La película más triste del mundo (Vol. 1)

4 Mar

Un chico de catorce años y su hermana de cuatro vagan sin rumbo por el Japón de los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Él se llama Seita, y ella, Setsuko. Setsuko está condenada a morir de desnutrición, pues, por mucho que se desviva por ella, su hermano es incapaz de defenderla del entorno hostil al que han sido arrojados por la sinrazón de la guerra.

Existe una película mucho más deprimente. Una obra cinematográfica en la que todo, absolutamente todo, está orientado a provocar la más desazonadora miseria emocional en el espectador. Esta película, una brutal y descarnada mirada sobre la fracturación de la unidad familiar, la incomunicación generacional y la ingratitud de los senderos de la vida tiene un nombre…

…Goofy e hijo.

En 1995 aún estábamos en una época en la que todo lo que tocaba Disney se convertía en un clásico, o al menos, en algo destinado a perdurar en la memoria del espectador medio. El techo del prestigio y la popularidad ya había sido tocado el año anterior gracias a El rey león, y aunque a partir de ahora el camino de Walt Disney Pictures seguiría una relativa curva descendente, sutil y llena de altibajos, aún estaba lo suficientemente en forma para apostar por todo tipo de experimentos locos. Sin embargo, Michael Eisner y compañía no eran tontos. La rentabilidad rápida era muy tentadora, pero la división principal de animación del estudio gozaba de una reputación demasiado intachable como para empezar a perturbarla con producciones de medio pelo que sí, podrían generar jugosos beneficios adicionales, pero sus motivaciones artísticas resultarían tan dudosas como un reboot de Crepúsculo anterior a 2015.

Fue en 1990 cuando se estrenó en cines a bombo y platillo la primera producción del bautizado DisneyToon Studios, Patoaventuras, el tesoro de la lámpara perdida. La película no engañaba a nadie, y definía claramente lo que el recién nacido estudio tenía para ofrecer al público: producciones modestas de animación humilde pero digna, protagonizadas por personajes familiares a ojos de los espectadores y destinadas a rentabilizar el largo hueco entre los estrenos anuales de clase A de los Walt Disney Studios sin recurrir al tráfico de órganos. Si las superproducciones del estudio aterrizaban en los cines tradicionalmente en época navideña, los saldos salidos de DisneyToon asomaban la nariz discretamente en verano. Patoaventuras, extensión en pantalla grande de… Patoaventuras, recuperaba el espíritu aventurero de los geniales cómics clásicos de Carl Barks protagonizados por el tío Gilito, mirando de reojo al mismo tiempo al más moderno Indiana Jones (como el estreno Disney principal de aquel año, por cierto).

La película no fue un éxito ni mucho menos, pero resultó suficientemente carismática y apreciada como para que unos pocos años después se repitiera la jugada, tomando esta vez como base La tropa Goofy, que colocaba a Goofy y a Pete (y a sus respectivos hijos) en un contexto de sitcom familiar más bien improbable, que daba pie a todo tipo de cavilaciones acerca de la vida sexual del Hombre Perro. Max, el hijo de Goofy, venía heredado de la gloriosa época average man de Goofy en los cincuenta; mientras que a P.J. se lo sacaron de la manga los guionistas de la serie, a no ser que tengamos en cuenta aquél corto en el que Donald hacía de botones de un hotel de lujo y tenía que aguantar las diabluras del hijo de un Pete en modo millonario. La película debía prolongar la línea de la serie, al menos temáticamente, ya que como pudimos ver en su momento, muchos personajes de la serie desaparecieron sin más en el salto de un medio a otro. Goofy tenía poco que perder en la serie, puesto que apenas tenía un hijo y un gato (y perdió el gato), pero a Pete le quitaron a su esposa Peg, a su hija Pistol y al perrito salchicha aquél que tenía, dando lugar a un trágica escena con Pete a lo Mystic River. Goofy e hijo sería una película abiertamente testosterónica, el Aliens de Disney, una apología de lo masculino protagonizada por un padre y su hijo, acompañados de su vecino y su respectivo retoño.

El lavado de cara en los personajes respecto a la serie original también es evidente. Mientras que La tropa Goofy nos presentaba a unos Goofy y Pete claramente basados en su versión de los cortos suburbanos de los cincuenta, Goofy e hijo rediseñaba a los personajes para que remitieran más a los modelos de la época dorada de los cortos Disney, los años cuarenta. Eso sí, con algunas variaciones que iremos viendo a lo largo del análisis de la película. Porque sí, estamos a punto de embarcarnos en un viaje de ensoñación y magia por la película definitiva sobre Goofy. El personaje más versátil de cuantos salieron de la pluma de Walt Disney en los lejanos años veinte y treinta se enfrentó en 1995 al papel más difícil de su carrera (exceptuando el número de funambulismo del corto Clock Cleaners, que como era de esperar dados los métodos interpretativos de raíces stanislavskianas de Goofy, le tuvo meses ensayando con un equilibrista profesional); y como Will Smith, se trajo consigo a su hijo Max para hacerle partícipe de su éxito. Sin embargo, el bueno de Goof no contaba con que los marchosos años noventa habían marcado unas reglas que harían difícil su supremacía en la trama. La película se llamó Goofy e hijo por obligaciones contractuales, pero el protagonista de la película… era Max.

