I Believe I Can Act: Cuando Michael encontró a Bugs

20 May

Me hice mayor en 1998. Recuerdo el instante como si fuera ayer. Tenía diez años, y como acostumbraba en aquellas lejanas y despreocupadas tardes de los lunes estaba en casa de mi abuela, viendo dibujos en la salita. No recuerdo si Conan o Azuki. Entonces, en un corte publicitario, pasaron un anuncio de Mulán, la película que la Disney nos tenía preparada aquel año. Sé, amigo lector, que te sientes inquieto ante la posibilidad de un relato de inexperta autoexploración corporal al estilo de las Aventuras Masturbatorias de Sally Draper, así que permíteme tranquilizarte: no es el caso, al menos hoy. Una película en la que la heroína se pasa casi todo el tiempo vestido de hombre no ofrece grandes posibilidades en ese sentido. El spot en cuestión, que llegaron a pasar aproximadamente un millón de veces al día por la tele, insistía en la ¿hilarante? presencia de Mushu a través del momento en el que afirma que él no es un lagarto enviado por los ancestros. “Dragón, no lagarto, yo no hago eso de la lengua”, y concluye haciendo eso de la lengua. En ese instante fruncí el ceño, algo que he hecho tantísimas veces en mi vida desde entonces que me ha dejado cuatro marcas visibles en la frente. En ese instante pensé: “¿por qué tiene que haber siempre un personaje que va de listo y de graciosillo?”. En ese instante me hice viejo.

No es que Mushu fuese el primer secundario graciosete, pero yo no fui consciente de la tendencia hasta Mulán. Ese día de 1998 sufrí una conversión drástica hacia el escepticismo que me llevó a juzgar en retrospectiva todo lo visto hasta el momento y ser implacable con lo que vino después –y recuerdo como el segundo ejemplo más notable a Asno, que ¿casualmente? también era doblado por Eddie Murphy–. Era un niño viejo. Y si este niño viejo hubiera sufrido esa conversión tan solo dos años antes habría inventado internet, twitter y los hashtags por pura necesidad de compartir su sarcástica y necesaria opinión acerca de una película que supuso el epítome del AWESOMEBRO, el urban power y, en definitiva, un desafío al mal gusto. Por supuesto, me refiero a…

Aquel lejano 1996, hace casi veinte años ya, los hermanos Coen pusieron a una panda de imbéciles a matarse en la nieve por cuatro perras, Will Smith pateó unos cuantos culos alienígenas para salvarnos a todos, Tom Jones también pateó unos cuantos culos alienígenas para salvarnos a todos, una panda de degenerados follaron en mitad de los hierros retorcidos de un accidente de coche a las órdenes de Cronenberg y Demi Moore se frotó contra la barra de un club de tercera en nombre de la dignidad de todas las mujeres. Michael Jordan, ajeno a todo esto, salió momentáneamente de su retiro para ayudar a Bugs Bunny a evitar que los Looney Tunes sufrieran un terrible destino a manos de extrañas fuerzas extraterrestres a las que ni Will Smith ni Tom Jones podrían haber hecho frente. Con una temática y ambientación que ponía el dedo directamente en el pulso de las sensibilidades culturales de la sociedad de la época, Space Jam fue un éxito monstruoso que devolvió a la primera línea de fuego a unos personajes cuya veteranía sobrepasaba el medio siglo pero que, sin haber caído ni mucho menos en el olvido, no eran tan influyentes o paradigmáticos como lo fueron durante la edad dorada de la animación norteamericana. ¿O acaso no lo hizo? ¿Quién era en realidad el protagonista de Space Jam?

Pero antes, la pregunta esencial. ¿De dónde salió Space Jam? ¿De qué clase de generador aleatorio de tramas cinematográficas surgió la idea de juntar a Michael Jordan y Bugs Bunny en un gigantesco anuncio disfrazado de apología del baloncesto y la cultura urbana? Lo cierto es que si leemos esta fórmula matemática con atención observamos que el único elemento extravagante en la ecuación es Bugs Bunny. Michael Jordan –quizá la mayor estrella del deporte de la primera mitad de los noventa–, la cultura urbana y la venta de imagen eran sinónimos literales en aquel tiempo. Así pues, la pregunta es: ¿a quién se le ocurrió que un vehículo de product placement de hora y media protagonizado por Michael Jordan para vender zapatillas y Gatorade a los jóvenes de las canchas callejeras necesitaba de los servicios adicionales de Bugs Bunny y los Looney Tunes?

Crimen número 1: los cuestionables orígenes

Para conocer la génesis de Space Jam y la respuesta a esta pregunta hay que remontarse unos cuantos años más atrás, a 1992. En un siniestro despacho en lo más alto de un aterrador edificio de oficinas que se alza en medio de una tormenta eterna, un grupo de ejecutas tan impecablemente trajeados como carentes de alma han dado con el spot que promocionará las Air Nike en la próxima Super Bowl. Como la trama de cualquier episodio reciente de Los Simpson, todo surge a raíz de un juego de palabras más o menos válido como título: Hare Nike. Hare. En vez de Air. Hare. Liebre. Como Bugs Bunny. Hare. Hare. Hare Nike. La asociación era impepinable: juntar al rostro corporativo oficial de las Air Nike, Michael Jordan, con este improvisado mecenas de las Hare Nike llamado Bugs Bunny en la cancha era garantía de éxito.

