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Indiana Jones y los diez años de quejas estúpidas

Esta navidad, con El último Jedi aún caldeando ese civilizado foro de debate que es internet, estuve hablando de La Guerra de las Galaxias con mis dos primos pequeños, que tendrán unos once y trece años respectivamente. Los mocosos me sorprendieron. En el documental El pueblo contra George Lucas se plantea la duda razonable de si la pésima opinión general acerca de la trilogía de Anakin no podría ser el resultado de un simple choque contra una generación que tan asimilado tiene el estilo y las intenciones de las tres películas originales que nada que se atreviese a querer buscar su propia identidad (como de hecho ocurre con los episodios I, II y III) iba a tener la más mínima oportunidad. Muchos de los entrevistados se remiten al caso de niños que han crecido en el momento ideal para disfrutar y sentir suya la trilogía de Anakin, niños que de hecho no ven nada malo en Jar Jar Binks porque es parte de su Guerra de las Galaxias, del mismo modo que otros no queremos estampar a 3PO contra la pared del Halcón Milenario en El imperio contraataca porque forma parte de nuestra Guerra de las Galaxias.

Resulta que no es cierto. Mis primos pequeños, insisto, formas de vida basadas en el carbono nacidas en un mundo post-efecto 2000, recitaban con precisión de libro de texto los mismos comentarios anti-Amenaza fantasma que llevo casi veinte años oyendo de boca de sudorosos vírgenes incapaces de hablar con chicas (finjamos que las cosas siguen siendo así para que The Big Bang Theory tenga la más mínima gracia). Su episodio favorito era El Imperio contraataca, se reían de las capacidades dramáticas de Hayden Christensen y opinaban que Jar Jar podía ir a ahogarse en el pantano de Naboo. ¿Dónde quedaba entonces el razonamiento de que la trilogía de Anakin había decidido no crecer con su público sino dar a una nueva generación de niños una experiencia análoga a la de sus padres y primos mayores años atrás? O en otras palabras, si hasta los niños tuercen el morro ante una sentida reflexión sobre la textura, temperatura y facilidad de la arena para meterse por doquier, ¿quién puñetas es el público de estas películas?

Los episodios I, II y III de La guerra de las galaxias podrían ser películas terribles o podrían haber llegado en el momento más inoportuno para gustar y ser transmitidas, pero realmente sus oportunidades de redimirse —como tantas veces ha pasado con fiascos de popularidad tardía— son pocas, porque el mapa de la cultura popular es, hoy día, radicalmente distinto al de años atrás. La amenaza fantasma es cultura popular, pero también lo es la noción de que La amenaza fantasma es una mierda. Con la eclosión de internet y su efecto amplificador de lo que antes no pasaban de ser tortuosas charlas de bar o de sórdida tienda de comics —dependiendo del tema a tratar—, la propia discusión sobre la cultura popular se ha vuelto un producto en sí mismo, una narrativa con sus tics, sus lugares comunes y sus escenas legendarias. Sin ir mas lejos, las reseñas de la trilogía de Anakin firmadas por Red Letter Media son casi tan citables como las películas que de forma tan metódica destrozan.

Siendo el ser humano un animal que aspira al confort por encima de todo, y para el que los atajos son el mayor afrodisíaco a este lado de la Isla del Placer, resulta natural que ante esta tesitura la cultura popular haya pasado a ser vendida en cómodos paquetes junto a opiniones sobre ella. La amenaza fantasma + diez razones por las que odiamos a Jar Jar Binks. ¡Ponte al día y comparte tu disgusto! ¿Quién se resistiría a este pase rápido para evitar la alienación social? Hasta The Rock considera una buena estrategia para ganarse a su público y convencerle de que vaya a ver Rampage el reconocer públicamente en twitter que cuando aceptó protagonizar Doom estaba firmando para hacer basura. ¿En qué otro momento de la historia de la humanidad sería posible algo así?

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¿Y en qué otro momento resultaría más coherente y propicia la llegada de una película como Ready Player One, un espectacular canto a la mediocridad como estilo de vida, confeccionado a la medida del consumidor de cultura popular que concibe el ser un fan en términos cuantitativos y consensuados? En Ready Player One la cultura popular es algo que se estudia y memoriza de forma acrítica en torno a las preferencias de un gurú, y la capacidad de enumerar como un loro nombres de institutos del cine adolescente de los ochenta es lo que separa al verdadero fan de un buitre corporativo deseoso de monetizar la cultura friki. Ready Player One, película y libro, celebra la importancia de disfrutar de tus aficiones siempre que se alineen con una noción superior de lo que es disfrutable y lo que no.

