La equívoca trilogía mafiosa de Scorsese

12 Feb

Desde que en 2006 Martin Scorsese –ese enano loco que se metió tanta droga en los setenta que, en sus propias palabras, cerró la década supurando sangre por el culo– estrenó Infiltrados y le dieron ese óscar a Toda Una Carrera disfrazado de premio a la mejor película, suelo hablar de la Trilogía Mafiosa de Scorsese, trilogía obviamente compuesta por ésta, Uno de los nuestros y Casino. Bueno, yo y muchos, probablemente. Lo último que ha estrenado se llama El lobo de Wall Street y nos lleva a plantearnos muchas cosas sobre la trayectoria mafiosa de Scorsese hasta el momento.

Uno de los nuestros es mi película favorita de mafiosos, la mejor, la más perfecta, incluso por encima de la exquisita pieza maestra de Coppola. Compararlas es tan absurdo como pertinente, porque ambas se parecen como un huevo a una castaña y sus méritos son completamente distintos, pero al mismo tiempo supusieron, con una diferencia de dieciocho años entre las dos, el giro de ciento ochenta grados que el subgénero de gángsters necesitaba en el momento exacto. El padrino es la sobrecogedora historia sobre lo que puede llegar a ocurrir en una familia de reyes –y lo vulnerable que ésta puede llegar a volverse– durante un periodo de sucesión; Uno de los nuestros es la historia de tus vecinos los mafiosos. El padrino es a lo que las mafias reales quieren –e intentaron–parecerse, Uno de los nuestros es lo que son. Scorsese no oculta los aspectos más vulgares y engorrosos de la vida del matarife a sueldo, algo que estaría completamente fuera de lugar en la inmensa tragedia griega de Coppola, y es precisamente eso lo que hace a Uno de los nuestros tan importante, tan necesaria.

Homo Ray Liotta

Que dice mi novia que Ray Liotta se ríe como una marica locuela.

El clasicismo de El padrino contrasta con el desafío a las fórmulas narrativas convencionales de Uno de los nuestros, influenciada por el avant garde francés y concretamente Jules et Jim, algo admitido abiertamente por Scorsese; pero aún en este aspecto ambas no están tan lejos –tan: lo están, pero no tanto–. De Uno de los nuestros no es necesario explicar nada en este aspecto, pero El padrino es una película que me desconcierta por su audacia narrativa, audacia mayor de lo que cabría suponer por su uso ejemplar de la estructura narrativa clásica en tres actos –quizá no exista película mejor en este aspecto–. El padrino, hoy día, jamás habría existido de no nacer como secuela de una película anterior, que en este caso serían los flashbacks de El padrino II. En El padrino, Don Vito va cediendo el protagonismo gradualmente a Michael hasta salir de escena por completo, incluso espiritualmente. En el primer minuto de película, Don Vito es el Rey absoluto y Michael no existe (puesto que aún no le conocemos), pero cuando la película ha terminado, no es sólo que Michael sea ahora el Rey absoluto, sino que incluso el legado de Don Vito ha sido erradicado por un vástago que ha resultado ser más hijo de América que suyo. No obstante, pese a que ese lento fade out en el protagonismo de Don Vito comienza desde que salimos de la oscuridad de su despacho durante la boda de Connie, Coppola tiene tiempo de sobra a crear una figura poderosa y compleja, casi mítica, de huella indeleble tanto en la propia película como en la memoria colectiva, algo que el cine actual es simplemente incapaz de hacer sin el obligatorio trámite previo de “la película de orígenes”. El cine de superhéroes actual me da la razón.