Space Jam surge, por lo tanto, de un pobre juego de palabras. El anuncio aprovechó el empujón que Quién engañó a Roger Rabbit dio a los híbridos de acción real y animación –y con empujón me refiero a que Ralph Bakshi intentó hacer lo mismo, se cayó con todo el equipo y nadie volvió a intentarlo jamás– para juntar a las dos estrellas durante sesenta segundos en los que, es justo reconocerlo, se percibe más la esencia de los cortos clásicos de los Looney Tunes que en toda Space Jam. Incluso tenemos una toma de Bugs dedicándose a una de sus aficiones favoritas, el travestismo. Claro que la sociedad de los noventa no iba a dejar pasar semejante degradación de los derechos e imagen de la mujer sin una nota al pie (pretty silly, huh?) que moderase la imagen de unos hombres que se muestran físicamente atraídos por un miembro del sexo opuesto –o conejo con peluca– sin preguntarle de forma instintiva por sus logros académicos.

La existencia de este anuncio también da respuesta a otra cuestión intrigante sobre Space Jam. ¿Quién coño es ese tal Joe Pytka que figura como director? ¿Cuál es su relación con los dibujos animados? ¿Qué experiencia tiene como director de comedia visual o director a secas? ¿Quién le puso al frente de un proyecto tan complicado? El número de películas híbridas de animación y acción real que salen al año no es precisamente alto, y en gran parte de ello se debe a la complejidad técnica del asunto. Que los personajes animados en cuestión sean los Looney Tunes, con un ritmo cómico y físico muy específico cocinado por los mejores artistas del ramo de la animación clásica durante décadas, presenta una complicación extra. De modo que, ¿qué coño? La respuesta es que el susodicho Joe Pytka –nacido en Pennsylvania pese a su nombre de expatriado de la Europa del Este y su aspecto de sicario de Hans Gruber–, con experiencia en vídeos musicales y especializado sobre todo en anuncios de televisión, fue el tipo que dirigió el anuncio de Hare Nike. Tan simple como eso. Los brillantes ejecutivos de la Warner que pusieron en marcha la versión cinematográfica de Hare Nike al ver su tremendo potencial comercial usaron esa imparable lógica corporativa que a los mortales inferiores se nos escapa y decidieron que ¿quién más apropiado para dirigir Space Jam que la misma persona que había demostrado ser capaz de dar forma a sesenta segundos de interactuación entre Michael Jordan y Bugs Bunny sin hilo dramático y que contaba con exactamente cero puntos de experiencia con la mecánica y el tempo visual de la animación clásica?  ¡Acabáramos! ¡Albricia y zapatetas!

Not quite my motherfucking tempo, Joe Pytka.

Y así es como Joe Pytka, rescatado de la masacre del Nakatomi Plaza por la industria de Hollywood, fue puesto al frente de uno de los proyectos más ambiciosos de la Warner de 1996. Este dato puede parecer poco más que una anécdota curiosa, pero habla mucho más de lo que yo podría –y cualquier habitual de este blog sabrá que yo puedo hablar mucho– acerca de la auténtica naturaleza de Space Jam. De qué es en realidad Space Jam. Space Jam no es una película de los Looney Tunes, ni siquiera es correcto calificarla de película con los Looney Tunes. Es un producto para el lucimiento de Michael Jordan en el que, por cuestiones circunstanciales derivadas de la mentalidad empresarial de que todo producto tiene una carrera comercial potencialmente más segura si nace de otro producto anterior ya conocido, resulta que salen Bugs Bunny y el pato Lucas. Y esto, amigo lector, es poco menos que un insulto para unas leyendas de la animación y de la cultura del siglo XX. En Space Jam los Looney Tunes se ven relegados a meros comparsas en lo que debió ser SU película. Porque da igual que desde el primer momento Space Jam estuviera concebida como un vehículo para Michael Jordan; en el cine, un deportista de élite jamás debería ser más que un invitado en casa de los actores. Los Looney Tunes son algunos de los actores más legendarios de la historia del cine, pero no obstante deben hacerse a un lado, moderar las extraordinarias personalidades que les han permitido devorar la pantalla una y otra vez sin ayuda de nadie y limitarse a dar el pie para las proezas deportivas de Michael Jordan en pantalla grande. El pato Lucas lo sabe muy bien: es dezpreciable.

Crimen número 2: Michael Jordan vs. el Método

Space Jam es un monumento al ego de Michael Jordan, una imparable bola de adulación que se alarga sin descanso durante hora y media –hoy habrían sido dos horas y media– de guiños, comentarios cómplices sobre aspectos de la imagen pública de Su Gran Altura y decisiones de guion destinadas a convertirle en poco menos que un dios en la Tierra. Uno puede imaginarse perfectamente a Michael sentado en su casa, leyendo el guion que acaba de llegarle por correo certificado y asintiendo entre sonrisas con cada referencia a la universidad de Carolina del Norte, a sus partidos míticos con los Bulls, a su mote como rey del baloncesto y a sus calzoncillos de la suerte. Sin mencionar, claro, la perfecta vida que lleva con su familia falsa y su alegre –y visiblemente satisfecha con las condiciones laborales– criada, la visión mítica de su infancia y sus sueños, su lealtad inquebrantable hacia sus nuevos amigos y su higiene personal. ¿Los jugosos contratos derivados para promocionar cien mil productos? La guinda del pastel.