Steven Spielberg no pensaba en moldear los gustos del público masivo cuando concibió a Indiana Jones, a ET o a Jeff Goldblum. Un sincero sentimiento de recuperación de las cosas que dieron color a su infancia se esconde detrás de sus creaciones más populares; el hecho de que crease un auténtico ecosistema que a su vez alimentó las fantasías de otros niños es tan sólo el testimonio de su increíble facilidad para compartir sus pasiones en términos universalmente reconocibles. Por eso es tan extraño verle al frente de un producto que reniega de la creación de mundos nuevos y apasionantes y se dedica a reafirmar todo lo que el fan medio ya sabe, jerarquías entre lo que mola y lo que no incluidas.

En cierto modo, Ready Player One es un vago eco de otra película que Spielberg estrenó hace hoy exactamente diez años, y que tiene asegurado su lugar en el panteón de Cosas Que No Nos Gustan desde hace casi el mismo tiempo, sin vistas de cambiar. Al menos hasta que cierta monstruosa multinacional del entretenimiento nos muestre su versión del asunto y haya que revisar la vista para la condicional.

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Pobre Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Mal concebida y puesta en pie por los motivos equivocados, Indiana Jones 4 —o 5, como decimos con mucha pedantería los fans del Fate of Atlantis— fue recibida con los brazos abiertos para inmediatamente ser rechazada. Primero con cierta decepción amarga, luego con ira, y finalmente con el peor de los castigos: su reducción a meme y el destierro, sin fianza, a un lugar muy específico del imaginario colectivo: el de las Cosas Que No Nos Gustan. Por el camino se han enmudecido las virtudes que presenta la película, como esa maravillosa Irina Spalko-Blanchett que hoy sería icono pop de formar parte de otra película menos odiada.

No muy atrás, el paso del tiempo era un factor relevante en el sitio que ocupa un trocito de cultura en el enorme y laberíntico mapa que hemos ido creando desde los tiempos de Altamira. En este sentido, las películas son paradigmáticas: un momento creemos que Transformers 5 es el pináculo del caos fílmico sin sentido y del puro ruido audiovisual, y al siguiente —veinte años después, quizá— la vemos contenida, descifrable e incluso digna ante las inimaginables monstruosidades de la nueva cartelera. Sin ir más lejos, la crítica de El templo maldito que publicó Dirigido Por en 1984 se preguntaba cómo sería posible superar en el futuro tal nivel de descontrol, velocidad y efectos especiales desbocados. Pero acabó ocurriendo. Y el lugar de El templo maldito en el mapa cultural cambió. En este caso en particular los motivos son puramente cinematográficos, pero los cambios sociales y culturales influyen de forma igualmente determinante, y conforme adquirimos una visión más y más sofisticada y completa del mundo que nos rodea, detectamos aspectos de las películas que antes nos pasaban desapercibidos; facetas que las enriquecen y nos hacen sospechar que nuestra valoración inicial fue terriblemente simple y errada. Llevamos ‘redescubriendo’ joyas desde casi el mismo momento en el que se inventó el cine.

Sin embargo, la creciente presencia en el mapa cultural de las opiniones sobre esos trocitos de cultura ha truncado ese desarrollo natural. Que la conversación sobre Indy 4 siga estancada en los mismos berrinches superficiales que en 2008, sin el más mínimo atisbo de autorreflexión, es sintomático de esto. Sintomático y deprimente. No trato de decir que toda película-evento mal recibida en su momento merezca automáticamente la redención una vez pasado el tiempo y confirmado que sí, las películas se pueden hacer mal de formas que tiempo atrás ni nos habríamos atrevido a imaginar; pero en un momento el que ya poco daño nuevo puede hacer una de éstas… ¿no es hora de buscar una perspectiva más compleja? Incluso si es para corroborar que Indy 4 es una mala película, diez años dan para indagar en su fracaso artístico con nuevos e intrigantes argumentos. Pero como la especie humana es maravillosa, aquí estamos, aún atrapados en el mismo bucle de los monos en CGI, el abuelete Jones, los aliens, el frigorífico y Shia Lebouf. Ji ji, ja ja.

