Archivo de la categoría: The R Disney

Side-kick Ass

Hay momentos en los que te das asco a ti mismo. Esta desagradable sensación te envuelve cuando en la tele ponen un manipulador anuncio de apadrinar a niños desnutridos de Senegal y, en lugar de cambiar incómodo de canal como haría cualquier persona civilizada, te sale una inesperada carcajada. También surge cuando vas por la calle, un mendigo te pide lastimeramente una moneda y tú miras a otro lado, concretamente a un perro que parece que sí podrías lanzar al tejado más cercano de una patada, porque a la tercera va la vencida. Y también surge cuando por algún motivo empiezas a pensar en la entrañable figura del sidekick de dibujos animados y sólo te vienen a la mente ejemplos sacados de películas Disney. En estos momentos uno se pregunta “¿tan asquerosamente pequeño es mi mundo?”. Me paro a pensar un momento y me doy cuenta de que muchos, muchísimos dibujos animados de los que la mayoría de mis amigos veían de pequeños para mí eran poco más que un desagradable entretenimiento lleno de violencia aburrida y un poco gay. No me gustaba Bola de dragón, no me gustaban los Masters del Universo, y Oliver y Benji me importaban un pimiento. Quizá la única excepción dentro de este universo de héroes atléticos e indiscutiblemente anabolizados eran las Tortugas Ninja (a mí me molaba Rafael), pero era eso, una excepción. No es de extrañar, por lo tanto, que mi repaso mental no saliese del amable y reconfortante mundo Disney y el submundo del Disneyxploit, el el que estoy tristemente versado también (esos animalejos decadentes de La princesa cisne…). Si tuviera que ganarme a los votantes presumiendo de conocimientos en materia de sicarios memorables, sería un digno heredero de Nixon, sudando y farfullando abotargado. “Ehm, uh, yo también quiero expresar mi cariño por ese… uhm, sicario en particular”.

Le pusieron Orko porque la letra O permitía reutilizar las mismas animaciones reflejadas sin que la letra se viera invertida. ¡Filmation, eres incorregible!

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Muertes X-Tremas 2: Esta vez es Disney-personal

La navidad es esa época para soñar y rencontrarnos con nuestras películas de antaño, las que nos hicieron llorar y reír en nuestra niñez y hoy nos llevan a gritar histriónicamente frases como “¿NO HAS VISTO POCAHONTAS? ¡TÚ NO TIENES INFANCIA!”. No es que yo cierre el kiosko Disney durante la época no estival (este blog es buena prueba de ello), pero en estos días me apetece más que nunca revisitar algunas películas Disney tirado en el sillón, a veces las más olvidadas y otras veces las más quemadas por ese infame y cansino reducto que habla del periodo 1989-1994 como si fuera la segunda venida del Hacedor. Es tiempo para ello, sin duda; pero también es tiempo para retomar mi largamente acariciada secuela a una de mis entradas favoritas de este blog, MUERTES X-TREMAS. Combinar dos de mis aficiones como son Disney y las muertes truculentas en el cine no era más que cuestión de tiempo, y el día ha llegado. Hoy me place presentarles, querido público, mi ranking personal de MUERTES X-TREMAS versión Disney. Esta entrada va a ser larga de narices, así que a los paletos que se quejan de que escribo artículos demasiado largos y se sienten más cómodos leyendo cómo sus conocidos anuncian en 140 caracteres máximo lo difícil que ha sido levantarse hoy de la cama, que vayan cogiendo la puerta.

El catálogo de muertes memorables de la Disney, amplificado tras cierta compra multimillonaria.

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Los Cyrus (Vol. 1)

You get the best of both worlds, chill it out, take it slow… Then you rock the show.

–Hannah Montana.

