The Big Five: Una historia visual (e inusual) (2)

28 Abr

Continuemos con nuestro repaso a la historia visual de los logotipos de los estudios míticos de Hollywood, que al final quise meter más orcos y cosas raras y tuve que dividirla en tres trozos. Una vez resueltos Paramount y la Metro en la primera parte, sigamos con…

20th Century Fox

Si la historia del logo de la Metro te ha parecido poco apasionante, querido y paciente lector, espera a ver la de la Twentieth Century Fox. La vieja y entrañable Fox, la del gigantesco monumento para cuya construcción se expulsaron a tantos indígenas de sus tierras ancestrales. No, no ha cambiado demasiado el logotipo de la Fox en todos estos años, como enseguida podremos ver. Pero antes conviene destacar que en la panda de las Big Five la Fox es el adolescente alocado del grupo, el jovenzuelo inexperto, dado que su nacimiento no se produce hasta 1935. Para que nos hagamos una idea, a estas alturas la Metro ya había tenido tiempo de despedir a un león y empezar a pensar en darle boleto al segundo. Sí, el tiempo es más fácil de concebir en leones de la Metro.

Como tantas otras veces ha ocurrido, el nacimiento de la Fox nace de la fusión de dos empresas diferentes con intereses complementarios. Por un lado tenemos a la Fox Film Corporation, una humilde productora y distribuidora que vio la luz en 1915 gracias al espíritu emprendedor de un tal William Fox, y por otro lado a la 20th Century Pictures, productora independiente fundada en 1933 por Joseph Schenck y Darryl F. Zanuck, viejos conocidos de United Artists y la Warner, respectivamente. La fusión se llevó a cabo en 1935 por una cuestión de intereses mutuos. 20th Century Pictures andaba necesitada de distribución tras partir peras con United Artists por un encontronazo económico, y la Fox Film Corporation estaba prácticamente en la bancarrota tras la desafortunada decisión por parte del señor Fox de adquirir las propiedades del recién fallecido magnate cinematográfico Marcus Loew sin tan siquiera avisar a cierto implicado llamado Louis B. Mayer. Una de las propiedades de Loew era nada menos que la Metro Goldwyn Mayer –¡mira por dónde!–, y viéndose apartados del trato entre Fox y la familia de Loew, Mayer y el león Stats montaron en cólera y tiraron de algunos hilos para retrasar la fusión. Dejo al lector la decisión de si Mayer y Stats fueron demasiado lejos, pero lo cierto es que casi inmediatamente Fox sufrió un accidente de coche, perdió hasta los calzoncillos en el crack del 29 y poco después dio con sus huesos en la cárcel. Por suerte Mayer no pensó en lanzarle un león, pero aún sin ese inconveniente añadido, era obvio que los días de independencia de la Fox Film Corporation habían quedado atrás.

De modo que los caminos de ambas empresas se encontraron, dando lugar a uno de los cinco grandes estudios de la Edad de Oro de Hollywood: la 20th Century Fox. A la hora de establecer el inmortal emblema que todos conocemos hoy, se llevó a cabo una respetuosa unión entre los elementos más reconocibles de los logos de las dos compañías fusionadas, manteniendo las raíces visuales tanto de una como otra para así no establecer una inapropiada jerarquía entre las dos implicadas.

…claro que el fundador de una de ellas había estado en la cárcel.

El resultado fue el que ya conocemos. Una enorme construcción dorada (¿es un edificio? ¿Trabajan personas ahí dentro?) presidida por un inmenso número 20, y debajo, dos líneas más, una con el “Century” y la otra con el “Fox”, único vestigio del sufrido distribuidor devorado por un león. Incluso la legendaria sintonía compuesta por Alfred Newman viene heredada del emblema de 20th Century Pictures. Disfrutemos un momento de la primera versión de tan famoso símbolo:

Los haces de luz de los focos destinados a confundir a los barcos pesqueros son, por ahora y durante mucho tiempo, el único elemento animado del conjunto. En una inspección más detallada, descubro que me gusta mucho la estructura sobre la que se alza el emblema, diseñado como el punto más alto de un intrincado templo al que apenas le faltan un par de escaleras ilógicas para pasar por un trabajo de Escher. Dirijamos nuestra atención al haz de luz que se balancea casi horizontal delante del 20. Por su posición es obvio que estamos ante una estructura mucho más inmensa de lo que sugiere el humilde formato 1.33:1, puesto que hay focos situados a kilómetros a los lados. Si es intencionado, no está de más alabar el inteligente trabajo de los artistas en dar una sensación de inmensidad mucho más allá que el permitido por el viejo formato 4:3.