No falta verdad en esas quejas. Spielberg nos mintió a todos a la cara con la promesa de que los efectos de la película iban a ser artesanales en su práctica totalidad. En vez de buen y clásico cartón piedra, tuvimos un espectáculo de planos procesados digitalmente insoportable y anacrónico, agravado por la terrible fotografía metálica con la que Januzs Kaminski vio adecuado reemplazar las vibrantes paletas de Doug Slocombe. La idea de mezclar a Indy con seres interplanetarios, por su parte, sólo es tan buena o mala como dicte su ejecución en pantalla, y mientras que Fate Of Atlantis introdujo la temática alien de forma espectacular, La calavera de cristal hizo el más completo de los ridículos. ¿Pero por qué? ¿Por qué el juego de LucasArts del 92 te hace sentir las misteriosas fuerzas extraterrestres que alimentan la Atlántida como una prolongación natural del universo de Indiana Jones y la película firmada por los propios padres de la criatura se salda con un parche átono y desconcertante bien asentado en el territorio de la vergüenza ajena? Aquí hay en juego complicados mecanismos narrativos y formales, los mismos que hacen que cualquier premisa, o incluso cualquier guion cerrado, de resultados opuestos dependiendo de quién —y cómo— se encargue de convertirlo en imágenes. El doctor Malcolm lo explicó mejor que nadie:

No voy a dedicar mucho más tiempo al desacuerdo entre Lucas y Spielberg sobre cómo manejar el asunto de los aliens. Cuando un disputa de este tipo, de las que son clave en el largo proceso de dar forma a una historia, se salda con la imposición de uno de sus dos creadores de su criterio porque él es el propietario legal del personaje, no hay que ser muy listo para predecir el resultado. No obstante, berrinches y borracheras de poder a un lado, sí hubo un razonamiento que hizo de la inclusión de extraterrestres en el guion una conclusión supuestamente lógica. Las tres primeras películas de Indiana Jones, rodadas todas en un periodo relativamente breve de tiempo, se ambientaban en los años previos a la Segunda Guerra Mundial y rendían homenaje a los añejos seriales de aventuras que, precisamente en esa misma época, vinieron a llenar las necesidades escapistas de un país en plena depresión económica. El inevitable efecto del paso del tiempo en los blandos cuerpos humanos obligaba a ambientar la cuarta película en un periodo posterior. Por suerte, el pendiente de Harrison Ford se puede quitar y no hizo falta trasladar la acción a finales de los 90. Bastó con avanzar hasta los últimos años de los 50, década que contaba con su propia contrapartida fílmica: alegorías en clave de ciencia ficción del pánico al forastero que asolaba al norteamericano medio en plena Guerra Fría.

En un primer momento, el razonamiento suena válido. Si las películas de Indy ambientadas en los 30 son un serial de aventuras, la que se ambienta en los 50 debe ser ciencia ficción. Sin embargo, hay aquí un error garrafal que hace que el cambio de género de Indy 4 no cuadre. En busca del arca perdida replica un serial de aventuras de los 30, y su héroe hace lo propio. Transformar Indy 4 en una aventura de ciencia ficción paranoide en torno a un héroe que sigue siendo un aventurero de serial de los 30 no funciona. Es así de simple. A lo mejor ahora te preguntas con impaciencia, querido lector, si acaso habría considerado más adecuado convertir a Indy en el clásico científico con pipa que lideraba cualquiera de estos productos de serie B con hormigas gigantes venidas de Venus. Obviamente no. Indiana Jones es Indiana Jones, de modo que quizá el cambio de género era una idea condenada al fracaso desde el principio. A muchos sorprenderá esta afirmación, pero en ocasiones la respuesta a la pregunta de cómo hacer una película para que salga bien es que quizá la única salida es no hacerla. Un razonamiento incompatible con un fandom que sólo sabe demostrar aprecio pidiendo más, sea o no lo más prudente.