Pero volvamos a Scorsese. Con Uno de los nuestros el enano espídico establece un paradigma en el cine occidental que aún sigue siendo ley hoy día en el cine de gángsters. Y la primera víctima de la sombra de ese bastión es él mismo. De acuerdo, quizá no sea la primera, pero sí la más notoria. La prueba es Casino. Una película excelente y carente de concesiones, llena de interpretaciones memorables y una violencia auténtica, químicamente pura… que no es más que un reflejo distorsionado de Uno de los nuestros. No creo que haya un solo hallazgo digno de mención en Casino, ningún acierto en ella que no viniese heredado de la anterior aventura mafiosa de Martin. La copia alcanza límites insultantes por momentos. Tenemos personajes similares a los que interpretaban DeNiro y Pesci en Uno de los nuestros que además están interpretados por DeNiro y Pesci. Tenemos una banda sonora omnipresente y de importantísima función histórica y contextual. Tenemos el juego de puntos de vista que nos permite la narración en off, incluso repitiendo el chocante recurso de dar el turno de palabra momentáneamente a un personaje inesperado, la esposa de Henry Hill por un lado y el mano derecha de Nicky por otro. Tenemos la misma progresión de ascenso y decadencia, aunque es cierto que Casino comienza un poco más adelante y se centra en una caída más gradual, potenciando el componente trágico de la historia. Tenemos todo lo que hace grandiosa a Uno de los nuestros, pero petado de esteroides y llevado a límites histéricos. ¿Pero acaso no tiene sentido? Si las familias mafiosas italoamericanas de Nueva York tienen equivalentes en Las Vegas éstas necesariamente serán reflejos más exagerados y artificiales. Ésa es Las Vegas que Scorsese retrata, y aunque plantear Casino como una versión chillona y pasada de vueltas de Uno de los nuestros es una salida en la línea que separa el ir sobre seguro de la abierta autocomplacencia, también es el recurso más elocuente que podría haber encontrado el director para definir ese mundo aparte que es la Capital del Juego.

Cinco años pasan entre Uno de los nuestros y Casino, y casi diez años más pasan hasta que Scorsese se decide a volver a sus amados mafiosos. Entre medias han aparecido una desconcertante película sobre el Dalai Lama, el Casino particular de Taxi Driver, un puñado de documentales musicales y un floreciente romance con Leonardo DiCaprio que de paso hace realidad el proyecto de toda una vida de Scorsese. El regreso a los submundos del crimen organizado se llama Infiltrados, está basado en la peli de 2002 Infernal Affairs y pone punto final a la trilogía mafiosa de Martin Scorsese. Pero hete aquí que en 2014 llega El lobo de Wall Street, o mejor dicho, irrumpe como un elefante a tope de crack en una cacharrería, y me cambia todos los esquemas, me hace ver las cosas desde una óptica diferente. ¿Podría ser que, después de todo, la trilogía siguiese inconclusa pese a la existencia de Infiltrados y el punto final no hubiese llegado hasta ahora, hasta 2014? Infiltrados no era, a fin de cuentas, como sus hermanas mayores. Más allá de la conexión temática del crimen organizado, no comparte apenas rasgos en común con Casino y la sacrosanta Uno de los nuestros. Los rasgos superficiales no coinciden. ¿Dónde están las mafias italianas? Retratados como unas sucias ratas, oponentes indignos cuya eliminación apenas es una pica más en la supremacía en Boston de las familias irlandesas, “los de Providence” y su retrato en la película no tienen nada que ver con las hegemónicas y gloriosas sagas de sangre espagueti que nos presentó Martin en 1990 y, en menor medida, en 1995. ¿Y las voces en off, las narraciones llenas de hipocresía y cinismo que tratan de justificarnos el estilo de vida que vemos en pantalla? ¿Dónde está el artificio narrativo? Brillan por su ausencia, no cabe duda. Y finalmente, ¿no difiere la fuente de inspiración de la película de forma radical a la de sus dos precedentes mafiosos? Después de dos películas basadas en textos que a su vez recogían testimonios reales de auténticos gángsters, escritas codo con codo con Nicholas Pileggi, Martin nos sorprendió a todos con su primer remake desde 1991, de una película hongkonesa de mafias y venganzas nada menos.

Pero si escarbamos más al fondo observamos que Infiltrados tampoco se parece demasiado a las dos colaboraciones de Scorsese con Pileggi. Uno de los nuestros y Casino muestran a un Scorsese en todo su esplendor como manipulador de audiencias, de emociones, de éticas. Ambas comparten un complicadísimo juego de fascinación cuyo objetivo es conseguir –y cómo lo consigue– que deseemos ser como sus despreciables protagonistas. Martin toca las cuerdas como un maestro, apelando a nuestros instintos más bajos y ególatras y haciéndonos querer formar parte del mundo de sus protagonistas. Y ni siquiera necesita escamotearnos su lado más oscuro y desagradable. Nos hace querer ser Henry Hill o Sam Rothstein pese a ser conscientes de todo lo que implica ser ellos. Sabe Ford que a Scorsese no le interesa lo más mínimo denunciar el estilo de vida licencioso y amoral que rige sus universos fílmicos, y tampoco creo que su objetivo sea tan siquiera hacer que nos planteemos nuestras propias preguntas al respecto. Los aspectos más turbios del carácter y la vida de estos antihéroes –o mejor dicho, villanos ascendidos a protagonistas– no están ahí para compensar o para aclarar que no estamos ante un retrato glorificador; Scorsese no necesita semejante equilibrio ni una justificación moral que maquille la abierta fascinación que ejercen sobre él estos mundos, fascinación que sirve como llave para hacernos partícipes del viaje y, de paso, que nos sintamos un poco mezquinos. La cara turbia de sus submundos está presente en Casino y Uno de los nuestros porque el director quiere que seamos conscientes de que estamos envidiando a un miserable, llámese Hill o Rothstein, y que probablemente seguiremos haciéndolo hasta que se acabe la película y volvamos al mundo real. La escena final de Casino es la trampa perfecta. Mientras vemos imágenes de los casinos siendo demolidos y de hordas de inofensivos ancianos zombies reptando por el hall de los hoteles de la ciudad de neon, la voz en off de Rothstein se lamenta por la degradación de ese mundo paralelo, sucio pero auténtico, a un parque de atracciones libre de vicio y seguro para las familias y mayores. Y casi sin darnos cuenta, asentimos y le damos la razón. Compartimos su lamento por el fin de la brutalidad y el crimen. Ya está: Scorsese nos ha vendido la moto.

