Un fan solitario

2 Jul

Si tú, querido lector, has seguido detalladamente mis aventuras en la red desde que abriese este exquisito blog hace ya casi cuatro años –cuando los cardados, las hombreras y las mujeres que luchaban por introducirse en el computerizado mundo de los hombres estaban a la orden del día– habrás deducido que me gusta bastante Walt Disney. No siento vergüenza al decir que de las cien entradas –sí, cien exactas– que he escrito hasta ahora me quedo con mucho con las que versan de un modo u otro con las películas Disney. Me lo paso como un enano escribiéndolas, me divierto tergiversando datos sin atisbo alguno de moral, paladeo la fluidez con la que manejo la información sobre el vastísimo universo de la animación del tío Walt y hasta me río autocomplacientemente con las ocurrencias iconoclastas que me van saliendo al tiempo que tecleo. Dios, ¿puede existir un tipo más odioso? Sí, tú, por ejemplo, con tu asquerosa condescendencia y tu cara de mono.

Pero mientras que en mi casa, frente a mi ordenador y rodeado de chicas que bailan frenéticamente en sus bikinis de lunares, soy feliz disertando sobre los primeros y relativos vestigios de feminismo que pueden intuirse en Cenicienta, sobre la descompensación entre forma y fondo de La bella durmiente o sobre si Jasmine Esclava le da o no una patada en el culo a Leia Esclava (se la da), en el mundo real soy, en lo que se refiere a este tema, un ser sombrío y frustrado.

La esclavitud: un mal reprobable, pero sólo en ocasiones.

La marca Disney está completamente masificada e integrada en nuestro entorno y bagaje cultural. Comprensible, dado que lleva casi noventa años apelando con éxito a generaciones de críos altamente sugestionables que crecen –crecemos– habiendo asimilado a iconos como Mickey, Peter Pan y ese cerdo gay que sale en Chicken Little como parte de ellos –nosotros– mismos. Y como otras tantas marcas asimiladas y cotidianizadas, el universo Disney ha pasado inevitablemente por ese drástico proceso de trivialización general que reduce a la vulgaridad absoluta hasta a la más compleja de las expresiones artísticas. Dicho de otro modo, no se puede hablar de Walt Disney con nadie sin pensar que estás rodeado de subnormales.

Creo que está fuera de toda duda que, ya sea para bien o para mal, la filmografía de los Walt Disney Studios es una parte esencial y fascinante de la historia del cine. La mera observación de esta dilatadísima filmografía arroja luz sobre las idas y venidas de las tendencias narrativas de gran consumo a lo largo de cerca de un siglo de celuloide, así como sobre la experimentación técnica de un lenguaje en continua evolución formal como es la animación y la reciprocidad que caracteriza al medio cinematográfico en su relación con unos arquetipos sociales de los que se alimenta al tiempo que perpetúa o transgrede. Todo ello movido por los prodigiosos instintos de una naturaleza tan artísticamente emprendedora como comercial de un hombre llamado Walt –y una serie de despiadados y codiciosos hombres de negocios luego, claro–. A lo largo de estas décadas la firma Disney nos ha dejado infinidad de obras maestras de la economía narrativa en formato de corto de siete minutos, incontables prodigios en formato largometraje de virtudes únicas intransferibles entre ellos, películas fallidas, locos experimentos coyunturales de inclasificable resultado y bodrios acomplejados que buscan desesperadamente parecerse a lo que un día fueron pálidos imitadores de consumo rápido definidos por un personaje ARQUEANDO UNA CEJA.

Todo esto es, querido amigo –o amiga; en los tiempos que corren todo es posible–, fascinante, al tiempo que su naturaleza de llano entretenimiento lo convierte en un objeto de discusión muy ameno y accesible a cualquiera. De ahí que sea tan desalentador comprobar que la apreciación más compleja que encontrarás en tu entorno habitual acerca de este jugosísimo tema sea el dilema existencial sobre si Donald iba por ahí sin pantalones porque le gustaba recibir por el culo. Y si esto ocurre con frecuencia en el mundo real, no digamos ya en el sórdido mundo virtual, donde las redes sociales se han encargado de multiplicar por mil: a) la presencia de determinados temas de discusión; y b) el grado de frivolidad con el que se tratan dichos temas y se distorsionan.

Hablar de Disney, representación visual.