Y no es que yo viese claro eso durante el interminable periodo que cubrió toda mi adolescencia con rumores de si se iba a hacer o no una Indiana Jones 4 y la posterior confirmación y seguimiento obsesivo de todas las noticias referentes a la producción. Yo sí quería una Indiana Jones 4. Siempre había sentido las películas originales como mías, independientemente de que salieran en los cines antes de que yo asomara la cabeza a este sórdido mundo y que teóricamente pertenecieran a la generación inmediatamente anterior. Pero eso no me hacía desear menos tener una, sólo una, que saliese para mí, con la que gozar del ir al cine sin saber qué me iba a encontrar y luego tener un recuerdo para años venideros. De modo que, cuando finalmente la película me gustó con reservas me sentí algo… vacío. Que una película de Indiana Jones me hubiese gustado menos que cierto hijo bastardo de esta saga protagonizado por Brendan Fraser era extraño y paradójico. Fue una decepción que traté de relativizar, y sólo el tiempo me dio la seguridad para señalar sus errores y tratar de explicar por qué no funcionaba como debería. Pero la gente la convirtió inmediatamente en un chiste con patas, como si fuese necesario tirar abajo toda la película para articular coherentemente un sentimiento de decepción. Las reacciones fueron desproporcionadas y poco a poco se convirtieron en verdades incuestionables, como la de que el sol gira en torno a la Tierra o que los monos sólo tienen monitos. Mi conclusión inicial fue que El templo maldito y La última cruzada ciertamente esquivaron una bala al haber aparecido en tiempos menos intolerantes, y los años no han hecho sino acentuar esa sensación. De haber sido producidas hoy, habrían sido masacradas por crímenes contra la humanidad y contra la sagrada integridad de lo que hacer al Arca perdida ser El arca perdida. Ya en 1984 El templo maldito tuvo que lidiar con críticas por apartarse demasiado del tono de la primera película para ofrecer una aventura más brutal y violenta, así que no quiero ni imaginar las oportunidades que habría tenido hoy para ganarse el corazón de los fans —bonus por mostrar una versión extremadamente paródica de una cultura asiática, en línea con la tendencia de esta saga de hacer una versión de opereta de absolutamente todo, pero no tanto con las filosofías del sociólogo tuitero de a pie—. Ni siquiera creo que La última cruzada, un regreso más bien conservador a los aires del Arca Perdida, pasara la prueba, precisamente por culpa de las divergencias que Spielberg introdujo para evitar levantar un simple calco de la película original.

Para entender lo injustas que son las críticas habituales —las aburridas, populistas críticas habituales— con las que tiene que lidiar Indy 4 es necesario prestar cierta atención analítica a las otras tres películas, especialmente las dos secuelas. No demasiada, basta con verlas como películas y no como agujeros negros de nostalgia. ¿El frigorífico volador? No mucho más disparatado que el salto en balsa hinchable del Templo maldito. Subir las apuestas en el campo de lo improbable es algo que esta saga comenzó a hacer inmediatamente en su primera secuela; es algo que está en su maldito ADN. Pero dado que el salto el balsa ocurrió mientras éramos niños y no habíamos desarrollado nuestro sentido de ser un gilipollas escéptico, eso está bien pero esto del frigorífico no. Reto a cualquiera a que me desarrolle por qué son casos diferentes. No, es más, no digas nada, simio atolondrado. Voy a echar un cable para que nadie tenga que ponerse en ridículo respondiendo “he cambiado como espectador desde mi infancia y culpo de ello a esta película”: lo que hace la escena tan inverosímil no es el concepto en sí, sino una pobre planificación visual y el mal uso del CGI. Por mi vida que a día de hoy, tal como está planteada la escena del salto en balsa del Templo Maldito, sigo creyéndome que hacer algo así y salir vivo es factible. No es el caso con el frigorífico blindado, pero eso es porque Indy 4 es una película insólitamente mal dirigida dentro de la filmografía de Steven Spielberg.

(Pequeño viraje: quiero dar cierto reconocimiento a la infame escena por concluir con mi plano favorito de la película, el de un empequeñecido Indiana Jones presenciando la expansión de un hongo atómico. Es una imagen que mediante una simple composición visual sintetiza esa idea de la obsolescencia del héroe en un mundo nuevo que el resto de la película insiste en machacar mediante torpes diálogos expositivos.)

Nuke
La posibilidad de un cáncer degenerativo que consuma a Indy antes de que pueda hacer más películas es tan sólo una ventaja adicional.

Otro sospechoso habitual en la lista de felonías en el caso del pueblo contra Indiana Jones es Mutt Williams, el retoño de nuestro héroe. El que trataba de venderse como la combinación perfecta entre Bando y James Dean pero que no pasaba de una versión de saldo de Jess Mariano. El que se colgó en una liana y se convirtió en Señor de los Monos durante un breve y memorable reinado. El que luego se grabó viendo todas sus películas en un cine para demostrar su faceta de artista conceptual. Verás, soy el primero en admitir lo difícil que es sentir algún tipo de simpatía hacia este lastre prefabricado para molar. De hecho, uno de los peores chistes de Indy 4 se da cuando, inmediatamente tras saber de boca de Marion que Mutt es sangre de su sangre y en un abrir y cerrar de ojos, Indy —que hasta entonces ha defendido que el chico corra riesgos y siga su propio camino— se convierte en un padre de sitcom y se vuelve hacia Mutt para ordenarle que vuelva a la escuela. Es un gag de puro saldo por liquidación, la clase de salida chistosa que Chuck Lorre habría descartado por ser demasiado fácil.

