El Propósito de Año Nuevo de Miguel Roselló

9 Ene

Creo no ser excesivamente temerario al señalar a Helen Fielding, Bridget Jones mediante, como la principal culpable de que tantísimas personas se dediquen a lanzar propósitos de Año Nuevo como un obsesivo mantra para empezar a ignorarlos casi antes de haber tenido tiempo de arrancar la hoja de enero del calendario y encima regodearse en ello. El anónimo Pedro (el mismo que se pasea por su casa) da un puñetazo sobre la mesa el 1 de Enero de 2034 y pone a Dios por testigo de que va a dejar de una vez los cigarrillos espaciales; pero para el 25 de Enero Pedro descubre con gran sorpresa que no sólo no ha dejado los cigarrillos espaciales, sino que su consumo de los mismos ha aumentado. Esto, que debería ser motivo de humillación y sentimiento de fracaso, es para Pedro una divertida anécdota que contar con los colegas en la próxima excursión a algún lago lunar, anécdota que sin duda uno de sus amigos coronará con un alegre “¡qué personaje!” remozado con las risas de los demás.

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Deja de proponerte dejar de comer y deja de comer, FOCA.

Esta sencilla alegoría futurista se viene dando año tras año y de forma cada vez más visible gracias a las redes sociales, donde los muros y timelines de Año Nuevo alcanzan un cariz monotemático sólo comparable al que hubo el 21 de diciembre de 2012. A mí, cómo decirlo suavemente, me resulta patético. No descubro nada a nadie si clamo que todo esto no es más que vil postureo concebido para arrancar megustas y retweets. Los propósitos de Año Nuevo son para las redes sociales lo que los dramas de época con protagonista retrasado y moraleja de superación son a los Óscar. Huelga decir que en mi vida he hecho un propósito de Año Nuevo; y es que veo poco sentido al hecho de darse cuenta un cuatro de Enero cualquiera de que estás demasiado gordo y, en vez de tomar convencidas medidas al respecto inmediatamente, reservarlas para Año Nuevo. Por otra parte, lo de los propósitos es como lo de ser un friki: ¿para qué quiero aspirar a algo que de tan desvirtuado que ha quedado por el maltrato de los demás ha perdido todos los aspectos estimulantes que un día pudo tener? Hoy en día, hacer un propósito de Año Nuevo consiste en clamar en alta voz que se acabó la sodomización de ovejas y una semana después colarse a hurtadillas en la granja más cercana cuando el dueño se ha ido a dormir. Y en mi caso este año habría sido como todos los demás si no hubiese sido (gesto de sorpresa por parte del lector) porque hace no demasiado empecé a darme cuenta de que había algo en mi vida, o mejor, en mi personalidad, que fallaba.

Ciertamente, si hubiese sido el 4 de Mayo cuando me di cuenta de que había algo que cambiar, esto no se habría llamado Propósito de Año Nuevo, puesto que habría tomado medidas inmediatas igualmente. Pero se dio la feliz coincidencia de que fue durante este Diciembre cuando un pensamiento empezó a madurar en mi cabeza. ¿Diciembre? No, Diciembre no, Noviembre. Pero estaba lo suficientemente cerca del fin de 2012 como para que me lo plantease como el primer, y quizá último, propósito de Año Nuevo de mi vida, aunque fuera de forma simbólica. Y digo de forma simbólica porque llevo desde entonces tomando medidas al respecto, en vez de esperar a 2013.

A finales de octubre de 2012 la conmoción se adueñó de internet cuando salió a la luz la tremenda noticia de que la Disney, la malvada y azucarada Disney bajo la cual Marvel se hundió en un vórtice de ratones felices y fracasos cinematográficos continuados, había comprado la franquicia de La guerra de las galaxias a George Lucas por una cantidad inimaginable de dinero. Las reacciones no se hicieron esperar, y qué sorpresa, la mayoría de lo que se podía leer en las redes sociales al respecto eran estupideces.

-Bueno, son opiniones diferentes a la tuya, pero no por ello tienes derecho a decir que eran estupideces.

