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En busca del Valle Inexplicable

Mis cortos favoritos de Pixar son Geri’s Game y Presto. O lo que es lo mismo, el del viejo jugando al ajedrez y el del conejo y el mago. Sin embargo, mi criterio en este caso es un poco injusto. Desde luego, lanzo esta afirmación tremendamente categórica (estos dos cortos son los mejores, y vosotros y vuestras propuestas alternativas estáis equivocados) habiendo contemplado la lista completa de cortos producida por el estudio del Gordo Cabrón desde 1984 hasta hoy, incluyendo esos abortos protagonizados por Mate disfrazado de luchador mexicano, de torero o de gigoló. El problema reside en lo complicado que es valorar con justicia los primeros experimentos animados de Lasseter, ya que esos conglomerados de burdas figuras geométricas generadas por ordenador nos generan un curioso rechazo que desde un primer momento anulan cualquier posibilidad de empatía con nada de lo que en ellos se nos quiera mostrar. Así que estos cortos primitivos, desde Las aventuras de Wally B. y André hasta Knick Knack quedan prácticamente excluidos de una competición en serio. Sin embargo, cabe detenerse en este extraño fenómeno. Sabemos que estas primitivas imágenes generadas por ordenador nos provocan un irrefrenable rechazo. Incomodidad. Incertidumbre. Recelo. ¿Pero por qué? No se trata de una cuestión de elección; estas toscas imágenes CGI nos causan a todos un rechazo que otras recreaciones burdas, como podría ser un torpe dibujo animado de teleserie, no provocan. No nos gustan, desde luego; los ortopédicos movimientos de las superestrellas perrunas de Basket Fever (“por el basket loco estarás”) nos provocan risa y vergüenza ajena, pero en absoluto tienen que ver estas reacciones con el de desagradable e inexplicable rechazo que nos podría provocar una torpe recreación CGI. ¿Qué tiene de especial el CGI para que reaccionemos a ella (o a su peor versión) de forma diferente? Existe una teoría científica que lo explica.

Borroso está bien. Es suficiente. No merece la pena recordarlo con más nitidez.

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The R Art Evolution

Lo prometido es deuda. En la última entrada dedicada a The R Art, movido por la emoción del momento y el alcohol, aseguré que lo próximo que veríais en la entrada más-o-menos-mensual dedicada a mis dibujos sería algo muy especial: un viaje al pasado. Al terrible pasado artístico de Miguel Roselló. Desgraciadamente, no se conservan documentos históricos de los años anteriores a 2000, con lo cual la exposición que hoy veréis (pero no creeréis) comienza su recorrido por los días en los que entré en el instituto, allá por el cambio de siglo. Tenía doce años, la cara llena de granos y una libido comparable a la del hermano de Stifler. Pero sobre todo, tenía una fuerte conciencia de mi talento con el lápiz. Los días en el colegio ya me habían confirmado como un niño con mucha imaginación e inquietudes artísticas (que es lo que hace que alguien aprenda a dibujar, qué don ni qué porras fritas), pues mientras que los demás seguían con actitud orwellesca las rígidas instrucciones del libro de Plástica a la hora de completar las láminas, yo solía hacer, con precisión admirable, lo que me daba la gana. Sólo así se explica que la silueta del caballo que había que repasar y colorear acabase convertida en mis manos en un equino lleno de tatuajes, con una desaconsejable chupa raída, vaqueros gastados, una polémica cresta rosa, un cigarro apestoso asomando de la comisura de sus labios malévolamente sonrientes. y una ametralladora. O que aquel muñeco de palo que había que convertir en un ser humano hecho y derecho se viese vestido con un uniforme de la SS, un casco militar y una pistola en la mano, con el inquietante añadido de “NAZI”  a la leyenda “de mayor quiero ser…”. Y mejor no hablaré del cuarto de baño aquél que había que colorear a tu gusto, le puse hasta una esvástica gigante en el centro de la cortina de la ducha.

