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Muertes X-Tremas 2: Esta vez es Disney-personal

La navidad es esa época para soñar y rencontrarnos con nuestras películas de antaño, las que nos hicieron llorar y reír en nuestra niñez y hoy nos llevan a gritar histriónicamente frases como “¿NO HAS VISTO POCAHONTAS? ¡TÚ NO TIENES INFANCIA!”. No es que yo cierre el kiosko Disney durante la época no estival (este blog es buena prueba de ello), pero en estos días me apetece más que nunca revisitar algunas películas Disney tirado en el sillón, a veces las más olvidadas y otras veces las más quemadas por ese infame y cansino reducto que habla del periodo 1989-1994 como si fuera la segunda venida del Hacedor. Es tiempo para ello, sin duda; pero también es tiempo para retomar mi largamente acariciada secuela a una de mis entradas favoritas de este blog, MUERTES X-TREMAS. Combinar dos de mis aficiones como son Disney y las muertes truculentas en el cine no era más que cuestión de tiempo, y el día ha llegado. Hoy me place presentarles, querido público, mi ranking personal de MUERTES X-TREMAS versión Disney. Esta entrada va a ser larga de narices, así que a los paletos que se quejan de que escribo artículos demasiado largos y se sienten más cómodos leyendo cómo sus conocidos anuncian en 140 caracteres máximo lo difícil que ha sido levantarse hoy de la cama, que vayan cogiendo la puerta.

El catálogo de muertes memorables de la Disney, amplificado tras cierta compra multimillonaria.

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Lo que importa es la anchura

Hay quien me dice que estoy obsesionado con el asunto del formato de las películas. No, no me refiero a si te has bajado un flamante mkv o un cutre mpg. Me refiero a la proporción de la imagen. Números que para el lector medio de este blog no son más que un barullo incomprensible son para mí la causa de noches en vela, de búsquedas interminables en imdb y en definitiva, de sufrimiento. No comprendo como un elemento tan determinante en la composición visual de la imagen e incluso en el impacto psicológico que produce la película en el espectador pasa tan desapercibido o es directamente desdeñado. Pasa desapercibido para el público que no se detiene a fijarse si lo que está viendo es una imagen prácticamente cuadrada o un rectángulo tan ancho como su campo de visión, y es desdeñado por los programadores de las cadenas de televisión, a los que no les tiembla el pulso en cortar media película por los lados para evitar esas franjas negras arriba y abajo que por lo visto deben costarles la mitad del share, porque si no, no se entiende esta costumbre tan atroz. O quizá sí. En realidad, a la gente el formato se la repampinfla, a la gente lo que le importa es que no se vean bandas negras que interfieran en su visionado (se trata de un público exigente y sofisticado). Si a Antena 3 no le ha dado por mutilar Indiana Jones y la última cruzada por los lados para que ocupe toda la pantalla y dar lugar a una película protagonizada mayormente por narices flotantes, siempre habrá alguien en alguna parte del globo que, cerveza en mano y pies en alto, gruñirá “niño, quita las rayas negras”. Da igual que para ello haya que estirar la imagen por arriba y por abajo hasta que parezca que todos han sido absorbidos por el poder del Arca de la Alianza, la cuestión es que las bandas no molesten. Nuestros nuevos y flamantes televisores anchos nos permiten disfrutar de los formatos cinematográficos conservando toda su amplitud, pero el 95% de los hogares (gracias a Estadísticas Inventadas S.L. por los datos) tiene el suyo configurado para que todo contenido rodado en el desfasado formato cuadrado 1.33:1 aparezca estirado por los lados para ocupar toda la pantalla. Homer jamás se había visto tan gordo.

That's the way -aha aha- I like it -aha aha-...

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La rotoscopia

El mundo de la animación es fascinante. Que hoy en día haya aún gente que comente en foros cosas como “ah, Toy Story 3 me gustó, y eso que era de dibujitos”, con ese diminutivo que es una de las cuatro o cinco cosas más odiosas de este universo (mención especial para Vince Vaughn y los crocs), es algo que escapa a mi comprensión. No hay nada menos simple que el cine de animación. A veces, por tener un margen de verosimilitud mayor que el cine de acción real, la animación puede servirse de los seres y objetos más insospechados para construir hermosas metáforas cargadas de ingenio sobre el mundo que nos rodea. Conocer la técnica que se esconde tras un proyecto animado implica un enorme respeto por estas hazañas estéticas en movimiento, que entrañan una labor decenas de veces mayor a la de la más compleja de las películas de acción real. Las Capillas Sixtinas del cine se encuentran en la animación, y responden a nombres como The Thief And The Cobbler o La bella durmiente. Y a veces, conocer la técnica te da más de una sorpresa. Crees que el cine de animación se divide simplemente en tradicional y CGI, y te llevas una sorpresa. Aún dentro de cada grupo se pueden seguir caminos muy diferentes para hacer una película. Gracias a JC y a su Avatar es fácil pensar en una de las vías alternativas que se pueden usar en la animación CGI para construir una película: la motion capture, ese proceso mediante el cual los movimientos de un actor de carne y hueso se transforman (vía humillante pijama azul) en una figura digital aparentemente viva, en tiempo real. La animación tradicional tiene su propio motion capture, pero es mucho más laboriosa y se llama rotoscopia.

