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Men At (Dream)Work: ¡Ahora con más Soylent Green!

15 Dic

Esta entrada fue inicialmente escrita en el lejano y retrofuturista año 2010, aquel añorado tiempo en el que veíamos Patoaventuras antes de irnos al cole, merendábamos pan con nocilla, rebobinábamos cintas de casette con la ayuda de un boli Bic y cuidábamos a nuestros tamagotchis con mimo y tesón. Entonces no lo sabíamos, pero Pixar acababa de poner punto y final con Toy Story 3 a su espectacular racha de éxitos artísticos para adentrarse en una era incierta que todos esperamos que termine con el estreno en 2015 de Inside Out. Entre tanto, la Disney experimentaba lo opuesto al comenzar una escalada de éxitos comerciales que culminaría en las pornográficas cantidades de dinero amasadas por Frozen retitulada en The R Lounge como Las aventuras de Anna y Elsa en función de los Estudios de Mercado–; la audacia de estudios como Sony Animation y Laika permitió el florecimiento de propuestas animadas de calidad surgidas de competidores insospechados –una versión corregida y aumentada de las penosas maniobras financieras que en la década anterior trataban de robar un trozo del pastel de los estudios más poderosos con Ant Bully y porquerías por el estilo–; y la domesticación del perro siguió inalterable su curso.

¿Pero qué ha pasado con DreamWorks en estos años? Todo y nada. ¿Todo? Sí, porque han adquirido un ritmo frenético de estrenos que ha llevado a que entre lo más reciente que reseñé en esta entrada en 2010 –Cómo entrenar a tu dragón– y el momento presente han sacado nueve películas, diez si publico esto después del estreno de Los Pingüinos de Madagascar, once si tengo un accidente relacionado con la asfixia autoerótica, paso un par de meses en observación y salgo una vez se haya estrenado Home. ¿Nada? También, porque la irregularidad de estas nuevas películas ya ha dejado suficientemente claro que aquellos atisbos de autoexigencia que empezaban a distinguirse conforme terminaba la década no fue más que un espejismo y que en DreamWorks se conforman con tener algo en los cines con lo que cubrir cada temporada de fiestas, y si sale bien estupendo. Ah, no, una cosa más: DreamWorks está en la ruina.

Somos balleneros y llevamos arpones, más como en la luna no hay ballenas cantamos canciones.

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Tendencias (y cejas)

10 Sep

El mundo se mueve por rachas. También el mundo de los carteles de cine. A veces, entre tanto poster estándar con los caretos photoshopeados de los protagonistas de la que promete ser la comedia romántica del año se cuela una propuesta inteligente, novedosa, o al menos llamativa. Y como por arte de magia, apenas un año después ya estamos saturados de la propuesta inteligente, novedosa y al menos llamativa hasta las narices, porque hace bastante que dejó de ser cualquiera de esas cosas. Sale un cartel ingenioso y nos falta tiempo para contar los veinte plagios de la idea que han surgido al momento. No hace falta que os recuerde lo que ocurrió con el legendario cartel de El show de Truman. A los pocos años estábamos de mosaicos que-de-cerca-no-se-ven-pero-de-lejos-forman-la-cara-de-la-estrella-de-la-función hasta el gorro, por mucho que vendiesen una y otra vez como algo nuevo por usar flores en vez de fotogramas, o caramelos o fundas de condón usadas. Resulta frustrante que ahora no logre acordarme de ninguno salvo del de El señor de la guerra, con el gigantesco y deprimente rostro de Nicholas Cage formado por balas en primer plano.

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