Vida después de Anna y Elsa: cavilación en dos partes

5 Dic

Hace unos días andaba yo deambulando por el Carrefour con mi gabardina de exhibicionista y me quedé mirando un calendario de adviento de Frozen, con Anna y Elsa ahí muy sonrientes y más maquilladas que Jade, la Bratz fashionista. Desde fuera podría haber parecido que me había quedado hipnotizado ante aquella inexplicable brujería que llamaban impore, pero lo cierto es que estaba sumido en mis pensamientos. Y es que los momentos de revelación que llegan sin previo aviso tienen una cualidad casi surrealista.

La ubicuidad de los rostros de Anna y Elsa en nuestro día a día es algo que ya hemos asumido como el comer o la tipografía de Batman Forever en el letrero de cualquier negocio de medio pelo de Madrid. Ya sea en merchandising, carteles anunciando el enésimo espectáculo temático sobre hielo, subproductos apócrifos con Leticia Sabater o incluso en esa niña que ahora mismo ha pasado por tu lado cantando Let It Go a todo volumen –no me mires así, no es que te esté vigilando, es que la estadística está de mi parte en esto–, ahí esta Frozen (y cuando me despierto después de haber dormido con Amy, ahí está Amy). No obstante, no debería ser tan difícil comprender mi súbito sentimiento de extrañeza ante el monstruoso fenómeno representado por aquel calendario de adviento. Habiendo nacido en 1988, el reinado absoluto de la Disney como expendedora de entretenimiento familiar se había ido desvaneciendo gradualmente al compás de mi infancia desde el pico histórico de El rey león en el 94, de modo que el grueso de mi vida como persona adulta –o al menos como ser humano con cierta capacidad crítica / adolescente salido– he conocido a una Disney derrocada, una compañía que pese a no haber parado nunca de intentar volver a rugir triunfalmente con nuevas historias que añadir a su canon animado, ha vivido casi exclusivamente de mantener vivos los recuerdos y la nostalgia por tiempos mejores. Mirando aquel calendario fui consciente por primera vez, de forma explícita, de que el status quo al que estaba acostumbrado hasta el límite del no cuestionamiento había cambiado por completo. Allí estaba la Disney, de nuevo reina indiscutible, logrando de nuevo lo que desde el 94 no había alcanzado salvo esporádicamente y mediante propiedades adquiridas, no propias: una fiebre de proporciones descomunales que, en 2016 –tres años después de la aparición de Frozen en las pantallas–, ya puede considerarse carne de Historia.

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Siniestras soylent-implicaciones.

Parte Uno: Anna, Elsa, el marketing y tú

Tres años son una cantidad de tiempo razonable como para acercarse a semejante evento con cierta perspectiva. Observar el lento pero estudiado camino que Disney inició con el cambio de siglo y culminó con el estreno de Frozen el 10 de noviembre de 2013 no carece de interés. Rapunzel abrió la marcha, tanteando el terreno del cine de princesas con paso prudente y auspiciada por el colchón de seguridad que aporta un contexto de comedia de aventuras; mientras que, para atemperar el cuerpo del incauto espectador poco a poco en lugar de sacudir su mundo de forma demasiado drástica, Rompe Ralph actuó como elemento equilibrador. Como nota igualmente importante, Winnie The Pooh jugó en 2011 el triste papel de pedrusco que tiras sobre un campo minado, como para confirmar que no, que ese camino que creímos seguro al proponer Tiana y el sapo está definitivamente descartado. Frozen era una apuesta relativamente arriesgada, pero venía auspiciada por la lógica de los resultados previos de la operación Resurrección. Un éxito razonable no era una idea descabellada.

Claro que a posteriori todos somos listísimos. El legado de Frozen –una palabra de la que se abusa demasiado y de forma muy pretenciosa, pero que me es útil aquí– entronca con cuestiones que van desde lo frívolo hasta lo socialmente relevante, desde los rankings de taquilla hasta el feminismo y la homosexualidad; y la propia empresa madre ha procurado saltar rápidamente a bordo de este tren de la forma más ruidosa posible, brindando por sí misma al llenar los estantes de los comercios con las caras de dos personajes femeninos inspiradores para millones de niñas, sin necesidad del apoyo de hombres peludos ni de muy masculinos muñecos de nieve revividos mediante magia negra. La Disney nos quiere demostrar que está a la vanguardia de la sensibilidad social, pero es muy fácil permitirse algo así tras amasar mil trescientos millones de dólares en taquilla.

