Ricky Gervais, enanos y Globos de Oro (y una tienda de fideos chinos)

15 Ene

Hace más o menos un año, Ricky Gervais se volvió famoso. Bueno, no, miento, famoso era antes. Hace un año se volvió masivo. Desde que empezó su andadura mediática en 2001 con The Office, Ricky Gervais nos mostró un modelo de comedia peculiar y mucho más contundente y reflexivo de lo que podría parecer a simple vista, ya que cada sketch ideado por él llevaba implícita la lección de que no todo chiste sobre racismo es un chiste racista. Cómo no, quien dice racista dice misógino, de mal gusto u ofensivo en cualquier sentido. Se trata de una visión inteligentísima que hoy, más que nunca, urge que penetre en demasiadas cabezas duras obsesionadas por la corrección política, ese cáncer social totalmente carente de sentido que acorrala y demoniza las opiniones más valiosas y ensalza las más absurdas. Era dudoso que si algún día Ricky Gervais llegaba a convertirse en un auténtico fenómeno de masas de la comedia los motivos fueran éstos. La explosión de Gervais llegó el año pasado, en la ceremonia de los Globos de Oro de 2011. Su recital no fue sino otra muestra de su estudiada forma de hacer comedia (un poco más desatada y deliberadamente polémica de lo habitual), pero por supuesto y para no variar, su calado en la masa fue bastante superficial. Todo el mundo se quedó con la cara y las formas de ese tío tan polémico que cuestionó en directo la sexualidad de Tom Cruise y puso de vuelta y media a la mitad de Hollywood. Ohú, tío, no veas cómo se pasa, es un Dios. Cómo mete caña.

Y hete aquí que yo empecé a cansarme de Ricky Gervais justo entonces.

Esto es lo que pensáis que soy yo en este preciso instante.

Soy un elitista, un snob, un pomposo, etcétera. Con una sola frase he dado a entender con odiosa superioridad que ya conocía el trabajo de Ricky Gervais antes los Globos de Oro y que ahora que le gusta a todo el mundo soy tan guay que he decidido cambiar a modo escéptico. Soy un payaso pedante y pretencioso. Hala, ya he ahorrado el trabajo a bastante gente. Ahora seguiré hablando para los que quedan. Los motivos por los que mi entusiasmo por la figura de Gervais empezó a disiparse pueden dividirse en dos tipos: los que le atañen a él y a su comedia y los que atañen a la odiosa masa (entre los que incluyo a los despreciables lectores de este blog). Los segundos son fáciles de explicar, pero curiosamente parecen tremendamente difíciles de entender: está todo el día oyendo hablar de algo termina por quemar a uno. La gente no tiene mesura; o pasa tres kilos de X y se cierra en banda a saber de su existencia o delira como si nada en toda la corteza de este planeta fuera mínimamente comparable a la excelencia que X destila por todos sus poros. Dudo que en cualquier circunstancia llegase a sentirme entusiasmado por cualquiera de los amagos de canción de esa señora que se viste con filetes o pantallas reflectantes, pero desde luego lo veo improbable si me machacan con ellas en casa, en la calle, en la clase, en el coche o en el barco (como diría Bender). No es que Ricky Gervais se haya convertido en un fenómeno desproporcionado a la altura de Lady Payasa, ni que la gente haya empezado a saludarse por la calle con un sonoro “Are you having a laugh? Is he having a laugh?”, así que tampoco puedo estar TAN quemado de un tío que, más allá de todo eso, me encanta desde hace bastante tiempo. El verdadero problema es que si bien la popularidad de Gervais en el espectro social ha aumentado exponencialmente, poca gente ha llegado a ver más allá del asunto de “ese tío que da estopa a todo Dios”. El mundo es un lugar lúgubre y oscuro en el que ninguna mención a Gervais va más allá de lo bruto que es metiéndose con la gente. Estamos ante un genio de la comedia por motivos que ya he expuesto por ahí arriba, un tío que ha dado proyección internacional a unos principios necesarios que muchos compartimos (y eso es algo que le agradeceremos eternamente), pero la gente sólo parece celebrar sus chascarrillos pasados de rosca.

