The R Simpsons

El Bart, El

“¿Intento de asesinato? ¿Qué significa eso? ¿Acaso dan un nóbel por intento de química?”

Un año más, la familia amarilla favorita de América volverá a nuestras pantallas y torrents. Matt Groening, el hombre que en 1994 retiró su nombre por primera vez de los créditos de un episodio de la serie por considerarlo una burda estratagema comercial para promocionar una nueva serie de la Fox (El crítico), ha declarado alegremente en la Comic Con que no ve motivo alguno por el que la serie deba terminar a corto plazo, pensando sin duda en la era de bonanza creativa de la serie que ratifican los inminentes crossovers con Futurama y Padre de familia. Diría que el parecido físico que guarda con George Lucas no es casual.

La temporada 26. Se dice pronto, sobre todo para una serie cuyos años dorados se agotaron en la novena temporada. Observemos la cruda realidad en forma de gráfico, porque a Lisa le encantan los gráficos:

gráficosimpson
Trabajar en La Razón me está afectando.

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¡Es el segundo mejor episodio de Los Simpson que he visto!

El otro día estaba yo viendo Los Simpson (¡anda, no me digas!) y, descorazonado ante el lamentable espectáculo ante el que me encontraba (temporada 17, ya ves), me puse a pensar en los buenos tiempos. Entonces empecé a acordarme de mis episodios favoritos. Mi lista varía vagamente cada vez que pienso en ella (el monorraíl no para de entrar o salir), pero sí que hay una cosa que no varía: mi pódium. Mis tres episodios favoritos, inamovibles desde hace ya muchísimo tiempo y que se reafirman cada vez que los vuelvo a ver. Caí entonces en la cuenta de lo diferentes que son entre ellos estos tres episodios, quizá al estar bastante alejados en el tiempo entre ellos, o todo lo lejos que pueden ser tres años en una serie que ya lleva veintitrés en antena (de los cuales por lo menos doce se los ha pasado torturándonos). Es algo que nunca había pensado, y que me devolvió a mis recurrentes pensamientos sobre lo grandiosa que es esta serie que durante sus primeros ocho años de vida atravesó etapas tan diferentes y maravillosas cada una a su modo. Mis tres episodios favoritos de Los Simpson son una ácida sátira de la tele amarillista (por Dios, al que haga el chiste, lo mato), una comedia pura y desatada sin más lecturas y un complejo y maduro acto de autorreflexión sobre la propia serie. El primero es, por supuesto, Homer, hombre malo, con su Venus de gominola, su “dulce-cu”, sus legendarios momentos de manipulación televisiva y acoso mediático a Homer, su “Homer, I’m God… frey Jones” y su telefilm protagonizado por Dennis Franz (con Dennis Franz doblándose a sí mismo, por Dios). Hace poco lo volví a ver y descubrí algo absolutamente genial que se me había pasado por alto hasta entonces. Aparte de una crítica abierta a los medios de comunicación y la influencia de la tele en la opinión de la gente, el episodio es algo más. A día de hoy hemos visto cientos y cientos de crisis matrimoniales entre Homer y el mayor amor de su vida, Marge; pero Homer, hombre malo nos presenta por primera y única vez una trágica crisis matrimonial entre Homer y su segundo mayor amor: la tele. El episodio va de Homer siendo traicionado y desengañado por la segunda mujer a la que ama y sus intentos por reconciliarse, y la resolución es uno de mis momentos preferidos (por entrañable) de la serie: Homer abraza a la tele en secreto y le susurra un tierno “no volveremos a pelearnos, cariño”. No existe mejor y más divertida forma de definir a Homer.

Éste sería mi tercer episodio favorito. Respecto a mi Best Episode Ever, quizá huela a chamusquina que coincida con la respuesta más extendida y automática a la pregunta de cuál es el episodio favorito de la gente. Mi favorito es el del seguro dental. Decir que tu capítulo favorito de Los Simpson es Última salida a Springfield es como decir que tu película favorita es Ciudadano Kane. Sospechoso. El título que encabeza todas las listas sesudas y aburridas es tu favorito, ¿eh? Parece que alguien por aquí no tiene criterio propio. Sí, sé lo que parece, pero el caso es que mucho antes de Wikipedia, mucho antes de las listas, Última salida a Springfield se convirtió en mi episodio favorito cuando un lejano 3 de enero, día de mi cumpleaños (¿el noveno? ¿el décimo?), me pasé veinte minutos seguidos retorciéndome a carcajadas viéndolo por primera vez. Recuerdo que el giro de tuerca al tópico de los dibujos animados de la muchedumbre que dice “síiii” y uno que dice “nooo” me pareció la cosa más delirante y genial de todo el universo. Desde entonces no ha ido pareciéndome sino mejor y mejor, un capítulo maravilloso perteneciente a una época en el que los guionistas estaban pletóricos en su capacidad puramente cómica, la cuarta temporada. Hacer un episodio magistral basándose sólo en la comedia es muy complicado, mucho más que hacer un buen episodio emocional o con carga crítica, y durante la cuarta temporada tuvimos muchos como éste, en el que cada puñetero chiste funciona. Pura perfección cómica. Si encabeza todas las listas, por algo será. (Sin embargo, nótese que cuando alguien me dice que su película favorita es Ciudadano Kane olvido convenientemente esta lógica y desprecio su opinión como prefabricada e indigna de recibir un minuto de mi atención, quizá porque mi película favorita es El apartamento y no Ciudadano Kane).