Preguntemos a la Disney por qué no usó esa misma estrategia comercial durante la campaña promocional previa a la película, en la que raro era el cartel en el que Anna no tenía que competir por nuestra atención con Kristoff, Olaf, Hans, el alce o incluso todos a la vez, todos bien armados con penes palpitantes y anunciando que, eh, aquello no era una maldita cursilada de princesas y que sí, hijito, podías ir a verla al cine sin volverte un marica porque iba a haber aventuras y comedia. ¿Acaso no había un montón de tíos en el reparto principal, maldita sea? La Frozen que conocemos, como tantas otras películas que ya forman parte del imaginario colectivo, no es exactamente reconocible si tomamos como referencia las primeras fases del marketing. Al igual que La Guerra de las Galaxias fue un día “la historia de un chico, una chica y el universo”, Frozen fue una vez una disparatada comedia de aventuras un tanto abochornada de la presencia de dos protagonistas femeninas, y no la historia de amor y entendimiento entre dos hermanas que, a partir de una valoración superficial que hizo gran parte del público en el momento de su estreno y en los años posteriores, la Disney se enorgullece de haber auspiciado. Pero no hagamos valoraciones erróneas: la Disney no es una compañía misógina ni todo lo contrario, simplemente es capitalista. Como toda supercorporación del negocio del entretenimiento, es demasiado grande y ambiciosa para permitirse posicionamientos ideológicos, y se colocará siempre según soplen los vientos. Valorar a una empresa como ésta en otros términos no tiene ningún sentido.

Ante esta perspectiva, es el público el que hace todo el trabajo a la hora de colocar a una película como Frozen en un lugar u otro del espectro social, y en este caso en particular los resultados han sido desconcertantes. La absurda campaña Give Elsa a Girlfriend demuestra que hay más gente de la esperada incapaz de comprender el funcionamiento de una metáfora, y la consagración de la película como prueba definitiva de que la representación femenina en la ficción va por buen camino es algo que soy incapaz de entender. Puede que Frozen incluya a dos personajes femeninos que son hermanas y que aprenden a entenderse la una a la otra, y aunque éste es efectivamente el quid de la película, Frozen no sabe cómo manejar estas herramientas para crear algo narrativamente interesante o que resuene a nivel emocional. Para encontrar a dos hermanas que mantienen una relación rica en matices tendrás que remontarte a Lilo y Stitch, y si buscas una relación fraternal segada por un conflicto brutal y las complejas emociones que derivan de ello hay que ir aún más lejos, fuera de Disney, en la ejemplar El príncipe de Egipto. Frozen sencillamente no puede alcanzar las cotas de complejidad psicológica de la película de DreamWorks en el retrato de sus dos protagonistas. Ésta es una película confeccionada en torno a la mercadotecnia, y la mercadotecnia dicta que Elsa no puede descender a la oscuridad destructiva –y autodestructiva– de Ramsés ni siquiera ante la promesa de volver a la luz al final. Cada minuto que Elsa pueda ser un monstruo incluso en contra de sus verdaderas emociones es una muñeca menos en la caja del Toys’r’us, cada metro que la reina del hielo se aleje del círculo de empatía de los niños en la sala es una gota más en el vaso de la paciencia de los padres y del simplista baremo con el que marcan dónde está el límite para las figuras que inspiran a sus hijos. Elsa no tiene la opción de experimentar la sofisticación de un viaje lleno de altibajos, el tipo de viaje que pule a los mejores personajes de la ficción. Una psicología intrincada y una escritura sutil crea una gran película; pero un renacer representado por un vestido nuevo y un corte de pelo diferente vende dos muñecas en vez de una. “Pero el sombrero es nuevo”, como dijo alguien.

