco muy peculiar en el que operar: veinte capítulos de tres minutos. Las guerras clon quizá sea la serie menos buena del Ruso Chiflado, pero aún con todo sigue siendo un interesantísimo experimento de síntesis y contención argumental con una dirección artística inmejorable y los mejores alter ego animados que jamás tendrán los personajes de La guerra de las galaxias en toda su sufrida existencia. En Las guerras clon repitieron prácticamente todas las figuras importantes en la producción de Samurai Jack (Wills, Krall, Paul Rudish…), equipo que se mantendría tanto en la segunda tanda de episodios que Lucas encargó al Ruso Chiflado un año después del final de la primera como en el siguiente proyecto de nuestro hombre, que tuvo que esperar seis años para ver la luz.

Sym-Bionic Titan quedará posiblemente en el recuerdo del Ruso Chiflado como una experiencia frustrante. En los seis años que hubo entre Las guerras Clon y la nueva serie, el Cartoon Network para el que creó sus grandes obras había desaparecido, viéndose sustituido por un canal decadente obsesionado por producir como churros series de animación digital lo más baratas y rentables posibles, en el que ya no quedaba sitio para artistas como el Ruso Chiflado. Pero como las mentes de los malvados ejecutivos son poco menos que esquizoides, éstos dieron luz verde al nuevo proyecto de nuestro amigo, que como es de suponer no se adaptó a los burdos cánones del nuevo Cartoon Network y como también es de suponer, no encajó muy bien en el canal. Sym-Bionic Titan seguía las peripecias de una princesa galáctica, su guardaespaldas y un robot que huyen de la destrucción de su planeta haciéndose pasar por estudiantes de instituto en la Tierra; y fue creada como un homenaje al mechanime setentero tipo Mazinger Z a la vez que una comedia adolescente a lo John Hughes. Una vez más, estamos ante una serie concebida como carta de amor al arte de la animación, precisamente lo que no era ninguna de las series entre las que intentaba destacar. Y lo pagó caro. Tras veinte episodios, Cartoon Network decidió que era más rentable mantener cualquiera de sus series sustentadas en el merchandising antes que cualquier cosa con pretensiones artísticas y dio carpetazo a las aventuras de Ilana, Lance y Octus. Al igual que Samurai Jack, Sym-Bionic Titan terminó dejando su relato a medias, sólo que el viaje de Jack duró cincuenta y dos episodios mientras que el nuevo apenas había empezado su prometedor recorrido. Sym-Bionic Titan es una serie fantástica que explora terrenos parecidos a los de Las guerras Clon de una forma menos experimental pero con más éxito. De hecho, estamos ante la serie menos experimental del Ruso Chiflado, si descontamos algún episodio aislado en el que los artistas exploran sus inquietudes artísticas y narrativas más intrincadas. La combinación de humor y acción está mucho más conseguida que en Las guerras clon, los personajes remiten deliberadamente a arquetipos clásicos (la chica inteligente y positiva, el chico fuerte y aprensivo) a la vez que resultan carismáticos, y la integración de animación tradicional y digital ha sido increíblemente mejorada, con ese Titán Simbiónico diseñado por Rudish como pieza más evidente. El fantasma del anime está presente en cada plano, ya sea en la constante presencia de tópicos mechanime, en esas sutiles reminiscencias de Tezuka en los diseños de los personajes (esos ojos…) o qué puñetas, en el personaje de Solomon, absoluto homenaje a Hellsing y al shinigami en general.