¡Alto! ¿Qué ha pasado? He mencionado mi tercer episodio favorito y mi primer episodio favorito, ¿pero qué pasa con el segundo? ¿Me lo he saltado? Ah, amigos, mi segundo episodio favorito es un episodio tan complejo que una mención superficial no bastaría para hacer entender por qué es tan grandioso. Hay que entrar en él, escarbar, despiezarlo como a un atún y estudiarlo profusamente, porque tiene tantos aspectos interesantes que cualquier otra cosa sería injusta. Así que vamos allá. Hablemos de él. Hablemos de El enemigo de Homer.

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The R Art: Saldos de año nuevo

¿Sabéis lo laborioso que es escribir estas entradas sobre dibujos? Pues lo es, y mucho, pero sólo me acuerdo cuando estoy haciéndolas. Normalmente tras sudar sangre para escribir tres entradas en tres semanas, me froto las manos pensando que ya va siendo hora de otra entrada comodín con dibujos, en la que no tengo que esforzarme por resultar gracioso o ser elocuente sobre el tema aburrido de turno. Nada, empalmar un par de bocetos ridículos supuestamente dibujados por mí, un par de comentarios sobre lo mucho que me gusta dibujar piernas y tacones y vámonos que nos vamos. Pero luego resulta que no es así, que subir los dibujos a imageshack o a donde sea e insertarlos en la entrada uno a uno es un engorro, y que mi ego me impide escribir menos de diez líneas explicando la genialidad del dibujo y lo mucho que me costó hacerlo y lo orgulloso que estoy de él. Al final, cuando me quiero dar cuenta, he invertido más tiempo en la entrada de los dibujos que en la de las anécdotas del porno y siento que he hecho el primo. Pero al poco se me olvida, y mientras estoy confeccionando perezosamente mi ranking de canciones de 007 (huy, se me escapó) mascullo por lo bajo que ojalá pudiese subir ahora otra entrada sobre dibujos, que se acaban en un segundo, en vez de estar escribiendo esta chorrada tan larga y aburrida. Y vuelta a empezar. El caso es que he descubierto con gran sorpresa que desde el último The R Art han pasado seis entradas, el doble de lo habitual, y me pregunto qué demonios han sido todas esas cosas tan interesantes que tenía para decir estos últimos dos meses.

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Otra entrada sobre Los Simpson

Aquella entrada sobre las temporadas 10 y 11 de Los Simpson que escribí hace tiempo me quedo un poco sosa, y evidentemente daba para mucho más. El tema de la evolución de Los Simpson (no sólo su decadencia) es francamente apasionante, y mucho más complejo que la simplista separación entre “los buenos” y “los malos”. Más allá del socorrido “de la temporada 1 a la 10, serie buena; de la 11 en adelante, basura” hay más, y si estudiamos la línea evolutiva de Los Simpson se pueden descubrir significativas diferencias entre un periodo de la serie y otro. Tratar de delimitar una línea evolutiva en el engendro en el que se convirtió la serie de la temporada 11 en adelante (la 20 y la 21 han dejado el pavo atrás y han recuperado cierto interés otoñal) no nos daría más que dolores de cabeza. Sin embargo, estudiar los cambios en la primera mitad de la serie es fascinante. Yo tomaría tres puntos clave en la evolución de la serie, en forma de tres temporadas diferentes, siendo las demás eslabones intermedios, aunque con entidad propia. Estas tres temporadas serían la segunda, la cuarta y la octava.