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A diferencia de Bella, Elsa no ha sufrido una terrible mutación con vistas al merchandising. Ventajas de nacer diseñada en colaboración con el departamento de marketing.

Y si Elsa es un personaje de gran potencial trágicamente desperdiciado, cuanto menos se hable de la cáscara vacía de su hermana, mejor. El perezoso estereotipo de la chica rara-pero-super-adorable que ha visto demasiadas películas de Zooey Deschanel es un verdadero filón para el guionista vago que no tiene ni puñetera idea de cómo hacer comedia con un personaje femenino. Juntas, Anna y Elsa crean una pareja que confirma que cero mas cero es igual a cero, pero de algún modo su relación ha trascendido como un paso adelante en la representación de las mujeres en las narrativas de masas. Por desgracia el análisis social de la ficción es más superficial, tosco y demagogo cada día que pasa, y con ella se asienta la apreciación simplona y errónea de que un personaje feminista es uno sin verdaderos defectos, y no uno con las distintas facetas, contradicciones, fortalezas y debilidades que caracterizan a una personalidad tridimensional. El feminismo en las narrativas no se detecta en los minutos que los personajes femeninos pasen en pantalla sin una contrapartida masculina, o en la poca ayuda que necesiten de otros para alcanzar sus objetivos; sino en el cuidado y minuciosidad con el que se establece su psicología y carisma. En Frozen no hay nada de esto. La cruda realidad es que, si rascas más allá de la superficie, este no es un caso como el de La guerra de las galaxiasFrozen sí es la disparatada comedia de aventuras de los trailers, y una no especialmente interesante.

Parte Dos: ¿Y qué pasa con Moana?

A fin de cuentas, cuando se trata de Frozen hablamos de una película cuyos tentáculos llegan hasta mucho más allá del pasillo Princesas. Al estrenarse tan sólo un año después, la producción de Big Hero 6 quizá ya estaba demasiado avanzada cuando Frozen aterrizó como para dejar sentir una influencia directa, pero Zootopia quizá es un caso distinto. Es una película divertidísima, ingeniosa y colorista en el uso de los arquetipos asociados a las distintas especies de animales; si acaso lastrada por algunos defectos detectables. Por un lado, supone la quinta dinámica casi consecutiva de pareja-de-desiguales-obligada-a-colaborar en una película Disney, y por otro sigue atrapada en ese patrón inexplicable del villano sorpresa, que en nada contribuye al paseo de la fama de los grandes villanos del estudio y que convierte Monopolys licenciados y ediciones en DVDs en bombas de spoilers con sello oficial. Nada de esto es achacable a la alargada sombra de Frozen, cuyo único pecado a este respecto sería consolidar, vía record de taquilla, dos tendencias iniciadas en Tiana y el sapo y Rompe Ralph respectivamente. Ahora bien, también es cierto que Zootopia baila por completo al compás de una moraleja que, por indiscutible que resulte, roza, en términos narrativos, la vulgar propaganda. Es, posiblemente, su mayor defecto, ya que sacrifica las necesidades naturales de su guión en función del mensaje que quiere dar y de lo inequívocamente que éste debe aterrizar en su público, en cuya inteligencia no parece confiar demasiado. Quizá esté hilando demasiado fino aquí, pero es posible que la presunta relevancia social adquirida por Frozen -y, a su vez, el papel que ésta juega en la perpetuidad comercial de la fiebre- haya impactado en las ya cuestionables políticas narrativas de John Lasseter y su séquito, y que la principal afectada en aquel momento fuese una película que en 2013 apenas era un esbozo de trama criminal con un detective zorro y su compañera en el centro. Media un mundo entre una obra de gran impacto social y otra que busca ese impacto a toda costa, y con su rechazo al manejo implícito de los temas que abarca, Zootopia cae de lleno en la segunda categoría.

