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Roselló Rant: Sobre los Goya

Aquí en The R Lounge no me gusta hablar de cosas tan coyunturales como las galas de premios, ni tampoco suelo escribir entradas cortas. Hoy voy a hacer las dos cosas, porque anoche me llamaron la atención tantas cosas, mejor dicho, tantos síntomas, que tengo el deber moral de compartir mis valiosas impresiones contigo, amigo lector. La isla mínima arrasó, El niño pudo destacar en los premios técnicos, Magical Girl perdió, el presentador de la gala se llevó un premio gordo –y un Goya también, you know what I mean– y Mortadelo y Filemón vencieron a Ratatoing y su secuela. Pero más allá de todo eso, la gala de anoche de los premios Goya fue una gala en la que hay que destacar:

¡Gorrión!
¡Gorrión!

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Roselló Rant: En la cola del preestreno

Ayer, sábado, me levanté a las nueve menos cuarto de la mañana para ponerme en una cola frente a la Fnac y pillar una entrada para el preestreno del nuevo Godzilla. Habrá a quien esta afirmación no le parezca una proeza, a fin de cuentas a esa hora ya brilla el sol, y probablemente tengan razón; pero a mí me cuesta mucho levantarme más allá de esas horas en fin de semana –o cualquier día– y los pocos días que consigo dormir en condiciones sin levantarme anormalmente temprano son pocos, así que lamenté especialmente tener que arrastrarme de la cama y salir a un entorno hostil precisamente ayer. Si no sabes cómo funciona esto de los preestrenos de la Fnac, lo explico: de tanto en cuando la Fnac manda un pequeño y misterioso sobre negro sin remitente ni información ni logotipos –tan sólo de vez en cuando una esvástica dorada– a sus socios. Éste contiene una nota informativa sobre algún próximo preestreno exclusivo para el que se repartirá gratuitamente un número limitado de entradas en cada Fnac de España un día concreto y a una hora concreta. Tan sólo hay que hacer cola y confiar en que las entradas no se acaben antes de que te toque a ti. Luego, ya que estás allí puedes darte una vuelta por la Fnac y comprar cosas, eventualidad que sin duda es una feliz consecuencia no premeditada por la empresa.

En este caso la película era, como ya he dicho, las nuevas aventuras americanas del viejo Godzilla, esta vez sin crías avelocirraptorizadas ni chivos expiatorios francófonos ni el 66’6% del reparto masculino de Los Simpson. La fecha, ayer sábado. La hora, las once de la mañana; y el lugar… la Fnac que más cerca te pille. En mi caso esa Fnac era la de la Castellana –trágicamente reducida a dos plantas hace poco–. Daban veinte entradas y ni una más, así que estar allí a las nueve y cuarto para conseguir una parecía lo adecuado. Y aun así fui justito, cuando llegué la cola ya era respetable. Conté: menos de veinte personas. Suficiente. Iba a estar casi dos horas allí, pero tenía a mi buen amigo El Libro para hacerme compañía y en cualquier caso la espera parecía merecer la pena. Tenía –tengo– muchas ganas de ver al Dios de los Monstruos tragando a su pesar las mentiras de The One Who Knocks acerca de sus desapariciones en mitad de la noche y preguntándose de dónde ha salido el dinero para el tratamiento para el cáncer que probablemente no haya sido accidental –recordemos que Godzilla es un ser radiactivo–.

Sin embargo, cuando finalmente llegó la hora, las entradas se acabaron exactamente dos personas por delante de mí.

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Si Walt levantara la cabeza

Hail Powerline, querido lector. ¿Has visto ya Frozen? ¿Sí? Estupendo, porque yo también. Y no sé tú, pero yo me hallo desconcertado. El crítico de a pie le dedica sus adjetivos más sensuales, el fan de a pie insiste por enésima vez en internet en que la nueva Edad de Oro ya está aquí y el John Lasseter de a pie sigue siendo alabado como el Salvador del legado de Walt Disney. Y yo no puedo evitar preguntarme: ¿se ha vuelto loco todo el mundo? La nueva Edad de Oro apesta sospechosamente a podrido desde el momento en el que empieza a hablarse de ella antes de que lleguen las películas que traen consigo esa nueva era y no después, John Lassetter se dedica a despedir a todo director que insista más de lo conveniente en un punto de vista artístico vagamente arriesgado y por culpa de una serie de males que tienen su raíz en esta dictatorial política convencionalizadora Frozen es, dicho claramente, una mala película.

¿Qué pasó con ese tono oscuro que nos prometían hace un año?

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Un fan solitario

Si tú, querido lector, has seguido detalladamente mis aventuras en la red desde que abriese este exquisito blog hace ya casi cuatro años –cuando los cardados, las hombreras y las mujeres que luchaban por introducirse en el computerizado mundo de los hombres estaban a la orden del día– habrás deducido que me gusta bastante Walt Disney. No siento vergüenza al decir que de las cien entradas –sí, cien exactas– que he escrito hasta ahora me quedo con mucho con las que versan de un modo u otro con las películas Disney. Me lo paso como un enano escribiéndolas, me divierto tergiversando datos sin atisbo alguno de moral, paladeo la fluidez con la que manejo la información sobre el vastísimo universo de la animación del tío Walt y hasta me río autocomplacientemente con las ocurrencias iconoclastas que me van saliendo al tiempo que tecleo. Dios, ¿puede existir un tipo más odioso? Sí, tú, por ejemplo, con tu asquerosa condescendencia y tu cara de mono.