Que te comas mis productos derivados, COÑÑÑÑO.

La película comienza con Michael Jordan y termina con Michael Jordan. Los Looney Tunes no hacen acto de presencia hasta que se han sentado las bases del drama de Jordan y sus avatares beisbolísticos –lo único parecido a un acercamiento no divino a la figura de Michael– y se ha presentado en sociedad a los habitantes de Tontolandia y sus malvados planes. Luego, una vez el partido del siglo ha terminado, los Looney se hacen educadamente a un lado porque saben que ya no les queda nada por hacer en esta película y que el epílogo debe dedicarse por completo a mostrar al nuevo Michael Jordan, más sabio y humilde. ¡Un momento! Hay una última concesión a los Looney. ¡Después de los larguísimos créditos finales aparecen Bugs, Lucas y Porky para cantar su clásico “Eso es todo, amigos”! ¡Se ha hecho justicia! Ah, no, espera, Michael TAMBIÉN asoma la calva aquí para poner la puntilla y tener la maldita última palabra incluso aquí. De otro modo quizá se nos habría olvidado quién era el humano que salía en el 95% de los planos de la película luchando por fingir algún tipo de pericia como actor. Dios santo.

Ya que hemos mencionado la vis dramática de Michael Jordan vamos a escarbar un poco más en este doloroso asunto. Cómo decirlo. Cuando incluso ni siquiera el doblaje enmascara el hecho de que ahí debajo del actor de voz de turno hay un proyecto de ser humano en graves apuros para recitar sus diálogos de forma convincente sabes que estás ante un auténtico holocausto interpretativo. La interpretación de Michael es de ésas en las que puedes vislumbrar con claridad cristalina a un señor fuera del encuadre diciendo “ahora pon cara de estar muy fastidiado” o “ahora imagina que tu perrito se ha vuelto a mear en la alfombra”, una nutrida enciclopedia del recurso expresivo desesperado, con inolvidables clásicos del “eh, estoy actuando” como los brazos en jarras, las manos arriba para recalcar la obviedad de lo que se acaba de decir y el menear el dedo frente a ti como prueba de lo serio que estás. Genio del uso dramático de sus manos, Michael también sabe sacar partido a su penetrante mirada, revelándose como un genio de los ojos en blanco antes las chifladuras de Stan Podolak y lanzando el Ojo del Tigre a los temibles MonStars en las escenas más intensas de la película.

En condiciones normales, contratar a una superestrella del baloncesto para suplir las funciones de un actor profesional da un resultado similar a contratar a una superestrella del enyesado de tabiques para suplir las funciones de un actor profesional. Con “condiciones normales” me refiero a un rodaje en el que personas interactúan con personas; así que imaginemos ahora que estamos en las condiciones extraordinarias de tener a una persona fingiendo que habla con seres que están delante de él y no con una pelotita azul que se transformará en un conejo travestido en postproducción. ¿Alguien con un mínimo de sensatez podría esperar un trabajo decente de una estrella de la NBA solo frente al croma cuando lo que ocurre cuando un actor profesional pasa demasiado tiempo hablando frente cosas que no están delante de él es… esto?

wetatop

Si Sir Ian McKellen, azote de los escenarios, poseedor del Premio Laurence Olivier y famoso mutante enfurecido se derrumba entre llantos incapaz de continuar enfrentándose diariamente al fetichismo de Peter Jackson por la postproducción, ¿qué cabe esperar del rendimiento del antes mencionado as del baloncesto/enyesado? Si los esfuerzos de Michael durante sus escenas en el mundo real ya son discutibles, su recital cuando está rodeado de Looney Tunes –es decir, en la soledad del cubículo verde– es demencial. No existe espectáculo comparable al de ver al gran Michael Jordan, leyenda de la NBA, balanceándose incómodo entre aspavientos poco convincentes mientras finge a duras penas estar soltando una arenga motivacional a un grupo de conejos, cerdos, patos y pollitos de dibujos animados con un calendario de rodaje distinto al suyo. Ya no es que Su Gran Altura dé la impresión de estar tratando desesperadamente de olvidar que está hablándole a una inmensa pared verde, es que parece estar tratando de olvidar que está hablándole a una inmensa pared verde con el mensaje “COMO ACTOR NO VALES UNA MIERDA” escrito en ella con letras gigantes y la sangre de sus hijos en lugar de pintura. Dato notable: aun así el trabajo de Jordan es más aceptable que el recital de sus famosos compañeros de profesión. Esto da pistas certeras acerca de lo que vamos a encontrar en las escenas en las que Charles Barkley, Patrick Ewing, Muggsy Bogues, Shawn Bradley y Larry Johnson lidian con el drama personal de haber perdido sus aptitudes deportivas y no haber recibido a cambio algún otro tipo de aptitudes, interpretativas por ejemplo.

Crimen número 3: mal uso de los actores competentes

Aunque suene sorprendente llegados a este punto, en Space Jam también hay algún sitio para actores de verdad, y no me refiero a la cuadrilla contratada por el señor Burns para hacerse pasar por la familia de Michael Jordan. Los dos nombres más notables son, claro está, Wayne Knight y Bill Murray. El primero aparece en un humillante rol de gordo flatulento y fuente de molestia y vergüenza ajena para los demás personajes –los histriónicos gestos de fastidio de Jordan en primerísimo plano nos ayudan a entenderlo–. Pero debería sentirse honrado y eternamente agradecido, ya que se le concede el honor de anunciar la inexplicable entrada del Dios Michael en mitad del campo de béisbol al final de la película, en una nave espacial y ante la algarabía de unos presentes demasiado emocionados para hacerse ninguna pregunta sobre lo que acaba de ocurrir.

