Archivo de la categoría: The R Movies

The Big Five: una historia visual (II)

Continuemos con nuestro repaso a la historia visual de los logotipos de los estudios míticos de Hollywood, que al final quise meter más orcos y cosas raras y tuve que dividirla en tres trozos. Una vez resueltos Paramount y la Metro en la primera parte, sigamos con…

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The Big Five: una historia visual (I)

Advertencia: La entrada de hoy está eminentemente protagonizada por judíos.

¡Cómo nos gusta el cine! La emoción de introducirnos en un mundo por explorar y de embarcarnos en un viaje espacial que nos llevará a miles de millones de kilómetros de la realidad es una experiencia mágica al alcance de nuestra mano. Durante una hora y media –o tres si quieren avisarnos de que ojo, esto es una película de las güenas– nos olvidaremos del mundo real y soñaremos que formamos parte de una aventura maravillosa junto con los astros de la pantalla que más amamos. Ya desde el minuto uno salta esa chispa electrizante, bastan un par de notas de la sintonía que acompaña al escudo del estudio para que HUELA A CINE. Estos escudos son, desde tiempos inmemoriales, los auténticos anfitriones de las películas, los que te invitan a dejarte llevar y a dejar de mirar a tu puñetero móvil durante dos miserables horas, porque la maldita pantalla de tu iPhone de mierda se ve desde quince filas de distancia. Estos escudos pertenecen, como no, a las factorías de los sueños de las que salen las películas, y ya forman parte del imaginario colectivo… aunque la industria se empeñe en confundirnos con una segmentación corporativa cada vez más desquiciante y con millones de absurdas compañías de logos deliberadamente equívocos que sólo tras diez frustrantes segundos adivinamos como logos y no como la intrigante primera escena de la película.

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La equívoca trilogía mafiosa de Scorsese

Desde que en 2006 Martin Scorsese –ese enano loco que se metió tanta droga en los setenta que, en sus propias palabras, cerró la década supurando sangre por el culo– estrenó Infiltrados y le dieron ese óscar a Toda Una Carrera disfrazado de premio a la mejor película, suelo hablar de la Trilogía Mafiosa de Scorsese, trilogía obviamente compuesta por ésta, Uno de los nuestros y Casino. Bueno, yo y muchos, probablemente. Lo último que ha estrenado se llama El lobo de Wall Street y nos lleva a plantearnos muchas cosas sobre la trayectoria mafiosa de Scorsese hasta el momento.

Uno de los nuestros es mi película favorita de mafiosos, la mejor, la más perfecta, incluso por encima de la exquisita pieza maestra de Coppola. Compararlas es tan absurdo como pertinente, porque ambas se parecen como un huevo a una castaña y sus méritos son completamente distintos, pero al mismo tiempo supusieron, con una diferencia de dieciocho años entre las dos, el giro de ciento ochenta grados que el subgénero de gángsters necesitaba en el momento exacto. El padrino es la sobrecogedora historia sobre lo que puede llegar a ocurrir en una familia de reyes –y lo vulnerable que ésta puede llegar a volverse– durante un periodo de sucesión; Uno de los nuestros es la historia de tus vecinos los mafiosos. El padrino es a lo que las mafias reales quieren –e intentaron–parecerse, Uno de los nuestros es lo que son. Scorsese no oculta los aspectos más vulgares y engorrosos de la vida del matarife a sueldo, algo que estaría completamente fuera de lugar en la inmensa tragedia griega de Coppola, y es precisamente eso lo que hace a Uno de los nuestros tan importante, tan necesaria.

Homo Ray Liotta
Que dice mi novia que Ray Liotta se ríe como una marica locuela.

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Si Walt levantara la cabeza

Hail Powerline, querido lector. ¿Has visto ya Frozen? ¿Sí? Estupendo, porque yo también. Y no sé tú, pero yo me hallo desconcertado. El crítico de a pie le dedica sus adjetivos más sensuales, el fan de a pie insiste por enésima vez en internet en que la nueva Edad de Oro ya está aquí y el John Lasseter de a pie sigue siendo alabado como el Salvador del legado de Walt Disney. Y yo no puedo evitar preguntarme: ¿se ha vuelto loco todo el mundo? La nueva Edad de Oro apesta sospechosamente a podrido desde el momento en el que empieza a hablarse de ella antes de que lleguen las películas que traen consigo esa nueva era y no después, John Lassetter se dedica a despedir a todo director que insista más de lo conveniente en un punto de vista artístico vagamente arriesgado y por culpa de una serie de males que tienen su raíz en esta dictatorial política convencionalizadora Frozen es, dicho claramente, una mala película.

