The R Dinosaurs

¡Descubre los gigantes del mundo prehistórico!

Acercarte a la zona infantil de una librería para buscar libros interesantes sobre dinosaurios para niños es, hoy por hoy, una batalla perdida. Es más, acercarse a la zona infantil de una librería para buscar libros interesantes sobre dinosaurios es, a menos que estés ahí porque se acerque el cumpleaños de ese sobrinete en el que has depositado todas tus esperanzas para el futuro de tu dinastía, la consecuencia de otra batalla perdida: buscar libros rigurosos sobre dinosaurios en la zona de adultos (no necesariamente tras esa sórdida y pegajosa cortina). Salvo alguna anomalía puntual, los dinosaurios han sido definitivamente relegados a territorio prepúber en el inconsciente colectivo. ¿Qué hacer si no con esta especie de Pokemons del mundo real cuyo mayor punto de interés es ver si pasan o no el casting del próximo Parque Jurásico y ya si eso nos aprenderemos sus nombres para descifrar la carta de reyes de nuestros retoños? Sí, existe una corriente de bibliografía mesozoica que en los últimos tiempos se ha vuelto más rica y activa, especialmente con el relativo auge de los libros de ‘paleoarte’, pero sigue siendo carne de mercados especializados. En los ambientes mayoritarios, los dinosaurios, esas criaturas que a lo largo del siglo XX recorrieron un largo y dificultoso camino desde la pura imaginación suscitada por los fósiles incompletos y descontextualizados hacia algo similar a la legitimación como animales que una vez poblaron la Tierra, iniciaron la marcha inversa con la llegada del milenio, volviendo más bien deprisa al terreno de los monstruos de ciencia ficción.

Esto son, obviamente, las consecuencias de Parque Jurásico, que en el siglo XXI se han dejado ver definitivamente. La película de Spielberg supone el punto álgido del camino hacia delante de los dinosaurios que mencioné antes, el momento en el que, con unas cuantas licencias artísticas/comerciales aquí y allá, los dueños y señores del mundo prehistórico irrumpieron definitivamente en la cultura de masas con un aspecto acorde a lo que la ciencia más puntera afirmaba sobre ellos. Pero también representó ese punto de divergencia en el que los dinosaurios de la ciencia y los de la cultura popular iniciaron caminos separados. Así, los dinosaurios de la ciencia siguieron el camino lógico que les acercaba más y más hacia las aves –o, en el caso de los herbívoros, al menos les alejaba de la idea de simples vacas prehistóricas–, mientras que los otros, los de la cultura popular, retrocedían de nuevo hacia el mundo de los monstruos disparatados con cada nuevo intento de Hollywood de hacer caja con ellos. Y finalmente ocurrió lo inimaginable: los dinosaurios de la cultura popular usurparon el sitio de los dinosaurios de la ciencia en los libros divulgativos, degradándolos a la pura basura sensacionalista que agoniza hoy en la zona infantil de la Fnac.

Justo en ese vértice del continuo espacio tiempo en el que todo se fue a la puta (y voló, y yo volé de él) apareció la revista Dinosaurs! Así, con exclamaciones, porque Darren Aronofsky no ha inventado nada. 1993 pudo ser el año de Parque Jurásico, pero Orbis Publishing, viendo la dinomanía que se avecinaba, se adelantó con una colección de fascículos dedicada a, como rezaba su subtítulo, los gigantes del mundo prehistórico, que salió a los kioskos estadounidenses poco antes del estreno de la película y que se extendió durante dos años exactos. Con apenas retraso, Planeta de Agostini la editó en España–en la traducción se perdió el signo de exclamación, pero yo voy a llamarla ¡Dinosaurios! de aquí en adelante porque es más divertido–, también antes de que los anomatronicosaurios de Spielberg desembarcaran entre nosotros. Mis padres, por no se sabe qué azar, pensaron que quizá a su hijo de cinco años podría interesarle toda esta movida prehistórica, de modo que le compraron el primer fascículo, dedicado, cómo no, al Tyrannosaurus Rex. Y crearon un monstruo.

página_1b

La percepción del paso tiempo es brutalmente distinta para un niño. Aquella era en la que me acercaba semanalmente a la misma papelería para pedir mi fascículo reservado de ¡Dinosaurios! y largarme sin pagar mientras la pobre señora me maldecía y escribía el precio de la revista en la cuenta de mis padres pareció durar toda una vida. Parque Jurásico no debió estrenarse demasiado avanzada la colección, pero cuando mi padre me llevó a verla yo me sentía un experto en paleontología que había pasado años y años rodeado de dinosaurios. Me sabía sus nombres, su tamaño y dónde y cuándo vivieron, y aunque disfruté con la muerte de Gennaro como si yo mismo hubiese sido ese hambriento Tyrannosaurus, realmente llegué a preguntarme por qué una película que mostraba sobre todo dinosaurios del Cretácico se llamaba Parque Jurásico. Supongo que se habrán visto niños más insufribles.

Aún hoy siento como si esos dos años hubieran sido tan largos como los viajes de Ulises, y tengo recuerdos vívidos de la sensación que me producía abrir por primera vez el fascículo, digamos, 87, y pensar en lo lejos que había llegado desde los tiempos de aquel el niño inmaduro que veía imágenes del Triceratops por primera vez en el fascículo 2. ¿Triceratops? ¿Pudiendo elegir al Yangchuanosaurus o al Dracopelta? Anda y vete por ahí, hombre.

Es más, voy a confesar algo en lo que hace mucho tiempo que no pensaba, pero que realmente es demencial: no eran pocos los viajes que hacíamos en coche mi familia y yo por aquella época, y uno de mis juegos predilectos era, al pasar frente al indicador del kilómetro de turno en la carretera, nombrar el dinosaurio correspondiente a ese fascículo. 16, Oviraptor. 17, Plateosaurus. 18, Centrosaurus. Y así. Dios mío, acabo de darme cuenta de que he escrito eso último sin consultar.

I
El contenido

Creo que a lo tonto hará ya diez años de la ultima vez que me acerqué por curiosidad a una nueva colección por fascículos para niños sobre dinosaurios, y me quedé francamente horrorizado ante lo estúpido, superficial y pobre de su contenido. Este es el momento en el que tú, sagaz lector, me planteas la posibilidad de que mis ojos de adulto estén siendo implacables con una publicación para niños que simplemente no tiene la suerte de ser la que goza de mis favores nostálgicos. Razonable sospecha, pero una vez más olvidas que en este blog la comunicación es estrictamente unidireccional, pecado castigado con fuerte tortura.

La cuestión es que no es cierto: aún leída hoy, ¡Dinosaurios! es una colección impresionante, que si bien ha quedado científicamente obsoleta por los imparables avances y descubrimientos paleontológicos del último cuarto de siglo, cuenta con la inmensa virtud de no tratar a su público infantil con condescendencia. Los textos usan un lenguaje sencillo de comprender y frases no demasiado largas, pero no da rodeos sobre la terminología científica que necesariamente ha de manejar, y comprende que si hay alguien capaz de aprenderse fechas y los nombres más largos y absurdos en latín, ése es precisamente un niño hambriento de cosas nuevas y sorprendentes.