Si ya Sym-Bionic Titan llegó tras muchos años de silencio (en este tiempo, nuestro hombre se dedicó a tareas como el storyboarding de Iron Man), temo que la mala experiencia con ésta vaya a retrasar aún más el regreso del Ruso Chiflado con una nueva propuesta, y más cuando ahora está liado con una película en CGI de la que sabemos aún muy poco, salvo que se llama Hotel Transilvania, que no es más que un miserable encargo que ya ha pasado por las manos de cuatro o cinco directores y que el reparto lo forma una de mis peores pesadillas en vida. Aterrado me hallo. Amigo Genndy, sé que tras un artículo entero llamándote “Ruso Chiflado” lo  más seguro es que me mandes a tomar viento, pero voy a pedirte un favor: deja de hacer películas a no ser que quieras retomar el final Samurai Jack y vuelve a la tele, porque el panorama televisivo animado actual da poco menos que asquito. La tele te necesita.

5 comentarios to “El laboratorio de Genndy”

  1. Hempfreud 27/10/2011 a 14:45 #

    Genial. No se muy bien que decir, salvo que he recordado buenos tiempos y que me parece un análisis muy acertado. Me voy a bajar Samurai Jack, que no la he visto entera.

  2. pijon 13/11/2011 a 1:26 #

    q buelva titannn mierda!!!!!!!!!!!!!!!!!!

    • Roberto González 20/01/2013 a 21:07 #

      Si bien no he visto toda la serie de cabo a rabo (no porque no quisiera, sino porque la seguía en televisión hasta que me quitaron la Cartoon Network y más recientemente sólo la he pillado a trozos en Boing) y a pesar de mi admiración por Genndy Tartakovsky estoy de acuerdo en que los episodios producidos en su ausencia no son tan malos.

      De hecho voy aún más lejos y digo que no he visto ningún episodio de esta serie que me haya disgustado seriamente, aunque quizá me perdí los peores. Incluso Go Team Dexter Go! me pareció aceptable. Y no había visto ese homenaje a la Pantera Rosa pero lo he encontrado brillante. Monstrosi-Dee Dee también me parece fantástico. Curiosamente no me gusta mucho Chicken Scratches, no le pillo el punto a su absurdo argumento y aunque la animación es chula creo que casi me gustan más las poses habituales.

      Es posible que me perdiera algún episodio malo, pero creo que Las Supernenas decayeron muchísimo más en su última etapa. Casi todo lo que he visto de Dexter mantiene el carisma de los personajes y el deseo de innovar visual o argumentalmente. Mi serie favorita de animación junto a Los Simpson y Ren y Stimpy, si hablamos de series y no contamos cortometrajes clásicos como los Looney Tunes.

      • sualef98 26/05/2015 a 15:21 #

        Estoy de acuerdo con lo que comenta usted, Sr. Holmez, yo tampoco he llegado a ver ningún episodio de esta serie que fuese realmente malo, incluso de la etapa “Anti-Tartakovsky”. Igual me habré perdido alguno de los peores, pero por lo general, las 2 últimas temporadas de la serie conservan bastante bien el carisma de sus personajes y esas ganas de innovar visual y argumentalmente (al menos en lo visual, que por momentos, esos fondos abstractos recuerdan a algún que otro cortometraje de la UPA, como Gerald McBoing Boing), lo cuál acaban saliendo más que airosos sus responsables, y verdad que se mantuvo mejor Dexter que Las Supernenas, aunque de estas, en su última etapa, hubo algún que otro capítulo con interés. Yo el corto de Chicken Scratches, por otra parte, lo encontré bastante divertido para cuando lo ví, se podría decir que fue un buen cierre para la serie. En fin, sin duda alguna, una de las mejores series de animación de los últimos 25 años, y de mis favoritas junto con las otras que mencionas, Ren y Stimpy y Los Simpson, siempre y cuando hablemos de series animadas de TV.

  3. gabriel ochoa 04/02/2015 a 4:50 #

    gracias por tu explicación hace tiempo me venia preguntando que fue lo que paso con la serie de verdad lamento que haya terminado y cuando vi la nueva versión de los personajes los odie de inmediato, pues sabes que estéticamente sen parecidos pero la esencia no es la misma solo vi uno o dos cap de de dexters lab en su ultima versión ya que no fue de mi agrado.. nada como la original

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