Tal y como se intuye por la letra de la canción, ella vivió rápido y de la misma forma murió. Amy Winehouse, digo. Pero esto no era más que una reflexión aislada. Hoy nuestra protagonista es Miley Cyrus. En pleno 2011 da la impresión de que su fugaz reinado toca a su fin, y aunque aún puede escandalizar mucho más con vídeos cada vez más cercanos al bondage puro y duro, su trono se ha visto más que usurpado por artistas más jóvenes que ella. Como en Eva al desnudo; aunque tras cincuenta años las cosas han cambiado bastante, y las divas decadentes del mundo del espectáculo tienen diecinueve años. Es un mundo cruel, éste del entretenimiento. Miley Cyrus lo está comprobando, y una vez su exiguo arsenal artístico se ha agotado ya sólo le queda el triste recurso de enseñar cacho en sus vídeos y mostrarse al mundo como una buscona de tercera de cuerpo recauchutado (su cara ya comenzado el proceso de erosión plástica). De la fructífera hornada del 92 ella fue la primera en ser tocada por el dedo mágico del imperio Disney, pero también la primera en oscurecerse. El mercado latino (perdón, sudaca) norteamericano es cada vez más importante, y ahí está como prueba el éxito de las dos estrellas de Disney Channel inmediatamente posteriores a Miley: la drogata Demi Lovato y mi futura esposa, Selena Gómez. Con los Jonas Brothers prácticamente fuera de combate, el resto del pastel se lo reparten el ultracarismático Justin Bieber (heredero de Kurt Cobain, recordemos) y la recién llegada del pecho de su madre Rebecca Black. A Miley sólo le queda observar desde un rincón, con un vaso de brandy en la mano y un torcido gesto de desprecio en su cara prematuramente arrugada y sobremaquillada. En su mirada se pueden ver los recuerdos. La añoranza por tiempos mejores, y una reflexión sobre los vaivenes de la vida. Y pensar que todo podría haber sido completamente diferente por un leve giro del destino.

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Lo que importa es la anchura

Hay quien me dice que estoy obsesionado con el asunto del formato de las películas. No, no me refiero a si te has bajado un flamante mkv o un cutre mpg. Me refiero a la proporción de la imagen. Números que para el lector medio de este blog no son más que un barullo incomprensible son para mí la causa de noches en vela, de búsquedas interminables en imdb y en definitiva, de sufrimiento. No comprendo como un elemento tan determinante en la composición visual de la imagen e incluso en el impacto psicológico que produce la película en el espectador pasa tan desapercibido o es directamente desdeñado. Pasa desapercibido para el público que no se detiene a fijarse si lo que está viendo es una imagen prácticamente cuadrada o un rectángulo tan ancho como su campo de visión, y es desdeñado por los programadores de las cadenas de televisión, a los que no les tiembla el pulso en cortar media película por los lados para evitar esas franjas negras arriba y abajo que por lo visto deben costarles la mitad del share, porque si no, no se entiende esta costumbre tan atroz. O quizá sí. En realidad, a la gente el formato se la repampinfla, a la gente lo que le importa es que no se vean bandas negras que interfieran en su visionado (se trata de un público exigente y sofisticado). Si a Antena 3 no le ha dado por mutilar Indiana Jones y la última cruzada por los lados para que ocupe toda la pantalla y dar lugar a una película protagonizada mayormente por narices flotantes, siempre habrá alguien en alguna parte del globo que, cerveza en mano y pies en alto, gruñirá “niño, quita las rayas negras”. Da igual que para ello haya que estirar la imagen por arriba y por abajo hasta que parezca que todos han sido absorbidos por el poder del Arca de la Alianza, la cuestión es que las bandas no molesten. Nuestros nuevos y flamantes televisores anchos nos permiten disfrutar de los formatos cinematográficos conservando toda su amplitud, pero el 95% de los hogares (gracias a Estadísticas Inventadas S.L. por los datos) tiene el suyo configurado para que todo contenido rodado en el desfasado formato cuadrado 1.33:1 aparezca estirado por los lados para ocupar toda la pantalla. Homer jamás se había visto tan gordo.

That's the way -aha aha- I like it -aha aha-...

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El Opinador

Pongámonos en situación. Estás navegando por la red como un zombi, buscando cualquier chorrada interesante que justifique el retrasar un día más la próxima entrada de tu célebre blog porque te sientes tan vago que te das asco a ti mismo. Entras en un foro en el que nunca escribes, pero en el que siempre sabes que encontrarás algo nuevo que leer y publicar en otro lugar sin mencionar las fuentes, quedando así como una especie de sabio hechicero al que la información le llega por inspiración divina. Y como todo el mundo anda bastante entusiasmado últimamente con la última princesada de Disney, Rapunzel (que le den por saco al título real), raro es el día en el que un forero no cuelga una crítica que ha encontrado por ahí, para compartirla con los demás usuarios. Hay a quien le gusta la película, y hay a quien no. Y hay críticas bien escritas y las hay que no. Y entonces me topo con esto, que un alegre usuario con ganas de marcha ha tenido ganas de linkear y que me da una perfecta excusa para hablar de algo que me ronda por la cabeza desde hace un tiempo:

Sí, muy bonita, pero no me refería a esto. Seguid leyendo, leches.

