La película más triste del mundo (Vol. 2)

3 May

Previously, on The R Lounge…

Con la mansa pachorra que caracteriza a un Terrence Malick, aquí llega la esperada segunda parte de la intensa review de una de las películas clave del cine de los noventa, en una época en la que destacar entre proyectos irreprochablemente rompedores como Pulp Fiction, Trainspotting y Sospechosos habituales era tarea casi imposible. Goofy e hijo lo consiguió, por su subversión de los códigos narrativos del cine de conflictos paternofiliales y sus depresivas escenas con zarigüeyas mecánicas, nunca igualadas después ni siquiera cuando en El pianista un oficial nazi tira a un viejo en silla de ruedas por una ventana.

Cabe comentar que en mi afán ilustrativo de la reseña, a base de fragmentos youtuberos he intercalado prácticamente el 100% de la película en la reseña completa. Así que, querido lector, te propongo que te tomes esta lectura como un relajado entretenimiento de pura evasión. Como dice Alan Moore que hay que disfrutar de los cómics, busca un sillón cómodo, ponlo junto al fuego pese a que me leas desde Sevilla en pleno mayo y, liberándote de las prisas que caracterizan a este mundo informatizado lleno de internet, teléfonos portátiles y automóviles, asúmelo como un visionado audioguiado de Goofy e hijo en el que, como ocurre en las Ítacas, el camino importa más que el destino. Disfruta los vídeos cómodamente mientras alternas con mi rigurosa apreciación de los intensos acontecimientos que muestra la película, detente cuando te apetezca y continúa más tarde. Vamos allá.

Habíamos dejado a Goofy en un momento clave de su plan para conectar con Max en plena parada pesquera durante su larga odisea rumbo al Lago Destino. Goofy se dispone a revelar a su hijo el secreto pesquero mejor guardado de su familia, un lanzamiento especial de la caña que había pasado de Goof a Goof a Goof desde el inicio de la dinastía, cuando Sir Nathaniel Goof, notable hombre del Siglo de las Luces, decidió en un rapto de enajenación aparearse a la fuerza con una pobre perra que pasaba por allí. Goofy pone en práctica ante los ojos de Max su Lanzamiento Perfecto con la esperanza de que él haga lo mismo con sus hijos el día de mañana, pero no cuenta con el improvisado cebo que encuentra el anzuelo durante su vuelo.

Efectivamente, el Lanzamiento Perfecto de Goofy Lanza Perfectamente un filete de Pete (de carne de koala o de gorila de las montañas, sabiendo cómo las gasta) que atrae al único personaje de esta película que sobrevive en mi casa en forma de figura acción: el Bigfoot. Este Bigfoot, que se parece bastante a Harry (el de los Henderson), aparece como un monstruo rugiente y descontrolado que hace huir a Pete despavorido en su gigantesca caravana (nuestro primer impulso es alargar la mano hacia la pantalla musitando “no, por favor, no me dejes con Goofy y Max a solas”), mientras que Max y Goofy corren a encerrarse en el coche. No es para menos; ese ser mitad hombre y mitad animal debe dar mucho miedo, ¿no es así, Goofy?

En otras circunstancias habríamos juzgado al Bigfoot basándonos en esta equívoca primera impresión, pero como las llaves del contacto se han quedado en una mochila fuera del coche, Goofy y Max tienen que atrincherarse a la espera de que la criatura se vaya para recogerlas y seguir la estela del añorado Pete.; lo que nos ofrece la oportunidad de conocer un poco más a la legendaria criatura de los bosques. Hasta este momento, el Bigfoot se nos ha mostrado como una monstruosa criatura semihumana y hambrienta de sangre, pero una vez superada la desafortunada primera impresión, descubrimos que en realidad lo que le ha pasado a este pobre tipo es un poco lo mismo que le pasó a Yoda tras emigrar a Dagobah: los años de soledad lo han dejado como un cencerro. Esto, unido a la evidencia de que el abominable hombre del bosque no es un monstruo colérico, sino más bien una especie de artista en paro que no ha encontrado espectadores potenciales en siglos, da como resultado una preocupante necesidad de ser el centro de atención en todo momento.