Pero como ocurre con el frigorífico, la idea de sacarle un hijo a Indiana Jones es tan buena o tan mala como la de excavar en su pasado y mostrar su relación con su padre. Iré más lejos: la mayor transgresión que puede encontrarse en esta saga hacia el espíritu de pura evasión que la hace ser lo que es reside precisamente en el interés que muestra La última cruzada por explorar la psicología de un héroe cuya eficacia reside en gran parte en su bidimensionalidad, en dejar que su humanidad se refleje tan sólo en su vulnerabilidad física. Sin embargo, con la entrada en escena de Henry Jones Sr. y de los habituales traumas paternos del cine de Spielberg, Indiana Jones se muestra tridimensional, humano y lleno de carencias emocionales. Haber visto esta película desde más o menos el mismo momento que empezaste a hablar naturaliza la situación e inhibe tu juicio crítico, es perfectamente comprensible. Sin embargo, si dejamos por un minuto de recrearnos en la autocomplacencia de nuestros felices recuerdos de infancia y hacemos el esfuerzo de observar el cuadro completo, descubrimos que la idea está fuera de lugar, y de un modo espectacular. La mera posibilidad de que Indiana Jones tenga familia, como tú y como yo, es un disparate. El quid está en que la transgresión no implica un fracaso automático, y hay buenas razones para amar el inesperado giro introspectivo que ofrece La última cruzada: Henry Jones Sr. es un personaje magnífico e inusual, Sean Connery hace posiblemente la mejor interpretación vista nunca en esta saga y la relación entre él y su hijo no sólo es maravillosa, carismática, divertida y creíble, sino que de algún modo se integra con toda fluidez en la cacería por una copa que convierte a la gente en volcanes de cera.

No hay nada de esto en los estúpidos gags diseñados para poner a Mutt en el centro de la acción, ni en su genérico arco de rebelde con buen corazón que después de todo aprende a respetar al carca de su viejo, ni en los diálogos forzadamente dinámicos entre ambos, confeccionados para que los identifiquemos como química. Y aún así, no vas a oír a nadie razonar los motivos que realmente separan a los dos intentos de esta saga por explorar a la parientela de Indy. Todo se reduce a que yo conocí esto así, así que está bien, pero esto otro es nuevo y está mal.

Es interesante que, con toda la bilis vertida hacia esta película a lo largo de los años, apenas se ha hecho mención a los que considero sus problemas más graves, esos impropios de un director como Steven Spielberg. Ése es el detalle que más me perturba de toda esta historia. Indy 4 posee suficientes rasgos para destacar entre las otras tres películas de la saga por los motivos equivocados, pero no son éstos los que la han llevado a cargar con tan mala reputación por los siglos de los siglos. Es el equivalente cinematográfico a meter en la cárcel a Al Capone por evasión de impuestos. ¿Monos? ¿Quién tiene tiempo de quejarse de unos monos de goma digital ante la desconcertante decisión de Lucas, Spielberg y David Koepp de diluir al único e inimitable Indiana Jones en una manada de personajes que avanza por la trama a trompicones, movida por circunstancias ajenas a ellos? Indy no tiene apenas capacidad de iniciativa en cómo se van desarrollando los acontecimientos, y se pasa la mayor parte del tiempo prisionero o confundido como un abuelo ante una botella de catsup en el supermercado. Estamos muy lejos del Indiana Jones que siempre tiene un plan o un recurso in extremis, el que sabe exactamente qué hacer incluso ante la Ira de Dios recién liberada de una caja, aunque sea algo tan sencillo como cerrar los ojos. El problema de este Indiana Jones crepuscular, amigo lector, no es que sea viejo. El problema es que está totalmente desdibujado y despojado de su aplomo. ¿Y qué posibilidades tiene una película de Indiana Jones concebida por personas que parecen haber olvidado quién es Indiana Jones?