Cuesta creer que se puede ir cuesta abajo a partir de ser devorado por un dinosaurio que escupe, pero ahí están los hechos.

Bill Murray, por su parte, hace de Bill Murray hasta las últimas consecuencias. Con la excepción de las grandes aspiraciones deportivas de su alter ego, es Murray de pies a cabeza, incluyendo el nombre y la cara de querer irse a casa. Siempre me he preguntado por qué fue él el elegido para cubrir la cuota de actor famoso que se interpreta a sí mismo, pero quizá podamos encontrar una conexión en el sospechoso parecido de Joe Pytka con Vigo, el caballero asesino de niños de la pintura de Cazafantasmas 2. Murray, en este punto a unos pocos años de encontrarse con Wes Anderson y convertirse en el ídolo de todos los modernos de mierda de este mundo con cortes de pantalón absolutamente inapropiados, sale poco y está realmente desaprovechado, pero seguramente él estaría muy feliz al respecto. Valga como compensación este gag genial que no te molestes en buscar en la versión doblada:

Para no seguir la tendencia de la propia película, dejemos de lado a los monigotes de carne y hueso y prestemos atención a los personajes animados. ¿Qué pintan realmente Bugs Bunny, Lucas y el gallo Claudio en todo este fregado? ¿Merecen la pena sus apariciones aún con la sombra de Jordan oscureciéndolas? ¿Se les saca algún partido dentro de las severas limitaciones? ¿Hay algún tipo de personaje femenino gratuitamente sexy creado para la ocasión?

Crimen número 4: crisis en el departamento animado

De acuerdo, puede decirse que los Looney Tunes se comportan como cabe esperar de ellos durante toda la película. De acuerdo, no hay apenas salidas de tono respecto a lo que aprendimos de ellos en los mejores cortos de los años cuarenta. Pero el monopolio que Michael Jordan ejerce sobre el grueso de la trama les obliga a hacerse un lado y repartirse como buenamente pueden los pocos momentos de gloria de los que disponen. Esto lleva inevitablemente a un obvio desequilibrio entre las superestrellas indiscutibles –Bugs y Lucas– y los demás, quienes tienen que conformarse verdaderamente con las migajas. Silvestre y Piolín, por poner a algunos de los más damnificados, apenas tienen unas cuantas frases. Yosemite Sam, sólo una. Tratar de compensar dándoles pequeños momentos épica deportiva durante el partido no cuela. Digamos que aquí hay nociones divergentes acerca de lo que significa tener segundos de gloria. Para nosotros, un gran momento para Elmer Fudd es estar con cara de no entender absolutamente nada en plena discusión entre Bugs y Lucas sobre si es temporada de patos o temporada de conejos y disparar en el momento apropiado al pato. Para la Warner, un gran momento para Elmer es ponerle volar por los aires a cámara lenta y meter una canasta de tres puntos. Nociones divergentes, por decirlo educadamente.

Y si el verse empujados a un lado por seres humanos ya es humillante de por sí, más lo es cuando el que te quita el protagonismo y el sitio en el poster y es otro dibujo animado. Space Jam ve necesario que junto a los intrusos de carne y hueso entre en escena un número inusitado de intrusos animados, no vaya a ser que resulte demasiado pesado que los Looney Tunes sean los únicos a los que mirar cuando Michael Jordan no está en pantalla.

B8Nm1CKCcAAdjRD

How d’ya fit all that IN THEM JEANS?

Hablemos de Lola Bunny. Creo que nadie sintetizó nunca con tanta habilidad todo lo que despertó en los niños de la época la aparición en la cancha de aquella coneja rosa en shorts como mi memorable compañero de clase de primaria Jesús Selma: tía buena, maciza, tu culo me hipnotiza. Pero ahí termina todo.

Lola Bunny es un personaje detestable hasta decir basta, otro de los múltiples esputos que Space Jam dedica a los fans de los buenos dibujos animados, esos que entendían que la genialidad y la irreverencia de Bugs Bunny dependen de una actitud anárquica que se extiende hasta sus preferencias sexuales. Lola, al igual que todo lo nuevo que tiene que aportar Space Jam al universo de Bugs Bunny, es el producto de una sesión de estudios de mercado entre ejecutivos estresados, concluyendo que “ante la conciencia crecientemente autoreivindicativa de las mujeres de la década de 1990 es crucial introducir en la trama de Space Jam un personaje femenino fuerte e independiente con el que las chicas de hoy puedan identificarse bajo el beneplácito de sus padres”. Lo pongo entre comillas porque yo estaba allí aquel día. De este modo, Bugs babea ante su presencia como hubiese hecho en cualquier buen corto de Bob Clampett, sólo que en este universo alternativo –los noventa– su Actitud Inapropiada no queda sin castigo, ya que Lola tiene suficiente Carácter y Actitud como para ridiculizarle con sus espectaculares dotes deportivas y replicarle que no la llame muñeca. Ah, qué reconfortante es encontrarse por fin con un personaje femenino que reivindica su condición de ciudadana independiente con ideas propias. Casi compensa su diseño y ropas claramente escogidos para que hasta el último papá presente en la sala se pregunte hasta qué punto va mal su vida sexual marital si la idea de pasarse a la zoofilia resulta más atractiva que volver a meterse en la cama con su mujer.