Tras una balbuceante primera temporada, esta serie en busca de su identidad entró en un segundo bloque de episodios que perfiló aspectos que ya se intuían previamente. La segunda temporada fue una continua prueba ética para la familia Simpson, puesta episodio tras episodio, de forma individual o colectiva, entre la espada y la pared. Es cierto que en futuros episodios los Simpson tuvieron que enfrentarse en más de una ocasión a cuestiones de índole ética que les pusieron a prueba, pero nunca de forma tan persistente. Éste fue el primer foco de interés definido de Matt Groening  y su equipo a la hora de abordar su serie. El resultado fue una tanda de episodios de guión de hierro, como pocas veces se ha visto en temporadas futuras, en las que el humor queda relegado a un papel complementario pero necesario, a tenor de la teórica gravedad de algunas de las tramas, como Bart en el día de Acción de Gracias o el del seminario para matrimonios del lago Siluro (cuando el episodio sea difícil de identificar por su título, como éste La guerra de los Simpson, mejor los nombraré en plan Friends). En lo que se refiere a los “guiones de hierro”, basta con ver episodios como el de cuando Bart dona sangre al señor Burns (Sangrienta enemistad), en el que los acontecimientos y los giros fluyen con una contundencia pasmosa a partir de una premisa tan familiar y picapiedresca como “el empleado hace algo por su jefe pero se ofusca al no recibir nada a cambio”, viéndose los personajes obligados a tomar decisiones y a reflexionar (incluso a Smithers, en uno de sus mejores momentos de la serie) y desembocando en un final, en palabras de Marge, “qué-más-da”, tan ambiguo y carente de moraleja como la vida misma. No es mi episodio favorito, pero sin duda creo que cuenta con el mejor de los cuatrocientos cincuenta guiones que ha parido la serie y que se yergue como la primera de las muchas obras maestras de veinte minutos que ésta nos ha dado.

Mejor que el pezón de Sabrina.

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Lo que no me gusta de Futurama

Hoy, de forma excepcional, The R Lounge se emite a través de Antena 3.

El regreso de Futurama hace ya más de un mes ha traído alegría y jolgorio a los fans… en un claro caso de

quiero y no puedo. Aunque nos esforcemos en creer lo que no es, aunque nos gustaría amar estos nuevos episodios, la cosa no está a la altura de la pre-cancelación, ni siquiera de las películas buenas. Si exceptuamos el último episodio emitido, esta vez sí, gigantesco, sin atisbo de autoconvencimiento forzado (¿por qué no fue éste una de las películas?), lo que más nos ha llamado la atención en esta nueva etapa ha sido la habilidad de los guionistas para sacar a Amy medio desnuda en cada episodio (o vestida de dominatrix). Por lo demás, ni siquiera un episodio que tenía el éxito a huevo, el de Zapp y Leela convertidos en los únicos humanos sobre un planeta selvático, ha cumplido las expectativas. De acuerdo, no se puede ir pidiendo a la ligera una tercera temporada de Kim Possible o una cuarta de Los Simpson, pero tampoco está de más pedir algo con un poco más de empaque que una sexta de Perdidos o, glup, una octava de Frasier. El episodio de la máquina del tiempo nos ha devuelto esperanzas, pero cinco episodios reguleros y uno bueno no son precisamente una promesa.

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La prematura decadencia de Los Simpson (y su doblaje)

No hay que ser muy listo para saber que una frase como “Los Simpson ahora son una mierda, la cagaron con la voz nueva de Homer” es bastante estúpida. Resultaría cuanto menos sorprendente que el declive cualitativo de una serie norteamericana fuese consecuencia directa de un cambio en su doblaje español, en un país donde los episodios de estreno se emiten con dos años de retraso respecto a su emisión original. Pues el caso es que yo la he oido, incrédulo, en varias ocasiones. Tú, inteligente lector que te defines como tal desde el momento en el que entras en The R Lounge, puedes comentar con sensatez “sí, bueno, eso es una tontería, pero sí es verdad que el cambio de voz de Homer coincidió con el punto de inflexión a partir del cual la serie fue a peor”. Mejor. Pero aún erróneo. Cierto es que Carlos Ysbert se ha comido el marrón de doblar a Homer en el momento más bajo de la serie, un bache que se está dilatando de forma preocupante, pero mentiríamos si dijésemos que la decadencia comenzó cuando él se subió al carro en la, a lo tonto, lejana temporada 12.

Llevo un tiempo repasando las temporadas 10 y 11 de la serie, las dos últimas dirigidas en español por Carlos Revilla, también voz de Homer. No sé si realmente lo serán, pero tengo la sensación de que éstas son las que menos frescas tengo. Tal vez porque de la 9 en adelante no están en mi estantería, tal vez también porque me da la sensación de que toda la etapa de Ysbert, en cambio, sí se repite incansablemente tanto en Antena 3 como sobre todo en Fox. Pues bien, estas dos temporadas, 10 y 11, conforman una etapa crepuscular de la serie, en la que la calidad comienza a bajar de forma alarmante, probablemente por culpa de las manazas de Mike Scully. En realidad la 11 ya es pura decadencia, pero claro, la voz de Revilla tira lo mismo que dos tetas (es decir, más que dos carretas), y nos cuesta admitir que esta temporada no es necesariamente mejor que la 12.

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