Sin embargo, nadie en su sano juicio podría encontrar atractiva la tierra de lobos en la que Scorsese suelta sin piedad a DiCaprio y Damon, sobre todo a DiCaprio. Por una vez, el acercamiento de Scorsese al crimen organizado no viene revestido con un flamante traje nuevo que nos gustaría ponernos en secreto a espaldas de nuestros amigos, nuestras novias y nuestros padres. Infiltrados no es una historia sobre la erótica del poder y las ventajas de ser temido, tampoco la crónica de un auge y caída, sino que clava sus raíces en uno de los temas más antiguos y ancestrales de la narrativa, La Identidad, lo que enriquece el clasicismo de la película en un nuevo sentido. Pese a gozar de una notable popularidad, Infiltrados también ha sido vista con escepticismo y tachada de vulgar e impersonal, pero creo que es un error. La considero un poco inferior a Casino, pero realmente atesora más méritos que ésta. En su tercer acercamiento al mundo de las mafias organizadas, Scorsese demostró que podía plantear un enfoque totalmente nuevo e incluso opuesto al de Uno de los nuestros, lo que el acercamiento fílmico a la historia que contaba Casino cuestionaba abiertamente. A diferencia de la rabiosa modernidad de Uno de los nuestros, Infiltrados es clásica y no tiene miedo de serlo. Prescindiendo de los aspectos formales más llamativos y atractivos de Uno de los nuestros, la historia de Billy Costigan opta por una aproximación más terrenal, seca y directa, lo cual irónicamente remite a lo que representó Uno de los nuestros en su día. Lo que Uno de los nuestros supuso para El padrino lo supuso Infiltrados para Uno de los nuestros: un paso más en la vulgarización de la figura del mafioso. Uno de los nuestros cogió el exquisito referente de El padrino, convertido en tópico tras casi veinte años, y le extrajo toda la operística, la tragedia y el artificio, preservando sólo el poderoso atractivo que despertaba el mundo regido con mano de hierro por Vito Corleone en primer lugar y Michael Corleone en segundo. Infiltrados va un paso más allá y arranca ese último resquicio de seducción, convirtiendo los ambientes mafiosos en un auténtico nido de ratas que daña psicológicamente al protagonista hasta el límite con la crisis de identidad. Infiltrados puede que no sea tan buena como Casino –ésta es más divertida, más salvaje, más carismática, más irresistible–, pero es más significativa en la filmografía de Scorsese que la película de 1995.

Y en esto llega El lobo de Wall Street, que abraza una vez más los preceptos instaurados por Uno de los nuestros de una forma tan significativa que termina por cuestiona el lugar de Infiltrados en una supuesta trilogía temática. Pero antes, aprovechando que está de rabiosa actualidad y que hasta el último idiota de tu calle ha ido a verla después de haberse enterado de que salen tETaS Y dRoJAs, hagamos un inciso para hablar de ella.