Que Steven Spielberg ha madurado como director y que sus instintos como narrador han avanzado hacia un lugar alejado del tipo de películas que le dio fama en los setenta y ochenta es algo que nos cuesta aceptar, pero esto no es algo que debamos convertir en su problema como si fuéramos unos niños mimados con un berrinche perpetuo porque el mundo se empeña en no bailar al son de nuestros caprichos. Sobre todo cuando ha habido tiempo de sobra para aceptarlo. Ya en 1993, nuestro incorregible judío fue bastante abierto sobre lo frustrante que le resultaba tener que interrumpir el rodaje de La lista de Schindler en Polonia para supervisar por videoconferencia los efectos especiales de Parque Jurásico. Yendo incluso más atrás, Indiana Jones y la última cruzada es la obra de un hombre distinto al que dirigió las dos aventuras anteriores de Indy, fenómeno explicable si atendemos al tipo de cine que comenzó a cultivar entre El templo maldito y esta tercera aventura. No obstante, seguimos empeñados en que este director de setenta años siga haciendo las películas que hacía con treinta. El programa doble que nos ha ofrecido este año, Los archivos del pentágono y Ready Player One y sus respectivos resultados nos da buenas pistas de dónde están ahora sus instintos, y no pasa nada. Porque lo cierto es que no hemos saliendo perdiendo con el trato. Incluso en un drama periodístico basado en hechos reales, Spielberg sigue mostrándose un maestro de la intriga, de la emoción y de contar historias con la cámara. Ready Player One, en cambio se siente como el penúltimo pagaré de un pacto mefistofélico del que nuestro hombre está deseando librarse para hacer lo que le de la gana sin rendir cuentas a nadie. El hecho de que, en realidad, Steven Spielberg sí puede hacer lo que le de la gana es lo que hace más frustrante que siga cayendo en estos vacuos intentos de recuperar ese otro tipo de gloria de antaño. No hay mucha gente en la industria de Hollywood que pueda permitirse el lujo de hacer caso omiso a las exigencias del fandom irracional que sólo quiere más y más. ¿Qué sentido tiene ceder? Volver a un tipo específico de cine que te dio fama en el pasado, pero sin la intuición y el olfato, conlleva dejarte guiar por las necesidades simples y contradictorias de una masa deforme llena de opiniones y necesidad de atención que sólo sabe expresarse pidiendo más hasta agotar la fuente, para entonces quejarse porque ya sólo sale fango.

Estos son precisamente los débiles cimientos sobre los que se alza Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal y de los que derivan todos sus demás defectos. Unos monos borrosos e ingrávidos no hieren de muerte a una película, ni tampoco un frigorífico con la robustez de un sputnik. Esos detalles tienen más bien la cualidad de la guinda del pastel. Pero una pobre interpretación de la idea de dar al público lo que pide es otra historia. Si La calavera resulta tan extraña, forzada y átona es precisamente por ese deseo de ofrecer lo que los fans esperan de una película de Indiana Jones. Indy 4 parece seguir metódicamente una lista con una serie de supuestos ingredientes que no pueden faltar en una película de Indiana Jones, en lugar de ser puramente instintiva como lo fue en su día esa explosión de creatividad e ideas locas que llamamos En busca del arca perdida. Los cientos de guiños decadentes a las tres películas anteriores delatan la profunda inseguridad de un director que ya no se siente tan cómodo en estos menesteres como antaño y la dolorosa dependencia de esta película del recuerdo de tiempos mejores. Incluso la derivativa La última cruzada evitaba las llamadas de atención literales hacia elementos memorables del Arca y el Templo, obviando esos pequeños ejemplos aislados que estás pensando. El templo maldito y La última cruzada pisaban con seguridad, confiaban en sus propios méritos y apenas se paraban a guiñarte el ojo y recordarte lo mucho que te gustó el Arca Perdida porque tenían demasiado que ofrecer como para perder el tiempo recreándose en el pasado. El templo maldito llega hasta el impensable extremo de obviar el tema principal de John Williams casi por completo hasta los créditos finales; no se me ocurre mejor muestra de la absoluta seguridad en sí misma que muestra esta segunda parte y de lo patéticamente dependiente que, en contraste, se muestra La calavera de cristal. El incoherente regreso de Marion tras una tradición de una chica nueva por película, trasladar la acción a escenarios específicos vistos en películas anteriores, cameos del Arca de la Alianza tan sutiles como Stan Lee soltando un chascarrillo en Deadpool y sí, el lamentable y aleatorio carrusel de repicados musicales son ingredientes destinados no a mantener algún tipo de coherencia tonal, sino a satisfacer los placeres más básicos e inmediatos de ese espectador que sufre en la sala por la posibilidad de no ser el primero en aplaudir y silbar para demostrar a todos los presentes que todo esto realmente va de él, no de Indiana Jones. Porque si la inseguridad y la sobredependencia nostálgica son los inestables cimientos de Indy 4, la cada vez mayor intransigencia de la cultura fan es el barro sobre el que éstos se levantan.

