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Bella y Bestia no son

29 Mar

Esta historia empezó en 2010. No, en realidad empezó en 1996, cuando a alguien se le ocurrió que las nuevas tecnologías habían avanzado lo suficiente como para epatar al paleto medio con 101 dálmatas convincentemente recreados vía CGI. Como contrapunto humano, se fichó a Glenn Close para que lo diera todo como la Cruella de Vil definitiva. El tiempo ha relegado todo aquello a la categoría de mera curiosidad mencionada de tanto en cuando, el 99% de las veces por boca de alguien que fue crío en aquella época. Las pocas veces que pensamos en aquella película la asociamos a la bufonada inofensiva media que entendíamos por cine familiar a mediados de los noventa. Los perritos en CGI no han quedado sino como una gota más en el océano de las monstruosidades digitales de aquellos terribles años que sucedieron a Parque Jurásico en los que Hollywood se volcó en la creencia de que los gráficos por ordenador habían alcanzado el pináculo de la creación virtual, justo entre los cocodrilos de Eraser y los monos de Jumanji. Muchas buenas palabras se dedicaron al trabajo de Close, palabras merecidas pero en última instancia irrelevantes, dado que veinte años después las aguas han vuelto a su cauce y la mención de Cruella de Vil nos trae a la mente la inmortal creación animada de Marc Davis en 1961 y poco más. Una nueva intentona de tratar de remplazar la perfección en el imaginario popular está a la vuelta de la esquina, con Emma Stone recogiendo el testigo de Close, pero no adelantemos acontecimientos.

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Eso, quedémonos aquí un momento más, para reflexionar sobre cometer los mismos errores dos veces.

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Bienvenida a Hogwarts

28 Nov

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Nacimiento, vida y prematura muerte de Circle 7 Animation

21 Ago

Los siete años que van desde 1999 hasta 2006 son lo que me gusta llamar cariñosamente la Era Stepford de Pixar. Entre estos años Pixar estrenó Toy Story 2, Monstruos S.A., Buscando a Nemo, Los Increíbles y Cars. Exceptuando la crónica postapocalíptica sobre el mundo inmediatamente posterior a la victoria de Skynet que es Cars, se trata de una lista intachable, y nadie podría haber adivinado las dificultades y problemas que estaba atravesando la compañía de John Lasseter entre bambalinas. Son unos años en los que Pixar trabajó incansablemente para dejarnos un producto de excelsa calidad al año, irradiando entusiasmo y amor por el arte de hacer buen cine. Recogiendo óscar tras óscar. Amasando dinero y más dinero. Sonriendo y saludando, como una mujer de Stepford. Y por dentro, lejos de la atención de nosotros los espectadores, pasando por el periodo más oscuro de su existencia. A todos nos ocurriría lo mismo si en el momento culminante de nuestra carrera descubriéramos la existencia de un gemelo malvado que amenaza con destruir todo por lo que hemos luchado y violar nuestro legado. El nombre del gemelo malvado de Pixar era Circle 7 Studios, y su historia, terrible, trágica y plagada de desnudos parciales, merece ser contada en The R Lounge.

De los problemas de Pixar derivados del mal uso de la radiación atómica hablaremos otro día.

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I Believe I Can Act: Cuando Michael encontró a Bugs

20 May

Me hice mayor en 1998. Recuerdo el instante como si fuera ayer. Tenía diez años, y como acostumbraba en aquellas lejanas y despreocupadas tardes de los lunes estaba en casa de mi abuela, viendo dibujos en la salita. No recuerdo si Conan o Azuki. Entonces, en un corte publicitario, pasaron un anuncio de Mulán, la película que la Disney nos tenía preparada aquel año. Sé, amigo lector, que te sientes inquieto ante la posibilidad de un relato de inexperta autoexploración corporal al estilo de las Aventuras Masturbatorias de Sally Draper, así que permíteme tranquilizarte: no es el caso, al menos hoy. Una película en la que la heroína se pasa casi todo el tiempo vestido de hombre no ofrece grandes posibilidades en ese sentido. El spot en cuestión, que llegaron a pasar aproximadamente un millón de veces al día por la tele, insistía en la ¿hilarante? presencia de Mushu a través del momento en el que afirma que él no es un lagarto enviado por los ancestros. “Dragón, no lagarto, yo no hago eso de la lengua”, y concluye haciendo eso de la lengua. En ese instante fruncí el ceño, algo que he hecho tantísimas veces en mi vida desde entonces que me ha dejado cuatro marcas visibles en la frente. En ese instante pensé: “¿por qué tiene que haber siempre un personaje que va de listo y de graciosillo?”. En ese instante me hice viejo.

No es que Mushu fuese el primer secundario graciosete, pero yo no fui consciente de la tendencia hasta Mulán. Ese día de 1998 sufrí una conversión drástica hacia el escepticismo que me llevó a juzgar en retrospectiva todo lo visto hasta el momento y ser implacable con lo que vino después –y recuerdo como el segundo ejemplo más notable a Asno, que ¿casualmente? también era doblado por Eddie Murphy–. Era un niño viejo. Y si este niño viejo hubiera sufrido esa conversión tan solo dos años antes habría inventado internet, twitter y los hashtags por pura necesidad de compartir su sarcástica y necesaria opinión acerca de una película que supuso el epítome del AWESOMEBRO, el urban power y, en definitiva, un desafío al mal gusto. Por supuesto, me refiero a…

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Roselló Rant: Sobre los Goya

8 Feb

Aquí en The R Lounge no me gusta hablar de cosas tan coyunturales como las galas de premios, ni tampoco suelo escribir entradas cortas. Hoy voy a hacer las dos cosas, porque anoche me llamaron la atención tantas cosas, mejor dicho, tantos síntomas, que tengo el deber moral de compartir mis valiosas impresiones contigo, amigo lector. La isla mínima arrasó, El niño pudo destacar en los premios técnicos, Magical Girl perdió, el presentador de la gala se llevó un premio gordo –y un Goya también, you know what I mean– y Mortadelo y Filemón vencieron a Ratatoing y su secuela. Pero más allá de todo eso, la gala de anoche de los premios Goya fue una gala en la que hay que destacar:

¡Gorrión!

¡Gorrión!

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Men At (Dream)Work: ¡Ahora con más Soylent Green!

15 Dic

Esta entrada fue inicialmente escrita en el lejano y retrofuturista año 2010, aquel añorado tiempo en el que veíamos Patoaventuras antes de irnos al cole, merendábamos pan con nocilla, rebobinábamos cintas de casette con la ayuda de un boli Bic y cuidábamos a nuestros tamagotchis con mimo y tesón. Entonces no lo sabíamos, pero Pixar acababa de poner punto y final con Toy Story 3 a su espectacular racha de éxitos artísticos para adentrarse en una era incierta que todos esperamos que termine con el estreno en 2015 de Inside Out. Entre tanto, la Disney experimentaba lo opuesto al comenzar una escalada de éxitos comerciales que culminaría en las pornográficas cantidades de dinero amasadas por Frozen retitulada en The R Lounge como Las aventuras de Anna y Elsa en función de los Estudios de Mercado–; la audacia de estudios como Sony Animation y Laika permitió el florecimiento de propuestas animadas de calidad surgidas de competidores insospechados –una versión corregida y aumentada de las penosas maniobras financieras que en la década anterior trataban de robar un trozo del pastel de los estudios más poderosos con Ant Bully y porquerías por el estilo–; y la domesticación del perro siguió inalterable su curso.

¿Pero qué ha pasado con DreamWorks en estos años? Todo y nada. ¿Todo? Sí, porque han adquirido un ritmo frenético de estrenos que ha llevado a que entre lo más reciente que reseñé en esta entrada en 2010 –Cómo entrenar a tu dragón– y el momento presente han sacado nueve películas, diez si publico esto después del estreno de Los Pingüinos de Madagascar, once si tengo un accidente relacionado con la asfixia autoerótica, paso un par de meses en observación y salgo una vez se haya estrenado Home. ¿Nada? También, porque la irregularidad de estas nuevas películas ya ha dejado suficientemente claro que aquellos atisbos de autoexigencia que empezaban a distinguirse conforme terminaba la década no fue más que un espejismo y que en DreamWorks se conforman con tener algo en los cines con lo que cubrir cada temporada de fiestas, y si sale bien estupendo. Ah, no, una cosa más: DreamWorks está en la ruina.

Somos balleneros y llevamos arpones, más como en la luna no hay ballenas cantamos canciones.

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Eurovisión: edición Disney Bluray (¡por tiempo limitado!)

9 Jul

No es que The R Lounge sea un blog con miles de millones de visitas diarias, pero yo estoy muy contento con lo que hago. Escribo sobre lo que me gusta y como yo quiero, y cuando una de mis entradas gusta, gusta de verdad. El número de visitas se dispara cuando hablo de doblaje –algo que me sigue desconcertando–, y el épico análisis de Goofy e hijo sigue rebotando por las redes sociales incansablemente y provocando risas histéricas y llantos apasionados, lo cual me hace pensar que esta era de reinicios y nuevas versiones es el momento ideal para iniciar la producción de un reboot en pantalla grande de las desventuras de Goofy, Max y el Bigfoot. Más adulto y oscuro, por supuesto. Y con kevlar.