El salto al technicolor no supuso grandes quebraderos de cabeza a los responsables de rediseñar el logo. Bastaba con usar las primitivas técnicas de coloreado de material en blanco y negro de la época, y así se dio una segunda vida al logotipo de 1935.

El resultado es más bien marciano, como no podía ser de otra manera con esos antinaturales colores superpuestos. ¿Quién fue el responsable de dar color a esos focos?

Visto lo visto, habría sido de esperar que la llegada del fastuoso cinemascope en los años cincuenta se resolviera estirando el logo hacia los lados hasta que no diera más de sí, o poniéndolo dos veces uno al lado del otro. No obstante, alguien decidió que el primer logo ya estaba más que amortizado y así surgió la primera renovación seria del símbolo de la 20th Century Fox:

Tres cosas llaman la atención en el nuevo logo panorámico. La primera, que estamos, por fin, ante la verdadera primera versión en color del monumento de la Fox, con unos colores equilibrados que sobrevivirían hasta nuestros tiempos. La segunda, que nos equivocamos en nuestra apreciación respecto a la extensión infinita de la construcción. Aquel foco horizontal no tenía el más mínimo sentido y el artista que lo incluyó seguramente era el eslabón perdido entre un idiota y un chimpancé. Y la tercera: ese cero ladeado tan raro, que casi con total seguridad se debe a un interés por dar una forma rectangular más limpia al logo, encajando el poco práctico “th” en el vacío a la derecha del número.

En 1953 destaca un acontecimiento singular que no podía pasar sin mencionar, y es la llegada, por fin, de la fanfarria de la Fox extendida, tal y como la conocemos hoy, con el legendario “tarararán, tarararán, tarararáaaaan” al final.

Como se puede sospechar tras ver el vídeo, los acordes extra fueron añadidos porque de algún modo había que rellenar los segundos posteriores al logo en los que se anunciaba pomposamente el glorioso formato de los dioses, aunque, como todos sabemos, la fanfarria extendida se convirtió en parte esencial de la presentación del estudio incluso cuando los grandes formatos dejaron de publicitarse. ¿Un error? Bueno, al menos parcialmente en lo que a mí respecta. Escuchar la magnífica sintonía de Alfred Newman en toda su gloria como preludio a La guerra de las galaxias y El imperio contraataca provoca francas erecciones, pero… ¿no son veinte segundos de música demasiados para un logo esencialmente estático? El futuro y los logos voladores solucionarían eso, pero aún queda un poco para llegar a esa parte. Antes el emblema sufriría una transformación más.

Básicamente el cero vuelve a su aspecto original sin ladear. Que este logo hiciese su debut en 1981 es explica el misterio de por qué antes mencioné sólo La guerra de las galaxias y El imperio contraataca. El retorno del jedi ya contó con este tercer logo, aunque por supuesto eso no puede apreciarse en las versiones remasterizadas en las que el logo digital unifica las entradillas de toda la trilogía –y de paso añade el logo de LucasFilms tal y como aparecía en los cincuenta la pantalla anunciando el Cinemascope, una buena idea para sacar partido a la larguísima sintonía de Newman–.

Trece años después, en 1994, llega el inevitable relevo digital, con un modernizado logo que, por una vez, tiene mis simpatías.

Tiene mis simpatías, en primer lugar porque en vez de un dos y un cero que entran bailando breakdance con sus gorras para atrás y dando patadas a las cosas, los FX se limitan a crear una acertada panorámica que remarca la impresión de inmensidad que acompaña al monumento. Y en segundo lugar, porque de este modo el uso de la fanfarria extendida está más justificado. ¡Hey, y gracias a la panorámica por fin podemos dejar de especular sobre el aspecto de la civilización superavanzada a la que pertenece el monumento! ¿Tendrán orichalcum?

El acertado aspecto que presenta la variante de 1994 hace bastante innecesaria la renovación de 2009, pero ya se sabe, AVATAR, BITCH.