Pero buceemos un poco en el contenido de la revista antes de alabarlo, buceemos. Cada fascículo seguía la misma estructura semana tras semana: estaba dividida en varias secciones diferenciadas. La primera, “Datos clave”, era la buena, la jugosa, la razón por la que todos estábamos allí. Cada semana, una especie diferente era la estrella de la función, y como tal se le trataba: tres páginas completas dedicadas a sus hábitos, sus peculiaridades físicas y cualquier dato interesante que pudiera caer.

página_2página_3

Como se puede ver, la sección no racanea en tema de ilustraciones representativas –o muy poco representativas, como ya veremos en la parte más divertida de este laaaargo artículo– y algún que otro elemento fijo, como el detalle de un resto fósil significativo –casi siempre el cráneo–, la comparativa de tamaño y la ficha de “Características”, que como he descubierto hace poco, era conocida en la versión original en inglés con el nada ofensivo nombre de…

Captura de pantalla 2017-10-05 a las 17.18.17

Los teloneros del dinosaurio estrella solían ser dos criaturas más, y disponían respectivamente de una página única después de la parte dedicada a aquél. Quizá no debería llamarlos teloneros, pero el caso es que completaban la sección de “Datos Clave”.

página_5

La línea que separaba las otras secciones principales, “Dinosaurio Guía”, “Cuaderno de campo” y “Sigue la huella”, era más bien testimonial. Teóricamente la primera estaba centrada en los propios dinosaurios y su biología, la segunda en el mundo que habitaban, y la tercera sobre las disciplinas que nos permiten saber de ellos hoy día; pero en la práctica todo aquello era un magnífico gazpacho indefinido, aunque no por ello menos completo. El primer número de la colección, al menos, sí presentaba esta división de forma clara, y ya mostraba el talante riguroso que definiría a la revista durante todo su recorrido. La selección de temas de este fascículo inaugural ponía las cartas sobre la mesa y venía a transmitir a sus jóvenes lectores la suma importancia del contexto para comprender de verdad qué es un dinosaurio, más allá de tamaños y aspectos tan científicos como el grado de, ehr, ferocidad:

página_7página_19página_15página_9

Planteando las preguntas básicas correctas, este primer fascículo invitaba a los niños a plantearse ellos mismos las preguntas correctas de ahí en adelante. Y conforme la colección avanzaba, los temas se iban volviendo más complejos y variados, sin por ello ser más farragosos en su estilo. Una de las cosas que más aprecio hoy de su estilo de redacción es el talante interactivo y cercano con el que apela a su lector, al que introduce en el tema del momento con exhortaciones como “¿te has preguntado alguna vez cómo digerían la comida los dinosaurios?”. Obviamente no, no me lo he preguntado, tengo seis años, pero sin duda lo estoy haciendo ahora mismo, y no me había dado cuenta de que me interesa conocer la respuesta. La estrategia de la revista es clara: en lugar de responder exclusivamente a lo que un niño de una edad concreta se preguntaría sobre un lagarto gigante armado de dientes y cuernos –¿destroza a sus víctimas con los dientes o con las garras? ¿es más rápido que Flash? ¿a que Superman es más rápido que Flash?–, estimula su curiosidad por otros aspectos menos obvios sobre él e inmediatamente le da información al respecto, dejando fuera de la ecuación la terrible condescendencia y la tacañería informativa que plagaba aquella otra colección que me topé en el kiosko hace tan poco.

Las secciones complementarias con las que cerraba el número eran más lúdicas. En “Historia en cómics”, el dibujante Mike Dorey resumía en una página doble de aspecto muy pulp cualquier cuestión dinosáurica propensa a ser convertida en una narración: un descubrimiento paleontológico notable, la historia tras un museo o, en una subserie recurrente, “un día en la vida de tal dinosaurio”, como si el mismísimo Félix Rodríguez de la Fuente se hubiese colado en las praderas mesozoicas con su cámara para mostrarnos las costumbres diarias del Ichtyornis y a la vuelta se hubiese estrellado con su helicóptero. Cuentos naturalistas aparte, lo que hace realmente imprescindible a la doble página es la dramatización de algunos de los episodios más puramente cinematográficos de la historia de la paleontología, como el accidental descubrimiento de un ejemplar vivo del supuestamente extinto celacanto y, por supuesto, la Guerra de los Huesos entre Charles Othniel Mash y Edward Drinker Cope (Team Cope!). Algunas de las caras de Marsh y Cope en la página no tienen precio, sin duda estaban decididos a llevarse ese condenado óscar a casa.

página_21página_21página_21a

El “Cuestiosaurio”, por su parte, planteaba diez preguntas para poner a prueba lo aprendido en el fascículo, incluidos, valga la paradoja espaciotemporal, datos adicionales que flotaban por el espacio libre que quedaba alrededor del propio cuestionario.

página_23a

Ya para terminar, la revista cerraba con una entrega de un largo glosario de dinosaurios de la A a la Z y una especie de consultorio. El diccionario era, especialmente en los primeros números, un tanto spoileresco, ya que no tenía otra que revelar los secretos de dinosaurios que tarde o temprano deberían asombrarnos al hacer su presentación en la cabecera de un fascículo futuro. La peor parte eran unas ilustraciones de acompañamiento más bien pobres, indignas de una primera impresión e injustas para unos dinosaurios que bastante tenían ya con el poco espacio del que disponían para convencernos de lo alucinantes que eran y de que nos quedáramos a esperar su fascículo. El consultorio, a cargo de un tal Doctor-Norman-de-la-Universidad-de-Cambridge que a día de hoy no he decidido si es o no Chris Elliot disfrazado, daba respuestas directas a preguntas específicas que no sé si venían de lectores angloparlantes con acceso a una dirección de correo secreta que a mí se me escamoteaba deliberadamente, como cuando Beakman decía que al final del programa te daría la dirección para que enviases tus preguntas y nunca ocurría. El doctor Norman, con infinita paciencia y probablemente con una botella al lado pese a que son las once de la mañana, respondía a preguntas que iban de lo obvio a lo estúpido y que no debían dejarle dudas de por qué su sección había sido relegada a la contraportada interior. Es fácil imaginarle combatiendo la frustración acumulando réplicas hostiles a las preguntas en un archivo secreto paralelo al oficial, uno en el que se permite responder a “¿Cuántas clases de dinosaurios hubo?” con “Pues no sé, pequeño hijo de puta, ¿quieres saber también si tu madre se tira al lechero?” en lugar de con la alegre y constructiva réplica que podemos leer en la revista.