¿Qué pasó con ese tono oscuro que nos prometían hace un año?

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Un fan solitario

Si tú, querido lector, has seguido detalladamente mis aventuras en la red desde que abriese este exquisito blog hace ya casi cuatro años –cuando los cardados, las hombreras y las mujeres que luchaban por introducirse en el computerizado mundo de los hombres estaban a la orden del día– habrás deducido que me gusta bastante Walt Disney. No siento vergüenza al decir que de las cien entradas –sí, cien exactas– que he escrito hasta ahora me quedo con mucho con las que versan de un modo u otro con las películas Disney. Me lo paso como un enano escribiéndolas, me divierto tergiversando datos sin atisbo alguno de moral, paladeo la fluidez con la que manejo la información sobre el vastísimo universo de la animación del tío Walt y hasta me río autocomplacientemente con las ocurrencias iconoclastas que me van saliendo al tiempo que tecleo. Dios, ¿puede existir un tipo más odioso? Sí, tú, por ejemplo, con tu asquerosa condescendencia y tu cara de mono.

Pero mientras que en mi casa, frente a mi ordenador y rodeado de chicas que bailan frenéticamente en sus bikinis de lunares, soy feliz disertando sobre los primeros y relativos vestigios de feminismo que pueden intuirse en Cenicienta, sobre la descompensación entre forma y fondo de La bella durmiente o sobre si Jasmine Esclava le da o no una patada en el culo a Leia Esclava (se la da), en el mundo real soy, en lo que se refiere a este tema, un ser sombrío y frustrado.

La esclavitud: un mal reprobable, pero sólo en ocasiones.

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La película más triste del mundo (Vol. 2)

Previously, on The R Lounge…

Con la mansa pachorra que caracteriza a un Terrence Malick, aquí llega la esperada segunda parte de la intensa review de una de las películas clave del cine de los noventa, en una época en la que destacar entre proyectos irreprochablemente rompedores como Pulp Fiction, Trainspotting y Sospechosos habituales era tarea casi imposible. Goofy e hijo lo consiguió, por su subversión de los códigos narrativos del cine de conflictos paternofiliales y sus depresivas escenas con zarigüeyas mecánicas, nunca igualadas después ni siquiera cuando en El pianista un oficial nazi tira a un viejo en silla de ruedas por una ventana.

Cabe comentar que en mi afán ilustrativo de la reseña, a base de fragmentos youtuberos he intercalado prácticamente el 100% de la película en la reseña completa. Así que, querido lector, te propongo que te tomes esta lectura como un relajado entretenimiento de pura evasión. Como dice Alan Moore que hay que disfrutar de los cómics, busca un sillón cómodo, ponlo junto al fuego pese a que me leas desde Sevilla en pleno mayo y, liberándote de las prisas que caracterizan a este mundo informatizado lleno de internet, teléfonos portátiles y automóviles, asúmelo como un visionado audioguiado de Goofy e hijo en el que, como ocurre en las Ítacas, el camino importa más que el destino. Disfruta los vídeos cómodamente mientras alternas con mi rigurosa apreciación de los intensos acontecimientos que muestra la película, detente cuando te apetezca y continúa más tarde. Vamos allá.

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La película más triste del mundo (Vol. 1)

Un chico de catorce años y su hermana de cuatro vagan sin rumbo por el Japón de los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Él se llama Seita, y ella, Setsuko. Setsuko está condenada a morir de desnutrición, pues, por mucho que se desviva por ella, su hermano es incapaz de defenderla del entorno hostil al que han sido arrojados por la sinrazón de la guerra.

Existe una película mucho más deprimente. Una obra cinematográfica en la que todo, absolutamente todo, está orientado a provocar la más desazonadora miseria emocional en el espectador. Esta película, una brutal y descarnada mirada sobre la fracturación de la unidad familiar, la incomunicación generacional y la ingratitud de los senderos de la vida tiene un nombre…

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El Propósito de Año Nuevo de Miguel Roselló

Creo no ser excesivamente temerario al señalar a Helen Fielding, Bridget Jones mediante, como la principal culpable de que tantísimas personas se dediquen a lanzar propósitos de Año Nuevo como un obsesivo mantra para empezar a ignorarlos casi antes de haber tenido tiempo de arrancar la hoja de enero del calendario y encima regodearse en ello. El anónimo Pedro (el mismo que se pasea por su casa) da un puñetazo sobre la mesa el 1 de Enero de 2034 y pone a Dios por testigo de que va a dejar de una vez los cigarrillos espaciales; pero para el 25 de Enero Pedro descubre con gran sorpresa que no sólo no ha dejado los cigarrillos espaciales, sino que su consumo de los mismos ha aumentado. Esto, que debería ser motivo de humillación y sentimiento de fracaso, es para Pedro una divertida anécdota que contar con los colegas en la próxima excursión a algún lago lunar, anécdota que sin duda uno de sus amigos coronará con un alegre “¡qué personaje!” remozado con las risas de los demás.

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Deja de proponerte dejar de comer y deja de comer, FOCA.

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El cinéfalo

Hubo un tiempo, no exactamente antes de internet, en el que vivíamos más relajados. Un tiempo en el que no sentíamos la necesidad de rendir cuentas ante nadie, salvo quizá tu grupillo de amigos, acerca de lo que nos gustaba o nos dejaba de gustar. No antes de internet, pero sí antes de las redes sociales. Permíteme señalar la diferencia: salvo que seas muy egocéntrico, tus amigos son tus amigos y tus contactos de red social son tu público. Y frente a un público todos nos volvemos actores. Antes del internet 2.0 nos divertía indagar en nuestras aficiones y aprender cosas nuevas poco a poco. El proceso que nos llevaba de profanos a fans expertos era lento, largo y orgánico; pero lo curioso es que este proceso no era una senda agónica durante la cual sufríamos ante el pensamiento de que en cualquier punto del camino alguien podría averiguar que aún no lo sabíamos TODO sobre nuestra creciente afición pongamos, las Monster High. En 2003 (un 2003 hipotético en el que las Monster High ya están en el mercado), aún está socialmente aceptado no haber nacido sabiendo algo. Ese punto de inflexión en el que tienes un primer e ignorante contacto con tu futura pasión enciclopédica por las Monster High está tolerado. Sin embargo, eso cambió primero con los foros y después con las redes sociales. Al igual que la señorita Trunchbull clama no haber sido jamás una niña, en el mundo 2.0 pretendemos borrar con vergüenza que hubo alguna vez un pasado en el que no lo sabíamos TODO acerca de las Monster High. Que Draculaura está saliendo con Clawd, el atractivo hermano mayor de Clawdeen, y que en 2012 ha cumplido 1600 años, con el consiguiente merchandising de celebración. Que las Monster se libraron de su principal enemiga del colegio, Becca, cuando a ésta la enviaron a otro intituto en el cuarto libro de la saga (en la serie de televisión no sale).  Que Cleo no fue concebida como una de las protagonistas sino que fue dejando atrás su rol negativo poco a poco con el paso de los libros.

Team Cleo. Get over it. O sea.

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En busca del Valle Inexplicable

Mis cortos favoritos de Pixar son Geri’s Game y Presto. O lo que es lo mismo, el del viejo jugando al ajedrez y el del conejo y el mago. Sin embargo, mi criterio en este caso es un poco injusto. Desde luego, lanzo esta afirmación tremendamente categórica (estos dos cortos son los mejores, y vosotros y vuestras propuestas alternativas estáis equivocados) habiendo contemplado la lista completa de cortos producida por el estudio del Gordo Cabrón desde 1984 hasta hoy, incluyendo esos abortos protagonizados por Mate disfrazado de luchador mexicano, de torero o de gigoló. El problema reside en lo complicado que es valorar con justicia los primeros experimentos animados de Lasseter, ya que esos conglomerados de burdas figuras geométricas generadas por ordenador nos generan un curioso rechazo que desde un primer momento anulan cualquier posibilidad de empatía con nada de lo que en ellos se nos quiera mostrar. Así que estos cortos primitivos, desde Las aventuras de Wally B. y André hasta Knick Knack quedan prácticamente excluidos de una competición en serio. Sin embargo, cabe detenerse en este extraño fenómeno. Sabemos que estas primitivas imágenes generadas por ordenador nos provocan un irrefrenable rechazo. Incomodidad. Incertidumbre. Recelo. ¿Pero por qué? No se trata de una cuestión de elección; estas toscas imágenes CGI nos causan a todos un rechazo que otras recreaciones burdas, como podría ser un torpe dibujo animado de teleserie, no provocan. No nos gustan, desde luego; los ortopédicos movimientos de las superestrellas perrunas de Basket Fever (“por el basket loco estarás”) nos provocan risa y vergüenza ajena, pero en absoluto tienen que ver estas reacciones con el de desagradable e inexplicable rechazo que nos podría provocar una torpe recreación CGI. ¿Qué tiene de especial el CGI para que reaccionemos a ella (o a su peor versión) de forma diferente? Existe una teoría científica que lo explica.

Borroso está bien. Es suficiente. No merece la pena recordarlo con más nitidez.

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