Y entonces llegó Moana, el siguiente y muy anticipado gran paso en la dirección consolidada por Frozen –y con la SEXTA dinámica de pareja-de-desiguales-obligada-a-colaborar, que a su vez precederá a la ya confirmada séptima iteración en Gigantic y por qué nadie dice nada, por Dios–. En este punto del decadente paraje de pesadilla que llamamos nuestro mundo, la discusión general sobre una película Disney de princesas gira más en torno al comentario social que sobre la película en sí y sus valores fílmicos. De hecho -y tal y como expliqué antes-, la herencia más clara de Frozen en Moana es una consecuencia directa de esa fuente paralela de reputación e ingresos que la Disney ha encontrado en la concienciación pública con la representación femenina en el medio animado. Esta vez, el estudio ha querido ir más allá del campo narrativo y sus portavoces se han vanagloriado de haber creado a una princesa con proporciones humanas razonablemente realistas para su nueva película. Es cierto: Moana parece una actriz humana con un cabezón de cartón sobre la cara. La iniciativa ha sido recibida con gran apoyo por parte del público, por supuesto. Aquí reside el gran problema.

El espectador medio, maleducado tanto por la Disney como por prácticamente cualquier gran estudio de animación, opina y actúa como si la única vía correcta de corregir la representación física de las mujeres en los dibujos animados implicase sacrificar todo lo que hace a la animación un arte expresionista con infinitas posibilidades. Se porta como si el problema de la representación no pudiera resolverse sin renunciar a los rasgos caricaturescos, a las cabezas imposiblemente grandes, a las masas de pelo como lenguas de helado, las articulaciones ausentes, los cuerpos de goma y el coloreado surrealista. Y será cierto mientras el espectador medio siga dando inconscientemente por hecho que una heroína animada debe ser guapa, tener rasgos dulces y monísimos y estar buena bajo cualquier circunstancia. En ese caso seguirá pensando que no hay ninguna opción salvo la representación hiperrealista de las proporciones de cuerpos humanos estupendos y tonificados, reduciendo a un arte completo a la pura banalidad en función de su ignorancia.

El círculo se vuelve vicioso cuando la Disney, a la que hace mucho que dejo de importarle el arte de los dibujos animados, actúa siguiendo sus instintos de, recordemos, empresa capitalista. Como tal, escuchará a todo sector de la población que componga un target comercial cuantioso y usará su absurda princesa de proporciones realistas para seguir consolidando una concepción errónea en la que ella misma te ha educado, todo para asegurar que vayas al cine con tus puntos G debidamente estimulados y pagues tu entrada.

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Era obvio, pero hizo falta que alguien lo explicase con dibujos para que el personal se diera cuenta. (Esto no es mío, sino del tumblr Something Classy)

Una vez más llamo al orden para evitar malentendidos. Defender a muerte la presencia de tías buenas por encima de cuerpos neutros en los dibujos animados es lícito. Es más, es casi obligatorio. Se trata de una consecuencia lógica de la correcta comprensión del medio: los diseños más creativos se basan en físicos extremos. Con sus piernas infinitas, su cintura de Vampira, su nariz inexistente y la hipnótica suspensión de su inmensa artillería, Jessica Rabbit es, en muchos aspectos, el dibujo animado definitivo, la sublimación de todos los principios básicos del buen cartoon. La clave para no convertir el panorama animado en un ejército de Jessicas reside en comprender la variedad que encierra el concepto “físico extremo” y, por descontado, en no acotarlo en base a un criterio tan absurdo como el género de los personajes.

(Y si te preguntas qué hace alguien que se caracteriza por dibujar sin excepción tías muy buenas en tacones frente a tíos que pueden tener cualquier pinta pontificando sobre este tema, piensa que rendir debida pleitesía a la misógina y sagrada edad de oro de la animación es básico si dedicas tu vida a dibujar.)

Volviendo a Moana, la película se ve realmente afectada por esta mal entendida búsqueda del hiperrealismo. En muchos de los personajes secundarios pueden detectarse las imperfecciones que definen al cuerpo humano, ya sea en el leve oscilar de las carnes sueltas de un brazo o en el tono purpúreo propio de la circulación sanguínea que la piel de los nativos deja translucir. En un plano puramente técnico es un avance inimaginable; en el plano artístico resulta muy poco estimulante para una forma de hacer cine que, bien ejecutada, tiene la capacidad de expandir la mente del espectador.

