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La evolución gráfica de Mortadelo y Filemón

28 Nov

Uno tiene sus mentores. Focos de inspiración que le guían por el camino de la virtud y condicionan la mayoría de cosas que hacen a lo largo de su penoso avance por el ciclo vital. Por supuesto, con mentores no me refiero a caras célebres que uno escoge voluntariamente, como si te dieran un catálogo lleno de nombres y un boli para marcar con una cruz todos los que creas necesario demostrar que admiras en un vergonzoso intento de crear una imagen de ti mismo lo más molona posible. Para eso ya existe la página de intereses del facebook. De algún modo no exactamente literal, los mentores te escogen a ti; y con esto me refiero a que los reafirmamos como mentores de forma inconsciente y gradual a través de nuestros actos. Sólo cuando tienes la madurez necesaria para adoptar una postura crítica sobre ti mismo y tu paso por el planeta Tierra eres consciente de quiénes son estos nombres.

Esto es válido no sólo en el campo de las chorradas artísticas; también sirve en lo que se refiere a actos sin más (Gandhi podría ser tan buen mentor como cualquier otro, como bien saben los aficionados a las imágenes motivacionales que contradicen la intención rencorosa y alusiva con la que las publican en la red). No obstante, yo estaba pensando precisamente en las chorradas artísticas.

Pasemos rápido por encima de los delirios de grandeza: yo me dedico a pensar, a dibujar, a escribir, a representar teatro, ocasionalmente a rodar cortos y, en la sana tradición de Roger Rabbit, a hacer reír de un modo u otro. Todo esto, sobre todo lo último, es ridículo decirlo de uno mismo si nadie te ha preguntado (“hola, me llamo tal, tengo un blog”) pero sirve para ilustrar el hecho de que yo también tengo mis mentores.

Mentor y pupila, y quien piense otra cosa sencillamente no entiende la maldita serie.

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Batman y Christopher

24 Jul

Creo que todos estamos de acuerdo en que la era del cine de superhéroes que estamos viviendo (¿sufriendo?) actualmente empezó en 2000 con el estreno de X-Men. No es la primera, desde luego. Algún día alguien debería hacer justicia a esa curiosa era de los superhéroes cinematográficos que fue los noventa, que si bien no consiguió ser tan mediática como la actual, puede presumir de verdadera heterogeneidad. El Batman de Burton dio oportunidad de brillar a proyectos tan variopintos como El castigador, Rocketeer, Dick Tracy, Spawn, The Phantom, Steel, Blade e incluso el inédito Darkman salido de la mente de Sam Raimi. Apenas lo consiguieron, pero no se puede negar el eclecticismo que destila el conjunto. Y eso sin mencionar la caterva de ¿estrellas? que encarnaron al justiciero de turno. Atentos, que aquí hay clase: Dolph Lundgren, Billy Zane (alias Malo de Titanic), Billy Campbell y Shaquille O’Neal son nombres que todos incluiríamos sin dudar en nuestra película soñada. Bueno, el de Lundgren quizá estaría de verdad.

Schumacher tenía planeado para 1999 una nueva propuesta para tatuarte tu musculoso brazo de motero.

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No exactamente una crítica de “Los Vengadores”

30 Abr

Estáis a punto de leer una superficial crítica conjunta de Los vengadores y pseudoprecuelas por parte de alguien que no tiene ni puñetera idea de superhéroes. El caso es que yo tengo una opinión muy firme al respecto de comentarios tipo “es que esto es para fans” o “para disfrutar esto de verdad hay que haber leído tal cosa”. Acepto que determinadas películas que adaptan series, cómics, libros o lo que sea, pueden tener un atractivo extra para el fan de la fuente original que estará inevitablemente fuera del alcance del otro espectador, ése que no tiene ni idea del material adaptado y que simplemente quiere ver una película decente. Pero nótese que he dicho “un atractivo extra”. Extra, que no determinante. Yo pago mi entrada para ver la peli de Las supernenas y me lo paso pipa viendo en pantalla grande a Pétalo dando de hostias a Mojo Jojo, pero si alguien que no haya visto en su vida Las supernenas va a ver la peli y se aburre es que algo va mal. Una adaptación no debe depender de la fidelidad de sus fans hacia el material original para ser vista como cine competente. Por mucho que se trate de una adaptación, una película debe mostrarse como un producto de calidad, completamente independiente de la colección de cromos, atracción de Disneylandia o urinario público en el que se base. Si conocer la obra original es un factor determinante para disfrutar la película, entonces no cabe duda: estamos ante un fracaso artístico. Pensemos en Watchmen, cuyo relativo fracaso artístico venía en gran parte motivado porque el que no se había leído el cómic de Moore y Gibbons no entendía la mitad de lo que pasaba en pantalla. Peor aún, los agujeros que sólo podían justificarse con eso de “es que esto es para los fans del cómic” eran groseramente visibles para cualquiera. Sigamos con Alan Moore, ya que le hemos nombrado. V de Vendetta, la peli, es francamente dolorosa como adaptación del cómic original, pero independientemente de la novela de Moore y Lloyd, James McTeigue rodó una estupenda película que cualquiera puede seguir y disfrutar sin tener la fea sensación de que se nos está impidiendo el paso a una especie de zona VIP reservada sólo para unos pocos.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Que me he equivocado de película?