Su memorable encontronazo con un walkman salido de una de las mochilas se salda con una inesperada pasión por los Bee Gees, lo que nos hace preguntarnos de quién era exactamente esa mochila. Goofy ha demostrado hasta el momento tener un terrible gusto musical basado en cantos alpinos como los que le gustan a Steve Urkel, arrítmicos sonidos salidos del motor de los vehículos y una absoluta falta de conocimiento hacia ritmos más audaces, y Max jamás se dejaría ver escuchando canciones discotequeras decididamente poco enrolladas y surgidas de veinte años atrás. ¿Acaso era la fallecida señora Goof la fan de los exquisitos falsetes de Barry Gibb? ¿Lleva Goofy consigo siempre un lúgubre walkman cargado con las canciones favoritas de su llorada esposa, simbolizando así que ella lo acompaña allá donde va? ¿Llora Goofy por las noches escuchando en secreto, en la soledad de su cama de matrimonio, Stayin’ Alive?

Lo que es seguro es que el Bigfoot es totalmente ajeno a las implicaciones emocionales de las letras de los Bee Gees, así que él se limita a bailar imitando a John Travolta mientras dentro del coche tiene lugar la enésima escena emocionalmente incómoda de Goofy e hijo. Como el Bigfoot ha ido lanzando por ahí todo lo que ha encontrado en las mochilas, Goofy ha logrado hacerse una lata de sopa de letras de la prestigiosa marca Sopaola, que como inmediatamente se nos explica, era la sopa favorita de Max cuando era un bebé. Goofy, en pleno desbarajuste hormonal fruto de la menstruación, ha tenido otro ataque sentimental al ver la lata de sopa, así que intenta una vez más crear lazos entre padre e hijo apelando al recuerdo de los juegos con la sopa del pequeño y cándido Max que se divertía formando palabras con las letras flotantes, como “democracia” y “derechos humanos”, para después devorarlas simbólicamente de una sola cucharada.

Por los viejos tiempos y sin mirar la fecha de caducidad grabada en el borde, Goofy invita a su hijo a un buen trago de sopa de hace diez años, abriéndola con sus sucios dientes salientes para más inri. Tras el banquete y alguna que otra torpe muestra de cariño entre tíos, los Goof se resignan a dormir en el coche con el bueno de Bigfoot Henderson echando su propia siesta en el techo. Cuando Max se duerme y Goofy recupera el bote de sopa apenas empezado (puto desagradecido), en el líquido flota el mensaje “Hola, papá”.  Goofy encaja tan intensamente esta combinación de letras seguramente aleatoria que podemos dar gracias a que el mensaje no fuese “asesina a todos los primogénitos”.

El arrullo de los sonidos campestres es demasiado insoportable para el aburguesado y urbanita Max, así que mientras su padre y el Bigfoot duermen, él le escribe una postal a Roxanne. Comienza escribiendo unas cuantas frases completamente falsas que respaldan la absurda charada que se ha montado (siendo “estamos cerca de los Ángeles” y “mi padre y yo nos lo estamos pasando muy bien” las mentiras más flagrantes), pero un ramalazo de honestidad le hace tacharlas y empezar de nuevo. “Lo siento, pero te mentí, no voy a ir al concierto de Powerline. Puede que no quieras volver a verme”. De acuerdo, habíamos juzgado mal a Max. Sabe exactamente el tipo de zorra interesada con la que está tratando.

Entonces Max tiene una loca idea. Siendo como es el Guardián del Mapa, ¡tiene la posibilidad de cambiar el trayecto y llevar con engaños a su medicado padre hasta Los Ángeles! No sabemos si una vez allí intentará convencer a Goofy de que están en el Lago Destino (¿hasta qué punto subestima Max a su padre?) o si sólo una vez en Los Ángeles se dará cuenta de esta importante laguna en su plan; lo que está claro que las farsas a largo plazo no son el fuerte del primogénito Goof. Pasemos de puntillas junto al grotesco amago de despertar de Goofy, Max lleva a cabo su sucia treta y rompe la postal en mil pedazos (era un recuerdo del Reino de las Tinieblas de las Zarigüeyas, así que mejor). Uno de los trozos vuela solitario movido por la brisa nocturna y se queda atrapado entre unas ramas a la entrada del bosque: en ellas se puede leer “eres una zorra”. Bueno, no.

A la mañana siguiente, tras una extrañísima elipsis en la que se omite cómo se resuelve el asunto del Big Foot (probablemente a tiros, de ahí la ausencia de la violenta escena), Goofy y Max tienen por fin la oportunidad de comer algo aparte de sopa de los ochenta. Han parado en una cafetería de carretera llena de, como no podía ser de otra manera, pintorescos personajes (atentos al inesperado regreso de las monjas cantarinas del número musical del principio del viaje, seguramente las únicas que sobrevivieron a aquel derroche de imprudencia automovilística) y muy oportunamente, Goofy elige este momento para dotar a Max de poderes absolutos sobre el mapa, montando otra vez un innecesario numerito público. El rostro de Max parece revelar un intenso sentimiento de culpabilidad por lo que hizo la noche anterior con el mapa (si alguien se incorpora ahora mismo a la lectura este comentario podría sonarle perturbadoramente equívoco), pero debemos habérnoslo imaginado, porque lo que muestra el montaje musical que viene a continuación no es el comportamiento que cabría esperar de alguien que se siente muy culpable de su fechoría.

A Max no le basta con haber cambiado el destino y por lo tanto todo el sentido e implicaciones del larguísimo viaje organizado por Goofy y llevar con engaños a su discapacitado padre al concierto de una ruidosa estrella de rock adolescente en lugar del apacible lago de su niñez. El joven Goof impone tantas paradas para su exclusivo placer que no está de más cuestionarse la forma en la que exterioriza su sentimiento de culpa. Es más, dudo que alguna de esas actividades de precio indudablemente desorbitado haya sido pagada del bolsillo de Max.

Tras el largo viaje, Goofy y Max se detienen a pasar la noche en un vistoso motel temático ambientado en el fondo submarino, en un intento de la Disney por sinergizar la película y dar tardía salida al excedente de merchandising de La sirenita. En una cada vez más sospechosamente casual tendencia, Pete reaparece con su caravana. Es cada vez más probable que Pete sea un agente de la DEA con la razonable sospecha de que Goofy es quien se esconde tras la identidad de Heisenberg, pero todas sus responsabilidades para con el tráfico de metanfetamina controlado por su alegre vecino se le olvidan al presenciar el aparente vuelco que ha dado la relación padre e hijo entre los Goof (ven, amados distribuidores españoles, no es Goofs al igual que no es Croods o Simpsons).

Atormentado por la culpa (con qué tristeza devora la pizza) Max comparte con PJ sus tejemanejes impúdicos respecto al trayecto del viaje. PJ se sorprende de que Goofy haya podido ser “tan estúpido”, a lo que Max, muy concienciado con la comunidad discapacitada, protesta y trata de justificarse. Por desgracia para todos (incluidos nosotros, que ya creíamos lejanos los violentos conflictos familiares), Pete lo oye todo. Deseoso por socavar la mejorada relación entre Goofy y su hijo (mientras que él ha tenido que aceptar que la matanza de Columbine no es sino una señal de su propio fracaso como padre), corre a contárselo a Goofy, quien pasa del alegre y bonachón personaje que por fin había vuelto a ser a la más miserable depresión tan instantáneamente como si alguien hubiera pulsado un interruptor en su espalda.

En la habitación, Max y PJ están viendo a Powerline por la tele (o se trata de chicos muy monotemáticos o Goofy e hijo es una encubierta distopía futurista en la que Powerline es una especie de dictador mediático) cuando entra Goofy como un fantasma, directo a la cama y sin mediar palabra. PJ se despide de Max con un último y extraño mensaje: “y no lo olvides: Powerline”. Opción 1: PJ es escandalosamente indiscreto. Opción 2: PJ está preocupado por el principio de Alzheimer de su amigo. Opción 3: se trata de la fórmula de despedida impuesta por Powerline en esta oscura sociedad futurista. Powerline para ti también, PJ.

Pasada la noche y de vuelta en la carretera, Max sospecha por el decadente rostro de Goofy que su padre ha roto su norma de vender pero no consumir. Y es que o es eso o su padre ha perdido realmente el interés por seguir viviendo. En una de las escenas más recordadas por los fans (los tres fans) de Goofy e hijo, el coche se dirige a toda velocidad a una bifurcación de la autopista y Goofy deja a Max con la decisión de qué camino seguir, completamente dispuesto a estrellarse entre las dos vías si Max no decide a tiempo. ¿En qué clase de hombre potencialmente peligroso para sí mismo y los demás se ha convertido Goofy? ¿Realmente pensaba matarse con su hijo para darle a éste una lección acerca de no cambiar mapas? ¿Quién dejó a Goofy ver Abre los ojos? Por fortuna para el bienestar físico (exclusivamente físico) de ambos, Max reacciona en el último segundo, aunque sus irracionales ansias de impresionar a Roxanne le pueden más que tener a su peligroso padre contento y elige el camino de la izquierda.

Por su cara de enfado, a Goofy debe haberle molestado bastante que Max le fastidiara el suicidio. No deberíamos seguir aquí, parece pensar. Al igual que hizo Goofy en la primera etapa del viaje, Max trata de aliviar la tensión que se respira en el interior del coche proponiendo canciones y juegos. “¿Quieres cantar, papá?”. “NO, QUERÍA MORIR, ¿ENTIENDES?”. Y de hecho, por un momento parece que Goofy se ha hartado definitivamente y va a lanzar el coche por un acantilado de un volantazo, pero en realidad sólo quiere detener el coche en una cuneta… junto a un acantilado. Ya he perdido la cuenta de las veces que esta familia ha estado a punto de desintegrarse por culpa de la mala comunicación, y ésta no va a ser una excepción. Sin concretar nada, Goofy sale del coche, se pone de morros y suelta un par de comentarios autocompasivos cargados de agresividad pasiva, y Max responde con un “”bah, déjalo”, de lo más improductivo.

El coche elige este oportuno momento para irse carretera abajo él solo, y Goofy y Max lo persiguen entre los recovecos de las estrechas carreteras del Cañón del Colorado (digo yo). Goofy y Max logran meterse dentro en marcha justo a tiempo de despeñarse con él por el cañón hasta caer en el río. Goofy y Max eligen sorprendentemente la caída en vertical para sincerarse por fin. Goofy reprocha a Max haber estropeado las vacaciones y éste le responde que ni siquiera quería ir de vacaciones con él. Cómo se pasan.

Entre gritos y acusaciones al más puro estilo Sálvame, Max y Goofy bajan el curso del embravecido río subidos al techo del coche. Aunque esperamos ansiosos a que alguien eche al otro la culpa de la muerte de mamá, lo más determinante que llega a saltar a la palestra es el asunto de la funesta llamada del director Mazur (recordemos: alboroto, maleante, silla eléctrica, etcétera), que al menos ya es un paso. En el momento crítico de la discusión, Goofy, en un golpe de manipulación maestro, replica  al “¡tengo mi propia vida!” de Max con un certero “pues yo quiero formar parte de esa vida”. ¿Alguien duda de que Goofy venció a la Sword Master de Mêlée Island™? Hasta al río se le bajan los humos ante la calculada estrategia emocionalmente devastadora de Goofy.

Llegados a este punto, el coche flota mansamente con la corriente entre inmensos cañones. Es el momento perfecto para sincerarse mutuamente ¡con una canción! Este número, el último de la película sin no contamos los del Presidente Powerline de obligada sintonización por televisión, es el peor de la película. Reúne todos los clichés de la canción de entendimiento entre personajes dispares, no resulta desde luego tan vistosa como la loca Canción De La Imprudencia Al Volante y si estos dos hubieran estado menos pendientes de cantar se habrían dado cuenta de que han pasado por montones de playitas de arena en las que detenerse con seguridad. De modo que cuando el coche se dirige sin frenos hacia una monstruosa catarata la culpa es completamente de ellos.

Como una sucia rata, Goofy consigue agarrarse a un tronco mientras Max se precipita hacia una muerte segura. Por suerte, la caña de pescar de Goofy pasa por allí, y Goofy consigue enganchar el coche por muy poco, aunque no es suficiente. Con mucha suerte, Max se engancha en la tienda de campaña y ésta sale flotando sobre el borde de la cascada a modo de paracaídas, mientras Goofy se lanza sin frenos hacia un sinfín de rocas afiladas que seguramente ya se habrán cobrado la vida de muchos hombres perro. ¡O no! Max agarra la caña de pescar, de la que cuelga su padre. Si explico que a continuación Goofy cae, el buen lector podría suponer que la mano de Goofy se ha escurrido fuera de su clásico guante blanco, pero sería una suposición equivocada. En lugar de eso es el mango de la caña lo que se desprende, cayendo Goofy al vacío. Los esfuerzos por todo el mundo en el seno de la Disney de no mostrarnos a estos personajes sin sus inseparables guantes son tan visibles que uno llega a preguntarse qué clase de horrores esconderán estos llamativos accesorios. ¿Sufren todos los personajes Disney de una malformación genética de serie que les llena las manos de espantosas pústulas de carácter contagioso? ¿O son mutantes incapaces de tocar sin matar?

Pido disculpas. Mis interminables tribulaciones en un momento tan crítico de la película están fuera de lugar. Así que si, lector, el suspense te está matando, diré que Goofy sobrevive. No como Ramón Sampedro, sino de verdad, porque no llega a caer. ¿La causa? El Lanzamiento Perfecto. Sí, el mismo Lanzamiento Perfecto que Goofy enseñó a Max una sola vez hace demasiado tiempo como para que nadie pudiese recordarlo sin más, sobre todo teniendo en cuenta que toda enseñanza relativa a la pesca inmediatamente anterior al ataque de un Bigfoot está condenada a caer en el más oscuro de los olvidos. No obstante, Max recuerda milagrosamente el Lanzamiento Perfecto, con el que engancha los pantalones de su padre y le salva la vida. Me aventuro a suponer que Goofy ha dejado atrás sus impulsos suicidas, así que deberíamos alegrarnos por él.

Es importante para el lector puntualizar que antes de esta frenética set piece de acción, Goofy, que vive en la puta Luna, le ha prometido a Max ayudarle a subir al escenario durante el concierto de Powerline. En lugar de decirle “bueno, hijo, es cierto que le dijiste a esa chica que la saludarías desde el escenario, pero eso no es posible en un concierto de esta magnitud, seamos realistas” le empuja alegremente a hacer realidad su improbable plan sin sopesar cualquier atisbo de verosimilitud. De modo que con Goofy al tanto de la compleja red de mentiras de Max y de todo ese asunto de tirarse a Roxanne, padre e hijo se dirigen de una vez y ya sin mentiras de por medio (entre ellos, claro) a Los Ángeles.

¡Los Ángeles! La gente se agolpa, los focos deslumbran, el estruendo es ensordecedor, los gorrillas guían a los coches, las… Un momento, ¿ésas no son las monjas cantarinas? ¡Resulta que iban a Los Ángeles a ver a Powerline, qué cachondas! Sombreros fuera ante Goofy e hijo; hay que reconocer que este detalle es muy bueno.

Repasemos el plan, Max. Nos introducimos en las bambalinas del palacio de conciertos metidos en estuches de guitarra y subimos al escenario a acosar a Powerline. Incluso trataremos de darle un beso en la boca, y como se niegue o reaccione con un gesto de rechazo va a quedar como un gilipollas, vaya tela con el famoso que se las da de ir de simpático por la vida con los fans. Volviendo a la narración en tercera persona, debo confesar mi sorpresa ante la facilidad con la que uno puede subirse al escenario durante un concierto de Powerline. Por un lado tenemos a Goofy, que se dedica a irrumpir en camerinos de gordas semidesnudas (atentos a la cara de sátiro descontrolado que pone, posiblemente el mejor plano de toda la película) hasta que se mete sin saber muy bien cómo en una enorme bola de cristal de atrezzo para la función; y por otro a Max, que corretea por ahí mirando culos (estamos sin duda ante una familia de instintos depravados) y huyendo de un enorme segurata, primo consanguíneo de Pete.

Mientras tanto, al otro lado de los Estados Unidos, la fiesta de Stacey ha resultado ser el éxito prometido. Ni siquiera se ha desmadrado hasta el punto de poder encontrar gente experimentando sexualmente contra natura con las mascotas residentes, o enanos encerrados en el horno. Con todos los ojos presentes pegados a la enorme pantalla de Stacey, la mentira de Max está más en peligro que nunca. La más decepcionada es, cómo no, Roxanne (¡oh, Roxanne! ¡Oh, miembros del jurado!). Stacey trata de tranquilizarla diciéndole que Max debe estar al salir, deseando en secreto que ocurra para que Roxanne no lo pague con ella a golpes de nuevo.

Llegamos al momento cumbre. Atrapado en la bola de cristal, Goofy aterriza en mitad del escenario ante la sorprendida mirada de Powerline y de todo el público. Desde lo alto de los focos, Max tiene la brillante idea de recordarle a su padre el Lanzamiento Perfecto. Lo mejor de todo es que Goofy se pone a hacer el payaso en directo con una caña de pescar invisible y Powerline, en vez de lanzar a una horda de seguratas contra él o darle una paliza personalmente, se le queda mirando con los brazos en jarras y cara de “vaya, pero si esto es incluso mejor que mi número” ¡y decide cambiar la coreografía allí mismo! Por si aún quedaba alguna duda de lo infinitamente enrollado que es Powerline, o de sus increíblemente bajos estándares de calidad, el tío acoge a Max en lo alto del escenario tan alegremente como a Goofy. Pasa, hombre, ven y baila con nosotros, si aquí cabemos todos, esta gente no ha pagado por un espectáculo de calidad. ¡Y los tres se ponen a hacer el Lanzamiento Perfecto allí mismo, con la mundialmente famosa estrella del rock y ex miembro de los Powerline Five imitando las pobres técnicas pesqueras de dos paletos anónimos de la América Profunda! Sin duda tras este concierto Powerline va a perder una millonada en patrocinadores.

Ari Gold, agente de Powerline, tras ver el concierto.

A miles de kilómetros de allí, a Roxanne se le escurren los flujos vaginales entre las piernas viendo a Max bailar por la tele. Está decidido, a Roxanne le interesa dejarse ver con Max en el instituto; a fin de cuentas, tras años utilizando sus púberes encantos para manipular a hombres mucho mayores, someter a un pobre idiota adolescente será pan comido. Más puro y desinteresado es el otro romance que aflora en la fiesta gracias a la euforia Powerline. Esa noche, Stacey y Bobby yacerán juntos en un frenesí sexual en el que por una vez no va a ser Bobby el que acabe con la boca llena de queso cheddar, no sé si me hago entender.

La canción termina y todo el mundo se va a casa. Bien, eso fue un concierto corto. Afortunadamente se nos ahorra todo el largo y penoso camino de vuelta (en el que muy seguramente hubo lugar para cien deprimentes conflictos familiares más y tres encuentros presuntamente casuales con Pete) y el viejo y desvencijado auto se detiene frente a la puerta de Roxanne. Como ya predije en la primera parte de esta exhaustiva reseña, Max va a ser tan estúpido de contarle la verdad a Roxanne pese a que su mentira ha surtido el efecto deseado y podría haberla mantenido hasta el día de su muerte. Tras otro encontronazo con el entrañable padre de Roxanne, la chica sale corriendo a saludar a su héroe.  “¡Max, te vi por la tele (que es lo único que me importa)!”.

Esta última conversación termina de confirmar, si es que no estaba ya bastante claro, la clase de pécora con la que se va a juntar Max para el resto de sus días. Max confiesa sus crímenes, y Roxanne le revela para sorpresa de todos que ya estaba interesado por él y su herencia antes de Powerline (a.P.), pero basta con que Max diga inofensivamente que esa noche no puede quedar con ella para que la terrible nínfula ponga cara de estar a dos segundos de mandarle a la mierda por no hacer todo lo que ella quiera exactamente cuando ella quiera. “Es que tengo que hacer algo con mi padre…”. Peor aún, viendo la cara de Roxanne. “Max, esto no va a funcionar si sigues tratando de conservar cierto grado de independencia y derechos. ¿Acaso no me quieres? ¿No decías que soy tan guapa? No debes desear demasiado mi cuerpo, con esa actitud.” Pese a estas terribles perspectivas, Max prefiere arriesgarse y promete a Lady Macbeth una cita para el día siguiente, besándola y todo. Por un momento parece que Roxanne va a reaccionar dándole un puñetazo: “¡MIS NORMAS!”. Y así habría sido si Goofy no hubiese irrumpido en el porche a través del techo en plena explosión de su coche; el buen, entrañable y patoso Goofy que, por la sonrisa de Max, de Roxanne y de todos los espectadores, podemos tener la certeza de que seguirá divirtiéndonos con sus disparates y su carácter bonachón durante muchos, muchísimos años más. Mientras la cámara se aleja, podemos oír cómo Roxanne le susurra a Max: “Sí, muy gracioso, pero en cuanto nos casemos lo metemos en una residencia”.

*     *     *

Y así llegamos al final de nuestro recorrido por ese inolvidable clásico de 1995 que es Goofy e hijo. Aprovechando la ventaja que nos da la perspectiva de los años podemos decir que Goofy e hijo no es una mala película. Pese a ser formularia y predecible como el más estándar de los episodios de la sitcom familiar de turno, se nota un claro esfuerzo por parte del equipo de producción de crear un producto de cierta calidad aún jugando en un liga inferior a los estrenos de clase A de la Disney.

Sin ir más lejos, la secuela (ahora sí, directa a vídeo) del año 2000, Extremadamente Goofy (o Explosivamente Goofy según las fuentes), palidece ante la notable calidad de la animación de su predecesora, luciendo unos personajes toscamente dibujados y  ese terrible coloreado digital de tienda de chinos que afectó a toda la animación televisiva y directa a vídeo de Disney en los años inmediatamente anteriores y posteriores al cambio de siglo. En esta secuela nos encontraremos con un Max crecidito y metido en un lío hilarante cuando su padre, por circunstancias aún no identificadas, vuelve al instituto y se toma muy en serio el tema de ser guay… ¡al estilo de los setenta! ¡Y Max se siente ridiculizado! Algún día volveremos con una reseña en profundidad de este clásico de culto injustamente olvidado, pero quedémonos con el recuerdo de ese inolvidable e inconcluso viaje al Lago Destino en el que dos almas atormentadas se descubrieron a sí mismos y experimentaron los horrores de un parque animatrónico de zarigüeyas.

Powerline a ti también, camarada.


8 comentarios to “La película más triste del mundo (Vol. 2)”

  1. Alejandro Candela Rodríguez 03/05/2013 a 12:48 #

    Sección 20: para pasarlo bien HAY QUE CONSUMIR.

  2. Malleys 04/05/2013 a 21:15 #

    Maravilloso.

  3. Ovi-One 06/05/2013 a 1:04 #

    Grandísima peli. Sí, no sé por qué, pero me gustaba. No la he vuelto a ver desde hace mucho, pero tengo la impresión de que es mucho mejor rememorarla con el repaso que has hecho. Risas mil.