La primera escena de la película ya es reveladora a este respecto, y de paso nos presenta a una de las féminas más adorables y atractivas del panteón underground de personajes del mundo Disney. Tras la ruidosa aparición en pantalla del título de la película (sospechosamente parecido al de Toy Story, del mismo año), nos encontramos en un bucólico escenario, un campo de trigo en el que Max, que sorprendentemente ha pegado un buen estirón desde los tiempos de La tropa Goofy, vaga siguiendo una celestial voz que le llama. Es Roxanne, que le espera en lo alto de una columna griega convenientemente colocada en mitad del campo. Max corre hacia ella, y no es de extrañar. Roxanne nos gusta a todos, posiblemente porque sus delicadas formas adolescentes denotan una relativa imperfección que nos hace cercana su belleza. No es muy alta, y sus caderas presentan un contorno prominente para los cánones habituales, pero estos rasgos, lejos de ser vistos como defectos, otorgan a Roxanne ese carácter decididamente atractivo e irresistible. La delicadeza de sus curvas, esas piernas cortas que descienden desde un cuerpo aún en busca de su forma definitiva, la melena cobriza que rodea a ese rostro cóncavo y suave de cándida pero seductora expresión (¡ah, cuánto hace ese lunar!), la convierten en una nínfula irresistible para el viejo Roselló. ¡Señores del jurado! No tengan en cuenta estas absurdas divagaciones fruto de una mente podrida, pero estarán de acuerdo conmigo en que la belleza de la joven nínfula, envuelta en ese vaporoso vestido blanco (¿de gasa? ¿quizá seda?) resulta difícil de obviar. Bendita adolescencia que permite a las jóvenes moverse con soltura dentro de una naif noción del concepto de elegancia y lucir hermosas con sencillos vestidos con los que una mujer tan solo un poco mayor parecería un fofo saco de patatas.

Como cabía esperar, una atmósfera tan perfecta tenía que tener truco por algún lado. Roxanne se tumba junto a Max y le lanza la patentada mirada de “tómame, semental” que Ariel y Nala ya pusieron en práctica antes que ella con indudable éxito. Se acerca dispuesta a besar algo (y digo “algo” porque no sabemos exactamente a qué altura está su cabeza respecto a Max), y entonces empieza la pesadilla. Dream is collapsing. Como si del doctor Jekyll se tratara, Max empieza a sufrir una grotesca transformación entre dramáticas sombras que han transformado de pronto el campo de maíz en un páramo tenebroso. Dientes gigantes, manos y pies desproporcionados, orejas, bultito en la cabeza… y un terrible y familiar OHJOJOJOJIÓ sale de su garganta, espantando a Roxanne… Se ha transformado en SU PADRE. De pronto Max despierta, descubriendo aliviado que todo fue un sueño, incluyendo, supongo, el logo de Walt Disney Presenta. La película acaba de empezar y ya se ha posicionado claramente: Max mola, Goofy es un ser grotesco al que nadie en su sano juicio querría parecerse. Para los que hemos crecido riéndonos con Goofy, este posicionamiento motiva sentimientos, digamos, contradictorios. Amamos a Goofy, sus payasadas, su Goofy Holler y su facilidad para adaptarse a todo tipo de roles. Pero ¿quién podría ponerse de su parte ante semejante propaganda? Somos jóvenes e impresionables. En este momento, el sagaz espectador aún puede mantener esperanzas acerca de la justa imparcialidad de la película, ya que no hay nada más subjetivo que la pesadilla de alguien. A Max le aterra la idea de convertirse en Goofy, fuera Max, buuh, Goofy mola, y como la pesadilla ha terminado y nos disponemos a adoptar un punto de vista omnisciente estamos a punto de comprobarlo. ¿O no?