(Suena un disparo)

Como decía, la mayoría de lo que decían los internautas sobre la dichosa compra eran estupideces. No hace falta que enumere los comentarios predominantes. Que si el fin, que si qué asco de Disney, que si infancias violadas, que si van a infantilizar el glorioso legado de George Lucas y Jar Jar Binks, que si el doctor Spock no se merece esto; seguro que el lector lo recuerda. Obviamente, me sentí igual de conmocionado que todo el mundo al enterarme de la buena nueva, pero tras el shock inicial y el carrusel de emociones, me puse a pensar. Y mis conclusiones resultaron diferir bastante de las de la masa enfurecida de la red. ¿Quería yo más películas de La guerra de las galaxias? No, en principio no. No las necesito, y me frustra la tendencia actual de concebir el cine como una serie de televisión de capítulos de dos horas. Y encima, ese sentimiento de acontecimiento irrepetible, o al menos especial, que es el presenciar la aventura de unos personajes concretos que no se han prodigado muy frecuentemente en las pantallas, se diluye. Así que, ¿quería yo más películas de La guerra de las galaxias? No. ¿Iban a hacerlas independientemente de mi parecer al respecto? Probablemente; los pocos vehículos con el sello de la Walt Disney Company que han pasado frente a mi puerta en estos meses no llegaron a detenerse. Así que, puesto que esos episodios VII, VIII y IX eran ya una realidad potencial, veamos qué podemos esperar de ellos.

Hecho 1: George Lucas demostró en la nueva trilogía no estar capacitado para expandir por sí solo y satisfactoriamente la mitología cuya semilla él plantó, pese a los aciertos puntuales.

Hecho 2: George Lucas ya no tiene capacidad de decisión en la saga de La guerra de las galaxias.

Hecho 3: El precedente de la compra de Marvel unos pocos años atrás por parte de la misma Disney sirve para demostrar la buena salud que una franquicia veterana puede seguir mostrando ya al amparo de la compañía del ratón, sin intromisiones extrañas de ningún tipo ni superhéroes con gorras de Goofy.

Hecho 4: Marvel, Pixar y La guerra de las galaxias se encuentran ahora en idéntica situación, con posibilidad de sinergia abierta. Disney cuenta ahora mismo con una bolsa de talentos inabarcable, mentes prodigiosas que pueden pasar de una franquicia a otra sin impedimentos legales, y aportando sus ideas a cualquier proyecto bajo el sello de la compañía.

Hecho 5: Si yendo de tiendas ves una camisa que te gusta, no la compras para teñirla de rojo y cortarle las mangas. Disney tampoco.

De este modo, mis conclusiones fueron altamente positivas. De hecho, empecé a emocionarme. Junto con La guerra de las galaxias, todo el fondo de archivo de LucasFilms había pasado a ser propiedad de la Disney, y con ello la seductora idea de una peli del Grim Fandango bajo el sello de Pixar, o un Episodio VII dirigido por Brad Bird, una zona en Disneylandia completamente dedicada a Indiana Jones o un relanzamiento de los personajes de Maniac Mansion. Ideas que hacían pensar en un mañana mejor y una vuelta a los orígenes más estimulantes de La guerra de las galaxias potenciados por una compañía en un momento de inspiración creativa y eclecticismo especialmente marcado, como demuestran cosas como Rapunzel, Rompe Ralph, Los Vengadores y John Carter.

Pero internet no parecía opinar igual. El mismo internet que un par de días antes aprovechaba la mínima oportunidad para escupir en la nueva trilogía y cómo Lucas se había cargado todo lo que amábamos a base de estúpidos personajes digitales, resoluciones absurdas de guion y épica inexistente (cuando ingresas en internet has de firmar un formulario en el que te comprometes a odiar Crepúsculo, Justin Bieber, la ComicSans y la nueva trilogía de La guerra de las galaxias) se había puesto a patalear y gritar y llorar por lo que pudiera hacer Disney con el insustituible legado digital de George Lucas. Me sentí desconcertado, puesto que si yo, que no reniego más que de cosillas puntuales de los episodios I, II y III, estaba emocionado, los furibundos detractores de la nueva trilogía deberían estar corriéndose por las esquinas incontroladamente (espero que Adam Sandler no me esté leyendo y tomando nota para su próximo éxito).

Como otras tantas veces antes, me sentí indignado por la estupidez general de la red. ¿Acaso era mi acceso a la Llave de la Verdad y la Sabiduría una maldición en lugar de un don? ¿Estaba condenado a observar impotente cómo los demás decían tonterías sin sentido sin tan siquiera detenerse a hacer una sencilla reflexión? Por suerte, el universo 2.0 ha convertido en una figura socialmente aceptable al profeta urbano que grita mientras los demás siguen a lo suyo; de modo que empecé a expresar mi descontento con la opinión general en el Caso Star Wars a través de tweets, estados de facebook y comentarios en el primer sitio que pillaba a mano. Me pasé una semana replicando a cada comentario infundado que leía al respecto. Y tras una semana, me sentí agotado mental y hasta físicamente.

