The Big Five: una historia visual (e inusual) (1)

28 Abr

Advertencia: La entrada de hoy está eminentemente protagonizada por judíos.

¡Cómo nos gusta el cine! La emoción de introducirnos en un mundo por explorar y de embarcarnos en un viaje espacial que nos llevará a miles de millones de kilómetros de la realidad es una experiencia mágica al alcance de nuestra mano. Durante una hora y media –o tres si quieren avisarnos de que ojo, esto es una película de las güenas– nos olvidaremos del mundo real y soñaremos que formamos parte de una aventura maravillosa junto con los astros de la pantalla que más amamos. Ya desde el minuto uno salta esa chispa electrizante, bastan un par de notas de la sintonía que acompaña al escudo del estudio para que HUELA A CINE. Estos escudos son, desde tiempos inmemoriales, los auténticos anfitriones de las películas, los que te invitan a dejarte llevar y a dejar de mirar a tu puñetero móvil durante dos miserables horas, porque la maldita pantalla de tu iPhone de mierda se ve desde quince filas de distancia. Estos escudos pertenecen, como no, a las factorías de los sueños de las que salen las películas, y ya forman parte del imaginario colectivo… aunque la industria se empeñe en confundirnos con una segmentación corporativa cada vez más desquiciante y con millones de absurdas compañías de logos deliberadamente equívocos que sólo tras diez frustrantes segundos adivinamos como logos y no como la intrigante primera escena de la película.

¿Habrá escondido Jar Jar Abrams en este logo todas las claves para resolver los cabos sueltos de Perdidos, incluidos esos que se explican claramente en la serie pero a internet le da igual?

Hoy vamos a bucear en la historia y evolución de estos carismáticos e inolvidables logos: los elementos que componen su diseño, su evolución artística a través de los años, los motivos que hay detrás de cada puesta al día y las variantes locas que hemos podido ver alguna vez. Sin embargo, para garantizar la comercialidad de la presente entrada, los ejecutivos de The R Lounge me han obligado a adaptar los contenidos al gran público y a su desalentador baremo cultural. Como resultado no exploraremos las fascinantes anécdotas tras el logo de Dog Brings The Newspaper Pictures –me lo he inventado, pero sabes que muy bien podría existir–, sino que tendremos que limitarnos a los emblemas de los legendarios Big Five para no abrumar al mediocre público en el que te incluyo. ¿Qué son los Big Five? “The Big Five” es como popularmente se denominaba a las cinco grandes majors que monopolizaban la producción cinematográfica cuando el negocio del cine se estableció como una empresa multimillonaria sobre la que descansaba el grueso del entretenimiento de las buenas gentes de los lejanos años treinta y cuarenta. Había varias segundonas luchando por hacerse con una parte del pastel, como podían ser United Artists o Columbia, pero jamás tuvieron el poder y la influencia que tuvieron estas cinco corporaciones sobre la imaginación –y la cartera– de los espectadores. Los grandes estudios eran universos en sí mismos. Suponían realidades paralelas en las que la realidad se confundía con la ficción, y eso era así porque en ello descansaba todo su poder de seducción sobre el público. Las estrellas nacían en el seno de los grandes estudios y pertenecían a ellos sin posibilidad de escoger por sí mismo bajo qué techo y con qué directores trabajar, de este modo cada estudio era como una película gigante con un reparto definido y un director todopoderoso en la figura del magnate detrás de toda la maquinaria, llámese Louis B. Mayer o Jack Warner. El director era por aquel entonces una figura irrelevante, pues no era más que la mano ejecutora de los deseos del omnipotente jefe del estudio, auténtico y genuino firmante de las películas. Lo que no quitaba, por supuesto, que muchos directores lograsen hacerse un nombre e imprimir una personalidad propia a sus largometrajes incluso bajo la sombra de los productores. Pensemos en George Cukor, por ejemplo. O en Welles, que de hecho lo cambió todo.

La imagen corporativa de los estudios era tan importante como sus estrellas. En cierto modo más importante incluso, puesto que las estrellas a veces llegaban a verse reducidas a moneda de cambio, cedidas a un estudio de la competencia de manera excepcional a cambio de los servicios de esa rutilante actriz que tan bien sabemos que funcionará como protagonista de nuestro estelar proyecto para 1939. Pero el logo de apertura era innegociable. El logo era la síntesis visual de todo lo que un estudio tenía que ofrecer a su público. Y justo aquí es donde empieza nuestro recorrido. Comencemos con…