Para refrescaros la memoria sobre el aspecto de nuestras protagonistas.

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The R Art: Calendario Pin Up 2011 (Vol. 2)

Previously on The R Lounge.

Hoy lo que se llevan son las trilogías, especialmente las que estrenan la segunda parte y la tercera con muy poca diferencia entre ambas, pero como sabéis, en The R Lounge luchamos (yo junto con los coreanos explotados por la sobrecarga de trabajo en el blog y retratados gratuitamente en lo que debería ser un gag del sofá) para ser fastidiosamente diferentes a los demás. Con este segundo volumen terminamos el díptico dedicado al mastodóntico calendario 2011 que, no sé si me repito, me llena de orgullo por ser el primero de muchos intentos que ha llegado a buen puerto.

A Ronald Reagan le gusta esto.

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De porno y hombres

¿Qué es esto?, se preguntan los lectores de The R Lounge, ávidos de emociones fuertes. Los lectores de doce años, esos que encuentran el blog a través de búsquedas en google como “tias buenas tuenti fotos” o “videos de adolecentes precoses” (sic, y hago hincapié en el “sic”), se sienten intrigados desde el momento que la barrera contra páginas poco recomendables que les han puesto sus padres en el ordenador de pronto les restringe el acceso hacia este, hasta hace poco, casto rincón de internet. ¿Qué se cuece hoy por The R Lounge? ¿Acaso el autor se ha pasado al triste recurso para subir el número de visitas de colgar fotos de tetas? La respuesta es no, no y no. Pero sí que voy a hablar de porno. Tenía recelos de publicar esta entrada por varias razones. La primera, que en un blog apéndice de Viruete al que debo mucho hubiese una entrada parecida. No exactamente igual, no con las mismas intenciones, pero parecida. La segunda, que volvemos a entrar en terrenos en los que se enfangan más personas que yo, personas con su nombre, sus apellidos y sus traumas, y aunque una cosa es relatar al mundo las miserias en los scout y otra… bueno, en fin, las humillantes historias que vienen a continuación. Porque van de porno. De porno y hombres. Y uno se pregunta si es mejor poner nombres y apellidos o utilizar los crueles motes que tenían algunos desgraciados en secundaria y con los que nos gustaba hacerles la vida imposible.

Es evidente que no soy tan valiente como para contar sórdidas historias que me incumban a mí y sólo a mí. En cambio, ruin lo soy un rato. Tanto que con mis declaraciones en esta historia pienso hundir conmigo a todos mis queridos compañeros de experiencias pornográficas, que como no podía ser de otra manera son esos tipos frecuentemente nombrados aquí, los sempiternos Hempfreud y Fernando, amén de otros sujetos de lo más variopinto que responden a nombres como Pollo, Menda o Papi, que no dirán nada a muchos pero resultarán reveladores para unos pocos. Es posible que cuando estas historias salgan (que salen) en conversaciones trufadas de alcohol y jolgorio todos ellos se rían de buena gana al rememorarlo: “ah, sí, estábamos tó locos”, “cómo se nos iba la pinza” y tópicos por el estilo. Sin embargo, ya veréis como la cosa cambia en cuanto esta basura escabrosa y sensacionalista aparezca en sus respectivas alertas de google reader y arruine más de una prometedora carrera profesional. A Fernando, otrora amigo, no le temblará el pulso a la hora de demandarme por calumnia y vejación, cuando en el fondo de su podrido corazón una voz ronca le recordará en susurros que él era el que de buena gana ponía su casa a disposición de nuestras turbulentas sesiones de cine porno, orgulloso de su papel de anfitrión. Aquél al que llamamos Pollo, si no ha cambiado mucho desde entonces, agarrará una monumental pataleta y en el juicio esgrimirá argumentos tan poderosos como “¡mentira, capullo!” ante la prueba escrita de que más de una vez propuso descabelladas actividades de dudoso calibre “sólo para divertirnos”. Hempfreud, en un caso sin precedentes en la historia judicial de este país, utilizará su diplomatura en Derecho para defenderse a sí mismo frente a la acusación de haber combinado el visionado de pornografía en grupo a los trece años con lascivas partidas de Worms. Y el apodado Papi, un hombre grande (literalmente) y pragmático donde los haya, sencillamente se retirará a su castillo cual Stanley Kubrick, desde donde guardará silencio (con cariño para todos vosotros, entrañables bastardos, incluso a los que hace siglos que no veo). Como intuiréis, estoy filtrando datos de las anécdotas que vienen a continuación. Es una forma de preparar el terreno antes de empezar a relatar las historias que en realidad deseo que sean recibidas con un “todos fuimos así una vez” y no con las caras desencajadas que ya me estoy temiendo. Señoras y señores, comenzamos con las historias que involucraron a estos alocados adolescentes y a la pornografía, situadas en aquellos no tan lejanos años en los que la búsqueda de porno iba más allá de meter «young slut gets banged» (o «pregnant» en lugar de «young») en el buscador de Redtube. Aquí en el suelo os dejo mi dignidad.