página_25

He dejado para el final de la disección la mención a los dos pliegos centrales de la revista, ambos imágenes a doble página. “Gigantes del pasado” era una habitualmente espectacular escena protagonizada por el dinosaurio estrella del fascículo, y “Dinosaurios en 3D”, porque son los primeros noventa, era una imagen diseñada para ser admirada en toda su gloriosa tridimensionalidad con las alucinantes gafas bipolares que venían incluidas en el primer número y que para el fascículo veinte ya eran un gurruño maltratado y con más costurones y repegados que un personaje de Tim Burton de la época. Una peculiaridad de “Dinosaurios en 3D” era que, al menos hasta cierto número, las imágenes no eran ilustraciones, sino fotos que parecían tomadas en un anónimo museo local poblado de animatrónicos inmundos con pinta de haber sido cedidos por Disneylandia a precio de producto defectuoso. El anacronismo de estas representaciones contrastaba con el talante divulgativo y “al día” de los contenidos de la revista, pero los “Dinosaurios en 3D” no eran los únicos culpables de este crimen. Sin embargo, no quiero adelantarme y destripar la diversión. Ya llegaremos a eso.

página_13página_11

Los primeros números trataban temas esenciales como la diferencia entre un dinosaurio y otros animales prehistóricos, la historia de la vida en la Tierra, el aspecto de los continentes millones de años atrás, la división del Mesozoico en Triásico, Jurásico y Cretácico o cómo es un yacimiento fósil. No obstante, como dije antes, con el paso de los números se iban tocando cuestiones más y más variadas. La relación entre anatomía y locomoción, las diferencias entre la vegetación de entonces y la actual, los problemas legales que implica la extracción de un fósil en un terreno determinado, las distintas formas de abordar la taxonomía, los factores que influyen en la esperanza de vida de un dinosaurio, las formas de vida que compartían ecosistema con éstos en cada periodo o la historia tras un yacimiento famoso son tan sólo una pequeña muestra de lo que ¡Dinosaurios! tenía para ofrecer a sus lectores.

hgfsafghrthfdhtyrtywrhtytryurwtrgrehfdfdsfsdyrtyhrfrhadhdretretewgsdgadgfhyfhdaryryrwhwrryrywry

Los dinosaurios se quedaron pronto pequeños a la revista, que comenzaron a dedicar también espacio e incluso cabeceras a otros animales prehistóricos: reptiles, ya fueran terrestres, acuáticos o voladores, aves, mamíferos, peces e incluso invertebrados tuvieron su oportunidad como Criatura de la Semana en una colección que había decidido convertirse en el mapa más preciso del Mesozoico que podía darse a principios de los noventa.

página_6ytityipágina_6trupágina_33423página_3tu65upágina_3página_2página_3o5página_2turupágina_3apágina_67457página_7página_4página_3página_6yy

Por estos motivos y otros, leída hoy, se puede detectar en la propia revista un proceso de aprendizaje paralelo a su publicación, una seguridad creciente en el formato y una mayor visión de sus posibilidades. Los contenidos de los números más tardíos están más afinados y la fidelidad de sus lectores se aprovecha para aportar cierta continuidad en forma de piezas recurrentes. De tanto en cuando podías encontrarte con un muy recomendable “safari prehistórico” que describía un viaje imaginario por algún rincón del mundo durante un momento específico de la era de los dinosaurios, detallando flora, fauna, geografía y clima.

página_5rturtupágina_5yuytpágina_5

Otras veces aparecía un “dinograma” que muy bien podría ser una versión más metódica de la habitual sección de “Datos clave” con la que abría la revista, mostrando a un dinosaurio desde todos los ángulos y aportando la consabida información, que en ese punto probablemente ya te sabías al dedillo. Sin embargo, dado el visible compromiso de la publicación con la actualidad, era muy posible que en el Dinograma de turno se aportaran nuevos datos basados en las investigaciones más recientes, que podían complementar lo conocido hasta el momento o incluso desmentirlo.

página_9dinograma1página_9ryewy

De hecho, en un momento dado la revista llegó a incorporar una sección recurrente sobre “Últimas noticias”, una locura más allá del cumplimiento del deber que se esforzaba en acercar a los críos los descubrimiento más recientes y las últimas teorías revolucionarias que amenazaban con cambiar la imagen que tenemos de los dinosaurios, haciendo palpable el veloz paso del tiempo y del progreso paleontológico para cualquiera que hojee la colección en pleno 2017. Posiblemente, la culminación de este talante hiperinformativo se dio en el número final de la colección, de 1995, el cual puso patas arriba dos años de dibujos de Velociraptors escamosos y miembros delanteros en posición de manos de conejito con esta imagen:

página_9hgjkg

Algunos aspectos de esta visión del Velociraptor están más que descartados hoy, véase la postura, pero ¿cuántas revistas para niños están dispuestas a desafiar de esta manera las ideas preconcebidas de sus susceptibles lectores? Como reírse de la ciencia está bien si vosotros sois más que ellos –¿os acordáis de cuando decíais que el sol giraba en torno a la Tierra?–, en 2017 aún es raro el adulto que no rechaza con risas la idea del Velociraptor casi aviario; pero en 1995 ¡Dinosaurios! se lo mostró serenamente a los niños, dejándole entrever que aquello muy bien podría ser el futuro –y, a la vez, una visión más clara del pasado–. Hasta el final, ¡Dinosaurios! habló a los niños de tú a tú, trayéndoles en primicia el mismo material que poco a poco nos acercan a todos a la verdad sobre unos animales que llevan 65 millones de años extintos, marcando claramente la línea que separa a los animales puramente fantásticos que nos llevan a todos al cine en manada de los que una vez pisaron el mismo suelo que nosotros.

velociengendro_001
Esto lo he hecho yo, porque siempre tengo algo de lo que quejarme.

Realmente es una desgracia que la colección haya quedado obsoleta como fuente informativa, porque sigue siendo una pieza ejemplar de divulgación infantil. Pero si bien veinticinco años de progreso científico han desmentido –o al menos señalado como incompleto– casi todo lo que se lee en sus páginas, siempre será una lección magistral de cómo enseñar y un ejemplo a seguir para cualquier coleccionable infantil. O adulto.

II
Ilustradores
(o la diversión previamente prometida)

¡Dinosaurios! era una revista, como ya hemos visto, profusamente ilustrada. Mejor aún, pertenece a una época anterior a la digitalización, de modo que no hay ni rastro de las grotescas composiciones digitales hechas en diez minutos que asolan hoy los libros de dinosaurios. Era un escaparate de ilustradores de todas clases, y con de todas clases me refiero a que ¡Dinosaurios! pillaba las imágenes de cualquier sitio con tal de incluir a ese brutal Allosaurus desgarrando a un Diplodocus del que hablan en su texto –la revista satisfacía con creces el hambre de escenas truculentas de sus jóvenes espectadores–. No es que no sea un auténtico placer hojear hoy la revista y disfrutar del trabajo de bellísimas reconstrucciones firmadas por grandes artistas especializados –¡lo es!–, pero para un niño que deposita en el fascículo que tiene en la mano toda la autoridad existente sobre el mundo de los dinosaurios, es muy desconcertante encontrarse en la misma revista con cuatro reproducciones de lo que se supone que es un Triceratops y que no se ponen de acuerdo entre ellas ni por casualidad. Como recopilación de paleoarte, como se suele llamar, la revista cubría el espectro completo desde lo magistral hasta lo hediondo, a veces en la misma maldita página. Por poner un ejemplo reconocible, el ultrafamoso Tyrannosaurus Rex pasó por la revista con todos los aspectos imaginables: gordo, ágil, paticorto, con la cola en suspensión o arrastrándola, con el morro largo, medio y chato, reminiscente de Parque Jurásico o con pinta de ser un borracho metido en un disfraz, lleno de cuernecitos y escalas o escamoso como un maldito pez:

rex6rex3rex5rex4página_20rgterrex9.jpgrex11.jpgrex8rex10rex2rex7rex1

Algunas de estas imágenes de arriba son buenas, otras son desconcertantes y otras son verdaderamente espantosas, como salidas de una película de monstruos de los cincuenta de presupuesto de dos cifras. Sin ir más lejos, si volvemos un segundo a la portada del primer fascículo, el rey de los dinosaurios difícilmente podría haber hecho una peor entrada en escena. El ojo enano que casi se sale de la cabeza, las manos en posición señor Burns (¿con tres dedos?), las patas de vieja con la circulación hecha una mierda, la hilera ridícula de escalas de dragón en la espalda, la lengua de pervertido en el metro y el sobrepeso general le convierten en una verdadera atrocidad abotargada que sólo podría haberse abierto paso hasta una portada aprovechando su parentesco con algún directivo de Planeta de Agostini.

Supongo que había un Tyrannosaurus para todos, pero cuando junto a alguna de estas quimeras se mostraban fotografías del auténtico esqueleto de Sue –el Tyrannosaurus más completo encontrado a día de hoy– era imposible no concluir que algo fallaba en todo aquello. La mayoría de las ilustraciones de la colección parecían venir licenciadas de libros y otras publicaciones, y quién sabe si por una falta total de coordinación entre becarios allí entraba de todo, aunque viniese de una desfasada enciclopedia de veinte años atrás –risas del lector mientras olvida que hoy ocurre exactamente lo mismo y probablemente lo defiende con tal de no salirse de lo establecido por Parque Jurásico–.

Incluso antes de desarrollar un interés específico por la ilustración y conceptos tan etéreas para un niño como “autoría”, me resultaba fácil darme cuenta de que en la revista había sospechosos habituales a los lápices. Los ilustradores recurrentes, con su estilo fácilmente identificable, daban como resultado unos dinosaurios entrañables, dotados de un tratamiento gráfico que a la larga se hacía familiar. Ese tipo de seguridad intangible es importante para los niños; y los ilustradores, casi nunca acreditados en la revista, eran las principales figuras que contribuían a esa sensación de estar en casa.

Mencionar primero a John Sibbick es casi obligatorio, dado que representa una de las mayores leyendas del medio artístico prehistórico. Su casi infinita producción de material mesozoico para libros tan célebres como la Normanpedia le convertían en una fuente inagotable de recursos para prácticamente cualquier situación, y su estilo hiperrealista resultaba tan impactante que un niño impresionable casi llegaba a preguntarse cómo era posible que aquella revista contuviese lo que parecían fotografías de animales que llevaban muertos desde antes que el mundo fuese mundo.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Rara era la semana que Sibbick no hacía al menos un cameo en la revista con sus fantásticos animales, pero sus auténticos momentos de gloria en ¡Dinosaurios!  llegaban cuando se rescataba alguna de sus panorámicas para el pliego central de “Gigantes del pasado” o para las frecuentes piezas sobre familias de dinosaurios que publicaba la revista. En ellas, Sibbick aportaba un encuentro entre varias especies filogenéticamente emparentadas o con rasgos superficiales comunes –dinosaurios de pico de pato, carnívoros pequeños, saurópodos o cuadrúpedos acorazados–, en una ilustrativa foto de grupo que obviaba la distancia geográfica y temporal que en muchos casos separaba a los protagonistas.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Los dinosaurios de Sibbick, tal y como los conocí a través de las publicaciones más famosas en las que participó, están congelados en el tiempo y el aspecto que la ciencia daba a los dinosaurios a lo largo de los ochenta y los primeros noventa. Sin embargo Sibbick no ha dejado de trabajar desde entonces, y merece mucho la pena investigar su obra más contemporánea para disfrutar de, por ejemplo, los terópodos emplumados que hoy ya tenemos como una certeza, traducidos al espectacular estilo gráfico del maestro.

(Te propongo un juego, amigo lector: ¿eres capaz de detectar un Sibbick auténtico en, por ejemplo, la galería de Tyrannosaurus que mostré más arriba? ¿Podrías hacer lo mismo con los ilustradores que estoy a punto de nombrar? ¡Están dispersos por todo el artículo!)

Neil Lloyd fue, por su parte, el amo y señor de ¡Dinosaurios!, al menos durante sus primeros números. Sus dinosaurios no eran los mejores, pero me resultaban muy impresionantes. A diferencia de lo que ocurría con Sibbick, con su estilo naturalista y sin trazo, el acercamiento de Lloyd era agresivo, y sus dinosaurios parecían monstruos salidos de un páramo postapocalíptico y polvoriento. Esa sensación venía dada, sobre todo, por el extremadamente identificativo acabado que daba a la piel de sus animales: los dinosaurios de Lloyd eran correosos.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

En el mundo de Neil Lloyd no había un solo dinosaurio que no pareciese haber tenido una vida dura, de las que acaban contigo o te vuelven un hueso duro de roer. Hasta el más benévolo de los dinosaurios herbívoros parecía peligroso en sus manos; esos rasgos enjutos y esa piel de puro cuero cuarteado por el sol, la arena y las mil y una batallas libradas inspiraban auténtico respeto. Este Carnotaurus tenía un aspecto realmente poderoso y maligno:

correoso9

Arriba hemos visto una muestra bastante representativa de su trabajo, pero su característico estilo podía enfatizar tanto las mayores virtudes del paleoarte como sus peores vicios. Por ejemplo, el trabajo de color e iluminación en estas dos imágenes es sobrecogedora:

correoso14correoso13

¿Pero qué me dices de estos Dilophosaurus grimosos, con su constitución humanoide y esa musculatura marcada hasta ese umbral mágico en el que uno aparta la mirada de pura incomodidad?

correoso12

Con estas grotescas visiones, Lloyd no hizo un gran favor al viejo némesis de Dennis Nedry en su número de presentación. Nada mejor que esto ilustra la lotería que podía ser el momento de gloria de un dinosaurio en esta revista: podías ser cabeza de cartel en el fascículo, la estrella de la sección “Datos Clave”, todo a lo que aspiran las chicas que llegan a la gran ciudad desde la granja familiar, pero como te tocara un ilustrador incapaz de interpretar correctamente tus características definitorias, esa imagen te perseguiría hasta el final, por mucho que reaparecieras con distintas formas en manos más hábiles para algún artículo en un número posterior.

