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Otra entrada sobre Los Simpson

Aquella entrada sobre las temporadas 10 y 11 de Los Simpson que escribí hace tiempo me quedo un poco sosa, y evidentemente daba para mucho más. El tema de la evolución de Los Simpson (no sólo su decadencia) es francamente apasionante, y mucho más complejo que la simplista separación entre “los buenos” y “los malos”. Más allá del socorrido “de la temporada 1 a la 10, serie buena; de la 11 en adelante, basura” hay más, y si estudiamos la línea evolutiva de Los Simpson se pueden descubrir significativas diferencias entre un periodo de la serie y otro. Tratar de delimitar una línea evolutiva en el engendro en el que se convirtió la serie de la temporada 11 en adelante (la 20 y la 21 han dejado el pavo atrás y han recuperado cierto interés otoñal) no nos daría más que dolores de cabeza. Sin embargo, estudiar los cambios en la primera mitad de la serie es fascinante. Yo tomaría tres puntos clave en la evolución de la serie, en forma de tres temporadas diferentes, siendo las demás eslabones intermedios, aunque con entidad propia. Estas tres temporadas serían la segunda, la cuarta y la octava.

Tras una balbuceante primera temporada, esta serie en busca de su identidad entró en un segundo bloque de episodios que perfiló aspectos que ya se intuían previamente. La segunda temporada fue una continua prueba ética para la familia Simpson, puesta episodio tras episodio, de forma individual o colectiva, entre la espada y la pared. Es cierto que en futuros episodios los Simpson tuvieron que enfrentarse en más de una ocasión a cuestiones de índole ética que les pusieron a prueba, pero nunca de forma tan persistente. Éste fue el primer foco de interés definido de Matt Groening  y su equipo a la hora de abordar su serie. El resultado fue una tanda de episodios de guión de hierro, como pocas veces se ha visto en temporadas futuras, en las que el humor queda relegado a un papel complementario pero necesario, a tenor de la teórica gravedad de algunas de las tramas, como Bart en el día de Acción de Gracias o el del seminario para matrimonios del lago Siluro (cuando el episodio sea difícil de identificar por su título, como éste La guerra de los Simpson, mejor los nombraré en plan Friends). En lo que se refiere a los “guiones de hierro”, basta con ver episodios como el de cuando Bart dona sangre al señor Burns (Sangrienta enemistad), en el que los acontecimientos y los giros fluyen con una contundencia pasmosa a partir de una premisa tan familiar y picapiedresca como “el empleado hace algo por su jefe pero se ofusca al no recibir nada a cambio”, viéndose los personajes obligados a tomar decisiones y a reflexionar (incluso a Smithers, en uno de sus mejores momentos de la serie) y desembocando en un final, en palabras de Marge, “qué-más-da”, tan ambiguo y carente de moraleja como la vida misma. No es mi episodio favorito, pero sin duda creo que cuenta con el mejor de los cuatrocientos cincuenta guiones que ha parido la serie y que se yergue como la primera de las muchas obras maestras de veinte minutos que ésta nos ha dado.

Mejor que el pezón de Sabrina.

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