2008 debió ser el año de Indiana Jones, y que me cuelguen si en algún momento concebí la posibilidad de que pudiera no ser así. Pero ocurrió. La mayoría del público tiene sus motivos, yo tengo los míos; pero la única verdad es que ocurrió. 2008 resultó ser, en términos inmediatos, el año de la mayoría de edad del Batman nolanero; y en perspectiva, también el año en el que comenzó el que a nivel industrial sea probablemente uno de los experimentos comerciales más influyentes de la historia del cine —y otra ristra de películas espectacularmente calculadas e inertes, sólo que éstas gustan—. Entre tanto, Indiana Jones fue referenciado en el aborto pseudoparódico que Aaron Seltzer y Jason Friedberg, los nietos de Hitler, se sacaron aquel año de sus anos putrefactos, Disaster Movie. Y es culpa de absolutamente todos.

En cualquier caso, tengo buenas noticias para cerrar con una nota dulce. Y es que no hay que preocuparse, querido amigo. En un par de años máximo, Indiana Jones volverá a la carga y Kathleen Kennedy se asegurará de que sepamos que esta vez, ESTA VEZ, se nos dará exactamente lo que pedimos y queremos, no como en ese paso en falso de 2008. No se cometerán los mismos errores. Se nos escuchará y se tendrán en cuenta nuestras opiniones. Seremos como siete mil productores ejecutivos no acreditados, todos con valiosos puntos de vista. Quizá se traiga de vuelta a Harrison Ford para un último viaje —siempre tras convencernos de forma intensiva de que absolutamente nadie es imprescindible, que Indiana Jones es un símbolo que va más allá de la cara del actor que lo interpreta y que nada tan absurdo como la muerte de un saco de carne debería impedir que una saga viva hasta la caída de la civilización occidental—. Habrá total transparencia, se nos tendrá al tanto de los progresos de la producción, tendremos la garantía de que nos reencontraremos con nuestros personajes favoritos de esta saga, disfrutaremos de guiños de ésos que traen de vuelta lo mejor de los viejos tiempos y hallaremos todos los ingredientes que hacen a una película de Indiana Jones ser lo que es. Han tomado buena nota y han hecho una lista. Sólo hay que seguirla metódicamente.

SarcasticImaginaryGalago

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8 comentarios sobre “Indiana Jones y los diez años de quejas estúpidas

  1. “Indy no tiene apenas capacidad de iniciativa en cómo se van desarrollando los acontecimientos, y se pasa la mayor parte del tiempo prisionero o confundido como un abuelo ante una botella de catsup en el supermercado”. Esto fue lo que más me desconcertó de la película, parecía que tenían que arrastrar al personaje hacia la siguiente escena siempre a través de situaciones muy forzadas.

    Buen texto, bastante de acuerdo. Sólo he visto la película una vez, en el cine cuando se estrenó, y no la recuerdo mala pero sí muy desganada y mal dirigida. Hubo cosas que me gustaron bastante, la mala de la peli, que se ambientase en los 50 y que el trasfondo fuesen los alienígenas (aunque no se desarrollase demasiado bien)… en general la primera mitad de peli me gustó.

    Lo de Spielberg es algo que he discutido con mi hermano en alguna ocasión: es un hombre mayor con otros intereses que quiere hacer Lincoln y no Parque Jurásico, y exigirle lo segundo sólo lleva al desastre XD.

    Gran juego Fate of Atlantis por cierto, es perfectamente jugable a día de hoy: muy bien diseñado, historia guay, bonitos gráficos y musicota. Masterpiece.

    1. ” es un hombre mayor con otros intereses que quiere hacer Lincoln y no Parque Jurásico, y exigirle lo segundo sólo lleva al desastre XD.”

      Qué bien sintetizado lo que a mí me ha llevado párrafos explicar. Salvo el xd, claro, que yo no gasto de esas cosas.

      El Atlantis es droga para mí. Hasta un punto que me da vergüenza reconocer.