Lloyd era muy fan de situar a sus dinosaurios en tierras baldías de colores terrosos, pero lo que más me gusta de su obra son las escenas en bosques y prados. Sus verdes son inigualables, ya sean en la hierba o en el musgo que crece entre las rocas. Realmente sabía transmitir la humedad de los entornos y el frescor de un bosque en el que no penetra la luz del sol.

correoso8

Y si los dinosaurios de Lloyd fueron definitorios de la primera etapa de la revista –sus animales dominaron los diez primeros números, fueron muy recurrientes durante los diez siguientes y para más o menos para el 30 comenzaron a ser más raros de ver–, Jim Robbins estuvo rondando discretamente por los márgenes de los fascículos desde los comienzos para convertirse en el más reconocible dibujante de la última etapa. También es mi favorito.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Mira esos dinosaurios. Bueno, y arcosaurios primitivos y mamíferos y demás. Qué dinamismo, qué minuciosidad en el trazo, qué forma de reivindicar su naturaleza puramente ilustrativa. Sibbick creaba auténticas fotografías, y Lloyd buscaba, a su modo efectista, un naturalismo similar. Robbins, en cambio, hacía dibujos. El coloreado es más delicado, lo que atrae la atención hacia sus finísimos trazos negros, tanto los que definen el contorno del animal como los enjambres de minúsculas líneas que, con densidad variable, aportan la necesaria tridimensionalidad inherente a las sombras y texturas.

Incluso si eres totalmente ajeno al mundo de los dinosaurios, reconocerás un carácter decididamente moderno en sus reconstrucciones. Los dinosaurios correosos de Lloyd son los descendientes de sangre caliente de lagartos; pero los de Robbins, con su constitución atlética y posturas armoniosas, remiten a sus futuros descendientes voladores. Incluso los dinosaurios menos asociados con un comportamiento ágil adquieren un perfil grácil en manos de Robbins, quien fue, en exclusiva, en encargado de dar vida a los “Dinogramas” que mencioné más arriba.

página_21

Mi otro favorito era Steve White, quien gracias al Hacedor se hizo cargo de la página 3D una vez el museo de animatrónicos de Valdegarbanzo del Socarral mostró todo lo que tenía que ofrecer. El cambio no podría haber sido más radical: frente a los lagartos rastreros con sobrepeso fotografiados en deprimentes tonos grisáceos de los primeros números, las criaturas de White eran, como ocurre con el trabajo de Lloyd, el epítome del dinamismo. La naturaleza anómala de sus ilustraciones, pura tinta negra sobre fondo blanco como única herramienta, las hace destacar en la colección como pocas otras. Son imágenes brutales y expresivas, hasta el punto del reconocimiento por parte de la propia revista en una pieza dedicada a su obra: dos páginas valiosísimas para cualquiera que quisiera disfrutar de las escenas de White sin el efecto bipolar aplicado, aunque fueran unas pocas y a tamaño reducido –hoy, photoshopeando, uno puede hacer el milagro y revertir las imágenes bipolares a su estado original–.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

página_9yr

Cabe añadir que en años recientes White ha contribuido enormemente a la visibilidad de los artistas especializados en vida prehistórica –y por tanto a la introducción en ámbitos mayoritarios de la imagen actual de los dinosaurios– al colaborar en la edición de muchos libros sobre el tema, entre los que destaca el imprescindible libro Dinosaur Art y su segunda parte en ciernes. Son, por cierto, unas obras ideales para descubrir que, en manos de un artista serio, las herramientas digitales pueden usarse para crear algo más que pura porquería.

Volviendo a ¡Dinosaurios!, y en duro contraste con lo que acabamos de ver, más triste es la colaboración de otros ilustradores anónimos que arruinaron la vida a más de un dinosaurio con sus ineptas recreaciones. Neil Lloyd aportó sus impactantes monstruos correosos a la mayoría de protagonistas de la primera docena de números, pero el Stegosaurus, el Iguanodon y el Allosaurus tuvieron la mala suerte de pillarle de vacaciones o algo, de modo que su presentación en la colección corrió a cargo del tipo que dibuja dinosaurios como si fueran peces.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Pupilas dilatadas, escamas con pinta muy resbaladiza y un amor excesivo por el turquesa definen estas pésimas ilustraciones, que por si fuera poco muestran a dinosaurios agarrotados, incapaces de mostrarse en una auténtica pose de acción. Ojo a esta pieza atroz del Iguanodon más ortopédico jamás visto en el jurásico tardío hiriendo a en el cuello al equivalente mexicano no sindicado del Baryonyx.

pez6
Illo, que me escushe, que no te quiero asé daño. Que no me coja er coshe sin desírmelo.

Atento también al Diplodocus con la cabeza de serpiente marina más absurda imaginable siendo atacado por un Allosaurus con toda la cara de tener que comerse la comida si quiere que su madre le ponga helado de postre.

pez8

Hablando del Allosaurus, qué mejor emisario de la curiosa costumbre de los ilustradores más perdidos de mirar de reojo el trabajo de otros que sabían mejor lo que hacían que él. Nuestro Hombre Que Dibuja A Los Dinosaurios Como Peces quizá se inspiró más de la cuenta en un estupendo Allosaurus de Lloyd para crear a su engendro resbaladizo, y lo cierto es que el suyo no es un caso aislado.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Pese a que todos estos dinosaurios tuvieron momentos más dignos en el futuro de la revista, la dura realidad es que la selección de momentos realmente bajos del apartado visual de la revista podría dar para una entrada propia –¿y por qué no?, pregunta el exhausto lector–. Ya hemos visto algunas de las más lamentables recreaciones del todopoderoso Tyrannosaurus, pero si piensas que fue el único maltratado por ilustradores desinformados, te equivocas. Una criatura especialmente enervante que solía aparecer en la revista era el Carnívoro Genérico con Vela en el Lomo que se hacía pasar por Spinosaurus incluso cuando en la página de al lado se podía ver claramente el cráneo alargado y cocodriliano del auténtico gigante pescador de África septentrional.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

En la receta que compone el material del que están hechas las pesadillas están presentes estos dos Dilophosaurus ya de por sí demasiado fibrosos y humanoides como para que venga una iluminación especialmente direccional a subrayar aún más esos músculos palpitantes:

página_17

A continuación, una debilidad personal dentro del grueso menos inspirado de imágenes de la revista. Porque ¿quién puede resistirse al clan de Albertosaurus que más que canadiense parece que ha bajado de su diminuto piso de Little Italy para amonestar con gestos histriónicos de sus pequeñas manos a sus vecinos herbívoros que con el escándalo no les dejan preparar la boloñesa? Cosa sta succedendo qui, aaaaah? Questo non può esseeeeere!

Y aunque es difícil señalar a una ilustración de la colección como La Peor De Todas, en el mismísimo número que presentaba al Velociraptor Del Futuro podíamos contemplar, como testimonio definitivo de la esquizofrenia de la revista, este puñetero espanto de Deinonychus:

página_11rey

Al menos la publicación de la revista coincidió con el breve capítulo de la paleontología en el que se consideró la posibilidad de que el Tsintaosaurus no tuviese realmente una cresta. En ¡Dinosaurios! el Tsintaosaurus lució un perfil de hadrosaurio genérico a lo Edmontosaurus un poco aburrido, pero sigue siendo mejor que la posibilidad de encontrarnos con el terrible Tsintaosaurus con cabeza de pene, tan ubicuo en aquella época. No hay en el mundo reconstrucción errónea de un cráneo que justifique la insistencia de los dibujantes en esa licencia poética de las dos bolas indescriptibles.