Así que la mastodóntica obra de JC estrenó logo, e inexplicablemente su acabado es drásticamente inferior a la de 1994. Es decir, que es una mierda. El monumento se ve más digital que nunca, con un extraño acabado irreal y una iluminación fallida que, una vez concluida la panorámica, ni siquiera deja ver muy clara la leyenda “20th Century Fox”. No es que necesitemos que se lea correctamente lo que pone para que sepamos que no estamos ante una producción de la Warner, pero… venga ya. Para terminar de rematarlo, la leyenda “A News Corporation Company” no podría tener un aspecto más inapropiado e indiscreto, demasiado grande, con una tipografía inadecuada y terriblemente superpuesta. Parece un subtítulo rebelde del VLC Player y encima se ve mejor que el monumento.

En la propia Fox debieron darse cuenta, porque apenas cuatro años después, es decir, hace dos días, la variante de 2009 dio paso a una versión que es esencialmente la misma pero mejorada. Pudimos verla por primera vez antes de Turbo, celebrando de algún modo la recién estrenada asociación entre DreamWorks y el estudio tras abandonar Paramount las tareas de distribución de la compañía de animación. Aunque viendo la película, creo que hay poco que celebrar.

Mucho mejor. El trabajo de iluminación es más competente, y por su parte el acabado digital es más cuidado y devuelve al monumento la solidez perdida. Ah, y esta vez la News Corporation aparece discreta y correctamente integrada, una mejora evidente tras la desastrosa superposición de la versión anterior. Quién sabe cuánto durará.

Para terminar –con la Fox, claro, nos queda mucho, MUCHO por comentar hoy–, veamos algunas de las desmadradas variantes temáticas que hemos podido disfrutar. Estos de la Fox están locos.

Basta. La vergüenza ajena empieza a ser insoportable. Vamos con la Warner.

Warner Bros

La Warner Bros se define por el que sin duda es mi logo favorito de todos cuanto ha tenido un estudio de cine. No es sólo su aspecto, es todo lo que asociamos irremisiblemente a su inconfundible silueta: el paradigma de la película mítica, las estrellas imperecederas –tanto de carne y hueso como de dibujos animados–, el olor a cine en mayúsculas. ¿Es que hace falta describirlo? Un escudo azul rematado por un borde grueso y dorado y con las letras WB esculpidas también en oro en toda su superficie interior, símbolo del legendario esplendor de los años dorados del cine de estudio.

La combinación de azul y dorado no estuvo siempre presente. Los años del blanco y negro obviamente dificultan la tarea de averiguar qué colores adornaban al escudo en los primeros años; pero si obviamos el coloreado, encontramos cambios muy interesantes y variados a lo largo de los años para un logo que ha mantenido una silueta muy definida durante toda su andadura.

Nuestra historia comienza a finales del siglo XIX, cuando cuatro hermanos extremadamente judíos –Hirsz, Aaron, Szmul e Itzhak, casi nada– se unen al deporte más popular en su cultura, la fuga por amenaza de erradicación, y emprenden el camino desde la Rusia imperial hasta Norteamérica. Tras cambiarse los nombres por Harry, Albert, Sam y Jack, en 1903 abren su primera sala de cine. Un año después comienzan a distribuir películas de terceros, y en 1918 se establecen definitivamente como productores cinematográficos, con unos estudios en Hollywood y todo. Y sus primeras películas vienen precedidas por un logo como éste:

Es un emblema ciertamente extraño. El concepto del escudo ya está presente, y las letras WB ya cuentan con esa inmortal configuración en forma de triángulo invertido, pero sólo cubren la mitad inferior de la superficie total. La mitad superior está reservada para una imagen de las gloriosas instalaciones de los estudios Warner. El escudo tampoco es exactamente el que conocemos hoy. La diferencia más obvia es su significativa altura, muy alejada de la versión actual, más compensada, pero no es la única. El borde es tan simple como funcional, una línea clara y limpia alejada del grueso remate prolijamente grabado de años posteriores; y los remates de las esquinas superiores son distintos a los actuales. De las dos hendiduras de cada esquina, la inferior es aquí curvada, y la superior, recta.

Como ya hemos aprendido, el advenimiento del cine en color a mediados y finales de los años treinta fue para los demás estudios motivo suficiente (y obligatorio) para poner al día sus logos, pero la Warner lo hizo años antes, con la irrupción del sonido. A fin de cuentas, gracias al Vitaphone la Warner se alzó como pionera de los grandes estudios en la producción de películas sonoras, y un nuevo logo que anunciase a bombo y platillo el nuevo milagro sonoro era imperante. Dicho y hecho.

