Indiana Jones y los diez años de quejas estúpidas

Esta navidad, con El último Jedi aún caldeando ese civilizado foro de debate que es internet, estuve hablando de La Guerra de las Galaxias con mis dos primos pequeños, que tendrán unos once y trece años respectivamente. Los mocosos me sorprendieron. En el documental El pueblo contra George Lucas se plantea la duda razonable de si la pésima opinión general acerca de la trilogía de Anakin no podría ser el resultado de un simple choque contra una generación que tan asimilado tiene el estilo y las intenciones de las tres películas originales que nada que se atreviese a querer buscar su propia identidad (como de hecho ocurre con los episodios I, II y III) iba a tener la más mínima oportunidad. Muchos de los entrevistados se remiten al caso de niños que han crecido en el momento ideal para disfrutar y sentir suya la trilogía de Anakin, niños que de hecho no ven nada malo en Jar Jar Binks porque es parte de su Guerra de las Galaxias, del mismo modo que otros no queremos estampar a 3PO contra la pared del Halcón Milenario en El imperio contraataca porque forma parte de nuestra Guerra de las Galaxias. Seguir leyendo Indiana Jones y los diez años de quejas estúpidas

Querida Netflix

Querida Netflix:

No soy un ingenuo y comprendo que como toda empresa, necesitas de la recurrencia de tus clientes para que los beneficios entren de forma estable; más aún cuando las plataformas de streaming están brotando como setas y se nos promete un futuro con una tele parecida a la de ahora, pero pagando por cada canal. Es un entorno competitivo que te lleva a tratar de no hacerme olvidar que tú estabas ahí primero, de convencerme lo más fácilmente posible de quedarme contigo. Cada vez que salgo de Netflix te quedas en vilo, porque podría no volver. Así que me instas a que vea otro capitulín de Glow antes de irme a la cama, porque preocuparse de dormir ocho horas antes de entrar a trabajar no es de hombres y porque tienes unos números que cubrir −y que mantener ocultos a toda costa por motivos que nadie entiende−. Seguir leyendo Querida Netflix

¡Descubre los gigantes del mundo prehistórico!

Acercarte a la zona infantil de una librería para buscar libros interesantes sobre dinosaurios para niños es, hoy por hoy, una batalla perdida. Es más, acercarse a la zona infantil de una librería para buscar libros interesantes sobre dinosaurios es, a menos que estés ahí porque se acerque el cumpleaños de ese sobrinete en el que has depositado todas tus esperanzas para el futuro de tu dinastía, la consecuencia de otra batalla perdida: buscar libros rigurosos sobre dinosaurios en la zona de adultos (no necesariamente tras esa sórdida y pegajosa cortina). Salvo alguna anomalía puntual, los dinosaurios han sido definitivamente relegados a territorio prepúber en el inconsciente colectivo. ¿Qué hacer si no con esta especie de Pokemons del mundo real cuyo mayor punto de interés es ver si pasan o no el casting del próximo Parque Jurásico y ya si eso nos aprenderemos sus nombres para descifrar la carta de reyes de nuestros retoños? Sí, existe una corriente de bibliografía mesozoica que en los últimos tiempos se ha vuelto más rica y activa, especialmente con el relativo auge de los libros de ‘paleoarte’, pero sigue siendo carne de mercados especializados. En los ambientes mayoritarios, los dinosaurios, esas criaturas que a lo largo del siglo XX recorrieron un largo y dificultoso camino desde la pura imaginación suscitada por los fósiles incompletos y descontextualizados hacia algo similar a la legitimación como animales que una vez poblaron la Tierra, iniciaron la marcha inversa con la llegada del milenio, volviendo más bien deprisa al terreno de los monstruos de ciencia ficción.

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Bella y Bestia no son

Esta historia empezó en 2010. No, en realidad empezó en 1996, cuando a alguien se le ocurrió que las nuevas tecnologías habían avanzado lo suficiente como para epatar al paleto medio con 101 dálmatas convincentemente recreados vía CGI. Como contrapunto humano, se fichó a Glenn Close para que lo diera todo como la Cruella de Vil definitiva. El tiempo ha relegado todo aquello a la categoría de mera curiosidad mencionada de tanto en cuando, el 99% de las veces por boca de alguien que fue crío en aquella época. Las pocas veces que pensamos en aquella película la asociamos a la bufonada inofensiva media que entendíamos por cine familiar a mediados de los noventa. Los perritos en CGI no han quedado sino como una gota más en el océano de las monstruosidades digitales de aquellos terribles años que sucedieron a Parque Jurásico en los que Hollywood se volcó en la creencia de que los gráficos por ordenador habían alcanzado el pináculo de la creación virtual, justo entre los cocodrilos de Eraser y los monos de Jumanji. Muchas buenas palabras se dedicaron al trabajo de Close, palabras merecidas pero en última instancia irrelevantes, dado que veinte años después las aguas han vuelto a su cauce y la mención de Cruella de Vil nos trae a la mente la inmortal creación animada de Marc Davis en 1961 y poco más. Una nueva intentona de tratar de remplazar la perfección en el imaginario popular está a la vuelta de la esquina, con Emma Stone recogiendo el testigo de Close, pero no adelantemos acontecimientos.

