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También son actores

Hace dos años, cuando ya había perdido toda esperanza, alguien tuvo la genial idea de editar en España La carrera del siglo en DVD. Dejé todo lo que tenía entre manos (grandes chistes de Mortadelo y Filemón me vienen a la mente) y corrí hacia la Fnac como un loco. Aquel día no, pero poco después disfruté de una de las películas que más veces he visto en mi vida, por primera vez en versión original. Fue una experiencia maravillosa; por primera vez pude deleitarme por completo del profesor Fate de Jack Lemmon, de Max, del gran Leslie y de Maggie DuBois. No es que antes el acceso a una copia en VO descargada por métodos fraudulentos no fuese viable, pero si os digo la verdad no me lo había planteado. Desde los ocho años viendo una y otra vez la película ésta doblada… Es normal, acabas por no plantearte algunas cosas obvias. Y bien, Roselló, supongo que tras ver la película DE VERDAD jamás volviste a poner esa infecta versión doblada, ¿no? Bueno, pues lo cierto es que volví a verla doblada muchas veces. Sí, la versión original fue gloriosa, pero la doblada es igualmente grande. No es una cuestión de costumbre, es una cuestión de calidad. El doblaje de La carrera del siglo cuenta con algunos de los mejores actores del momento y de la historia de la profesión, en unas interpretaciones pletóricas. ¿Por qué iba a querer dejar de disfrutar de su trabajo?

Durante los últimos cinco años he sido habitual del foro de eldoblaje.com, y desde que me registré allá por 2006 para sumarme a las condolencias por la prematura muerte de Concha García Valero (la maravillosa voz española de Courteney Cox) he madurado mucho en mi visión de la eterna discusión entre los defensores del doblaje y los de la versión original. Hablando claro: para disfrutar de una película en toda su plenitud hay que optar por la versión original sin subtitular. Sin embargo, hay algunos que tenemos otros intereses aparte de disfrutar de la película en sí, y para ello hay que sacrificar algunas cosillas. Nos gusta el doblaje. Nos gustan esos actores anónimos que desde detrás de un atril ponen su voz al servicio de las grandes estrellas. Pero hay quien no nos comprende. Los defensores de la versión original son tan respetables como el que más, pero lamentablemente muchos de ellos no se conforman con defender la versión original sin más, sino que se dedican a hundir la alternativa del doblaje y dejarla a la altura de la mierda, casi siempre con argumentos totalmente demenciales. Demenciales, pero que de tanto haberse repetido parecen verdades universales imposibles de cuestionar. Vamos a repasar estos errores. Amigos defensores de la versión original, no tengo nada en contra de vosotros. Os comprendo y estoy con vosotros (porque puedo estar en dos sitios), pero a los que escupen en el doblaje con razones como las siguientes… Bueno, a vosotros que os den.

Zí, nohotro vemo la coza doblá, poque zi no laj letra de andebajo la tenemo que leé.

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Cady vs. Cady

Parto de la idea de que el único remake con una verdadera razón de ser es el que aporta algún aspecto interesante e inexplorado a la película original. Y con interesante e inexplorado no me refiero a algo tan pueril como «efectos especiales más modernos» y demás chorradas, malditos hijos de la pantalla azul, sino a que el director del remake se da cuenta de que el original pasó por alto ideas o conceptos que muy buenamente se podían estudiar. Martin Scorsese se dio cuenta de esto cuando la patata caliente del remake de El cabo del terror, llegó a sus manos (se lo pasó Spielberg). Comprendió que la película original, dirigida por J. Lee Thompson en 1962 daba pie a una reflexión sólida sobre el bien y el mal más allá del suspense. Y se puso a hacer El cabo del miedo.

Tanto en El cabo del terror como en El cabo del miedo, Max Cady es un psicópata maltratador recién salido del trullo que se dedica a acosar al hombre que le mandó a la cárcel y a su familia. Pero más allá de esta base, hay muchas diferencias que dan a El cabo del miedo validez por sí misma. Digamos que El cabo del terror es un thriller de suspense convencional, muy de su época, cuando Hitchcock estaba más que consagrado y había empezado a adentrarse en el suspense truculento con Psicosis. De hecho, el argumento de El cabo del terror muy bien podría haber sido el de una película del maestro (como pasa con Charada u otras películas de la época): un protagonista noble acosado por las circunstancias, un malo perturbador y mucha inquietud psicológica. El cabo del terror es muy básica en su concepción del bien y el mal. Sam Bowden, el abogado, es un hombre recto, de intachable moral, perfecto marido y padre; que actuó como un ciudadano modelo al declarar en contra de Max Cady en juicio. Cady, por el contrario, es un psicópata perturbador, bebedor, vengativo, mujeriego y maltratador, con instintos asesinos y condenadamente listo, lo suficiente como para pasearse tranquilamente por el margen de la ley en su acoso a la familia Bowden, sin miedo a ser detenido. Esta dualidad, esta diferenciación tan clara entre el bien y el mal, se ve acentuada por la imagen popular de los dos actores protagonistas. Por un lado, Gregory Peck (Bowden) era para el público americano el paradigma del Hombre Bueno. Por el otro, Robert Mitchum (Cady) tenía fama de bebedor y problemático, y había tenido sus más y sus menos con la ley. Todo esto se reflejaba en la mayoría de interpretaciones de ambos, y en El cabo del terror estas imágenes antitéticas se anteponen la una a la otra para crear una situación en la que no hay lugar para la ambigüedad. No cabe la menor duda de quién es el bueno y quién es el malo en El cabo del terror, ni para los espectadores ni para los personajes. La esposa y la hija de Bowden no dejan nunca de dudar de su condición de hombre malvado y por supuesto, en ningún momento Cady les transmite otra cosa que miedo.

Cejas como gatitos acostados.

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