      1. Yo empecé a ignorar el consenso de gustos frikis precisamente al descubrir que El Templo Perdido es una peli mala e indigna en la trilogía original según la gente de Internet, porque de hecho es mi película favorita de todas. No cambiaría nada de ella, de hecho me flipa que Spielberg con la fama de Flanders que tiene dirigiera algo tan bestia jajaja.

  2. Indiana Jones IV es una mala película, punto. Lo que sucede es que en los tiempos que corren criticar se ha convertido en sinónimo de destrucción y cualquier mal film se le cuelga el san benito de abominación lovecraftiana del celuloide (creo que esa denominación solo se la he puesto a Escuadrón Suicida). A mi la cuarta iteración del Doctor Jones me decepcionó. Como tu bien indicas, se notaba una peli perdida, desganada y muy malograda en todo lo que pretendía, aunque tenía sus cosillas. Las escenas de peleas y persecuciones estaban rodadas con un pulso clásico que, para la época de la cámara inquieta, me gustaron mucho. También tenía el planazo del hongo nuclear y la villana, toda una delicia de Cate Blanchett que te derrite con una sola mirada. Pero si, todas esas virtudes se pierden entre tantos desaciertos.

    Sobre la opinión de la gente en Internet, yo que se. A mi encanta Los Últimos Jevis y sin embargo, me encuentro a peña lloriqueando por haber destruido el canon de la saga al alterar elementos como la Fuerza o al propio Luke Skywalker, cosas que para mi han sido grandes aciertos dentro todo ello de una película repleta de muchos giros y sorpresas inesperados que la hacen mejor que El despertar (pero no que la trilogía clásica, claro). En cuanto a las precuelas, a mi me entretuvieron tanto La amenaza fantasma como La venganza de los sith cuando las vi de chaval. El ataque de los clones me aburrió tanto en su día que no la he vuelto a ver, y creo que seré muy feliz sin hacerlo. Las otras dos, sin embargo, he vuelto a verlas y pese a sus evidentes fallos, creo que tienen cosillas redimibles, digo yo, claro.

    El ultimo párrafo es algo irónico, verdad?

    PD: Te dejé un pedazo de comentario en el articulo sobre los coleccionables de Dinosaurios. Por que no ha salido?

    1. Incluso no llegando a pensar que Indy IV es mala, estoy de acuerdo contigo esencialmente en todo. Sobre el episodio VIII, pues qué decir, no creo que ‘alterase’ nada de forma incongruente. Más bien creo que exploraba otras facetas de la Fuerza implícitas en todo lo que ya sabíamos antes, pero que claro, una vez señaladas abiertamente llevan a cierta desmitificación. No creo que destruya cosas que sepamos, sino que construye sobre lo que sabemos, sólo que lo que construye es inesperado y fuera de la zona de confort del fan de mierda. Sobre Luke mejor no digo nada, ya he asumido que a la peña le da igual el tiempo que haya podido pasar desde la última vez que te encontraste con un personaje querido, quieren que sea el mismo tío como si se hubiese metido en aceite en cuanto dejaste de mirar. No lo soporto.

      El último párrafo… pues sí, justamente.

  3. Lo que crea tanto rechazo en la escena del frigorífico no es tanto la puesta en escena o la credibilidad desde un punto de vista lógico como el hecho de que el mismo concepto se sale de unas reglas para las que el cine nos lleva manipulando mentalmente años. Llevamos décadas viendo a los actores sobrevivir a todo tipo de caídas imposibles, mientras que el fuego nuclear siempre se ha ligado a la extinción de la raza humana y la muerte inmediata. Había un nombre para este fenómeno, pero ahora soy incapaz de recordarlo.

    1. Me parece una explicación super interesante que ni me había planteado, pero tengo mis reservas. Es cierto que el cine ha ido creando un código de símbolos durante ciento y pico años, del mismo modo que asociamos el rojo al peligro y el verde a la seguridad. Pero Indy precisamente busca ‘protegerse de’, lo que no contradice nuestra noción del fuego nuclear como signo de devastación (del mismo modo que el precipicio = el abismo = la perdición, pero aceptamos que un personaje trate de no caer por él e incluso que tenga éxito). Sigo pensando que el desprecio del mal CGI por las leyes más básicas de la gravedad (la ingravidez fantasmagórica de los objetos virtuales, que parecen no pesar nada) es el culpable principal de que la cosa se vea tan, tan inverosímil.

      Por cierto, la línea telefónica de su carnicería se cruza con la de mi castillo y ya estoy harto. ¡A paseo, señora!

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