Paramount

Cuando Disney compró LucasFilms y todo su fondo de archivo sentí una punzada de nostalgia al comprender que la fanfarria de la Fox jamás volvería a preceder al Star Wars Theme en la sala de cine o en el sucio screener que te has descargado en tu iPhone; pero lo cierto es que si nos preocupamos por estas minucias vale más acordarse de Indiana Jones, ahora también propiedad de Disney. No sabemos si se cumplirán las profecías y Bradley Cooper terminará convirtiéndose en el nuevo Indy en Indiana Jones y la Política de No Devoluciones, pero una cosa está clara: la montaña de Paramount no volverá a fundirse en un misterioso pico rocoso de Sudamérica, o en un misterioso gong oriental profusamente grabado, o en una misteriosa madriguera de perritos de las praderas digitales. La montaña de Paramount era un elemento tan esencial e icónico de la saga hasta el punto de que, a diferencia de lo que ocurre con las precuelas galácticas, la cuarta película colocaba primero el logo de LucasFilms para que el de Paramount pudiera proseguir la tradición del fundido cruzado. Desgraciadamente la idea del castillo de Cenicienta convirtiéndose en una montaña en el desierto no mola nada. Pero qué más da lo que ocurra con un Indy bastardo concebido para saciar los acríticos apetitos del devorador medio de blockbusters.

La montaña de Paramount es un logo estupendo. Pese a basarse en una imagen real y no una abstracción icónica, el perfil de la montaña es tan reconocible y el marco circular de estrellas tan característico en su sencillez que podríamos reducirlo a su mínima expresión y aun así seguiría siendo perfectamente identificable. La identidad de la montaña en cuestión sigue siendo un enigma, aunque es cierto que su aspecto ha ido cambiando con los años. Su primera versión, que coincide con la aparición del estudio en 1914, es casi infantil.

Se trata de un emblema estático en el que la montaña es trazada con un puñado de líneas básicas y el cerco estrellado, compuesto por veinticuatro estrellas que representan a cada uno de los veinticuatro actores que la Paramount tenía bajo contrato, contiene una pastilla circular que ayuda a resaltar la presencia del montículo, un poco a la manera de la famosa versión azul de los ochenta. No obstante y pese a todo, esta primera versión ya utiliza la reconocible tipografía que aún hoy define el logo de Paramount.

En 1928 asistimos al primer remodelado, que sería la versión estándar sobre la cual se harían las variaciones que hoy nos son tan familiares. La montaña es ya una montaña real, o como mínimo una pintura matte realista; y en lugar de estar suspendida en un marco neutro, está rodeada de nubes que se mueven y todo. Qué tiempos.

Con la llegada del technicolor, prácticamente todos los estudios tuvieron que actualizar sus logotipos. Algunos fueron más audaces y lo actualizaron apenas llegó la nueva tecnología, otros, como es el caso de Paramount, esperaron a que el color se asentara definitivamente como formato habitual tras esa década transitoria que fueron los cuarenta. En 1951 apareció la montaña en color, y hay que decir que el cambio le sentó bien al perder ese clima tenebroso que hacía que la montaña en blanco y negro pareciera el Monte Pelado.

No duró demasiado. En 1953 el logo fue renovado de nuevo, esta vez con una montaña no tan alta –la pista son los bosquecitos circundantes– y con el amanecer aún reciente, a tenor de la luz amarillenta que se vislumbra más allá del horizonte:

El clásico “A Paramount Picture” deja paso a un más sucinto “Paramount”, supongo que para reflejar las circunstancias empresariales y dejar sitio al letrero de “A Gulf + Western Company”. Ah, qué tiempos aquellos, cuando lo estudios pertenecían a despiadadas petrolíferas de carácter familiar en lugar de a impersonales conglomerados de telecomunicaciones.

Este logo, con algunas variantes de colorimetría, presidió las producciones de Paramount hasta 1975, cuando fue sustituido por uno de los más característicos de la historia del estudio. ¿Quién no recuerda la imagen de la montaña fundiéndose con su perfil esquemático, recortado dentro de un círculo azul oscuro y acompañado de la feísima leyenda de la Gulf + Western?

Durante más de una década se pudo ver esta interesante variación, que por supuesto estrenó montaña. Sin embargo es más interesante la versión esquemática en la que se transforma, que aunque no ha sobrevivido hasta hoy en el encabezado de las películas, se ha visto reciclado en útil icono para carátulas de DVDs y demás.

En 1986, con motivo del 75 aniversario de los estudios Paramount, aparece la más elegante remodelación que ha sufrido el logotipo, en el que por primera vez las estrellas se alinean alrededor de la montaña ante nuestros ojos, en pleno amanecer otra vez.