Noche de porno en casa de tus vecinos gafapasta.

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The R Art: Calendario Pin Up 2011 (Vol. 1)

En la tradición de las mayores fantasías épicas del Hollywood dorado, hoy The R Lounge se enorgullece en presentarles una magna epopeya en dos partes, tan larga que wordpress no ha sido capaz de procesarla entera sin colgarse. Durante este largo y cálido verano me he dedicado en cuerpo y alma a un ambicioso proyecto con el que probar mi talento como dibujante, pero también como diseñador. Si no hubiese revelado hace unas cuantas entradas que se trataba de un calendario, ahora estaríamos hablando de una presentación llena de suspense e intriga. Estúpido yo del pasado. No obstante, creo que el resultado ha sido lo suficientemente satisfactorio como para poder permitirme el lujo de prescindir del misterio. Me he pasado el verano dibujando tías para tan noble fin, pues no se trata de un calendario carente de temática, sino que es un calendario pin-up. Sí, una excusa como cualquier otra para dibujar tetas, piernas y tacones. Pasen, señores, pasen y deléitense con la gran aventura del calendario pin-up de Miguel Roselló para 2011.

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Indiana Jones y la mejor película que nunca se hizo

No creo que a lo largo de la vida de este blog hable demasiado de videojuegos. No puede decirse que sea un fan, ni siquiera puede llamárseme aficionado. Pero hubo un tiempo en el que sí lo fui. Aproximadamente… de los cinco años a los doce o trece. Exacto, un precoz tanto en subirme al carro como en descolgarme. Y no hablaré mucho de videojuegos porque la mayor parte de mis halagos irán siempre hacia la misma compañía, y me arriesgo a caer en la monotonía. Pero es que ninguno de los juegos que voy viendo salir hoy en día me causa la fascinación que despiertan en mí, aún hoy, las aventuras gráficas de la edad de oro de LucasArts. Quien haya jugado al Maniac Mansion estará de acuerdo conmigo en que no existe una aventura gráfica más demencial, sádica y complicada en toda la faz de la Tierra (y que no había nada que daba más miedo que saber que la enfermera Edna iba derechita hacia donde tú estabas). Y quien haya jugado al Monkey Island 2 estará de acuerdo en que jamás un juego aprovechó mejor las limitaciones del sistema VGA de colores para crear unos fondos tan bellos y carismáticos. Como se puede ver, muchos de los juegos de la compañía representan lo mejor de lo mejor del mundo videojueguil en muchos aspectos. ¿Mis favoritos? El primero es, sin lugar a dudas, el ya nombrado Monkey 2, el Imperio Contraataca de los ordenadores. Y siguiendo a éste de cerca, dos obras maestras sin parangón: la joya postclásica Grim Fandango (de 1998) y el hito absoluto del que voy a hablar aquí, explayándome a gusto en todos y cada uno de sus aspectos: Indiana Jones And The Fate Of Atlantis.

Qué cosquilleo...

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