MOANA

A la izquierda, cine de animación. A la derecha, la antesala de una pesadilla a lo Zemekis.

Pero si formalmente es tan poco interesante como casi cualquier película de animación CGI actual, en el plano narrativo Moana es… Bueno, no es que sea exactamente inventiva u original. Lo cierto es que la Disney está llevando su política de no innovación a extremos casi paródicos. Es una película previsible hasta el extremo, estructurada con el piloto automático que ya es marca de la casa de la nueva Disney. No hay en esta película una sola escena que no sea un lugar común mil veces visto, ni una interacción entre personajes que desafíe en lo más mínimo las expectativas, o un pequeño elemento de riesgo mínimo. “¿No habías empezado con un pero?”, pregunta el lector. Oh, sí, cierto.

Me llena de emociones contradictorias no encontrar palabras más elocuentes para explicar lo que veo bueno en Moana que “es mejor que Frozen“. Lo que hace veinte años habría sido una decepción absoluta ahora me ha dejado satisfecho, consciente de que pese a haber visto una película menor, me he divertido y he entrado en el juego de una manera en la que una película prácticamente igual de hace tres años no logró. ¿Es esto disfrutar de una mejora respecto a algo peor o es tirar la toalla y conformarse?

Verás, estas cavilaciones tan esotéricas me resultan tan frustrantes como a ti. Pero me gustaría verte en la circunstancia de tratar de señalar con términos claros qué es exactamente lo que hace funcionar a una obra que sigue punto por punto el patrón de otra que no funciona. La comedia es del mismo perfil medianamente bajo y surge de los mismos lugares. Las dinámicas de personajes son muy parecidas. Los desafíos a los que se enfrentan van apareciendo con la misma cadencia, e incluso ambas cuentan con una escena que da la molesta impresión de haber sido metida de cualquier manera tras un pase previo en el que alguien decidió que había un tramo muerto que corregir -los trolls-rocas en una, la escena a lo Fury Road marino en la otra-. Así que, ¿por qué, sin salirse de la fórmula Frozen ni un milímetro, es Moana más amena que las agarrotadas aventuras de Anna y Elsa? Creo tener la respuesta en forma de dos nombres.

No, no son John Musker y Ron Clements. Antiguas primeras figuras del estudio y directores con un sello inconfundible gracias a quienes La sirenita, Aladdin y Hércules son lo que son, John & Ron, como se les conoce por allí, han quedado reducidos a la categoría de currantes encargados de sacar adelante un proyecto dirigido con mano de hierro desde el despacho de Lasseter y sus ejecutivos. Es difícil no percibir las cabriolas del pequeño tatuaje bidimensional de Maui como un tacaño premio de consolación recibido como puro maná por dos hombres enamorados de la animación tradicional que se ven obligados a decir en todas las entrevistas que eligieron hacer la película en CGI porque de otro modo sería imposible crear un océano tan vibrante y espectacular como el que tenían en mente. Eric Goldberg, el hombre que dio sus movimientos y plasticidad al Genio, también debió dar las gracias por este pequeño trabajo de la vieja escuela como si le hubieran perdonado la vida. Eso sí, el resultado es un pequeño personaje cuyas escenas son una auténtica delicia visual. Lo que nos lleva al primero de esos dos nombres: Dwayne Johnson.

Maui, un personaje que sobre el papel debe ser inane, le debe la vida a The Rock. Su genial interpretación aporta un necesario carisma y un empujón de energía a un arquetipo mil veces visto en estos últimos años del imperio de Mickey, logrando así esa magia de conseguir que lo viejo parezca nuevo. Tal es la implicación de Johnson con el personaje que incluso puede rastrearse en el trabajo de los animadores. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal del semidios son, sin duda, las del Rey Escorpión. Y sí, el mini Maui de su tatuaje puede que sea un sombrío testimonio de la batalla perdida por John & Ron, pero también es, en su rol de picajosa voz de la conciencia, la perfecta pareja cómica del Maui real.