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La rotoscopia

El mundo de la animación es fascinante. Que hoy en día haya aún gente que comente en foros cosas como “ah, Toy Story 3 me gustó, y eso que era de dibujitos”, con ese diminutivo que es una de las cuatro o cinco cosas más odiosas de este universo (mención especial para Vince Vaughn y los crocs), es algo que escapa a mi comprensión. No hay nada menos simple que el cine de animación. A veces, por tener un margen de verosimilitud mayor que el cine de acción real, la animación puede servirse de los seres y objetos más insospechados para construir hermosas metáforas cargadas de ingenio sobre el mundo que nos rodea. Conocer la técnica que se esconde tras un proyecto animado implica un enorme respeto por estas hazañas estéticas en movimiento, que entrañan una labor decenas de veces mayor a la de la más compleja de las películas de acción real. Las Capillas Sixtinas del cine se encuentran en la animación, y responden a nombres como The Thief And The Cobbler o La bella durmiente. Y a veces, conocer la técnica te da más de una sorpresa. Crees que el cine de animación se divide simplemente en tradicional y CGI, y te llevas una sorpresa. Aún dentro de cada grupo se pueden seguir caminos muy diferentes para hacer una película. Gracias a JC y a su Avatar es fácil pensar en una de las vías alternativas que se pueden usar en la animación CGI para construir una película: la motion capture, ese proceso mediante el cual los movimientos de un actor de carne y hueso se transforman (vía humillante pijama azul) en una figura digital aparentemente viva, en tiempo real. La animación tradicional tiene su propio motion capture, pero es mucho más laboriosa y se llama rotoscopia.

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Halloween en The R Lounge

I was working in the lab late one night, when my eyes beheld an eerie sight for my monster from his slab began to rise and suddenly to my surprise…

…He did the mash. The Monster Mash, para más señas. Sí, señor, esta noche es esa noche que tantos buenos ratos ha hecho pasar a los críos y no tan críos de Estados Unidos. Ésa que llena de colores y festivos esqueletos de papel maché las calles de México. Ésa que en España da pie a escenas de vergüenza ajena protagonizadas por pequeños gamberros empeñados en importar los aspectos más vandálicos de tan festiva tradición y por mayores que, empecinados en que las únicas fiestas respetables son aquellas en las que hay señores empalados que sangran y efigies de mujeres que lloran y en las que nosotros tenemos que estar muy serios y apesadumbrados, no siguen el juego ni a la de tres. A mí me gusta Halloween, cosa inaudita teniendo en cuenta que gran parte de la gracia de este 31 de octubre está en que vecinos a los que no conoces ni tienes intención de conocer abordan tu casa al grito de “dadnos caramelos” con una confianza casi insultante. Claro que viviendo en el país que vivo, la llegada del 31 de octubre me provoca una malsana inquietud, dada la certeza de que un año más tendré que asistir a ese quiero y no puedo, ese sucedáneo de Halloween que he descrito más arriba, mal inevitable si queremos que algún día España celebre la noche de las brujas tal y como se hace al otro lado del charco. Y si resulta que no quiero asistir, los espíritus de la noche darán buena cuenta de mi puerta con sus huevos podridos. Espinoso dilema.

Screw the pumpkin.

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Walt Disney, los ¿clásicos?

Hoy os brindo una de esas entradas negativas y llenas de malas intenciones que tanto hacen por la buena salud de este blog y que a este paso acabarán siendo las únicas en seguir creciendo en número. Sabido es a estas alturas de la película que soy fan fatal de Disney y todo lo que tenga que ver con ello, ya sea bueno y malo. Disfruto con las mejores películas y adoro destrozar los peores bodrios. No por nada  tengo control casi absoluto sobre las infames secuelas directas a vídeo, desde La bella y la bestia, una navidad encantada hasta Tod y Toby 2. Sin embargo, no toda la mierda está acumulada en este triste submercado doméstico gestionado por monos con corbata. La división animada principal de los Walt Disney Studios también tiene sus puntos oscuros, más de los que parecen a simple vista. Recordemos la llamada “etapa negra”, que abarca desde la muerte de Walt en 1966 hasta 1988, y la verdadera etapa negra, la del nuevo siglo, que hizo evidente que la primera etapa negra no estaba tan mal como creíamos. Como es de esperar en un estudio tan legendario y justamente popular como el que tratamos, a veces los puntos negros son más bien películas fallidas sin más, productos que se quedan por debajo de lo esperado en el sello Disney y que no juzgaríamos con tanta dureza si viniesen de una compañía más humilde o mediocre. ¡Acompáñenme por este apasionante recorrido a través del mágico mundo de los diez peores largometrajes animados Disney, con ilustrativos vídeos que recogen los peores aspectos (o a veces los mejores) de las películas!

