Misterios del viral

7 Abr

¿Por qué? ¿Por qué él? ¿Qué tiene Eduard Anatolyevich Khil para haber desencadenado una fiebre fanática como la que él ha provocado a lo largo y ancho de internet? ¿Cuáles son los ingredientes que hacen al vídeo más insospechado la bomba viral de la red de la temporada? Éstas deben ser las preguntas que más me desconciertan en todo el mundo, y este fenómeno, una de las cosas más intrigantes y fascinantes que conozco. No, no me refiero concretamente a la canción del señor Trolololo, sino al fenómeno de su popularidad en sí. Cada cierto tiempo ocurre: un vídeo cualquiera, ya sea casero, de cámara oculta, televisivo o sacado del fondo enmohecido del baúl de los recuerdos, corre por internet como un reguero de pólvora y gusta a todo el mundo. O no. Más bien gusta a todo el mundo porque a todo el mundo le ha llegado con la etiqueta de “lo más visto del momento” pegada. ¿Pero cómo? ¿No es necesario gustar de verdad a unos cuantos para empezar el recorrido de la fama? ¿O acaso estos vídeos salen del horno de internet tocados por la mano de Jacob y están predestinados a la fama desde el primer visionado? Normalmente cuando llegan a nosotros, estos vídeos ya han sido vistos por millones de personas y no solemos plantearnos estas cuestiones, pero el caso es que hubo una vez en la que estos vídeos fueron vistos POR PRIMERA VEZ, por una sola persona. El objetivo de mi vida es averiguar las condiciones que llevan a un vídeo en concreto y no a otro a lo más alto del glorioso trono de la fama efímera. Las respuestas tipo “las circunstancias concretas del visionado de cada individuo, unido a condiciones sociales adecuadas” no sirven, ya que plantean nuevas preguntas. No sé si Darwin tenía en mente la aplicación de sus teorías evolutivas a los vídeos de mucha risa de internet, pero si es así, se equivocó. La supervivencia del más fuerte no tiene validez aquí. Ni siquiera del más gracioso. En mi opinión, el hecho de que sean tan graciosos parte de la incredulidad y a la vez certeza de que todo el mundo haya perdido su tiempo viéndolo y alzándolo a las listas de lo más visto. Pero la selección natural tiene una forma curiosa de operar en lo que se refiere a internet.

La aleatoriedad absoluta no existe. Cualquier suceso del entorno real en el que nos movemos es fruto de una combinación de variables y procesos de causalidad de una magnitud inimaginable. Pues bien, creo que ni la combustión espontánea de una silla se acerca tanto al fenómeno de la arbitrariedad como este asunto del éxito en internet. A mí personalmente me tiene perplejo. Si echamos la vista atrás, a la ristra de vídeos bendecidos, es imposible concebir un patrón o algo que se le parezca mínimamente. La debilidad de los internautas por los niños extraños, ya estén predicando violentamente contra la teoría de la evolución o dándose un guarrazo desde lo alto de un tronco, parece quedar anulada como posible factor común desde el momento en el que el asexuado e indudablemente adulto señor Trolololo irrumpe en escena con su canción (¿algún vídeo orientativo del KGB, tal vez?) y quema las IP de millones de internautas.

Tal vez podríamos sacar alguna conclusión observando atentamente el vídeo del señor Trolololo. ¿Qué tiene su canción? Hagamos un ejercicio de fragmentación de los elementos de tan absorbente pieza. Un psicotrópico plano inicial con orientativas indicaciones en ruso da paso al sobrio escenario en el que se desarrollará la trama de la historia. A saber, un fondo beige con una somera decoración sacada de El guateque o cualquier otra película de alma sesentera. La canción hace un rato que ha empezado, y ya sentimos curiosidad por conocer al ser que emite tan sugerentes sonidos. Entonces, tras la verja modernista vislumbramos su silueta, mientras va caminando hacia un lugar más despejado. Es un hombre extraño y feliz, que canta en voz alta mirando a las musarañas y que camina recreándose en la belleza de su entorno. Sus robóticos andares le llevan hasta el centro del escenario, donde se balancea sin dejar de cantar. Aparentemente, el público está por todas partes, pues su mirada no dejará en todo el número de buscar la complicidad de alguien a quien no vemos nunca. Diríase que su alegría se mezcla con una lucha por mantenerse despierto, pues los ojos le pesan. Esto no es algo que le impida seguir bailando someramente al ritmo de su canción, de la que parece estar enamorado. El intrépido señor Trololo se mueve como C3PO, intercalando entre sus gestos de androide de protocolo miradas ensoñadoras que parecen decir “¿cómo puedo ser tan estupendo?” (0:57). A veces parece querer hacer entender algo al público, como si su canción estuviese diciendo, en clave, “¿tengo o no tengo razón?” (1:00). Admira la opulencia de cuanto le rodea (1:05) e incluso se marca unos atrevidos pasos de baile dignos del playmobil más ágil (1:15). Y todo sin dejar nunca de sonreír, con un rictus inquietante que nos da la impresión de estar ante un consumidor de productos de belleza de la marca Joker. Finalmente, su alegría se desborda en un mar de carcajadas acompasadas, momento que se nos muestra mediante un montaje frenético (1:56). Llegado un punto deducimos, por los ademanes llenos de ilusión de nuestro hombre, que el público finalmente se ha dejado llevar por el ritmo y baila tratando de imitar el por otra parte inimitable estilo del señor Trololo (2:03). “Y esperad”, dice en código cifrado, “que aún hay más” (2:13). Pero una vez más se revela que es el señor Trololo quien controla la situación y no su público, pues sutilmente comienza a darnos a entender que se marcha del mismo modo misterioso e inexplicable del que llegó, para llevar la felicidad y el optimismo a otras buenas gentes.