Pero mientras que en mi casa, frente a mi ordenador y rodeado de chicas que bailan frenéticamente en sus bikinis de lunares, soy feliz disertando sobre los primeros y relativos vestigios de feminismo que pueden intuirse en Cenicienta, sobre la descompensación entre forma y fondo de La bella durmiente o sobre si Jasmine Esclava le da o no una patada en el culo a Leia Esclava (se la da), en el mundo real soy, en lo que se refiere a este tema, un ser sombrío y frustrado.

La esclavitud: un mal reprobable, pero sólo en ocasiones.

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El Propósito de Año Nuevo de Miguel Roselló

Creo no ser excesivamente temerario al señalar a Helen Fielding, Bridget Jones mediante, como la principal culpable de que tantísimas personas se dediquen a lanzar propósitos de Año Nuevo como un obsesivo mantra para empezar a ignorarlos casi antes de haber tenido tiempo de arrancar la hoja de enero del calendario y encima regodearse en ello. El anónimo Pedro (el mismo que se pasea por su casa) da un puñetazo sobre la mesa el 1 de Enero de 2034 y pone a Dios por testigo de que va a dejar de una vez los cigarrillos espaciales; pero para el 25 de Enero Pedro descubre con gran sorpresa que no sólo no ha dejado los cigarrillos espaciales, sino que su consumo de los mismos ha aumentado. Esto, que debería ser motivo de humillación y sentimiento de fracaso, es para Pedro una divertida anécdota que contar con los colegas en la próxima excursión a algún lago lunar, anécdota que sin duda uno de sus amigos coronará con un alegre “¡qué personaje!” remozado con las risas de los demás.

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Deja de proponerte dejar de comer y deja de comer, FOCA.

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El cinéfalo

Hubo un tiempo, no exactamente antes de internet, en el que vivíamos más relajados. Un tiempo en el que no sentíamos la necesidad de rendir cuentas ante nadie, salvo quizá tu grupillo de amigos, acerca de lo que nos gustaba o nos dejaba de gustar. No antes de internet, pero sí antes de las redes sociales. Permíteme señalar la diferencia: salvo que seas muy egocéntrico, tus amigos son tus amigos y tus contactos de red social son tu público. Y frente a un público todos nos volvemos actores. Antes del internet 2.0 nos divertía indagar en nuestras aficiones y aprender cosas nuevas poco a poco. El proceso que nos llevaba de profanos a fans expertos era lento, largo y orgánico; pero lo curioso es que este proceso no era una senda agónica durante la cual sufríamos ante el pensamiento de que en cualquier punto del camino alguien podría averiguar que aún no lo sabíamos TODO sobre nuestra creciente afición pongamos, las Monster High. En 2003 (un 2003 hipotético en el que las Monster High ya están en el mercado), aún está socialmente aceptado no haber nacido sabiendo algo. Ese punto de inflexión en el que tienes un primer e ignorante contacto con tu futura pasión enciclopédica por las Monster High está tolerado. Sin embargo, eso cambió primero con los foros y después con las redes sociales. Al igual que la señorita Trunchbull clama no haber sido jamás una niña, en el mundo 2.0 pretendemos borrar con vergüenza que hubo alguna vez un pasado en el que no lo sabíamos TODO acerca de las Monster High. Que Draculaura está saliendo con Clawd, el atractivo hermano mayor de Clawdeen, y que en 2012 ha cumplido 1600 años, con el consiguiente merchandising de celebración. Que las Monster se libraron de su principal enemiga del colegio, Becca, cuando a ésta la enviaron a otro intituto en el cuarto libro de la saga (en la serie de televisión no sale).  Que Cleo no fue concebida como una de las protagonistas sino que fue dejando atrás su rol negativo poco a poco con el paso de los libros.

Team Cleo. Get over it. O sea.

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Chicas… ¿al poder?

Hace no mucho un amigo (el Consigliere) y yo estábamos enzarzados en una discusión bastante interesante sobre las diferencias que hay entre Joan y Betty, de Mad Men. Son personajes muy complejos ambos, de modo que se puede debatir mucho acerca de su personalidad, de su forma de afrontar su condición de mujer en un mundo masculino, de sus psicologías y su comportamiento, bla, bla, bla. Not funny business, vaya. Y obviamente en algún momento salió el tema de cuál de las dos está más buena. ¿Por qué no? Estábamos hablando de todo lo que respectaba a los personajes. Sin embargo, aquello fue suficiente para provocar la indignación de una persona que ignoró por completo el resto de la conversación y que sólo supo ver un asqueroso comentario machista rodeado de palabrería que se podía omitir convenientemente. No había ningún motivo lógico para sentirse ofendido, pero ocurrió.

Y ahora, entremos en harina. Harina de amasar. De hacer pasteles. Cosas de mujeres, unga, unga.

Por si no quedaba claro, TEAM JOAN.

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