Archivo de la categoría: The R Movies

Batman y Christopher

Creo que todos estamos de acuerdo en que la era del cine de superhéroes que estamos viviendo (¿sufriendo?) actualmente empezó en 2000 con el estreno de X-Men. No es la primera, desde luego. Algún día alguien debería hacer justicia a esa curiosa era de los superhéroes cinematográficos que fue los noventa, que si bien no consiguió ser tan mediática como la actual, puede presumir de verdadera heterogeneidad. El Batman de Burton dio oportunidad de brillar a proyectos tan variopintos como El castigador, Rocketeer, Dick Tracy, Spawn, The Phantom, Steel, Blade e incluso el inédito Darkman salido de la mente de Sam Raimi. Apenas lo consiguieron, pero no se puede negar el eclecticismo que destila el conjunto. Y eso sin mencionar la caterva de ¿estrellas? que encarnaron al justiciero de turno. Atentos, que aquí hay clase: Dolph Lundgren, Billy Zane (alias Malo de Titanic), Billy Campbell y Shaquille O’Neal son nombres que todos incluiríamos sin dudar en nuestra película soñada. Bueno, el de Lundgren quizá estaría de verdad.

Schumacher tenía planeado para 1999 una nueva propuesta para tatuarte tu musculoso brazo de motero.

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Side-kick Ass

Hay momentos en los que te das asco a ti mismo. Esta desagradable sensación te envuelve cuando en la tele ponen un manipulador anuncio de apadrinar a niños desnutridos de Senegal y, en lugar de cambiar incómodo de canal como haría cualquier persona civilizada, te sale una inesperada carcajada. También surge cuando vas por la calle, un mendigo te pide lastimeramente una moneda y tú miras a otro lado, concretamente a un perro que parece que sí podrías lanzar al tejado más cercano de una patada, porque a la tercera va la vencida. Y también surge cuando por algún motivo empiezas a pensar en la entrañable figura del sidekick de dibujos animados y sólo te vienen a la mente ejemplos sacados de películas Disney. En estos momentos uno se pregunta “¿tan asquerosamente pequeño es mi mundo?”. Me paro a pensar un momento y me doy cuenta de que muchos, muchísimos dibujos animados de los que la mayoría de mis amigos veían de pequeños para mí eran poco más que un desagradable entretenimiento lleno de violencia aburrida y un poco gay. No me gustaba Bola de dragón, no me gustaban los Masters del Universo, y Oliver y Benji me importaban un pimiento. Quizá la única excepción dentro de este universo de héroes atléticos e indiscutiblemente anabolizados eran las Tortugas Ninja (a mí me molaba Rafael), pero era eso, una excepción. No es de extrañar, por lo tanto, que mi repaso mental no saliese del amable y reconfortante mundo Disney y el submundo del Disneyxploit, el el que estoy tristemente versado también (esos animalejos decadentes de La princesa cisne…). Si tuviera que ganarme a los votantes presumiendo de conocimientos en materia de sicarios memorables, sería un digno heredero de Nixon, sudando y farfullando abotargado. “Ehm, uh, yo también quiero expresar mi cariño por ese… uhm, sicario en particular”.

Le pusieron Orko porque la letra O permitía reutilizar las mismas animaciones reflejadas sin que la letra se viera invertida. ¡Filmation, eres incorregible!

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No exactamente una crítica de «Los Vengadores»

Estáis a punto de leer una superficial crítica conjunta de Los vengadores y pseudoprecuelas por parte de alguien que no tiene ni puñetera idea de superhéroes. El caso es que yo tengo una opinión muy firme al respecto de comentarios tipo “es que esto es para fans” o “para disfrutar esto de verdad hay que haber leído tal cosa”. Acepto que determinadas películas que adaptan series, cómics, libros o lo que sea, pueden tener un atractivo extra para el fan de la fuente original que estará inevitablemente fuera del alcance del otro espectador, ése que no tiene ni idea del material adaptado y que simplemente quiere ver una película decente. Pero nótese que he dicho “un atractivo extra”. Extra, que no determinante. Yo pago mi entrada para ver la peli de Las supernenas y me lo paso pipa viendo en pantalla grande a Pétalo dando de hostias a Mojo Jojo, pero si alguien que no haya visto en su vida Las supernenas va a ver la peli y se aburre es que algo va mal. Una adaptación no debe depender de la fidelidad de sus fans hacia el material original para ser vista como cine competente. Por mucho que se trate de una adaptación, una película debe mostrarse como un producto de calidad, completamente independiente de la colección de cromos, atracción de Disneylandia o urinario público en el que se base. Si conocer la obra original es un factor determinante para disfrutar la película, entonces no cabe duda: estamos ante un fracaso artístico. Pensemos en Watchmen, cuyo relativo fracaso artístico venía en gran parte motivado porque el que no se había leído el cómic de Moore y Gibbons no entendía la mitad de lo que pasaba en pantalla. Peor aún, los agujeros que sólo podían justificarse con eso de “es que esto es para los fans del cómic” eran groseramente visibles para cualquiera. Sigamos con Alan Moore, ya que le hemos nombrado. V de Vendetta, la peli, es francamente dolorosa como adaptación del cómic original, pero independientemente de la novela de Moore y Lloyd, James McTeigue rodó una estupenda película que cualquiera puede seguir y disfrutar sin tener la fea sensación de que se nos está impidiendo el paso a una especie de zona VIP reservada sólo para unos pocos.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Que me he equivocado de película?