¡Otro triunfo para la representación de las mujeres en la cultura audiovisual!

Este falso feminismo corporativo es sólo la punta del iceberg de un problema mayor. La única razón de ser de Lola en esta película es cargarse la diversión, exhibirse por ahí con los pantalones más cortos que encontró en el Bershka de conejos y acaparar con sus contoneos minutos que podrían haberse dedicado a ver a Lucas hostiarse. Es tan patético su rol en la película que ni siquiera vale para la buena y clásica comedia física, si es que alguna vez lo llegó a intentar. Es la única integrante del equipo Tune Squad que no recibe un solo porrazo absurdo, y el único momento en el que está a punto de ser físicamente maltratada –por un MonStar volador con, creemos, una masiva erección– está ejecutado incluso como una amenaza real para su seguridad, atentando así contra hasta el último y puñetero principio de la alegre violencia grotesca y sin consecuencias de los dibujos animados. ¿No habría sido más divertido que por una vez Lola hubiese dejado de lado sus poses de lucir lo más maciza posible y sus miradas de Inteligencia Seductora y hubiera terminado espachurrada por el hediondo culo de un MonStar? El problema de Lola Bunny, en resumidas cuentas, es que no parece un dibujo animado elástico y carente de lógica anatómica: parece que te la puedes tirar de verdad.

En la propia Warner debieron darse cuenta de que una vez amasados los millones extra que dejaron en taquilla los adolescentes y adultos que no se habrían acercado a ver Space Jam de no incluir planos de un lepórido rosa con pechos turgentes –sólo dos, lo que la convierte en una abominación entre los conejos– Lola Bunny no pintaba demasiado en el lunático mundo de los, valga la redundancia, Looney Tunes. Space Jam había sido un alto en el camino, una licencia descaradamente contemporánea que se permitieron durante un instante para, una vez revitalizada la imagen de los Looney, volver a terrenos más conocidos para Bugs Bunny y compañía. Lola no tenía nada que hacer en esos terrenos conocidos, porque cuando Tex Avery necesitaba una coneja sexy la cuota la cubría Bugs en un vestido. Así que, cuando en 2011 vio la luz el primer intento serio de la Warner por dar a los Looney Tunes un vehículo televisivo acorde a su historial, Lola Bunny apareció con un aspecto y personalidad traumáticamente diferentes.

Parecías más guapa en tu foto del Tinder.

En cuanto al aspecto, no necesito decir más de lo que muestra esta foto o de lo que expresa tu ausente libido. Su personalidad también se vio drásticamente alterada, dejando a un lado la actitud precocinada de chica-dura-pero-sexy y convirtiéndose en uno de esos personajes femeninos medio-locos-pero-adorables que tanto proliferan hoy día. Con ese estandarte de la comedia femenina no sexualizada que es Kristen Wiig dándole voz, los planes para esta Lola Rebooted –¡pero no más oscura y atormentada!– no podían quedar más claros. No es que sea un gran fan de las aventuras modernas de los Looney, pero sin duda tengo que concederles honestidad y respeto por el legado Warner. Lo que viene a ser las antípodas de Space Jam, oiga.

Sin embargo, internet, esa terrible herramienta para librepensadores peligrosos, recoge innumerables muestras de la indignación de ex niños de los noventa que perdieron la pista a Lola hasta cruzarse fortuitamente con esta remodelación del personaje. Con pasión y nulo juicio crítico, la nueva Lola ha sido vilipendiada hasta el extremo por ¿fans? incapaces de entender que por mucha nostalgia atesorada y mucho semen vertido en su día sobre las sábanas en honor a la Diosa Coneja que se pueda alegar, el tiempo no ha arruinado a Lola. Más bien al contrario. Seamos comprensivos y confiemos que el tiempo y la madurez se impongan en el criterio de estos groupies desengañados, al fin y al cabo se trata del complicado proceso de asumir lo ridícula y fuera de lugar que fue siempre la existencia de una de nuestras primeras fuentes de sueños húmedos. Es duro. Me refiero a mi pene, claro.

Como ya dije antes, Lola no es la única debutante en la división animada de Space Jam. Desde Tontolandia nos llega, como detonante de la acción de la película, un grupo de nuevos personajes en absoluto diseñado con los ojos puestos en la venta de merchandising. Que a los treinta minutos se transformen en otros personajes diferentes en un giro increíblemente conveniente para la filosofía del “¡hazte con todos!” no es más que una feliz casualidad. Estos personajillos son los Nerdlocks, cinco extraterrestres con pinta de vástagos de un desafortunado encuentro sexual entre Jabba The Hutt y una sumisa cucaracha espacial y que echarán a rodar la trama al lanzarse al vil secuestro de los Looney Tunes por orden de su jefe y director del parque de atracciones de la Montaña Tontolandia, Swackhammer. Por si a alguien le interesa, los Nerdlucks responden a los nombres de Pound, Blanko, Bang, Bupkus y Nawt. Ésa sí que debió ser una sesión de brainstorming memorable. Pajaritas aparte, estos adorables extraterrestres tienen un diseño más bien alejado de cualquier consonancia con el estilo Looney Tunes, pero eso no supone un gran problema en vista del poco tiempo que pasan en pantalla con este aspecto. Al robar y absorber las habilidades deportivas de las mayores estrellas de la NBA, los adorables Nerdlocks mutan en el material del que están hechos las pesadillas… y un lote completamente nuevo de Happy Meals.