Lo mejor que ha hecho Gervais (y Merchant) en su vida.

Pero por cansina que sea la gente, los motivos de mi cansancio que ahora más me interesan son los que tienen que ver con el propio Gervais. Desde los últimos Globos de Oro empecé a ver síntomas, empezaron a surgir cosas raras y cambios en mi percepción del amigo Gervais. La primera de todas fue, ante la explosión mediática que rodeó a Gervais en aquel momento, una pregunta muy sencilla en mi cerebro: “¿Y qué pasa con Merchant?”. Está claro que todo lo que ocurrió en aquella gala, lo bueno y lo malo, había que atribuírselo únicamente a Gervais. Pero lo que me desconcertaba era que cuando las menciones iban más allá de la actuación de nuestro hombre en la ceremonia y empezaban a hablar de su carrera en el mundo de la comedia, nadie parecía acordarse de que aquella forma única y exquisita de hacer comedia de la miseria humana había sido el fruto de la mente de dos personas. Gervais y Stephen Merchant se conocieron en 1997, si Wikipedia no me miente; y fue la forma en la que ambos se complementaban mutuamente lo que dio lugar a la ahora tan famosa “comedia de la vergüenza ajena” que injustamente asociamos a la figura de Gervais en solitario. The Office es el fruto del trabajo de Gervais y Merchant, y otro tanto ocurre con Extras y Life’s Too Short. No diría lo mismo con todos los productos Gervais/Merchant relacionados con la figura de Karl Pilkington. The Ricky Gervais Show y An Idiot Abroad sí que parecen una gigantesca broma salida de la mente retorcida de Gervais, en la que Merchant colabora encantado movido por una especie de extravagante interés antropológico por ese indescriptible idiota con cabeza de melón que es Pilkington. De hecho, acerca de An Idiot Abroad Merchant ha asegurado en muchas ocasiones que, si bien Gervais quería mandar a Pilkington alrededor del mundo para divertirse a costa de un idiota etnocéntrico que las pasa putas rodeado de culturas que no entiende, lo que a él le interesaba de la idea era comprobar si su teoría de que viajar abre la mente y anula prejuicios era aplicable a un tipo como Pilkington.

Lo segundo mejor que ha hecho Gervais (y Merchant) en su vida.

En la pareja formada por Gervais y Merchant siempre ha parecido haber un consenso en el que Merchant acepta encantado que Gervais sea la cabeza visible. Todo esto es pura suposición, claro, pero de la forma de trabajar de ambos parece desprenderse esta realidad. Ambos trabajan por igual en los proyectos, pero Merchant parece un tipo discreto por naturaleza que acepta ser visto como “el complemento” al ego masivo de Gervais, que por su parte se divierte siendo el centro de atención y mostrando su cara al mundo. Siempre lo he visto así, y nunca me molestó cuando esto no parecía afectar a la calidad de sus producciones. Gervais y Merchant crearon juntos The Office, la mejor comedia de la década pasada (la original británica, no el remake con Steve Carell), y Gervais se reservó el papel protagonista mientras que Merchant hizo un cameo en un episodio. Luego crearon Extras, en la que Gervais fue de nuevo el protagonista y Merchant se hizo con un papel secundario recurrente (y genial). No es de extrañar que Gervais sea de los dos el que todo el mundo recuerda, sobre todo por su ruidoso, impresentable, arrogante y en consecuencia imposible de olvidar David Brent de The Office. Pero cuando uno ve Extras, en la que Merchant tiene más espacio para desplegar su talento delante de la cámara, uno se pregunta por qué esta injusta forma de repartir los focos. Detrás de la cámara ambos parecen funcionar de una forma parecida, pero delante ambos hacen memorables a sus personajes por vías completamente distintas, y eso es algo a explotar. Por no hablar de las situaciones hilarantes derivadas de enfrentar a dos tíos tan distintos (físicamente y en su forma de interpretar) en pantalla. Sin embargo, cuando a finales de 2011 (seis años después de Extras) se estrena la siguiente serie de ficción de la pareja, Life’s Too Short, nos encontramos con un paso atrás. Y es entonces cuando se confirma que el ego de Gervais está descontrolado, y ya de una forma que no tiene gracia.