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¡Orden en la Fuerza, por favor!

“¿Ser o no ser? He ahí la cuestión”. El dilema definitivo del ser humano, tal como lo plasmó el maestro Shakespeare en su inmortal Hamlethace más de cuatrocientos años, ya no es más que palabrería apolillada escrita por algún don nadie que fue tan gilipollas como para morirse. Actualmente es otra pregunta la que ha alcanzado la categoría de dilema universal, de cuestión definitiva para toda persona que quiera reafirmarse como ser autónomo, consciente de sí mismo y de su lugar en la realidad: “¿veo primero la trilogía clásica o la nueva?”. Antes de 2005 no había lugar para la duda; con un agujero en la trama tan gordo por ahí en medio, no tenía sentido ver la saga empezando por el Episodio I, siguiendo con el II y pasando al IV. Pero ahora la duda no está de más. Puede que durante toda la vida nos hayamos tragado sin rechistar las tres películas originales pensando en las precuelas como complementos “a ver más tarde”, pero desde hace poco tenemos la oportunidad de ver toda la historia en orden cronológico, opción que resulta bastante tentadora tras tantos años. A ver qué tal luce la cosa en el orden de la historia, ¿no? Pues no. Yo esta opción del orden cronológico no se la recomiendo a nadie, y mucho menos a aquellos rezagados que sólo ahora están pensando en acercarse curiosos a la Saga Galáctica, aprovechando el reestreno del Episodio I en los cines (con nuevas escenas nunca vistas de Darth Maul tirando piedras al público). Amigo, no lo hagas. Es decir, sí, hazlo, pero antes dedica unos días en tu casas a ver la trilogía clásica, por el amor del Hacedor. Porque como ocurre con tantas cosas en este mundo, puede parecer una decision sujeta a gustos personales cuando no lo es.

Imagen
¿Así es como quieres verlas? ¿De verdad? ¿ASÍ?

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Muertes X-Tremas 2: Esta vez es Disney-personal

La navidad es esa época para soñar y rencontrarnos con nuestras películas de antaño, las que nos hicieron llorar y reír en nuestra niñez y hoy nos llevan a gritar histriónicamente frases como “¿NO HAS VISTO POCAHONTAS? ¡TÚ NO TIENES INFANCIA!”. No es que yo cierre el kiosko Disney durante la época no estival (este blog es buena prueba de ello), pero en estos días me apetece más que nunca revisitar algunas películas Disney tirado en el sillón, a veces las más olvidadas y otras veces las más quemadas por ese infame y cansino reducto que habla del periodo 1989-1994 como si fuera la segunda venida del Hacedor. Es tiempo para ello, sin duda; pero también es tiempo para retomar mi largamente acariciada secuela a una de mis entradas favoritas de este blog, MUERTES X-TREMAS. Combinar dos de mis aficiones como son Disney y las muertes truculentas en el cine no era más que cuestión de tiempo, y el día ha llegado. Hoy me place presentarles, querido público, mi ranking personal de MUERTES X-TREMAS versión Disney. Esta entrada va a ser larga de narices, así que a los paletos que se quejan de que escribo artículos demasiado largos y se sienten más cómodos leyendo cómo sus conocidos anuncian en 140 caracteres máximo lo difícil que ha sido levantarse hoy de la cama, que vayan cogiendo la puerta.

El catálogo de muertes memorables de la Disney, amplificado tras cierta compra multimillonaria.