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Adaptando a Tintín: No hay huevos

1 Nov

Hace unas cuantas noches pude comprobar que no sólo es posible adaptar satisfactoriamente los álbumes de Tintín al lenguaje cinematográfico, sino que incluso se pueden mejorar en algunos aspectos. Me explico: El secreto del unicornio era un cómic en el que la auténtica chicha estaba en la trama dentro de la trama, una historia de piratas y tesoros relatada por un capitán Haddock que sólo se levantaba de la silla para agredir a la lámpara del techo. De este modo, los personajes a los que queríamos ver en acción no hacían nada salvo contar la historia de otros, mientras que era un desconocido, por muy antepasado de Haddock que fuese, el que se llevaba la mejor parte de la aventura. El cangrejo de las pinzas de oro, por su parte, es una trama de aventuras sólida en la que Tintín salta de un escenario a otro y de un peligro al siguiente, sucediéndose éstos por casualidad en bastantes ocasiones. Sin ir más lejos, el mítico primer encontronazo con Haddock en los camarotes del Karaboudjan se da por pura potra, igual que podría no haberse dado; y la incorporación del marino a la peripecia de Tintín es una cuestión de mero “no tengo nada mejor que hacer y el whisky se me ha acabado”. Y en esto llegan Steven Spielberg y Peter Jackson, escudados por Edgar Wright y Steve Moffat (y un tercer guionista que no sé quién es), y entre todos juntan ambas historias como por arte de magia, para que cada una se beneficie de las fortalezas de la otra. De este modo, el punto de partida del álbum El secreto del unicornio desata la trama de lo que conocemos como El cangrejo de las pinzas de oro, con un sencillo cambio de McGuffin de por medio (las latas de conserva por la maqueta del barco). De esta forma los elementos de la trama dirigen a Tintín desde el primer momento hacia el capitán Haddock, descendiente del caballero de Hadoque y por tanto única persona capaz de encontrar el secreto que se esconde en la maqueta que anda saltando entre las manos de los buenos y los malos. El cangrejo de las pinzas de oro, por su parte, contiene más de un momento en el que un Haddock hasta las cejas de Loch Lomond ve alucinaciones y espejismos; alucinaciones que la película aprovecha para introducir inteligentemente los flashbacks del antepasado del capitán que ocupan casi la totalidad del cómic del Unicornio, sin que la acción se tenga que detener forzosamente por ello. Lógicamente, la combinación se completa con el desenlace de El tesoro de Rackham el Rojo, continuación de la historia iniciada en El secreto del Unicornio. En términos de adaptación, hemos asistido a una película magistral.

Después de exahustivas pruebas científicas relacionadas con sombreros, se revelaron como los candidatos idóneos para adaptar a Tintín.