Resulta irónico que la remodelación que dio lugar en 1928 a uno de los logos más reconocibles de la Historia viniera motivada por la necesidad de crear algo lo suficientemente simple y limpio como para ser visible en un pequeño hueco de la pantalla, con el fin de dar el espacio adecuado a la presentación del Vitaphone. El nuevo logo no consiguió el espacio en pantalla que se merecía hasta que el cine sonoro dejó de ser una novedad. Así, en 1936, el nuevo escudo ocupó su justo lugar como único y glorioso encabezamiento del cine de la Warner Bros.

El nuevo logo es exactamente igual en su versión empequeñecida de 1928 y en la gigantesca de 1936. El escudo mantiene la misma silueta, incluida la forma de las hendiduras superiores, pero aún más vertical si cabe. Las diferencias son esencialmente dos: la imagen del estudio ha desaparecido y ahora las letras WB ocupan todo el interior, y el borde es ahora doble, siendo el cerco exterior más grueso –aparte de un lugar fuera de la jurisdicción del Imperio Galáctico–. A estas alturas el logo de la Warner debió haberse convertido en un emblema tremendamente famoso, puesto que toda leyenda adicional ha desaparecido.

En 1937 aparece un nuevo logo, mi favorito, y el que asociamos a la edad de oro del cine de gangsters y gabardinas. Es el logo que tuvo el honor de abrir Casablanca, say no more.

Precioso, majestuoso, decó a más no poder, el nuevo logo juega con exquisito gusto la baza de los relieves y las sombras. ¡Qué texturas! ¡Qué degradados! La integración de la leyenda Warner Bros Pictures Inc con el escudo, a modo de banda en relieve, es perfecta; y si la versión en blanco y negro es preciosa, la coloreada no se queda atrás. Es el primer logo de Warner que cuenta con una versión en color, y es menester decir que en este aspecto le dio una buena patada en el culo al resto de estudios, que adaptaron sus emblemas a color de forma bastante funcional. Son unos tonos granate y dorados exquisitos, aterciopelados, que casi dan ganas de extenderle un cheque en blanco a Ted Turner para que recoloree de forma masiva toda la producción en blanco y negro de la Warner.

En 1948, tras poco más de diez años, se produce el siguiente relevo y entra en escena el mítico escudo que conocemos hoy, de proporciones más equilibradas, cantos dorados y pastilla azul, aunque en lo que a mí respecta su variante en blanco y negro luce más espectacular, potenciando el juego de luces y reflejos sobre su superficie dorada.

Con el logo definitivo ya establecido para la posteridad, lo normal sería que pasásemos ya a otros menesteres, pero el escudo dorado no tuvo una carrera tan estable como podría parecer en un primer momento. En realidad, se trata de un recorrido más bien intermitente. Son apenas unos matices y algún que otro vaivén en la denominación los que diferencian al logo digitalizado actual de éste, pero entre medias hubo varios intentos de modernización que eventualmente desembocaron en un regreso al escudo tradicional.

Ya en 1953 aparece una alternativa que convivirá con el escudo azul durante unos años, una especie de regreso más moderado al logo vertical limpio de texto de 1936. Sin texturas ni coloreado, contrasta fuertemente con el elaborado escudo de cantos dorados. Espléndida simplificación.

Pero fue en 1967, casi paralelamente los planes de la Metro de cargarse sin piedad a Leo, cuando se llevó a cabo el primer intento serio de jubilar al escudo de siempre y reemplazarlo por aires nuevos. En realidad los Warner, viejos y hartos del cine, dieron todo el control del estudio a Seven Arts, una maligna productora canadiense que tuvo la osadía de suprimir las inmortales iniciales WB del escudo y reemplazarlas por un geométrico W7 muy en sintonía con las audaces tendencias de diseño de la época.