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Concretamente me recordaba a The Rock en Pain & Gain, pero quizá esa parte sobra.

El segundo nombre es Lin-Manuel Miranda, amo y señor de Broadway tras el éxito sin precedentes de Hamilton. Su entrada en la Disney para musicalizar Moana recuerda inevitablemente al ya lejano fichaje de Howard Ashman y Alan Menken para, primero, limar la banda sonora de Oliver y su pandilla y, luego, dar vida a Ariel en el sentido más estricto de la palabra. Pero si a finales de los ochenta el convencimiento casi religioso de Howard Ashman en la simbiosis entre animación y música le llevó a pelear apasionadamente por una Sirenita cimentada por completo sobre sus números musicales, Miranda no iba a tener la misma suerte. Buscando devolver a la Disney al brillo de los tiempos de Walt, Jeffrey Katzenberg depositó su confianza en Ashman y le permitió seguir sus instintos hasta el punto de que hoy no es disparatado considerar al letrista el auténtico motor creativo detrás de La sirenita y de La bella y la bestia. La Disney de Lasseter es un lugar diferente, uno ya asentado en un patrón definido de éxito, y el hombre tras el mayor éxito de la historia de Broadway tiene instrucciones claras y precisas respecto a la banda sonora de Moana: crear un nuevo Let It Go. Quién nos iba a decir que Lasseter iba a ser un productor más despiadado que Katzenberg.

Como Frozen, Moana comete el error de jugárselo todo a una carta –Let It Go allí y How Far I’ll Go aquí- en lugar de apostar por el equilibrio musical, pero basta con ver la película para apreciar que, aún moviéndose dentro de los límites impuestos, Miranda se ha esforzado para que las necesidades del marketing no jugasen en detrimento del resto de los temas hasta los extremos de la película de Jennifer Lee y Chris Buck, con sus terribles y prescindibles tonadas. Puede que How Far I’ll Go haya tenido la ventaja del marketing, pero su grandilocuencia estudiada al milímetro no puede competir con EL FLOW del Shiny de Jemaine Clement y, sobre todo, la absoluta energía y genialidad de You’re Welcome, con un Johnson pletórico y que me recordó lo irresistible que puede ser el tema de presentación de un personaje cuando se hace bien. Lo cierto es que incluso las canciones más flojas se benefician del hecho de que estamos ante un musical mucho más compensado que Frozen, un auténtico desastre que acumulaba casi todos sus temas en la primera media hora.

Que Moana funcione mejor de lo que hacía Frozen -pero sin llegar a igualar a Rapunzel, que me parece mejor construida- es algo que considero resultado de una combinación de estos dos factores y de una generosa dosis de Teoría del Caos, ya que por mucho que trates de replicar A a la hora de llevar a cabo B, siempre existirán variaciones ajenas a tu voluntad. Una película es el resultado de infinitas permutaciones circunstanciales en su forma, fondo y proceso de producción, y en ocasiones una obra igual a otra puede despertarte sentimientos distintos a la primera sin que logres determinar con toda seguridad el motivo. Algo similar es lo que me ha ocurrido con Moana. ¿Me entristece que éste sea el camino a seguir? Sí. ¿Echo en falta en Moana un atisbo de auténtica alma, ver fiebre creativa corriendo por su venas? Sin duda. Pero, ¿confío en que un modelo tan cerrado de cine como el que lleva la Disney afianzando desde Rapunzel pueda dar lugar en algún momento del futuro a una gran película por obra y gracia de esas pequeñas variables incontrolables? Una parte de mí sí. No sirve de nada obviar el éxito de Frozen, o su influencia en el cine Disney que está por venir, pero toda tendencia puede mutar en formas sorprendentes e inesperadas con el tiempo, a veces tan gradualmente que ni somos conscientes de ello. Además, nadie es inmortal. Ni siquiera John Lasseter.