Perdón por la digresión. Volvamos a la revista y a lo personal con algunas cosillas que me impresionaron en su momento, comenzando con una serie de ilustraciones francamente flipantes y muy ochenteras que acompañaron a un par de artículos dedicados a cómo habríamos convivido hoy con los dinosaurios, o cómo habrían convivido ellos con nuestras crestas punk, nuestros monopatines y nuestras chaquetas Adidas de colorines.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Practicar el sano deporte de la hipérbole cuando tratamos criaturas marinas antediluvianas es una costumbre de la que aún no nos hemos librado doscientos años después de los descubrimientos pioneros de Mary Anning, y si no que le pregunten al Mosasaurus lleno de esteroides de Jurassic World. ¡Dinosaurios! hacía honor a la tradición cada vez que tocaba sacar a jugar al Tylosaurus o al chico de oro de la liga acuática, el Liopleurodon, e invariablemente los mostraba en modo serpiente marina gargantuesca. Mis dos ilustraciones favoritas a este respecto eran, y son, los pliegos de “Gigantes del Pasado” dedicados al Dunkleosteus y al Anomalocaris.

página_12

Si quieres hacer que tu pez acorazado del Devónico parezca verdaderamente monstruoso, no hay mejor truco en el manual que mostrarle comiéndose al mayor depredador de los mares como si fuera una sardina. No puedo hacer justicia con palabras a los millones de veces que me quedé mirando esta imagen. Esa boca más grande que el propio pez, los dientes como persianas de roca, el ojillo minúsculo y desquiciado. Costaba no visualizar la estampa que vendría a continuación, con medio tiburón flotando por ahí en una nube de sangre. Que pocas páginas antes la ficha de tamaño del Dunkleosteus me indicara que el monstruo acorazado de la edad de oro de los peces apenas duplicaba el tamaño de un hombre –un tamaño muy respetable, más en pleno periodo Devónico, pero que le hacía difícil zamparse a un tiburón de un bocado– no iba a interponerse entre yo mismo y mi realidad.

página_40

Como tampoco iba a interponerse en mi camino el texto explicativo de la doble página central del fascículo dedicado al Anomalocaris. Este ser, puro sueño febril de los que sólo eran posibles en el tiempo en que la naturaleza estaba empezando a experimentar con las formas de vida complejas, era, como el Dunkleosteus después, el superdepredador de su tiempo. Medir un metro de largo es suficiente para convertirte en un gigante en el primitivo mundo marino del Cámbrico, y si tu aspecto se resume en un cuerpo seccionado sin extremidades coronado por un círculo dentado y dos apéndices retráctiles llenos de espinas, estás más que cualificado para ocupar el lugar de honor en el libro más malsano de H. R. Giger. Pero se ve que para mí no era suficiente. El pliego de “Gigantes del pasado” te explicaba en su texto de acompañamiento que aquí podemos ver al Anomalocaris comiéndose a un desdichado Opabinia, pero yo prefería ignorar esta información y creerme que aquella cosa marrón con cinco ojos y una pinza era un apéndice demoníaco que le salía de la maldita boca, como si su aspecto no fuese ya lo bastante pesadillesco. Si es que los niños nunca tenemos bastante cuando se trata de horrores inimaginables del mundo animal.

Como puede verse, una ilustración puede dejar volar la imaginación de un crío hasta límites insospechados, pero también puede meter una idea en la mollera hasta el punto de que no te la sacan ni con electroshocks combinado con proyecciones propagandísticas de Leni Riefenstahl. Y bien, el caso es que la paleontología es una ciencia altamente especulativa. Sus especulaciones no salen de la nada, eso por descontado, pero su dependencia de lo que nos enseña el pequeñísimo porcentaje de los fósiles que hemos sacado –”hemos”, parezco un madridista– de las profundidades del suelo del planeta da lugar a la cómica circunstancia de que, incluso en el solemne mundo de los dinosaurios, existe una serie de tópicos y lugares comunes que ¡Dinosaurios! explotó sin vergüenza ninguna y de forma recurrente, y hasta hoy siguen grabadas a fuego en la mente de muchos ex-lectores de la revista.

Imagínate que eres una persona muy disciplinada que va de camino al gimnasio como haces todos, todos los días. De pronto, sientes esa inconfundible necesidad de romper bruscamente con la rutina para reafirmar tu capacidad de decisión sobre tu propia vida, lo que te lleva de forma totalmente excepcional a saltarte el gimnasio, meterte en el The Good Burger más cercano (porque quieres comer exactamente la misma basura que te sirve el Burger King pero no quieres que te vean en un Burger King), pedir alguna oferta de cuatro hamburguesas esmirriadas por dos euros y sentarte allí a comértelas sólo por el hecho de recordar que nadie es más dueño de tus circunstancias que tú mismo. Ahora imagina que apenas has dado dos bocados a tu primera hamburguesa, una tormenta de arena salida de la nada arrasa la ciudad, el The Good Burger y a ti, dejándote convertido para la posteridad en un cadáver momificado que estaba a punto de llevarse a la boca lo que claramente era una de cuatro hamburguesas cuidadosamente dispuestas en una mesa en la que no parecía haber más formas de vida. Quizá ibas al gimnasio todos los días y lo que daba sentido a aquel momento hamburguesero era precisamente que jamás lo hacías, pero ten por seguro que para los estudiosos del futuro no serás más que un cabrón que tenía por costumbre meterse en el The Good Burger a tragarse cuatro hamburguesas sin compartirlas con nadie y que se vio sorprendido por la tormenta en mitad de su ingesta diaria de guarradas saturadas. ¿La tormenta te pilló además en un momentito en el que notaste una molestia en la nariz y te rascaste con discreción? Pues además estabas todo el día sacándote los mocos para comértelos.

Más o menos así se sentiría el pobre Tenontosaurus si descubriese que siempre se le retrata siendo atacado por una manada de Deinonychus salvajes que le están dejando hecho unos zorros porque dio la maldita casualidad de que, tras semanas haciéndose el loco, aceptó colaborar con los padres carnívoros de la AMPA en su recreación de la Guerra Civil Mesozoica justamente el día en el que el río se desbordó y se lo llevó todo por delante.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Entre tanto, sendos ejemplares de Velociraptor y Protoceratops fueron pillados in fraganti por la catástrofe en mitad de una encarnizada lucha en los desiertos de Mongolia de mediados del Cretácico, quedando para la posteridad como uno de los descubrimientos más famosos de la paleontología. Pero quién sabe si otros Velociraptors y Protoceratops de los alrededores habrían rechazado de pleno la posibilidad de convertir a estos dos célebres cocainómanos del vecindario en los portavoces de su especie para los estudiosos del futuro. Normal que tengamos esta fama con gente así.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Hay más. Un espectacular yacimiento en Ghost Ranch, Nuevo México, nos dejó decenas de especímenes de Coelophysis en distintos estadios de desarrollo, lo que llevó a los expertos a teorizar que se trataba de una gran manada que fue sorprendida por algún tipo de riada. Como guinda del pastel, en aquel yacimiento parecían distinguirse huesos de ejemplares jóvenes en el interior de los restos de algunos ejemplares mayores. Es posible que, como se sabe de muchos animales contemporáneos, la escasez de alimento pudiera llevar a un Coelophysis adulto a comerse a las crías de la manada en un caso extremo, pero ¿quién necesita imaginar situaciones puntuales de extrema de necesidad cuando podemos hablar de ese puñetero dinosaurio caníbal que se pasaba el día huyendo de riadas en manada?