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Aniquilación absoluta

Veo estas imágenes en la televisión y algo se encoge en mi viejo corazón. Hacía mucho, mucho tiempo que no las veía. De hecho casi las había olvidado. No es para menos. La memoria empieza a fallarme, sin contar con que poco a poco fui comprendiendo que lo mejor para no sufrir era olvidar todo lo que perdí tras la explosión nuclear. Aquella sociedad es cosa del pasado, pero la humanidad intenta reconstruir los pedazos de una sociedad desaparecida, desintegrada, olvidada, desconocida, a través de descubrimientos como éste. La ciencia está desconcertada ante el descubrimiento de las imágenes misteriosas. Durante meses, serán sometidas a estudios exhaustivos, millones de dólares del dinero que debería destinarse a conseguir algún tipo de comida para esta Nueva Humanidad aún en pañales serán malgastados en encontrar unas respuestas que, de llegar, probablemente serían erróneas. Puede que quien lea estas palabras me tache de arrogante, cuestionándose la seguridad con la que hablo. ¿Cómo voy a saber yo, un decrépito anciano desnutrido que languidece en uno de los Cubículos Colectivos de Precisión para Humanos de Clase W (lo que antes se conocía como la tercera edad) si las respuestas que los científicos encuentren sobre el origen de las misteriosas imágenes son correctas o no? Es más, ¿cómo me atrevo a insinuar conocer las respuestas? Pues bien, se da la circunstancia de que soy uno de los uno de los pocos supervivientes de la catástrofe nuclear. Y no sólo eso, sino que deben ustedes saber que uno de los responsables de esas imágenes… fui yo.

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Adaptando a Tintín: No hay huevos

Hace unas cuantas noches pude comprobar que no sólo es posible adaptar satisfactoriamente los álbumes de Tintín al lenguaje cinematográfico, sino que incluso se pueden mejorar en algunos aspectos. Me explico: El secreto del unicornio era un cómic en el que la auténtica chicha estaba en la trama dentro de la trama, una historia de piratas y tesoros relatada por un capitán Haddock que sólo se levantaba de la silla para agredir a la lámpara del techo. De este modo, los personajes a los que queríamos ver en acción no hacían nada salvo contar la historia de otros, mientras que era un desconocido, por muy antepasado de Haddock que fuese, el que se llevaba la mejor parte de la aventura. El cangrejo de las pinzas de oro, por su parte, es una trama de aventuras sólida en la que Tintín salta de un escenario a otro y de un peligro al siguiente, sucediéndose éstos por casualidad en bastantes ocasiones. Sin ir más lejos, el mítico primer encontronazo con Haddock en los camarotes del Karaboudjan se da por pura potra, igual que podría no haberse dado; y la incorporación del marino a la peripecia de Tintín es una cuestión de mero “no tengo nada mejor que hacer y el whisky se me ha acabado”.

Y en esto llegan Steven Spielberg y Peter Jackson, escudados por Edgar Wright y Steve Moffat (y un tercer guionista que no sé quién es), y entre todos juntan ambas historias como por arte de magia, para que cada una se beneficie de las fortalezas de la otra. De este modo, el punto de partida del álbum El secreto del unicornio desata la trama de lo que conocemos como El cangrejo de las pinzas de oro, con un sencillo cambio de McGuffin de por medio (las latas de conserva por la maqueta del barco). De esta forma los elementos de la trama dirigen a Tintín desde el primer momento hacia el capitán Haddock, descendiente del caballero de Hadoque y por tanto única persona capaz de encontrar el secreto que se esconde en la maqueta que anda saltando entre las manos de los buenos y los malos. El cangrejo de las pinzas de oro, por su parte, contiene más de un momento en el que un Haddock hasta las cejas de Loch Lomond ve alucinaciones y espejismos; alucinaciones que la película aprovecha para introducir inteligentemente los flashbacks del antepasado del capitán que ocupan casi la totalidad del cómic del Unicornio, sin que la acción se tenga que detener forzosamente por ello. Lógicamente, la combinación se completa con el desenlace de El tesoro de Rackham el Rojo, continuación de la historia iniciada en El secreto del Unicornio. En términos de adaptación, hemos asistido a una gran película.

Después de exahustivas pruebas científicas relacionadas con sombreros, se revelaron como los candidatos idóneos para adaptar a Tintín.

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El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)

Terrence Malick, el tipo que en 1978 intentó ser más Kubrick que Kubrick diciendo “pues ahora no dirijo nada en veinte años”, está desatado. Ya parecía que había empezado a perder el control cuando entre La delgada línea roja y El nuevo mundo pasaron solo siete años, y aunque parecía imposible que nadie pudiese adoptar un ritmo de trabajo más frenético, él mismo nos sorprende con una nueva película, El árbol de la vida, tan solo seis años después de ese duermepiedras que es El nuevo mundo (¿Avatar no era Pocahontas con pitufos? Pues esta apuntaba todavía más bajo; Pocahontas y punto). Es más, todos tememos por su salud mental una vez descubrimos que apenas su Árbol de la vida ha rozado los cines, este octogenario loco ya está inmerso en el rodaje de otra película.