Lo tercero mejor que ha hecho Gervais (y Merchant) en su vida.

Conviene hacer notar que Life’s Too Short ya está realizada dentro del año 1 de la Era Gervais, que empieza con los Globos de Oro de 2011. En este tiempo Gervais ha ido dejando de ser un cómico de aspecto gordinflón para… adelgazar. Sí, ya, eso ha sonado absurdo e irrelevante, pero el caso es que Tim Allen y Tom Hanks no iban tan desencaminados. Ahora que Gervais ya no está gordo, ha superado la última frontera, y encima se empeña en demostrarnos a todas horas lo bien que se ha quedado. En un capítulo de Extras, Andy Millman (Gervais) se presenta a una audición haciendo el ridículo más espantoso, escondiendo una faja bajo su ajustada camiseta y caminando como si a cada paso quisiera demostrar lo petado que está. Ahora Ricky Gervais actúa así todo el tiempo. No hay más que ver Life’s Too Short. En esta serie, tanto Gervais como Merchant se interpretan a sí mismos a modo de personajes secundarios, atendiendo pacientemente a Warwick Davis cada vez que el enano les aborda en su despacho. Y en fin, es doloroso ver a Gervais apoyado sobre la mesa con todo el cuerpo y los brazos tensos, preocupado por mostrar su nueva y mejorada constitución física en cada plano y procurando no mover más que la boca, como si de un personaje de Padre de familia se tratara. Sí, Ricky Gervais se ha convertido en David Brent.

Lo cuarto mejor que ha hecho Gervais (y Merchant) en su vida.

Life’s Too Short es de por sí otro síntoma. Aunque me joda decirlo, la serie es mala. Podría enumerar un montón de defectos (acabaré haciéndolo), pero creo que el más importante ya es suficientemente grave de por sí. Veamos. En la serie, Warwick Davis (interpretándose a sí mismo, o a una versión ficcionalizada de sí mismo), desesperado por resucitar su maltrecha carrera cinematográfica, abre una agencia de contratación de actores enanos mientras lucha por encontrar de nuevo su hueco en la industria. Y lo peor de toda esta premisa es que el dato de que Warwick Davis sea un enano apenas tiene relevancia. Este Warwick ficticio se ha construido como un cruce entre los personajes de Gervais en The Office y Extras. David Brent es un arrogante patético que intenta destacar del resto terminando por ponerse en evidencia y que encima trata de recuperar su maltrecha dignidad echando la culpa a los demás; y Andy Millman tiene que lidiar con desconcierto y paciencia con la estupidez de la gente que le rodea. Warwick Davis no es más que una versión enana de uno u otro despendiendo del episodio o de con quién trate. Lo que debería ser el punto principal, es decir, que es un enano, podría ser sustituido por cualquier otra. La serie sigue girando sobre los temas de hipocresía social habituales de la pareja, pero sólo en el quinto episodio (el mejor de largo, el que constituye todo lo que la serie debería ser) la aplican al tema de la gente pequeña de una forma que no parezca intercambiable con cualquier episodio de Extras. Porque claro, por culpa del asunto de la agencia de contratación de enanos la mayor parte de la atención se la lleva el absurdo que rodea al mundo del espectáculo, algo ya visto y mejor tratado en Extras. Quizá una serie centrada en un enano anónimo habría servido mejor a los propósitos de Gervais y Merchant, que por el contrario se pierden en asuntos ya vistos en Extras con el formato de falso documental de The Office. Warwick Davis, por su parte, hace un flaco favor a la serie. La autodenominada “estrella de Willow” fracasa como protagonista; se limita a intentar ser un Gervais de un metro de altura, copiándole tics y expresiones y dejándose por el camino cualquier atisbo de carisma. ¿Y los secundarios? Inanes, a años luz por detrás de nombres tan memorables como Tim, Gareth o Maggie, que eran unos personajes tan bien escritos y tratados, tan humanos, que les bastaba un par de frases y un solo episodio para definirse a sí mismos y resultar memorables. Aquí, en cambio, tenemos a la secretaria de Warwick, cuya única característica es ser estúpida hasta la estulticia; y al contable, que sale tan poco que no merece la pena ni mencionarle. Ambos son burdas caricaturas que recuerdan vagamente a rasgos de otros personajes mucho mejores que ellos.