Los MonStars –término que debería ser motivo de mofa y burla de no ser porque es acuñado por Silvestre y por lo tanto va a misa– son algunos de los personajes más incómodos de ver en pantalla de la historia de los dibujos animados, en dura competencia con los Street Sharks. La transformación que sufren las simpáticas criaturitas con pajarita conocidos antes conocidas como Nerdlocks es de una salida de madre a la altura de la reimaginación noventera de cualquier superhéroe de Marvel. Los MonStars son grotescas masas de músculos aceitosas y llenas de venas palpitantes, como ese amigo tuyo que tiene botes de proteínas en la despensa en vez de galletas pero multiplicado por mil. Si no fuera porque asistimos a la traumática transformación en vivo y en directo –vemos vértebras superdesarrollándose y escuchamos gritos de dolor– nos costaría creer que éste el efecto de una sola inyección de “habilidades de estrellas de la NBA”, sin chutes adicionales ni montajes musicales de entrenamientos con deshumanizadas máquinas de alta tecnología soviética. Jesucristo, con estos resultados me sorprende que a nadie se le ocurriese después hacer picadillo a Barkley, Ewing y compañía para sacar un Soylent Green ‘NBA Edition’ para obsesos del ejercicio, usando a los MonStars para la viñeta del “después”. De hecho, con semejante cocktail de hormonas de caballo recorriendo sus venas del grosor de cordones de zapatos no deberíamos sorprendernos cuando uno de ellos revela su asombrosa capacidad para echar fuego por la boca durante el partido. Y pensar que creíamos que Jafar tenía un desorden psicológico cuando decidió que su aspecto de genio era demasiado enclenque y apareció cien veces más petado en El retorno de Jafar.

bugs-bunny-s-huge-muscles-D-bugs-bunny-24516417-722-466

Por recomendación personal de los MonStars, Bugs también contrató los servicios de Jafar como personal trainer.

Apartar la mirada de la pantalla cuando estos mostrencos fibrosos aparecen no es más que la reacción natural de una persona perfectamente sana; y por eso me gustaría que tú, amigo lector, apreciases mi trabajo de documentación en esta entrada. ¿Crees que verles en acción en pantalla es un mal trago? Prueba a buscar imágenes de los MonStars en google. Poner “monstars” en el buscador supone obligatoriamente cruzarse con ingentes cantidades de fanart sexualizado que juro ante Ford que me acosará en mis pesadillas hasta el día que me muera. Es decir, ¿cuántos pezones erectos de colores es capaz de soportar un hombre antes de enloquecer? ¿Y quién es el enfermo mental que decidió que necesitábamos conocer a Melissa, la novia apócrifa de Bang, el MonStar más deforme de todos? Por supuesto, la MonStar verde es la novia del MonStar verde, Dios no permita otra clase de relación en la cancha.

Es llamativo que los inquietos artistas de la red, esos anónimos Robin Hoods del vector, no hayan recurrido a pesadillescos escenarios hipotéticos en los que los poderosos invasores del espacio exterior se sumergen en los abismos de la pasión desenfrenada con Lola Bunny. Es bien sabido que la primera regla del decálogo del fan-artista reza “Inventarás cualquier relación pasionalmente tórrida entre personajes a partir de una infundada lectura entre líneas del material original”, y a ella debemos, por ejemplo, esos legendarios encuentros prohibidos entre Harry y Draco en el callejón Diagon –famoso punto de cruising del mundo mágico– que ya forman parte del imaginario colectivo. Pero hete aquí que estos mismos enfermos –los fan-artistas, no Harry y Draco, homófobo lector– han preferido no cruzar la línea que nos separa de un terrible universo paralelo en el que Lola Bunny es la desdichada protagonista del bukkake más traumático de la historia.

Es posible que incluso estos sensibles quinceañeros de confusa habilidad artística hayan observado lo poco interesados que están los MonStars en las tentadoras curvas de la nínfula Lola; y ciertamente cualquier psicoanalista llamaría la atención sobre la nula atención sexual que prestan en la película a cualquier cosa que no sea ese testículo metafórico gigante que es el balón mágico. Ellos prefieren moverse por las borrosas fronteras que separan la camaradería sudorosa del homoerotismo sudoroso; fijémonos en las ambiguas muestras de amistosa violencia –alias Contacto Físico– que se profesan en la intimidad de su vestuario durante el descanso.

Ante la visión de los geniales de Pound, Bang se estremeció. Se dijo a sí mismo que debía apartar la mirada, pero algo que nunca había sentido antes de apoderó de su cuerpo. Quiso estrecharle entre sus brazos, dejarse amar y perforar.

Oh, Dios, que se me ve el culo. Los testículos están bien, eso no importa tanto.

