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Querida Netflix

Querida Netflix:

No soy un ingenuo y comprendo que como toda empresa, necesitas de la recurrencia de tus clientes para que los beneficios entren de forma estable; más aún cuando las plataformas de streaming están brotando como setas y se nos promete un futuro con una tele parecida a la de ahora, pero pagando por cada canal. Es un entorno competitivo que te lleva a tratar de no hacerme olvidar que tú estabas ahí primero, de convencerme lo más fácilmente posible de quedarme contigo. Cada vez que salgo de Netflix te quedas en vilo, porque podría no volver. Así que me instas a que vea otro capitulín de Glow antes de irme a la cama, porque preocuparse de dormir ocho horas antes de entrar a trabajar no es de hombres y porque tienes unos números que cubrir −y que mantener ocultos a toda costa por motivos que nadie entiende−.

Llevo un par de años felizmente casado contigo −bueno, en una relación liberal en la que también se incluye mi Roseñora−, aunque debo ser sincero contigo y decirte que hay nubes, nubes avecinándose en el horizonte. Me cazaste con promesas de contenidos de calidad, de la mejor experiencia posible sin salir de mi casa, de disfrutar de películas y series como y cuando quiero. Pero empiezo a comprender que no es exactamente así. Desde luego no es “como quiero”. Cada vez más, cuando pongo algo de lo que me ofreces, siento agotado por la sensación continua de que lo único que te importa es que empiece a ver lo que sea YA, que me salte la intro YA y que antes de que aparezca el primer crédito al final esté poniendo el siguiente episodio u otra película YA-YA-YA-PERO-QUE-YA.

No se me escapa el detalle de que los tiempos en que tus series originales (TM) tenían intros largas, como House of Cards, han quedado atrás, y que probablemente un requisito que últimamente pones a la gente que crea tus contenidos es que la intro sea, a ser posible, poco más que una cartela estática con el nombre de la serie. Hoy día consideras larga hasta la intro de Black Mirror y me sugieres que me la salte mediante ese pop up maldito. En otras palabras, te interesa tenerme pensando ya en lo siguiente que voy a ver cuando termine este episodio en lugar de preocupado por a quién se va a comer el Demagorgon ahora. No sé si culparte específicamente por esto, a fin de cuentas vivimos en un mundo en el que internet se ha organizado para crear útiles sitios en los que informarte de qué episodios de esa serie que supuestamente tantas ganas tienes de ver puedes saltarte para HABER TERMINADO YA Y PODER DECIRLO POR AHÍ.

Me estoy desviando. De hecho, querida Netflix, ni siquiera es lo del pop up de ‘saltar intro’ lo que realmente está levantando barreras entre tú y yo al interferir de verdad en mi disfrute de, por ejemplo, Jessica Jones. Te explico: puede parecer demencial, pero a algunos nos gustan los créditos del final. Concreto más: a algunos nos gustan los créditos del final integrados en la experiencia de ver una película. ¿Necesitas más pistas? Bien: los hay quienes no queremos que los créditos finales de algo que nos ha gustado se conviertan en una miniatura enana perdida en mitad de un banner a pantalla completa del siguiente episodio, o de Stepsisters o lo que se suponga que debo ver a continuación que esté remotamente relacionado con mi serie −”si te gustó Friends deberías ver El pianista“−. Por el lenguaje que usas en tu página de ayuda, sé que consideras que con darme la opción de volver a los créditos dándole a las flechas y a OK es suficiente, que eso ya basta para distinguirte de Antena 3 y que de ese modo ya has cubierto las necesidades de todo el mundo. Pero no.

Si me ha gustado mi episodio de Kimmy Schmidt, déjame recrearme un poco en él antes de decidir si quiero pasar a otro. Los créditos de una peli no sirven sólo al pedante que quiere saber el nombre de hasta el último barrendero del plató, a algunos también nos sirven para saborear lo que acabamos de ver. Somos pocos, pero ahí estamos.

Te pago mensualmente −aquí es donde la metáfora de la relación empieza a enturbiarse− para poder ver las series que me gustan en las mejores condiciones. Pero, la verdad, tener que rebuscar histéricamente el mando entre la vasta infinitud de la batamanta para volver a mis créditos finales, incluso si he desactivado la reproducción automática, no son “las mejores condiciones”. Son unas condiciones que me hacen sentir que lo único que te importa es que yo vea más episodios y no que los vea mejor.

Darme la posibilidad de no tener que pasar por esa mierda no debería afectar negativamente a tu negocio −vale, definitivamente parece que esta relación metafórica la mantengo con una prostituta−, ya que estoy convencido de que la mayoría de la gente, o sea, el quesito grande de ese suculento gráfico de beneficios, está encantada con el salto automático del banner o con quitar los créditos y esas cosas. Total, lo de comentar ‘en directo’ prestando el 30% de tu atención está bien visto, así que claro que estará encantado. Así que no creo que las estadísticas de reproducción se desplomen por prestar un poco de atención a los que disfrutamos de, por ejemplo, que The Crown cambie su habitual fondo negro para los créditos finales por la foto de Margarita que sintetiza de forma poderosa el tema del episodio que acaba de terminar. Pequeñas decisiones artísticas como ésa −que precisamente son las que hacen que no mientas al apelar a la calidad de tus contenidos para tratar de convencer a la gente de que te de una oportunidad y pague una suscripción− no se paladean si mi batalla para encontrar el mando de las narices se resuelve con suerte en los dos últimos segundos de los créditos, justo a tiempo para ver a toda pantalla el logo de Boxer Vs. Raptor (nananananana) al final del todo.

Poder evitar esa batalla, tener esa opción en lugar de verme bombardeado por gritos de “¡y ahora sigue viendo esto! ¡o ponte a ver Altered Carbon! ¿POR QUÉ NO ESTÁS VIENDO YA ALTERED CARBON, MAMONAZO?” es uno de esos detalles que te hacen sentir que la empresa a la que pagas 12 euros mensuales se preocupa por ti. No hagas, querida Netflix, como el cine, que parece que quiere sacarme a patadas encendiendo los focos de la sala de interrogatorio apenas empieza la música de los créditos. Disimula un poco el hecho de que en el fondo eres como cualquier otra empresa y que fidelizar te la trae floja mientras puedas captar a gente nueva.

Querida Netflix: haz disponible esa opción, por favor. Déjame hacer que el banner del siguiente episodio no salga hasta lo que yo considero que es el final real de una película o una serie. Porque, y no es por hacerte chantaje emocional, hoy día las alternativas ilegales se ven maravillosamente bien, me dan la opción de ver el capítulo entero sin interrupciones ni banners y no me cuesta tanto acceder a ellas. Pero aquí estoy, pagando y contribuyendo a un modelo de consumo que me gusta y que veo necesario. Como un gilipollas. Así que hagamos un trato: escóndela tras un laberinto de pantallas y sólo al alcance de los que superen tres pruebas mortíferas y sepan distinguir el Cáliz de Cristo verdadero de los falsos que te convierten en un esqueleto reseco si bebes agua de ellos. Pero ponla. DAME LA OPCIÓN. Para mí será un gesto con valor tanto literal como simbólico, porque no sólo me permitirá disfrutar de Master of None ‘como y cuando quiero’, sino que diluirá, aunque sólo sea un poco, esa sensación cada vez más densa en el distópico mundo actual de que, por motivos que van desde los puramente económicos hasta el insaciable egocentrismo del espectador, lo importante cuando se refiere a tele, cine, literatura o lo que sea no es disfrutar de la experiencia, sino haberlo hecho ya.

Querida Netflix, ámame como yo te amo.

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