Archivo de la categoría: The R Disney

Menos cortos, Caperucita

Tenía preparada esta entrada con la esperanza de que sirviese de guiño-homenaje a La dama y la muerte tras su victoria en los óscar, pero como esto no ha ocurrido (tampoco han ganado Wallace y Gromit; ¿pero esto qué es?, dice Matías Prats), nos comemos un rosco y el homenaje se convierte más bien en una cruel ironía.

El corto animado es una parte fundamental del cine. Muchos creadores experimentaron en este formato con las cualidades plásticas y narrativas del cine, dando lugar a productos desbordantes de talento que consciente o inconscientemente, han inspirado al cine convencional desde el principio de los tiempos. Es una mera cuestión de mentalidad alambicada que hoy no solamos ver los nombres de Tex Avery o Richard Fleischer en las clásicas listas de realizadores legendarios, ésas que ensalzan (con razón) a Wilder y a Hitchcock. Se agradecen a John Lasseter (la prueba viviente de que la precipitada caída de Anakin en el Lado Oscuro no era tan inverosímil como decían algunos quejicas) los intentos por devolver el casi inexistente mundo del corto animado a un plano más accesible para el público, pero no bastan los intentos de un solo hombre para lograr esto. Él debería saber mejor que nadie que si hubo una Edad de Oro de la animación en corto eso fue porque había montones de propuestas, muchos cerebros con visiones personales sobre lo que debía ser la animación, varios nombres y estudios potenciando estas pequeñas joyas de siete minutos.

Miradle, el poder le ha consumido.

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Los bodrios que me gustan

Ayer la señorita Belén mencionó repentinamente una película que a lo mejor os suena: Jesucristo cazavampiros. Claro que os suena. Caspa, serie B, despiporre, qué risa. La mención de la película de marras hizo que volviese a mi mente algo que había estado pensando días atrás, y que ahora tendréis que escuchar. Mala suerte, ya sabéis a quién echarle la culpa.

A no ser que tus amigos sean de los de polo de Lacoste, fiestuki por la noche y 40 principales (dejadme catalogar a la gente en paz, llegaremos antes al meollo), te será familiar esta situación: un puñado de frikis (que a día de hoy significa que se descargan Perdidos en inglés) han quedado para hacer un maratón de cine cutre. Pero no cutre tipo George A. Romero, sino cutre-cutre; expoitations ponzoñosos de presupuesto en números negativos, títulos rocambolescos, chistes de vergüenza ajena y casi siempre, casquería y sexo gratuitos. Estos amiguetes, que se caracterizan por ser unos cachondos, en palabras de sus conocidos o de las personas que les ven cantando la canción de Heidi por la calle a voz en grito, tienen fama de ir a su bola. Viven para “echarse unas risas”: lo hacen a todas horas, temen que puedan morir si dejan de reír a cierta intensidad. Y por eso se reúnen para ver cine casposo, para asegurar un suministro de risas frikis que dure unas cuantas horas. Se ríen cada vez que en la película ocurre algo truculento, tenga o no gracia. Es una norma básica. Veneran las películas en inversa proporción a su calidad y les encanta sentir que son unos colgaos que van a su bola porque ven cine de mierda que a nadie le gusta pero que a ellos les provoca la extraña reacción de decir a voz en grito “¡es Dios, es Dios!” cada cinco minutos, fenómeno que, como dice Manolito Gafotas, tiene desconcertados a científicos de todo el mundo.

Qué friki, pone una foto de Heidi en su blog.

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Debes vengar mi muerte, Kimba… Estooo, Simba

Hay temas sobre los que se habla lo suficiente como para acabar asqueado de oír una y otra vez las mismas apostillas sabihondas, incluso dichas exactamente de la misma forma; pero que contradictoriamente necesitan a gritos que llegue alguien que los trate con un poco más de perspectiva, cambiando ligeramente las intenciones y el punto de vista, y añadiendo unas gotitas de reflexión.

Esta vez el asunto concierne a los defensores a ultranza del anime, quienes se frotan las manos con sádica satisfacción al ver cómo El rey león, magno ejemplo del cine Disney de animación (casi unánimemente reconocido como el mejor de la Historia, para el fastidio de éstos) sucumbe ante las denuncias de plagio ante uno de los más clásicos exponentes del parcialmente eclipsado mundo de la animación japonesa. Hablo de Kimba, el león blanco (Janguru Taitei, “el rey de la selva”, vaya), serie de 1965 basada en el manga del mismo título dibujado por Osamu Tezuka en 1950. Ya sabéis de qué hablo. Habéis leído en un millón de páginas diferentes sobre el flagrante y descarado plagio de Kimba, el león blanco perpetrado por Disney (la malvada Disney, la cursi Disney… a ver si nos ponemos ya de acuerdo) en 1994 bajo el título de El rey león. Haced memoria. Ya lo sabéis. Siempre las mismas imágenes-evidencia (Mufasa en el cielo, Simba a punto de caerse del precipicio), las mismas frases despectivas hacia Disney, las mismas faltas de ortografía. Un gran porcentaje de estas páginas están administradas, tal vez por casualidad, probablemente no; por otakus cabreados que manejan la información manipulándola a su gusto y alienando a sus impresionables lectores, que, sin tiempo ni ganas de sacar conclusiones propias, van por ahí contándole a sus amigos que El rey león es un plagio de unos dibujitos chinos, qué fuerte.

Kim-ba! The white liiiiion!

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