Esta escena en el vestuario es precisamente la que nos muestra un primer indicio de que los MonStars no son tanto los villanos de la función como unos brutos manipulados por el desalmado representante de las fuerzas corporativas de Tontolandia, Schwackhammer. ¿Hasta cuándo van a estar nuestros hijos expuestos a esta propaganda comunista? Al final, el talante emprendedor de Schwackhammer –el Steve Jobs de Tontolandia– es castigado con un humillante vuelo sideral en cohete ACME que termina en trágica explosión, mientras que los MonStars/Nerdlucks son recibidos con los brazos abiertos por los anarquistas Looney Tunes en su piojosa aldea de maleantes indisciplinados, en lo que se nos vende como un final feliz para las criaturas del espacio. Repugnante y socialmente peligroso.

A estas alturas del cuento me parece redundante señalar que los MonStars son una prueba aún mayor que Lola Bunny de que, incluso en el aspecto animado, a los ejecutas detrás de Space Jam les interesaba mucho, mucho más conectar la película con las idiosincrasias de la década que encontrar algún tipo de feliz hermanamiento entre lo clásico y lo nuevo. Un cero para ellos, tan patatero como el del número de la camiseta de todos los MonStars.

La sombría conclusión

Space Jam lo petó. Todos los niños del planeta fuimos a verla al cine, demostrando que el baloncesto entre seres humanos y conejos de dibujos es el verdadero lenguaje universal. ¿Pero cómo podría haber sido de otra manera? Space Jam estaba a la vanguardia más absoluta en cuanto a los gustos de la tumultuosa chavalada de los noventa; de hecho estaba tan al loro y en la onda que la Warner quiso reafirmarse en ello dedicándole una paleolítica página web con la esperanza de revolucionar incluso los hábitos de diversión de los jóvenes. Y aún hoy sigue revolucionándolos con un contador de visitas en imparable ascenso. Space Jam se convirtió desde entonces en la película sobre baloncesto más taquillera de la historia con un total de 250 millones de dólares recaudados en todo el mundo, los ciudadanos de a pie nos vimos inundados de merchandising, los equipos de baloncesto escolares no daban abasto con tanto niño queriendo convertirse en el nuevo Michael Jordan y, más importante, el tráfico clandestino de dibujos pornográficos de Lola Bunny bajo los pupitres se incrementó en un 900%. Espectaculares cifras.

Cabría suponer que este éxito monumental propiciaría una continuación inmediata, pero en lugar de eso tuvimos que esperar siete años para que la Warner estrenara una especie de… pseudosecuela, si con eso entendemos una nueva película con los Looney Tunes interactuando con humanos y ninguna relación con Space Jam más allá de las circunstanciales y un cameo de Su Gran Altura. Sin ser una película especialmente memorable, Looney Tunes, de nuevo en acción era infinitamente mejor que Space Jam, quizá porque trataba a los Looney con el respeto que se merecen, quizá por el correcto rol de las estrellas humanas como apoyo de los personajes animados, o quizá porque tras las cámaras estuvo un amante y gran conocedor de la animación clásica como es Joe Dante en lugar de un espíritu huido de un cuadro embrujado con cierta maña para rodar anuncios de la Super Bowl. ¿No es suficiente para convencerte? Los malos de la función son la supercorporación Acme, con Elmer, el demonio de Tasmania, Marvin el Marciano, Yosemite Sam, el Coyote y Peter Lorre como agentes a sueldo. Hay una escena en el Louvre en la que la animación imita a Monet, a Munch, a Dalí y a Mucha. La película está repleta de atrezzo de películas famosas de serie B y de la Warner. Y para redondear, una ejecutiva de la Warner le explica a Bugs Bunny que disfrazarse de mujer es políticamente incorrecto y él responde “si un conejo con pintalabios no te parece gracioso tú y yo no tenemos nada de qué hablar”. De nuevo en acción es, en palabras del propio Joe Dante, la anti Space Jam.

De nuevo en acción fracasó estrepitosamente. Los niños de 1996 estaban hambrientos de emociones fuertes, camaradería deportiva entre hombres, rap en un contexto apto para familias y estrellas de baloncesto enfrentadas a desafíos interpretativos fuera de sus posibilidades, pero en las navidades de 2003 los niños estaban demasiado ocupados yendo en bucle a ver Buscando a Nemo como para dedicar tan siquiera una mirada desdeñosa al justo homenaje a la pandilla de Bugs Bunny por el que el director de Gremlins había luchado contra cientos de ejecutivos empeñados en hundir el proyecto.

Quizá la única prueba material que tenemos para valorar el legado cinematográfico de Space Jam es esa puerta que se abrió para otras superestrellas de la cancha deseosos de protagonizar las películas favoritas de los niños para cerrarse a cal y canto a los pocos segundos, una vez Shaquille O’Neal regaló al mundo Kazaam y todos nos dimos cuenta de que nunca está de más poner límites a las ambiciones humanas. El cartel anunciaba en grandes letras “FUN!”; nuestro error fue pensar que aquellas letras formaban una palabra en lugar de ser caracteres aleatorios que habían caído ahí por un error de imprenta.

Kazaam

De hecho, el cartel parece estar compuesto exclusivamente por onomatopeyas sin sentido.