Una combinación perfecta de excentricidad y la nadería más insignificante. Pero aún resulta desconcertante. Cuando Edgar se cayó de lo alto de su tronco, en su sufrimiento sólo había verdad, costumbrismo, retrato social: ¡yaaaaaagüeeeeeeey! No existía el factor de excentricidad marciana de este Max Headroom cantarín. Se trataba de un niño gordo pegándose una hostia. Y no necesariamente la hostia más graciosa, pero Edgar consiguió sus diez minutos de fama, que cristalizaron en algo tan delirante como esto:

Otros no alcanzaron el éxito práctico que conoció Edgar, que incluso fue propuesto para presidente de México. El Niño Alemán Loco jamás rodó un anuncio de sauerbraten, y me imagino por qué. En una sociedad en la que los consumidores están acostumbrados a locutores publicitarios de voz suave y entonación complaciente no hay sitio para anuncios en los que el encargado de explicar las excelencias de las salchichas de Núremberg es un adolescente rabioso que se apoya en ladridos y puñetazos en el teclado para dar credibilidad a sus argumentos. De modo que el Niño Alemán Loco se tuvo que conformar con una ristra de imaginativos subtítulos temáticos en los que se nos convencía de que el motivo de su ira era la victoria de Zapatero en las elecciones, un partido entre el Sevilla y el Real Madrid, una estafa postal o el tamaño de su pene.

Lo increíble de toda esta historia es que muchos de estos vídeos acaban trascendiendo la calificación de “chorrada cotidiana” y adquieren una trascendencia en principio inimaginable. Y no me refiero a insospechadas acciones llevadas a cabo por fans, sino a cosas más serias.  Observad aquella entrañable grabación del Star Wars Kid, aquel gordo patoso que manejaba el sable láser como una marsopa epiléptica. ¿Notáis algo peculiar? Efectivamente. El vídeo ha sido suprimido DEBIDO A UNA INFRACCIÓN DE LOS TÉRMINOS DE USO. De algún modo, los usuarios de youtube se las han arreglado para que el vídeo éste haya sido retirado de la red por infracciones de copyright. Un vídeo cuyos únicos elementos eran un friki con sobrepeso y un palo de escoba. Por no haber, no había ni música. De hecho, los montajes posteriores realizados por los fans acérrimos de nuestro héroe sí persisten en la red:

¿Acaso alguien tiene los derechos de los histriónicos ademanes de este tipo? ¿George Lucas se ha hecho con ellos antes de que el vídeo comience a dar dinero y no vaya hacia su cuenta personal en el banco Skywalker? No. La respuesta es otra: nuestro Star Wars Kid vio su caso llevado a los tribunales nada menos que por cyber-bullying. Después de recibir de manos de sus millones de fans un iPod y tres mil dólares porque les dio la gana, después de hacer cameos en Padre Made In Usa y en uno de los videojuegos de Tony Hawk, después de que se recogieran como doscientas mil firmas para que George Lucas le concediera una aparición en el Episodio III (que no se llevó a cabo, al final fue el propio Lucas quien interpretó al barón Papanoida); después de todo eso, los pobres chavales que tuvieron la luminosa idea de subir el vídeo a internet tuvieron que apoquinar una demanda a la traumatizada familia del héroe galáctico.  Y ese fue el fin de la historia del Star Wars Kid.

Así es el mundo del viral. Un día estás en todo lo alto y al día siguiente eres una reliquia del pasado obligada a ver cómo otro ocupa tu lugar en el corazón de la población. No busques razones para este declive. Más bien búscalas para tu triunfo. Pregúntate qué hiciste para llegar a la cima y ayúdanos a todos a esclarecer este enigmático misterio. Niño Alemán Loco, si me estás leyendo, cuéntanos tu historia. Edgar, Star Wars Kid, también vosotros. Señor Trolololo, tú no, ya sabemos por recientes entrevistas que entiendes tan poco como frustrado estás por un éxito extremadamente tardío que no te va a servir para nada. Aunque si yo fuese el protagonista de un montaje como éste ya podría morirme tranquilo:

2 comentarios to “Misterios del viral”

  1. Hustinetten 07/04/2010 a 17:45 #

    Pues sí, apasionante el misterio de los virales. No puedo dejar de recomendarte esta página http://knowyourmeme.com/

    No explican exactamente el porqué del éxito, pero sí lo describen bastante bien http://knowyourmeme.com/memes/trololo-edward-hill-russian-rickroll

  2. Miguel Roselló 09/04/2010 a 11:29 #

    Dos direcciones en un comentario… ¡Suficiente para que wordpress sospeche de spam!

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