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La rotoscopia

El mundo de la animación es fascinante. Que hoy en día haya aún gente que comente en foros cosas como “ah, Toy Story 3 me gustó, y eso que era de dibujitos”, con ese diminutivo que es una de las cuatro o cinco cosas más odiosas de este universo (mención especial para Vince Vaughn y los crocs), es algo que escapa a mi comprensión. No hay nada menos simple que el cine de animación. A veces, por tener un margen de verosimilitud mayor que el cine de acción real, la animación puede servirse de los seres y objetos más insospechados para construir hermosas metáforas cargadas de ingenio sobre el mundo que nos rodea. Conocer la técnica que se esconde tras un proyecto animado implica un enorme respeto por estas hazañas estéticas en movimiento, que entrañan una labor decenas de veces mayor a la de la más compleja de las películas de acción real. Las Capillas Sixtinas del cine se encuentran en la animación, y responden a nombres como The Thief And The Cobbler o La bella durmiente. Y a veces, conocer la técnica te da más de una sorpresa. Crees que el cine de animación se divide simplemente en tradicional y CGI, y te llevas una sorpresa. Aún dentro de cada grupo se pueden seguir caminos muy diferentes para hacer una película. Gracias a JC y a su Avatar es fácil pensar en una de las vías alternativas que se pueden usar en la animación CGI para construir una película: la motion capture, ese proceso mediante el cual los movimientos de un actor de carne y hueso se transforman (vía humillante pijama azul) en una figura digital aparentemente viva, en tiempo real. La animación tradicional tiene su propio motion capture, pero es mucho más laboriosa y se llama rotoscopia.

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Debes vengar mi muerte, Kimba… Estooo, Simba

Hay temas sobre los que se habla lo suficiente como para acabar asqueado de oír una y otra vez las mismas apostillas sabihondas, incluso dichas exactamente de la misma forma; pero que contradictoriamente necesitan a gritos que llegue alguien que los trate con un poco más de perspectiva, cambiando ligeramente las intenciones y el punto de vista, y añadiendo unas gotitas de reflexión.

Esta vez el asunto concierne a los defensores a ultranza del anime, quienes se frotan las manos con sádica satisfacción al ver cómo El rey león, magno ejemplo del cine Disney de animación (casi unánimemente reconocido como el mejor de la Historia, para el fastidio de éstos) sucumbe ante las denuncias de plagio ante uno de los más clásicos exponentes del parcialmente eclipsado mundo de la animación japonesa. Hablo de Kimba, el león blanco (Janguru Taitei, “el rey de la selva”, vaya), serie de 1965 basada en el manga del mismo título dibujado por Osamu Tezuka en 1950. Ya sabéis de qué hablo. Habéis leído en un millón de páginas diferentes sobre el flagrante y descarado plagio de Kimba, el león blanco perpetrado por Disney (la malvada Disney, la cursi Disney… a ver si nos ponemos ya de acuerdo) en 1994 bajo el título de El rey león. Haced memoria. Ya lo sabéis. Siempre las mismas imágenes-evidencia (Mufasa en el cielo, Simba a punto de caerse del precipicio), las mismas frases despectivas hacia Disney, las mismas faltas de ortografía. Un gran porcentaje de estas páginas están administradas, tal vez por casualidad, probablemente no; por otakus cabreados que manejan la información manipulándola a su gusto y alienando a sus impresionables lectores, que, sin tiempo ni ganas de sacar conclusiones propias, van por ahí contándole a sus amigos que El rey león es un plagio de unos dibujitos chinos, qué fuerte.

Kim-ba! The white liiiiion!

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