De forma aislada, El lobo de Wall Street es una buena película, e incluso podríamos calificarla como la obra de un maestro. No por su calidad intrínseca, y ahora iremos a eso, sino porque sólo un maestro puede firmar una película descompensada, llena de defectos, poco reflexionada, autoindulgente e innecesariamente larga, una película que está claramente filmada con el piloto automático del que sabe que nadie hace lo que él hace mejor que él, y aún así cogerte por las solapas con su imparable carisma y no soltarte hasta que pasen las tres horas de metraje. No hay miradas al reloj, no hay cambios de postura en la butaca, no hay lugar para el aburrimiento. ¿Esto es el peor resultado posible cuando Scorsese no pone todo de su parte? Ford le bendiga. Pero yo soy de la opinión de que hasta el mayor de los desmadres cinematográficos –qué sé yo, El guateque, Indiana Jones y el templo maldito, Resacón en las Vegas– debe ser un APARENTE desmadre controlado con mano de hierro desde las sombras. Ya se sabe, la primera norma es que no hay normas, la segunda norma es que no se trae comida de casa. Casino es un excelente ejemplo de esto, una película definida por el exceso, pero en realidad calculada al milímetro. El lobo de Wall Street, aparte de hacer que Casino parezca Sissi Emperatriz, es el ejemplo opuesto. El Donny Don’t! de esta digresión. Una película que parece haberse llevado por delante a todo el mundo, incluido al propio Scorsese, como un torrente salvaje e incontrolable parejo al mundo que nos describe. No hay mesura por ningún lado, ni delante de la cámara ni detrás, y eso no tiene más que efectos negativos. El flujo de burradas a cada cual mayor empieza en el minuto uno y no se detiene, y a la hora y media ya nada sorprende. Con una dosificación más sabia –que ni siquiera implica reducir el grado de locura de las escenas– las pasadísimas peripecias de Jordan Belfort conservarían todo su efecto incluso a las dos horas cincuenta de película.

Tampoco hay mesura en la comedia, un burdo error habitual en el cine de los últimos tiempos y que afecta hasta a los más grandes. Tomemos como ejemplo a Tarantino y a la etapa de su filmografía que comienza en Malditos bastardos. Una de las grandezas de las muy anteriores Pulp Fiction y Reservoir Dogs residía en que en detrás de su apariencia de thriller se escondían comedias negras como el carbón; eran películas que arrancaban unas risas que no llegabas a saber a ciencia cierta si eran apropiadas y consecuentes con lo que se estaba viendo en pantalla porque en realidad no había elementos formales o narrativos que invitara a pensar que estábamos lidiando con comedias. No es precisamente lo que ocurre con Django, película repleta de payasadas que provocan la risa segura y populista de la platea, como si la única forma de introducir humor en una película fuese convertir a la película en una comedia de la forma más evidente posible. Uno de los nuestros, como Pulp Fiction, es muy divertida –esa madre que enseña orgullosa sus pinturas a los amigos de su hijo entre espaguetis–, pero su humor es incierto y soterrado. Scorsese demuestra aquí, como en Casino, su sabiduría al materializar la aparente contradicción que supone llenar una película de momentos grotescamente divertidos sin que ésta se convierta en una comedia. Pero El lobo de Wall Street es una maldita comedia. Es el camino fácil de la risotada inequívoca, un American Pie desmesurado, un Project X firmado por un sensei, una comedia burra que te va a dar lefa, potas, drogas, enanos voladores, monos y tetas y que encima puedes ir a ver con la cabeza muy alta porque va a los óscar. Un lujo. El sueño de todo soplagaitas que sólo paga un cine para hacer el cafre en la sala, pero sobre todo el del cinéfilo estreñido que se descarga secretamente Road Trip, la ve a escondidas, se parte de risa y luego comenta públicamente que la pilló accidentalmente en la tele y que los diez minutos que logró aguantar le dieron argumentos suficientes como para explicar la decadencia del cine occidental. Y no nos confundamos: el Lobo no es necesariamente mejor que Project X. Que Scorsese tenga otros intereses puestos en su película más allá de mostrar el desmadre más bestia imaginable no la hace mejor –tampoco peor, no las estoy comparando en términos de calidad–. Es más: muchos de los chistes los he visto en American Pie o como mínimo es fácil contextualizarlos en American Pie. Veamos: DiCaprio descubre que su mayordomo ha estado montando orgías de maricas en su salón y cuando se entera de que dos de ellos estuvieron follando en el sofá en el que él está ahora mismo sentado pega un respingo y se levanta asqueado. ¿Nadie más se imagina a Stifler en esa exacta situación? La sala entera se parte de risa. Claro que sí. Y no les culpo, aunque les odio un poco.

(Quiero sumar al cómputo el chiste de “¿me estará tirando los tejos? ¡Sí, me los está tirando!” directamente saqueado de Los Simpson y el momento Popeye, que sencillamente no me creí que estuviera viéndolo. DiCaprio está hilarante, pero es que aquello parecía un corto de Roger Rabbit.)

