Una mañana cualquiera…

19 Abr

Una mañana cualquiera, me arrastro fuera de mi casa para enfrentarme a un nuevo día en el mundo real. Qué se le va a hacer, por poco que me apetezca, la fábrica de pasteles de crema y lencería me necesita. Voy caminando, pensando en mis cosas e intentando no mirar a la cara a ninguno de los transeúntes con los que me cruzo, no vaya a ser que conozca a alguno y tenga que pararme a saludarle y fingir que tan inesperado encuentro me congratula. Me detengo frente al mismo paso de peatones por el que cruzo cada mañana, pero esta vez hay algo diferente en él. Alguien, y tiene aspecto de organismo más o menos oficial, ha inscrito con spray un mensaje en letras de molde: “uno de cada dos muertos en accidentes de tráfico era un peatón, ¡usa los pasos para peatones!”. Me quedo observándolo un rato, hasta que el semáforo se pone en verde y puedo cruzar. Mientras camino, pienso en lo que acabo de leer y llego a la conclusión de que es un mensaje estúpido por dos razones. La primera es que “uno de cada dos muertos” es el cincuenta por ciento, o séase la mitad. Asumo que la intención del mensaje es advertir a los peatones de que están en una situación especialmente delicada cuando se trata de enfrentarse al habitual caos automovilístico, pero con esos números el peatón sólo puede llegar a la conclusión de que sus probabilidades de morir son las mismas que si hubiese cogido el coche esa mañana. Dos de cada tres muertos, uno de cada uno y medio; eso son cifras convincentes, a fin de cuentas apuntan a una inferioridad del peatón (señor Walker) frente al conductor (señor Wheeler) y a una probabilidad significativamente alta de ser arrollado. Pero a no ser que se me escape un tercer elemento en la ecuación (peatones, conductores y algún hipotético gato de Schrödinger del mundo urbano que es a la vez peatón y conductor), esta estadística afirma que si como peatón te colocas con los brazos en cruz al paso de un vehículo desbocado tanto tú como el coche tenéis las mismas posibilidades de acabar convertidos en un amago de lo que un día fuisteis. El segundo motivo por lo cual el mensaje resulta estúpido es esa manía de nuestra sociedad de echar sermones precisamente a quien hace las cosas bien porque los otros no están ahí para escucharlos. El trabajador eficiente y puntual tiene que aguantar peroratas sobre llegar tarde y escaquearse del curro porque los culpables por definición no van a estar presentes; los clientes que contribuyen al buen funcionamiento de la industria videográfica comprando DVDs originales deben soportar estoicamente antes de ver su película cómo se les insinúa que son unos ladrones de bolsos, de coches y de la propiedad intelectual; y los peatones que eligen cruzar por donde se les ha asignado han de leer inquietantes amenazas de asesinato que teóricamente no van dirigidas a ellos. El mensaje debería estar en mitad de la carretera, no en un paso de peatones.

Sikes será al que le arrolle un vagón de metro, pero el sermón no se lo van a dar a él.

Sigo caminando, abstraído en estos pensamientos, y de pronto me llama la atención una marquesina con un anuncio de Cruzcampo dedicado a la Feria de Sevilla, una especie de espejo enmarcado con un mensaje en el centro: “la Feria eres tú”. Lo cierto es que cuando lo vi por primera vez me pareció original y estimulante, como toda publicidad sorprendente e interactiva con su entorno. Pero ahora que lo vuelvo a ver mi percepción es diferente. Paso junto a ella sin pararme demasiado, y me planteo si al caminante medio le gusta verse reflejado en una marquesina de autobús que le recordará inevitablemente la cruda realidad sobre sí mismo. ¿Los responsables de esta campaña se plantearon que nuestra disposición a encontrarnos reflejados en un espejo varía según el momento del día? A menos que me equivoque y estemos ante un caso de publicidad extraordinariamente rompedora, esa marquesina está ahí parada las veinticuatro horas del día, reflejando inexorablemente a los viandantes lo quieran o no. Y puede que las diez y media de la noche de un sábado sea un momento idóneo para que una marquesina nos recuerde lo grandiosos que somos, cuando las chicas muestran sus perfectas piernas torneadas bajo los vestidos de una pieza más a la moda con los swingin’ sixties y los hombres se exhiben trajeados y con el aura de winner que en condiciones normales sólo estaría reservada al hijo biológico de Charlie Sheen y Hugh Hefner; pero no lo es un lunes a las siete y media de la mañana, cuando el ciudadano de a pie repta patéticamente hacia la fábrica de cajas donde trabaja, con su aspecto derrotado y su rostro sombrío. Me pregunto qué pensarán mis amigos de Publicidad de todo esto.