Pese a la existencia de De nuevo en acción, o quizá a causa del trágico desengaño que causó en los cinco fans de Space Jam que sí fueron a ver ésta, los rumores sobre una verdadera secuela –con baloncesto, la Lola Bunny porno y una ambientación urbana que pasó de moda hace casi veinte años– no han parado de sonar hasta hoy. La Warner no ha hecho nada por desmentirlos, demostrando al lanzar al ruedo como quien no quiere la cosa el nombre de LeBron James que el tiempo no les ha hecho más sabios ni más respetuosos hacia la leyenda de los personajes que un día puso al estudio en lo más alto del olimpo de los dibujos animados. Puede que incluso sean capaces de hacerlo peor, en vista de la era de totalitarismo CGI que atraviesa el mundo de los dibujos animados. Brendan Fraser y su peluquín se hacían difíciles de tragar en De nuevo en acción, pero si tuviera que confiar el peso humano de mi superproducción semianimada a alguien, creo que optaría por el actor antes que por la superestrella del deporte con serias dificultades para expresarse verbalmente. Pero no saquemos conclusiones precipitadas. Primero aguardemos con calma hasta descubrir si Space Jam 2 llega finalmente a convertirse en algo más que un débil rumor, y de ocurrir, esperemos a comprobar si LeBron no esconde unas insospechadas aptitudes dramáticas fuera de serie. No sería el primer as del deporte que nos sorprende a todos al demostrar de lo que es capaz en un contexto diferente al habitual. Como O. J.

10 comentarios to “I Believe I Can Act: Cuando Michael encontró a Bugs”

  1. Starsky 20/05/2015 a 16:00 #

    Si destaco que “paradigmático” es una palabra que usan los tontos para hacerse los interesantes me despedirá usted, así que en su lugar me dedicaré únicamente a destacar a la persona con la que, también alrededor de los 10 años, vi Space Jam en VHS; que durante toda la primera escena se dedicó a repetirme “esto es muy difícil de entender, así que yo te explico: ese niño es Michael Jordan de pequeño”.

    Y ahí me hice viejo yo. Those were the days.

    • Miguel Roselló 20/05/2015 a 22:34 #

      Anonadado me hallo, me has hecho ser consciente de que no he hecho una sola referencia a Poochie. Hasta el episodio es del 96, por Dios.

  2. dr.indy (@drindy2) 20/05/2015 a 20:25 #

    Cameron Díaz en ‘La Máscara’, Esmeralda y Lola Bunny. Mis amores de la infancia. Debes odiarme mucho.

    • Miguel Roselló 20/05/2015 a 22:35 #

      Uf, qué pandilla te has buscado, ¿no? En realidad yo también creo que Lola está buena, es sólo que he preferido centrarme en lo importante. Lo de Cameron lo comparto absolutamente; lo de Esmeralda es una pasión que en general jamás he comprendido.

  3. sualef98 23/05/2015 a 20:56 #

    Hace ya tiempo desde la última vez que vi esta cinta, pero comparto algunos aspectos de tu opinión. Sin disgustarme, es evidente que es un film para puro lucimiento de Michael Jordan y poco del espíritu de tan míticos cartoons como lo son los Looney Tunes. Y estoy de acuerdo totalmente con la comparación entre esta cinta y con Back in Action, pero que, si bien tuvo intenciones mucho mejores que Space Jam, por desgracia, los resultados fueron igual de mediocres, aunque si, es (ligeramente) mejor que “Space…”. En fin, que algunos vamos a tener que seguir esperando a una verdadera cinta de los Looney Tunes.

    • Miguel Roselló 24/05/2015 a 11:58 #

      Lo peor de todo esto es que, de llegar a hacerse, la animación tradicional estará prácticamente descartada desde el principio. Looney Tunes en CGI, eso es lo que nos espera.

      • sualef98 24/05/2015 a 14:47 #

        Ya, yo también los prefiero en animación tradicional, pero tampoco tiene por qué considerarse una herejía pasarlos a la animación CGI si se respeta el humor y el look de los originales. Basta por poner de ejemplo los cortometrajes del Coyote y El Correcaminos que sacaron en cines hace unos años, previos a la nueva serie de los Looney Tunes, que estaban realmente conseguidos en (casi) todos los aspectos (y más concretamente el primero de ellos, Coyote Falls), si bien quizás hay un de texturas y detalles visuales “realistas”, por ejemplo en el pelaje de Willie E. Coyote (toma nombre completo XD). Aún con todo, estaría bien que, para la ocasión, si Hollywood no puede prescindir del CGI, que inventen algo para que 2D y 3D puedan convivir juntas en paz, como en la nueva cinta de Bob Esponja. Por mi, al menos podrían realizar más cortometrajes.

  4. sualef98 24/05/2015 a 14:52 #

    Corrijo, “…hay un exceso de texturas y detalles visuales “realistas”…”, XD

  5. Domingo 02/06/2015 a 20:09 #

    Tengo una cierta relación de amor-odio con esta película. La amo en parte porque es una película de la infancia y cuando la veo con esa mentalidad, me divierte, pero la odio porque me trae horribles recuerdos de cuando mi padre me inflaba a regaños por estar enamoradísimo de Lola (por culpa suya soy furry). Mis actuales sentimientos hacia ella son igual de agridulces.

    “De nuevo en acción” la vi en el cine y en aquel entonces no quería saber nada de Space Jam, por lo que la puse más alta en su época, pero hacen bien en decir más arriba que la cosa apenas mejora. La leyenda dice que se escribieron más de 27 borradores del guión que fueron unidos todos en uno solo, con idéntico resultado al de Indiana Jones 4.

  6. itchyo33 30/06/2015 a 18:55 #

    Buen artículo. Tan solo se te olvido que Dan Castellaneta hace un cameo en el partido de baloncesto donde los Nerdlucks roban las habilidades de los deportistas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: