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Muertes X-Tremas 2: Esta vez es Disney-personal

La navidad es esa época para soñar y rencontrarnos con nuestras películas de antaño, las que nos hicieron llorar y reír en nuestra niñez y hoy nos llevan a gritar histriónicamente frases como “¿NO HAS VISTO POCAHONTAS? ¡TÚ NO TIENES INFANCIA!”. No es que yo cierre el kiosko Disney durante la época no estival (este blog es buena prueba de ello), pero en estos días me apetece más que nunca revisitar algunas películas Disney tirado en el sillón, a veces las más olvidadas y otras veces las más quemadas por ese infame y cansino reducto que habla del periodo 1989-1994 como si fuera la segunda venida del Hacedor. Es tiempo para ello, sin duda; pero también es tiempo para retomar mi largamente acariciada secuela a una de mis entradas favoritas de este blog, MUERTES X-TREMAS. Combinar dos de mis aficiones como son Disney y las muertes truculentas en el cine no era más que cuestión de tiempo, y el día ha llegado. Hoy me place presentarles, querido público, mi ranking personal de MUERTES X-TREMAS versión Disney. Esta entrada va a ser larga de narices, así que a los paletos que se quejan de que escribo artículos demasiado largos y se sienten más cómodos leyendo cómo sus conocidos anuncian en 140 caracteres máximo lo difícil que ha sido levantarse hoy de la cama, que vayan cogiendo la puerta.

El catálogo de muertes memorables de la Disney, amplificado tras cierta compra multimillonaria.

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El Rey León, en busca del doblaje perfecto

De un tiempo para acá el doblaje está un tanto de capa caída. Las versiones españolas electrizantes de mediados de los noventa e incluso de los primeros años de la presente década (sigue siendo “la presente década” hasta el 31 de diciembre, os pongáis como os pongáis) son cada vez algo más propio del pasado. ¿Razones? Por lo que tengo entendido, las películas (y no digamos ya las series) llegan a los estudios con cada vez menos margen previo al estreno, así que los actores no pueden llevarse a su casa los DVDs (o los laser discs) para estudiarlos con detenimiento y comenzar a adaptarse a los personajes, con lo que llegan a las grabaciones irremediablemente verdes. La paranoia antipiratería (que supongo que tiene algo que ver con lo que acabo de decir) ha llevado a las malvadas distribuidoras a enviar a los estudios de doblaje copias de las películas en las que toda la imagen, salvo las bocas, está cubierta por una máscara negra. He leído a muchos actores de doblaje comentar que para ellos, a la hora de doblar, es más indispensable mirar a los actores a los ojos que a la boca. Perdidos se dobla más o menos así: una semana antes de la emisión de un capítulo en España éste llega al estudio, y en ese tiempo ha de estar doblado satisfactoriamente, usando como referencias las bocas flotantes de Lapidus y otros personajes menos importantes. Si a Abraham Aguilar le fulmina un rayo mientras va al estudio y debe guardar cama una semana, no se le puede esperar. La voz de repuesto de Sayid ha de estar lista para hacer su trabajo y ya se cambiará para el DVD.  Este cúmulo de circunstancias da como resultado un doblaje competente pero carente de esa chispa de genialidad indescriptible que caracteriza a las mejores adaptaciones. A estas lacras hay que sumar oscuros tejemanejes en las distribuidoras, que por alguna razón han decidido que para Infiltrados lo mejor es prescindir de Luis Posada para doblar a Leo DiCaprio, rompiendo una asociación que se remonta a Titanic. Al encargado de dirigir el doblaje en cuestión más le vale aplaudir la decisión de la distribuidora si no quiere ser destituido, como le ha ocurrido a muchos que saben deletrear la palabra “integridad”. En el siguiente vídeo veréis lo que pasa cuando una distribuidora se niega a pagar los derechos de un doblaje para editar un DVD.

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Debes vengar mi muerte, Kimba… Estooo, Simba

Hay temas sobre los que se habla lo suficiente como para acabar asqueado de oír una y otra vez las mismas apostillas sabihondas, incluso dichas exactamente de la misma forma; pero que contradictoriamente necesitan a gritos que llegue alguien que los trate con un poco más de perspectiva, cambiando ligeramente las intenciones y el punto de vista, y añadiendo unas gotitas de reflexión.

Esta vez el asunto concierne a los defensores a ultranza del anime, quienes se frotan las manos con sádica satisfacción al ver cómo El rey león, magno ejemplo del cine Disney de animación (casi unánimemente reconocido como el mejor de la Historia, para el fastidio de éstos) sucumbe ante las denuncias de plagio ante uno de los más clásicos exponentes del parcialmente eclipsado mundo de la animación japonesa. Hablo de Kimba, el león blanco (Janguru Taitei, “el rey de la selva”, vaya), serie de 1965 basada en el manga del mismo título dibujado por Osamu Tezuka en 1950. Ya sabéis de qué hablo. Habéis leído en un millón de páginas diferentes sobre el flagrante y descarado plagio de Kimba, el león blanco perpetrado por Disney (la malvada Disney, la cursi Disney… a ver si nos ponemos ya de acuerdo) en 1994 bajo el título de El rey león. Haced memoria. Ya lo sabéis. Siempre las mismas imágenes-evidencia (Mufasa en el cielo, Simba a punto de caerse del precipicio), las mismas frases despectivas hacia Disney, las mismas faltas de ortografía. Un gran porcentaje de estas páginas están administradas, tal vez por casualidad, probablemente no; por otakus cabreados que manejan la información manipulándola a su gusto y alienando a sus impresionables lectores, que, sin tiempo ni ganas de sacar conclusiones propias, van por ahí contándole a sus amigos que El rey león es un plagio de unos dibujitos chinos, qué fuerte.

Kim-ba! The white liiiiion!

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