Yo después de decir la frase anterior.

Hubo un tiempo en el que La guerra de las galaxias significaba para mí diversión y evasión sin pretensiones, algo muy cercano a la más sencilla felicidad. Pero entonces me di cuenta de que entre todos la habíamos convertido en una fuente de decepciones, de ira, de bronca y de pedantería. La culpa era de George Lucas por cargarse las películas originales a base de transformaciones; la culpa era de los fans y el escepticismo que habían establecido como falaz síntoma de inteligencia y madurez crítica; la culpa era mía por no limitarme a disfrutar de lo bueno y querer dejar en evidencia cada estupidez derivada de Lucas y los fans. Cuando me di cuenta de que me había visto absorbido por una discusión a nivel global por el mero hecho de demostrar que tenía razón y que era de los pocos que se había parado a pensar antes de soltar bilis acerca de la noticia de las narices, lo vi todo con una nueva perspectiva. Por Dios, estaba CANSADO. Cabrearme y argumentar me había agotado. Y entonces llegué a la conclusión que marcó el que sería mi Propósito de Año Nuevo, conclusión que me vino a la mente en forma de una sola frase: “¿para qué?”.

¿Qué sentido tenía cabrearme por la estupidez de otros? No de amigos y familiares, no, sino de idiotas anónimos a los cuales me opinión les importaba un comino y cuya opinión a mí debía importarme un comino. ¿Qué gano yo SUFRIENDO por que mi argumentada visión sobre un tema en concreto llegue a los otros? Lo paso mal, no me divierto y paso hora rumiando en silencio oscuros pensamientos acerca del sinsentido del derecho a la libre expresión si nadie hace un correcto uso de ella. Y obviamente, no voy a cambiar el parecer de toda la comunidad digital por elaborados que sean mis argumentos. Así pues, ¿a qué aspiro? ¿Qué sentido tiene subirme a un atril sin que nadie me lo pida y empezar a graznar malhumorado? En todo caso me arriesgo a crearme resentimiento hacia cosas que me gustan, como La guerra de las galaxias.

Por primera vez he contemplado desde una perspectiva externa mi necesidad crónica de dar a conocer mi opinión públicamente. Me he dado cuenta de que tengo un irracional miedo a que siete mil millones de personas que ni saben de mi existencia tengan una idea equivocada de mi opinión acerca de cualquier tema. Tengo miedo de que Phil, de Tenessee, no sepa que no soy homófobo; o de que Klaus, de Baviera, me confunda con un fan irrediento de El club de la lucha cuando lo cierto es La habitación del pánico me parece bastante mejor; o de que un pingüino en lo más recóndito del Ártico se crea que como me compro un Whopper de tanto en cuando no creo en los beneficios de una dieta equilibrada. Y francamente, observar un pedazo tan ilógico de mí mismo es algo que me inquieta. De ahí que decidiese emprender la aventura del Propósito de Año Nuevo: no haber hecho nunca algo así significa que muy posiblemente me lo tomaría más en serio de los que lo hacen cada 1 de Enero por pura inercia.

El mejor símbolo que se me ocurre para demostrar cómo estoy luchando contra mi vicio de opinar sin venir a cuento es el hecho de que ya me he sorprendido a mí mismo más de una vez deteniéndome a mitad de la escritura de un tweet, pensar la frase mágica, “¿para qué?”, y borrarlo. Que nadie me entienda mal, creo firmemente que discutir debería ser proclamado deporte olímpico: se entrena la capacidad de argumentación, se adquieren cualidades léxicas y supone un reto continuo a la propia inteligencia; que es precisamente el motivo por el que me sigo esforzando en escribir en este blog. Ésa es la verdad: las redes sociales han hecho muy sencillo eso de opinar, ni siquiera hay que esforzarse en largar párrafos interminables para ser convincente, de modo que ni yo necesito despotricar en un blog acerca de nada, y mucho menos necesito comentarios a mansalva que me suban el ego. Pero sí quiero seguir poniendo a prueba mi capacidad expositiva y todas esas chorradas que he dicho antes; de ahí que siga escribiendo aquí de tanto en cuando (ahora mensualmente).