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Walt Disney, los ¿clásicos?

Hoy os brindo una de esas entradas negativas y llenas de malas intenciones que tanto hacen por la buena salud de este blog y que a este paso acabarán siendo las únicas en seguir creciendo en número. Sabido es a estas alturas de la película que soy fan fatal de Disney y todo lo que tenga que ver con ello, ya sea bueno y malo. Disfruto con las mejores películas y adoro destrozar los peores bodrios. No por nada  tengo control casi absoluto sobre las infames secuelas directas a vídeo, desde La bella y la bestia, una navidad encantada hasta Tod y Toby 2. Sin embargo, no toda la mierda está acumulada en este triste submercado doméstico gestionado por monos con corbata. La división animada principal de los Walt Disney Studios también tiene sus puntos oscuros, más de los que parecen a simple vista. Recordemos la llamada “etapa negra”, que abarca desde la muerte de Walt en 1966 hasta 1988, y la verdadera etapa negra, la del nuevo siglo, que hizo evidente que la primera etapa negra no estaba tan mal como creíamos. Como es de esperar en un estudio tan legendario y justamente popular como el que tratamos, a veces los puntos negros son más bien películas fallidas sin más, productos que se quedan por debajo de lo esperado en el sello Disney y que no juzgaríamos con tanta dureza si viniesen de una compañía más humilde o mediocre. ¡Acompáñenme por este apasionante recorrido a través del mágico mundo de los diez peores largometrajes animados Disney, con ilustrativos vídeos que recogen los peores aspectos (o a veces los mejores) de las películas!

Hoy, en Lo Más Bajo...

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¡Muertes X-tremas!

Yo era un niño muy perverso.

No es una referencia a Gabbo; es la verdad. Llevo viendo películas de forma sistemática desde que era muy pequeño, y desde que era muy pequeño desarrollé un malsano placer por la muerte ajena en el cine. Una película valía lo que valía la muerte del malo, o en su defecto, la muerte de cualquier personaje que pasara por allí. La diferencia entre una obra maestra y una mierda la marcaba el nivel de truculencia/extravagancia del destino del malo; ni que decir tiene que una ridícula amonestación tipo “y el malo acabó en la cárcel” o peor aún, “y el malo huyó de allí y no volvió a vérsele jamás” eran absolutamente inaceptables, especialmente en el segundo caso. ¿El malo huyó? Bien, ¿quién me asegura que no huyó para acabar dándose la gran vida en algún emirato árabe, rodeado de concubinas? ¿Alguien puede considerar satisfactorio un final en el que el terrible tigre que ha estado a punto de devorarte e incluso ha asesinado (o eso parece) a tu buen amigo oso huye sin más castigo que una rama ardiendo atada a la cola, que sin duda se apagará en dos minutos? ¿Es que a nadie le preocupa que la señorita Trunchbull haya encontrado trabajo como directora en otro colegio y esté torturando a los niños de un modo más cruel si cabe de lo que hacía con los compañeros de clase de Matilda? No, eso no nos incumbe. En lo que a nosotros respecta, a la señorita Trunchbull jamás se la volvió a ver por el colegio y punto.

La única no-muerte que me dejaba satisfecho, por ser el peor castigo en vida: COMER MIERDA.