Pero el defecto más significativo de El lobo de Wall Street, y así volvemos al tema inicial, es la deuda de vida que tiene con Uno de los nuestrosUno de los nuestros es al mismo tiempo la mejor película de Scorsese y su maldición, y El lobo de Wall Street termina de probarlo. La influencia de la película de 1990 en la carrera posterior de Scorsese demuestra su inmenso poder una vez más y resiente la calidad de El lobo más de lo que ocurrió en su día con Casino. El acercamiento al mundo de excesos y desmesura en el que se encuadra el biopic de Jordan Belfort es tan predecible, con la inevitable manipulación formal –las rupturas temporales, la narración descaradamente subjetiva por parte del protagonista–, el familiar guion que va del auge a la caída y, más importante, el “pese a todo quieres ser como yo”, que es difícil no sentirse algo vacío. Sólo veo un aspecto estimulante en esta repetición de esquemas, y es que por primera vez Scorsese introduce en la trama una personificación de ti y de mí, del observador éticamente confuso que envidia lo que debería desaprobar. Me refiero, por supuesto, al agente del FBI encarnado por Kyle Chandler, quien protagoniza dos de las escenas más significativas y mejores de toda la película. La conversación en el barco y, sobre todo, su última aparición, volviendo a su casa en transporte público tras concluir triunfal el que posiblemente ha sido el caso de su vida, atesoran toda la elegancia, sutileza y sabiduría narrativa de la que Scorsese reniega durante el resto de la cinta, donde nos movemos por lugares muy comunes.

Se cuestiona así el lugar de Infiltrados en una supuesta trilogía temática. Los nexos del Lobo con Uno de los nuestros y Casino son tales que hacen irrelevante la conexión mafiosa que mantiene Infiltrados con éstas. Puede que el lugar de Infiltrados en la filmografía del pequeñuelo no sea a fin de cuentas el de conclusión de una trilogía sino el de una rareza mafiosa –quien lo habría dicho–, mientras que El lobo de Wall Street se consolidaría como la conclusión de una trilogía que quizá no lo es tanto sobre el crimen organizado sino sobre el poder y la codicia. Aunque, eh, no suena Gimme Shelter.

6 comentarios to “La equívoca trilogía mafiosa de Scorsese”

  1. L. Norton 12/02/2014 a 17:42 #

    Nunca está de más decir que, aunque Uno de los nuestros me parece un peliculón, prefiero Casino. Me gusta ir contracorriente. Pero sí que creo que la mejor película de mafia es El Padrino II. Claro que seguramente no sería lo que es sin tener la primera delante… Esto da para horas de debate!

    • Miguel Roselló 13/02/2014 a 11:08 #

      Yo hace diez años que no veo el Padrino II, y le tengo muchas ganas. Además, el Phenomena la va a programar este mes, así que voy a ir de cabeza. Qué mejor forma de reencontrarme con ella que en el palco del cine Callao.

  2. doctorindy 12/02/2014 a 19:44 #

    Todo lo que dices de ‘El Lobo…’ es cierto, pero… ¿Es malo? Sí, es una maldita comedia. La mejor que he visto en mucho tiempo. Obviamente te he malinterpretado, porque juraría que has insinuado que por ser abiertamente una comedia burra es inferior. Comedia. Inferior. No, por favor, no me hagas esto.

    • Miguel Roselló 13/02/2014 a 11:07 #

      No he insinuado nada de eso ni remotamente… Sería raro siendo tan insistente siempre en lo contrario. Lo que digo es que hay un momento para cada cosa y una forma de manejar la comedia.

      Y en fin, yo ya he explicado que tal como yo lo veo la gracia se agota a la hora y media por uso y abuso.

  3. C.C Baxter 14/02/2014 a 0:57 #

    Después de ver esto, me es imposible volver a tomarme en serio toda la monumental parte del “¿Te parezco gracioso?” http://www.youtube.com/watch?v=08V930pPeiY

    ¿Soy el único que se sigue acordando del título de la película esa del Dalai Lama, sin ojear en la IMDb?

  4. Shorzen 17/02/2014 a 1:38 #

    “Infiltrados” realmente tiene pocos nexos con las otras, tira mucho más por el thriller y el tema es la doble identidad, el rollo mafioso está más de fondo. Si hablamos de las que ya existen, yo la dejaría fuera de una supuesta trilogía temática…

    Y digo las que existen porque The Irishman, en principio próxima película de Scorsese, va de mafiosos y la protagonizan De Niro, Pesci y hasta Al Pacino, así que habrá que ver si acaba siendo esto una saga mafiosa y ya no se puede hablar de trilogía.

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