Hoy, en Lo Más Bajo...

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El Rey León, en busca del doblaje perfecto

De un tiempo para acá el doblaje está un tanto de capa caída. Las versiones españolas electrizantes de mediados de los noventa e incluso de los primeros años de la presente década (sigue siendo “la presente década” hasta el 31 de diciembre, os pongáis como os pongáis) son cada vez algo más propio del pasado. ¿Razones? Por lo que tengo entendido, las películas (y no digamos ya las series) llegan a los estudios con cada vez menos margen previo al estreno, así que los actores no pueden llevarse a su casa los DVDs (o los laser discs) para estudiarlos con detenimiento y comenzar a adaptarse a los personajes, con lo que llegan a las grabaciones irremediablemente verdes. La paranoia antipiratería (que supongo que tiene algo que ver con lo que acabo de decir) ha llevado a las malvadas distribuidoras a enviar a los estudios de doblaje copias de las películas en las que toda la imagen, salvo las bocas, está cubierta por una máscara negra. He leído a muchos actores de doblaje comentar que para ellos, a la hora de doblar, es más indispensable mirar a los actores a los ojos que a la boca. Perdidos se dobla más o menos así: una semana antes de la emisión de un capítulo en España éste llega al estudio, y en ese tiempo ha de estar doblado satisfactoriamente, usando como referencias las bocas flotantes de Lapidus y otros personajes menos importantes. Si a Abraham Aguilar le fulmina un rayo mientras va al estudio y debe guardar cama una semana, no se le puede esperar. La voz de repuesto de Sayid ha de estar lista para hacer su trabajo y ya se cambiará para el DVD.  Este cúmulo de circunstancias da como resultado un doblaje competente pero carente de esa chispa de genialidad indescriptible que caracteriza a las mejores adaptaciones. A estas lacras hay que sumar oscuros tejemanejes en las distribuidoras, que por alguna razón han decidido que para Infiltrados lo mejor es prescindir de Luis Posada para doblar a Leo DiCaprio, rompiendo una asociación que se remonta a Titanic. Al encargado de dirigir el doblaje en cuestión más le vale aplaudir la decisión de la distribuidora si no quiere ser destituido, como le ha ocurrido a muchos que saben deletrear la palabra “integridad”. En el siguiente vídeo veréis lo que pasa cuando una distribuidora se niega a pagar los derechos de un doblaje para editar un DVD.

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Tiana y el sapo (Ron Clements y John Musker, 2009)

Principales hándicaps de un REGRESO, así en mayúsculas, como el del cine más clásico en forma y fondo de Disney: primero, el afán a cualquier precio de crear “un clásico instantáneo, como lo de siempre” suele terminar siendo lo que resiente el resultado final; y segundo, el afán a cualquier precio de ver “un clásico instantáneo, como lo de siempre” suele terminar siendo lo que distorsiona nuestra percepción y resiente, subjetivamente, el resultado final. Lo primero no lo podemos remediar nosotros, los espectadores, pero lo segundo sí.

Los admiradores que esperaban este regreso con nombre propio como agua de mayo han cambiado, son diferentes aunque no lo acepten, desean con todas sus fuerzas que Tiana y el sapo sea como lo que siempre les ha gustado y se aterran ante la posibilidad de encontrar fallos que hundan esta ilusión, lo que les lleva a mover frenéticamente la vista y el cerebro de un lado a otro de lo que va pasando frente a sus narices en la pantalla, catalogando en cuestión de milésimas cada mínimo aspecto en “esto me gusta” y “esto no me gusta”, convirtiendo la película en un parto más que en una experiencia análoga a aquel entrañable día que fueron a ver Aladdin maravillados. Al salir de la sala hacen mentalmente un matemático balance entre lo que les ha gustado y lo que no les ha gustado, y por consenso de todas las neuronas que pueblan su cerebro, dan un veredicto para finalmente suspirar aliviados o hundirse en la miseria. En el primer caso, la película ha quedado reducida a un incómodo tránsito antes de poder decir “Disney ha vuelto”, y en el segundo lo más probable es que el aparente fracaso de la película sea culpa de haberla afrontado entre sudores, expectativas y juicios precipitados.

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