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El Rey León, en busca del doblaje perfecto

De un tiempo para acá el doblaje está un tanto de capa caída. Las versiones españolas electrizantes de mediados de los noventa e incluso de los primeros años de la presente década (sigue siendo “la presente década” hasta el 31 de diciembre, os pongáis como os pongáis) son cada vez algo más propio del pasado. ¿Razones? Por lo que tengo entendido, las películas (y no digamos ya las series) llegan a los estudios con cada vez menos margen previo al estreno, así que los actores no pueden llevarse a su casa los DVDs (o los laser discs) para estudiarlos con detenimiento y comenzar a adaptarse a los personajes, con lo que llegan a las grabaciones irremediablemente verdes. La paranoia antipiratería (que supongo que tiene algo que ver con lo que acabo de decir) ha llevado a las malvadas distribuidoras a enviar a los estudios de doblaje copias de las películas en las que toda la imagen, salvo las bocas, está cubierta por una máscara negra. He leído a muchos actores de doblaje comentar que para ellos, a la hora de doblar, es más indispensable mirar a los actores a los ojos que a la boca. Perdidos se dobla más o menos así: una semana antes de la emisión de un capítulo en España éste llega al estudio, y en ese tiempo ha de estar doblado satisfactoriamente, usando como referencias las bocas flotantes de Lapidus y otros personajes menos importantes. Si a Abraham Aguilar le fulmina un rayo mientras va al estudio y debe guardar cama una semana, no se le puede esperar. La voz de repuesto de Sayid ha de estar lista para hacer su trabajo y ya se cambiará para el DVD.  Este cúmulo de circunstancias da como resultado un doblaje competente pero carente de esa chispa de genialidad indescriptible que caracteriza a las mejores adaptaciones. A estas lacras hay que sumar oscuros tejemanejes en las distribuidoras, que por alguna razón han decidido que para Infiltrados lo mejor es prescindir de Luis Posada para doblar a Leo DiCaprio, rompiendo una asociación que se remonta a Titanic. Al encargado de dirigir el doblaje en cuestión más le vale aplaudir la decisión de la distribuidora si no quiere ser destituido, como le ha ocurrido a muchos que saben deletrear la palabra “integridad”. En el siguiente vídeo veréis lo que pasa cuando una distribuidora se niega a pagar los derechos de un doblaje para editar un DVD.

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Tiana y el sapo (Ron Clements y John Musker, 2009)

Principales hándicaps de un REGRESO, así en mayúsculas, como el del cine más clásico en forma y fondo de Disney: primero, el afán a cualquier precio de crear “un clásico instantáneo, como lo de siempre” suele terminar siendo lo que resiente el resultado final; y segundo, el afán a cualquier precio de ver “un clásico instantáneo, como lo de siempre” suele terminar siendo lo que distorsiona nuestra percepción y resiente, subjetivamente, el resultado final. Lo primero no lo podemos remediar nosotros, los espectadores, pero lo segundo sí.

Los admiradores que esperaban este regreso con nombre propio como agua de mayo han cambiado, son diferentes aunque no lo acepten, desean con todas sus fuerzas que Tiana y el sapo sea como lo que siempre les ha gustado y se aterran ante la posibilidad de encontrar fallos que hundan esta ilusión, lo que les lleva a mover frenéticamente la vista y el cerebro de un lado a otro de lo que va pasando frente a sus narices en la pantalla, catalogando en cuestión de milésimas cada mínimo aspecto en “esto me gusta” y “esto no me gusta”, convirtiendo la película en un parto más que en una experiencia análoga a aquel entrañable día que fueron a ver Aladdin maravillados. Al salir de la sala hacen mentalmente un matemático balance entre lo que les ha gustado y lo que no les ha gustado, y por consenso de todas las neuronas que pueblan su cerebro, dan un veredicto para finalmente suspirar aliviados o hundirse en la miseria. En el primer caso, la película ha quedado reducida a un incómodo tránsito antes de poder decir “Disney ha vuelto”, y en el segundo lo más probable es que el aparente fracaso de la película sea culpa de haberla afrontado entre sudores, expectativas y juicios precipitados.

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Menos cortos, Caperucita

Tenía preparada esta entrada con la esperanza de que sirviese de guiño-homenaje a La dama y la muerte tras su victoria en los óscar, pero como esto no ha ocurrido (tampoco han ganado Wallace y Gromit; ¿pero esto qué es?, dice Matías Prats), nos comemos un rosco y el homenaje se convierte más bien en una cruel ironía.