Sin embargo, en momentos como éste me gustaría tener más seguidores. Éste no es un blog lo suficientemente famoso como para justificar un loco concurso con votaciones y todo, así que lo que viene a continuación no será tan emocionante como podría serlo si hubiese dos millones de pajeros pulsando diariamente el F5 frente a The R Lounge, preguntándose con una mueca desesperada si alguna vez volveré a contar anécdotas sobre mi relación adolescente con el porno. Pero igualmente aquí está: el Eurovisión de las portadas Disney.

Este evento cuenta con la aprobación de la ganadora de Eurovisión 1965 France Gall.

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The Big Five: una historia visual (e inusual) (3)

28 Abr

Ahoy, intrépido navegante, si vienes del lugar correcto acabas de bucear por la segunda parte del épico repaso a la historia visual de los emblemas de los estudios de Hollywood. De esos cinco ya hemos desgranado cuatro, y de este modo terminamos con un rápido y nostálgico recuerdo del único difunto, la única baja registrada entre los cinco gigantes del Hollywood clásico. ¡Qué entre King Kong! ¡Que entre la RKO!

RKO

Triste es la prematura muerte del que fuera mecenas de más famoso simio del séptimo arte –y apostar por simios siempre está bien, desde Kong hasta Dunston–, pero más triste es cuando recordamos que dos de las películas más importantes de la historia del cine vieron la luz gracias a la RKO. La primera es aquel proyecto suicida por el que nadie en su sano juicio habría arriesgado su dinero: el VHS, el DVD y el bluray negaron su importantísima contribución sustituyéndolo por el castillo de Buena Vista, pero es justo recordar el bien merecido lugar que tuvo el logo de RKO al comienzo de Blancanieves y los siete enanitos. La segunda es la, digamos, Oficialmente Mejor Película de la Historia, Ciudadano Kane. Todo cambió cuando Orson Welles sacó adelante su película como absoluto dueño y señor de la misma y puso patas arriba la noción de autoría; y fue la RKO quien se lo permitió. Seguir leyendo

The Big Five: Una historia visual (e inusual) (2)

28 Abr

Continuemos con nuestro repaso a la historia visual de los logotipos de los estudios míticos de Hollywood, que al final quise meter más orcos y cosas raras y tuve que dividirla en tres trozos. Una vez resueltos Paramount y la Metro en la primera parte, sigamos con…

20th Century Fox

Si la historia del logo de la Metro te ha parecido poco apasionante, querido y paciente lector, espera a ver la de la Twentieth Century Fox. La vieja y entrañable Fox, la del gigantesco monumento para cuya construcción se expulsaron a tantos indígenas de sus tierras ancestrales. No, no ha cambiado demasiado el logotipo de la Fox en todos estos años, como enseguida podremos ver. Pero antes conviene destacar que en la panda de las Big Five la Fox es el adolescente alocado del grupo, el jovenzuelo inexperto, dado que su nacimiento no se produce hasta 1935. Para que nos hagamos una idea, a estas alturas la Metro ya había tenido tiempo de despedir a un león y empezar a pensar en darle boleto al segundo. Sí, el tiempo es más fácil de concebir en leones de la Metro. Seguir leyendo

The Big Five: una historia visual (e inusual) (1)

28 Abr

Advertencia: La entrada de hoy está eminentemente protagonizada por judíos.

¡Cómo nos gusta el cine! La emoción de introducirnos en un mundo por explorar y de embarcarnos en un viaje espacial que nos llevará a miles de millones de kilómetros de la realidad es una experiencia mágica al alcance de nuestra mano. Durante una hora y media –o tres si quieren avisarnos de que ojo, esto es una película de las güenas– nos olvidaremos del mundo real y soñaremos que formamos parte de una aventura maravillosa junto con los astros de la pantalla que más amamos. Ya desde el minuto uno salta esa chispa electrizante, bastan un par de notas de la sintonía que acompaña al escudo del estudio para que HUELA A CINE. Estos escudos son, desde tiempos inmemoriales, los auténticos anfitriones de las películas, los que te invitan a dejarte llevar y a dejar de mirar a tu puñetero móvil durante dos miserables horas, porque la maldita pantalla de tu iPhone de mierda se ve desde quince filas de distancia. Estos escudos pertenecen, como no, a las factorías de los sueños de las que salen las películas, y ya forman parte del imaginario colectivo… aunque la industria se empeñe en confundirnos con una segmentación corporativa cada vez más desquiciante y con millones de absurdas compañías de logos deliberadamente equívocos que sólo tras diez frustrantes segundos adivinamos como logos y no como la intrigante primera escena de la película.

¿Habrá escondido Jar Jar Abrams en este logo todas las claves para resolver los cabos sueltos de Perdidos, incluidos esos que se explican claramente en la serie pero a internet le da igual?

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