Me acerco poco a poco a la esquina donde suele estar esa chica que reparte el 20 minutos a todo el que va pasando. Hoy no es una excepción, ella está ahí. Suelo hacer lo posible por sortearla, porque coger el 20 minutos supone manos sucias en pocos minutos (de ahí el nombre del periódico). Creo que nunca lo he dicho, pero tocar un periódico es una de esas cosas que intento evitar por una estricta cuestión de higiene. Intento sortear a la chica pero rara vez lo consigo, porque es rápida y buena en lo suyo. Me da un 20 minutos y respondo con un alegre “gracias” que contrasta frontalmente con mi estado de ánimo pero que quizá sea el único agradecimiento que esa pobre esclava del sistema recibirá en toda la mañana. Sintiéndome una buena persona y rechazando a continuación con la mirada al negro que vende pañuelos en la misma esquina, echo un vistazo al periódico. La portada se hace eco de la disculpa del Rey por cierto asunto de una cacería que quizá desconozcáis si habéis estado de vacaciones en Marte esta semana. No sé si la disculpa de este señor será sincera o simplemente una explícita recomendación del mismo comité asesor que no hace muchos días decidió que lo mejor para la imagen del Rey de un país en crisis y bastante irritable era irse a África a matar elefantes en un ostentoso safari; pero lo cierto es que no es eso lo que me da que pensar. A fin de cuentas, no aporto nada al flujo del continuo espacio tiempo si cuestiono en voz alta lo que todo el mundo ha estado cuestionando una y otra vez los últimos días. Sin embargo, me llama la atención la conciencia animal que súbitamente ha aflorado en los corazones de la población antimonárquica de España y que ha motivado la aparición en facebook de docenas de fotos de elefantes haciendo cosas adorables junto a letreros tipo “tu disculpa no me devolverá la vida”. ¡Qué conveniente! Personas que hasta el día de hoy jamás habían demostrado el más mínimo interés en la situación del oso polar o que disfrutaban arrancando las alas a las moscas de pronto lloran cual fan de Britney desesperado porque LA DEJEN EN PAZ, sufriendo por la crueldad demostrada por el Rey al asesinar a sangre fría a un pobre elefante que, según algunos informes, alcanzó a pronunciar con gran esfuerzo una palabra humana de súplica antes de ser brutalmente violado y abatido. Entendería que las críticas se centraran en la irresponsabilidad de un mandamás que se larga de vacaciones en mitad de un grave caos financiero, pero da la impresión de que esos argumentos no son suficientemente poderosos y hay que recurrir a sorprendentes giros morales que no vienen al caso para reforzar unas críticas que teóricamente ya son más que lícitas. No sé cómo lo verán otros, pero a mí estas cosas me transmiten poca convicción por parte de la gente en sus propios ideales. Por no hablar de que ahora todos somos amantes de los elefantes y la naturaleza; pero si en algún giro loco de los acontecimientos el Rey hubiera decidido irse de vacaciones a un caserón en ruinas para ponerse un mono de fumigador y limpiarla de termitas, no me cabe duda de que ahora mismo nuestros muros de facebook estarían copados con imágenes como la siguiente.