La fusión con Seven Arts duraría poco e igualmente no sería aquella la última vez que las siglas WB desaparecerían del escudo, pero toda esta desvergüenza típicamente canadiense me da ganas de vomitar. De 1970 a 1972, ya con Seven Arts fuera del mapa –y Canadá retirándose a las sombras para trabajar en un proyecto de androide de gran potencia ofensiva llamado James Cameron–, entra en escena un nuevo pujante aún más estrafalario. Por algún motivo, un conglomerado surgido de la aleatoria fusión de una empresa de limpieza y otra de parkings puso pasta encima de la mesa para adquirir a la maltrecha Warner Bros, que pasó a ser propiedad de la Kinney National Company –mitad lavandería, mitad parking– y a contar de nuevo con las siglas WB en su logo… su nuevo y mediocre logo, a todas luces diseñado por un tintorero y aprobado por el gorrilla de noche de un aparcamiento:

Después de esto, Jack Warner se largó definitivamente, y con razón. No había gastado las tres cuartas partes de su vida en construir uno de los estudios de cine más importantes del mundo para que acabase absorbido por una mafia de aparcacoches y lavanderos. Lo más sorprendente de todo esto es que cuando adquirió Warner, el intrépido parking/lavandería aún tenía fresca la adquisición de otra marca notoria: nada menos que DC Comics. De modo que la mítica asociación Warner/DC que llega hasta nuestros días es algo que tenemos que agradecer a un servicio de aparcamiento con derecho a centrifugado.

Debido a una serie de escándalos derivados de misteriosos chanchullos financieros en la subsección Parkings (juro que esto es verdad) la Kinney decidió que era el momento de cortar con el pasado y pasar a denominarse Warner Communications Inc. Descubrir semejante información debe ser como darte cuenta de que ese hombre al que creías tu padre en realidad ha sido toda la vida un traje con dos monos dentro.

Fuera como fuese, esto derivó en la necesidad de un nuevo escudo para la prostituida Warner, uno muy polémico además. Una vez desestimado el recurrir de nuevo a los servicios de los guardias de noche del parking, el lavadero de coches encargó el nuevo logo de Warner nada menos que a Saul Bass, aprovechando que estaba por allí lavando su colada. Estamos en 1972 y Bass diseñó un logo sintético y rabiosamente moderno, como cabía esperar del maestro, pero la propuesta fue muy mal recibida.

Más allá de las inevitabilidades de la época –esa obsesión por las tipografías humanistas– éste es un logo genial, definido por la más compleja de las sencilleces y cuyo único pecado fue ser lo suficientemente audaz como para rechazar abiertamente todo lo que convirtió en inmortal al escudo clásico. No obstante, su carrera fue larga. Para cuando lo jubilaron en 1984 se había convertido en algo así como el identificativo de una época, y su asociación con el modelo de thriller político que floreció en los setenta nos brindó la oportunidad de gozar de una gloriosa y cristalina versión en alta definición al principio de ese homenaje a Pakula que es Argo.

El inevitable reemplazo, que se dio en 1984, no significó el fin del logo de Bass. En vez de eso, el original símbolo pasó a identificar a algunas de las subdivisiones del conglomerado Warner, aunque las películas sí que volvieron a disfrutar del sufrido escudo clásico. Éste volvió para ya no irse jamás. En 1990 apareció el ya habitual fondo de nubes, y durante una época Bugs Bunny se acostumbró a aparecer junto al escudo –un gran acierto–.

Es el momento de llamar la atención sobre el hecho de que hasta el momento, el logo de Warner Bros. no ha presentado la más mínima animación, permaneciendo como un emblema estático y soberbio. No obstante, en 1998 esto cambiaría con la introducción de la variante que ha sobrevivido hasta hoy.

La variante en movimiento busca un sabor clásico, tal y como revelan el reflejo de los estudios de cine en el borde dorado y la sintonía de Casablanca, pero… si buscas un sabor clásico ¿a qué vienen el CGI exhibicionista y los logos voladores, eh? No me convence. Lo que sí hay que concederle es el juego que ha dado para las jugosas variantes temáticas, algo habitual en la mayoría de los estudios, pero que Warner ha explotado como ninguno. Se trata de una tendencia que viene dándose desde los años de gloria del estudio; no obstante, es en los últimos tiempos cuando nos ha dado toneladas de versiones gracias a las posibilidades del medio digital. Hay para todos los gustos, y la mayoría son bastante buenas:

Algunas, de hecho, son magistrales.

Y algunas son un espanto.

* * *

Nos vemos en la tercera y última parte, titulada ‘Partida y regreso’, o la batalla de los mil abismos o no sé qué hostias.

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