La evolución gráfica de Mortadelo y Filemón

28 Nov

Uno tiene sus mentores. Focos de inspiración que le guían por el camino de la virtud y condicionan la mayoría de cosas que hacen a lo largo de su penoso avance por el ciclo vital. Por supuesto, con mentores no me refiero a caras célebres que uno escoge voluntariamente, como si te dieran un catálogo lleno de nombres y un boli para marcar con una cruz todos los que creas necesario demostrar que admiras en un vergonzoso intento de crear una imagen de ti mismo lo más molona posible. Para eso ya existe la página de intereses del facebook. De algún modo no exactamente literal, los mentores te escogen a ti; y con esto me refiero a que los reafirmamos como mentores de forma inconsciente y gradual a través de nuestros actos. Sólo cuando tienes la madurez necesaria para adoptar una postura crítica sobre ti mismo y tu paso por el planeta Tierra eres consciente de quiénes son estos nombres.

Esto es válido no sólo en el campo de las chorradas artísticas; también sirve en lo que se refiere a actos sin más (Gandhi podría ser tan buen mentor como cualquier otro, como bien saben los aficionados a las imágenes motivacionales que contradicen la intención rencorosa y alusiva con la que las publican en la red). No obstante, yo estaba pensando precisamente en las chorradas artísticas.

Pasemos rápido por encima de los delirios de grandeza: yo me dedico a pensar, a dibujar, a escribir, a representar teatro, ocasionalmente a rodar cortos y, en la sana tradición de Roger Rabbit, a hacer reír de un modo u otro. Todo esto, sobre todo lo último, es ridículo decirlo de uno mismo si nadie te ha preguntado (“hola, me llamo tal, tengo un blog”) pero sirve para ilustrar el hecho de que yo también tengo mis mentores.

Mentor y pupila, y quien piense otra cosa sencillamente no entiende la maldita serie.

Concretamente tengo tres. Son las tres personalidades que han configurado a grandes rasgos mi modo de entender lo que es gracioso y cómo quiero afrontar todo lo que escribo o dibujo. Y el que ha estado ahí durante más tiempo, dando forma a mi percepción de la comedia desde mi más tierna infancia, como una gota que agujerea lentamente mi cerebro, es el único, magnánimo, maestro de maestros, Francisco Ibáñez.

Mortadelo y Filemón han estado siempre ahí. En lo que a mí se refiere, desde luego; pero también en general. El año que viene los agentes secretos más memorables de la cultura popular española cumplirán cincuenta y cinco años, aunque eso no cambiará el desdén con el que se lleva tratando desde tiempos inmemoriales a la obra de Ibáñez. Como autor, Ibáñez se caracteriza por su desprecio por la continuidad, por la complejidad narrativa y, en general, por las bases artísticas fraguadas en la prestigiosa saga de autores francobelgas comandada por Hergé, Franquin y la dupla Goscinny-Uderzo, que comenzó a devorar el mercado del cómic europeo (y por tanto a sentar cánones) a partir de los años sesenta. Salvo por un breve periodo fruto de una imposición editorial, Ibáñez se ha mantenido fiel a sí mismo y prácticamente impermeable a influencias externas durante más de medio siglo. Y se da la circunstancia de que “ser fiel a uno mismo” significa, en el caso de Francisco Ibáñez, carecer de ambiciones artísticas de ningún tipo, observar la narración desde un punto de vista muy elemental y anteponer el gag a todo lo demás, incluido el dibujo. Con estas credenciales, es normal que un sector nada desdeñable de la crítica y el público devorador de cómics observe la obra del autor catalán con condescendencia, comparándola con otros modelos de cómic que sencillamente no tienen nada que ver. Supongo que se trata de la misma gente que cree que si los Batmans oscuros y realistas de Nolan funcionan, todas las películas de superhéroes del universo subsiguientes deberían ser oscuras y realistas.

La cosa es que Ibáñez es un dibujante de la hostia. Cierto es que lleva estancado casi quince años en un trazo agarrotado que se ha trasladado hasta a sus guiones, pero esto no excusa un ninguneo que se extiende a lo largo de décadas. No espero que fuera de España se incluya a Ibáñez junto a J. Scott Campbell o Romita cuando se habla de los mayores artistas con el lápiz que ha dado el medio (Mortadelo es un producto muy difícil de exportar), pero sí lo veo justo, y hasta necesario, cuando se publican listas de este tipo en España, o cuando cualquier idiota pontifica al respecto en un foro hispanohablante (como yo). Y hoy estoy aquí para demostrarlo.

La historia de Mortadelo y Filemón es larga y, en capítulos aislados, accidentada. Pero también es visualmente interesantísima. Desde las primeras tiras totalmente sometidas al estilo que imponía la todopoderosa Bruguera, epicentro de la narración cómica ilustrada (junto a la editorial Buigas) desde el fin de la Guerra Civil y hogar de Ibáñez y sus criaturas durante treinta años, hasta los álbumes coyunturales de la actualidad centrados en la ley antitabaco, la crisis (pronunciado con soniquete de maruja, por supuesto) y el coche eléctrico, el trazo de Ibáñez ha ido sufriendo cambios tanto graduales como repentinos, creciendo hasta extremos exquisitos en los mejores momentos y descendiendo al pozo de la vergüenza ajena en los peores. Los motivos que explican estas mutaciones no siempre son de carácter meramente evolutivo, sino que en muchas ocasiones se han debido a circunstancias de lo más peculiares. Pero no adelantemos acontecimientos. Retrocedamos hasta 1958, cuando un alegre y vivaracho Francisco Ibáñez, talentoso dibujante de indomable melena, puso en circulación por imposición editorial a un par de peculiares personajes bautizados con aún más peculiares nombres…

Etapa elemental
(1958-1960)

Para entender el nacimiento de unos Mortadelo y Filemón concretos en el momento en el que Ibáñez recibió el encargo de crear una nueva serie para la revista Pulgarcito hay que tener en cuenta tres factores esenciales. El primero es que el modelo esencial de tira cómica de la Editorial Brugera de aquel lejano 1958 (que es como decir de la España de entonces) era el protagonizado por una pareja de personajes cortada por el patrón de dominante-tonto-que-se-cree-listo y dominado tonto-que-se-sabe-tonto. El segundo, que el único referente que existía para cualquier historia de investigadores era Sherlock Holmes (ignoro si la literatura de Hammet o Chandler tuvo calado en la España de la época). Y el tercero, que la mayor estrella de Bruguera en aquellos momentos era Manuel Vázquez. Teniendo en cuenta todo esto, es natural que la creación de Ibáñez protagonizada por detectives no fuese otra cosa que: 1) unos sosías de Holmes y Watson que 2) compitiesen en incompetencia pese a la evidente jerarquía entre ambos y que 3) en aspecto podrían pasar perfectamente por una creación de Vázquez. Existen dos etapas de la dilatada trayectoria de Mortadelo y Filemón en la que Ibáñez demuestra un inigualable talento para la imitación de estilos ajenos, y ésta es la primera. No debemos desdeñar o ironizar sobre este supuesto talento, puesto que mi halago no esconde sarcasmo alguno. Imitar un estilo convincentemente implica un trazo firme y seguro que haga pensar que estamos ante las constantes habituales del dibujante y no ante un intento de copia, e Ibáñez es un maestro de la imitación. Sus primeras historietas de Mortadelo y Filemón parecen enteramente dibujadas por Vázquez, como revela la perfecta reproducción de sus cuerpos cortos y rechonchos, sus narices bulbosas y torcidas hacia abajo y sus piernas y brazos cómicamente delgados.

Primera página de Mortadelo y Filemón (1958)

Etapa de narices enormes
(1960-1963)

Los primeros años de vida de Mortadelo y Filemón muestran un carácter evolutivo asombroso, en el que cada página se vislumbra como un paso más allá en la confección de un estilo propio, el estilo de Francisco Ibáñez. Así, durante la primera etapa de la carrera de Mortadelo y Filemón vimos cómo, a una velocidad asombrosa, la iconografía reminiscente de Sherlock Holmes desaparecía dejando paso a atuendos más estandarizados, y como el aspecto de los detectives cambiaba rápidamente. Aproximadamente entre 1960 y 1963 los personajes presentan un aspecto que podríamos calificar de afilado, de serpentino. Las proporciones en los personajes han cambiado, hasta el punto de que la cabeza de Filemón, por ejemplo, es tan alta como el resto del cuerpo. Esta desproporción acentúa la sensación de descompensación que existe entre la altura de ambos detectives, teniendo Mortadelo un aspecto más espigado que nunca. Pero el rasgo más llamativo en este nuevo aspecto de los personajes es, por supuesto, la nariz. Las narices bulbosas y aplastadas de los inicios han dejado paso a inmensas napias que crecen hacia delante y se pierden en el horizonte, en una evolución pareja a la que sufrían por aquel entonces los personajes de Vázquez. De hecho, la característica oreja en forma de espiral que adoptan las creaciones de Ibáñez en esta época es herencia del creador de las hermanas Gilda. Cabe añadir que la forma de, digamos, balón de rugby que asociamos a la nariz de Filemón tiene su origen en estos años, aunque posteriormente perdería el extremo afilado.

Las nuevas proporciones dieron a Ibáñez la posibilidad de mejorar la capacidad expresiva de los personajes, bastante pobre durante los primeros años. El enfado, la hilaridad, el miedo y la culpa comenzaron a reflejarse con gran efectividad en los rasgos de los dos detectives, que incluso empezaron a adoptar poses de lo más surrealistas a través de histriónicas metáforas visuales que se convirtieron en otro de los rasgos definitorios de estos años. Por ejemplo, el “partirse de risa” podía traducirse en Mortadelo con medio cuerpo desprendido, bisagra mediante, entre carcajadas; o un comportamiento rastrero por parte de Filemón se visualizaría perfectamente a través de un esporádico cuerpo serpenteante. El contraste que se produce entre esta maleabilidad tan imaginativa y la calculada rigidez del trazo que configuraba a los personajes (los diseños son tan sólidos que incluso da la sensación de que de algún modo se han copiado digitalmente de una viñeta a otra) es de lo más interesante, dando lugar en términos visuales a los mejores años de la pareja anteriores a la entrada en la T.I.A. y en el formato de álbum largo.

Última etapa de oreja de caracol
(1963-1965)

Poco a poco, las metáforas visuales se fueron abandonando al tiempo que el aspecto de los detectives volvía a suavizarse, aunque de una forma muy diferente a la de los primeros años. El aspecto que muestran Mortadelo y Filemón entre aproximadamente 1963 y 1965 se basa más en círculos más que a óvalos extremadamente estirados (no hay más que comparar la cabeza y nariz de Filemón en ambas etapas), y la sensación general es la de un acabado menos puntiagudo en los rasgos de Mortadelo y Filemón. En definitiva, un aspecto más amable. Sin embargo, esto juega en contra del acabado general de las historietas de la época. Las viñetas aún se estructuran en seis tiras por página, pero aún con un espacio tan reducido para cada recuadro, las viñetas parecen vacías. Los personajes son demasiado pequeños, o al menos dan esa sensación por culpa de las nuevas proporciones.

Irónicamente voy a encuadrar dentro de esta etapa las primeras historietas en las que Ibáñez prescindió finalmente de la oreja en forma de espiral en favor de la oreja moderna y más realista que quedaría implantada para siempre. Y es que resulta curioso ver como se trata de un único cambio repentino y aislado en unas historietas que por lo demás eran exactamente iguales a las anteriores en el acabado visual.

Etapa horrenda
(1965-1969)

La segunda etapa de oreja de caracol había trazado una línea evolutiva que devolvía de algún modo a los personajes su rechonchez de las primeras historietas. En algún momento cerca de 1966 la cada vez más ausente estilización del trazo de Ibáñez dio un brusco salto hacia abajo. Mortadelo y Filemón adquirieron un aspecto demasiado rechoncho, y sus rasgos faciales se empezaban a volver peligrosamente simiescos, algo de lo que en gran parte tenía culpa esa oreja contraria que empezaba a asomar tras el borde de la cara de los personajes.

La irregularidad en el diseño de una viñeta a otra hacía que por momentos la nariz de Filemón pareciese un boniato espachurrado, y Mortadelo era sin lugar a dudas demasiado bajito. En ocasiones daba la impresión de que si no fuera por el contexto y las ropas de los personajes nos costaría reconocer en esos rostros a Mortadelo y a Filemón. Hay que añadir que fue en este ingrato periodo en el que nacieron algunos de los personajes más célebres de Ibáñez: Rompetechos, Sacarino y Pepe Gotera y Otilio llegaron a este mundo con un aspecto vagamente neandertal (esas orejas, esas orejas de soplillo tienen casi toda la culpa) que por fortuna perdieron en unos pocos años, tras una brutal remodelación del trazo de Ibáñez.

Etapa francobelga (1969-1971):

Estamos en 1969 y los tres factores que propiciaron el nacimiento de Mortadelo y Filemón se habían quedado significativamente desfasados. Por un lado, el modelo de historieta corta protagonizada por la pareja antiheroica empezaba a quedarse claramente obsoleto frente a la pujante industria del cómic francobelga, que con las aventuras Spirou, Astérix y Gaston LaGaffe proponían historias más ambiciosas y elaboradas, así como un aspecto visual mucho más fresco y moderno. Por otro, Vázquez había sido desplazado por Ibáñez como máximo estandarte de Bruguera, en parte por méritos propios de Ibáñez y en parte porque Vázquez, el Bukowsky del cómic español, se lo buscó. Y por último, el paradigma del investigador representado hasta el momento por Sherlock Holmes se había visto actualizado en 1964 con la llegada a los cines de las sofisticadas, ultratecnológicas y promiscuas aventuras de James Bond. Mortadelo y Filemón 2.0 estaban a punto de llegar, y una vez más lo harían fuertemente influenciados por la coyuntura cultural e industrial del momento.

Ya en años anteriores se habían empezado a percibir intentos aislados de dar un nuevo aire a las aventuras de los dos detectives, a veces en pequeñas historietas autoconclusivas y a veces en páginas temáticas experimentales para la revista Pulgarcito. En estas páginas pioneras empezaba a intuirse una agilidad inédita en el tempo de los gags y, sobre todo, un trazo remozado y novedoso, sorprendentemente detallista y dinámico para los estándares no sólo de Ibáñez, sino de toda Bruguera, que hasta el momento se había caracterizado por las líneas firmes, cerradas e incluso geométricas.

Relato cruel de asalto a un banco que era así de alto (¿1963?)

El primo de Frankenstein (¿1963?)

Pero no fue hasta 1969 cuando se dio la largamente intuida ruptura. Aquel año Bruguera puso finalmente en marcha la producción de un álbum de cuarenta y cuatro páginas que mimetizara el estilo narrativo y visual impuesto en los países francoparlantes por Goscinny, Uderzo y Franquin, y como no podía ser de otra manera, los protagonistas debían ser las estrellas de la editorial, o lo que es lo mismo, Mortadelo y Filemón. Así que Ibáñez, excelente profesional y diligente empleado, se lió la manta a la cabeza e inició la producción de esa casi-obra maestra que es El sulfato atómico.

Vamos a detenernos un momento en este prodigio del cómic que es El sulfato atómico. Sin un periodo de transición de ningún tipo Ibáñez pasó de las historietas de dos páginas y guión casi ausente más allá de la premisa y el remate con gag a la aventura compleja de cuarenta y cuatro páginas compuesta por introducción, nudo y desenlace, llena de persecuciones, intriga, giros inesperados y acción paralela; del trazo sencillo y uniforme de Bruguera a la línea suelta, bella y eléctrica de los dibujantes francobelgas, y de los escenarios humildes y funcionales a los detalladísimos ambientes internacionales inspirados por Hergé. Y lo hace como si llevara toda la vida haciéndolo. El dibujo es impecable, la composición de cada viñeta es magistral, y la aventura es un prodigio de escritura estructurada verdaderamente emocionante y divertida. Irónicamente, lo que aleja a El sulfato atómico de ser una obra maestra (y de ahí el “casi” anterior) es precisamente que está protagonizada por Mortadelo y Filemón. Ibáñez falla al introducir a sus personajes clásicos en esta trama de espionaje, infiltración y regímenes dictadores sin preservar su personalidad definitoria, de modo que por momentos resultan irreconocibles en sus roles. Sin duda Mortadelo y Filemón están capacitados para protagonizar historias de gran envergadura (cuarenta y pico años de álbumes largos les avalan), pero en este primer intento el autor no supo encajarlos correctamente en el nuevo entorno.

Sin embargo, en El sulfato atómico se creó el que sería desde entonces el universo de Mortadelo y Filemón: desde entonces y ya para siempre Mortadelo y Filemón serían agentes secretos al servicio de la T.I.A., comandada por el Superintendence Vicente el Súper y con un científico inútil llamado Bacterio entre sus filas (Ofelia llegaría más tarde).

Pero centrándonos en el apartado visual, es fácil darse cuenta del increíble salto cualitativo que los personajes experimentaron en este cómic. Las arrugas de las chaquetas, la junta de las gafas de Mortadelo, las costuras de los zapatos, los cuellos de las camisas… Mortadelo y Filemón lucen un aspecto ultradetallado, algo que no nos engañemos, es del todo innecesario (como bien pensaba el propio Ibáñez). Vehículos y edificios gozan de la misma minuciosidad en el trazo, algo de lo que la iconografía de tintes nazis del ejército de Tirania se beneficia enormemente. Y no pasemos por alto los geniales insectos gigantes que pueblan la historia, dibujados con una sabia combinación de rigurosidad científica y alegre invención.

Llama la atención la continuidad de una viñeta a otra en lo que se refiere a las múltiples heridas que sufren los pobres agentes de la T.I.A. Los chichones, por ejemplo, van reduciendo su tamaño gradualmente cada viñeta hasta desaparecer del todo; algo nunca visto ni antes ni después. Simplemente no es el estilo de Ibáñez. No es el único aspecto en el que se cuida la continuidad visual, como puede observarse en el llamativo cambio de ropa de Filemón a mitad de álbum por causas de fuerza mayor. ¿Cuántas veces hemos visto a Filemón ponerse perdido con cualquier guarrada o acabar con la ropa hecha girones y llevar las mismas prendas milagrosamente reparadas en la siguiente viñeta? Aquí, en cambio, un desafortunado incidente con un barril de alquitrán lleva a Filemón a abandonar su traje y sustituirlo por la familiar camisa blanca y los pantalones rojos que todos conocemos, en un esfuerzo de Ibáñez que recuerda al momento definitorio de Tintín en el país de los Soviets en el que Tintín adquiere su tupé… Uno tan loable como alejado de sus métodos acostumbrados.

El sulfato atómico (1969)

El sulfato atómico (1969)

El sulfato atómico se convirtió en un gran éxito, pero ello no daba necesariamente la razón a la editorial. La buena acogida del álbum podía deberse tanto al lujoso acabado de las páginas como al buen hacer de Ibáñez como narrador. Los álbumes inmediatamente posteriores irían reduciendo paulatinamente la profusión de detalles y adquiriendo un carácter más genuinamente ibañezco en el tratamiento de la comedia y el guion, dando la razón al dibujante en última instancia. La influencia francobelga se sigue observando, cada vez en menor medida, en Valor y al toro, Safari callejero y Contra el gang del Chicharrón, en los que Ibáñez fue acercando de nuevo a Mortadelo y Filemón a su terreno. El regreso a la sencillez es literalmente visible de álbum en álbum durante el resto de esta breve etapa… que podría haber sido el estándar de calidad del autor si los desacuerdos con Bruguera que siguieron a El sulfato atómico no se hubieran resuelto. Lo cierto es que Valor y al toro, iniciado durante los desacuerdos, era realmente un proyecto con otros personajes concebido para un nuevo comienzo de Ibáñez en el extranjero (¿Francia? ¿Bélgica?), pero la resolución del conflicto llevo a la reconversión de las pocas páginas dibujadas hasta el momento en una aventura de Mortadelo y Filemón… con curiosas anécdotas que aquí se pueden leer.

Valor y al toro (1969)

La máquina del cambiazo (1969)

El caso del bacalao (1970)

Safari callejero (1970)

En 1970 Mortadelo y Filemón comienzan una brillante carrera como protagonistas de portadas, portadas que siempre se caracterizarán por un detallismo notablemente superior al de las páginas pero que no por ella se mantendrán ajenas a las peculiaridades estilísticas de cada etapa. En ocasiones, incluso potenciarán los rasgos definitorios de la era en la que se encuadran, algo muy visible, por ejemplo, en 1995. Las primeras portadas para la revista Mortadelo son en realidad historietas a una página de composición muy llamativa, en la que Ibáñez se permite transgredir la estructura habitual con viñetas irregulares y de tamaños muy diferentes. Las primeras portadas para los álbumes son distintas, en ellas es una única imagen grande la que preside el marco. Estas cubiertas revelan a un Ibáñez que aún tiene que acostumbrarse a la dinámica de la imagen a gran escala, con espacios abiertos demasiado limpios y diseños de personajes que no divergen demasiado de los que acompañan a las pequeñas viñetas pese a las posibilidades que otorga el gran tamaño.

El sulfato atómico (1969)

Mortadelo Nº1 (1970)

Safari callejero (1970)

Mortadelo Nº8 (1971)

Etapa quintaesencial
(1971-1974)

La drástica transición entre el trazo mostrado por Ibáñez y el estrenado en El sulfato atómico es un caso excepcional en una larga trayectoria de evolución más bien orgánica y gradual. Es por eso que la que podríamos llamar “etapa quintaesencial” de Mortadelo y Filemón empezó a fraguarse ya desde la finalización del álbum inaugural. ¿Por qué quintaesencial? Por auténtico derecho propio. Más allá de la calidad de las diferentes etapas, siempre opinable (estoy tomando unas pastillas inhibidoras de mi despotismo intelectual), hay un aspecto físico de Mortadelo y Filemón, y unos personajes secundarios y unas situaciones y un tono muy concretos que son las que vienen naturalmente a la mente cuando se piensa en las aventuras de los agentes. Igual que cuando pensamos en Mickey Mouse, o en Tom y Jerry o cualquier otro personaje de carrera dilatada, hay siempre una etapa que es la que consideramos más definitoria, y curiosamente suele ser un pensamiento de común acuerdo. En el caso de Mortadelo y Filemón son los primeros años setenta, y el álbum inaugural de esta era fue, sin duda alguna, Chapeau el Esmirriau.

En esta etapa (y especialmente en Chapeau) Ibáñez asentó finalmente a sus agentes en el formato del álbum largo, estableciendo la estructura episódica estricta de cuatro páginas como el sistema perfecto para dar a los lectores tramas de larga extensión que pudieran rivalizar con el modelo francobelga y, al mismo tiempo, historietas autoconclusivas como las de antaño. El estilo gráfico también se asentó, una vez quedó claro que al autor le interesaba más el gag que la composición visual de la viñeta y, como él dice, “cuántas arruguitas tuviese la ropa”. Mortadelo y Filemón nunca tuvieron un aspecto tan limpio y consistente al tiempo que versátil, cualidades que sin duda son una herencia de la enriquecedora etapa anterior de Ibáñez. Las líneas de estos años son firmes y suaves, dando a los álbumes un acabado tremendamente homogéneo que no cae en la excesiva rigidez gracias a la inteligente forma de alternar viñetas convencionales con otras de aspecto más redondeado, un recurso dinámico y efectivo que se perdería pocos años después. Los escenarios, aunque muy lejos de los suntuosos paisajes de la Tirania de El sulfato, cumplen su función sin aspavientos, es decir, impedir que las viñetas parezcan vacías y descuidadas (como sí ocurría en la Etapa Horrenda) al tiempo que respetan la filosofía de Ibáñez de no dejar que el detallismo nos distraiga de lo que debe permanecer en primer plano: los golpes y los porrazos.

Chapeau el Esmirriau (1971)

Magín el Mago (1972)

Gatolandia 76 (1972)

Hacia 1973 se observa una solidificación aún mayor cabe de este estilo. Álbumes como Los monstruos y Los invasores muestran una mayor perfección en el acabado. Las proporciones de los personajes son prácticamente las mismas, pero el entintado por parte de Juan Martínez Osete ha madurado bastante como para controlar un poco esa ligera desproporción en cabezas y manos que restaban dinamismo a los diseños originales de Ibáñez en los dos años inmediatamente anteriores. Las líneas de 1973 son firmes, elaboradas y perfectas, otorgando un aspecto magnifico a los álbumes de este año.

Los invasores (1973)

El circo (1973)

A las armas (1974)

Etapa quintaesencial… revisited
(1974-1979)

Cuando hablamos de Mortadelo y Filemón, marcar el fin de una etapa en 1979 es un hecho casi objetivo, como veremos en un momento. No obstante, los casi diez años de la etapa quintaesencial de la pareja de detectives dieron para mucho, sobre todo para cambios graduales en el aspecto estético fáciles de percibir. 1974 es una fecha oportuna para marcar el inicio de la segunda fase de la etapa quintaesencial, puesto que fue entonces cuando Martínez Osete dejó el entintado de la serie para dedicarse por completo al oscuro mundo de las aventuras apócrifas de la pareja. Con su entintado fácilmente identificable fuera de la ecuación y la entrada de nuevas manos en esta tarea, empezó a resultar más fácil apreciar lo que ya se intuía en 1973: que Ibáñez estaba otorgando paulatinamente a sus personajes una apariencia más ágil y alargada, en contraposición con las bajas estaturas y cabezas y manos ligeramente desproporcionadas de 1971 y 1972 que Osete acentuaba.

Este aspecto más dinámico vino reforzado por el peculiarísimo entintado de los álbumes que vendrían tras la partida de Osete. Donde antes había homogeneidad y constancia en los diseños, ahora destacaba la irregularidad y la línea veloz que daba a los personajes un aspecto que variaba levemente de una viñeta a otra. Especialmente característico es “ese asunto de los ojos”: hasta este momento, los ojos de los personajes habían mantenido una posición relativa lógica, en la que el ojo más cercano pisa al más lejano. Sin embargo, empezamos a observar estos años cómo, en momentos puntuales (en expresiones remarcadas, sobre todo), cómo el ojo más alejado se superpone al más cercano, dando un curioso resultado que con el tiempo se convertiría en un rasgo permanente.

Objetivo: eliminar al Rana (1975)

Mundial 78 (1977)

Los bomberos (1978)

El sector más purista del fandom mortadelero considera estos cambios un leve descenso cualitativo frente a la limpieza redondeada de los primeros setenta, pero lo cierto es que, si exceptuamos el esplendoroso 1973, a nivel visual yo prefiero esta segunda mitad de la década. La percibo más auténtica, más vibrante y enérgica; constituyendo así un preludio de lo que vendría no mucho después.  (Por cierto, en estos años hace su aparición en escena la Ofelia).

La larga y productiva década de los setenta constituye, también y por si fuera poco, una auténtica edad de oro para Ibáñez en lo que se refiere a portadas. Si las primeras portadas de Mortadelo y Filemón pecaban de cierta desnudez (apenas detalles, personajes que podrían haber sido más grandes en relación de la página, áreas vacías), los años subsiguientes compensaron con creces este defecto. Los setenta nos dejaron portadas espectaculares, de un detallismo abrumador que se multiplicaba por mil en las portadas especiales de Navidad y verano de la revista Mortadelo, imposición editorial que Ibáñez resolvía con sobrada maestría.

Magín el mago (1972)

Mortadelo (1972)

Los monstruos (1973)

Los invasores (1974)

Mortadelo Gigante Nº 1 (1974)

Pánico en el zoo (1975)

Mortadelo Extra 17 (1976)

Mortadelo Gigante 12 (1976)

Mortadelo Extra 22 (1977)

Mundial 78 (1978)

Durante los setenta Mortadelo y Filemón se asentaron en un universo estilístico muy definido y reconocible, en el que Ibáñez acabó viéndose en la circunstancia de no querer (o no poder) experimentar con los recursos que le permitía la elasticidad de la viñeta. Es por ello por lo que las páginas temáticas de la época constituyen un valioso testimonio de lo que era capaz Ibáñez cuando se veía liberado de las ataduras de los personajes. Las páginas temáticas eran carillas, habitualmente una, en el que una voz narradora servía como hilo conductor para una serie de gags relacionados con un tema en particular (el fumar, las navidades, los deportes de riesgo, las vacaciones de verano) que juntos daban forma a una especie de jocoso minidocumental al estilo de los cortos expositivos de Goofy de los cuarenta y cincuenta.

En estas páginas Ibáñez jugaba con la forma de las viñetas, el uso de los bocadillos de texto y un trazo más detallado de lo visto en Mortadelo y Filemón. Mención obligada merece aquí la maravillosa historieta “El cine de hoy”, realizada para la publicación de humor para adultos Can-Can, que tras la muerte de Franco planeó un lujoso relanzamiento con material de los mejores autores del momento, entre ellos Ibáñez. Una auténtica rareza en la que el autor se desmelena con gags que no podríamos ver en un cómic de Mortadelo ni en un millón de años (o eso habría dicho antes del bochornoso Bajo el bramido del Trueno de 2005).

Historietista novel (1974)

El cine de hoy (1978)

El cine de hoy (1978)

Etapa de cuatro tiras
(1979-1983)

Tras diez años de evolución estable y paulatina, 1979 marcó un cambio radical en la apariencia de las aventuras de Mortadelo y Filemón. El último álbum de la etapa anterior, El transformador metabólico, ya era sintomático de una cercana renovación, puesto que los episodios semanales que formaban el álbum pasaron de tener cuatro páginas a seis, una leve variación que apenas impactaba en el desarrollo estable y formulario que habían adoptado las aventuras de los agentes en los últimos dos o tres años.

Por el contrario, A por el niño, el álbum que siguió a El transformador metabólico, lo puso todo patas arriba al romper con la sagrada estructura de cinco tiras de viñetas por página. A por el niño contaba por primera vez (y ya para siempre) con cuatro tiras de viñetas por página. La densidad de la aventura de cuarenta y cuatro páginas se diluía, qué duda cabe, pero a cambio Ibáñez ganó mayor espacio para jugar con los personajes y el encuadre y darnos viñetas de carácter más elaborado, aunque los álbumes inmediatamente posteriores a A por el niño demostraron que casi nada había cambiado en el trazo de los personajes, al menos por ahora, con respecto a los últimos álbumes de cinco tiras.

A por el niño (una de mis debilidades personales, de lo más hilarante jamás dibujado por el maestro) es un tanto excepcional. Su carácter inaugural se traduce en un detallismo algo mayor a lo acostumbrado, algo que cabía esperar ante el aumento del tamaño de las viñetas. Más sorprendente es que el menor número de viñetas totales de la aventura tuviese un impacto real sobre el aspecto visual, pero así fue. La menor densidad de viñetas llevó, en compensación, a un aumento de la velocidad y el dinamismo de cada una de éstas, algo a lo que contribuyó el trazo veloz e irregular gestado entre 1975 y 1978.

Gracias a estas virtudes, la primera fase de la etapa de cuatro tiras mantiene un buen nivel de dibujo, aunque, con la excepción de A por el niño, los entornos se ven demasiado limpios. Pese al aumento de las viñetas, estos álbumes dan la impresión de que Ibáñez no había actuado en consecuencia en lo que se refiere a los entornos, similares aún a lo que permitían las relativamente pequeñas viñetas de las páginas de cinco tiras. Por suerte, poco a poco la cosa iría cambiando.

A por el niño (1979)

La elasticina (1980)

En Alemania (1981)

Mundial 82 (1981)

Etapa de cuatro tiras avanzada
(1982-1985)

La etapa iniciada en 1979 fue mucho más corta de lo que muchos habríamos querido, pero Ibáñez se adoptó vertiginosamente al formato de cuatro tiras, de modo que en apenas dos años se empezaron a observar cambios en su estilo. El breve intervalo situado entre 1982 y 1985 representa, tal como yo lo veo, el mejor momento estético de Mortadelo y Filemón. Ibáñez había ido desarrollando una mala hostia considerable en las barrabasadas a las que sometía a sus personajes, y este progresivo aumento en la violencia, la locura y la velocidad en las correrías de la pareja se vio potenciado por un trazo anárquico y salvaje que daba a los personajes una vida nunca antes alcanzada, incluidos los personajes esporádicos de variopinto aspecto que nunca volverían a aparecer en otro álbum. Se trata de una línea fina, sofisticada y precisa que da color y variedad tanto a personajes como a entornos, desterrando por fin esa vaga sensación de simple viñeta de cinco tiras ampliada que tenían muchos de los álbumes del principio de la década de los ochenta. Por fin, Ibáñez encuentra la forma de aprovechar todo el potencial del formato de cuatro tiras en álbumes de apabullante calidad estética como El preboste de seguridad o La estatua de la libertad.

En estos años Ibáñez alcanza lo sublime en otro aspecto: la caricatura del famoso de turno. Políticos, actores y demás morralla empiezan a asomarse en cameos esporádicos con mayor frecuencia que antes, en magistrales retratos caricaturizados que por su extraordinario detallismo deberían contrastar torpemente con los personajes habituales de Ibáñez, pero milagrosamente no lo hacen. En este sentido, el apoteosis sería el muy posterior ¡Silencio, se rueda!,  pero este álbum es tan solo una prolongación del nivel que se consiguió en este momento de los años ochenta.

La estatua de la libertad (1983)

Los Ángeles 84 (1984)

El preboste de seguridad (1985)

El cochecito leré (1985)

En lo que se refiere a portadas, la primera mitad de los ochenta nos regaló toneladas de ejemplos memorables. A las ya clásicas portadas mudas con las que se remataba la publicación por episodios de los álbumes hay que sumarle portadas actualizadas para la redición de álbumes clásicos como El sulfato atómico. Y cómo no, las ilustraciones con chiste verbal que daba color a las portadas de las revistas continuaban a la orden del día.

Moscú 80 (1980)

Mortadelo Extra Nº 30 (1980)

Mundial 82 (1981)

Olé Nº 239 (1982)

Mortadelo Nº 645 (1983)

El Sulfato Atómico (Reedición, 1984)

El cochecito Leré (1984)

Mortadelo 208 (1984)

Y entonces ocurrió. La clara línea ascendente que la producción de Ibáñez estaba siguiendo en lo que se refiere a la sofisticación de su estilo se cortó en seco. No porque de pronto nuestro hombre perdiera el norte, sino porque Mortadelo y Filemón murieron en 1985. Resucitarían más tarde, pero 1985 marcó su muerte temporal (“murió, pero ahora está mejor”, que diría el eslogan de Crank 2).

Primera etapa negra
(1985-1987)

Resumamos rápidamente la situación: en 1985 las relaciones entre los dibujantes de Bruguera y la editorial son poco menos que tensas por culpa de las suspensiones de pagos que a la larga llevaron a ésta a la quiebra. Ibáñez fue uno de los principales afectados, viéndose obligado a partir peras con Bruguera y dejar a sus hijos Mortadelo y Filemón abandonados bajo el techo de la editorial del gato. Porque en Bruguera la puerta para salir estaba siempre abierta a disposición de quien la quisiera, pero nadie podía irse con sus creaciones bajo el brazo: los derechos de los personajes eran de la editorial y no de los dibujantes.

Ibáñez marchó para comenzar un corto romance con la editorial Grijalbo, y con su partida Mortadelo y Filemón entraron en una espiral de decadencia que se reflejó en una serie de álbumes guionizados, dibujados y entintados por una serie de negros (no literalmente, creo) más o menos familiarizados con la serie. Tanto argumental como gráficamente, estos álbumes ilustrados por entintadores ascendidos a la categoría de dibujantes mostraban un bajón de calidad importante frente a la progresiva exquisitez que el trazo del maestro estaba alcanzando a su partida. Entre 1985 y 1986 los lectores pudieron disfrutar de mediocres historias como La banda de Matt U’Salen, en la que los personajes hacían gala de unos movimientos ortopédicos y unas expresiones poco conseguidas a años luz de lo que podríamos considerar una buena calidad gráfica.

En realidad es complicado describir los síntomas, y me pregunto si el lector no versado en las desventuras de Mortadelo y su jefe podría identificar esas diferencias intangibles que a los fans nos resulta imposible pasar por alto. Son difíciles de definir, pero están ahí. Sabes que algo va mal. La palabra perfecta es “torpe”. El acabado gráfico, la dinámica de la acción, la cinética del trazo, las expresiones… La palabra para definirla es torpe.

El profesor probeta contraataca (1986)

La banda de Matt U’Salen (1987)

No era la primera vez que los lectores se enfrentaban a aventuras apócrifas de Mortadelo y Filemón. En los años setenta, la demanda de historietas de Mortadelo y Filemón era literalmente inabarcable para las manos de un Ibáñez bastante atareado con alternar sacos de historietas cortas entre los álbumes de cuarenta y cuatro páginas, de modo que hubo que la cuota de historietas cortas restante hubo que delegarla forzosamente a otras manos.

Martínez Osete, el entintador oficial de la serie en la primera mitad de los setenta, fue el principal encargado de ilustrar guiones apócrifos firmados por gente como Jesús de Cos, dando como resultado historietas flojísimas fáciles de identificar por su extraño acabado (lo confirmo de primera mano); algo que se repitió en esta etapa negra de los ochenta que tuvo a Ramón María Casanyes como cabecilla creativa. La principal diferencia entre ambas situaciones es que mientras que en los setenta el material apócrifo era morralla de serie B concebida para llenar huecos, a finales de los ochenta el material apócrifo marcaba directamente la diferencia entre “hay Mortadelo” y “no hay Mortadelo”. Este material apócrifo no hizo gran cosa por la economía de la editorial, y en 1986 Bruguera cerró sus puertas tras setenta décadas de vida y cuatro décadas y media portando el estandarte de principal institución del cómic español.

Segunda etapa negra
(1987-1990)

En 1987, tras un periodo de incertidumbre y con la reputación de Mortadelo y Filemón seriamente dañada, parece verse una luz al final del túnel. Este año Ediciones B compra todo el fondo de catálogo de la extinta Bruguera y comienza los primeros movimientos del plan de reclutamiento de Ibáñez a sus filas, aprovechando que la aventura en Grijalbo no había ido todo lo bien que podría…

El acuerdo se cerró, y Mortadelo y Filemón se reencontraron con su creador bajo el techo de Ediciones B, acontecimiento cargado de dulces promesas y futuras obras maestras del cómic que fue inmortalizado en una de las portadas más memorables e inspiradas de toda la carrera del maestro:

Aún hoy no logro entender qué fue exactamente lo que pasó. No sé qué motivos llevaron a estas circunstancias, pero lo cierto es que la reunión de autor y personajes en Ediciones B dio lugar a la peor, la PEOR etapa de toda la historia de Mortadelo y Filemón. Lo que prometía ser la resurrección definitiva resultó ser el hondón definitivo de la cuesta decadente de Mortadelo y Filemón, con un puñado de álbumes deplorables y claramente ajenos a la mano de Ibáñez, a cuyo lado las historias apócrifas del 86 parecen hasta decentes.

¿Qué pasó? ¿Por qué el esperado regreso de Ibáñez dio lugar a álbumes que clarísimamente no había dibujado él? ¿Qué lleva a una editorial a contratar los servicios de un dibujante sobresaliente para sustituirle por negros inútiles al frente de su trabajo? Sea por el motivo que sea, el hecho es que entre 1987 y 1990 la carrera de los detectives se compone exclusivamente de basura dibujada por monos, páginas que dañan la vista y en las que los cambios de turno en los dibujantes de una viñeta a otra son casi palpables. No tiene sentido seguir intentando describir el desaguisado cuando puedo sencillamente presentar pruebas explícitas:

Terroristas (1987)

Las tacillas volantes (1988)

La cochinadita nuclear (1989)

Armas con bicho (1989)

El gran sarao (1990)

Cuando calienta el sol (Historia corta, 1990)

Estos engendros, aún con todo, siguieron contando con portadas originales de Ibáñez, que constituyen posiblemente el único material original que podemos rescatar de este nefando periodo. Durante estos últimos años de los ochenta, las portadas comienzan a mostrar detalles de evolución con respecto a años anteriores. La imagen resulta más profusa en detalles de lo acostumbrado (y no sólo detalles humorísticos en segundo plano), los diseños de los personajes se sofistican y afilan, y el coloreado se vuelve mucho más agresivo de lo acostumbrado.

El huerto siniestro (1987)

Mortadelo B Nº 87 (1988)

La Perra de las Galaxias (1988)

El estropicio meteorológico (1989)

Mortadelo Extra B 9 (1990)

El gran sarao (1990)

La etapa barroca que no fue
(1985-1987)

Hagamos un alto en el camino y retrocedamos un poco. Como hemos podido ver, la segunda mitad de los ochenta ha estado tristemente huérfana de aventuras de calidad de Mortadelo y Filemón. Se trata de un lustro deprimente, coronado por la dolorosa decepción que trajo consigo el acuerdo del 87 con Ediciones B, en el que no tenemos rastro de páginas originales de Ibáñez. Esto nos lleva a preguntarnos cómo podrían haber sido esos años si hubiésemos tenido material original de la mano del maestro, y observando la línea ascendente que estaba experimentando la calidad de sus páginas cuando se produjo el desastre lo cierto es que estamos en posición de estimar a la alza.

Por suerte, especular no es del todo necesario si atendemos a que Ibáñez no estuvo ni mucho menos inactivo durante estos oscuros años. La segunda etapa negra desgraciadamente sí tuvo a Ibáñez en barbecho, ya que el único material que nos llegó aquel trienio era El Oficial, supuestamente de puño y letra del autor (aunque sabemos que no es así; una vez más expreso mi total desconcierto); pero entre 1985 y 1987 era estúpido hacer pasar el material apócrifo de Bruguera por auténtico, dado que Ibáñez ni siquiera estaba en la editorial. Este breve periodo, el que nuestro hombre pasó trabajando para Grijalbo despojado de la propiedad de sus personajes, nos da una idea de lo que podría haber sido y no fue. Mortadelo y Filemón tuvieron su mejor momento estilístico entre 1982 y 1985, pero sólo porque no formaron parte del periodo más lujoso, sofisticado y hermoso de toda la carrera de Francisco Ibáñez.

En Grijalbo, Ibáñez se vio obligado a inventar nuevos personajes con los que trabajar: Chicha, Tato y Clodoveo no eran más que un mix de todos los personajes clásicos de Ibáñez rebozado en una costra de actualidad tan llamativa como superficial, y no creo que haga falta decir a qué serie remitía directamente el edificio de 7 Rebolling Street. Sin embargo, las páginas que Ibáñez dibujó para unas series de tan débil concepto componen el punto álgido de su evolución artística, auténticas obras maestras de la ilustración de trazo preciso y bellísimo colorido. Se trata de una prolongación de lo visto en los álbumes de Mortadelo y Filemón en su última etapa antes de la caída: un trazo minucioso, incluso barroco, de precisión tan milimétrica que permitía al autor otorgar a sus viñetas un detallismo sin igual y no por ello caer en la saturación de la imagen; todo ello rematado con un coloreado a base de acuarelas, sutil y rayano en la perfección. Incluso la tipografía de los bocadillos, finísima y precisa, alcanza límites exquisitos en esta tristemente breve etapa. El resultado de esta combinación de elementos es de un barroquismo hermoso, barroquismo que fue, digamos, desperdiciado en dos series de lo más prescindibles y del que Mortadelo y Filemón nunca pudieron formar parte. Hicieron alguna que otra aparición esporádica (con mucha sorna por parte de Ibáñez se les ve en la cola del paro en una viñeta de Chicha, Tato y Clodoveo), pero sin la posibilidad de usar sus nombres por cuestiones legales, la opción de embarcarles en nuevas aventuras era inviable.

Chicha, Tato y Clodoveo (1986)

Chicha, Tato y Clodoveo (1986)

7 Rebolling Street (1986)

Estas páginas antológicas encontraron un abrupto final cuando Ibáñez firmó con Ediciones B y ¿recuperó? a Mortadelo y Filemón. La aventura en Grijalbo fue tan corta como provechosa, pero de poco sirvió. Con el trasvase a Ediciones B, hasta Chicha, Tato y Clodoveo cayeron en las sucias manos de los negros (sería divertido leer esto fuera de contexto), y como ya dije antes, cualquier material original de Ibáñez, del personaje que fuera, brilló por su ausencia en estos años: la aún más prometedora línea estilística del autor se cortó en seco en 1987 para renacer de forma sensiblemente diferente en 1991.

Etapa de regreso
(1991)

El principio de la década de los noventa sigue siendo una asignatura espinosa para el mortadélogo de a pie (a ver si nos creemos que sólo Tintín puede tener pseudocientíficos analizando cada maldita página). El motivo es simple: existe cierta dificultad a la hora de delimitar dónde acaba el material apócrifo y empieza a asomar la cabeza, por fin, el material auténtico de Ibáñez. Se da la curiosa circunstancia de que los primeros álbumes originales de Ibáñez en los noventa han adoptado algunos de los rasgos estilísticos que definían a algunas de las páginas apócrifas de los años inmediatamente anteriores (aunque con un trazo más competente, por supuesto), y que el salto de calidad es progresivo y no repentino como habría cabido esperar.

Voy a ser sincero: si me hubieran preguntado a mí, yo habría calificado los primeros álbumes de 1991 de apócrifos. Mucho mejores que el grueso de la etapa negra, pero apócrifos al fin y al cabo. Mantienen muchas de sus constantes, sobre todo esa rigidez en los diseños y el establecimiento definitivo de la posición ilógica de los ojos (recordemos, el más lejano superpuesto al más cercano), y la fea tipografía de los bocadillos que patentó el equipo apócrifo en sus últimos álbumes persiste. No obstante, pesquisas realizadas por gente con muchos más recursos que yo dan lugar a la casi afirmación de que La crisis del golfo y El atasco de influencias salen del lápiz de Francisco Ibáñez. De modo que cavilo que o bien Ibáñez aún estaba en proceso de retomar con firmeza su estilo o bien el entintado de estos álbumes corrió a cargo de la misma gente que se dedicó a mancillar a Mortadelo y Filemón durante tres años. Sea como sea, lo cierto es que es mi incertidumbre la que me lleva a observar 1991 como una especie de año transitorio, no exactamente apócrifa pero tampoco a la altura del buen acabado de álbumes posteriores.

El atasco de influencias (1991)

Etapa estilizada
(1991-1993)

Los últimos álbumes de 1991, aunque similares a los inmediatamente anteriores, presentan por fin un buen pulso en el trazo y unos diseños establecidos. Desde aquí hasta 1993 (inclusive) las aventuras de Mortadelo y Filemón se caracterizarían por unos diseños rígidos en los personajes, antinaturalmente estables de una viñeta a otra, pero que gracias a la mano de Ibáñez recuperan ese inimitable dinamismo del que carecían tanto los últimos álbumes apócrifos como el bloque incierto que inauguró 1991. La estilización en el aspecto de los personajes es muy notoria, sobre todo si observamos a Filemón: más bajo que Mortadelo, como siempre, pero sin un atisbo de ese perfil vagamente achaparrado que cultivó allá por 1972 y que le acompañó, aunque en menor medida, hasta 1984. Incluso el Súper, que siempre se había caracterizado por un físico más bien rotundo, adquiere cierto carácter estilizado. Lo cierto es que pese al buen nivel general, esta rigidez se antoja quizá excesiva, aunque se trata de un defecto muy relativo.

El racista (1991)

El 35 aniversario (1992)

Como detalle curioso, esta etapa viene marcada, en su comienzo, por una tipografía de lo más peculiar y reminiscente del cómic norteamericano, en la que palabras aisladas más o menos aleatorias vienen destacadas en negrita y cursiva. Este rasgo (atravtivo y chocante a partes iguales en lo que a este servidor respecta) sólo durará unos pocos álbumes; de hecho la transición a la estupenda tipografía que adoptará la serie desde entonces y a lo largo de toda la década se da abruptamente en mitad del álbum El S.O.E., de 1992.

No puedo pasar sin destacar en esta etapa tres álbumes en concreto. El primero es Las embajadas chifladas, una ruptura estilística de lo más marciana, aislada del resto de la obra de Ibáñez. Su carácter extravagante es fruto del espantoso entintado del álbum, ejecutado por primera y única vez en la serie por un nombre propio reconocido del mundo del cómic español. Joan Rafart (alias Raf) legitimó por sí solo el cabreo de Jason Lee al comienzo de Persiguiendo a Amy al dejar su inconfundible sello autorial en Las embajadas chifladas por medio de un entintado de lo más libre e inapropiado, bastante irrespetuoso con el trazo de Ibáñez y totalmente fuera de lugar. Un auténtico perro verde dentro de la serie.

Las embajadas chifladas (1991)

Barcelona 92, por su parte, denota un esfuerzo por encima de la media por parte de Ibáñez en la ambientación de la ciudad condal, con profusión de monumentos y escenarios reconocibles en segundo plano; lo cual da una vidilla extra a la aventura reconocida por el propio autor, quien aún recuerda lo ilusionado que trabajó en aquella aventura. Aún con todo, esto quedaría relegado a la categoría de mera anécdota con la llegada del álbum-homenaje de Ibáñez al quinto centenario del descubrimiento de América. El quinto centenario es una de las obras maestras del autor, y no sólo visualmente: a nivel narrativo y humorístico se eleva sensiblemente por encima de la media de la época en una feliz coincidencia (o quizá no), algo a lo que ayuda notablemente el hilarante castellano antiguo con el que se expresan los personajes (“jorobónos las velas, el rucio pelado éste”). El quinto centenario presenta un trazo y unos personajes que se mantienen dentro de la línea característica de la época, pero el precioso coloreado a acuarelas, idéntico al utilizado en las páginas de Chicha, Tato y Clodoveo de los años en Grijalbo, unido a la excelente ambientación de la España de finales del siglo XV dan lugar a un álbum de acabado antológico que demuestra, por fin, que Ibáñez en realidad no requería de influencias francobelgas para firmar un cómic potente en el plano visual, por no hablar de lo mucho que dice de la valía de Ibáñez con el lápiz. El quinto centenario constituye el largamente esperado equivalente genuinamente ibañezco a El sulfato atómico, y cumple con creces.

Barcelona 92 (1991)

El quinto centenario (1992) [Aunque me ha sido imposible encontrar una versión con el coloreado original a acuarela… Cachis]

En lo que se refiere a portadas, los primeros años de los noventa prosiguieron la tendencia apuntada a finales de los ochenta de Ibáñez de dibujar a los personajes sin preocuparse por la profusión de detalles y estableciendo definitivamente rasgos como el síndrome del ojo superpuesto (bonita denominación que me he sacado de la manga), algo que como es natural, es más evidente aquí que en las viñetas. Como ya comenté más atrás cuando los ochenta, se trata de ilustraciones de acabado agresivo y coloreado llamativo, magníficas en cualquier caso.

Mortadelo Extra B Nº 10 (1991)

Mortadelo Extra B Nº 18 (1992)

Mortadelo Extra B 27 (1992)

Maastrich Jesús (1993)

Mortadelo Extra B 39 (1993)

Etapa imperfecta
(1993-1995)

La evolución visual de la serie da un extraño giro ya entrado 1993, cuando las tareas de entintado cambian repentinamente de manos con resultados muy visibles. Y con “repentinamente” me refiero a “entre las páginas 43 y 44 del álbum Dinosaurios”. El lápiz de Ibáñez se intuye exactamente igual que hasta entonces (no tendría sentido un cambio repentino, sobre todo observando los años inmediatamente posteriores a esta breve etapa), pero el acabado reniega abiertamente de la rigidez adoptada en los primeros años de la década y abraza unos contornos más irregulares y relajados que permiten la relativa variación de los diseños de una viñeta a otra. Se trata de una época poco valorada entre el fandom mortadelero, pero yo creo que muy lejos de mostrarse torpes, estas páginas lucen un atractivo dinamismo que las rígidas líneas anteriores no lograban con tanta holgura. Las esquinas se suavizan, y la limpieza de los diseños es igualmente característica de estos álbumes.

No obstante, no es una etapa carente de irregularidad. El ojo atento (o acostumbrado, mejor dicho) podrá apreciar que la calidad de este singular entintado varía entre álbumes. No lucen tan bien Timazo al canto o Pesadilla como, por ejemplo, El ángel de la guardia o Animalada. Estos últimos y todos los fechados entre finales de 1994 y todo 1995 cuentan, además, con el aliciente de un coloreado muy cuidado, cálido y con degradados inusitados de lo más sutil.

Dinosaurios (1993) [Páginas 43 y 44, entre las cuales se dio el relevo en las tareas de entintado]

La ruta del yerbajo (1993)

Timazo al canto (1994)

20000 leguas de viaje sibilino (1995)

La prensa cardiovascular (1995)

Animalada (1995)

Si tuviese que destacar un solo álbum de esta época, sería sin duda alguna Silencio, se rueda, donde Ibáñez se confirma (como si hiciera falta a estas alturas) como un superdotado caricaturista, dejando para el recuerdo caricaturas de primera de estrellas del cine de todo pelaje, desde Chaplin hasta Stallone, pasando por un Clark Gable que corta el aliento, oigan.

Silencio, se rueda (1995)

La suavidad con la pluma que define a la etapa se contagiaría a las portadas de la época, dando lugar a una era verdaderamente gloriosa en este ámbito, de las mejores de la carrera de Mortadelo y Filemón. Los rasgos de las portadas de estos (sobre todo las de 1995) años dan la falsa impresión de que estamos ante ilustraciones menos trabajadas (o al menos no tan detallistas) que las anteriores, pero nada más lejos de la realidad. Es una engañosa sensación derivada de las líneas extremadamente suavizadas de las que hacen gala los personajes (los ojos nunca habían lucido tan redondeados) y el sutil coloreado, en las antípodas de los tonos extremos de los años anteriores. En definitiva, mi época favorita en lo que se refiere a portadas, junto con los espectaculares años setenta.

El pinchazo telefónico (1993)

Mortadelo Extra B 47 (1994)

20000 leguas de viaje sibilino (1994)

Mortadelo Extra B 52 (1995)

Silencio, se rueda (1995)

Mortadelo Extra B 58 (1995)

Regreso a la etapa estilizada
(1996-2002)

La etapa imperfecta queda definitivamente confirmada como un extraño islote cuando comprobamos que 1996 devuelve a los personajes al aspecto que dejaron atrás en 1993, aunque algo casi imperceptible persiste de la irregularidad de los álbumes de mediados de la década. El entintado es de nuevo uniforme, pero se mantiene ligeramente alejado de la excesiva rigidez de la etapa 1991-1993. Los primeros álbumes de esta nueva época (Cien años de cómic, Atlanta 96) muestran un aspecto transitorio entre la irregularidad de 1995 y la estabilidad similar a la etapa estilizada que adquirirá la serie ya bien entrado 1996 con álbumes como Expediente J, El trastomóvil y el genial Bye Bye Hong Kong. En líneas generales se puede decir que esta época constituye un regreso mejorado a los años estilizados que inauguraron los noventa, con el aliciente de los recién estrenados procesos de coloreado digital que acompañaron a la serie desde entonces (creo que es Bye Bye Hong Kong el álbum pionero). Concretamente los álbumes fechados entre 1997 y 1998 lucen un aspecto magnífico. Se trata de una buena época a todos los niveles, con álbumes estupendos como El tirano, La maldita maquinita y, sobre todo, Su vida privada, el álbum con más tías buenas por viñeta cuadrada de la carrera de Ibáñez.

Atlanta 96 (1996)

El trastomóvil (1996)

Bye Bye Hong Kong (1997)

El óscar del moro (1998)

Entre 1998 y 2000 más o menos se aprecia una curiosa reducción del tamaño en la tipografía de los bocadillos, que empiezan a mostrar vacíos considerables alrededor del texto. El proceso se revertiría hasta el exceso en años siguientes, pero mientras tanto, El tirano, Impeachment o Siglo XX ¡qué progreso! hacen gala de esta tipografía tan compacta no tan atractiva como a la que nos habíamos acostumbrado hasta el momento.

Impeachment (1999)

Siglo XX, qué progreso (1999)

El cambio de siglo trajo consigo los primeros síntomas de una nueva curva evolutiva. A partir del año 2000 los álbumes comenzaron a apuntar, sin suponer todavía ningún problema para el dinamismo de las páginas, indicios de rigidez y nuevos cambios en las proporciones de los personajes, prácticamente inalteradas durante toda la década de los noventa.

Sidney 2000 (2000)

Las portadas de estos años no son tan extremadamente limpias como las de 1995, pero se mantienen en una línea similar a las de mediados de los noventa, al menos durante unos pocos años. El cambio de siglo coincide con unas señas de evolución parejas a las que experimentan las páginas al mismo tiempo, con líneas más duras, personajes mayores en relación con la imagen y un regreso al coloreado agresivo. Esto último es especialmente evidente en las caras, que dejan atrás los tonos rosados de años anteriores para adquirir colores rojizos más saturados.

Cien años de cómic (1996)

Bye Bye Hong Hong (1997)

Deportes de espanto (1998)

Impeachment (1999)

De los ochenta p’arriba (1999)

Sydney 2000 (2000)

El ordenador, qué horror (2001)

Etapa de la mixomatosis
(2002-)

Aproximadamente en 2002 la tendencia que ya de dejaba entrever en los primeros años del siglo XXI se acentuó y se convirtió en una de las mayores lacras de Mortadelo y Filemón en toda su carrera, dando como resultado una lista de álbumes visualmente desastrosos que ya se alarga diez años y que probablemente será la tónica hasta la jubilación de Ibáñez. Los rasgos definitorios saltan a la vista: cabezas gordas, brazos y piernas más cortas, narices más redondas (la de Filemón ya es prácticamente circular, no queda ni rastro de su eterno perfil “balón de rugby”)… El redondeo excesivo es norma, algo acusado hasta extremos desastrosos en los últimos cinco años.

Para rematar, estos regordetes sosías de los personajes se ven atrapados, encajados a duras penas en viñetas que no han cambiado de tamaño, pero que de pronto parecen pequeñas y asfixiantes. En 1986 cada viñeta (cuatro tiras por páginas, igual que ahora) era un lienzo en miniatura en el que cabían los detallados personajes y entornos propios del Ibáñez de la época, los bocadillos de texto e incluso algún detalle secundario, sin que el resultado fuese opresivo ni mucho menos; mientras que hoy día bastan apenas dos personajes desproporcionados de trazo básico y sendos bocadillos enormes de fuente de gran tamaño para que no haya sitio ni para un alfiler en el marco, con apenas indicios del escenario que les rodea. Las páginas, por tanto, lucen en general saturadas al tiempo que terriblemente simplonas.

Parque de atracciones (2003)

Mundial 2006 (2006)

Venganza cincuentona (2008)

Londres 2012 (2011)

Todo apunta a que estos desaguisados estilísticos no son del todo culpa de Ibáñez. Aquí entra en escena un personaje esencial en el acabado de las páginas de Mortadelo y Filemón desde el lejano 1986, cuando Ibáñez comenzó su breve andadura en la editorial Grijalbo. Juan Manuel Muñoz comenzó como entintador para Chicha, Tato y Clodoveo, y desde entonces se convirtió en hombre de confianza de Ibáñez, pasando a tinta las aventuras de Mortadelo y Filemón hasta 1993 y, tras el paréntesis de 1993-1995 (recordemos el evidente cambio de manos en esta tarea), volviendo para hacer algo más que entintar. A partir de 1996 (Atlanta 96 tiene toda la pinta de ser el primero) Juan Manuel Muñoz comenzó a corregir las páginas a lápiz de Ibáñez, precisando posturas y gestos trazados por Ibáñez de forma vaga por un motivo u otro. Lo que en un principio es una colaboración discreta y puntual pasa a convertirse con el cambio de siglo en una fase esencial en el aspecto que lucirán las páginas una vez terminadas, hasta el punto de divergir notoriamente del material inicial de Ibáñez. Al igual que la sabia reformulación en 1996 de los diseños estilizados de 1991-1993 sean en gran parte mérito de Muñoz, el énfasis en las redondeces en cabezas, ojos y narices que deslucen los álbumes más recientes son igualmente culpa suya.

Lápiz original de Ibáñez

Lápiz corregido por Muñoz.

Entintado por Muñoz.

La serie está estéticamente estancada desde hace años. Cualquier atisbo de dinamismo en el trazo queda ahogado por los personajes gigantes y la torpe administración del espacio en cada viñeta. Y tristemente la decadencia se contagia a las portadas, aquejadas de los mismos defectos que las páginas. Los clásicos detalles secundarios que daban vida a las ilustraciones en el pasado desaparecen paulatinamente para verse sustituidos por entornos desnudos, algo prácticamente inevitable dado que los personajes han adquirido un tamaño excesivo respecto al marco. Las composiciones forzadas y una línea cada vez más irregular dan como resultado portadas toscas a años luz de la exquisitez que caracterizó a toda la época de los noventa (a toda la serie, en realidad), indignas de las obras maestras del pasado. Curiosa casualidad que la portada dedicada a Venganza cincuentona se alza entre el resto de la producción de la época, con un estilo que inexplicablemente parece recién salido de la mejor hornada de los noventa.

Misión triunfo (2002)

Atenas 2004 (2004)

Prohibido fumar (2005)

Euro Basket 2007 (2007)

Venganza cincuentona (2008)

La gripe U (2010)

La bombilla… Chao, chiquilla (2012)

Espías (2012)

Aquí, en pleno 2012 y con Espías como el último álbum publicado hasta el momento (a seis aventuras de llegar a las doscientas), concluimos nuestro largo, LARGO repaso a la evolución gráfica de Mortadelo y Filemón. No voy a restarme méritos: la capacidad de observación para detectar matices y diferenciar etapas es toda mía, el fruto de una larguísima experiencia como fiel lector de Ibáñez que comenzó con un afortunado regalo muchísimos años atrás. Sin embargo, para comprender los motivos que subyacen tras los cambios aparentemente inexplicables y los altibajos de calidad no basta la capacidad de observación.

Aquí es donde entran en escena las inconmensurables enseñanzas proporcionadas por ese impagable libro que es El mundo de Mortadelo y Filemón de Miguel Soto y por ese foro de debate que observo en silencio y desde la oscuridad que es el de La T.I.A.com. A éste último le debo no sólo datos sobre las bambalinas de los álbumes dibujados por Francisco Ibáñez, sino también valioso material artístico (bocetos, páginas sin terminar, ilustraciones publicitarias) y toneladas de portadas a su vez recogidas en la necesaria página no oficial de Mortadelo y Filemón. Y digo necesaria porque la oficial es un auténtico aborto de la red, fuente de pura vergüenza ajena y textos en Comic Sans abandonada a su suerte desde hace años.

A todos ellos (incluso a la página oficial, porque sin su penosa administración no habría aparecido la no oficial) doy gracias de forma inusitadamente solemne y sincera para el tono habitualmente insultante y despótico de este entrañable blog. Y, por supuesto, a Francisco Ibáñez, un mentor con todos los honores. Sin él es muy probable que yo no estuviera hoy aquí, escribiendo, dibujando… Lo que viene a ser creando.

Y ahora, el apoteósico final. Porque, ¿qué mejor forma de terminar tan exhaustivo repaso que con una galería de tías buenas dibujadas por Francisco Ibáñez?

7 comentarios to “La evolución gráfica de Mortadelo y Filemón”

  1. El Tipo de la Brocha 28/11/2012 a 23:37 #

    Me gustaría poder comentar y opinar con el conocimiento que sin duda se merece este artículo, pero carezco de él. De crío, todos los años sin falta, me leía religiosamente mis cómics de Mortadelo y Filemón de cabo a rabo, e incluso llegué a copiar páginas enteras solo por gusto; pero jamás me paré a pensar en los cambios de estilo de Ibánez, porque, aunque palpables (el día que me compré El sulfato atómico en el quiosco me quedé alucinado), no tenía ni idea de qué tebeos iban antes y cuáles después, ni apreciaba todas las diferencias que podría ver ahora si le dedicase el esfuerzo que le habrás dedicado tú. Incluso admito que algún apócrifo se contaba entre mis cómics favoritos, como es el caso de Las criaturas de cera vivientes.

    Sin ánimo de enrollarme, solo quiero añadir que tu concienzudo análisis, repaso histórico incluido, me ha encantado y sorprendido, y lo que es mejor: leyéndolo me han entrado unas ganas terribles de repasar esos viejos tebeos que ahora tengo casi olvidados. De los cómics más recientes prefiero no saber más que lo que leo sobre ellos en Internet, porque creo que, al menos en esto, hice bien en quedarme a mediados de los noventa.

    • Miguel Roselló 29/11/2012 a 9:25 #

      Qué comentario más bonito, coño.

      Pd.: Mi tope está a finales de los noventa, y La Sirenita, de 2000, el último atisbo aislado de aliento.

  2. mariods86 18/02/2013 a 1:06 #

    Un muy buen análisis pormenorizado del estilo Ibañezco. Como fanático acérrimo de Mortadelo y Filemón (también les debo a ellos mi pasión por el dibujo) siempre me pregunté en qué momento exacto se sustituyeron las orejas en espiral (en la antología tampoco queda claro), me he dado cuenta de que ciertamente la etapa de las historias cortas es una de las que más evolución advierte (no me había percatado de ese “cambio de tamaño” a mitad de etapa) y me encanta la anécdota de Valor y al toro, siempre imaginé cómo serían esos personajes (personalmente siempre he pensado que serían similares a Paco Tecla y Laffayette, posteriormente reaprovechados “a modo de justicia poética” por Cassanyes. XD Sobre la última etapa, es ciertamente una pena ese cambio hacia unos personajes tan agigantados y ese deterioro de la ambientación, Aún no he leído el último álbum, y no se si la cosa seguirá estancada, pero desde luego, lleva un buen tiempo sin remontar (El último cómic que me llegó a gustar de verdad fue el de La Sirenita, y poco más).

    • Miguel Roselló 25/02/2013 a 20:04 #

      Muchas gracias, amigo. La Sirenita es un buen momento para olvidarse por completo ya de la serie. No es que antes de la Sirenita no hubiese ya bodrios, pero creo que perderse un cómic tan especial (con ese aire como de cuento y esa implicación personal sin precedentes de los personajes en la misión) sería una pena. De ahí en adelante, territorio yermo y desasosegante.

  3. Juanan 27/02/2016 a 15:58 #

    Yo de pequeño si notaba la diferencia jejeje Un apunte, destacar las estupendas portadas de la revista Yo y Yo. http://s94.photobucket.com/user/mortadelo001/media/mortadeladas/yoyyo1.jpg.html

  4. Alfonso Saborido 16/03/2016 a 23:04 #

    Qué bueno el artículo. Yo soy un gran lector porque de chico leí todos los tebeos de Mortadelo, y de Ibáñez en general. Mi padre decía que yo era tonto cuando me veía reirme ‘solo’ leyendo los tebeos. Gracias!!!

    • Miguel Roselló 17/03/2016 a 9:10 #

      Gracias a ti por comentarios tan majos. ¡Los fans de Mortadelo son mis amigos!

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