(Oh, permíteme una nota final para terminar de una forma positiva y sin ambigüedades, querido y paciente lector: el corto previo a MoanaInner Workings, sí es algo a lo que jamás podré hacer justicia con palabras. La imaginación que derrocha su animación distorsionada debería ser la norma y no la excepción, y esto, unido a la excentricidad de la planificación visual y edición y su acabado con textura de 16mm lo convierten en el mejor corto salido de los estudios Disney en, como mínimo, una década. Su excentricidad está más cerca de la animación francesa que de lo que solemos ver en el corto animado medio producido en Hollywood, y es el cielo.)

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5 comentarios to “Vida después de Anna y Elsa: cavilación en dos partes”

  1. MaryBoo 07/12/2016 a 20:58 #

    Impresionante artículo, pero hay algo que se me escapa: ¿Esto no era una reseña sobre Moana? Es que me he tirado como 5 minutos leyendo y aún no la he encontrado, igual es que soy cortita , oye.
    Recuerdo que un día mi padre me enseñó un libro llamado “Escuela de Mandarines”.
    Es el peor libro que he leído en mi vida, precisamente por el motivo de que el autor, en un alarde de petulancia, se iba por los cerros de Úbeda, ofreciéndonos una selecta lista de palabras muy pomposas eso sí, pero que nunca focalizaba su atención en un tema concreto. Algo parecido le pasa a tu artículo.
    Dice el gran Quevedo que “Lo bueno,si breve, dos veces bueno”. No es el caso de este artículo, donde escribes mucho pero al final no dices nada (Qué triste paradoja, ¿verdad?) y pretendes ofrecerle al lector tu particular “Escuela de Mandarines”.

    Estoy de acuerdo en muchas cosas de tu escrito, lástima que no disponga ni de tiempo ni de ganas para leerlo.

    Aún así, sin ánimo de acritud, te deseo suerte en esta epopeya literaria. No es mi deseo intentar mermar tu autoestima, así que tómate esto como una crítica constructiva, nada más ;)

    • Miguel Roselló 15/12/2016 a 10:45 #

      Te va a sorprender, pero estoy de acuerdo contigo. Lo cierto es que empecé escribiendo sobre Frozen “tres años después”, y así titulé la entrada en un principio. Conforme avanzaba y empecé a comentar la influencia de Frozen en las pelis Disney posteriores descubrí que me era IMPOSIBLE resistirme a hablar de Moana en profundidad. Luego intenté darle una forma más o menos homogénea a la masa de texto pero no logré unir con naturalidad ambas partes, así que cambié el título y puse dos capítulos dentro de la entrada.

      En pocas palabras: estoy satisfecho con el contenido pero no con la forma. Ni un poquito.

      (Aaaaahora, también es verdad que el título no dice explícitamente que la cosa vaya a ir de Moana, así que puede que en lo de tu impaciencia inicial yo no tenga mucho que ver.)

      • MaryBoo 15/12/2016 a 19:06 #

        En eso último reconozco que fue un fallito mío, pero el caso es que seguí el enlace que tú publicaste en Desde Burbank en el que hacías alusión a Moana, de ahí mi impaciencia inicial. Un error lo tiene cualquiera :)

  2. Julio Oorzco 10/12/2016 a 3:19 #

    A mi me ha encantado tu articulo, y es que pones de manifiesto lo que le pasa a los estudios Disney actualmente, leí cosas que me explicaron que pasa en los estudios hoy en día, y al hablar de la nueva producción de Disney me fué grato leer todo eso, a mi al contrario de Mary me parece que si terminaste describiendo que es lo que te pareció Moana y que esperas de un futuro, que te gustó?, si. y a muchas personas les a encantado por encima de Frozen, les gusta un producto que en los 90’s no habría funcionado, precisamente por el listòn tan largo que dejaban esas pelìculas y ahora el listón a ido muy corto con aires de grandeza y por eso Moana resulta, por ahora, brillar un poco mas que su antecesora, aunque la anterior pareciera mas arriesgada y demás, el público es muy cambiante y muy borrego y si Frozen moalaba hace tres años y ahora no, la gente sigue ese movimiento. Interesante, muy interesante sería sentarse a charlar contigo :)

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