Qué caray, estamos ante uno de mis temas de conversación favoritos, me considero un verdadero fan de la casa del ratón que incluso es capaz de encadenar tres entradas seguidas en su blog dedicadas al mismo tema, arriesgándose a perder a los fans que ya fueron muy críticos con la división en dos partes del análisis de Goofy e hijo, calificándola de burda maniobra comercial. De modo que me apena bastante darme cuenta de que no hay apenas un debate de éstos que surgen a veces en el bar, el autobús o el Facebook en el que me apetezca enbrollarme. Los participantes en estos debates se mueven entre el tópico, el comentario irrelevante y la sucia mentira, pero lo más hermoso es que cada uno lo hace a su manera. Y es que tratar de entablar una conversación productiva acerca de D-I-S-N-E-Y es una auténtica lotería. Me refiero a que, aunque tu interlocutor va a aportar casi con total seguridad cualquier cosa menos una reflexión interesante sobre el tema si es que te atreves a iniciar una conversación sobre tan maltratado tema, puedes consolarte con el muy, muy relativamente emocionante pensamiento de que hay un amplio catálogo de maneras de las que podrá decepcionarte.

Observarás que me estoy dirigiendo a ti otorgándote el beneficio de la duda, asumiendo que muy bien podrías identificarte plenamente con mi tormento personal y la soledad inherente al trono que me acecha día tras día, cuando la dura realidad es que es más probable que pertenezcas al otro lado, al del interlocutor frustrante y borderline salido del lumpen. No es nada personal, es una cuestión de estadística. Pero sigamos suponiendo que comprendes y empatizas con mi digresión. En ese caso, aventurarte a iniciar un animado debate acerca de los entresijos de una peli Disney puede dar como resultado varios tipos de réplica, dependiendo de la relación de tu interlocutor con el universo de magia e ilusión de tío Walt.

El fan nostálgico positivista es, efectivamente, un admirador, un pro-Disney, pero no por ello va a resultar menos frustrante. Su incapacidad para elaborar argumentaciones tangibles y justificadas acerca de por qué le gustan tantísimo estas películas sólo es comparable a la pasión y sentido de la aleatoriedad con la que lanza sintagmas descontextualizados de pura admiración: “aaaaaayyyyy, Pocahooooontas”, “Dioooooos, Aladdiiiiiin, qué recueeeeerdos”, “Sebastíaaaaan, qué míiiiitico”, “¿Que no has visto La bella y la bestiaaaaaaaa? Tía, NO TIENES INFANCIA”. Sí, de acuerdo, me he delatado, dejémonos de charadas políticamente correctas: este perfil está copado en un 99% por chicas. Chicas con las que es imposible tratar de mantener un libre intercambio de ideas, el cual se verá inmediatamente abortado cuando tu “lo más interesante de El Rey León es la forma en la que rompe con la tendencia del Disney de los primeros noventa de construir todas sus películas en torno a romances de inspiración broadwayiana” se vea respondida con un “ah, eso no lo sé, [rostro repentinamente iluminado] pero Y TIMÓN Y PUMBA? [semiinventada recreación de la canción de hula de Timón]”. De todos modos, niños, esto no significa que todas las chicas sean así ni demuestren tal grado de estupidez. ¡Algunas hasta pueden ser doctoras o astronautas!

El fan nostálgico negativista no es el opuesto al fan nostálgico positivista, sino más bien su complemento. De hecho, suelen ser la misma persona, siendo la vertiente negativista una característica adicional del anterior que viene a confirmarnos que, efectivamente, tratar con un fan nostálgico es una pérdida de tiempo en cualquier circunstancia. El fan nostálgico negativista es aquel que, una vez cansado de su arrebatadora apología de todo lo bueno –de Sebastián, del Hada Madrina y de la llorera mítica que se pegó cuando murió Mufasa–, arremete sin piedad contra todo lo que no le gusta, que sorprendentemente coincide con todo lo que no vio de pequeño en unas circunstancias determinadas. De modo que este sujeto puede afirmar sin que le tiemble la voz que a partir de cierto momento a Disney se le fue la olla y empezó a hacer películas chorras que en nada se parecían a “las míticas, los clásicos”, poniendo como ejemplo Hércules, de 1997, y comparándola con una buena película de siempre, Mulán… de 1998. O con Anastasia. Por supuesto, en lo que a nuestro amigo –amiga casi siempre, recordemos– respecta, Cenicienta y La bella y la bestia son lo mismo. Un abismo de cuarenta años lleno de innumerables cambios en el estilo de la animación, en los recursos narrativos, en la forma de retratar a los personajes y en el modo de apelar al público no significan nada. Ente tanto,“ésta ya me pilló mayor” y “las vi en casa de mi abuela en aquellas tardes en las que mi madre se iba a trabajar al putiferio y no podía dejarme solo” se convierten en aspectos esenciales para diferenciar dos etapas en la evolución artística y técnica del concepto de película Disney. En efecto, para el fan nostálgico, Pinocho atesora el mismo valor artístico que el bocata de Nocilla que comía de crío cada tarde para merendar.

El adulto de postal es ese viejo conocido que desdeña LAH PELÍCULA DE DIBUHITO, del que ya se ha hablado tanto que poco puedo aportar yo. En franca extinción, lo más interesante que nos ha dado últimamente este tipo es el perfil reactivo que ha provocado con su actitud, es decir…

El incomprendido, el amante de la pose al que se le llena la boca de palabras de defensa hacia la animación ante una incomprensión general que sólo existe en su cabeza. Porque nótese que este ente aparece sólo cuando el adulto de postal se convierte en un espécimen minoritario, adoptando cómodamente una anacrónica actitud de solitario intelectual que se arriesga socialmente al declarar públicamente su amor por los dibujos animados. Es nuestro deber como ciudadanos admirar la audacia de este tío que tiene las agallas de anunciar en voz alta que a él le gusta la animación en un mundo en el que la animación hace años que dejó de ser visto como algo para críos. Pero la cuestión es, ¿merece la pena entablar la conversación de marras con este ser? La respuesta es no, a menos que disfrutes con las discusiones tan artificiales, prefabricadas y calculadas como el plan de despegue de un transbordador espacial.

El monologuista representa todo lo malo de este universo condensado en ese chispeante sujeto que se plantea en voz alta el asunto de los pantalones de Donald y demás cuestiones de similarmente trascendental índole. La zoofilia de Bella. La ambigua naturaleza de Goofy. Las formas en las que Blancanieves mata el tiempo encerrada en una casa con siete tíos,. La pescadería en la que tienen congelado a Disney. No hay límites para el Monologuista, que se encarga de destacar estas irregularidades con inimitable chispa y una admirable capacidad para comportarse como si nadie, absolutamente nadie a lo largo y ancho del planeta Tierra, hubiese hecho esos comentarios antes que él. Tras un prometedor arranque al estilo de “Yo no quiero decir nada, pero”, se lanza a encadenar una obviedad de monólogo de tercera tras otra, y yo quiero pensar que hubo un día, un día ya lejano en el tiempo, en el que esos comentarios hicieron algo de gracia. Desde luego, si eso ocurrió alguna vez fue antes de que nuestro entrañable amigo llegase a este mundo; pero eso son cuestiones que a él no le quitan el sueño, a tenor de lo encantado de conocerse que se le ve mientras se pregunta –ante el aplauso de los presentes en el más sombrío de los casos– si Bambi era marica o qué, siempre con el culo tan arriba. Huelga decir que intentar ir más allá de estas cuestiones en una conversación con él será tan productivo como intentar explicarle a una patata por qué robar está mal.

El bolchevique, en cambio, no es un fan. Cómo podría ser nadie fan de un facha como Walt Disney, nazi perpetuador de estereotipos racistas y propagandista de la inferioridad innata de la mujer y demás mensajes nocivos y complacientes. Partiendo de un vago recuerdo de lo que vio de pequeño y no se va a molestar en volver a ver y alimentado por leyendas urbanas convertidas en frases hechas –muchas de ellas usadas, curiosamente, por el Monologuista con fines muy diferentes–, el sujeto que nos ocupa ha desarrollado un discurso inmatizable al que se aferra con la cabezonería de un pitbull rabioso, sin importar el desconocimiento total acerca de la obra del viejo Walt que pueda demostrar con cada una de sus aseveraciones. Lo más irónico de la cuestión es que si el Bolchevique se molestase en investigar un poco sobre Walt Disney encontraría más de un dato real con los que confirmar algunas –algunas– de sus ideas preconcebidas, pero él se siente cómodo con sus clichés distorsionados y reforzados por su firme concienciación social. Una interesante contradicción que muestra el Bolchevique es que él, que debería mostrarse más audaz que la media en lo que se refiere a las enseñanzas que los niños absorben de estas películas, es el más timorato, vulgar y retrógrado de todos los fans y antifans en este aspecto, usando repetidas veces las expresiones “trauma” y “maltrato psicológico” y deduciéndose de su progresista discurso en contra de los mundos rosas peligrosamente ajenos a la realidad que la muerte, junto con otras tantas cosas, es algo que no debería enseñarse en una película de dibujos animados. Ya se enterará el niño cuando se le muera la abuela.

Una vez enumerados los distintos perfiles que puede uno encontrarse a la hora de mantener una improductiva conversación sobre las pelis Disney, me resulta tentadora la idea de crear un test de internet al estilo de los 2000 para que averigües a cuál de estos perfiles perteneces. Por supuesto, uno de los resultados será “Chandler”.

Y ahora es el momento de sincerarme y arriesgarme a que tú, querido lector, espetes a la pantalla un sonoro “ANDE Y VÁYASE USTED A LA MIERDA, SEÑOR ROSELLÓ”. Porque he de admitir que aunque me encuentro con sujetos de todos estos perfiles cada puñetera vez que una conversación se desvía hacia el temita de marras, también tengo el privilegio de contar en mis círculos con tipos inteligentes e interesantes con los que mantener una excelente discusión sobre tejemanejes disneyanos o que en el peor de los casos me dejan divagar sobre el tema y no reaccionan con la euforia de una pared de ladrillos. Es justo hacer esta mención.

Sí, soy un ser sombrío y frustrado, un fan solitario, pero sólo cuando pienso estadísticamente. Desde aquí hago un llamamiento a todo pseudofan de Walt Disney para que le quite el olor a naftalina a sus prejuicios y se dedique a disfrutar como un puto adulto de estas películas. La clave está, opino yo, en no creer que haya que pensar como un niño para pasárselo bien con Blancanieves. Como un adulto puedes disfrutar a más niveles, como decía el profesor Frink. La experiencia, la edad y la perspectiva no tienen por qué sustituir a los atractivos que nos hechizaban de críos por otros más cínicos o analíticos, sino que pueden suponer un enriquecimiento en el que el disfrute no se sustituye, sino que se complementa con mil nuevos motivos por los que disfrutar.

Y con esto y un bizcocho cierro este breve paréntesis entre entrada gigante y entrada gigante, que la nueva está al 70%. Y no va de Disney, pero es una secuela de una entrada anterior. Parezco Pixar.

6 comentarios to “Un fan solitario”

  1. Roberto González 02/07/2013 a 22:00 #

    Genial entrada, amigo Roselló. Me he reído mucho con algunos comentarios porque son verdades como templos. En especial lo de que Cenicienta y La Bella y la Bestia son exactamente lo mismo para cierto tipo de fan (aunque sus parecidos tienen y supongo que la propia Disney se encarga de agrupar a todas con la marca Princesas, aunque Dumbo o Pinocho ya no son lo mismo, pero suelen ser obviadas como ‘otras películas que existen y que hay que defender’ pero que raramente se mencionan o discuten mucho, imponiéndose aquellas que tienen una historia de amor, de nuevo entre las espectadoras femeninas).

    Otro aspecto digno de estudio es el relativo a qué películas son consideradas las mejores y peores, un criterio que también parece impuesto por una ley no escrita que se llama ‘tradición’ o, en algunos casos, taquilla. Personalmente me enfurece que la etapa sudamericana y de películas de segmentos sea siempre considerada entre un ‘películas menores’ o directamente ‘ni la conozco’ o que ‘Lilo y Stitch’ carezca de la fama que tiene “El rey león” o que no se hable tanto de ella. Aunque en otros casos hay ciertas dosis de verdad, como el hecho de que antes de “La sirenita” hubo una etapa bastante menor -si bien “Basil” era una extraordinaria película tan buena como las de ‘princesas’ que vinieron después, o mejor- o que la etapa “Planeta del tesoro” hasta “Enredados” ha sido tirando a mediocre, aunque con hallazgos como la citada “Lilo y Stitch”.

    Pero vamos, que me niego a considerar “La leyenda de Sleepy Hollow”, “Los tres caballeros” o “Musica, maestro” como menores porque su estructura sea de segmentos , la gente las conozca menos o su temática se salga un poco de lo habitual en Disney. No sé, quizá el estudio sí puso “””menos esfuerzo””” en estas obras que en “La bella durmiente”, pero para mi el resultado es igual , o más, disfrutable en su conjunto.

    • Miguel Roselló 02/07/2013 a 23:01 #

      Creo que ya intuyes lo de acuerdísimo que estoy contigo en lo del baremo traicionero de la fama… Y con la defensa total de Sleepy Hollow (me gusta tantísimo que suelo hacer trampa y contarla como “una de mis películas Disney favoritas”) y de Música Maestro (All The Cats Join In y Casey Bateador venden la película ellos solitos). Las etapas olvidadas, y tú bien lo dices, están a veces justamente olvidadas, pero sólo en parte. Los años 70-88 o 2000-2009 son discretos en comparación con mejores épocas, pero no es justo que esto se convierta en un olvido sistemático que se retroalimenta. Aparte de que es muy sospechoso un consenso tan claro cuando estas épocas oscuras cuentan con películas muy variopintas (¡más que etapas ultracelebradas como los noventa dorados!). Es difícil que disgusten a todos por sí mismas, así que algo falla aquí.

      Dumbo, Pinocho o Bambi tienen un lugar extraño en el imaginario. Es como si hubiese una especie de respeto consensuado pero un poco insincero, como si el estatus de clásico (real, no infundado) que tienen intimidara lo suficiente como para que cualquiera se lo piense dos veces antes de confesar que no le gusta, o que realmente no la recuerda. ¡Son los Ciudadano Kane de los dibujos animados!

      Como defensa a las películas en las que el estudio puso “””””menos esfuerzo””””, hay que decir que precisamente el bajo esfuerzo (porque en realidad es así en cierto modo) deja ver un talento auténticamente espontáneo.

      Y dicho esto, brindo por tu jugoso comentario,.Así sí da gusto.

  2. Roberto González 02/07/2013 a 22:02 #

    Por cierto, de Disney al menos se habla. De la Warner no, más allá de algún aislado comentario monologuista sobre El coyote y el correcaminos.

  3. El Tipo de la Brocha 03/07/2013 a 7:17 #

    Menudo curre de entrada, señor.

    No sé si su conclusión de que las películas de Disney se disfrutan a más niveles siendo adulto; a diferentes niveles que cuando somos críos seguro. Los niños son muy capaces de ver todas las semanas su peli favorita de Disney, o al menos yo lo era. Ahora necesito separar los visionados un año por lo menos. Algo se pierde por el camino. ¿Será sólo el tiempo libre?

    • Miguel Roselló 03/07/2013 a 11:59 #

      Hombre, si obviamos el tema de la capacidad de ver una misma peli ciento cuarenta veces al día creo que mi teoría se sostiene. Pienso más en cómo nos lo podemos pasar viéndola más que en el inhumano aguante del crío medio para los maratones en bucle.

  4. mariods86 03/07/2013 a 10:46 #

    Cuándo ha llegado a la parte de los bolcheviques no he podido más que aplaudir al artículo (aunque mentalmente, hacerlo de verdad hubiera sido raro). Es fascinante la persistencia de algunos en seguir fomentando todos los estereotipos ultra-manidos acerca de las pelis de Disney sobre “mensajes subliminales sexuales y fascistas”, mensajes morales “equivocados y manipuladores” y “traumas” cuando un simple revisionado de estas pelis te hacen darte cuenta que ninguna de estas apreciaciones se acerca lo más mínimo a la realidad (porque -en mi opinión, puedo estar equivocado -si alguien hoy en día sigue considerando que lo de que muera la madre de Bambi supone un TERRIBLE trauma para un niño o bien no vió mucho Disney o no recuerda muy bien sus sentimientos cuando era niño -porque para todo lo que tenía que ofrecer Bambi lo de la madre es solo un mísero detalle- o sencillamente no ha visto Bambi y está repitiendo lo que otros han dejado establecido). Ciertamente, fastidia no encontrar a gente que de algún modo no sepa apreciar bien sea el trasfondo mágico y poético de Fantasía “La peli Disney sosa en la que nadie habla”, la fuerza narrativa y visualmente poderosa de Pinocho, el interesante apartado estético y visual de La Bella Durmiente (dejando aparte el hecho de que igual la considero una de las películas Disney de guión más flojo), el hecho de que películas Disney “olvidadas” como Ichabod, Basil o Los Rescatadores en Cangurolandia tienen un buen nivel de aventura, diversión y profesionalidad que podrían igualarlas a muchos de los clásicos más “mainstream”, todo el valor emocional de La Bella y la Bestia, lo PUTO JASHONDA que es El Libro de la Selva (el ejemplo expuesto de El Rey León me ha matao XD). Y mejor no hablar de lo que acontece a partir de Hércules para arriba, anda que es dificil encontrar a gente con la que se pueda debatir de un modo interesante acerca de la calidad de Mulán, Tarzan, Fantasía 2000 o Lilo y Stitch sin que se pasen al lado del “Esque Disney ya no es lo que era”).

    Estoy bastante de acuerdo con el artículo, Solo puede decirse “Bravo”.

    Y a todo esto, ya está bien con la tontería de “SEX” en el cielo del Rey León, ¿no? ¡No pone NADA! ¡SON PUTAS HOJAS!

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