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De porno y hombres

¿Qué es esto?, se preguntan los lectores de The R Lounge, ávidos de emociones fuertes. Los lectores de doce años, esos que encuentran el blog a través de búsquedas en google como “tias buenas tuenti fotos” o “videos de adolecentes precoses” (sic, y hago hincapié en el “sic”), se sienten intrigados desde el momento que la barrera contra páginas poco recomendables que les han puesto sus padres en el ordenador de pronto les restringe el acceso hacia este, hasta hace poco, casto rincón de internet. ¿Qué se cuece hoy por The R Lounge? ¿Acaso el autor se ha pasado al triste recurso para subir el número de visitas de colgar fotos de tetas? La respuesta es no, no y no. Pero sí que voy a hablar de porno. Tenía recelos de publicar esta entrada por varias razones. La primera, que en un blog apéndice de Viruete al que debo mucho hubiese una entrada parecida. No exactamente igual, no con las mismas intenciones, pero parecida. La segunda, que volvemos a entrar en terrenos en los que se enfangan más personas que yo, personas con su nombre, sus apellidos y sus traumas, y aunque una cosa es relatar al mundo las miserias en los scout y otra… bueno, en fin, las humillantes historias que vienen a continuación. Porque van de porno. De porno y hombres. Y uno se pregunta si es mejor poner nombres y apellidos o utilizar los crueles motes que tenían algunos desgraciados en secundaria y con los que nos gustaba hacerles la vida imposible.

Es evidente que no soy tan valiente como para contar sórdidas historias que me incumban a mí y sólo a mí. En cambio, ruin lo soy un rato. Tanto que con mis declaraciones en esta historia pienso hundir conmigo a todos mis queridos compañeros de experiencias pornográficas, que como no podía ser de otra manera son esos tipos frecuentemente nombrados aquí, los sempiternos Hempfreud y Fernando, amén de otros sujetos de lo más variopinto que responden a nombres como Pollo, Menda o Papi, que no dirán nada a muchos pero resultarán reveladores para unos pocos. Es posible que cuando estas historias salgan (que salen) en conversaciones trufadas de alcohol y jolgorio todos ellos se rían de buena gana al rememorarlo: “ah, sí, estábamos tó locos”, “cómo se nos iba la pinza” y tópicos por el estilo. Sin embargo, ya veréis como la cosa cambia en cuanto esta basura escabrosa y sensacionalista aparezca en sus respectivas alertas de google reader y arruine más de una prometedora carrera profesional. A Fernando, otrora amigo, no le temblará el pulso a la hora de demandarme por calumnia y vejación, cuando en el fondo de su podrido corazón una voz ronca le recordará en susurros que él era el que de buena gana ponía su casa a disposición de nuestras turbulentas sesiones de cine porno, orgulloso de su papel de anfitrión. Aquél al que llamamos Pollo, si no ha cambiado mucho desde entonces, agarrará una monumental pataleta y en el juicio esgrimirá argumentos tan poderosos como “¡mentira, capullo!” ante la prueba escrita de que más de una vez propuso descabelladas actividades de dudoso calibre “sólo para divertirnos”. Hempfreud, en un caso sin precedentes en la historia judicial de este país, utilizará su diplomatura en Derecho para defenderse a sí mismo frente a la acusación de haber combinado el visionado de pornografía en grupo a los trece años con lascivas partidas de Worms. Y el apodado Papi, un hombre grande (literalmente) y pragmático donde los haya, sencillamente se retirará a su castillo cual Stanley Kubrick, desde donde guardará silencio (con cariño para todos vosotros, entrañables bastardos, incluso a los que hace siglos que no veo). Como intuiréis, estoy filtrando datos de las anécdotas que vienen a continuación. Es una forma de preparar el terreno antes de empezar a relatar las historias que en realidad deseo que sean recibidas con un “todos fuimos así una vez” y no con las caras desencajadas que ya me estoy temiendo. Señoras y señores, comenzamos con las historias que involucraron a estos alocados adolescentes y a la pornografía, situadas en aquellos no tan lejanos años en los que la búsqueda de porno iba más allá de meter «young slut gets banged» (o «pregnant» en lugar de «young») en el buscador de Redtube. Aquí en el suelo os dejo mi dignidad.

Noche de porno en casa de tus vecinos gafapasta.

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Un tipo duro

A lo largo de primaria conocí a unos cuantos sujetos dignos de mención. Estaba Jesús Selma, un chalado hiperactivo que nos amenizaba las clases (a alumnos y profesor) con su sabiduría de la vida: podía explicar con todo lujo de detalles cómo era la explosión (el explotío, según él) de una bombilla cuando la tirabas contra el suelo o lo que pasaba cuando le metías un cigarro por el culo a un camaleón, conocimiento que, según él, adquirió saltando con su primo la valla de “un campo” (ese “campo” del que te hablaban muchas veces tus amigos, ya sea de su padre, su tío o de nadie en particular). Teníamos al Ganaza, un interfecto de la peor calaña cubierto de pecas y de aspecto de haber empezado a fumar con cuatro años cuya mayor contribución a la clase fue traer una goma de borrar del tamaño de un borrador de pizarra con la que entre clase y clase jugábamos al despiadado juego del gomazo, de reglas bastante básicas. En alguna ocasión nos relataba historias de dudoso gusto, como aquella en la que se tiró a su novia en un colchón mohoso que encontró en un campo (“el campo”), y otras veces iba más allá y se sacaba su arrugado pene para demostrar la frondosidad de su mata de pelo sin que nadie se lo pidiera. Todo esto con diez u once años. Nosotros teníamos la teoría de que era hijo, tal vez ilegítimo, de Guillermo, un vagabundo bien conocido en nuestra ciudad por sus paseos sin fin y sin rumbo; pero creo que esta hipótesis se ha quedado obsoleta, como la de los dinosaurios que arrastran la cola.

Pablo Saucedo, una especie de Draco Malfoy de permanente gesto de estar oliendo mierda, era otro compañero a recordar. Era pomposo y arrogante, e hijo del profesor que hizo repetir a Belén (la de la pinta de Guinness) tercero de secundaria. Las leyendas cuentan que se le ha visto liarse con tías cerca de espejos para tener controlado su peinado. También estaba Edopedo, un chaval con aspecto de haber escapado de los óleos de una capilla (era sonrosado y tenía el pelo muy rubio y cortado a capa) y que solía ser víctima de todo tipo de vejaciones, en parte por su aspecto de angelote y en parte porque todos sabíamos que no era especialmente difícil hacerle llorar. Una vez, cometió el tremendo error de dejar su tamagotchi, cuya criaturita había sobrevivido durante un tiempo récord gracias a los cuidados de su dueño, a Jesús Selma. También en tiempo récord, Jesús Selma se lo devolvió muerto, con un apesadumbrado “quillo, se m’ha matao”. Edopedo, como un amorcillo enrojecido y lloroso, se lo contó a la profesora en un mar de lágrimas y mocos. “Dodotis” solíamos llamarle, aunque, por lo que recuerdo, nunca llegó a mearse encima.

Es que no sé qué foto poner.

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