Mientras que el resto de estudios no se pasaron al CGI hasta bien entrados los noventa, la Paramount estrenó su primer logo digital ¡en 1986! Y no sólo fue pionera, sino que además lo hizo bien. Sorprende un uso tan exquisito de la por aquel entonces incipiente animación digital; tan bueno es que a día de hoy sigue siendo superior a las versiones que le sucedieron.

Aquí entra un dato un poco desconcertante, porque mis notas me dicen que en 1994 se presentó un nuevo logo, diseñado nada menos que por Pixar. Sin embargo, yo diría que es el mismo de 1986 –si obviamos la trágica sustitución de la Gulf + Western por Viacom, snif–. Que cada uno juzgue por sí mismo.

A partir de 2002 ya nos introducimos en el mundo de las versiones X-TREMAS de los emblemas de estudios, con el logo entrando rompiéndolo todo, restregándonos los chutes de CGI por la puta cara y con muchas cosas saltando de un lado a otro, una etapa tristemente inevitable que como iremos viendo afectó de desigual manera a los diferentes logotipos a partir de mediados de los noventa. Veamos por ahora cómo se lo montó Paramount. A diferencia de la versión anterior, la variante estrenada en 2002 muestra a las estrellas –ahora rematadas por un canto dorado– volando en primer plano, y la cámara se aleja de ellas para sólo entonces mostrar la dichosa montaña, que es más alta que nunca en vista de las brumas sobre las que se alza.

Dejando a un lado dramáticas luchas por la propiedad de los estudios, existe otra excusa perfecta para remozar los logos y hacerlos más ruidosos y más molestos. Obviamente estoy hablando del aniversario del nacimiento del estudio, ya sea setenta y cinco, cien o dos mil años; celebraciones que idealizan con ampulosa nostalgia fechas que siendo estrictos suelen marcar el día en el que uno o varios judíos decidieron que una barraca de pantomimas luminosas era el negocio ideal para sacar unos cuantos peniques extra.

La versión especial 90 aniversario del logo de Paramount muestra una diferencia notable respecto a la versión estándar por la que pronto fue sustituida. La especial está rodeada de una luz celestial bastante cursi, mientras que la estándar, por primera vez, se muestra en plena noche, con una iluminación sobria y elegante.

La última versión, de anteayer mismo, se realizó con la excusa del centenario del estudio y opta, como era de esperar, por la desmesura y la acumulación de elementos espectaculares.

Las estrellas ya no se conforman con volar, ahora revolotean entre florituras, se nos lanzan encima (¡¡EN 3D!!) y rozan con sus puntas un inmaculado lago como si fueran Peter Pan antes de colocarse en formación alrededor de la montaña. Volvemos al amanecer, esta vez con un efecto mucho más elaborado y con el sol asomando por ahí. Supongo que en la próxima versión veremos a las estrellitas levantarse de la cama e iniciar toda su rutina –incluida la paja en la ducha, ¡a partir de aquí el día solo empeora!– antes de arrastrarse pesadamente a la parada del autobús que va hasta la montaña.

Pese a que podríamos pensar que un logo como éste tendría muchas posibilidades a la hora de crear variaciones temáticas según la peli, Paramount apenas cuenta con versiones atractivas de su logo, al menos que yo sepa. Indiana Jones se llevó la mejor parte, con esos fundidos cruzados que ya son leyenda:

Mierda, el de la Última Cruzada no está en youtube, así que en su lugar veamos derretirse a Donovan. ¡Eligió mal!

Lástima que no podamos verlo, Indiana Jones y la última cruzada cuenta con una de las variantes más bonitas de la imagen de la montaña, que en vista de los bosquecitos circundantes y la trama de nubes blancas sobre cielo azul podemos definir como una reformulación de la versión 1953-1975, aunque con una paleta de colores distinta, más amarillenta, que le otorga un sutil componente de aridez muy apropiado y una iluminación muy bella. Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal reutiliza esta preciosa imagen, y encontrarse con una versión tan sobria y elegante del logo de Paramount en una película de 2008 da que pensar si realmente hace falta tanta parafernalia, tanto travelling espectacular y tanta estrella voladora.