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Vida después de Anna y Elsa: cavilación en dos partes

Hace unos días andaba yo deambulando por el Carrefour con mi gabardina de exhibicionista y me quedé mirando un calendario de adviento de Frozen, con Anna y Elsa ahí muy sonrientes y más maquilladas que Jade, la Bratz fashionista. Desde fuera podría haber parecido que me había quedado hipnotizado ante aquella inexplicable brujería que llamaban imprenta, pero lo cierto es que estaba sumido en mis pensamientos. Y es que los momentos de revelación que llegan sin previo aviso tienen una cualidad casi surrealista.

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Nacimiento, vida y prematura muerte de Circle 7 Animation

Los siete años que van desde 1999 hasta 2006 son lo que me gusta llamar cariñosamente la Era Stepford de Pixar. Entre estos años Pixar estrenó Toy Story 2, Monstruos S.A., Buscando a Nemo, Los Increíbles y Cars. Exceptuando la crónica postapocalíptica sobre el mundo inmediatamente posterior a la victoria de Skynet que es Cars, se trata de una lista intachable, y nadie podría haber adivinado las dificultades y problemas que estaba atravesando la compañía de John Lasseter entre bambalinas. Son unos años en los que Pixar trabajó incansablemente para dejarnos un producto de excelsa calidad al año, irradiando entusiasmo y amor por el arte de hacer buen cine. Recogiendo óscar tras óscar. Amasando dinero y más dinero. Sonriendo y saludando, como una mujer de Stepford. Y por dentro, lejos de la atención de nosotros los espectadores, pasando por el periodo más oscuro de su existencia. A todos nos ocurriría lo mismo si en el momento culminante de nuestra carrera descubriéramos la existencia de un gemelo malvado que amenaza con destruir todo por lo que hemos luchado y violar nuestro legado. El nombre del gemelo malvado de Pixar era Circle 7 Studios, y su historia, terrible, trágica y plagada de desnudos parciales, merece ser contada en The R Lounge.

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I Believe I Can Act: Cuando Michael encontró a Bugs

Me hice mayor en 1998. Recuerdo el instante como si fuera ayer. Tenía diez años, y como acostumbraba en aquellas lejanas y despreocupadas tardes de los lunes estaba en casa de mi abuela, viendo dibujos en la salita. No recuerdo si Conan o Azuki. Entonces, en un corte publicitario, pasaron un anuncio de Mulán, la película que la Disney nos tenía preparada aquel año. Sé, amigo lector, que te sientes inquieto ante la posibilidad de un relato de inexperta autoexploración corporal al estilo de las Aventuras Masturbatorias de Sally Draper, así que permíteme tranquilizarte: no es el caso, al menos hoy. Una película en la que la heroína se pasa casi todo el tiempo vestido de hombre no ofrece grandes posibilidades en ese sentido. El spot en cuestión, que llegaron a pasar aproximadamente un millón de veces al día por la tele, insistía en la ¿hilarante? presencia de Mushu a través del momento en el que afirma que él no es un lagarto enviado por los ancestros. “Dragón, no lagarto, yo no hago eso de la lengua”, y concluye haciendo eso de la lengua. En ese instante fruncí el ceño, algo que he hecho tantísimas veces en mi vida desde entonces que me ha dejado cuatro marcas visibles en la frente. En ese instante pensé: “¿por qué tiene que haber siempre un personaje que va de listo y de graciosillo?”. En ese instante me hice viejo.

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Roselló Rant: Sobre los Goya

Aquí en The R Lounge no me gusta hablar de cosas tan coyunturales como las galas de premios, ni tampoco suelo escribir entradas cortas. Hoy voy a hacer las dos cosas, porque anoche me llamaron la atención tantas cosas, mejor dicho, tantos síntomas, que tengo el deber moral de compartir mis valiosas impresiones contigo, amigo lector. La isla mínima arrasó, El niño pudo destacar en los premios técnicos, Magical Girl perdió, el presentador de la gala se llevó un premio gordo –y un Goya también, you know what I mean– y Mortadelo y Filemón vencieron a Ratatoing y su secuela. Pero más allá de todo eso, la gala de anoche de los premios Goya fue una gala en la que hay que destacar:

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Men At (Dream)Work: ¡Ahora con más Soylent Green!

Esta entrada fue inicialmente escrita en el lejano y retrofuturista año 2010, aquel añorado tiempo en el que veíamos Patoaventuras antes de irnos al cole, merendábamos pan con nocilla, rebobinábamos cintas de casette con la ayuda de un boli Bic y cuidábamos a nuestros tamagotchis con mimo y tesón. Entonces no lo sabíamos, pero Pixar acababa de poner punto y final con Toy Story 3 a su espectacular racha de éxitos artísticos para adentrarse en una era incierta que todos esperamos que termine con el estreno en 2015 de Inside Out. Entre tanto, la Disney experimentaba lo opuesto al comenzar una escalada de éxitos comerciales que culminaría en las pornográficas cantidades de dinero amasadas por Frozen retitulada en The R Lounge como Las aventuras de Anna y Elsa en función de los Estudios de Mercado–; la audacia de estudios como Sony Animation y Laika permitió el florecimiento de propuestas animadas de calidad surgidas de competidores insospechados –una versión corregida y aumentada de las penosas maniobras financieras que en la década anterior trataban de robar un trozo del pastel de los estudios más poderosos con Ant Bully y porquerías por el estilo–; y la domesticación del perro siguió inalterable su curso.

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