  4. Shorzen 06/05/2013 a 1:05 #

    Brutal la mención a Ramón Sampedro, una guinda de humor negrísimo en este repaso a la incomprendida obra maestra de la Disney de los noventa (en realidad no).

    Y ahora la verdadera razón de mi comentario: llevo buceando en este blog más o menos desde Navidad y puedo afirmar que es de los mejores rincones que he encontrado en internet. No es fácil encontrar gente que sabe de lo que habla, sabe expresarse y además lo hace con un gran sentido del humor, y tocando temas de mucho interés para mí: animación, Disney y Simpson en particular (con sus respectivas listas de éxitos, que siempre triunfan, por favor haz más) doblaje, comedia (mención especial al del Frat Pack, por fin puedo ubicar las lamentables creaciones de la factoría Apatow/Sandler con un nombre corto)… y sin dejar de lado las historias autobiográficas, que también son cojonudas, brutal sobre todo la del Episodio III.

    En fin, ya sin más peloteo, larga vida a tu persona y a tu blog, y ojalá se mantenga actualizado mucho tiempo, que bien lo merece.

    Un saludo.

    • Miguel Roselló 06/05/2013 a 10:18 #

      Vaya, estoy conmocionado. Qué voy a decir salvo que mil gracias. Pero es justo decir que no soy más que otro de tantísimos hijos de mejores y más exitosos blogs de corte parecido, y ni siquiera soy uno especialmente constante. Cada vez actualizo con menos frecuencia, quizá porque las redes sociales y el “comentario único” me han vuelto un vago, pero de vez en cuando me entra la chispa y vuelvo más fuerte y poderoso que nunca, como me ha pasado con lo de Goofy el Hijo. Y si la cosa tiene tan buena respuesta como ha pasado con estas dos entradas, pues mejor que mejor. Gracias a ti y a todos.

      Primicia: la siguiente entrada, salvo sorpresa, será una “lista de éxitos” (un ranking, vaya). Manténganse en sintonía…

  5. sotemaister 07/05/2013 a 20:55 #

    Cuando veo chistes visuales o chistes escritos por internet, suelo hacer una ligera sonrisa en mis labios en señal de satisfacción. Pero tras leer tu entrada la frase “¿Llora Goofy por las noches escuchando en secreto, en la soledad de su cama de matrimonio, Stayin’ Alive?” no he podido evitar sonar una sonora y descojonante carcajada ante tal retorcido y genial gag de humor negro.
    Mis sinceras felicitaciones. Esta entrada como ya citan arriba, lo reúne todo: Humor, Disney, nostalgia y gran dominio de la escritura. Como siempre, te has vuelto a lucir y deseoso de ver otra entrada más en este maravilloso blog. Creo recordar que una vez dijiste de hacer un analisis o algo con Steve Urkel…. (COF,COF.)…. indirecta ..(COF, COF) guiño guiño. Es una maravilla leerte, macho.
    Una vez más la ciudad se ha salvado gracias a….¡Miguel Roselló!

    • Miguel Roselló 08/05/2013 a 23:13 #

      Dios santo, hace ya casi dos años que tengo la entrada de Urkel a medias. Lo malo es que entonces acababa de verme Cosas de casa entera, así que la tenía fresca. Y ahora… como que no.

      ¡Gracias!

  6. Eduardo 13/05/2013 a 2:15 #

    MA-RA-VI-LLO-SO! No he podido parar de reírme, y desde luego el gif del final de la cara de Goofy es demasié.

    Por cierto! Dato no comentado. en el momentazo final con Powerline, con el gordosegurata estampado cual insecto, al saltar las chispas, se puede ver a MICKEY MOUSE entre los asistentes!!!! Lo cual nos hace replantearnos muchas cosas… ¿Iba a verlo desde el principio? ¿Han sufrido él y Donald desventuras y epifanías paralelas a las de Goofy y Max? ¿Dónde está Donald?

    Quién sabe…

    De nuevo, aplausos a la reseña.

    Powerline, hermano

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