Metro Goldwyn Mayer

No soy un gran fan del mítico logo de la Metro. Más allá de su potencial icónico no tiene ofrece grandes posibilidades artísticas, ni da pie a variaciones temáticas interesantes o de cualquier tipo. Mientras los demás estudios han sabido potenciar los aspectos más sintéticos de sus emblemas distintivos para reinventarlos en iconos más versátiles, el león de la Metro se ha mantenido prácticamente inalterable como una reliquia del pasado, una imagen demasiado barroca como para ser traducida a otros lenguajes visuales sin que su personalidad se pierda por el camino. Depende demasiado de su complicada línea visual, aunque es cierto que gracias a ella el logo de la Metro es el único que aún hoy día evoca la flamante majestuosidad de la edad de oro del cine de estudio. Está literalmente atiborrado de elementos: un león filmado en acción real enmarcado en una compleja trama ornamental compuesta de una larguísima tira dorada de celuloide con la leyenda “Ars Gratia Artis” grabada en su centro y rematada con una máscara de teatro clásico y una corona de laurel. Sorprende la ausencia del Jesús bailarín.

No es inesperado, por tanto, que las variaciones que ha sufrido a través de los años hayan sido casi irrelevantes y más bien poco interesantes para todos nosotros. A no ser, claro, que el lector sea un gran amante de los mamíferos salvajes, en cuyo caso lo que viene a continuación le resultará apasionante. Sea como sea, el que avisa no es judío (¿no era así el dicho?).

Si dejamos de lado al león, la más llamativa de todas las variaciones tiene más que ver con el origen histórico del estudio que con una cuestión de diseño, puesto que el legendario león Leo hizo su debut cuando la Metro Goldwyn Mayer ni siquiera existía. Cuando las primitivas productoras Goldwyn Pictures y Metro Pictures (la primera fundada por un tío de apellido Goldfish, que se convirtió en Samuel Goldwyn tras un desagradable incidente con rayos gamma) se fusionaron en 1924 para dar lugar al estudio que hoy conocemos no se rompieron demasiado los sesos buscando un logo distintivo: el vistoso logo de Goldwyn Pictures parecía demasiado bonito para echarlo a perder:

Este león, que en cualquier otra fusión habría acabado combinado con alguna bombilla para dar lugar a la mascota de un detergente japonés, se llamaba Stats y era dublinés. Fue inmortalizado en 1915 y como ya hemos visto, sobrevivió a la fusión con Metro Pictures. El logo de ésta, si es que alguna vez tuvo uno, se ha perdido en la niebla de los tiempos. A no ser, claro, que se haya asumido en nuestra rutina hasta el punto de que ni nos fijamos en él.

Gran chiste.

La fusión, a la que se sumó Louis B. Mayer (por si alguien se preguntaba de dónde sale el tercer apellido del nombre del estudio), trajo consigo una actualización del logo, aunque durante los cuatros primeros años de vida del nuevo estudio Stats sobrevivió como rugiente anfitrión. No fue hasta 1928 cuando Stats dio paso a un nuevo león, reemplazo auspiciado por la llegada del cine sonoro. El nuevo león, Jackie, rugió gracias a la magia del gramófono, y presidió la cabecera de todas las producciones en blanco y negro de la Metro hasta 1956.

El reinado de Jackie no fue solitario. Al mismo tiempo, otros leones rugieron para ocasiones especiales. Los primeros intentos de cine en color de la Metro contaron con una variante del logotipo original, variante que como era de suponer se limitaba a un nuevo león, Telly, de extraña técnica interpretativa:

En este punto me estoy dando cuenta de lo difícil que es hacer un inventario de todos los leones que han accedido a prestar su imagen a la Metro a cambio de droga. Podríamos imaginar que, al contar con un elemento tan poco práctico como un león real al que hay que poner delante de una cámara, el logo de la Metro fuera menos propenso a cambiar que lo de los demás estudios. Error. Da la impresión de que por allí pasaba un león nuevo cada semana. Y si ya sumamos las ocasiones puntuales en los que se aprovechaban unos segundos más de rugidos de cada león, el resultado es una cantidad inabarcable de variantes, a cada cual menos interesante que la anterior. El león que más visiblemente compartió trono con Jackie durante aquel periodo que se alargó hasta 1956 fue Tanner, al que su carácter más audaz y emprendedor le llevó a presidir todas las producciones en Technicolor de la Metro tras los fracasados intentos de Telly o Coffee. Tanner es visiblemente más agresivo que sus predecesores, pero desgraciadamente no se le ve atacando y devorando a un fotero bajo la leyenda “Ars Gratia Artis”.

¿Sigues ahí, lector? Con la llegada del cinemascope y la necesidad de un nuevo logo, Tanner y Jackie dieron paso en 1956 al feo George, que protagonizó la cortinilla durante dos años.

