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I Believe I Can Act: Cuando Michael encontró a Bugs

Me hice mayor en 1998. Recuerdo el instante como si fuera ayer. Tenía diez años, y como acostumbraba en aquellas lejanas y despreocupadas tardes de los lunes estaba en casa de mi abuela, viendo dibujos en la salita. No recuerdo si Conan o Azuki. Entonces, en un corte publicitario, pasaron un anuncio de Mulán, la película que la Disney nos tenía preparada aquel año. Sé, amigo lector, que te sientes inquieto ante la posibilidad de un relato de inexperta autoexploración corporal al estilo de las Aventuras Masturbatorias de Sally Draper, así que permíteme tranquilizarte: no es el caso, al menos hoy. Una película en la que la heroína se pasa casi todo el tiempo vestido de hombre no ofrece grandes posibilidades en ese sentido. El spot en cuestión, que llegaron a pasar aproximadamente un millón de veces al día por la tele, insistía en la ¿hilarante? presencia de Mushu a través del momento en el que afirma que él no es un lagarto enviado por los ancestros. “Dragón, no lagarto, yo no hago eso de la lengua”, y concluye haciendo eso de la lengua. En ese instante fruncí el ceño, algo que he hecho tantísimas veces en mi vida desde entonces que me ha dejado cuatro marcas visibles en la frente. En ese instante pensé: “¿por qué tiene que haber siempre un personaje que va de listo y de graciosillo?”. En ese instante me hice viejo.

No es que Mushu fuese el primer secundario graciosete, pero yo no fui consciente de la tendencia hasta Mulán. Ese día de 1998 sufrí una conversión drástica hacia el escepticismo que me llevó a juzgar en retrospectiva todo lo visto hasta el momento y ser implacable con lo que vino después –y recuerdo como el segundo ejemplo más notable a Asno, que ¿casualmente? también era doblado por Eddie Murphy–. Era un niño viejo. Y si este niño viejo hubiera sufrido esa conversión tan solo dos años antes habría inventado internet, twitter y los hashtags por pura necesidad de compartir su sarcástica y necesaria opinión acerca de una película que supuso el epítome del AWESOMEBRO, el urban power y, en definitiva, un desafío al mal gusto. Por supuesto, me refiero a…

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