Aparte de mi fe en los beneficios de la discusión, otro motivo para no dejar el vicio es lo muchísimo que disfruto con una buena discusión. Pero claro, discutir con personas que tienes delante y que por ende esperan algún tipo de interactuación en objetos de conversación que surgen con naturalidad es muy diferente a lanzar al aire una proclama que millones de internautas no han pedido. Por decirlo de otra manera, no tengo ni remotamente planes de transformarme en un ser lobotomizado que acaba cada frase con un lánguido “pero bueno, si a ti te gusta…”. Tengo intención de seguir despreciando de forma despótica opiniones infundadas, de iniciar discusiones y de asegurarme de que no se me malinterpreta; pero las normas del mundo digital requieren otros estándares, y pienso adaptarme un poco más a ellos. No porque crea que toda gilipollez sobre La guerra de las galaxias dicha en internet es respetable, sino porque pelearse con una pared es frustrante, estúpido, nada productivo y desde luego eso no es culpa de la pared.

Feliz 2013, imbéciles.

Esta entrada se la dedico con furiosa ira a cierto grupo de Discutidores con los que he tenido el placer de alternar en sesiones intensivas de horas y horas en cierto pub de Sevilla. Sesiones de las que, por cierto, salgo invariablemente agotado, pero de una forma completamente satisfactoria.

8 comentarios to “El Propósito de Año Nuevo de Miguel Roselló”

  1. yopmail 09/01/2013 a 22:08 #

    Ahora que podrías utilizar hasta ésto en tus réplicas… http://www.microsiervos.com/archivo/humor/disentir-elegantemente.html En fin, esperemos que sigas soltando joyas.

  2. El Tipo de la Brocha 09/01/2013 a 23:49 #

    Lo de escribir bien ya lo conseguiste hace tiempo, y es difícil perder la práctica. Lo tuyo es vicio.

    • Miguel Roselló 10/01/2013 a 9:26 #

      Eso es lo que tú te crees, me cuesta cada vez más sentarme a escribir con la constancia que tú mismo tienes. Realmente las redes sociales me han hecho mucho mal… y ya soy menos gracioso en el blog porque todos los chistecillos que se me ocurren los escribo en el fb o el el twitter mondos y lirondos, en vez de reservarlos para amenizar mis tochos. Debería tomar la vía de los hermanos Marx y reciclar gags del vodevil para las películas (bueno, o equivalente).

  3. Roy D. Mustang 14/01/2013 a 20:41 #

    Me ha encantado esta entrada. La verdad es que muchas veces me he preguntado lo mismo que tú: ¿para qué argumentar y argumentar sobre algo si diga lo que diga esa persona no va a entrar en razón? ¿Para qué hacerlo si de primeras esa persona se niega a entender mi postura? A veces hay personas que sí entran en razón, y comienzan a ver desde otra perspectiva esa película que defienden irracionalmente a capa y espada; pero pocas veces pasa algo así.

    A todo esto, ¿tienes facebook? Lo pregunto porque en algunos de mis estados sobre cine o series se montan unos tiovivos que…

    En fin, suerte con tu propósito de año nuevo. A ver si consigues llevarlo a cabo.

    • Miguel Roselló 17/01/2013 a 12:15 #

      Pero realmente el dilema que me planteo no es tanto “¿para qué intentarlo si va a seguir en sus trece?” sino “si estoy seguro de que tengo razón, para qué quiero demostrar a todo el mundo que se equivoca?” Obviamente estoy usando de forma muy ligera los términos “equivocarse” y “tener razón”, pero creo que entiendes lo que digo. Y sea como sea, ello me lleva a otra idea que en principio quise desarrollar en esta entrada pero que al final dejaré para otra en el futuro. Pero ésa es otra historia.

      ¡Y sí, voy por buen camino con mis objetivos por ahora!

  4. mariods86 14/01/2013 a 20:47 #

    Estoy tan de acuerdo con el contenido de este post que no puedo hacer más que aplaudir. Bravo, joer. Me quedo con frase específica para resumir cualquier queja de la compra de Disney sobre cualquier cosa: “Si yendo de tiendas ves una camisa que te gusta, no la compras para teñirla de rojo y cortarle las mangas. Disney tampoco”.
    Y sí, yo también soy de la opinión de que el fandom de Star Wars necesita menos pedantería y pretenciosidad y más sentimiento de diversión por diversión.
    Bravísimo, nada más que añadir.

    • Miguel Roselló 17/01/2013 a 12:17 #

      ¡Ya ves! Al final he hecho trampa y he podido colar discretamente una entrada sobre la compra de Star Wars dentro de una entrada sobre un tema completamente diferente.

      Lamentablemente todo este asunto de la podredumbre del fan medio me afecta hasta a mí. Y ojalá no fuera así.

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