El carácter difícil de George, su dependencia cada vez mayor de las drogas, los retrasos provocados en las sesiones de grabación y unas polémicas declaraciones en las que aseguró que aquel estudio lleno de judíos de mierda se vendría abajo sin él llevó inevitablemente a su despido y rápida sustitución en 1958 por el Ashton Kutcher de los leones: Leo, el gran y legendario Leo. No es un dato especialmente fascinante, pero dejémonos llevar por la magia. Leo es la estrella felina más famosa y longeva de la Metro, ya que se ha mantenido como rugiente anfitrión desde 1958 hasta la actualidad. Es por lo tanto el que con más cariño recordamos algunos. (En serio, ¿alguien suspira de nostalgia recordando a Telly o a George, que no casualmente comparte nombre con George Lazenby?)

La carrera de Leo ha sido sufrida, no sólo por las múltiples inyecciones de bótox contractuales –¿a alguien le pilla de sorpresa tras cincuenta y muchos años de inmaculado aspecto?–, sino sobre todo porque estuvo a punto de ser el último emblema viviente del estudio –luego iremos a eso, quedémonos con esta fecha: 1968– y porque presenció la más evidente modernización que sufrió el logo de la Metro en toda su aburrida historia. Modernización que debió darse más o menos en 1985, cuando la clásica textura lisa y neutra de los ornamentos deja paso al oro, los reflejos y el lujo y el oropel.

Una fascinante variante del logo de Leo es ésta en la que el león ruge no dos, ¡sino tres veces! Necesito sentarme.

Tras un puñado de experimentos durante los ochenta que no podría enumerar aunque me fuera la vida en ello, el viejo Leo habló en 1995 con un nuevo y espectacular rugido digital que creo que se ha mantenido inalterable hasta la actualidad. ¿Hasta dónde está dispuesto este león a dejarse humillar? Desde entonces, nuestro sufrido amigo felino ha pasado dos veces por una degradante sesión de retoques digitales, estrenando aspecto en 2008 y en 2012 respectivamente, coincidiendo con el estreno de los dos últimos Bond. La puesta al día del logo en 2008 es sutil:

…algo que no se puede decir de la de 2012, pensada para hacer estallar cuantas más cabezas mejor a base de subir AL ONCE la luz, el color, el ruido y la awesomeness.

Una vez hecho este apasionante recorrido, volvamos atrás, a 1968 –la fecha misteriosa– para dedicar un momento al único intento serio de modernización del logo, que apenas pudimos ver en un par de películas antes de volver al viejo y cansino Leo. Puede que si hubiese aparecido en cualquier otra película, esta llamativa reformulación visual habría caído en el más miserable de los olvidos, pero el nuevo emblema de la Metro tuvo la suerte de encabezar nada menos que el 2001 de Kubrick. El resideño es total, orientado al minimalismo –como no podía ser de otra manera a finales de los sesenta– hasta el punto de que ni siquiera cuenta con animación alguna. Representa todo lo opuesto al clasiquísimo y suntuoso logo del estudio, y quizá por eso tuvo una vida tan corta. Una lástima.

Y antes de pasar a la Fox, hagamos mención a la memorable variante que presidió todos los cortos de Tom y Jerry de la etapa de Chuck Jones, que como ya sabes si eres fan de The R Lounge o un espeluznante acosador, es una era que no tengo en alta estima.

* * *

Esta insensata aventura que hemos emprendido hoy en The R Lounge es tan larga, tan larga, que he visto conveniente dividirla en tres entradas más manejables, y puedo decir que con motivos mucho más convincentes que Peter Jackson. Nos vemos en unos minutos en la segunda parte.

5 comentarios to “The Big Five: una historia visual (e inusual) (1)”

  1. JoakinMar 29/04/2014 a 9:44 #

    Muy bonito recorrido por muchas de las productoras cinematográficas. algunas, como las de Fox o Universal, me traen muy buenos recuerdos de las películas que vi en mi infancia. Eso si, entre las de Fox he echado en falta la referencia que hacen en Futurama, al logotipo cambiando y el uso que hacen de los focos. Me hizo mucha gracia!!!!

    • Miguel Roselló 30/04/2014 a 12:47 #

      ¡¡Oh!! ¡Se me había olvidado complletamente Futurama y su 30th Century Fox! Gran aporte, amigo, sí señor.

  2. doctorindy 11/05/2014 a 13:55 #

    Nunca una entrada sobre algo, en principio, tan poco interesante había sido tan amena. ¡Maldita sea, señor Roselló, ha vuelto a conseguirlo!

    • Miguel Roselló 11/05/2014 a 15:29 #

      Hombre, para mí no es tan poco interesante, ¡si no no habría escrito la entrada! Es un tema que me resulta apasionante, en realidad… ¡Pero hey, gracias!

      • doctorindy 11/05/2014 a 17:31 #

        He dicho en principio, ojo. Una vez que te pones a leer, tiene mucha miga.

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