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Al menos los expertos decidieron darle un nombre referente a su constitución física –Coelophysis, “forma hueca”– en lugar de ponerle Canibalosaurus Hijoputiniscus. El pobre Oviraptor no tuvo tanta suerte. Su descubrimiento en Mongolia a principios de los años veinte, con el cráneo destrozado junto a un nido de huevos fosilizados, le aportó una fama de ladrón de huevos que le persigue hasta hoy, pese a que ahora todo apunta a que aquel nido era en realidad suyo. La habitual presencia de nidos de Protoceratops –habitual en estos fregados, como vimos antes con el Velociraptor– en los desiertos mongoles lanzó al ruedo la posibilidad de que el sucio Ladrón de Huevos hubiera sido sorprendido por un Protoceratops mientras metía las zarpas en su nido, y que éste le había aplastado la cabeza con la pata como medida correctiva. Y caló. Vaya si caló.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El aspecto de retrasado mental que tiene el Oviraptor en todas y cada una de las ilustraciones de su fascículo (pista: las versiones de piel verde y marrón) hace que me cueste entender cómo es posible que se convirtiera en mi dinosaurio favorito. Pero como puede verse en mi cuidadosa selección, mejores ilustradores que el anónimo simio que le dibujó en su presentación en la revista –a veces con cresta, a veces no, porque el doctor Norman no es el único que le da a la botella antes de mediodía– tomaron el relevo después, con estupendas representaciones que aún hoy, cuando ya han quedado científicamente desfasadas, siguen siendo pura belleza… aunque no contribuyan precisamente a convencernos de que no se trataba de un obseso monotemático al que no se podía dejar solo cerca del corral. ¿Retrato de Sibbick de los dinosaurios ave? La foto le pilla con la cara recién sacada de unos huevos, que no le ha dado ni tiempo a limpiarse los pringues.

página_18t

¿Artículo dedicado a las crestas de los dinosaurios? Claro, pero no pasemos por alto la ocasión de hacer mención al puto ladrón de huevos al que pertenece la cresta en cuestión con una saña digna de La Razón desglosando lo que cuesta al Estado la independencia catalana.

página_15

III
¿Fin?

¡Dinosaurios! prometió desde su aparición 52 números de emociones prehistóricas repartidos en 52 semanas, un año exacto de animales inimaginables y datos con los que torturar a tus padres las veinticuatro horas del día. Durante ese año, me encaminé emocionado a la papelería del barrio una vez a la semana en busca de mi dosis, prometiendo que mis padres pasarían a pagar “luego” y montando un pollo si el número de aquella semana se había retrasado –primero gritando, luego llorando y finalmente temblando y suplicando–. Así que puedes imaginar mi emocionado estupor cuando, al pedir el fascículo 52 a la pobre y ya enferma señora de la papelería, éste venía empaquetado junto con… el número 53. Dentro, una emocionada/emocionante comunicación comercial explicaba que el éxito de la colección había animado a los editores a ampliar la colección durante 26 números más, noticia que di a mis padres sin ninguna sombra de empatía económica. La situación se repitió cuando, pasados seis meses, el número 78 vino empaquetado junto al 79. ¡Me prometían seis meses más, completando 104 números y dos años de coleccionismo! No es de extrañar que cuando llegó la hora de dejar a deber en la papelería el número 104 estuviese convencido de que los descendientes de la llorada dependienta me entregarían el fascículo bien empaquetadito junto con el 105, y así hasta el día en el que me uniese a la dependienta en el cielo. Para respiro de mis padres, no fue así. De hecho, el verdadero número final resultó ser el 103, ya que el 104 en realidad era un extenso glosario de animales y términos que habían ido apareciendo a lo largo de la colección. Mis padres me ataron a la cama y vi un bebé gateando por el techo.

La inesperada prolongación de la colección debió pillar por sorpresa al propio equipo editorial, que para el número 52 ya había llegado al Zizhongosaurus en el “Dinosaurios de la A a la Z” de la última página. Para los 26 números siguientes se sacaron de la manga otro diccionario, esta vez con mamíferos, aves, insectos y demás, pero cuando llegó la segunda renovación en el número 78 ya pasaron de todo y colaron una página de “¡dibuja a tu dinosaurio!” cuya inutilidad alcanzaba niveles cómicos. Durante 26 semanas, esta página trató de convencer a los niños de que para convertirse en el nuevo John Sibbick tenían que dibujar una caja, dividirla en más cajas y meter dentro un dinosaurio.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El número 104 pudo ser el final de ¡Dinosaurios!, pero no lo fue para mí. Unos años después (cinco, creo), RBA cometió la insensatez de sacar un coleccionable de dinosaurios que parecía estar diseñado en consonancia con mi propio crecimiento. Se llamaba Tras las huellas de los dinosaurios, y era bastante más profusa en información que ¡Dinosaurios!. Digamos que si ¡Dinosaurios! era un libro del Barco de Vapor de la serie azul, Tras las huellas de los dinosaurios era directamente la serie roja. Era Las aventuras de Vania el Forzudo y Fray Perico juntos.

37952313
Mi colección me pilla lejos ahora mismo y me avergüenza decir que es la mejor foto que he encontrado.

Se trataba de una colección italiana –lo que me hizo comprender mucho tiempo después el motivo tras las innumerables menciones que hacían al supuestamente crucial descubrimiento del Saltriosaurus en Varese–, minuciosa, seria y con estructura parecida a su predecesora. No obstante, el tiempo no la tratará con tanta benevolencia, porque si la primera sobrevive como un rico testimonio artístico una vez el contenido ha quedado obsoleto, las toscas composiciones digitales de la segunda no van a ser más interesantes ahora que en 2000. Había en muchas de ellas el potencial de una buena ilustración, pero el acabado irreal y barato las arruinaba.