En los hogares suburbiales norteamericanos los adolescentes no parecen tener reparos a la hora de llamar al fijo de sus amigos a horas intempestivas despertando a toda la casa, y P.J. no es una excepción. Gritos, histeria; parece que Max está metido en algún asunto misterioso y llega tarde al colegio para ponerlo en marcha. ¿Drogas quizá? ¿Vídeos snuff en el sótano del instituto? ¿Acuerdos con Michael Eisner para cambiar el título de la película a Max y padre? La respuesta es aún más devastadora a tenor de las consecuencias, pero eso lo descubriremos luego. Es el momento de la gloriosa entrada en escena del héroe de nuestra historia… que aparece envuelto en toallas como una marujona (“la cosa está fatal con la crissi”) y con una aspiradora entre las manos, olvidando llamar a la puerta y avergonzando a Max y por ende a todos los preadolescentes del público.

El sagaz espectador pierde en este momento toda la esperanza de asistir a una representación imparcial del mundo de Goofy, que por si fuera poco, se nos deja claro que no es nada enrollado. Si lo fuera, conocería a Powerline, “el mejor rockero del planeta” y eje moral y emocional de nuestra historia. Goofy ha destrozado con su aspiradora un cartón con la efigie del rey del p… ejem, del rock, pero como destrozar una pieza tan valiosa no es importante, responde a la entusiasta reivindicación rockera de Max con un ridículo mambo que le sigue alejando a pasos agigantados del círculo de empatía del espectador. La guinda del pastel es el paternal beso que le da a su hijo en la puerta de su casa, que avergüenza aún más si cabe a Max ante un grupo de chicos muy molones que quizá sean huérfanos. En esta breve escena de apenas dos minutos Max se ha convertido en el mártir de toda una generación, y Goofy ha conseguido ganarse el desprecio del espectro completo de espectadores: los niños le odian por ser tan poco guay, los padres que ha llevado al niño al cine le odian por una representación tan difamatoria de lo que es un padre.

Llega el momento de la primera canción de la película, en la que Max se nos muestra desnudo (sólo metafóricamente en el montaje final). En una envidiable muestra de síntesis narrativa se nos muestra que Max está frustrado y avergonzado de ser un Goof, que todos se ríen de él siempre, que está enamorado de Roxanne (¡oh, Roxanne!) pese a que ella no le hace caso y que está preparando un plan algo turbio para ascender en la jerarquía social del instituto. Todo ello mezclado con la algarabía general de los demás estudiantes por las inminentes vacaciones. Muchos de ellos están tan emocionados que le lanzan sus calzoncillos a Max, lamentándolo para el resto de la mañana entre muecas de dolor. Durante esta canción comenzamos a observar lo que será la principal característica de toda la película: las caras deprimentes. Goofy e hijo hace una descarada apología del status quo escolar tradicional: los deportistas, las cheerleaders, los skaters y las buenorras compradoras compulsivas se nos muestran sanos, llenos de vida y listos para pasarse el verano follando como conejos; los gordos, los socialmente ineptos y los currantes se nos muestran sumidos en un vórtice de tristeza infinita. No hay más que comparar a la maciza rubia llena de abalorios de puta (que como se puede ver brevemente, ya se está dejando meter mano por su novio quarterback contra una reja como preludio para el verano de polvos etílicos en el asiento trasero del coche que se va a pegar) con las góticas de cara de asco fielmente trazadas a partir del manual de los estereotipos despectivos, o con el deprimente hasta el extremo conductor del autobús cuya mayor aportación al entusiasmo general es un lastimero YO CALENTAR EL SILLÓN. Oh, y una figura especialmente triste: la gorda desdentada que intenta penosamente hacer flexiones antes de caer al suelo como un saco de abono. Los padres que tratan de desear un buen día a sus hijos también merecen la desaprobación de la película, como demuestra esa pobre madre con su beso aplastado contra la puerta del coche.

La canción termina, y Max no pierde la oportunidad de hacer el ridículo una vez más cayéndose de lo alto de las gradas y provocando las risas de todo el mundo, incluyendo una versión perruna de John Bender. Pero “ahora por fin” todo cambiará, porque, ¡recordemos!, tiene algo preparado para impresionar a Roxanne. Y sospechamos que tiene algo que ver con Powerline. Pero que se pare el mundo, porque Roxanne hace su verdadera entrada en escena no-onírica en este momento, ayudando a Max a levantarse y siendo amable y sonriéndole. ¡Ah, Roxanne! Max, sin embargo, es exageradamente idiota y torpe, y sale huyendo. Nótese cómo la sonrisa de Roxanne desaparece en cuanto a Max se le escapa una risotada como las de su padre, dejando clara una vez más la inclinación partidista de la película incluso cuando el pobre Goofy no está en escena. Roxanne se queda sola y decepcionada; es obvio que Max le gusta, pero si a mí me dieran a elegir entre conversar relajadamente con ella para mostrarle mi personalidad y montar un estrafalario e innecesariamente costoso despliegue audiovisual con el que deslumbrarla… yo también lo habría tenido claro.

Y es precisamente eso lo que se dispone a hacer Max: un loco y potencialmente costoso número con cámaras, láser, humo y demás parafernalia, en el que están conchabados P.J. (el hijo de Pete) y Bobby, uno de los personajes más indescriptibles jamás vistos en todo el universo cinematográfico desde que los obreros ficharon a la salida de la fábrica de los Lumiére. Este tal Bobby es el encargado de medios audiovisuales (el Chico A.V., como decían en La banda del patio) y parece perdido en algún lugar entre una dimensión canutera, una dimensión redneck y lo directamente marciano, añadiendo al cóctel las gafitas de Woody Harrelson en Asesinos natos. La primera vez que le vemos en pantalla está bebiendo agua de la fuente con una pajita, y apenas nos hemos recobrado de sus maneras demasiado enrolladas exige el pago de un bote de CHEEEEEEEDAR por los servicios que está a punto de prestar y se lo inyecta en la boca como un dispensador de nata montada, en una imagen que quedó grabada a fuego en el cerebro de todos los niños de la época.

Todo está preparado. El salón de actos está lleno; todos están allí para escuchar el discurso de cierre del curso del director Mazur, que como todos los personajes doblados por Carlos Revilla, provoca un colapso referencial en el cerebro del espectador en cuanto abre la boca. Stacey, delegada del curso y mejor amiga de Roxanne, da paso al director con un discurso en el que empiezan a darse pistas de por dónde irá la trama (más caras deprimentes en este punto). De forma tremendamente irresponsable, la Blossom del mundo perruno ha invitado a TODOS los presentes a su casa ese fin de semana, a ver por tele por cable el próximo concierto de Powerline en Los Ángeles. Sin duda Powerline está en lo más alto de su carrera, y todavía no ha empezado a operarse una y otra vez para dejar de parecer un perro. Sin más dilación, Stacey (que recibe groseras insinuaciones sexuales de los empollones) da paso al director Mazur, el único personaje menos enrollado que Goofy en la película. Mientras el director aburre a los alumnos con educativas alternativas para dedicar el verano (intercaladas con más caras deprimentes), algo se cuece tras el telón. Espera un momento. ¿Se está vistiendo Max como Powerline? ¿Es posible que vaya a hacer lo que creo que…? ¡Sí, lo es!

El director Mazur cae por una trampilla y comienza el espectáculo. Esperábamos cierta pirotecnia, pero lo que ven nuestros ojos va mucho más allá de nuestras expectativas. Viendo las virguerías audiovisuales que se proyectan en la pantalla gigante que acaba de aparecer en mitad del salón de actos entendemos por qué P.J. está tan aterrado por haberle robado a su padre su cámara de vídeo: es la mejor cámara de VHS del universo. El amago de Powerline que aparece en pantalla cantando el megahit Stand Out se multiplica, cambia de color y se ve envuelto en alucinantes efectos especiales, todo ello creado, suponemos, directamente en la cámara de Pete. El auditorio se vuelve loco convencido de que Powerline no tiene nada mejor que hacer que presentarse repentinamente en un instituto aleatorio para animarles la mañana, Bobby ríe maníacamente (JA JA JA JA JA JAAAAAAAA) y Max consigue por fin lo que tanto tiempo llevaba buscando: atención por parte de Roxanne (la cual, por cierto, y el lector me perdonará la vulgaridad, está mojando las bragas). Max está pletórico. Salta al centro del escenario, baila e incluso se permite jugar con las hormonas de Roxanne (y Bobby ríe maníacamente, JA JA JA JA JA JAAAAAAAA) antes de empezar a volar por el escenario gracias a la magia de un gancho suspendido. Y ahí acaba todo. No sabemos si es que al Fake Powerline se le han acabado las pilas o qué, pero la música cesa y el director Mazur, muy poco enrollado, detiene al alborotador y lo desenmascara. Decepción generalizada al ver que Powerline en realidad es Max. Una pregunta me planteo en este instante. ¿Cuál era exactamente el plan de Max de haber podido llegar hasta el final? ¿No quitarse jamás el disfraz? ¿Atraer a Roxanne a sus brazos como Powerline y luego continuar con la farsa el resto de su vida? ¿Inventaría entonces una disparatada explicación para explicar su presencia frente a ella cada vez que en la tele pongan un directo de Powerline?

No sabemos por qué es importante ir con pareja a la casa de una tía para ver un concierto por la tele, pero las normas de Stacey son las normas de Stacey. Stacey es, como podemos observar, esa amiga/apéndice plasta cuyo único sentido de su existencia es conseguir que su amiga más guapa moje cuando en realidad debería preocuparse más por su deplorable aspecto; pero hay que agradecerle el empujón que le da a Roxanne (la falsa virgen) para acercarse a Max. Y lo que son las cosas, cuando él le pregunta si quiere acompañarle a la fiesta, ella acepta. Aquí en realidad es el calentón post-Powerline el que habla por Roxanne, pero eso es tan irrelevante para Max como lo habría sido para cualquiera de nosotros en una circunstancia similar. Mientras Roxanne y Stacey se alejan, podemos escuchar a la segunda afirmar que “tratar con chicos está chupao”. Qué sabrás tú, maldita lesbiana.

Y ahora sí, comienza el drama. Goofy, del que nos habíamos olvidado, está cumpliendo tranquilamente su jornada en la sección de foto infantil de un centro comercial (otra cara deprimente, la de esa maruja que trae a su hija a que le saquen una foto), intercambiando con Pete profundas reflexiones sobre la educación de los hijos cuando recibe una llamada del director Mazur, envuelto entre dramáticas sombras. Contaminado por la suspicacia de Pete, Goofy reacciona desproporcionadamente a las ya de por sí desproporcionadas advertencias de un Mazur desatado. ¡Se viste como un pandillero! ¡Ha armado un… alboroto! Goofy reacciona a la palabra “alboroto” como si fuese un sinónimo de “violación infantil por vía rectal”, hiperventilando y todo. Mazur, firme defensor de la pena capital para gays y retrasados, hace una rápida relación de ideas y convierte a la silla eléctrica en la más inmediata consecuencia de causar un alboroto en clase. Cuando Goofy cuelga, su cara no difiere mucho de la que hubiese puesto si se acabase de enterar que la muerte de su esposa fue culpa de un Max encocado hasta las cejas y con un cuchillo jamonero atado al pene. Será mejor que nos acostumbremos cuanto antes a esta cara derretida por la tristeza extrema, la veremos mucho en el alegre personaje a partir de ahora. En ese momento Goofy tiene la gran idea: ¡llevarse a Max al Lago Destino! Siguiendo los burdos consejos de Pete, planea una excursión de padre e hijo para estrechar lazos en la que habrá tiempo para la pesca, las risas y quizá alguna turbadora confesión sobre la muerte de mamá. La historia se va encarrilando.

El Max que vuelve a casa, pese a ser un Max seriamente amonestado, es también un Max feliz. Al salir de la escuela se da cuenta de que su loco plan no ha salido tan mal como pensaba, ya que todo el colegio, incluidos John Bender y la puta de último curso, le vitorean. El subidón de Max durante el reprise de Stand Out que se marca de vuelta a casa se nos contagia, y nosotros también tenemos ganas de cantar en playback por las calles, saltar y ponernos la gorra para atrás, fechando inequívocamente a Goofy e hijo en una década exacta y facilitando el trabajo de los arqueólogos del futuro. Durante esta espídica escena Max se mete en casas ajenas (una de ellas está siendo trágicamente embargada), bota en algún que otro trampolín, nos evita una desagradable escena con un bebé electrocutado y golpea injustificadamente con la mano a un pobre arbusto, todo ello ante la complaciente mirada de sus conciudadanos. Max es ahora Ferris Bueller… pero no durante mucho tiempo. La dura realidad le golpea cuando llega a casa y se encuentra con la noticia de que su padre ha organizado un viaje al Lago Destino para los dos (y no para Goofy y Donald, como cree Max, ja-ja). En este momento, la película juega la carta de la mística del mapa a través de las palabras de un Goofy más Yoda que nunca. Lo que diga el mapa, eso es lo que harán. Max trata de escabullirse explicando vagamente el asunto de la fiesta, pero Goofy desprecia abiertamente sus planes y LE GOLPEA con un periódico. Goofy es peor padre que Robert De Niro en Vida de este chico. Max, por su parte, tampoco es un gran persuasor. Es obvio que si hubiese incluido a Roxanne en su explicación, Goofy hubiese preferido dejarle en casa con ella, no fuese a ser que se acabase convirtiendo en un mariquita de ésos.

Personalmente, me resulta muy frustrante que Goofy oculte a su hijo la apocalíptica llamada del director Mazur. Estoy convencido de que podríamos haber evitado muchos malentendidos si no fuera por los ridículos métodos modernos de paternidad de los que hace gala Goofy. Goofy prefiere hacer creer a su hijo que está siendo aleatoriamente castigado con un aburrido viaje a través de Norteamérica, cuando lo que tendría que haber hecho es pegarle cuatro berridos a Max y mandarle de una patada a la fiesta de Stacey para asegurarse de que desflora a Roxanne y no se vuelve un marica de ésos. Es difícil no entender a Max en este momento. Su padre suelta deliberadamente comentarios inconexos sobre “este problema” y “la silla eléctrica” sin llegar a concretar nada; ya sea por un fuerte sentimiento de incomunicación o por la evidencia de que su padre está actuando de forma más extravagante que nunca, Max se sentirá inevitablemente hostil hacia él. Y cualquiera lo haríamos.