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La portadas chapuceras de Mortadelo y Filemón

16 Ene

Mortadelo y Filemón mola, y ha molado siempre. Desde que tengo uso de razón he tenido cómics de Mortadelo en mis manos. El primero, Misión de perros. Y más mola ahora, cuando me conozco los entresijos que hay detrás de su creación y su desarrollo, gracias al libro El mundo de Mortadelo y Filemón (una auténtica joya que leo y releo varias veces al año) y al foro de la T.I.A. Años creyendo que lo sabía todo sobre las criaturas del maestro Ibáñez y resulta que había millones de datos y anécdotas ocultas que desconocía. Este redescubrimiento tuvo lugar hace como tres años, y desde ese momento, montones de cosas cobraron sentido: por qué los cómics fechados en la segunda mitad de los ochenta estaban tan jodidamente mal dibujados, a qué venía esa estructura episódica a cuatro o seis páginas tan característica, por qué llegado un punto las páginas contenían cuatro y no cinco tiras de viñetas, qué demonios pasó cuando Ibáñez dibujó El sulfato atómico para que fuese tan diferente del resto de su obra, por qué algunas historietas cortas autoconclusivas parecían haber sido chapuceramente enlazadas con la inmediatamente anterior mediante un bocadillo mal introducido…

Todo este rollo viene a cuento de una de las cosas más curiosas (y bochornosas) que descubrí durante los primeros días de mi periplo por el foro de la T.I.A (Técnicos en Investigación Aeroterráquea, ¡ya no lo explico más!): el reciclaje de portadas, una de las chapuzas recurrentes de Bruguera durante el periodo que tuvo en su seno a Mortadelo, a su jefe y al padre de ambos (Ibáñez, lo digo más que nada para evitar confusiones). Resulta que Ibáñez trabajaba a destajo para Bruguera, dibujando a un ritmo endiablado de tropecientas páginas por semana (y las dibujaba, no era como Vázquez, que entregaba una página dibujada y debajo, todas las demás en blanco). El pobre hombre, como la mayoría de nosotros, tenía (tiene) un límite; así que a veces la editorial, en lugar de encargarle una portada nueva, agarraba una vieja y la reutilizaba. Bueno, si la cosa se limitara a reutilizar, no estaría perdiendo ahora mi tiempo contándolo. Mira tú qué cosa, las reutilizaban, hay que ver qué malos eran. Pero no es el caso. En Bruguera no se contentaban con reutilizar, sino que ponían a un empleado cualificado (un mono) a convertirlas en algo nuevo, o al menos, que lo pareciese. Y es ahí donde se vislumbra el origen simiesco de nuestro empleado cualificado, porque de otro modo no se explica el nivel de cutrez (¿cutrez? ¿Existe esa palabra?) de los resultados.

 

Qué irónico.

 

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Debes vengar mi muerte, Kimba… Estooo, Simba

24 Dic

Hay temas sobre los que se habla lo suficiente como para acabar asqueado de oír una y otra vez las mismas apostillas sabihondas, incluso dichas exactamente de la misma forma; pero que contradictoriamente necesitan a gritos que llegue alguien que los trate con un poco más de perspectiva, cambiando ligeramente las intenciones y el punto de vista, y añadiendo unas gotitas de reflexión.

Esta vez el asunto concierne a los defensores a ultranza del anime, quienes se frotan las manos con sádica satisfacción al ver cómo El rey león, magno ejemplo del cine Disney de animación (casi unánimemente reconocido como el mejor de la Historia, para el fastidio de éstos) sucumbe ante las denuncias de plagio ante uno de los más clásicos exponentes del parcialmente eclipsado mundo de la animación japonesa. Hablo de Kimba, el león blanco (Janguru Taitei, “el rey de la selva”, vaya), serie de 1965 basada en el manga del mismo título dibujado por Osamu Tezuka en 1950. Ya sabéis de qué hablo. Habéis leído en un millón de páginas diferentes sobre el flagrante y descarado plagio de Kimba, el león blanco perpetrado por Disney (la malvada Disney, la cursi Disney… a ver si nos ponemos ya de acuerdo) en 1994 bajo el título de El rey león. Haced memoria. Ya lo sabéis. Siempre las mismas imágenes-evidencia (Mufasa en el cielo, Simba a punto de caerse del precipicio), las mismas frases despectivas hacia Disney, las mismas faltas de ortografía. Un gran porcentaje de estas páginas están administradas, tal vez por casualidad, probablemente no; por otakus cabreados que manejan la información manipulándola a su gusto y alienando a sus impresionables lectores, que, sin tiempo ni ganas de sacar conclusiones propias, van por ahí contándole a sus amigos que El rey león es un plagio de unos dibujitos chinos, qué fuerte.

Kim-ba! The white liiiiion!

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