Me detengo junto a otro paso de cebra, uno en el que no suelo esperar a que el semáforo se ponga en verde porque es una calle estrecha por la que apenas pasan coches. El semáforo está en rojo, efectivamente, pero esperando a cruzar también hay una mujer con dos niñas pequeñas de cuatro o cinco años más o menos. Dejo de pensar en las locas aventuras del Rey de España y me imagino una terrible situación bastante recurrente en mi cerebro, en la que cruzo con el semáforo en rojo y a mi espalda esa mujer susurra a sus hijas algo como “¿veis lo que ha hecho ese chico? Eso es lo que no hay que hacer”. La idea se me antoja pesadillesca, así que me detengo junto a la acera. Si alguien va a ser un mal ejemplo para esas crías no voy a ser yo. No me conocen, no van a tener la oportunidad de descubrir nada bueno sobre mí, sólo seré ese tipo que cruza en rojo. Así que mejor que no sepan nada. Cuando el semáforo se pone en verde, cruzo como un buen ciudadano, y me pregunto si estos pensamientos neuróticos que me asaltan tan frecuentemente son propios de una persona normal.

Absorbido por este ejercicio de autoanálisis no me doy cuenta de que ya he llegado al trabajo. Allí me reciben con una frase de ésas que hacen a uno preguntarse si se puede ser más irritante con menos palabras: “¿tú eres uno de esos frikis del Titanic, ahora que está de moda?”. Farfullo una respuesta más bien poco ingeniosa, suspiro, me siento en mi silla, repaso la lista de modelos a las que hoy me toca vestir personalmente con diferentes sujetadores de encaje para juzgar cuáles les sientan mejor y me doy cuenta de que hace un mes y tres días que no escribo nada para The R Lounge. Así que aprovechando la sensación de que no hay nadie en el mundo que alcance a hacer algo a derechas aunque sea de casualidad, abro un documento de Word, me pongo a escribir sin tener muy claro de qué voy a hablar exactamente y se me ocurre que por lo menos esta vez la excusa de “es que tus entradas son muy largas” no va a valerle a nadie.

4 comentarios to “Una mañana cualquiera…”

  1. L. Norton 19/04/2012 a 12:09 #

    No estás solo, lo del semáforo me pasa también a mi. Lo de los animales… Es una preocupante tendencia que llega cada día a más gente, como la cuenta naranja. En mi selecta RED SOCIAL no paran de salir adeptos al PACMA de donde menos te lo esperas. Y mencionando eso, ese nombre a mi sí que me perturba. Tengo miedo de que lleguen unas elecciones y, movida por el deseo de ser gobernados algún día por una pelota amarilla gigante y su correspondiente gabinete de fantasmas de colores, coja sin pensar una papeleta de ese partido.
    Sí, es una mañana difícil para todos.

  2. El Tipo de la Brocha 19/04/2012 a 20:09 #

    Yo soy otro que siempre espera en los semáforos si hay padres con niños cerca. Hay que dar ejemplo. Y en cuanto cruzan, acelero.

  3. gabrielgavina 25/04/2012 a 16:00 #

    Pe… pero esto… ¿Pero esto qué es? ¡¿PERO ESTO QUÉ ES?! ¿Dónde están los posts de antaño? ¿Dónde está la elegancia, el ingenio, la CHISPA que definía a este blog? ¿Los dibujos molones? ¿Los certeros análisis, las LISTAS? ¿DÓNDE ESTÁN LAS LISTAS, FOR GOD’S SAKE?

    ¡Caballerete, si no vuelves a hablar de animación, doblaje y cosas de los noventa vamos a tener problemas tú y yo!

    • Miguel Roselló 26/04/2012 a 12:44 #

      Prometo que el siguiente será largo y agotador e irá de cosas de los noventa, porque está a medio acabar. ¡Una de las ventajas de tener blog propio es que escribo lo que me sale de las narices! FOR GOD’S SAKE!

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