El corto animado es una parte fundamental del cine. Muchos creadores experimentaron en este formato con las cualidades plásticas y narrativas del cine, dando lugar a productos desbordantes de talento que consciente o inconscientemente, han inspirado al cine convencional desde el principio de los tiempos. Es una mera cuestión de mentalidad alambicada que hoy no solamos ver los nombres de Tex Avery o Richard Fleischer en las clásicas listas de realizadores legendarios, ésas que ensalzan (con razón) a Wilder y a Hitchcock. Se agradecen a John Lasseter (la prueba viviente de que la precipitada caída de Anakin en el Lado Oscuro no era tan inverosímil como decían algunos quejicas) los intentos por devolver el casi inexistente mundo del corto animado a un plano más accesible para el público, pero no bastan los intentos de un solo hombre para lograr esto. Él debería saber mejor que nadie que si hubo una Edad de Oro de la animación en corto eso fue porque había montones de propuestas, muchos cerebros con visiones personales sobre lo que debía ser la animación, varios nombres y estudios potenciando estas pequeñas joyas de siete minutos.

Miradle, el poder le ha consumido.

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Los bodrios que me gustan

Ayer la señorita Belén mencionó repentinamente una película que a lo mejor os suena: Jesucristo cazavampiros. Claro que os suena. Caspa, serie B, despiporre, qué risa. La mención de la película de marras hizo que volviese a mi mente algo que había estado pensando días atrás, y que ahora tendréis que escuchar. Mala suerte, ya sabéis a quién echarle la culpa.

A no ser que tus amigos sean de los de polo de Lacoste, fiestuki por la noche y 40 principales (dejadme catalogar a la gente en paz, llegaremos antes al meollo), te será familiar esta situación: un puñado de frikis (que a día de hoy significa que se descargan Perdidos en inglés) han quedado para hacer un maratón de cine cutre. Pero no cutre tipo George A. Romero, sino cutre-cutre; expoitations ponzoñosos de presupuesto en números negativos, títulos rocambolescos, chistes de vergüenza ajena y casi siempre, casquería y sexo gratuitos. Estos amiguetes, que se caracterizan por ser unos cachondos, en palabras de sus conocidos o de las personas que les ven cantando la canción de Heidi por la calle a voz en grito, tienen fama de ir a su bola. Viven para “echarse unas risas”: lo hacen a todas horas, temen que puedan morir si dejan de reír a cierta intensidad. Y por eso se reúnen para ver cine casposo, para asegurar un suministro de risas frikis que dure unas cuantas horas. Se ríen cada vez que en la película ocurre algo truculento, tenga o no gracia. Es una norma básica. Veneran las películas en inversa proporción a su calidad y les encanta sentir que son unos colgaos que van a su bola porque ven cine de mierda que a nadie le gusta pero que a ellos les provoca la extraña reacción de decir a voz en grito “¡es Dios, es Dios!” cada cinco minutos, fenómeno que, como dice Manolito Gafotas, tiene desconcertados a científicos de todo el mundo.

Qué friki, pone una foto de Heidi en su blog.

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Debes vengar mi muerte, Kimba… Estooo, Simba

Hay temas sobre los que se habla lo suficiente como para acabar asqueado de oír una y otra vez las mismas apostillas sabihondas, incluso dichas exactamente de la misma forma; pero que contradictoriamente necesitan a gritos que llegue alguien que los trate con un poco más de perspectiva, cambiando ligeramente las intenciones y el punto de vista, y añadiendo unas gotitas de reflexión.

Esta vez el asunto concierne a los defensores a ultranza del anime, quienes se frotan las manos con sádica satisfacción al ver cómo El rey león, magno ejemplo del cine Disney de animación (casi unánimemente reconocido como el mejor de la Historia, para el fastidio de éstos) sucumbe ante las denuncias de plagio ante uno de los más clásicos exponentes del parcialmente eclipsado mundo de la animación japonesa. Hablo de Kimba, el león blanco (Janguru Taitei, “el rey de la selva”, vaya), serie de 1965 basada en el manga del mismo título dibujado por Osamu Tezuka en 1950. Ya sabéis de qué hablo. Habéis leído en un millón de páginas diferentes sobre el flagrante y descarado plagio de Kimba, el león blanco perpetrado por Disney (la malvada Disney, la cursi Disney… a ver si nos ponemos ya de acuerdo) en 1994 bajo el título de El rey león. Haced memoria. Ya lo sabéis. Siempre las mismas imágenes-evidencia (Mufasa en el cielo, Simba a punto de caerse del precipicio), las mismas frases despectivas hacia Disney, las mismas faltas de ortografía. Un gran porcentaje de estas páginas están administradas, tal vez por casualidad, probablemente no; por otakus cabreados que manejan la información manipulándola a su gusto y alienando a sus impresionables lectores, que, sin tiempo ni ganas de sacar conclusiones propias, van por ahí contándole a sus amigos que El rey león es un plagio de unos dibujitos chinos, qué fuerte.

Kim-ba! The white liiiiion!

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