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Lo que importa es la anchura

Hay quien me dice que estoy obsesionado con el asunto del formato de las películas. No, no me refiero a si te has bajado un flamante mkv o un cutre mpg. Me refiero a la proporción de la imagen. Números que para el lector medio de este blog no son más que un barullo incomprensible son para mí la causa de noches en vela, de búsquedas interminables en imdb y en definitiva, de sufrimiento. No comprendo como un elemento tan determinante en la composición visual de la imagen e incluso en el impacto psicológico que produce la película en el espectador pasa tan desapercibido o es directamente desdeñado. Pasa desapercibido para el público que no se detiene a fijarse si lo que está viendo es una imagen prácticamente cuadrada o un rectángulo tan ancho como su campo de visión, y es desdeñado por los programadores de las cadenas de televisión, a los que no les tiembla el pulso en cortar media película por los lados para evitar esas franjas negras arriba y abajo que por lo visto deben costarles la mitad del share, porque si no, no se entiende esta costumbre tan atroz. O quizá sí. En realidad, a la gente el formato se la repampinfla, a la gente lo que le importa es que no se vean bandas negras que interfieran en su visionado (se trata de un público exigente y sofisticado). Si a Antena 3 no le ha dado por mutilar Indiana Jones y la última cruzada por los lados para que ocupe toda la pantalla y dar lugar a una película protagonizada mayormente por narices flotantes, siempre habrá alguien en alguna parte del globo que, cerveza en mano y pies en alto, gruñirá “niño, quita las rayas negras”. Da igual que para ello haya que estirar la imagen por arriba y por abajo hasta que parezca que todos han sido absorbidos por el poder del Arca de la Alianza, la cuestión es que las bandas no molesten. Nuestros nuevos y flamantes televisores anchos nos permiten disfrutar de los formatos cinematográficos conservando toda su amplitud, pero el 95% de los hogares (gracias a Estadísticas Inventadas S.L. por los datos) tiene el suyo configurado para que todo contenido rodado en el desfasado formato cuadrado 1.33:1 aparezca estirado por los lados para ocupar toda la pantalla. Homer jamás se había visto tan gordo.

That's the way -aha aha- I like it -aha aha-...

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Setenta años con Tom y Jerry

Antes de nada, quiero pedir disculpas por no haber actualizado desde hace… Noooo, hombre, que era broma. No pido disculpas por nada. Además, ya sabemos qué es lo que sigue al “pido disculpas por no actualizar muy a menudo, en breve volveremos al ritmo habitual” (nótese el “volveremos” en plural, como para dar la impresión de que estamos ante una empresa seria y no un blog cutre). Estoy superocupado, leñe,  no tengo que pedir disculpas. Y aunque no lo estuviera. En cualquier caso, para hoy tenía pensado algo ligerito, pero debí prever que una entrada centrada en dos de mis personajes favoritos del mundo de los dibujos animados no iba a salirme corta ni de coña. Así que aquí estamos, listos para un apasionante recorrido por la carrera de el gato y el ratón más famosos de los dibujos animados: Tom y Jerry.

Mis días de renacuajo adicto a la tele tuvieron siempre a Tom y Jerry ocupando un lugar privilegiado de mis horas en el sillón, e incluso tenía grabado en vídeo un programa especial del 50 aniversario presentado por John Goodman (en serio, mataría por recuperar ese especial, sobre todo porque cuando quedaban dos minutos se acababa la cinta, en un momento de absoluta tensión con John Goodman aterrado ante dos misteriosas siluetas tras el cristal de la puerta).  Desde entonces, mi amor por los cortos de esta pareja de amigos/enemigos no ha sido sino en aumento, aprendiendo a apreciarlos como se merece, es decir, como las joyas de la animación que son. He puesto de título a la entrada “Setenta años con Tom y Jerry” porque si Disney saca ediciones “50 aniversario” cuando las películas cumplen cuarenta y ocho, yo también puedo hacerlo.

El primer corto de Tom y Jerry apareció en 1940, hace setenta y un años, y durante veintisiete años más Tom y Jerry aparecieron en las pantallas de cine a una media de cinco cortos anuales. Y durante esos casi treinta años, atravesaron varias etapas y bailaron de un estudio animado a otro, aunque el “MGM presenta” al principio no fallase jamás. Hoy vamos a hacer justicia a esta pareja de genios y a su curiosa historia, que explica por qué el aspecto de Tom variaba tanto de aspecto de un corto a otro, por qué algunos de los cortos estaban en cinemascope y por qué otros parecían un mierda de aspecto perturbador. Todo empezó hace mucho, mucho tiempo, cuando los dibujos animados eran una parte imprescindible de la cultura universal…

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