Lo puto peor que ha hecho Gervais (y Merchant) en su vida.

Aunque esto también afecta a Merchant, es de Gervais de quien estamos hablando aquí, y de por qué cada vez me entusiasma menos. Con Life’s Too Short Merchant me decepciona por primera vez (es lo que tiene quedarse en la sombra, las decepciones no son tan grandes ni frecuentes), pero Gervais no. Tras los Globos de Oro Gervais empezó a asomar la cabeza con cada vez más frecuencia, y las posibilidades de meter la pata aumentaron. Y las aprovechó casi todas. Life’s Too Short debía recuperar la mejor versión de Gervais, la de sus series y no la de sus ruidosas apariciones mediáticas; pero en lugar de eso me encontré con unos Gervais y Merchant autoparódicos (en esto tienen que pringar los dos), en una dolorosa fase de intentar parecerse desesperadamente a sí mismos que recuerda al Tarantino de Death Proof o al peor Tim Burton (ya sabemos, el fan ése de pacotilla de Tim Burton que no entiende nada y dice que Ed Wood no parece de Tim Burton, y que Sweeney Todd o Alicia sí son más de su estilo y por lo tanto mejores). Life’s Too Short, en su condición de imitación ridícula de los aspectos más superficiales de un estilo, viene casi-casi a confirmar mis peores temores: que Ricky Gervais está roto. Aún es pronto, pero que después de este mal año Gervais haya vuelto con algo de tan baja calidad como su serie de comedia enana no es una buena señal. (Y por cierto, volviendo al tema del ninguneo a Merchant, ¿por qué si saliendo los dos en igualdad de condiciones en la serie, es decir, sentados detrás de la misma puta mesa, es Gervais el único que habla y tiene diálogos con las estrellas invitadas y toda la pesca?)

Esta noche son los Globos de Oro, y mi predicción es que la actuación de Ricky Gervais no será buena. Todo lo enumerado hasta ahora se va a juntar en una pelota gigantesca que va a dar como resultado chistes forzados, exageradísimos y volcados del todo en el componente ofensivo, olvidando el ingenio del año anterior y de toda su carrera en general. La gente quiere una escabechina, y eso es lo único que Gervais les va a dar. Ya ha anunciado que va a estar twitteando entre bambalinas cuando no esté en escena, seguramente con comentarios a cada cual más forzado del anterior, todo para complacer a sus nuevos fans que sólo quieren unos cuantos insultos polémicos. Suena a triste parodia de sí mismo.

Y ahora, si me disculpáis, tengo que averiguar cómo puñetas se llamaba mi abandonada cuenta de twitter para seguir a Gervais esta noche.

3 comentarios to “Ricky Gervais, enanos y Globos de Oro (y una tienda de fideos chinos)”

  1. esteve 02/03/2012 a 21:12 #

    Antes de hablar tanto de la progresión de Gervais como humorista deberías ver sus monólogos, numerosos y muy buenos. Si los ignoras, estás ignorando una parte esencial de su trabajo.

    • Miguel Roselló 03/03/2012 a 20:03 #

      Los he visto, aunque reconozco que no tan seguidamente como su carrera televisiva. Igualmente ya no me enfrento igual a ellos, no me hacen tanta gracia como antes, aunque aquí también entra en juego mi nueva percepción del amigo Gervais, que distorsiona un poco. Lo que vienen a llamarse prejuicios, vaya, aunque no puedo evitarlo. Cada vez me cae peor.

  2. Xonsuns 29/10/2015 a 15:01 #

    Luego de leer en Octubre del 2015 esta entrada he de decirte que el Derek de Ricky Gervais (2013) es una autentica maravilla. Asi que dejamos Life’s too short como ligero tropezon (mucho menos tropezon en mi opinion que en la tuya, a mi me divierte, aunque no se puede comparar con The Office o Extras, desde luego)
    Por lo demas acabo de conocer este blog y me lo estoy pasando teta leyendo uno por uno todas tus entradas
    Un autentico placer

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