¡Dinosaurios! sigue siendo, por lo tanto, única. Es un pieza crucial ya no de mi infancia, sino de toda mi vida, y ha definido gran parte de lo que soy hoy. Sin duda no soy el único. Gracias a ella, muchos de nosotros aprendimos a ver a los dinosaurios no como monstruos quiméricos divididos en el equipo de los buenos y el de los malos –para eso ya estaba Dinosaucers–, sino como animales que cumplían en la naturaleza las mismas funciones que cualquier otro, con sus instintos y necesidades vitales. Como decía Alan Grant, “hacen lo que se supone que tienen que hacer”. Y no es que no hubiera intentos por parte de la editorial de destruir este legado: la reedición de la colección en 1997 es una lección de los peligros de la necesidad de hacerlo todo más X-TREMO. Era un simple retapado, por dentro era igual, pero Dios santo, qué portadas. El logotipo renovado incluía, de todos los dinosaurios posibles que podrían haberse rescatado de la revista, al Deinonychus de los infiernos, y el primer número mostraba en su cubierta al Tyrannosaurus Rex más maníaco y descontrolado que pudieron encontrar, soltando babas en su demente cacería de carne y Red Bull. Para animar un poco el fondo tenemos dinosaurios rescatados a dedo de la colección anterior en un collage hecho con los pies.

página_1

Prefiero considerar esta reedición un mal sueño. Sus portadas son otra muestra de ese movimiento absurdo en contra de la naturalización de los dinosaurios que, aún a finales de la segunda década del siglo XXI, sigue contando con un número vergonzoso de seguidores. Pero Universal puede seguir alejando más y más a sus Velociraptors de cualquier criatura real con cada nuevo Jurassic World –no puedes ponerle copyright a un animal– y la gente puede seguir convencida de que Godzilla tiene toda la pinta de un dinosaurio, pero ¡Dinosaurios! siempre quedará como la prueba de que puede haber intentos honestos de cambiar la percepción general apuntando directamente a la raíz, a un niño que un día crecerá abierto a la posibilidad de un giro loco de la trama en el que los primitivos dinosaurios con cuernos resultan tener una especie de manojo de filamentos con pinta de hierbas creciéndole sobre la base de la cola.

Johnny, la ciencia está muy loca.

raul-martin_citipati-osmolskae

Anuncios

9 comentarios sobre “¡Descubre los gigantes del mundo prehistórico!

  1. Yo también tuve algunos números de esta colección. Me alegra saber que era buen material aunque se haya quedado desfasado, cosa lógica por otra parte.

    Buena entrada, bonita la presentación.

    1. Sin duda lo era. Mi mayor preocupación con esta entrada era transmitir esa idea sin dar la impresión de que mis argumentos estaban distorsionados por la nostalgia.

      ¡Gracias!

  2. Esa coleccion le empece, pero creo que no llegue a terminarla. Eso si, aun manteniendo los fasciculos guardados, dispongo de la coleccion digitalizada, si te interesa dimelo ;).

    Saludos!!

    1. ¡Muchas gracias! Yo también tengo la colección en pdf. Te digo más, la única condición que me puse para escribir esta entrada era encontrar la colección en digital antes, porque de otro modo iba a tener que escanear mil páginas y no estaba yo muy por la labor. Tuve suerte, la encontré y escribí la entrada. (Del número 58 en adelante sólo tengo escaneados en inglés, por eso hay capturas que no están en español.

      1. Yo los tengo en español todos ;). La verdad es que la coleccion estaba genial y yo, que de pequeño iba para paleontologo, la quise dede el primer momento en el que la vi anunciada.

  3. Un magnifico articulo. Lo he leído de cabo a rabo y me ha encantado. Publicas poco, pero cuando lo haces, siempre a lo grande y de una calidad magnifica.

    Como no, yo también tengo esta colección, aunque tan solo llegué al numero 53, pues el quiosco al que le pedíamos los fascículos dejó de traerlos y ahí me quedé. Una pena, pero pese a esto, todo lo que tenía lo devoré con avidez. Cada dato era recopilado en mi mente y durante mi infancia, me convertí en algo así como una enciclopedia andante de dinosaurios. Me sabía nombres, tamaño, lugar onde vivió la criatura, su dieta, información adicional. Creo que durante mucho tiempo fue algo así como una autentica obsesión para mi, aunque ahora, se hay convertido tan solo en un sano interés que aún mantengo.

    Estoy muy de acuerdo en que para su época, resultaba ser una ora muy completa. No solo ponía interés en los animales, sino también en su mundo, en como este fue cambiando, como sabemos tanto sobre ellos y de que forma los paleontologos extraen esa información. Además, te dan una muy buena visión sobre la historia de la paleontología tanto en sus artículos como en comics. Tengo que decir que parte de lo que me mostró que esto era algo mas que bichos rugiendo fue esta colección y agradecido que estoy de ello.

    Sobre las ilustraciones, poco que señalar ya. Había desde maravillas creadas por maestros como John Sibbick a cosillas mas decentes, pero sin desentonar, para luego terminar en autenticas aberraciones. Lo cierto es que a mi ya de chaval me chocaba la falta de consistencia entre los artistas, capaces de retratar a un dinosaurio de manera fantástica y luego toparte con otros que eran verdaderas abominaciones. Por supuesto, tampoco faltaban los clásicos estereotipos o paleo-memes, desde el Oviraptor ladrón de huevos pasando por el grupo de Deinonychus atacando a un pobre Iguanodon.

    Por cierto, había un artista cuyo trabajo me gustaba. Se llamaba Bernard Robinson y, aunque a nivel anatómico no era muy destacable, me gustaba bastante como ponía las escamas en los dinosaurios. Les daba un aire, la verdad, bastante reptiliano. En Dinosaurios tiene algunas ilustraciones, como la segunda que aparece en el primer numero, donde un pobre T.Rex es corneado por un Triceratops. Aquí dejo algunos de sus trabajillos como ejemplo:

    Yo tambien hice la colección de Tras las huellas de los dinosaurios y estaba muy bien, pero concuerdo en que las ilustraciones eran terribles. Meros ripeos de otras ilustraciones. Una verdadera lastima, aunque el esqueleto del Tiranosaurio y las garras y dientes estaban muy bien hechas.

    Y nada mas, como digo mas arriba, un magnifico articulo que me ha llevado de vuelta a mi infancia. Enhorabuena por tan excelente trabajo.

    PD: No se si lo sabrás, pero hay un sitio llamado Love in the time of Chasmosaurs donde recopilan ilustraciones de libros antiguos y está muy bien. Por si te interesa.

    Un saludo y Feliz Año 2018!!!

    1. Pues feliz año a ti también, que se ve que WordPress había archivado este comentario como sospechoso de spam (por la cantidad de enlaces). Sorry.

      He fichado al autor de esas ilustraciones nada más ver tu primera imagen adjunta, es MUY identificable y es verdad, apareció bastante en los primeros números de la colección. Tiene una ilustración de un Tyrannosaurus junto a un cadáver de Parasaurolophus más bien gore, por la forma en la que asoman las costillas sangrantes del desgraciado. No sabía como se llamaba, así que gracias. Este tío tiene un estilo muy añejo, es inevitable cuando decides potenciar una visión reptiliana de estos animales…

      Love in time of Chasmosaurs es una página maravillosa, gracias a ellos he conocido libros increíbles que ahora tengo en mi estantería.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s