Pero la incomunicación es a fin de cuentas un mal crónico de esta familia. Quizá por eso la madre de Max se suicidó. Ya en marcha, el primogénito Goof pide a su padre que se detenga un momento con las mismas referencias vagas de éste: “una parada”, “hablar con alguien”… Max quiere, obviamente, hablar con Roxanne antes de irse. Pero quien le abre la puerta no es Roxanne, sino un monstruoso y desaliñado ser perruno en camiseta interior y calzoncillos. Max se asusta ante el amenazador y malencarado ser, que no es sino el padre de Roxanne. La chica aparece a tiempo para apaciguar a su padre fingiendo dulzura mientras se tapa disimuladamente un ojo morado.

Una vez solos, Max empieza a explicarle a Roxanne… No, el padre monstruoso está espiando a través de la mirilla del correo. “¡Papá!”, le regaña cariñosamente Roxanne, procurando que su rostro no refleje la repentina punzada en su corazón por el recuerdo de lo que pasó anoche. Aunque es evidente que Max no trae buenas noticias, Roxanne no se lo va a poner fácil. “¡Estoy impaciente por que llegue ese día! ¡Si algo fallase en el plan me suicidaría!”. Y cuando Max apenas ha empezado a hablar. Roxanne demuestra ser una auténtica hija de puta sin una pizca de empatía. A la frase de Max “Sí, yo también lo estaba”, a Roxanne le cambia la cara, se baja de la barandilla, aparca los gestos calientabraguetas y se aleja de Max. No te preocupes, a fin de cuentas sólo es una fiesta, vete por ahí con tu padre si tan enamorado estás de él. IRÉ A LA FIESTA CON OTRO. Max está hundido, pero a Roxanne parece chuparle un pie, sólo le preocupa encontrar a otro con quien mojar la noche del concierto para restregarle por la cara una vez más a Stacey su infinita superioridad sobre ella. Y así habría sido si a Max no se le hubiera ocurrido de pronto la mentira perfecta. ¡Si no va a ir a la fiesta es porque su padre le va a llevar hasta Los Ángeles para ver el concierto en directo! Y esto podría haberlo justificado de forma inofensiva (“mi padre es un tío guay” o algo así), pero Max prefiere enredarse un poco más entre mentiras aludiendo a una supuesta amistad de toda la vida entre su padre y Powerline. A Roxanne se le ilumina la cara de nuevo, así como los instintos reproductivos. En este momento Max debería haberla dejado ahí plantada entre gritos (“¡ahora sé qué clase de zorra interesada eres!” y tal), pero Max no está tan interesado en poner a prueba sus intenciones como en empalarla con su poderosa espada palpitante. Y por si las mentiras no fueran ya suficientes, Max promete a Roxanne que la saludará desde el escenario junto a Powerline durante el número final. ¿Cómo se las va a arreglar Max para cumplir todo esto? ¿Y por qué tenemos la extraña sensación de que, aunque consiga cumplir su promesa y salir sorprendentemente bien parado y quedar como un semidios, acabará por confesar la verdad a Roxanne? Ahora sí, Roxanne es todo besitos y arrumacos. Dale tres años y tendrá una experiencia como groupie hardcore que haría palidecer a Kate Hudson en Casi famosos. ¡Pásatelo bien en el concierto! ¡Te veré por la tele! ¡Pero si no cumples algo de lo que has prometido me volveré tan fría y cruel contigo que querrás cambiarte de colegio!

Hasta ahora he sido visiblemente jocoso con los acontecimientos narrados en Goofy e hijo, pero hay que reconocerle ciertos méritos. Y uno de ellos son los números musicales. No sólo las canciones de Powerline son sorprendentemente pegadizas, sino que las canciones que cantan los personajes son igualmente notables, aunque sólo sea por los números que las acompañan. El que viene en este momento de la historia es el mejor de todos, y está lleno de locos detalles secundarios cargados de un humor negro de lo más soterrado. Goofy y Max han comenzado su largo viaje, y la tensión en el interior del coche es tan espesa que podría cortarse con un cuchillo. Goofy lo sabe, así que tras una serie de patéticos e infructuosos esfuerzos por animar a Max, intenta otra cosa, igual de patética e infructuosa pero más elaborada. Esto es, un persuasivo y complicado número musical rodante, en el que una serie de bailarines y equilibristas profesionales disfrazados de conductores espontáneos se unen para conseguir un espectacular número de extrema sincronización por el que Goofy seguramente habrá pagado cientos de miles de dólares.

Los extraños ruidos que brotan del coche, y que para cualquier padre más sensato sería una alerta de que algo está punto de explotar en el vehículo, son para Goofy el alegre fondo rítmico que hay que aprovechar para empezar una canción. Y no podría haber elegido un mejor momento, porque creo que no ha habido tantos sujetos estrambóticos reunidos en una carretera en toda la historia de la civilización occidental. A sus alegres rimas acerca de las virtudes de unas buenas vacaciones se unen un camión de bomberos, una camioneta con un pianista y tres cantantes de country buenorras (que alteran la libido de Max, como revela su alegre expresión), una conductora temeraria de avanzada edad con sus gatos, la policía llevando a un extremadamente desalentador presidiario (¡caras deprimentes!) cuya mayor desilusión ante la condena por descuartizamiento de menores es no poder irse de excursión, un hombrecillo y su esposa obesa mórbida en un ridículo utilitario, un camión cargado de animales de zoo, un coro de monjas cantarinas que conviene no olvidar (como ya veremos), una pareja de recién casados en la que el novio desciende hasta el coche en paracaídas, una ruidosa avioneta, una limusina de la mafia en la que hasta el rehén maniatado del maletero tiene ganas de juerga, un coche fúnebre con un muerto que habla e incluso Mickey y Donald (por eso Goofy no iba con Donald, Mickey y él son unos amigos de mierda y montan los planazos a espaldas de Goofy). En definitiva, una colorista fauna que viene cargada hasta con confeti, y que no tiene ningún reparo en cantar y bailar al son de Goofy (incluso hay quien se anima a subirse al techo de los coches para bailar frenéticamente, un comportamiento desconcertante en general, pero especialmente en el caso de los agentes de policía y el cadáver). Pero Max es un maldito desagradecido, o al menos es muy difícil de impresionar.

La calificación R que recibió la película en Estados Unidos puede parecer un tanto alarmista hasta este momento, pero la secuencia que viene a continuación es tan dura que no nos queda otra que dar la razón a la MPAA. Goofy ha preparado una parada sorpresa para Max: una visita no al lugar más patético de la Tierra, sino al lugar más patético que un ser humano podría imaginar en sus más virulentos delirios febriles. Un horrible parque de atracciones de zarigüeyas en estado semiruinoso y construido sobre una ciénaga de los estados del sur. Los seres más queridos de semejante reino de los sueños son una aterradora colección de zarigüeyas cajún animatrónicas. En este dantesco lugar, supuestamente uno de los sitios preferidos de la infancia de Max, todo causa un rechazo indescriptible, desde las marionetas robóticas en sí hasta los visitantes del lugar, que como no podía ser de otra manera en Goofy e hijo, se trata de personajes que lloran, moquean o parecen estar derritiéndose como la Malvada Bruja del Oeste, en perpetuo gesto de desgracia.

Max no tiene más remedio que presenciar el decadente espectáculo musical de animatronics medio rotos al que le arrastra Goofy, rodeado de paletos endogámicos que aplauden como mongoloides. Max tiene que soportar incluso un penoso encuentro con un tipo disfrazado que no es el Chucho Dinghy, sino Dexter la Zarigüeya Gorda. Dexter tiene un momento memorable cuando, movido por sus buenos sentimientos, intenta animar a un Max más bien sumido en la mayor de la desgracias. No le pagan por ello, jamás conseguirá un ascenso que le aleje de ese mugriento disfraz cuyo mantenimiento corre de su cuenta, no sacará de este gesto nada más allá que la satisfacción de haber dibujado una sonrisa en el rostro de un chico que jamás conocerá la identidad que se esconde bajo el traje de zarigüeya. Pero en lugar de eso, Dexter recibe un guantazo y es secuestrado por un grupo de niños mutantes del sur. Fue la última vez que alguien vio a Dexter (su primo Lester quedó tan afectado por su desaparición que se dio a la botella y precipitó la cancelación de El mundo de Beakman).

La maltrecha relación entre Goofy y Max alcanza un punto crítico cuando Goofy, que va a su bola y no es capaz ni de interpretar correctamente esta especie de extraña sonrisa boca abajo que tiene su hijo en la cara, se pone a hacer el payaso para los alegres paletos de las cloacas y termina por absorber a Max en su poderoso campo gravitatorio de patetismo. Los bailes de Goofy, las caras grotescas de alegría de los paletos y sus aplausos son demasiado para Max, del que no me habría extrañado que estallase entre gritos, “FREAKS, FREAKS!”. Goofy e hijo, la Parada de los monstruos de los noventa.

Max sale huyendo de su padre bajo la lluvia ácida, e incluso intenta hacer autostop. Goofy corre tras él y le pregunta con evidente sadismo “¿qué te he hecho yo?”. Max, para asegurarse de que los próximos cientos de kilómetros encerrados en el minúsculo auto no sean violentos en absoluto, pone verde a su padre y a las vacaciones entre gritos, hasta el punto de sólo faltarle usar la expresión “puto retrasado”. Atención a la cara de Goofy. Prestemos atención a esas ojeras, que convierten cada gesto de decepción en desproporcionada fuente de desolación para el espectador. Mirémosla y aceptémosla, porque ya sí que no va a quitarla hasta el final de la película.

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Gracias a Ford, lo que prometía ser una deprimente parada en un lago se ve interrumpida por la ruidosa entrada de Pete, P.J. y su gigantesca caravana, que necesita arrasar medio bosque para asentarse. Llegan en el momento justo; dos minutos más de tragedias familiares y patetismo extremo y Goofy e hijo sería famosa por su récord de suicidios provocados en espectadores de entre 8 y 88 años. En otras circunstancias no aceptaríamos un encuentro tan extremadamente casual ni en un millón de años, pero nos da igual. Nos dan ganas de abrazar y besar a Pete en sus sudorosa papada por haber llegado y puesto fin a la pesadilla.

La llegada de Pete y P.J. sirve para algo más que para impedir que nos apuñalemos a nosotros mismos con una botella vieja, ya que P.J. tiene información interesante para Max: todo el colegio sabe que los Goof están de camino a Los Ángeles para ver a / cantar con / besar en directo a Powerline. La trama se complica.

Mientras tanto, Pete, nombrado repetidas veces Padre del Año, insiste a Goofy en lo de “mano dura” para cuidar a sus hijos con una elocuente demostración de lo dominado que tiene a P.J., al obligarle a dejar todo lo que tenga entre manos para correr a derribar el único bolo que ha quedado en pie tras la tirada de su padre en su pista personal. Luego nos extrañaremos si P.J. acaba disparando con una escopeta a su padre, a la mitad de los alumnos del colegio (incluyendo a la puta y a John Bender) y al director Mazur. Sea como sea, estas futesas no preocupan a Goofy, que no duda en probar los métodos de Pete para conseguir que su hijo le acompañe en una agradable e impuesta noche de pesca. En el lago, Goofy comparte con Max un secreto familiar que ha ido pasando “de Goof a Goof a Goof”. No, no es el sistema para librarse de una esposa sin dejar huellas incriminatorias, al menos por ahora. Se trata del Lanzamiento Perfecto, una loca técnica para pescar que acabará impresionando al mismísimo… no, no adelantemos hechos. Lo sabremos en la EMOSIONANTE CONCLUSIÓN. La próxima semana, en el mismo canal y a la misma hora. JA JA JA JA JA JAAAAAAAA.

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Continuará…

10 comentarios to “La película más triste del mundo (Vol. 1)”

  1. Malleys 05/03/2013 a 14:39 #

    Estoy muriendo de risa a pesar de la ligeramente perturbadora descripción de Roxanne, hay tantos fragmentos que me gustaría recalcar que mejor lo dejo. Espero impaciente la continuación.

    • Miguel Roselló 05/03/2013 a 20:28 #

      Diré en mi defensa que la descripción de Roxanne es en realidad un guiño a Navokov y su Lolita, pero esconde cierta verdad.

    • Miguel Roselló 05/03/2013 a 20:30 #

      ¡Anda, eres de Aros de Cebollas! ¡Gran blog!

      • Malleys 07/03/2013 a 10:34 #

        ¡Gracias! lástima que lleve años muerto, justo cuando escribí ese comentario me di cuenta de que lo enlazaba en el nick pero no me dejaba cambiarlo, probaré de nuevo.

  2. Encon (@3ncon) 05/03/2013 a 15:19 #

    Me gusta como el director Mazur es capaz de abusar de las taras mentales de un padre amenazándole con la muerte de su propio hijo y nadie le dice nada.

  3. El Tipo de la Brocha 11/03/2013 a 8:09 #

    Goofy sufre depresión crónica y es probable que sea hereditaria, que Max se ande con ojo.

    Por cierto, yo tenía el cómic de la película, ¿eso no es más triste que la película en sí?

    • Ovi-One 05/05/2013 a 23:48 #

      No estás solo, yo también tenía el cómic de la película. XD

      Pero es que… ¡la película me sigue gustando! Es tan demencial… es uno de mis placeres culpables. XD

  4. Harvey 21/06/2013 a 23:27 #

    Hi, always i used to check web site posts here early in the dawn, because i love to learn more
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