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«Desconociendo a Sonia»: Diario de rodaje (Vol. 1)

Estoy rodando un mediometraje. Esto sería una excelente excusa para explicar por qué no he publicado al menos una lamentable recopilación de fotos de risa en estas tres semanas, de no ser porque empezamos hace cuatro días tan solo; aunque también es cierto que la preproducción ha sido larga y he estado reuniéndome con todos los departamentos para coordinar su trabajo. Ah, sí, es que yo soy el director. El caso es que todo esto comenzó con una propuesta de nuestro profesor de Realización: proponer tantas premisas como alumnos hubiese en la clase, escoger una de entre todas ellas y rodarla en forma de mediometraje entre todos, como un auténtico equipo de producción. Siendo más o menos cincuenta personas, muy bien podíamos dividirnos en departamentos de cinco o seis personas y cubrir todas las tareas relacionadas con la producción; desde dirección y producción hasta música, montaje e incluso promoción. Yo planeé presentar una idea que tenía desde hacía cuatro años, una idea a priori poco atractiva y nada original, sobre todo comparada con el tipo de premisas que ya sabía que iban a salir, más serias, ambiciosas y crípticas. Más como de director muy serio. Mi premisa, en cambio, iba a ser una comedia sencilla que podía describirse como “un tío al que le deja la novia”. Pero no sencilla de “de cualquier manera”. Mi experiencia me dice que cuando unos aficionados se unen para rodar un corto y ponen toda la carne en el asador, se buscan cámaras de primera y una producción cuidada y en definitiva tienen ambiciones es porque van a hacer un drama. En cambio, los que hacen comedia ruedan subproductos de andar por casa y con la excusa del “es que esto es para echarnos unas risas” creen que justifican un rodaje cutre, un guión inexistente y un total desprecio por cánones estilísticos de ninguna clase. Mi premisa era sencilla, pero el auténtico punto de interés (al menos eso era lo que yo buscaba) estaba en cómo rodarla: debía ser estéticamente muy definida, tener secuencias cuidadosamente planificadas y un ritmo cartoon muy marcado, así como un montaje y un uso de la música deliberadamente efectista y enfocado a hacer del mediometraje algo realmente divertido a la par que de calidad. En pocas palabras: demostrar que la comedia es una cosa muy seria.

¿Puede una comedia convertirse en la película más innecesariamente cara de la historia? ¡James Cameron nos demuestra que SÍ!

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Menos cortos, Caperucita

Tenía preparada esta entrada con la esperanza de que sirviese de guiño-homenaje a La dama y la muerte tras su victoria en los óscar, pero como esto no ha ocurrido (tampoco han ganado Wallace y Gromit; ¿pero esto qué es?, dice Matías Prats), nos comemos un rosco y el homenaje se convierte más bien en una cruel ironía.

El corto animado es una parte fundamental del cine. Muchos creadores experimentaron en este formato con las cualidades plásticas y narrativas del cine, dando lugar a productos desbordantes de talento que consciente o inconscientemente, han inspirado al cine convencional desde el principio de los tiempos. Es una mera cuestión de mentalidad alambicada que hoy no solamos ver los nombres de Tex Avery o Richard Fleischer en las clásicas listas de realizadores legendarios, ésas que ensalzan (con razón) a Wilder y a Hitchcock. Se agradecen a John Lasseter (la prueba viviente de que la precipitada caída de Anakin en el Lado Oscuro no era tan inverosímil como decían algunos quejicas) los intentos por devolver el casi inexistente mundo del corto animado a un plano más accesible para el público, pero no bastan los intentos de un solo hombre para lograr esto. Él debería saber mejor que nadie que si hubo una Edad de Oro de la animación en corto eso fue porque había montones de propuestas, muchos cerebros con visiones personales sobre lo que debía ser la animación, varios nombres y estudios potenciando estas pequeñas joyas de siete minutos.

Miradle, el poder le ha consumido.

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